martes, 6 de agosto de 2019

La suerte de Raskólnikov (2005)


Antiguo trabajo de literatura rusa con el profesor Jesús García Gabaldón, cuando cursé 1º de Filología Eslava (UCM), en el año 2004-2005. El trabajo consistía en redactar un nuevo final para la novela Crimen y castigo de Fiódor Dostoyevski.
© Eduardo Madrid Cobos. Registro de Propiedad Intelectual nº M-008293/2008.


 ***

Nota previa (original de enero de 2005):

            El final creado por Dostoyevski es inmejorable; luego resulta inútil y hasta ingenuo intentar cambiarlo en algo. Raskólnikov, que había pasado por tantos estados emocionales, sólo carecía de  terminar de experimentar uno, el único que le quedaba y que bullía por salir: el amor. Y al ser tan desconocido (o más seguramente, olvidado), será algo que le absorba y le eleve al extremo, convirtiéndole en un hombre renovado, podría decirse que completo.
            Es así que he decidido tan sólo reducir u omitir el último párrafo donde anuncia la reconstitución del protagonista, para en lugar de eso o a partir de eso, añadir uno o varios capítulos más, o incluso, si yo valiera para ello, una segunda parte o continuación.

***




La suerte de Raskólnikov

Después de aquello el tiempo pareció acelerarse. Es decir, acelerarse aún más, porque la monotonía previa ya había transformado el transcurrir del día a día en una espesa corriente cenagosa imparable. La diferencia estribaba en que el interior de Rodia había cambiado; no así el resto de las circunstancias. Los días y las noches seguían avanzando a lentos y constantes bocados de matemática exactitud, devorando, degradando, envileciéndolo todo. Pero el corazón de Rodión Románovitch se mantenía intacto. Parecía como si hubiera sido embalsamado o dormido, blindado y a la vez desnudo, elevado al cielo y al mismo tiempo, más terrenal que nunca. Estaba como envuelto en algodones de olvido de su propia naturaleza y hasta de su propia importancia. Su vida era distinta, había desaparecido todo, absolutamente todo, y había sido reemplazado sólo por miradas y caricias de Sonia. “¡Sólo!”, se sorprendía Rodia, “¡como si eso fuera poco...!”.
Al principio soñaba con San Petersburgo, aunque no fueran sueños agradables. Volvían a él algunas calles pintorescas y los edificios que parecían observarle o incluso amenazarle en sus momentos de delirio. En aquellos tiempos de irraciocinio (entonces pensaba justo lo contrario) en los que podía olvidarse de comer durante un día entero o más, volvía Anastasia con la comida, irrumpiendo en su cuarto; reaparecía su cuarto con sus paredes desconchadas y el techo bajo... su agujero. Su guarida de insecto.
¿Es que ya no era un insecto? Le había costado muchos años llegar a serlo, fruto de los pensamientos más abstractos y profundos, del hastío y de la imaginación. La sobredosis de tristeza y de rebeldía callada que le llevaban a vagar por el Mercado del Heno o de quedarse durmiendo eternamente, que era lo más parecido a estar muerto. Pero siempre llegaba Anastasia y le devolvía a la vida abruptamente. Entonces se generaba más odio, y no sentía remordimiento alguno al echar a voces e insultos a la mujer que sólo pretendía mantenerlo vivo.
Hasta había olvidado la clarividencia de tal estado... Al dejar la universidad, tuvo todo el tiempo del mundo para conocerse a sí mismo, y de ese modo, pudo estudiar el mundo y el resto de la gente a través de las poderosas lentes que toda persona tiene y no sabe utilizar, porque, como había deducido Raskólnikov, alguien que se estudia a sí mismo cede en su empeño al vislumbrar lo miserable que es, y, en lugar de mirarse con narcisismo, puede despreciarse y hasta odiarse y dañarse. Por eso se detienen, y no quieren saber nada.
El exceso de conciencia y el interesante descubrimiento de la propia humillación eran lo que engendraban la voluptuosidad que le enorgullecía para seguir viviendo. Por supuesto, no podía contárselo a nadie, pero así se nutrió durante bastante tiempo. El dolor era tan glorioso como la victoria, un mártir es tan importante o más que un héroe. A veces sentía ganas de restregárselo a Razumikin o a algún otro conocido, y lo pensaba, incluso se imaginaba la escena y el diálogo, pero al final nunca lo hacía. Podrían malinterpretarle y creer que pretendía inspirar lástima. Por eso no trataba de explicárselo a Sonia que, por mucho que la quisiera, sabía que no nunca podría contarle ciertas cosas. Es más, el hecho de amarla implicaba desear lo mejor para ella, por lo que impregnarla de sus tormentos internos no iba a beneficiar a ninguno de los dos.
Por tanto, había perdido su orgullo de insecto a favor de un orgullo vacuo y desconocido que no sabía adónde conducía, pero que en el momento presente, justo ahí, no en el pasado ni en el futuro de su imaginación, era agradable. Estaba seguro así y no se atrevía a moverse de ese estado.

Sonia le visitaba muy a menudo, a veces más de lo permitido gracias a los guardias que la adoraban y le dejaban pasar a ver a su amante cuando quisiera. Era tal vez la mujer más hermosa de la ciudadela, y no sólo eso, sino que no dudaba en devolver con creces cualquier favor que se la hiciera, ayudar a todo el que pudiera y, seguramente sin pretenderlo, granjearse así la amistad de muchísimos habitantes del lugar. Contrató a una ayudante para asistirla en su oficio de costurera, varios años menor que ella pero de corazón parecido al suyo y que le recordaba mucho a Polechka. Había conseguido un sustento que le evitaba así recurrir al dinero que le cedió Svidrigáilov, con el consecuente placer del éxito profesional. No se había sentido tan feliz en mucho tiempo, porque, aunque viviera en una pequeña ciudad de Siberia, apartada de todo, sabía con certeza que Raskólnikov era por fín su verdadero amado y que no la iba a abandonar nunca. Y sus raíces en San Petersburgo le daban absolutamente igual, tan sólo echaba de menos a lo que le quedaba de familia. Únicamente había que esperar siete años para que Rodia fuera libre, y para entonces ella tendría mucho dinero ahorrado y podrían marcharse a vivir juntos. Quería dárselo todo a él. Todo, su vida entera, hasta su propia alma, sin esconder nada.
Por mucho que fuera un asesino, no había nadie en el mundo tan puro como Rodión Románovitch.


***

            Cuando Sonia se iba, le quedaba a Rodia una especie de resaca de felicidad que podía durar hasta su próxima visita, cambiando su semblante permanentemente. Ella incluso se sentía contagiada de su sonrisa amplia y sincera que nunca le había visto en Petersburgo, y el comportamiento de sendos amantes no pasó desapercibido para la gente que les rodeaba. Si Raskólnikov ya era mal aceptado por sus compañeros de presidio, entonces lo era mucho peor por la envidia que generaba. Hasta los presos políticos rusos y polacos se habían embrutecido por el frío, la piedra y las herramientas, mirándole con más recelo que nunca y enardecidos por el odio.
            - ¿Tú crees que la justicia existe, Serguéi?– decía uno a otro, alto y claro para que fueran oídos – No, al menos no en esta patria, querido amigo. Cualquiera puede matar a hachazos a alguien y luego ser castigado con los trabajos más leves y visitas de una mujer.
            - Aquí no llega Rusia, esta tierra no pertenece a nadie. La justicia puede tomarse ahora ciertas libertades– contestó el otro con una torva sonrisa.
            Pero Rodión no podía rebajarse al odio, no podía ni plantearse los valores de su juventud de la dureza de la vida o lucha por la existencia. Ignoraba indirectas y amenazas, incluso a veces intentaba hablar con ellos con el ánimo de extender su amabilidad contagiada por Sonia. Más tarde se daría cuenta de lo estúpido que fue, pero en aquel instante era lo que más le pedía el instinto: no sólo verse feliz a sí mismo, sino a todos los demás. Podía comprender a su madre, a Anastasia y a todos los que le molestaron con esa intención.

            La desesperación y la fría soledad le condujeron al temor. Tardó demasiado en percatarse de ello, y de ese modo se sintió aún más estúpido que cuando era feliz, forjándose las bases para una próxima y más peligrosa estupidez que cometería. El miedo, el temor, eso lo sabía bien Raskólnikov, puede acelerar mil veces la caída de un hombre que sólo ha visto de lejos el obstáculo, antes incluso de tropezar. Se trataba, pues, del inmenso peso que tenía encima, cuando en realidad no tenía nada. Sólo tenía a Sonia.
            Pues bien, ahí estaba la terrible verdad. Sólo podía refugiarse en Sonia; ella era su abrigo, su pan, su risa, su sensación de estar vivo. Cuando la abrazaba y mesaba sus cabellos infinitamente rubios y sedosos, toda su turbación se anulaba y quedaba apartada momentáneamente, y todo lo que había pensado confesarle momentos antes moría antes de llegar a su boca. Sólo podía hablar del trabajo en el campo, ya que contarle cosas de su pasado sólo le produciría tormento y sufrimiento, o peor todavía, piedad. Hablarla de sus tribulaciones internas sería, así lo sospechaba él, algo devastador como un barril de pólvora. Lo sabía, ¡lo sabía! Lo había vivido antes mil veces... Sin embargo, tarde o temprano tendría que mostrarse, porque no podría hablar eternamente de carretillas llenas de alabastro, ni de herramientas oxidadas, ni de alimentos podridos. Supuestamente a ella también deberían agotársele sus temas relativos a su sastrería, su ayudante, sus vecinos o, algo que empezaba a ser cada día más intangible y ridículo, los planes para el futuro.
            Pero un día, sin pensar, brotó de él la pregunta.
            - ¿Por qué me amas?
          Estaban los dos sentados muy juntos, en silencio, en el descanso del almuerzo. Inmediatamente le recorre a él un escalofrío y casi se echa a temblar, con el consiguiente ahogo interno típico del error fatal. Una vez más, podía demostrarse que sus propios pensamientos eran capaces de destruir la realidad. Sus deseos, ansias, temores, proyecciones, planes y pesadillas eran siempre contrarios a cualquier acontecimiento que estuviese por ocurrir. Si un día cayó de rodillas sollozando a la mujer que tenía a su lado, fue porque no lo deseó abiertamente en su psique, ni lo temió, ni lo proyectó.
            Pero para ella, la respuesta era más sencilla.
            - ¿Por qué me preguntas eso? Es más, ¿qué importa? Lo importante es que nos tenemos el uno al otro.
            - Sí... claro – contestó él, pero una tormenta de ideas bullía en su cabeza. “¡Eso es, justo adonde quería llegar! ¡Que nos tenemos el uno al otro! He leído mucho sobre esto, Sonechtka – pensaba- , he leído muchísimos libros, incluso lo he experimentado saliendo con chicas bellas y lozanas cuando era un colegial. Luego, más tarde, paseé con alguna eventual universitaria junto al Nevá, y siempre, siempre, lo rompí todo como si arrojara una figura de cristal contra una pared. Unas veces era la diferencia de niveles, sí, porque unas veces era yo quien dominaba la situación, y ella me adulaba por mi valor como brillante académico... otras veces, mi comprensión del mundo era ínfima en comparación con la suya –esto fue más tarde- y mi lentitud de aprendizaje poco a poco me barrió como a unos escombros inútiles y, al igual que hace la Naturaleza con los más débiles, fui rechazado. Otras veces, tras haber satisfecho las más bajas necesidades, lo que nos anegaba a ambos era el aburrimiento, pues lo curioso ya había sido explorado y no quedaba nada por descubrir... Sí, Sonia, la curiosidad, que es lo que une a dos personas, la semilla de eso tan desconocido para mí que tú llamas amor, también se agota. Por eso, porque ahora el destino es completamente incierto y no sé si voy a volver a ser un vil insecto asqueado y moribundo en un campo de concentración, o bien por el contrario voy a vivir la inefable experiencia del enamoramiento, estoy completamente asustado”. Y casi se echa a reír al instante, porque siempre había sido Sonia la que le temió a él.
            Pero Raskolnikov no le dijo todo eso. Se vio a sí mismo como un crío inmaduro, incapaz de llevar adelante una empresa tan sencilla como convivir con una mujer. Si no existiese tal atracción mutua y mística, se decía, el casamiento sería tan sencillo como amontonar pieles de foca delante de la cabaña de los padres de la querida, como hacían los esquimales, para mostrar poder, o lo que es lo mismo, capacidad de sustento, y de ese modo ser premiado con algo tangible, que era la mujer en la expresión carnal. De esa manera cruda pensaba Svidrigáilov comprar a su hermana Dunia, como un esquimal. “Era tan pobre que no tenía más que dinero”, había oído en alguna parte. Lo estaba olvidando todo, a lo mejor él mismo era un buen tipo, por el simple hecho de que nunca había tenido dinero y, cuando lo tenía, se sentía más a gusto desprendiéndose de él lo antes posible, como liberándose de una carga.
            Debajo de la áspera y andrajosa manta de fieltro seguía pensando, a veces en voz alta por la desesperante tortura que era no poder hablar con nadie.
            - ¿Ves? Un caballo menos de quien preocuparse – le decía irónicamente un antiguo conocido que le enseñó a jugar al ajedrez -. No pasa nada, al comerte yo el caballo, tienes más libertad para mover las otras figuras, más espacio... lo importante es la libertad, el espacio...
            Ese tipo resultó ser un farsante y un egoísta, y en aquella noche fría y seca de Siberia volvía a su mente. Claro que reportaba placer desembarazarse de bienes de valor, como el dinero... ¿Como... Sonia?
            No. Alto, ella no. ¿En qué clase de círculo estaba encerrado, dando vueltas? Hacía unos instantes se creyó pueril e inmaduro, y ahora volvía a serlo, recriminándose por ello, clavándose las uñas en su cabeza afeitada. Tenía veinticuatro años, ya era hora de marchar hacia adelante (eso también se lo decía su maestro de ajedrez, que siempre avanzara, nunca retrocediera). Sin embargo, se le presentaba la mujer como un trabajo, como algo que requiriese un esfuerzo, y no debía ser así, sino todo lo contrario: descanso, placer, ayuda, bienestar, felicidad. ¿Y cómo se le ocurría comparar a Sonia con el dinero en el ejemplo anterior? ¡Maldito ajedrez!
            No tenía que preocuparse por el dinero, tema que le preocupaba últimamente por no haber ahorrado nada en toda su vida. Sonia se encargaría de eso. Pero le preocupaba otro asunto respecto al amor en sí, y era el amor como sinónimo de tiranizar o dominar la moral del otro, a base de algún tipo de poder. ¿Acaso Sonia iba a tiranizarle con su poder económico? ¿Iba Rodia a enamorarse de ella por ser su único sustento? “Qué estupidez -se contestaba él-, si antes he afirmado que el dinero es el más despreciable y bajo de los poderes que puede tener un hombre”. Siguiendo esas pautas, podría decirse que él disponía del valor humano más valioso y menos material, que era la inteligencia. Con ella podría servirse para llevar a Sonia a su máximo desarrollo.
Poco a poco iba dejando su conciencia apaciguada, o, si se tratara de ajedrez, en tablas.

Pero al poco tiempo, mientras cargaba pedazos de roca en una carretilla, volvían las dudas. “Un momento”, se preguntó de repente, “estoy sopesando valores, estoy comparando la inteligencia con el poder económico... ¡seré idiota! Deben ser estas malditas piedras, odio estas malditas piedras, me están volviendo loco... soy un ser huraño y receloso que no sabe apreciar un regalo de Dios. Si Dios existe, tal vez entiende que al expiar aquí mis asesinatos puede recompensarme con una mujer tan dulce, una mujer tan... tan...”
Chasqueó un látigo muy cerca, pero no le alcanzó. Nunca le daban los latigazos, en cambio a otros presos sí, pero nunca le dio importancia a ese detalle.
Estaba feliz porque había vuelto al principio. Amaba a Sonia.


            La clave estaba en no pensar. Sólo era necesario lo fundamental, que era basarse en los hechos innegables, y éstos eran lo que se alegraba y lo feliz que era cuando estaba con ella, porque, con la excepción de sus dudas de decirla o no ciertos pensamientos, era la única persona cuya presencia no le resultaba incómoda. Lo estaba consiguiendo, estaba cerca de encontrar la calma consigo mismo con el método de los pensamientos puros, recordando lo más bello de Sonia, palabras suyas, gestos y su pañuelo verde, cuando alguien lo interrumpió.
            - Ateo.
            Era uno de los inconformistas, de los hostiles, de aquéllos que no se ablandaban al ver aparecer a Sonia cuando venía a visitar a Raskólnikov. Sujetaba en una mano lo que parecía un pedazo de tablón. Detrás había otro tipo con actitud vigilante, probablemente para advertir a su compañero del regreso del cabo de vara.
            - Date prisa – dijo el otro.
            - Tú – el que iba armado se acercó a Raskólnikov -, eres un miserable ateo. ¿A quién intentas engañar con eso? – y señaló la Biblia de Sonia - ¿No hablas, eh? Eres además un embustero. Llevas tal corrupción dentro que rebosa en forma de esa repugnante tristeza que te hace aún más miserable.
            Raskólnikov cayó en la cuenta de que era imposible defenderse.
            - Imbécil – por fin le clavó la mirada -, la tristeza es la manifestación pacífica del odio.
           No se imaginaba que un hombre tan delgado como él pudiera realizar un movimiento con tanta presteza. Una vez recobrado el control, a cuatro patas en el suelo, dedujo que le había asestado un golpe con el trozo de tablón. Sentía un hormigueo extraño en la boca, los dientes y la nariz, y al palparse la zona seguía sin notarla, como si estuviera dormida. Empezó a sangrar; al mismo tiempo apareció el dolor. Pero la estaca cayó sobre su cabeza unas veces más. Los golpes en el abdomen y el tórax se los propinaron mediante patadas. Antes de perder el conocimiento, se acordó del terrible sueño del caballo al que mataron a palos por no poder tirar del carro.
            Lo que sucedió después no es necesario explicarlo. Sonia arrodillada junto a una cama de enfermería, donde dormía un joven con el rostro desfigurado, hinchado, acardenalado y cruzado de sangre seca. Sentía la misma piedad por el hombre desgraciado que sintió cuando le confesó sus asesinatos. Raskólnikov a menudo fingía que dormía, como en aquel instante en que agudizó sus sentidos al oír unos pasos que se acercaban. Se detuvo; Sonia ya había reparado en él, incluso sin volverse, sabía quién era.
            - Teniente Rostov, me encuentra usted en una situación un tanto… embarazosa.
            - Discúlpeme usted, enseguida me marcho.
            Pero ninguno se movía.
            - ¿Qué desea decirme?
            - Los culpables han sido descubiertos y severamente castigados. Uno de ellos escondía esto – dejó junto a ella la Biblia.
            - Qué importa que se les castigue o que no – susurró.
            - ¿Cómo dice?
            - Nada. Por favor, déjeme sola.
            - Por supuesto.
            El militar dio un taconazo y dio media vuelta, caminando enérgicamente. Estaba furioso, ella ni le había mirado. Ni una muestra de agradecimiento tampoco, ni por devolverle el evangeliario ni por azotar a los dos bribones que le dieron la paliza a su estúpido amante. Encontrarlos no fue difícil, desde luego, por la sencilla razón de que había sido testigo del acontecimiento. Ellos no lo veían, pero desde una distancia prudente lo vio todo mediante un catalejo, y no hizo nada por impedirlo aun pudiendo haber disparado con su rifle. Le gustaba ver ajustes de cuentas entre reclusos.
            Al cabo de vara que debía estar de guardia en aquel momento y lugar tan sólo le soltó una blanda reprimenda. Él mismo conocía la profesión, sabía lo bajos que eran los salarios y lo bien que sentaba irse un rato a echarse un trago de vodka. Aunque él ya fuera un oficial y su vida bastante acomodada, respetaba a sus subordinados, tratándolos a menudo de colegas, y no podía siquiera imaginar que los presidiarios no fueran escoria humana. Sólo le interesaba Raskólnikov por el simple hecho de que cada día venía a visitarle la mujer más hermosa que había visto en su vida.

            Al poco rato Rodión Románovitch no pudo soportar más sollozos y tomó sin meditaciones una decisión que podía cambiar nuevamente su vida. Hasta Sonia se asustó al verle abrir los ojos tan violentamente y endurecer su rostro.
            - Quiero que te vayas.
            - Sí, amor mío – ella se incorporaba llena de tristeza y pensando nuevamente en todo lo que iba a rezar por él.
            - No lo entiendes bien. Quiero que te vayas a San Petersburgo, ahora, o mañana mismo, pero antes de que vuelva a salir el sol. Me he dado cuenta por fin de que tu presencia me hiere más que cualquier otra cosa, de que te odio y te odiaré cada vez más… No tienes corazón, ¿es que no te das cuenta…? Me estás machacando cada día, tú con tu libertad, paz y seguridad en tu alma al tenerme como amado… Un amado que además está pudriéndose en la cárcel y con los trabajos forzados… Tú, sí, tú que tan púdica eres, tan arraigada en el cristianismo, no sabes la suerte que tienes al parecerte tanto a un mártir, o a una Magdalena, sufriendo, padeciendo por un ser amado en lugar de por ti misma. ¡No quiero tu piedad, ni la piedad de nadie! A lo mejor es envidia o simplemente locura lo que me está carcomiendo las entrañas, pero sé que no soporto inspirar lástima ni que me ayuden, ¡déjame solo!
            - Pero te prometí que te seguiría a cualquier parte… - sendos torrentes de lágrimas surcaban sus mejillas – Incluso tú me lo pediste.
            - Pero esto es distinto. Sabes que te amo, igual que sé lo que tú me amas a mí. Eso implica que deseo tu vida libre de padecimientos, no como la mía. No nos peleemos por la estúpida idea de sufrir, tú puedes elegir, así que ¡vete! Te lo ordeno, y si me obedeces una parte de mí se librará del tormento del dolor ajeno. Bastante tengo con el mío.
            - ¡Oh, Rodia, no sabes lo que dices! ¡Estás delirando!
            - No… ahora por fin veo con claridad… Vete, vete y te prometo que cuando salga iré a buscarte. Mantén buenas relaciones con Dunia y Razumikin, son buenas personas… Creo que voy a perder los dientes… ¡vete!
            Ella estaba apretando una mano del herido entre las suyas. Por mucho que lo negara, una parte de ella lo comprendía y, de todas formas, no tenía alternativa. Contrajo el rostro congestionado y húmedo de lágrimas, gritó y salió corriendo.

            “Dios mío, qué he hecho”, se culpó Raskolnikov. Le pareció notar en su pecho el peso de cien mil canastos llenos de alabastro. Tan absorto estaba que no oyó salir a alguien más de la trágica escena. Ese día cayó enfermo con fiebre muy alta, y así permaneció día y medio.


            La casa cuartel de la guardia estaba no lejos de la enfermería, y allí era adonde se dirigía el viejo y ebrio enfermero. Buscó el despacho del teniente, abrió la puerta sin llamar y comprobó que no estaba. Antes de salir recargó su petaca con una botella que encontró en un armario. Una vez fuera, buscó a su criado y le dio unos kópeks y la orden de no perder de vista a Sonia. Se dirigió entonces, tras darle un trago a su petaca con vodka del teniente, a por su caballo para comunicarle la noticia a Rostov.
            El veterano teniente Iván Ílitch Rostov tenía una cabaña propia cerca de la zona de trabajo. Era bastante modesta, con una sala principal y un dormitorio. Allí lo encontró el enfermero, sentado frente a su mesa donde descansaba otra botella igual a la de su despacho y su extraño revólver con el que jugueteaba a menudo.
            - Rostov.
            - Adelante, Sasha.
         - Tengo que decirle algo importante, y si lo conozco bien, y creo que diez años y un par de guerras son como para conocerle bien, le interesará.
            - Siéntate, viejo amigo. Ten calma. ¿Un trago? ¿Sabes que este maldito revólver me está trayendo mala suerte? Estoy pensando en tirarlo al río, o buscar al oficial inglés al que se lo robé para devolvérselo.
            - Habiendo vaciado los cinco tiros en él, supongo.
            - Desde luego. Porque además no hay aquí balas de este calibre.
            - Véndeselo a un coleccionista. Escucha, no puedo quedarme aquí toda la noche. La chica se vuelve a Petersburgo. He oído cómo discutían y lloraban en la enfermería poco después de que te fueras tú. He mandado a mi criado para que la siga con el fin de saber si va a irse realmente.
           El semblante de Rostov se volvió inexpresivo, detenido, como si de un rápido tirón le hubiesen sacado las vísceras. Con voz ronca y débil preguntó:
            - ¿Y cuándo se marcha?
            - Como muy tarde, mañana al alba.
            - Gracias, Sasha. Puedes irte.

            Rostov era un soldado hábil para sus casi cincuenta años. Con las primeras luces del alba se le podía ver galopar rápido como el viento, vestido de forma distinta a como solía ir: iba exactamente como un cosaco del Mar Negro, con gorro de pelo largo y lanza de color escarlata, pero eso sí, con su sable y su revólver al cinto. Por un atajo llegó a la carretera que se dirigía a la estación de ferrocarril más próxima. Con su catalejo pudo localizar el carro en la lejanía, pero alcanzable por su ligera montura en poco tiempo. No había nadie más que pudiera verle. En cuanto se dieran cuenta de que un elegante oficial les seguía no tendrían más remedio que detenerse y la tarea sería fácil.
            Así fue al principio. Los pasajeros y el cochero, perplejos, fueron aminorando la marcha y se detuvieron a un lado de la calzada, bien para dejar pasar al glorioso jinete o bien para tener una audiencia con él. Fue nada más llegar cuando Sonia lo reconoció.
            - ¡Rostov! ¿Qué hace usted aquí?
           Pero ella no iba sola. Además del cochero, con ella estaba su joven y fiel ayudante de sastrería, de la que había oído hablar pero nunca había visto. Eso le hizo dudar, no había pensado que una chica tan joven pudiese entrar en escena. Pero ya había tomado una decisión y no iba a amedrentarse por nada. Sin embargo, su silencio les puso en guardia a todos.
            Ni siquiera toda su experiencia en batalla le permitió clavarle la lanza limpiamente al cochero. Se movió e intentó atacarle con el látigo, pero Rostov con presteza desenfundó el revólver y le pegó un tiro. Hubiera sido un buen remedio si los caballos no se hubieran asustado y comenzaran a galopar como alma que lleva el diablo. La niña estaba pálida de miedo, paralizada por el pánico. Sonia al menos pudo chillar, y se sorprendió a sí misma trepando hacia el asiento del conductor para tomar las riendas de los caballos.
            El soldado se maldijo por su mala suerte y su torpeza, y galopó tras la carroza espoleando a su caballo con todo su odio. No podían escapar de él, antes morirían.
            Los cascos golpeaban el suelo, las ruedas parecían a punto de salirse de los ejes, pero el terrible jinete iba ganando terreno. Lo siguiente que hizo Rostov fue lo más arriesgado para los tres vivos que quedaban, pues al ponerse a la altura de los caballos de Sonia, desenvainó el sable y le propinó un tajo a uno de ellos. Consecuentemente cayó, haciendo caer al de al lado y provocando el vuelco del carro, lanzando por los aires a sus ocupantes. Tuvo suerte Rostov de que el carro no le aplastase a él.

            La escena era dramática. Caballos retorciéndose y sangrando en el suelo; la niña yacía aparentemente muerta, con un codo y el cuello doblados de manera inhumana; equipajes desparramados por la calzada; el cochero tirado como un saco pesado de algún producto agrícola; el carro medio astillado mantenía su forma y alguna rueda que seguía girando; Sonia tendida sobre un costado con una herida en la cabeza.
            Rostov cogió con cuidado a Sonia y la subió en su caballo. Si no hubiera estado en la guerra conociendo lo útil del robo y el pillaje, se podía haber olvidado de registrar los equipajes y los muertos, pero no lo hizo. Encontró los tres mil doscientos rublos y algo más que tenía el cochero, y una vez con todo lo necesario, emprendió la huida.


            Algo antes de despuntar el alba, en el comedor daban de desayunar a los presos un bol de cereales remojados de triste aspecto. Todos ellos, cuando eran recién llegados, por su escasa calidad culinaria o bien por el poco apetito que tenían, comían algo para matar el hambre y lo echaban a un lado; pero entonces todos ellos, ya veteranos, lo comían hasta la última migaja. Sin comer no soportarían el ritmo de trabajo, y a quien desfallece lo desollan a latigazos o lo muelen a palos. Unos pocos hombres curtidos no eran una excepción, y entre ellos se contaban los enemigos de Raskólnikov, aún con heridas y moretones.
            - ¿Dónde estará el malnacido del teniente?
            - Por mí como si se lo come un lobo.
            - Tampoco ha aparecido el asesino –la manera de decir asesino había perdido peso y se había convertido en un apelativo irónico-, a lo mejor le diste demasiado fuerte.
            - Como si se pudre. Lo único que me interesa es salir de aquí.
            - La única forma de salir de aquí es en una caja de pino y con los pies por delante –dijo otro, más mayor-, y no iríais muy lejos. Hay una fosa común para los muertos hacia el norte. Una vez nos hicieron cavar allí y no nos dijeron para qué. Es posible que los que vayan cayendo los arrojen directamente a aquel enorme agujero, sin enterrar siquiera –suspiró- . La nieve y las alimañas tendrán allí un festín… Lo que me recuerda una historia…
            - ¿Qué historia? Cuenta, Ígor.
            - Acabaos la comida… así, je, je. Bien, ya sabréis por qué. Fue hace ya bastantes años, no puedo decirlo porque no llevo la cuenta ya. Los colegas aquí presentes y yo éramos jóvenes y fuertes, eso sí, y conocimos un par de muchachos como vosotros, llenos de energía y esperanza. Reconozco que escuchaba sus planes de fuga con atención, y tenían uno bastante bueno, por cierto. Uno que consistía en fingir un ataque de epilepsia para que lo llevaran al médico y, una vez allí, escapar reduciendo al enfermero, armarse con cualquier objeto, correr hasta el punto en donde le esperase su compañero y salir pitando. Pero fracasaron ¿saben por qué? Por la inmensidad. Las distancias son gigantescas aquí. Fue tal la desesperación de los fugados, que tuvieron que retornar hasta el pueblo débiles y medio congelados, con tal aspecto de moribundos que los vecinos y los guardias los devolvieron a rastras de nuevo a prisión. Pero ahí no acaba la historia, porque volvieron a intentarlo, y esta vez se les unió un nuevo presidiario algo estúpido, que no tenía intención de escapar pero carecía de capacidad de decisión y era altamente sugestionable. Pues bien, volvieron a capturarlos. Los delataron las aves carroñeras, y los perros sabuesos les siguieron la pista. Pero sólo capturaron a los dos de la primera vez – hizo una pausa – porque el nuevo había sido su comida. Les aumentaron la pena otros diez años por el asesinato.
            Los compañeros permanecieron en silencio casi toda la mañana después de oír aquello. Incluso uno que casi siempre cantaba alguna canción mientras picaba piedra, permaneció callado como el alabastro. En cambio los guardias estaban joviales, extraordinariamente alegres, tal vez porque el teniente aún no había aparecido. Tan alegres estaban que uno le arrojó una piedra a otro, y poco después comenzaron a pelearse en broma, incluso rodando por el suelo. Los presos se detuvieron a mirar, y uno, Serguéi, delgado, con heridas y moretones en la cara, reparó en que a uno de los guardias se le habían caído varios cartuchos de su rifle. Arriesgando su vida en la valiente acción que no había premeditado, se acercó, los cogió del suelo y regresó rápidamente a su puesto. Justo entonces uno de los guardias chilló.
            - ¡Arrrrghhh, malnacido, me has roto la nariz!
            - Cállate, shhh. Mira, el teniente está allí a lo lejos. Ya viene.



          Cuando Sonia recobró el conocimiento, se encontró en un dormitorio de una cabaña de madera. Miró a su alrededor, al extraño aposento iluminado únicamente por una vela. La única ventana había sido tapada con fuertes tablas y clavos, y la puerta estaba atrancada por el otro lado. “Dios mío, qué he hecho, por qué estoy aquí, contéstame…” Llevaba una venda en la cabeza y otra en la muñeca, la cual tenía hinchada y dolía sobremanera, pero se puso de pie, tambaleándose como un ser medio ciego, y fue palpando objetos y paredes. Empezó a llorar, no le quedaban fuerzas para rezar por ella misma.
            Se oyeron tintineos metálicos, luego el mecanismo de la cerradura. La puerta se abrió.
            - ¡Ah, Sonetchka, por fin has despertado! – dijo Rostov, cautelosamente alegre.


            Nadie -salvo el enfermero- podría saberlo. Como ella había salido tan temprano, al teniente Rostov le dio tiempo suficiente para llegar a su puesto de trabajo casi a tiempo. Como tenía el privilegio de ostentar un rango bastante alto, nadie le reprochó nada. Todos los días eran iguales y cada uno sabía lo que tenía que hacer, y tan sólo hubo un pequeño altercado entre presos que sus cabos de vara resolvieron con facilidad, aunque a Rostov le interesó la sorprendente nariz rota de uno de ellos.
            Unas horas más tarde llegó a la zona de trabajo un telegue, uno de ésos transportes para asuntos oficiales que consisten en un sencillo cajón con ruedas -provisto con una campanilla para que se aparten otros de la calzada, eso es lo que lo hace rápido- tirado por un caballo. Eran dos sus ocupantes, sin contar el conductor. Uno era el enfermero; el otro era un escuálido y harapiento Raskólnikov. Rostov dio instrucciones a los guardias y se acercó a recibir a los visitantes.
            - ¡Sasha, amigo, qué bien que vengas a visitarme! – el teniente se mostraba estúpidamente jovial – Hola, Rodia, ¿estás ya repuesto?
            - Sí, señor – pensó en espetarle que no le tratara de forma tan familiar, pero prefirió abstenerse.
            - El preso Rodión Románovitch Raskólnikov está muy débil, pero puede ocuparse del horno, teniente.
            - Muy bien. Eso ya le es conocido. ¡Conductor, lleve al preso a las casas del río! Sasha, tú quedate aquí.
            El enfermero y el soldado se quedaron solos. Alexandr sacó su petaca y bebió un trago, ofreciéndosela a continuación a Rostov. Luego pasearon en silencio hasta que uno de los dos por fin se decidió a romperlo.
            - ¿Cómo pudiste planificarlo tan bien en tan poco tiempo?
            - ¿A qué llamas bien? Fue un desastre.
            - Encontraron la lanza que tan genialmente dejaste en la carretera.
     Rostov enrojeció súbitamente y luego adquirió una palidez mortal. Se había olvidado completamente de la lanza que le arrojó al conductor, al que tras errar tuvo que matar de un disparo. Le ahogó una especie de miedo, tal vez algo superior: pánico. Casi deja de oír a su colega, que seguía hablando.
            - …no había visto ningún golpe tan perfecto. Cuando la compañía de cosacos encontró la carroza y los cadáveres, también apareció la lanza roja, igual que las otras ochenta de cualquiera de los jinetes. Se armó un revuelo, se detuvo la compañía y llamaron al alguacil y a soldados de aquí. Nadie se movió de allí durante horas, hasta que fueron todos interrogados, porque casualmente tuvieron la noche anterior libre, y casualmente uno de ellos perdió su lanza. Sigo sin entenderlo. ¿Buscaste a ese soldado y le sobornaste? ¿O le robaste la lanza sin que se diera cuenta?
            - Ss… se la robé, sí.
         - Bueno, pues el caso es que él afirma haberla arrojado lejos en una borrachera, y otros dos testifican de ello. Los tres han sido encerrados en un calabozo como potenciales sospechosos del doble asesinato más secuestro, o tal vez triple asesinato si aparece el cadáver de Sonia. Que no aparecerá, claro. ¿Dónde la tienes?
            - En mi cabaña.
            - Pues hay que sacarla de ahí lo antes posible, amigo.
            - Sí. Quiero desaparecer un tiempo. Pero te necesito una vez más, no sé cómo hacerlo, pero tú eres listo.
            - Tal vez, pero no hago milagros. ¿De qué se trata? ¿De cómo desaparecer?
            - Me gustaría que fuese legal para no tener problemas. Un traslado, por ejemplo.
           - Entiendo. Pero ahí voy a tener que cobrarte algo. Para falsificar documentos de ese tipo hacen falta medios que no están a mi alcance.
            - ¿Qué te parecen… -hizo cuentas rápidamente– quinientos rublos?
            El enfermero caminó cabizbajo unos segundos sin hablar, pensativo. Al fin asintió.
            - Si necesito más te lo comunicaré.



            Una vez el teniente en su cabaña, se sentó frente a su mesa, clavando los codos, apoyando en las manos su cabeza como si pesara lo que una locomotora. Empezaba a tener miedo sin motivo; tal vez era un miedo en sentido pasado, por el riesgo que había sufrido y la incredulidad de la extraordinaria suerte que había tenido con el asunto de la lanza. A escasa distancia, al otro lado de una puerta de madera estaba la recompensa de todo ese riesgo corrido, su botín de guerra. Ésa era una de las razones por las que añoraba la guerra, por el agradable fruto del saqueo: en especial sentía nostalgia de las mujeres.
            La primera vez que se enamoró era muy joven, apenas un adolescente. Ella era pálida, de piel de tal candor que parecía rosada, más aún con el frío. Sus ojos eran verdes y su pelo rubio, como otras polacas, pero cada rincón de ella emanaba tal perfección que era inevitable que resaltara. Él era un joven soldado en una de sus primeras campañas y, tras tomar la aldea rebelde, vio cómo sus compañeros se convertían en eufóricos salvajes y, algunos hasta heridos, corrían hacia corrales y casas para tomar lo que pudieran. Entonces vio cómo uno de sus compañeros de armas la intentó forzar. Inmediatamente lo separó de ella y lo atravesó con su bayoneta. Ella lo miró, quiso creer Rostov, con agradecimiento, pero luego corrió y desapareció. Pero después de unos meses la volvió a encontrar, en una aldea vecina, en circunstancias más pacíficas: se trataba de un registro en busca de un saboteador. Un soldado vigiló a la chica y al joven que debía ser su primer marido, otro miró en los dormitorios, él miró la cocina. Acurrucado en uno de los muebles había un hombre, y se miraron largamente, sin decir nada. El otro soldado le preguntó si había visto algo, él contestó que no y cerró la portezuela del mueble.
            La última vez que la vio fue cuando la ahorcaron. Lo hicieron con prisas, hacía mucho frío y nevaba fuerte. El soldado que le puso la soga al cuello lo hizo brusca y despectivamente, sintiendo un asco terrible no por ella, sino por la orden que estaba cumpliendo.
            Aquel soldado era el mismo Rostov.
           Fue cuando decidió no enamorarse nunca más, no sentir nada más. Violó muchas mujeres en distintas escaramuzas y batallas; de esa manera consiguió aliviarse. Supo que la vida consistía en satisfacer necesidades.

            Alguien llamó a la puerta sacándolo de su estupor. Miró a su derecha instintivamente, como si Sonia de pronto hubiera adquirido una llave y pudiese abrir su puerta para curiosear, pero no escuchó movimiento alguno. Llamaron otra vez.
            - ¡Teniente, soy Mijaíl!
            - ¿Qué pasa? – dijo malhumorado Rostov.
            - El preso Raskólnikov… desea verle a usted.
            - ¿Es que no tiene trabajo?
            - Señor, ya se ha puesto el sol. Ya estamos recogiendo.
            - Bien, pues que pase. Lárgate.
            Primero se escuchó un tintineo de cadenas, luego apareció Raskólnikov en la puerta, con grilletes en las manos y en los pies. El cabo de vara miró de soslayo a ambos y se fue, cerrando él la puerta.
- Bueno, Rodia. Ésta es mi casa. Ponte cómodo – Rostov pensó rápidamente cómo podría matar a Raskólnikov, pues al mínimo grito de Sonia, que debía estar oyéndolo todo, no tendría más remedio que hacerlo. Sentía por él algo de lástima.
            - Gracias. Lo estaría más sin estas cadenas.
            Rostov abrió un cajoncito de la mesa y sacó una llave, pero lo pensó mejor y volvió a depositarla en su sitio.
            - No me malinterpretes, sólo es pereza. Luego tendría que volver a ponértelas.
            - No importa. Antes de empezar, ¿hay algo que pueda hacer por usted? ¿Hay algún favor a mi alcance que pueda hacerle?
            - ¿Tan embarazoso es lo que vas a pedirme? – inquirió sonriente.
            Rodión asintió con gravedad. Ya no temblaba.
            - He decidido morir.

***


            Sonia lo había oído todo, igual que hizo un tal Svidrigáilov mil años atrás. Nunca supo de dónde sacó fuerzas para contener un grito o un áspero sollozo que pujaba por salir a la luz como fuere. Y por primera vez, empezó a sentir odio, uno odio visceral no hacia Raskólnikov, sino hacia todo lo que le rodeaba. Quería gritar que Dios era injusto, gritar por qué le hacía padecer todo eso, si es que quería ponerla a prueba o enseñarle algo. Pero ya no quería aprender nada más, o más bien no podía. Lo único que veía con claridad era su promesa de seguir a Rodia adonde fuera.
            Buscó algún objeto cortante, pero sólo encontró una botella vacía. Para romperla antes tendría que asegurarse de que no había nadie en la casa.



            En la zona de trabajo era la hora de formar para marchar de vuelta a prisión. Los cabos de vara fueron supervisando tareas, recontando herramientas y presos, así como todos los procedimientos rutinarios. Cuánta fue la sorpresa de los guardias cuando comprobaron que faltaban dos presos.

            Los reclusos Serguéi y Yuri se encontraban agazapados detrás de unas cajas de madera. Uno de ellos rascaba sus botas con una chapa oxidada, recogiendo un pequeño cúmulo de sucia y reseca grasa de caballo. El otro abría los cartuchos de rifle, vaciando la pólvora en la cerradura de los grilletes de los pies.
            - ¿Funcionará?
            - Sólo tenemos una oportunidad.      
            - Lo van a oír.
            Taponaron la cerradura con la grasa, aplastando bien la pólvora. Por una pequeña abertura dejaron salir un delgado reguero hasta una piedra más o menos plana del suelo.
            - A lo mejor me vuelas el tobillo – rió el que esperaba el golpe.
            El otro, arrodillado, empuñó un pico con ambas manos y asestó un fuerte golpe a la piedra con el reguerillo de pólvora. Falló. Volvió a intentarlo otra vez, y entonces el impacto metálico produjo la chispa necesaria para prender la pólvora, que se quemó como una mecha. Los dos presos contuvieron la respiración y hasta los latidos del corazón cuando el punto de luz se aproximó al cerrojo.
            La detonación le quemó la piel del tobillo, pero la cerradura se abrió.
            - ¡Allí! –gritó un guardia a caballo, desenvainando su sable.
            El segundo preso no pudo liberarse; ya se escuchaban cerca los cascos de un caballo al menos. No había tiempo para pensar, el que estaba libre tomó una piedra del suelo, el otro siguió con el pico.
            El guardia no se anduvo con miramientos y nada más verlos se dispuso a decapitar al que iba armado con el pico. Pero no contó con la pedrada que le alcanzó en un ojo, ni con que aquello le hiciese errar su sablazo, ni con que un pico se hundiese en su abdomen haciéndole caer del caballo. Fue lo último que supo aquel soldado.

            Dos presos en un mismo caballo huyeron al galope entre vítores de sus compañeros y disparos de los guardias. Se dirigieron al norte, sin saber muy bien qué rumbo seguir.
            - ¡Mira, Yuri, esa cabaña, ve para allá!
            - ¿Qué hay en ella?
            - Tal vez algo que necesitemos – dijo Serguéi bajándose del caballo.
            Abrió la puerta de una patada. Yuri ató con presteza el caballo y pasó tras él, empuñando el sable. Tenían ante ellos lo que parecía ser el cómodo refugio de un oficial. Revolvieron todo hasta encontrar algo de comida, un cuchillo, un rifle y otros objetos de utilidad.
            - ¿Y esa puerta?
            - Déjalo, ya tenemos todo, venga.
            Pero Serguéi volvió a abrirla de una patada, y casi se desmaya al ver el espectáculo de la habitación. Contuvo un grito, acudió Yuri.
            - Es ella –dijo Serguéi, y tapándole la herida de la muñeca escuchó un gemido - ¡Aún está viva! Rápido, corta ese mantel… eso es, hay que vendarla, ha perdido mucha sangre.
            - ¿Qué hacemos ahora? Tenemos que irnos.
            - Vete tú. Yo me quedo.
            No había tiempo ni motivo para discutir. Los dos amigos se sostuvieron la mirada, luego se abrazaron.
            - ¡Suerte! – gritó Serguéi, en medio de un charco de sangre, sosteniendo aún la muñeca de la mujer.
            - ¡Volveremos a vernos, hasta la vista!
            Yuri subió a la grupa del caballo y lo espoleó.



            El sol se había puesto hacía ya rato, de modo que no quedaba mucha luz entre los árboles. El sendero no parecía muy transitado, pero estaba claro que conducía a alguna parte; de otra manera no existiría. Por fin llegaron. Rostov y Raskólnikov se detuvieron ante un claro del bosque en torno a una gran fosa rectangular. En una caseta descansaban un par de palas y sacos de cal. Raskólnikov no quiso asomarse al borde de la fosa; ya tendría tiempo de conocer a sus compañeros de ahí abajo.
            - ¿No haces ningún testamento? ¿No le dejas tus bienes a nadie?- preguntó Rostov, rompiendo el silencio.
            Rodia rió por primera vez.
            - ¿Qué bienes? Sólo tengo males… Sólo está Sonia, y en lugar de llevármela a la tumba la he dejado libre. Mi madre ya murió y mi hermana está en buenas manos, con mi único amigo. Nada me ata a este mundo.
            Se acercó al borde de la fosa, procurando no mirarla, y dio media vuelta. Los dos hombres estaban frente a frente.
            - Dispáreme.
            Rostov montó el rifle y apuntó. Pero no podía disparar, jugueteaba con el dedo en el gatillo, algo le oprimía en el pecho. Nunca había matado a nadie así, era una experiencia muy extraña y muy desagradable. Su instinto era el de un cazador; era como si a un ave de presa en cautividad le dieran de comer otras aves muertas. Ese halcón o águila perdería el apetito y tal vez moriría de hambre o aburrimiento. A él le pasaba algo similar, no podía matar a un hombre así. Siempre que mataba lo hacía a quien se aferraba a la vida, como las gallinas que decapitaba de pequeño que luego seguían caminando durante unos instantes. Bajó el rifle.
            - Este revólver – desenfundó – perteneció a un oficial inglés. Lo perdió durante la increíble Carga de la Brigada Ligera, en donde seiscientos húsares se lanzaron contra nuestras mejor armadas baterías de cañones. Jamás contempló la Historia semejante acto de locura o de valentía. Yo estuve allí, dando tajos con mi sable a aquellos héroes heridos y moribundos. Me prometí no volver a matar a nadie así, capaz de galopar hacia la muerte. Toma, hazlo tú.
            Raskólnikov vaciló, pero tomó el famoso revólver. Jugó con él, giró el tambor, lo amartilló.
            - Dígale a Sonia que la amo. Y que caí enfermo.
            Se puso el cañón en la sien y apretó el gatillo.


            Un chasquido. Ninguna detonación.


            Raskólnikov estaba furioso, abrió el tambor, vació las balas en la palma de la mano. Una bala ya había sido disparada, justo la que iba a salir por el cañón. Una posibilidad entre cinco.
            - Maldita sea.
            - Shhh.
            Oyeron un ruido entre los árboles. Luego se escucharon más claramente pasos y resoplidos de un caballo. Rostov volvió a empuñar su rifle, preguntándose si era su propio caballo que no había atado bien a la entrada del bosque. Pero la respuesta la obtuvo en forma de la esperada detonación realizada, y no por parte de Raskólnikov.
            Hacía mucho tiempo que no recibía un balazo. No sabía con precisión dónde había sido alcanzado, aunque sí que en alguna parte del tórax, tal vez la base del cuello. Le pareció sentir mucho frío, cayó definitivamente al suelo y perdió el conocimiento. Rodia no se movió, como si fuese un animal asustado. Otra bala silbó cerca de su cabeza.
            - ¡No dispare!
            - ¡Tire el arma!
            Había olvidado que aún tenía la pistola en la mano. La dejó caer como si quemase. Poco después volvieron a oírse los cascos del caballo y apareció el jinete apuntándole con un rifle.
            - ¡Asesino! ¿Qué demonios estás haciendo aquí?
            - Es una larga historia.
        - Más larga es que tu novia se haya intentado suicidar y que ahora esté de camino a la enfermería, si es que aún vive.
            - ¿Qué?
            Yuri guardó el rifle en la silla de montar y tomó el sable
            - ¿Quieres venir conmigo? Sólo te lo ofreceré una vez.
            - No.
            - Entonces esa arma me hará más falta a mí que a ti –tomó del suelo el revólver inglés – .Veamos en qué nos puede ayudar el teniente.
            Le quitó las botas, la pelliza y el cinto con el sable, mucho mejor que el que tenía. Y ante la perplejidad de Rodia, encontró más de tres mil rublos en un bolso de cuero.
            - Santo cielo.
            Raskólnikov no entendía nada.
           - No te asustes por lo que voy a hacer ahora. Te recomiendo que no mires –le dijo Yuri, y extendiéndole al muerto un brazo, lo cercenó costosamente a la altura del hombro. Lo guardó también en la silla de montar, luego no pudo contenerse y vomitó.
            - ¿Seguro que no quieres venir? – le dijo limpiándose con la manga.

             Por fin algo cambió en Rodia.

            - Espera. Voy contigo.


Fin.








Cuando Liza abrió los ojos (2006)

El siguiente texto es un trabajo de literatura rusa de cuando estudié 3º de Filología Eslava (UCM). Se trataba de redactar una continuación o reelaboración del famoso cuento de Nikolái Mijáilovich Karamzín (1766-1826), La pobre Liza, cuyo tema principal es el abandono amoroso de la chica por Erast, el chico de quien se enamora.
He aquí una introducción sobre el autor y el texto ruso traducido a español:
https://www.nuevarevista.net/libros/la-pobre-liza/

Mi relato puede leerse sin necesidad de haber leído el de Karamzín. Espero que al menos logre entretener al lector.
© Eduardo Madrid Cobos. Registro de Propiedad Intelectual nº M-008293/2008.


Cuando Liza abrió los ojos

Cuando Liza abrió los ojos, le cegó una luz blanca. Debía hacer mucho tiempo que no los abría, tal vez nunca lo había hecho. Reconoció el entorno típico de un hospital, los tubos de respiración, la aguja de suero clavada en el brazo. Parpadeó varias veces, las lágrimas eran espesas y las legañas estaban pegadas. Los fluorescentes eran muy molestos, era una luz demasiado artificial, parecía vibrar...
Comenzaron a funcionar los oídos. Unos pasos vigorosos resonaban en un pasillo detrás de la puerta entreabierta. Entró una enfermera, que al verla, arqueó una ceja y esbozó una media sonrisa.
Poco después, Liza intentaba comer los alimentos de una bandeja. En la televisión, comenzaban las noticias...



- ¿Te encuentras mejor?
Había allí un hombre, que no había visto ni oído entrar. Era adulto, vestido de civil pero con un aspecto terrorífico, que imponía como mínimo un gran respeto. Parecía un agente de policía, o algo peor. Llevaba un periódico bajo el brazo.
Liza no respondió, se le quedó mirando atónita.
- Te traigo más noticias. Es un número atrasado del Pravda –se lo arrojó sobre las rodillas -, pero tal vez te interese conocer cierto artículo sobre alguien que conoces.
- ¿Mi madre está bien? – articuló ella, con voz débil y ronca.
- Lee.
El hombre se puso un cigarro en la boca, prendió una cerilla, lo encendió. No miraba a Liza, miraba la televisión, los últimos éxitos de Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Se acercó despacio y la apagó. La estancia quedó en silencio, salvo por el crujir del burdo papel en las finas manos de la chica.
Finalmente, ella murmuró:
- Soy yo. Estoy muerta. – Levantó la mirada, sus bellos ojos, hacia el desconocido - ¿Por qué?
- Vístete. Volveré dentro de quince minutos.
- ¡Espere! ¿Y mi madre...?
Pero el hombre ya se había ido.


Resultó que los alimentos que comió Liza no eran un desayuno, sino la cena, porque era de noche. Circulaba rápido el coche por la avenida Petrovka, al volante estaba el desconocido –irónicamente, el único conocido de Liza-, y junto a él, ella, con bien escogida ropa nueva y un abrigo caro de piel. Pero lo más extraño era cómo se había recuperado tan pronto de un coma, de haber reunido la osadía necesaria para suicidarse y, como inesperada recompensa, volver a la vida de manera incomprensible, cautiva de desconocidos. Su mente estaba despejada, sus sentidos alerta, su corazón latía deprisa.
- Cocaína, ¿verdad?
El conductor seguía impasible.
- Hubo alguien importante en mi vida que era drogadicto. A veces me contaba qué sentía, y se parece a esto. Ustedes me lo han administrado en el hospital, ¿verdad?
El vehículo viró por otra calle, y luego se fue adentrando en una zona que Liza no conocía.
- ¿Adónde vamos?
- A ver a un amigo – contestó él.
- Quiero irme. No sé quién es usted, ni me interesan sus amigos. Pare el coche.
- Eso es imposible.
- Quiero bajarme. ¡Pare el coche!
- Cálmate.
Pero Liza se había desabrochado el cinturón y estaba abriendo la puerta para saltar, aprovechando que iban despacio. Una garra de hierro le atenazó un hombro y la repuso de nuevo en su asiento. Ella chillaba, pedía socorro, pero el conductor era lo suficientemente hábil para conducir y tapar la boca a la chica al mismo tiempo. Algunos peatones vieron la escena, sin escandalizarse demasiado.
Por fin, ella se calmó, se relajó, respirando agitadamente. Lloraba.
- ¿Por qué yo?
- Ya te lo explicarán. Cálmate, nadie te hará daño.
- ¿Y mi madre? Ya se lo he preguntado y usted no dice nada. ¿La han matado?
- Tu madre está a salvo, y lo seguirá estando mientras trabajes para nosotros.

El vehículo estacionó en una calle poco concurrida. Apagó las luces y el motor, haciéndose de nuevo el silencio que tanto gustaba al desconocido. Abrió su ventanilla y encendió otro cigarro. Liza se frotaba el hombro magullado, más tranquila, pero sin dejar de mirar al hombre, quien no miraba hacia ella, sino hacia la calle, echando vistazos al retrovisor, tamborileando con los dedos, con suavidad, dubitativamente.
- En el piso tercero hay un hombre, un enemigo del régimen. Es más joven que yo, moreno, no muy alto. Es guapo, te gustará –dijo eso mirándola con pena- pero vas a tener que matarlo. Necesitarás esto.
Se sacó del abrigo un arma, una pequeña pistola. Le explicó como quitar el seguro y amartillarla.
- No se te ocurra suicidarte otra vez – comentó al final, sarcástico.
Liza tomó la pistola, le miró con desprecio y le escupió en la cara. Salió del coche. El hombre ni se movió.


Hacía frío.
La puerta estaba abierta, entornada, y ella la empujó con un dedo, girando sin hacer ruido. La casa estaba en penumbra, sólo se percibía la luz de unas velas sobre una mesa, con dos esbeltas copas y una botella de champaña. El enemigo del régimen estaba allí sentado, mirándola.
- Cierra la puerta, por favor. Se escapa el calor.
Ella le hizo caso.
-Acércate, quítate el abrigo.
Al verle más de cerca, supo ella que su captor tenía razón, se trataba de un hombre joven, increíblemente guapo, de aspecto cautivador, con voz y expresión muy agradables. Colgó el abrigo en un pechero, olvidándose de que en un bolsillo estaba la pistola, que era la razón por la cual estaba allí.
- Eres mucho más hermosa de lo que imaginaba. Creía que vosotras, las profesionales del sórdido mundo de la prostitución, llevabais la huella de la humillación lamentable que cumplís a diario; y que, poco a poco, vuestra belleza se esfuma, aunque seáis jóvenes. ¿Cuántos años tienes?
- Veinte – mintió.
- Las he conocido más jóvenes, y ya tenían esas ojeras, y esas pequeñas arrugas en los ojos, que tiene mucha gente que no es feliz. ¿Tú eres feliz?
- Lo era. Ahora ya no – esta vez, dijo la verdad, y se sintió más cómoda.
El hombre la contempló largamente, tal vez con curiosidad, con compasión o con deseo. Salió abruptamente de su abstracción.
- Lo siento, discúlpame, soy un maleducado. Siéntate, por favor... Te gusta el champagne, ¿verdad? A todas las mujeres les gusta –abrió la botella, con seguridad, se notaba que había abierto muchas.
- No bebo mucho.
- Brindemos. ¡Por nosotros!

Al beber, tal vez por el sabor agrio, tal vez por el frío y gaseoso líquido que cruzaba su garganta, se apercibió súbitamente del peligro que corría. Cerró los ojos, manteniendo la copa junto a sus bellos labios rosados, y se detuvo para pensar. El tipo debía ser peligroso, si la habían enviado con un arma. Tal vez la envenenaba o la drogaba con la bebida, o tal vez, era un adicto al sexo y pretendía servirse de ella, lo cual era lo más probable. Pero todos esos peligros parecían contradecirse con lo que aparentaba, con su tranquilidad y benevolencia de sus gestos.

Cuando Liza abrió los ojos, su miedo había desaparecido.
- No nos hemos presentado – señaló ella. Lo cierto es que le apetecía hablar.
- Es verdad. Me llamo Erast, ¿y tú?
Una punzada de dolor desconcertante aguijoneó a Liza. ¿Por qué precisamente aquel nombre? ¿Es que no había suficientes nombres rusos en el santoral, que tenía que salir casualmente ése? Acababa de morir y resucitar, y se encontraba de nuevo con la reencarnación de la causa de su muerte. A partir de entonces, volvió a perder seguridad, se mareó, le pareció el champagne repugnante, y por un momento deseó, de esa manera poco intensa porque es imposible de cumplir, estar en una cama y llorar, abrazando una almohada.
- Me llamo Liza.
- Un placer, Liza. No hemos hablado de dinero, que supongo que iba a ser lo próximo que ibas a decir, porque te has quedado pensando. No me lo digas, no quiero saberlo, prefiero que te fíes de mí y que hagas una excepción, cobrándome al final, en función de lo que ocurra, ¿de acuerdo? 
- Eres un poco raro. ¿Qué quieres?
- Vivir. Vivir lo poco que me queda... Escucha, Liza, hay gente que quiere que yo, y gente como yo, no existamos... ¿entiendes? Es éste un mundo difícil, cada vez dejan menos espacio a los sentimientos, y lo que enseña la sociedad de ahora es a complacer los instintos, los impulsos, la psicología, la necesidad de poder, de bienes materiales... Todo lo que dicen por los medios de comunicación es mentira. Sólo hay una manera de ser feliz, y es enamorándose.
Liza sonrió, pero era más una mueca que una sonrisa.
- Estás loco.
- ¿Eso crees? ¿Por qué?
- Yo no creo que el amor traiga felicidad -sentenció ella-. Y cuanto más perfecto parece, mayor es el desengaño. El amor ideal es hacia una misma persona, hacia alguien con quien desees vivir el resto de tu vida, en quien puedas confiar plenamente, en cuyo corazón hayas erigido un recuerdo que va creciendo, y el suyo creciendo en ti, hasta no haber nadie más. Pero esto es una utopía, no puede existir, los sentimientos cambian. Las personas, especialmente los hombres, son mudables, débiles... 
Liza se bebió otra copa entera, él llenó la suya, pero sólo se mojó los labios.
- Intuyo que algo no te ha ido bien. Puedes contármelo, tenemos toda la noche.
- Se llamaba Erast, igual que tú. Me amaba, era muy buena persona, y fue mi primer y único gran amor. Pero era débil y torpe, aunque todo se le perdonaba por su buen corazón. Por ejemplo, recuerdo un acontecimiento ridículo, que por un momento me desconcertó pero luego lo amé aún más: teníamos una botella de champagne, pero no como éste, sino del rojo, de Crimea. La había comprado para mí, porque sabía que me gustaba, pero no las abría con la facilidad con que lo haces tú. Al tirar del tapón, el corcho se rompió, y se quedó la mitad dentro. Tuvo que buscar un sacacorchos, y forcejeando, la abrió al final... perdona, estoy diciendo tonterías. Le amaba, y él a mí, y había temporadas en que me enternecía el alma su sonrisa cuando le abría la puerta de casa. Eso, eso era felicidad, aunque no durase. Pero otras veces, se le iba la mirada detrás de otras chicas.
- Eso nos pasa a cualquiera.
- Lo sé, ahora lo sé. Sentía que a veces no era mío, que estábamos juntos porque teníamos que estar, por costumbre, por comodidad. Ahora aborrezco todo eso, me engañaba a mí misma. Sabía que había otros intereses más importantes, mucho más superiores a mi felicidad, en algún lugar secreto de su alma. Y no supe qué era hasta mucho tiempo después, cuando me abandonó.
- Y fue cuando te dedicaste a esto... Es un cambio muy brusco. Lo siento...
- No. 
- ¿Que no lo sienta?  
- No eran otras mujeres las que situaba por encima de mí. Eran las drogas. Es un drogadicto, era su obsesión, y se arruinó por ellas. Se casó con una ricachona quince años mayor, porque se compadeció de él, y le está pagando los gastos de una cara clínica de desintoxicación. Yo no tengo dinero, ni soy de familia rica, ni siquiera de clase media. La conclusión, querido, es que el amor es lo último a tener en cuenta a la hora de vivir en pareja.
- Te convenceré de que es todo lo contrario.

Y acto seguido, el llamado Erast se levantó; y tomando a Liza suavemente por los hombros, la besó en los labios largamente. La ternura con que lo hizo, junto con la humedad caliente de su boca que excitó su sangre, la hicieron dejarse arrastrar lánguidamente hacia la cama.

Aunque aquello era lo último que deseaba, Liza disfrutó. Ese nuevo Erast era un experto amante, mucho mejor que el anterior, que se había servido de ella para complacer su curiosidad sexual, para realizar sus lascivos deseos, cada vez más y más humillantes, ante los que ella siempre cedía. La situación actual era totalmente irónica, porque, siendo ella la que estaba obligada a dar placer, a trabajar para complacer al cliente, estaba ocurriendo al revés.
Era trágico, quería llorar. Aquél era un hombre fabuloso, pero la situación era antinatural, la habían forzado a hacer eso, y el hombre también era contradictorio, porque decía creer en el amor y se servía del sexo para confundirla. Por mucho que quisiera enternecerla con sus besos, aquello no tenía que haber ocurrido, no podían desnudarse tan pronto y acostarse juntos, él no podía besarla los pechos y acariciarla de esa manera. El amor tiene que crecer y culminar en un punto muy parecido a ése, y no al revés, no empezar por ahí. No podía ser amor, y Erast, como el anterior Erast y como todos, era un farsante.
Lo sabía, lo sabía a ciencia cierta, porque siempre, sin excepción, eran ésos los mayores anhelos con los que sueña un hombre. Aprendió la lección en su anterior vida: la tentación más peligrosa para el amor es el cumplimiento de los deseos.

Quiso vengarse, se aprovechó de él. Los hombres, al finalizar el sexo, deben rendir un tributo de cariño, y ella se abrazó a él, posó su mejilla sobre su pecho fuerte, y con una mano echó la sábana por encima. Era mucho mejor que abrazarse a una almohada. Ella anhelaba también dormir así, era lo más delicioso, lo que más deseaba hacer cada noche. Y se durmió, extenuada, y satisfecha.



Les sorprendió la luz de la mañana como a un matrimonio de enamorados. Afuera despertaba Moscú,;llegaba un débil ajetreo de las calles. Sin besos ni ningún tipo de ternura, Liza fue al baño. Erast también se levantó, pero para preparar el desayuno. 
Liza se duchaba, frotándose vigorosamente. Se sentía baja, venal, pero no sólo por entregarse a un desconocido, sino por haber hablado tanto. Debió ser el champagne. Le había confiado su vida privada a un cualquiera, a alguien que por muy agradable que fuera, podía estar fingiendo. Quería irse de allí lo antes posible.
Cuando se vistió, él estaba en bata, sirviendo dos tazas de café. Se hurgó un bolsillo y le dio varios billetes de cien rublos, que Liza no contó y se guardó rápidamente.
Ya estaba casi todo hecho.
- Tengo que irme.
- ¿No quieres café?
- Gracias, no. Tengo prisa.
- Como quieras. Ha sido un placer, volveremos a vernos – se llevó una taza a los labios.
- Adiós.

Cuando ella iba a salir al rellano de la escalera, oyó su voz:
- ¡Liza! Si yo me marchara, tal vez, a algo peligroso, ¿me recordarás? ¿Me esperarás? – era el conocido hablar agónico de los adolescentes.- Volveré por ti, ¡te deseo!
Ella se volvió, despacio, con una mano en un bolsillo del abrigo, recordando súbitamente, otro Erast, falsas promesas, un reencuentro, el suicidio. Pero imperaba la falsedad, lo volubles que son las promesas de los que se llaman Erast.
- No. No quiero verte más.
Y con naturalidad, abstraída, como si lo hubiera hecho muchas veces, sacó el arma y disparó.
La primera detonación le había hecho cerrar los ojos, pero sabía que le había dado de lleno. Siguió disparando, sin mover el brazo, hasta vaciar el cargador. El aire estaba impregnado del acre olor de la pólvora quemada, las fosas nasales se llenaban del humo tenaz, violento.

Cuando Liza abrió los ojos, Erast seguía allí, bebiendo café. Salió de otra habitación el desconocido que la sacó del hospital, aplaudiendo despacio, con su semblante impertérrito.
- Bravo. Has matado a Erast. Te has curado.
- Eran balas de fogueo – aclaró el que tenía por nombre Erast, el experto y falso amante.
- ¿Qué significa todo esto? ¿Quiénes sois? – inquirió una antigua Liza adolescente, con voz temblorosa.
- Ya es momento de que lo sepas. Mi compañero (que no se llama Erast, por cierto) te encontró casi muerta y te salvó la vida - hizo una pausa-. En realidad fue la policía, pero nos llevamos tu cuerpo y simulamos tu entierro, y por consiguiente, ahora no existes. Tu vida anterior, tu Erast, tampoco existen.

Hacía tan sólo unas horas, Liza había oído decir:
Escucha, Liza, hay gente que quiere que yo, y gente como yo, no existamos...

El más viejo bebió de la otra taza de café, y volvió a ponerse en la comisura de la boca otro cigarro que encendió con otra cerilla. La combustión de ésta se sumó al olor a pólvora que aún permanecía en el ambiente.

Resonaban confusas las primeras palabras en su mente: Bravo. Has matado a Erast. Te has curado. Has matado a Erast... Has matado... Te has curado...

Salió de su estupefacción, dejó caer la pistola al suelo, y con la miraba baja, murmuró:
- Gracias. Decidme qué tengo que hacer ahora.
- A partir de ahora, las balas serán de verdad.

♦

De este modo, murieron ambos amantes. Erast dejó de existir, aunque siguiera caminando entre los vivos, porque ya no habitó nunca más en el corazón de Liza. Y la dulce y pura Liza tampoco volvió a ser la misma. Ni siquiera se acordó de su madre.



Fin.



lunes, 5 de agosto de 2019

La espada y la rosa, de Antonio Martínez Menchén


Martínez Menchén, Antonio (1993). La espada y la rosa. Madrid: Alfaguara.

131 páginas. Tapa blanda. Juvenil.
Edición manejada: trigésima edición, octubre de 2007. Biblioteca Pública de Usera (Madrid).



El libro que trataremos a continuación es otro "clásico" de la enseñanza en secundaria, ofrecido habitualmente por la editorial a los departamentos de Lengua de los institutos, con el fin de promover las ventas. Nosotros, los profesores, nos beneficiamos en cuanto al aluvión de propuestas de lectura más o menos novedosas, como alternativas a los clásicos de verdad, cuyo lenguaje a menudo resulta difícil para los jóvenes.
En este caso, la novela de Martínez Menchén resulta interesante para cubrir la lectura obligatoria del periodo de la Edad Media. Dicho periodo siempre es peliagudo por la difícil elección de la lectura, por cuanto, en muchos casos, el lenguaje de nuestra literatura medieval es imposible para alumnos de catorce o quince años.
Me refiero, concretamente, a 3º de ESO. En 1º y 2º, en mi corta experiencia, he trabajado más por géneros: algo de poesía, algo narrativo, y una obra de teatro. Sin embargo, en 3º hay que conocer las obras canónicas españolas desde la Edad Media hasta el Barroco, y siempre es la Edad Media la que más dudas ofrece: ¿clásicos adaptados o relatos de escritores modernos enmarcados en dicha época? 
Siempre me he inclinado por nuestros clásicos, adaptados o no (el año pasado mandé trabajar sobre el Romancero Viejo), pero observo con interés la preferencia de otros profesores sobre este otro tipo de lecturas.

Así, La espada y la rosa parece una buena alternativa, al sumergir al lector en un ámbito genuinamente medieval, plagado de información sobre la cultura de la época. El argumento es el siguiente (intentaré no destriparlo mucho): 

En un monasterio abandonado viven un ermitaño (Martín, antiguo monje que quiso quedarse allí cuando hicieron otro monasterio nuevo) y un niño, Moisés, así llamado porque Martín se lo encontró flotando en un escudo en el río, cuando tenía tres años. Lo adoptó y lo cuidó unos diez años en la cocina del monasterio en ruinas, viviendo pobremente.
Un día llegó un peregrino solitario, enfermo y medio ciego (recobrará la visión junto con la salud) al que dieron hospedaje Martín y Moisés. Se había perdido, ya que el Camino de Santiago pasaba por el nuevo monasterio, no el viejo. Con el paso de semanas, el peregrino va contando algunas historias y revela la suya y su identidad: se trata de Gilberto de Monsalve, caballero del barón de Forner (Robert de Forner) y, a su vez, vasallo del conde de Tolosa, Raimundo de San Gil (también llamado "el conde de San Gil"). Raimundo y otros grandes nobles se alistan a la Primera Cruzada (año 1095), llevando con ellos a todos sus vasallos, por lo que Gilberto se convierte en cruzado.
A lo largo de un largo flashback a modo de historia insertada, Gilberto cuenta cómo comenzó y transcurrió la Cruzada: Dalmacia, Nicea, Dorilea, Antioquía. Son interesantes las disputas entre los propios generales cruzados por tomar ciudades. Allí, en Antioquía, murió su señor Robert de una peste, lo que desoló a Gilberto. Continúan hacia Jerusalén, pero antes, en Trípoli, Gilberto es gravemente herido, por lo que estaría ausente en la conquista de Jerusalén. Se alegra, no obstante, de no haber formado parte del exterminio de civiles allí. Aun así, quiere ver la Ciudad Santa y acaba siendo guardia personal del rey, Balduino, en 1101, a quien salva en una emboscada pero siendo él capturado, pasando muchos años en distintas peripecias por Oriente (algunas inverosímiles), al cargo de distintos señores o captores.
En todo esto, Gilberto quiere que Moisés le acompañe en su peregrinación a Santiago (cuyo motivo sería remedar sus faltas), ya que el niño jamás ha salido de la abadía y sus bosques. Martín, que también es invitado, accede que se vaya con el niño, pero no irá él. No obstante, por las historias de Gilberto y por una enfermedad de Moisés, no salen de allí hasta el sexto capítulo.

Cuando por fin emprenden la peregrinación, ocurre un hecho fortuito que vuelve a cambiar el discurso de la novela. El caballero y el niño se están bañando en un río e, inesperadamente, Gilberto identifica una marca de nacimiento bajo el brazo de Moisés: una espada y una rosa.

Como anuncié, no voy a destripar más la novela, pero baste decir que no van finalmente a Santiago y el niño era alguien importante, cuya identidad ha de ser demostrada mediante una justa entre caballeros.

El tópico del caballero que regresa de las Cruzadas tras largos años y encuentra su señorío en manos de un usurpador, como será el caso, recuerda ineludiblemente a Robin Hood. En este caso, es todo más pacífico y en un tono muy "piadoso".
Y a colación de los tópicos, la novela está plagada de ellos. El autor no deja pasar oportunidad de incorporar, de manera más o menos natural o forzada, alusiones a historias o leyendas de la Edad Media, cuyas fuentes explica someramente (agradecería una buena bibliografía) en los apéndices. He aquí los títulos de los epígrafes y alguna notas mías:


  • La mujer loba: fenómeno de licantropía, que observé en El Persiles de Cervantes.
  • El Caballero del Cisne: en El Quijote se menciona; ignoraba que se asociaba con la estirpe de Godofredo de Buillón, representado como malvado en la película El reino de los cielos. El autor menciona que la historia del Caballero del Cisne aparece en La gran conquista de Ultramar. 
  • Monstruos y maravillas: tomados de la Odisea, la Eneida, Historia natural de Plinio, Marco Polo, etc. Cita una obra: Monstruos, demonios y maravillas a fines de la Edad Media, Claude Kappler. Interesante el "ave rock".
  • El viejo de la montaña: se refiere al persa Hassan Sabbah, fundador de la secta de los asesinos (finales s. XI).
  • Ciudades deshabitadas: tomado de Las mil y una noches. 
  • Sueños complementarios y proféticos: tomado de Las mil y una noches, ej., "El sueño del hombre de Bagdad y el gobernador de El Cairo".
  • Enamoramiento a distancia: dice que es un tema muy frecuente en Las mil y una noches. De este tema hay muchísimo escrito. Una obra de referencia es La transformación de los amantes de Guillermo Serés.
  • La sala prohibida: del relato Barba Azul y del ciclo artúrico. Es la prohibición de no pasar a cierta sala de un palacio, lo cual, claro está, alguien transgrede, con fatales consecuencias.
  • Paraísos sensuales: poema novelesco persa Siete imágenes, de Nizam (s. XIII). Tema presente en "La historia del tercer calenda hijo de rey", de Las mil y una noches. Se trata de gineceos paradisíacos, donde un hombre está rodeado de mujeres bellísimas y donde suele haber una norma que no hay que transgredir, como la "sala prohibida". Cita también el tema de Venusberg, leyenda de Tannhäuser popularizada por Wagner; el Avalón de la literatura celta en los lais bretones; y yo añado "la isla del placer" de Las doce pruebas de Astérix.
  • Cronología del más allá: el tiempo en los paraísos pasa de modo diferente al del resto del mundo. Leyenda siria del siglo V: Los siete durmientes de Éfeso.
  • Cantar de Roldán: la Chanson de Roland, editada en Cátedra por mi profesor, Juan Victorio. Cito a Martínez Menchén: "narra la muerte de Roldán de Roncesvalles a manos de las tropas del rey Marsil de Zaragoza, merced a la traición del padrastro de Roldán, Ganelón. El manuscrito conocido más antiguo data de la última década del siglo XI". A mí me gusta relacionar la historia con la de Bernardo del Carpio, para verlo desde una óptica más española.
  • Vida de San Alejo: santo que regresa a su hogar, donde era alguien importante, y no le reconocen ni él se da a conocer, viviendo humildemente entre los suyos. 
  • Las marcas de nacimiento: como dice el autor, en los relatos caballerescos, hay otras marcas que no son en la piel, para el reconocimiento del protagonista.
  • Curación de la lepra: la sangre de una virgen como cura aparece en el poema del siglo XII El pobre Enrique de Hartmann von Aue. Lo de usar la sangre de vírgenes no sólo para curarse una enfermedad, sino para rejuvenecer la piel, se lo llevaban muy a pecho los nobles húngaros, como el rey de Polonia Stefan Batory, que se lavaba la cara todos los días con sangre de pobres chicas, o la repugnante Erzsebet Batory, de quien mejor no hablar.
  • Fábulas: remite a Esopo y a los exempla, obviamente.
  • El roman de Renart: interesante poema satírico francés de los siglos XII al XIV, de varios autores.
  • El juglar de Nuestra Señora: otra narración anónima francesa de los siglos XII al XIII. Un juglar muere de agotamiento haciendo bailes y piruetas frente a la Virgen.
  • Oberón, rey de las hadas: el célebre personaje de Shakespeare es en su origen un enano que procede de Alberich, enano nibelungo. Copio a Menchén: "Deformado su nombre en Alberón, el feo y malvado guardián del tesoro de los Nibelungos, se transformará en el bellísimo y diminuto rey de los elfos Auberón, de la canción de gesta francesa del siglo XIII Huon de Burdeos".
  • El Juicio de Dios: sobre las justas de caballeros, citando como ejemplo a Lanzarote.


Pues bien, a pesar de tan densa información, mis dudas persisten ya que muy poco de todo lo que se alude trata de literatura española. Los lectores, cuando hayan leído (y, en pocas semanas, olvidado) el libro sólo habrán oído "campanas", como las del principio y final de la novela, sobre leyendas medievales, pero no van a tener una base de literatura. Es más, me temo que toda esa erudición no le interesa a la mayoría de los alumnos, que solamente quieren aprobar el examen.

Para que los alumnos tuvieran un conocimiento básico de la Edad Media española (que es notablemente diferente a la del resto de Europa) y de su literatura, habría que hacer mención de:

- la lírica popular: jarchas, cantigas de amigo y villancicos, con sus temas y sus símbolos;
- los cantares de gesta y el mester de juglaría: el Cid, Fernán González, Bernardo del Carpio;
- los romances: los distintos ciclos del romancero viejo: los infantes de Lara, el Cid, el ciclo artúrico, de Roncesvalles, etc.;
- el mester de clerecía: el Libro de Alexandre, el de Apolonio, las obras más importantes de Berceo... y, sobre todo, el Libro de Buen Amor, del Arcipreste de Hita;
- de prosa, lo principal siempre es El conde Lucanor, de Don Juan Manuel, y el contexto histórico que implica: el ambicioso Infante don Juan Manuel contra el joven Alfonso XI;
- de lírica culta, el Marqués de Santillana, Juan de Mena y Jorge Manrique, con la trepidante historia que conllevan (Juan II, Álvaro de Luna, Alfonso V el Magnánimo, Pedro el Cruel, Isabel la Católica...);
- finalmente, aunque ya esté culturalmente en el Renacimiento, La Celestina de Fernando de Rojas.

Como se puede comprobar, casi todas las fuentes de Martínez Menchén son extranjeras: literatura francesa, inglesa, alemana y, en gran medida, oriental, de Las mil y una noches. Es verdad que leer sobre otras literaturas nos expande en cierto modo, pero los alumnos que no estudien en profundidad todo lo que acabo de enumerar tendrán grandes carencias académicas en los siguientes años. Lo único que puedo manifestar como solución integradora es que este tipo de lecturas no sean excluyentes, sino voluntarias, además de otras obligatorias más enraizadas en nuestra literatura, que no es para nada pobre.

En conclusión, la lectura de La espada y la rosa es recomendable, por su densidad de información, su rico vocabulario (a menudo requiere usar el diccionario), su complejidad de la narración (flashbacks, flashforwards, historias insertadas...) y la cierta belleza de la trama, con algunos giros inesperados. A mi parecer, tiene más de lectura voluntaria que de obligatoria, como he mencionado, con lo que se podría elaborar un test o cuestionario para evaluar la comprensión lectora, pero ignoro hasta qué punto debería instituirse como lectura básica que consolidase o ejemplificase los conocimientos disciplinares adquiridos de literatura medieval.




jueves, 1 de agosto de 2019

Experiencia en la Faja de las Flores: el camino perdido

El siguiente texto tiene como objetivo difundir el desarrollo de una excursión a la Faja de las Flores, en el Parque Nacional de Ordesa, para prevenir a los demás montañeros de un riesgo existente al realizar la ruta en el modo que se expondrá a continuación. Ruego algo de paciencia a quien solamente busque instrucciones de la ruta, ya que, para que la experiencia sea mejor comprendida y para entretener a mis lectores no alpinistas, hablaré con bastante detalle. 

Hacía muchos años que no realizaba la mencionada ruta, la cual la guardaba en mis recuerdos como una de las más espectaculares por sus vistas y por su imponente altura al borde de su constante precipicio. Para quien ignore lo que es una faja: una franja de terreno transitable, a modo de prolongada "terraza", en una pared vertical de una montaña o un valle. Dichas formas abundan en Ordesa, como estrechas laderas adosadas a sus muros: las más conocidas son la Faja de Pelay, muy sencilla y poco expuesta, a un lado del valle, y la Faja de las Flores, bastante más elevada y estrecha, al otro lado del valle, entre los circos de Carriata y Cotatuero. 
Como decía Víctor Hugo en su Viaje a los Pirineos, estas formas recuerdan "Gigantes pétreos surgidos del mar, se asoman al vacío asombrados ante este espectáculo, un escenario creado por la naturaleza, durante millones de años". (Gracias a Rafa Esparza por la cita.)

La ruta se suele hacer de manera circular, ya sea empezando en Cotatuero y terminando en Carriata, o ya al revés. La mayoría de la gente la suele hacer en el primer sentido: se llega a la Virgen de Ordesa y se coge el camino de la izquierda, para subir al puente de Cotatuero; de ahí se sigue subiendo hasta las famosas clavijas, para luego buscar el camino de subida a la Faja, recorrerla y bajar todo el circo de Carriata hasta la Casa Oliván. Sin embargo, en mi infancia, con mi familia, la hacíamos al revés: subíamos desde la Casa Oliván como si fuésemos al Tozal del Mallo, pero subiendo más para coger la Faja. Esta opción dejaba la sorpresa de que, en un punto de la faja, se abría ante nuestros ojos la formidable vista del Marboré y los Astazu, primero, y luego todo el conjunto del Taillón, la Brecha de Roland, el Casco y los demás citados tresmiles. En mi juventud, guiados por mi padre, en ese momento nos dábamos la vuelta y volvíamos por el mismo camino, seguramente para no enfrentarnos a las clavijas de Cotatuero, que en aquellos años (80 y 90) no estaban tan arregladas como ahora.

Así, fiándome de mis recuerdos, y tras consultar libros de montaña y mapas, me dispuse a realizar la ruta de la manera que sabía, pero provistos, mi compañera y yo, de equipo de vía ferrata, arnés, casco y disipadores, que ya habíamos probado con éxito en la vía ferrata de Sorrosal. Ésa era mi mayor preocupación, a la vez que estimulante reclamo, porque tenía muchas ganas de hacerla desde hacía tiempo.

No había ningún texto, ni en libros ni en lo que buscamos en Internet, que advirtiera claramente de dificultades o peligros serios. Véase, por ejemplo, éste descargado de la página del Instituto Geográfico Nacional: 

Siguiendo las indicaciones apuntadas en el sendero de Carriata (SA 18), partimos del Centro de Interpretación de Casa Oliván, ascendemos a través del bosque hasta la parte alta del barranco y lo cruzamos. Continuamos hasta la Faixeta, paso que permite evitar las clavijas de Carriata, más expuestas, y acceder por un paso de gradas al circo de Salarons. Continuamos el sendero hasta llegar a la entrada del pequeño valle de Aguas Tuertas/Auguas Tuartas, donde tomamos a mano derecha el camino que enseguida nos lleva hasta la Faja de las Flores. La recorremos y salimos al circo de Mondarruego, enlazando allí con el sendero de Cotatuero (SA 17), que nos da la opción de bajar al valle a través del circo de Cotatuero y su peligroso paso de clavijas. Si queremos evitarlo, podemos seguir alguno de los senderos que llevan hasta el refugio de Góriz, pernoctar y bajar desde allí al valle para regresar al punto de partida por el sendero de Soaso (SIA 4).

En el mapa, el recorrido se corresponde con la línea amarilla (en este caso, en sentido horario). Según las guías, se tarda unas 7 horas, lo cual es un esfuerzo asequible:

Fig. 1. Detalle del mapa del IGN, 1:25000, con la línea amarilla del itinerario pretendido.

Una vez vista la teoría, pasamos a la práctica. Sintetizaré lo que pueda para dar los datos más necesarios.

Lo primero es madrugar. Cogimos el primer autobús a Ordesa desde Torla, el de las 6:00, que sorprendentemente se llenó. Por eso hicimos bien en estar diez o quince minutos antes. Una vez en la pradera de Ordesa, vimos que mucha gente había tenido la misma idea que nosotros: desayunar allí, con nuestros termos de café. 
Partimos hacia la Casa Oliván sobre las 6:45. La altitud es de 1300 m, según mi altímetro analógico. En menos de una hora estábamos en la cabaña refugio de troncos de madera, a 1600 m de altitud, desde donde se ve el Tozal de lado, con forma de pico. En poco tiempo más estamos en el acostumbrado lugar de parada, el torrente de agua que baja del circo y se remansa un poco en el camino. Sin embargo, en pleno verano, no había casi nada de agua, sino tan sólo un reguerillo entre las piedras, lo cual era desolador. Al menos, según creíamos, llevábamos bastante agua: unos cuatro litros entre los dos.
Tras seguir ascendiendo y cruzar el milagroso bosquecillo de álamos colgado de la ladera, siempre se presentaba la misma duda: clavijas o fajeta. Como dice el texto del IGN, la fajeta evita las clavijas, aunque da más vuelta y no libra de pasar por "un paso de gradas", que entretiene mucho, porque hay que trepar un buen rato. Fui por la fajeta, que me resultaba más conocido. La enorme y rayada pared que se contempla a la derecha la llamo, para mí mismo, "el órgano", porque me recuerda a un órgano de miles de tubos.

Fig. 2. La Fajeta

Una vez arriba, se distingue fácilmente el camino hacia el Tozal, por la izquierda, y, un poco más alto, más tenue y señalado con hitos o mojones de piedras, otro sendero que asciende hacia un circo más elevado, donde se yergue a la izquierda la Punta Escuzana y a la derecha el comienzo de la faja.
En este momento, los hitos resultan muy útiles (más adelante se verá que no), porque encontramos, tras subir una pequeña altura, el inicio de la faja. Estamos a unos 2350 m (el altímetro, por alguna razón, marca 2200 m) y es cerca de mediodía. La visión que tenemos es la siguiente:

Fig. 3. Faja de las Flores

A partir de aquí, no hay apenas dificultades en lo que se refiere al tramo bien definido de la faja. A veces hay algún desmorone de piedras acumuladas, o algún obstáculo salvable. El más famoso, al principio, es la enorme piedra tumbada que se pasa por debajo:

Fig. 4. La piedra tumbada de la Faja de las Flores.

Mirando hacia atrás, tendremos esta espectacular vista del Tozal del Mallo (por debajo de nosotros, ya que estaremos a más de 2300 m), la Punta Escuzana y el Pico Otal al fondo:

Fig. 5. Vista del Tozal del Mallo, Mondarruego y Pico Otal al fondo.


Al otro lado del valle, justo enfrente, mirando hacia el sur, se levanta el inmejorable mirador de Ordesa que es la Punta Acuta (2242 m), donde estuvimos unos días antes (la loma de color verde más claro). Mientras tanto, íbamos pensando que las clavijas de Cotatuero no debían ser muy difíciles, porque la gente con la que nos íbamos cruzando era muy normal, e incluso vimos un grupo con niños.

Fig. 6. Vista de la Punta Acuta desde la Faja de las Flores.


Por fin se divisan las Tres Sorores, a medida que la faja se va volviendo más difusa, pero todavía de sobra transitable. También se contempla el circo de Cotatuero, por el que discurre el río que más abajo será la imponente cascada. Esa hondonada verde parece sencilla y agradable, y me imaginaba que era adonde iríamos a parar, para luego seguir bajando y encontrarnos con las clavijas. Pero en breve verán que no llegué a ese lugar.

Fig. 7. De izquierda a derecha: Torre del Marboré, Pico del Marboré, Cilindro de Marboré, Monte Perdido y Soum de Ramond


A continuación se abre un nuevo paisaje, cuando ya termina la faja como tal. Es espectacular, una vez más, porque se yergue el Taillón, la magnífica Brecha y el Casco, pero la faja se diluye del todo y sólo hay un enorme barranco en forma de arco, de piedra gris, aunque con ladera verde abajo. Entiendo, erróneamente, que no se baja por ahí, sino que hay que cruzar eso gris, o vadearlo por la izquierda en un círculo más amplio, y bajar al circo de Cotatuero mucho más adelante.

Fig. 8. Taillón, Brecha, Casco y Torre del Marboré.


Aquí fue cuando empezó a ir todo mal. Ya me enteré después que había que bajar como fuera en ese momento a las laderas verdes de más abajo, por las que cruzaban tenues caminos. A veces, estos caminos son tan estrechos e intermitentes que parecen hechos por marmotas, y, en muchos casos, lo son.

Sin querer perder altura, porque no veía manera de bajar, el camino desapareció y no vi ninguna señal fiable:

Fig. 9. Comienzo de los Llanos de la Eslomadera.

Y entonces era cuando nos habíamos adentrado en ese paisaje lunar, inhóspito, incómodo, agotador, lleno de grietas y agujeros por donde se colaban los pies y nuestros palos de andar, y cuya roca estaba llena de aristas cortantes. Estábamos en los Llanos de Millaris*. Una enorme extensión laberíntica, por sus grietas que obligaban a dar rodeos de un sitio a otro, con engañosos hitos que no llevaban a ninguna parte. Por supuesto, no hay ni una gota de agua.
* - Fe de erratas: los Llanos de Millaris están más arriba, si se observa el mapa de la Fig. 1. Esta zona carece de nombre en los mapas, pero, según otros blogs como El Pirineo de José, se trata de los Planos de la Eslomadera.

Fig. 10. Llanos de la Eslomadera.


Del modo más tonto e imprevisible, mi novia tropezó y se raspó una pierna con una de esas aristas, haciéndose una herida superficial, pero fea. La lavamos y la vendamos y continuamos el camino, aunque nuestro ánimo estaba decayendo y nuestra preocupación aumentando, porque nos estaban dando las tres de la tarde, sin haber comido, y sin señales del camino. Por fin, llegamos a la hierba y dejamos atrás la superficie lunar, que contemplamos a nuestras espaldas:

Fig. 11. Llanos de la Eslomadera, dejados atrás.

Seguimos andando, cogiendo más altura, lo cual me sigue preocupando, porque tenemos que bajar. Veo el circo de Cotatuero demasiado abajo. Saco el mapa y me ubico: estamos en la Faja Alta de Cotatuero, al borde de otro precipicio semicircular, por donde no hay bajada. La única opción, según dice la guía del IGN, es ir al refugio de Góriz y dormir allí. Pero yo entonces no contemplaba esa posibilidad, sino volver a casa, a Torla, como fuera. Esto es lo que veía en ese momento:

Fig. 12. Vista desde la Faja Alta de Cotatuero. No es posible descender desde ahí.

Decidimos volver, con la esperanza de ver un camino fácil de bajada que hubiésemos pasado por alto, o bien volver por el mismo camino, deshaciendo la faja entera, confiando en nuestras reservas de comida, agua y horas de luz. Creo que vi un camino que bajaba, señalado, además, con un hito; pero sin saber a ciencia cierta si llegaba del todo a Cotatuero y a las clavijas, decidimos no arriesgar más y estuve de acuerdo con mi novia en volver por el mismo camino, ir otra vez a Carriata, a pesar de que íbamos a caminar otras siete horas. Mirando el camino de vuelta, vi lo que habíamos hecho mal (la línea roja) y lo que posiblemente habría sido el camino correcto (la línea amarilla):

Fig. 13. Probable camino correcto (amarillo) y el incorrecto seguido por nosotros (rojo).



Vadeamos los Llanos de Millaris (o de la Eslomadera, como he corregido antes), aunque fuese andar más, y comimos sentados a la sombra de una roca. Sin demorarnos, fuimos buscando el inicio de la faja desde ahí, que aun así nos costó. 
Una vez en la faja, me entristeció mucho no poder disfrutar nuevamente de las vistas, tal y como estábamos. Mi novia tenía la pierna vendada, con sangre reseca (luego nos costaría mucho arrancarla de la piel), no teníamos ya apenas agua y se notaba mucho el cansancio. Además, tronó y se fue nublando: se avecinaba tormenta. ¡Como lloviese ya sí que estábamos en un buen lío! Afortunadamente, a pesar de que la tierra necesitase agua, no llovió.
Fue curioso que apenas vimos rebecos a la subida, y esas horas de la tarde, sí vimos muchos a la bajada, que nos miraban curiosos. Había tiernas crías de marmota, que también nos miraban suspicaces antes de esconderse.
Por fin llegamos al escaso reguero de agua donde paramos hacía muchas horas, donde nos abastecimos recogiendo cacitos y rellenando las botellas. Bendita fuera aquella agua, aunque tuviera algunas briznas de limo, porque pudimos saciarnos. Un rebeco allí cerca nos miraba: quizá hubiese metido ahí el hocico minutos antes.
A base de tragos de agua y trozos de chocolate, que todavía teníamos, bajamos todo lo deprisa que podíamos, porque creía recordar que el último autobús de bajada era a las 21 h. Luego descubrí que era a las 22 h. No obstante, el trote por el bosque fue productivo y llegamos a coger el autobús de las 20:30.
Habíamos andado catorce horas en total, sin contar lo que estuvimos en activo desde las 5 a. m., cuando nos levantamos. Los últimos tramos estábamos mareados los dos. Yo me sentía como borracho. Hacía mucho tiempo que no tenía esa sensación, que es cansancio, pero de forma engañosa. Los músculos parece que siguen respondiendo bien, pero los ojos y el equilibrio no. A pesar de descansar los días siguientes, esa sensación de mareo se me ha mantenido más de una semana.

En conclusión, mejor hacer la Faja desde Cotatuero, porque debe ser más fácil hallar el camino de subida mirando desde abajo, o seguir a la gente, que suele ir en ese sentido. No le recomiendo a nadie pisar los Llanos de Millaris. Espero que este relato le pueda servir de ayuda a algunos montañeros para que no les pase lo que a mí.

Madrid, 1 de agosto de 2019

Fig. 14. Edelweiss, Faja de las Flores.

Pensamientos, deseos y promesas de Juan Carlos Camarero


Artículo publicado en Poémame Revista abierta de poesía:
https://revista.poemame.com/2019/07/27/la-poesia-de-juan-carlos-camarero-pensamientos-deseos-y-promesas/

El libro de Juan Carlos Camarero, Pensamientos, deseos y promesas (2019), es el fruto de un largo proceso del autor como lector y como escritor. Según expone en el prólogo redactado por él mismo, en su vida de corriente ciudadano -padre, trabajador y jubilado- consigue detenerse a escribir en los momentos en que se siente movido a ello. Pese a que alega escribir para sí mismo o para su círculo de amigos, ha decidido dar el salto para ser leído por desconocidos por medio de la publicación de su obra, este recopilatorio de poemas, en la editorial Edición Personal/Ópera Prima (Madrid).




En este paso del Juan Carlos Camarero-técnico de estadística al Juan Carlos Camarero-autor literario hay indudablemente algo de valor: lo principal es esa investidura, ese cambio o evolución de uno cuando consolida un logro en el que ha estado trabajando; pero, además, no se trata de uno de los muchos entusiastas jóvenes que se dan a conocer al mundo como poetas sin haber tenido tiempo de leer, ni de escribir ni de vivir, sino de un hombre en su madurez con una larga experiencia a sus espaldas. Aunque, como se dirá más adelante, sus poemas puedan considerarse demasiado sencillos, no hay que perder de vista este referente: siempre se dilucida la persona real tras la voz poética, la cual legitima lo que dice líricamente.

El título es bastante acertado en cuanto a la temática: pensamientos, deseos y promesas. Abundan, más bien, las reflexiones, los recuerdos, los momentos inmortalizados en la lírica que se abstrae a la sucesión temporal, pero la expresión tripartita del título remite, junto con la tónica general de todo el libro, a un poeta principalmente: Antonio Machado, poniendo como ejemplo Soledades. Galerías. Otros poemas, si bien el autor prefiere imitar el verso corto de su modelo. No tiene reparo en ocultar esta fuente; de hecho, en el poema Sevilla, dice: “La del patio sevillano / que tanto amó don Antonio, / ¿por qué no traes tu sol / a mi pobre corazón?”

En esta línea predominan los poemas de índole puramente machadiana, enmarcados en los ya consolidados tópicos del maestro de la generación del 98: el otoño (Otoño 94, 95 y 96; Canción a un otoño que no llegó, etc.); el recuerdo y la nostalgia (Recuerdos, Nostalgia); la tarde y el crepúsculo (Unidos, Saudades, Recuerdos…), el camino y la acción de caminar (Caminar, Caminante, Camino…), los sueños (Sueños, Sueño…) y la metapoesía (Poeta, Cantor, Canciones, Copla…), entre otros. No hay nada original, realmente, en nuestro autor, pero continuar la obra de un maestro de la literatura española no implica que esta nueva producción poética no tenga suficiente calidad. Hay que subirse a hombros de gigantes: siempre va a tener algo de bueno un poema que respire tradición; las raíces más profundas hacen la obra más alta.

Esta será la tesis que sostendremos para legitimar la calidad de Camarero. Nuestro poeta segoviano ha leído hasta el punto de hacer suyos a los mejores poetas españoles, haciendo de ellos el armazón sobre el que construir su obra, o donde arraigarse para crecer. Como decía Salinas: “En historia natural se denomina hábitat, habitación, la zona donde se cría adecuadamente una cierta especie vegetal o animal. En historia espiritual la tradición es la habitación natural del poeta” (Jorge Manrique o tradición y originalidad, cap. IV). Así, nótese cómo Camarero brota de Machado incluso en el léxico:
“Muchas veces he querido / […] / quemar mi vida, el destino, / […] / caminando tan tranquilo”. Caminar, J. C. Camarero.
“Caminé hacia la tarde de verano / para quemar, tras el azul del monte…” Crepúsculo, A. Machado.
“[…] escucha el rumor del viento / […] / deja que caiga la tarde / […] / desde allí verás el mar […]”. Caminante, J. C. Camarero.
“Y me detuve un momento, / en la tarde, a meditar… / ¿Qué es esa gota en el viento / que grita al mar: soy el mar?” XIII, Soledades, A. Machado
La recurrencia al léxico machadiano es constante, manteniendo así un imaginario común y el mismo código de símbolos y metáforas. No es casual que tanto uno como otro utilicen la tarde y otros elementos de la naturaleza como símbolo como medio de expresión de sus percepciones y sentimientos, ya que este fenómeno natural remite al hecho cronológico de la última etapa de la vida, la madurez. Igual sucede con el verano y el otoño (la mañana y la primavera siempre han simbolizado la juventud en la lírica tradicional). Esto sucede, por tanto, porque ambos poetas escriben en su madurez, con plena consciencia de ella y con la inexorable lejanía de la juventud, con lo que consecuentemente aparece la nostalgia, los recuerdos, los caminos (lo vivido como proceso diacrónico, lo recorrido, lo aún por recorrer…) y los sueños (lo deseado, no vivido, o bien lo vivido idealizado). Recuérdese el famoso poema de Machado: “Yo voy soñando caminos / de la tarde […]”.

La naturaleza siempre aparece como reflejo del estado anímico del poeta, a veces en sintonía, otras veces en contraste. La naturaleza en Machado era la de los Campos de Castilla: austera, sosegada, humilde, la de una España vieja y reducida a sí misma tras el desastre del 98, hundida en sus propias raíces, cuyo paisaje humilde parece remitir a los vestigios de lo que fue. Así se ve uno mismo en su madurez: tras la larga carrera de la vida se contempla lo esencial, lo que siempre queda, como los atardeceres y como el mar. La emoción está, porque no hay lírica sin emoción, pero está abrazada al sosiego de espíritu, representado por los paisajes amplios y apacibles: “como el viento susurrante / que va camino del mar” (Cantor); “como el agua rumorosa / que va camino del mar” (ídem), “con las olas susurrantes” (Sentir en la playa), “cuando el manto de la noche / se adorna con mil estrellas” (La playa), etc.

Guarda relación con este sosiego la presencia del tilo (La Fuente de los Tilos, Otoño 94). Los árboles son poderosos símbolos del inconsciente colectivo, presentes en la mitología y el arte de todas las culturas, representando cada especie un concepto. Como se sabe, este árbol, el tilo, es conocido por la infusión tranquilizante que se obtiene de sus flores. Sin embargo, hay algo más: es de los últimos en florecer, ya que lo hace prácticamente en julio (verano, ‘madurez’), en contraposición con el avellano o el almendro, que son los primeros (primavera, ‘juventud’). El tilo simboliza el ‘amor en la madurez’ y, como el símbolo en literatura nunca es monosémico, a ello se le suma el ‘sosiego, tranquilidad’. Que además el poeta mencione la fuente junto a este árbol refuerza aún más el componente amoroso, ya que la fuente, en lírica tradicional, al calmar la sed y refrescar, siempre ha simbolizado la ‘satisfacción amorosa’: “En la fuente del rosel / lavan la niña y el doncel…”, “Fontefrida, Fontefrida, / Fontefrida y con amor…”, etc.

La identificación con la naturaleza a la manera machadiana -de emoción, de nostalgia y de calma- aparece a veces en forma de dialogismo con elementos de aquella. El poeta, en el pacto de ficción que sostiene toda obra literaria, y reconociéndose en el paisaje como espejo de su alma, le habla atribuyéndole la posible animación de su propia alma, utilizando el recurso de la metagoge. Es curioso que los dos poetas utilicen el vocativo “viejo amigo”, Machado para la Sierra de Guadarrama (“¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo […]?”, en Campos de Castilla) y Camarero para el otoño (“Tú no cambias, viejo amigo, / siempre igual, tus hojas, / tus bosques, tu río, tu mar.”, Otoño 94).

Pueden encontrarse en los poemas otros rastros de la tradición no directamente machadianos, por ejemplo:
  • La identificación del poeta-cantor con su instrumento musical, en una sinécdoque, presente en la Oda ad florem Gnidi de Garcilaso de la Vega: “Si de mi baja lira…” o en Bécquer, la Rima VII, “Del salón en el ángulo oscuro […] veíase el arpa”. Camarero repite este tópico en Canción nocturna (“Suena mi lira en la noche…”) y en Necesito (“Ya no sé si enterrar mi guitarra”).
  • La embarcación como símbolo de ‘esperanza en las pasiones amorosas’, las cuales se representan con el mar, por lo que, para navegarlo, necesitamos un vehículo, una barca. A veces una o más barcas que se divisan son esperanzas amorosas; otras veces, la barca representa la confianza en uno mismo para navegar por las pasiones (“Navega, velero mío, sin temor…”, Canción del Pirata, Espronceda). El referente claro y directo de Camarero en su poema Mi barquilla es Lope de Vega, con su célebre romancillo Pobre barquilla mía. Ambos comparten el estado de impotencia de la “barquilla” para navegar.
  • En Vida hay dos versos que combinan la escritura con el mar, señalando la imposibilidad de la tinta de marcar las vastas aguas: “porque mi pluma no sabe / abrir surcos en la mar”. Esto recuerda al poeta de cancionero Juan Rodríguez de Padrón, que ya decía en el siglo XV: “Bien amar, leal servir / […] / es sembrar en las arenas / o en las ondas escrevir”.
  • En Ven aparece el tópico de la lírica amorosa del apremio o la no tardanza del amado o la amada, muy presente en la Edad Media: “Ven pronto, amor, ven pronto”. En la poesía de cancionero, Juan del Encina dice así: “No te tardes, que me muero, carcelero…”, y Jorge Manrique, esto otro: “No tardes, Muerte, que muero” (con connotaciones eróticas). La lírica de tipo popular, anónima y todavía anterior, siempre apremiaba al encuentro amoroso: “Al alba venid, buen amigo…”. Cuanto más pronto, mejor. Y en el caso de los enamorados en la madurez, con más motivo.

Otras veces Camarero retoma algún rasgo o vocablo de gran reminiscencia literaria en la lírica popular para alterar su significado, pero dejando entrever que se ampara en la tradición. Es el caso del uso de la palabra “amigo” o “amiga”. Desde los albores de la Edad Media el amigo era el amado, ya desde las jarchas (habib), con connotaciones amorosas y también eróticas. Sin embargo, los significados que Camarero atribuye a esta palabra oscilan entre ‘amada’ y ‘colega’: “Tendrás siempre mi cariño, / seré tu amigo leal” (Te esperaré), “Querida amiga, / cierra con fuerza tu mano, / cuando sientas la mía” (Amistad), “[…] teniendo siempre a tu lado / un amigo de verdad” (Mírame), y todo el poema Amiga. Siempre que el yo lírico se está dirigiendo a una mujer, el término “amistad” y la denominación de amigo o amiga conlleva matices amorosos.

En relación con esto, en la lírica amorosa suele darse la llamada lírica del vocativo, la que se construye en torno al pronombre tú y todos los de segunda persona. Los mayores exponentes de esta lírica, por su intensidad y su belleza, son Garcilaso de la Vega y Pedro Salinas. En contraposición, la lírica también se define como la expresión del yo, de los sentimientos y emociones, partiendo de la primera persona. Camarero se maneja con soltura en ambos polos: cabe la intensidad y el lirismo del yo lírico, y a la vez volcándose en el receptor, en poemas como Recordar: “Te he buscado por los sitios / donde yo te conocí”, que coincide temáticamente con El amor difícil de Luis García Montero (“Si pudiera encontrarte…”), o en el poema Sentir (“Entre los arcos sonoros / te he sentido”), donde el amor corporal que parte del recuerdo vivido apunta a La voz a ti debida de Pedro Salinas.

Sin embargo, el sujeto lírico, la voz que se filtra a través de la máscara del poeta, no es un ser insatisfecho. Recordemos lo dicho de emoción y sosiego en los versos de Machado. Los poemas amorosos de Camarero no claman a la desesperada (excepto Ven), sino que asumen la pérdida y meramente se dedican a pedir una tenue atención, invitando, quizá, pero no exhortando. Por eso se refiere a la amada como amiga, nada más, atenuando la aspiración amorosa y, quizá así, haciéndola más auténtica. Estos versos cargados de lirismo ilustran esta noble asunción de pérdida (Recuerdos):

No quiero que mi canto
llegue a tus oídos
como un llanto,
no es mi estilo.
Prefiero hundir mi corazón
en el olvido
antes que llorar como la tarde,
en estos versos que te escribo.

A pesar de todo lo expuesto, podría decirse que los poemas de Camarero no son lo bastante complejos ni profundos. En cierto modo, así es. No ofrecen un desafío al lector, no se exige de él un gran esfuerzo de comprensión o de construcción de ideas, como pretende la poesía del silencio o de otras tendencias de los siglos XX o XXI. No hay metáforas difíciles ni el acostumbrado hermetismo de los poetas modernos, que en su discurso autológico sólo se comprenden a sí mismos. Pero un considerable sector de los lectores y de la crítica prefiere una poesía más impenetrable y más cargada de recursos, que ofrezca un reto al ingenio.

Sin embargo, no hay que dejarse engañar por la poesía aparentemente tan sencilla como la de nuestro autor segoviano. Los temas que elige albergan suficiente riqueza, ya que algunos son eternos, como el amor. La forma otorga al contenido la adecuada disposición para que fluyan y suenen los versos en la mente del lector a través de una lectura íntima y silenciosa, que es precisamente lo que pretendía Machado (de acuerdo con Vicente Granados, profesor de la UNED). Camarero no abusa de la rima; deja numerosos versos sueltos. Cuando rima, lo hace sin regularidad, combinando asonante y consonante, lo que acerca la lengua poética a la lengua oral. Esta tendencia es muy común actualmente, a veces de manera intencionada y otras veces por desidia de los poetas, que prefieren no esforzarse en encajar las rimas (igual sucede con la métrica).

Así que nuestro autor se centra en el ritmo y la musicalidad, bastante asequibles al utilizar el verso corto. Como decía Juan Victorio (UNED), en poemas polimétricos, los versos cortos sirven para concentrar y los versos largos para explayarse. La poesía de Camarero pretende ser lo más concisa e intensa posible, siguiendo quizá la estela de Bécquer; por eso los poemas nunca son largos y los versos suelen ser heptasílabos u octosílabos.

La musicalidad la logra, a menudo, con constantes repeticiones: anáforas, paralelismos, estribillos, recurrencias léxicas… Consigue varios objetivos simultáneamente al hacer uso de distintas formas de repetición, que son: la musicalidad, la repetición de secuencias rítmicas utilizando las mismas palabras; la insistencia en los conceptos que se repiten, que quedan enfatizados al aparecer recurrentemente; y la referencia a la tradición, donde la lírica popular de las cantigas de amigo, de los villancicos y la poesía de cancionero repetían constantemente (también con función enfática y musical).

Las preguntas retóricas también son un recurso muy sencillo que dinamiza enormemente el discurso, puesto que acoge en sí casi todas las funciones del lenguaje: expresiva, conativa, fática y poética. En poesía, a veces se afirma lo que se pregunta, otras veces se hacen preguntas sin respuesta: “¿Por qué lloras, mi barquilla, / teniendo al lado la mar?”

Estos recursos, junto a la claridad y a la sencillez, no estorban o incluso ayudan a la intensidad y fuerza ilocutiva de esta poesía. No hay nada desdeñable en poemas que se entienden a la primera como Vencidos de León Felipe, el ya citado Bécquer, el Neruda amoroso de sus inicios o de Los versos del capitán, o en el Miguel Hernández de El rayo que no cesa. Cuando Camarero dice “siento tu piel en mi piel, / en el corazón, mis penas”, queda todo dicho, con octosílabos, con repeticiones, elipsis, antítesis y el aroma de la tradición. Nada que reprochar, si lo que buscamos es compartir las emociones de una persona normal, madura, que vive y siente.

Y es que, como decía Dámaso Alonso en Poesía española, “Las obras literarias han sido escritas para un ser tierno, inocentísimo y profundamente interesante: el lector”.