A partir de las transcripciones de mis vídeos de YouTube, con ayuda de la IA, he elaborado los siguientes textos a modo de un diario, que combina la lectura, la interpretación de los textos de JRJ, la mención de otros textos literarios que guardan relación y otras reflexiones o experiencias propias.
Platero y yo (I): un burro de plata bajo las montañas
13 de agosto de 2026. Torla (Huesca)
Me he propuesto hacer una cosa que quizá me lleve bastante más tiempo del que ahora mismo soy capaz de calcular: leer entero Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, y comentarlo en una serie de vídeos.
La idea nació, en parte, pensando en mis alumnos y alumnas. Algunos continúan escuchándome incluso después de haber terminado el curso y de haber dejado atrás, por tanto, la obligación de aguantar mis clases. También hay otras personas que, sin haber sido alumnos míos, conocen este pequeño trabajo de difusión que llevo haciendo desde hace tiempo. A todos ellos va dirigida esta serie.
Pero hay una razón más personal. Hasta ahora yo no había leído Platero y yo entero. Lo conocía, naturalmente: como casi todo el mundo, había leído fragmentos, había estudiado referencias a Juan Ramón Jiménez y recordaba ese libro que tradicionalmente se ha presentado como literatura infantil. Sin embargo, una cosa es conocer un libro por su fama y otra muy distinta sentarse finalmente a leerlo.
Y mi primera impresión ha sido que Platero y yo es muchísimo más que un libro para niños.
Quizá por eso me está gustando tanto. Hay en él una sensibilidad hacia la naturaleza, hacia los animales, hacia los pequeños acontecimientos y hacia el paisaje que me resulta especialmente cercana. Juan Ramón mira constantemente las cosas como si quisiera descubrir algo que está escondido detrás de ellas. No se conforma con ver un paisaje: quiere percibirlo. No se limita a nombrar un animal: quiere llegar, mediante las palabras, a aquello que hace que ese animal sea él mismo.
Estoy pasando estos días en Torla, en Huesca, un lugar que considero casi mi pueblo adoptivo. Yo soy de Madrid, pero llevo viniendo aquí prácticamente toda la vida, incluso desde antes de que yo mismo pudiera recordarlo, porque ya venían mis padres. Por eso me parecía especialmente apropiado comenzar aquí la lectura de un libro tan profundamente vinculado a un paisaje.
Hay, además, una casualidad geográfica que me hizo gracia desde el principio. Platero y yo está ligado a Huelva, mientras que yo estoy ahora en Huesca: dos provincias situadas en extremos bastante alejados de la Península y cuyos nombres comienzan, curiosamente, con el mismo sonido inicial, representado en ambos casos por una h que no se pronuncia. Huesca procede de la antigua Osca y Huelva de la antigua Onuba; de ahí proceden también los gentilicios oscense y onubense. La historia de esas palabras es, por supuesto, más compleja que una simple transformación fonética, pero la coincidencia me parece bonita: empezar a leer a Juan Ramón desde Huesca para viajar literariamente hasta Huelva.
Juan Ramón, el Modernismo y la búsqueda de algo que está más allá de la realidad
Antes de abrir Platero y yo quise recordar algunas cosas que había explicado en clase sobre el Modernismo y la Generación del 98. Para ello tuve que recurrir incluso a mis propios apuntes, porque tampoco pretendo fingir que conservo de memoria todos los detalles de cada tema que he explicado a lo largo de los años.
El Modernismo suele presentarse como una reacción frente al Realismo y al Naturalismo. Es una simplificación, naturalmente, pero resulta útil como punto de partida. Frente a una literatura especialmente interesada en la observación de la realidad, en los problemas sociales y en la representación minuciosa del mundo contemporáneo, los modernistas buscaron otros caminos: la belleza, la musicalidad, la sugerencia, el símbolo, el refinamiento de la forma y, en muchos casos, la evasión.
En Francia habían aparecido movimientos como el Parnasianismo y el Simbolismo. El primero concedía una importancia extraordinaria a la perfección formal; el segundo pretendía ir más allá de la realidad inmediata mediante imágenes, correspondencias y símbolos capaces de sugerir aquello que no podía decirse directamente.
Y todo ello coincidió con una sensación de crisis de la sociedad burguesa que solemos relacionar con el decadentismo y con la mentalidad de fin de siècle.
En España y en Hispanoamérica, una de las figuras fundamentales de ese movimiento fue Rubén Darío. Él es, en cierto sentido, el gran padre del Modernismo en lengua española. Basta recordar unos versos tan conocidos como aquellos de la princesa triste, los suspiros y la boca de fresa para comprender inmediatamente qué clase de belleza perseguía una parte del movimiento.
Pero Juan Ramón Jiménez siempre me ha resultado difícil de encerrar ahí.
Él mismo se consideró modernista y, desde luego, su primera poesía participa plenamente de aquella sensibilidad. Sin embargo, cuando uno conoce su obra completa, resulta difícil reducirlo al puro esteticismo. Hay en él una búsqueda que me parece mucho más profunda: la voluntad de alcanzar, mediante la poesía, algo absoluto.
La palabra absoluto puede parecer excesiva, pero creo que resulta necesaria. Juan Ramón no se limita a buscar que las cosas sean bellas. Quiere llegar a su esencia. Quiere conocerlas mediante la palabra. Quiere atravesar la apariencia para descubrir aquello que hay detrás de ella.
Por eso, cuando pienso en Juan Ramón, me interesa mucho más esa dimensión metafísica que la simple ornamentación modernista.
Rubén Darío también llegó a ella, especialmente en su última etapa, en Cantos de vida y esperanza. Pero el Juan Ramón que acabará desarrollándose a lo largo de su vida me parece un escritor mucho más difícil de clasificar.
Nació en Moguer, Huelva, en 1881, y murió en 1958. Dedicó prácticamente toda su existencia a la poesía y recibió el Premio Nobel de Literatura en 1956. Junto con Zenobia Camprubí, su mujer, tradujo además al español parte de la obra de Rabindranath Tagore, otro escritor cuya búsqueda espiritual me parece especialmente relacionada con la última poesía de Juan Ramón.
Tagore también buscaba una forma de trascendencia que no se reduce fácilmente a una religión concreta. En sus poemas aparecen constantemente el alma, la naturaleza, Dios, la unidad de las cosas y la búsqueda de algo que está más allá de la realidad visible. Por eso no me parece casual que Juan Ramón se sintiera tan atraído por él.
Juan Ramón tuvo además una vida marcada por las crisis personales y por profundas depresiones. La escritura fue para él una búsqueda permanente de belleza, perfección y conocimiento. Escribir significaba intentar comprender.
Y quizá esa sea una de las claves para leer Platero y yo: no estamos simplemente ante alguien que describe un burro hermoso. Estamos ante un poeta que intenta descubrir, mediante las palabras, qué hay en ese burro, en ese paisaje, en ese pueblo y en sí mismo.
Juan Ramón dividió posteriormente su trayectoria poética en tres grandes etapas: sensitiva, intelectual y suficiente o verdadera. Platero y yo pertenece al ámbito de la primera, aunque las fronteras entre unas etapas y otras no sean compartimentos estancos. La propia evolución de la obra de Juan Ramón es mucho más compleja que cualquier clasificación escolar.
En esa primera etapa encontramos todavía una fuerte influencia del Romanticismo, especialmente de Bécquer, y después el influjo modernista. Arias tristes y Baladas de primavera pertenecen a ese primer momento; después aparecen obras de mayor brillantez formal, como Sonetos espirituales y Estío.
Y aquí aparece Platero y yo, una obra en prosa que participa de esa sensibilidad modernista pero que, al mismo tiempo, empieza a mostrar algo que será esencial en Juan Ramón: su relación con la naturaleza, con el paisaje andaluz y con la búsqueda de una realidad más profunda.
Más adelante llegará la etapa intelectual, cuyo punto de inflexión suele situarse en Diario de un poeta recién casado, y después la etapa suficiente o verdadera, con libros como Animal de fondo y Dios deseado y deseante.
Pero no quiero convertir esta primera grabación en una clase de literatura española. Para eso ya están los apuntes. Lo que quiero es leer.
Una edición de 1981 y una palabra que no conocía
La edición que tengo entre las manos es de Alianza Editorial. Es una edición de 1981, con introducción de Germán Bleiberg.
Me ha llamado especialmente la atención una palabra que aparece en esa introducción y que yo no conocía: franciscanismo.
La asociación resulta sugerente. San Francisco de Asís aparece tradicionalmente vinculado a una relación de especial intimidad con los animales y con la naturaleza. En el arte se le representa a menudo hablando con los pájaros, y esa imagen encaja de una manera sorprendente con el universo de Juan Ramón.
No quiero exagerar la comparación, pero hay algo en Platero y yo que parece buscar una relación con la naturaleza que no sea simplemente contemplativa. Es una relación casi espiritual.
Y precisamente por eso quizá necesite más palabras de las que soy capaz de improvisar sentado bajo este enebro.
Así que vamos a leer.
La primera dedicatoria está dirigida a Aguedilla, «la pobre loca de la Calle del Sol», que le mandaba moras y claveles. Es una dedicatoria pequeña y, sin embargo, ya nos sitúa en un mundo muy concreto: Moguer, sus calles, sus habitantes y esos personajes que quedan unidos para siempre a la memoria del escritor.
Después viene la famosa advertencia «a los hombres que lean este libro para niños».
La expresión es importante.
Juan Ramón no parece haber escrito el libro pensando originalmente en un público infantil. Dice, con esa mezcla tan suya de ironía y ternura, que estaba escrito «para qué sé yo, para quién», para quienes escriben los poetas líricos. Si después va a parar a los niños, no piensa quitarle ni ponerle una coma.
Eso me interesa mucho porque modifica nuestra manera de leerlo.
Platero y yo puede llegar a los niños, pero no es necesario convertir al lector adulto en niño para leerlo. Al contrario: quizá haya que leerlo precisamente desde la experiencia que proporciona haber dejado atrás la infancia.
Juan Ramón cita a Novalis y habla de la infancia como una edad de oro, una especie de isla espiritual en la que el corazón del poeta querría permanecer. La imagen es preciosa. Y, al mismo tiempo, tiene algo de melancólico: si la infancia es una isla, significa que existe un lugar del que terminamos marchándonos.
Eso es algo que reaparecerá enseguida.
Los capítulos de Platero y yo son muy breves. Se pueden leer casi como pequeñas piezas independientes, y eso me obliga a avanzar despacio. Yo mismo he comprobado que no puedo leer muchos seguidos. Dos o tres bastan para detenerme.
Me ocurre algo parecido a lo que me sucede con la poesía: si uno intenta consumirla demasiado deprisa, deja de leerla. Hay que parar. Hay que dejar que una imagen permanezca un rato dentro de nosotros.
I. Platero
Platero
Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.
Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: ¿Platero? y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe en no sé qué cascabeleo ideal...
Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel...
Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro como de piedra. Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:
—Tien’ asero...
Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.
Es difícil añadir algo a uno de los comienzos más conocidos de la literatura española, pero quizá precisamente por eso conviene leerlo despacio.
Juan Ramón lo presenta como pequeño, peludo y suave, casi hecho de algodón. Sus ojos son oscuros y brillantes; su cuerpo reúne simultáneamente la delicadeza y la fortaleza.
La descripción tiene algo de táctil. Uno casi puede tocar al animal mientras lee.
Y enseguida aparecen las flores, las naranjas, las mandarinas, las uvas, los higos. No es solamente una descripción visual. Juan Ramón está construyendo un mundo de sensaciones: colores, texturas, olores, sabores.
Platero tiene «acero» y «plata de luna» al mismo tiempo. Me gusta mucho esa contradicción. El acero introduce dureza, resistencia, fuerza; la plata de luna introduce luminosidad, delicadeza, belleza. Platero es las dos cosas.
Por eso tampoco es casual que la edición que tengo entre las manos utilice en la cubierta un tono ligeramente plateado. Parece casi una pequeña prolongación visual de la descripción del animal.
El comienzo se utiliza con frecuencia en las clases de Lengua para explicar la descripción literaria. Y se entiende perfectamente por qué. Aquí encontramos rasgos físicos, pero también características de comportamiento y de carácter; encontramos comparaciones y metáforas, y sobre todo encontramos una descripción que no se limita a informar sobre el objeto descrito, sino que intenta provocar en el lector una sensación.
Los «espejos de azabache» de los ojos constituyen una metáfora; después aparece la comparación de los ojos con escarabajos de cristal negro. La diferencia entre ambas figuras puede explicarse de una manera bastante sencilla: en la comparación aparecen elementos que relacionan explícitamente una realidad con otra —como, cual, parece—, mientras que en la metáfora la identificación se produce directamente.
Pero, más allá de la terminología escolar, lo importante es lo que consigue Juan Ramón con ellas. No nos dice simplemente que Platero tiene los ojos negros. Hace que los veamos, y esa diferencia es enorme.
También me hace sonreír que Platero acuda cuando lo llama. En ese momento no pude evitar compararlo con mi propia gata, Miga, que tiene una relación bastante más independiente con cualquier orden que yo pueda darle.
Platero, en cambio, parece estar unido al poeta por una relación de confianza y afecto que va mucho más allá de la del dueño y su animal.
II. Mariposas blancas
Mariposas blancas
La noche cae, brumosa ya y morada. Vagas claridades malvas y verdes perduran tras la torre de la iglesia. El camino sube, lleno de sombras, de campanillas, de fragancia de hierba, de canciones, de cansancio y de anhelo. De pronto, un hombre oscuro. con una gorra y un pincho, roja un instante la cara fea por la luz del cigarro, baja a nosotros de una casucha miserable, perdida entre sacas de carbón. Platero se amedrenta.
—¿Ba argo?
—Vea usted... Mariposas blancas...
El hombre quiere clavar su pincho de hierro en el seroncillo, y no lo evito. Abro la alforja y él no ve nada. Y el alimento ideal pasa, libre y cándido, sin pagar su tributo a los Consumos...
El segundo pasaje nos lleva a la noche. Hay bruma, luces malvas y verdes, sombras, hierba, canciones, cansancio y deseo. De pronto aparece un hombre oscuro que se acerca para inspeccionar la carga de Platero. Y la carga son mariposas blancas.
El contraste me parece magnífico. Por un lado está el mundo del poeta: las mariposas, la noche, los colores, Platero, la sensibilidad. Por otro, aparece una figura áspera y desagradable que representa una realidad mucho más prosaica: el control, la mercancía, los impuestos, la obligación de comprobar qué lleva alguien consigo.
Las mariposas pasan libres. El funcionario no consigue detenerlas. Y ahí aparece uno de esos pequeños choques entre la realidad y la imaginación que me parece que recorren todo el libro: Juan Ramón busca la belleza, pero no vive en un mundo en el que la belleza haya eliminado la realidad. La realidad sigue ahí. Hay hombres pobres, hay trabajo, hay controles, hay obligaciones. Y precisamente por eso la evasión poética adquiere sentido.
También vuelve a aparecer algo muy propio del Modernismo: el cromatismo. Malvas, verdes, blancos; más adelante aparecerán la plata, el oro, el cobre. Los colores no funcionan únicamente como decoración: contribuyen a construir una atmósfera y, en cierta medida, a convertir la percepción en una experiencia casi musical.
III. Juegos del anochecer
Juegos del anochecer
Cuando, en el crepúsculo del pueblo, Platero y yo entramos, ateridos, por la oscuridad morada de la calleja miserable que da al río seco, los niños pobres juegan a asustarse, fingiéndose mendigos. Uno se echa un saco a la cabeza, otro dice que no ve, otro se hace el cojo...
Después, en ese brusco cambiar de la infancia, como llevan unos zapatos y un vestido, y como sus madres, ellas sabrán cómo, les han dado algo de comer , se creen unos príncipes:
—Mi pare tie un reló e plata.
—Y er mío, un cabayo.
—Y er mío, una ejcopeta.
Reloj que levantará a la madrugada, escopeta que no matará el hambre, caballo que llevará a la miseria... El corro, luego. Entre tanta negrura, una niña forastera, que habla de otro modo, la sobrina del Pájaro Verde, con voz débil, hilo de cristal acuoso en la sombra, canta entonadamente, cual una princesa:
Yo soy laaa viudita
del Condeee de Oréé...
...¡Sí, sí.! ¡Cantad, soñad, niños pobres! Pronto, al amanecer vuestra adolescencia, la primavera os asustará, como un mendigo, enmascarada de invierno.
—Vamos, Platero...
En este pasaje, los niños pobres juegan a ser mendigos. Uno se tapa la cabeza con un saco, otro finge que no ve, otro se hace el cojo. Y después, en un movimiento brusco de la imaginación infantil, esos mismos niños se convierten en príncipes porque llevan unos zapatos, un vestido o han comido algo.
Todavía no conocen el verdadero significado de las cosas que poseen. Uno presume del reloj de plata de su padre, otro de un caballo, otro de una escopeta.
Pero Juan Ramón introduce inmediatamente la realidad detrás de esos objetos: el reloj servirá para levantarse de madrugada; la escopeta no acabará con el hambre; el caballo llevará consigo, precisamente, la miseria. Es una de esas ocasiones en que Platero y yo deja de parecerse a la imagen convencional de un libro infantil.
Los niños juegan, pero el lector adulto sabe algo que ellos todavía ignoran. Sabe que el futuro llegará. Sabe que la adolescencia y la edad adulta no son necesariamente esa prolongación luminosa del juego infantil, sino que pueden traer consigo el trabajo, la pobreza, la obligación y el desengaño.
Por eso la frase final me parece especialmente hermosa y triste: «Sí, sí, cantad, soñad, niños pobres». No hay aquí un simple elogio de la infancia. Hay también una despedida anticipada. "Disfrutad ahora", parece decir el poeta, "porque llegará un momento en que comprenderéis". Y me parece importante que Juan Ramón no utilice esta visión de la infancia para negar la realidad. Al contrario: la infancia convive desde el principio con la pobreza.
Eso vuelve a marcar una diferencia con otras obras que solemos relacionar con la literatura para niños. No tengo nada contra El Principito, que me parece un libro maravilloso, pero aquí la imaginación no sirve para escapar completamente de la realidad. La realidad entra continuamente en el libro: primero apareció aquel hombre encargado de controlar las mercancías; ahora aparecen estos niños pobres.
El poeta contempla todo eso desde fuera, acompañado por Platero, y finalmente se marcha. «Vamos, Platero».
IV. El eclipse
El eclipse
Nos metimos las manos en los bolsillos, sin querer, y la frente sintió el fino aleteo de la sombra fresca, igual que cuando se entra en un pinar espeso. Las gallinas se fueron recogiendo en Su escalera amparada, una a una. Alrededor, el campo enlutó su verde, cual si el velo morado del altar mayor lo cobijase. Se vió, blanco, el mar lejano, y algunas estrellas lucieron, pálidas. ¡Cómo iban trocando blancura por blancura las azoteas! Los que estábamos en ellas nos gritábamos cosas de ingenio mejor o peor, pequeños y oscuros en aquel silencio reducido del eclipse.
Mirábamos el sol con todo: con los gemelos de teatro, con el anteojo de larga vista, con una botella, con un cristal ahumado; y desde todas partes: desde el mirador, desde la escalera del corral. desde la ventana del granero, desde la cancela del patio. por sus cristales granas y azules...
Al ocultarse el sol que un momento antes, todo lo hacía dos, tres, cien veces más grande y mejor con sus complicaciones de luz y oro, todo, sin la transición larga del crepúsculo, lo dejaba solo y pobre, como si hubiera cambiado onzas primero y luego plata por cobre. Era el pueblo como un perro chico, mohoso y ya sin cambio. ¡Qué tristes y qué pequeñas las calles, las plazas, la torre, los caminos de los montes!
Platero parecía, allá en el corral, un burro menos verdadero, diferente y recortado; otro burro...
Este capítulo tenía para mí una circunstancia especial. El día anterior había tenido lugar el eclipse de Sol del 12 de agosto de 2026. Desde Torla pude contemplar solamente una parte del fenómeno, y además las montañas y las nubes no me lo pusieron fácil. El eclipse fue visible como parcial desde Torla, aunque llegó a cubrir allí prácticamente todo el disco solar. No pude verlo como había querido, pero quizá por eso me impresionó todavía más la lectura de este pasaje.
Juan Ramón describe cómo la sombra transforma por completo el paisaje. Las personas se reúnen en las azoteas y buscan formas improvisadas de mirar el Sol: cristales ahumados, botellas, instrumentos ópticos. Y, de repente, el mundo conocido deja de parecer conocido: el pueblo se vuelve extraño. Las calles parecen más pequeñas. Las plazas pierden su familiaridad. La luz cambia y con ella cambia la percepción de todas las cosas. Juan Ramón utiliza una imagen extraordinaria para expresar esa transformación: aquello que parecía valioso y luminoso pierde riqueza, como si el oro y la plata fueran sustituidos por cobre.
Y Platero mismo parece diferente. Es el mismo animal, naturalmente, pero ya no parece el mismo. Eso es lo que más me interesa del eclipse: no cambia la realidad y, sin embargo, durante unos minutos cambia completamente nuestra experiencia de ella. El objeto que se observa sigue ahí. Lo que ha cambiado es nuestra manera de verlo.
Quizá por eso me parece que este pasaje tiene una relación profunda con la poesía de Juan Ramón. La poesía puede hacer algo parecido. Puede tomar una realidad que conocemos perfectamente y mostrárnosla durante un instante como si nunca la hubiéramos visto.
Durante el eclipse, el mundo cotidiano se vuelve desconocido y, precisamente, lo desconocido es uno de los lugares hacia los que se dirige la poesía de Juan Ramón. Hay algo casi paradójico en ello: buscamos lo absoluto a través de un instante.
Por eso, mientras leía este pasaje, pensé en los haikus japoneses. No porque Platero y yo sea, naturalmente, un libro de haikus, sino porque existe una semejanza en esa capacidad de detener un instante concreto y convertirlo en algo que parece durar mucho más que el propio instante: un árbol que se mueve, un animal que pasa, un reflejo sobre el agua, una luz que desaparece. Un eclipse.
Algo ocurre durante unos segundos y, sin embargo, la imagen parece contener una duración mucho mayor.
Quizá esa sea una de las cosas que más me están atrayendo de este libro: Juan Ramón consigue que lo efímero parezca eterno.
V. Escalofrío
Escalofrío
La luna viene con nosotros, grande, redonda, pura. En los prados soñolientos se ven, vagamente, no sé qué cabras negras, entre las zarzamoras... Alguien se esconde, tácito, a nuestro pasar... Sobre el vallado, un almendro inmenso, níveo de flor y de luna, revuelta la copa con una nube blanca, cobija el camino asaeteado de estrellas de marzo... Un olor penetrante a naranjas..., humedad y silencio... La cañada de las Brujas...
—¡Platero, qué... frío!
Platero, no sé si con su miedo o con el mío, trota, entra en el arroyo, pisa la luna y la hace pedazos. Es como si un enjambre de claras rosas de cristal se enredara, queriendo retenerlo, a su trote...
Y trota Platero, cuesta arriba, encogida la grupa cual si alguien le fuese a alcanzar, sintiendo ya la tibieza suave, que parece que nunca llega, del pueblo que se acerca...
El quinto pasaje transcurre también de noche. La luna acompaña a Platero y al poeta. Hay cabras negras, un almendro cubierto de flores, estrellas, naranjas, humedad y silencio. Todo parece hermoso, pero también hay algo inquietante: el poeta tiene frío. Y tiene miedo. No sabe si Platero siente su propio miedo o el del poeta. El animal entra en el arroyo y pisa el reflejo de la luna, que se rompe en el agua.
Es una imagen bellísima. La luna no se rompe realmente, claro. Lo que se rompe es su reflejo, pero en la imaginación del poeta la diferencia deja de importar. Platero pisa la luna y la hace pedazos. Después, las formas de la noche parecen intentar retenerlo, pero Platero continúa avanzando.
Aquí aparece también la primavera. El almendro está en flor, la noche tiene el olor de las naranjas y el camino está lleno de estrellas de marzo. La primavera tiene, además, toda una tradición simbólica detrás: juventud, renacimiento, amor, belleza. Es difícil leer una primavera literaria sin que aparezca todo ese patrimonio cultural que hemos acumulado alrededor de ella.
Pero esta primavera tiene frío. Y tiene miedo.
Eso me gusta porque vuelve a introducir una pequeña contradicción en el paisaje. La belleza no elimina la inquietud. Platero siente miedo —o quizá el poeta proyecta en él su propio miedo—, pero sigue avanzando. Y ahí es donde mi lectura se vuelve inevitablemente personal: la literatura simbólica es polisémica. No hay una única interpretación obligatoria de esta escena. Cada lector puede descubrir algo distinto en ella. Pero yo veo una imagen que me resulta muy humana: hay momentos en que algo nos asusta, y durante un instante ese miedo parece adquirir una dimensión enorme. Entonces podemos quedarnos contemplándolo o podemos continuar. Platero continúa. Pisa la luna. La rompe. Y sigue trotando cuesta arriba.
Quizá sea una interpretación excesivamente personal, pero no me parece una mala manera de leer literatura: encontrar en una imagen algo que, sin haber sido necesariamente escrito para nosotros, termina diciéndonos algo.
Al final, además, aparece una curiosa confusión de movimientos. La luna parece acompañarnos aunque permanece inmóvil; el pueblo parece acercarse a nosotros en lugar de ser nosotros quienes nos acercamos a él.
Eso me recordó un poema de Juan Ramón que había incluido en los apuntes de clase: La otra forma. Allí también aparece una percepción extraña del movimiento, como si Juan Ramón quisiera desmontar nuestra manera habitual de ordenar el espacio: quizá sea algo que ya estaba aquí desde el principio.
La realidad no siempre se comporta como creemos: a veces la luna nos sigue, a veces el pueblo viene hacia nosotros, a veces un burro pisa la luna y la rompe. Y quizá precisamente para eso sirva la poesía: para que durante un instante aceptemos que las cosas pueden ser de otra manera.
***
Por hoy voy a detenerme aquí.
No sé cuántos vídeos acabaré necesitando para llegar hasta el final de Platero y yo. Tampoco sé cuánto tiempo tardaré. Lo que sí sé es que no quiero leerlo deprisa.
Quiero seguir haciendo esto como lo he hecho hoy: unos pocos pasajes, unas pocas páginas y después un rato para pensar. La lectura, cuando merece la pena, no siempre consiste en avanzar, sino, tal vez, a veces, en quedarse quieto.
Y quizá por eso no haya un lugar demasiado extraño para comenzar a leer a Juan Ramón Jiménez que este: sentado bajo un enebro, en Torla, mirando hacia las montañas del Pirineo.
La próxima vez continuaré con el pasaje sexto, si es que no me distraigo antes con otra cosa.
Bibliografía mencionada
Jiménez, Juan Ramón. Platero y yo. Elegía andaluza (1907-1916). Introducción de Germán Bleiberg. Madrid: Alianza Editorial, 1981. Colección El Libro de Bolsillo, 851. Es la edición utilizada en esta primera grabación. La obra continúa contando con ediciones de Alianza.
Jiménez, Juan Ramón. Platero y yo. Edición e introducción de Michael P. Predmore. Madrid: Cátedra, colección Letras Hispánicas, 90. Es una edición especialmente recomendable para quien quiera profundizar en el texto y en su contexto crítico; la primera edición de Cátedra apareció en 1978 y tuvo numerosas reimpresiones posteriores.
Darío, Rubén. Cantos de vida y esperanza. Para continuar la referencia al Modernismo y a la evolución espiritual de Rubén Darío, conviene consultar una edición actual de sus obras completas o de sus principales libros poéticos.
Tagore, Rabindranath. Gitanjali. La lectura de Tagore resulta especialmente interesante en relación con la dimensión espiritual de la poesía de Juan Ramón y con las traducciones que realizaron Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí.
Notas aclaratorias: