domingo, 27 de marzo de 2022

Iglesia Maris Stella del parque de Pradolongo (Orcasitas, Madrid)

 



La iglesia Maris Stella, hoy espacio de actividades culturales del actual Centro de Educación Ambiental del parque de Pradolongo, es un lugar histórico y de gran interés arquitectónico del barrio de Orcasitas (Madrid). En este texto se expondrán los antecedentes históricos de esta tipología arquitectónica, así como de la historia del propio edificio.

Se encuentra en el distrito de Usera, aunque se haya relacionado siempre con el barrio de Orcasitas, debido a la formación de dicho barrio a partir de chabolas en las zonas colindantes. La iglesia se construyó entre 1920 y 1930 por un arquitecto que no dejó constancia de su nombre, según las fuentes de las que disponemos en el momento de redacción de este artículo. 

Se utilizó inicialmente como ermita por los propietarios de los terrenos, la familia Orcasitas. Este dato tiene sentido para justificar la construcción y el anonimato del arquitecto: debió ser una obra por encargo. 

Al llegar la Guerra Civil, de acuerdo con la investigación de Enrique Villalba, la iglesia fue un nido de ametralladoras del bando republicano, lo que ocasionó que fuera bombardeada y ametrallada por los nacionales. El artículo de El País de Rafael Fraguas da cuenta del famoso episodio bélico en este lugar.

El texto de Samuel Rodríguez aporta que a continuación "se utilizó como templo, comedor y dispensario de salud. Incluso llegó a ser una escuela para los hijos de los trabajadores que llegaban a Orcasitas desde otras regiones del país", siendo estos inmigrantes sobre todo de Extremadura y Castilla-La Mancha. Es desde esta época de la posguerra cuando se la conoce como "la iglesia rota", por los agujeros de las bombas y los balazos, y sirvió, entre otras cosas, de escuela, "donde el maestro José Puñal enseñó a leer a los niños. Inés Sáenz de Heredia, prima carnal del fundador de Falange, José Antonio Primo de Rivera, se hacía cargo de ellos", de acuerdo con citado artículo de El País, del que, por cierto, han copiado el texto de Wikipedia sin citarlo. En este otro artículo se cita que fue en 1960 cuando se reconstruyó.

Iglesia Maris Stella en 1960, primera reconstrucción


Afirman testimonios del barrio que la iglesia fue bastante conocida no sólo por su antigüedad y la emblemática estampa que aportaba al paisaje, sino por el colegio que tenía al lado. Lo que hoy es una comisaría de policía municipal era dicho colegio. El porche circular con columnas de la comisaría es un añadido, pero el edificio de teselas azules mantiene su estructura original. Cuentan que estaban separados los niños de las niñas y se reunían en el patio oriental de la iglesia una vez al día, para cantar el "Cara al sol". La iglesia desempeñó funciones litúrgicas durante algunos años del franquismo y tal vez de la Transición (1969-1980, aprox.), pues algunos ancianos afirman haber hecho la comunión ahí. Sin embargo, el colegio anejo a la iglesia, que tras el franquismo ya era un colegio público normal, llamado C. P. Maris Stella, estaba algo alejado del núcleo del barrio y ya existían otros en Orcasitas: el Meseta de Orcasitas, el Puerto Rico y el Gloria Fuertes. Aprovecharon que el Puerto Rico, que era lo que hoy es el CEPA Orcasitas (un centro de enseñanza de adultos, un pequeño edificio de madera) se había quedado pequeño para construir otro del mismo nombre al lado, que dio cabida a muchos más niños. El cercano Meseta de Orcasitas también albergaba muchos alumnos. De manera que el pequeño colegio Maris Stella junto a la iglesia se abandonó y se reutilizó como comisaría. Lo que no se reutilizó fue la iglesia.

Así fue como el edificio, la vieja "iglesia rota" o "iglesia del gallo", que así la llamaban por la veleta, se abandonó completamente para ser frecuentado y maltratado por el populacho del barrio: tomó el aspecto de una ruina llena de pintadas vandálicas, basura, inmundicias, hasta que se valló el recinto, limitando el tránsito de personas que desvirtuaban el edificio. Desde 1985 en que se pidió que se protegiese, tardaron veinticinco años hasta que se cumplió. En esos primeros años fue cuando se construyó, en 1983, el parque de Pradolongo, siendo alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván.

El artículo de Enrique Fidel Rojo también sintetiza los datos expuestos aquí.

Según Samuel Rodríguez:

La reforma de este histórico edificio es una reivindicación demandada por los vecinos de la zona, que comienza en 1985. En 2010 la ‘iglesia rota’ entra en el catálogo de elementos protegidos y en el Plan General de Ordenación Urbana al año siguiente. Consiguió así formar parte del Catálogo de Edificios Protegidos de la Ciudad [de Madrid].

Es así como comienzan las obras de remodelación, no de restauración, pues el edificio cambiará sustancialmente y se utilizará para otros fines. 

Iglesia Maris Stella antes de la restauración. https://elmiradordemadrid.es/rehabilitacion-maris-stella/

El artículo del Diario de Madrid de noviembre de 2017 anuncia el desarrollo del proyecto, que se ciñe bastante al complejo actual de sala de exposiciones, club de piragüismo e iglesia remodelada.

Tomamos prestada la imagen de dicha página web para ofrecer una idea de la edificación actual, en cuyo proyecto se tuvieron en cuenta las propuestas de los vecinos, aunque existan algunas pequeñas diferencias entre el diseño finalmente llevado a cabo y este dibujo:


Existen numerosas publicaciones donde se habla de la remodelación de la iglesia y construcción del CEAC:







Foto: EMV
Foto propiedad de la EMV.

Hoy en día se puede disfrutar de exposiciones temporales en la sala contigua al edificio de la recepción, donde empleados del Ayuntamiento atienden preguntas y toman nota de quienes desean apuntarse a alguna actividad. En efecto, una de las más atractivas funciones es la de servir de punto de salida y de administración de rutas ecológicas, talleres educativos para niños, pequeñas actuaciones musicales en la iglesia, etc. Los aficionados a la ornitología suelen quedarse con una experiencia satisfactoria, como testifican aquí.

Los datos de contacto y horario de apertura del CEAC Maris Stella se localizan en este enlace.

A continuación dedicamos un espacio para dejar por escrito las explicaciones dadas a los alumnos del CEPA Orcasitas en una excursión realizada el 25 de marzo de 2022, en la que se utilizó el pretexto del diseño de la iglesia para hablar de historia de la arquitectura bizantina.


Iglesia Maris Stella del parque de Pradolongo


Una aproximación a la arquitectura bizantina


Este edificio que hoy es un centro de educación ambiental, que era conocido como “la iglesia rota”, a causa de la Guerra Civil y el abandono, fue construida entre 1920 y 1930 por alguien que realmente sabía de arquitectura y de historia del arte. Vamos a descubrirlo.
¿Es una iglesia normal? No, es cuadrada: es de planta centralizada y de cruz griega. Las iglesias a las que estamos acostumbrados en el occidente de Europa son de planta basilical y, en muchos casos, de cruz latina.

Planta aproximada de la iglesia Maris Stella. 

La planta basilical viene de los primeros cristianos: en Roma, utilizaban e imitaban los edificios que tenían “a mano”, las basílicas, que eran edificios administrativos romanos, amplios y alargados. Luego añadirían el transepto, la nave perpendicular que hace la forma de cruz. Lo que queda en medio es el crucero.
Pero el Imperio Bizantino, en el oriente de Europa, tenía su propia personalidad y estilo. Tendían a hacer las naves menos alargadas y a mantener la forma centralizada de los martyria paleocristianos: lugares de enterramiento de los primeros mártires. Además, quizá le daban cierto simbolismo al carácter centralizador de su gobierno, el cesaropapismo, que unificaba el poder político y religioso en una sola persona: el emperador era también el patriarca de la iglesia oriental.

Planta basilical, cruz latina.
Fueron tantas las diferencias entre Roma y Constantinopla que en 1054 se dio el Gran Cisma, la separación definitiva del papa y el patriarca, católicos y ortodoxos. Incluso llegaron a saquear Constantinopla en 1204, la Cuarta Cruzada.
Volvamos a la arquitectura: la planta centralizada cubierta con una cúpula central tiene su más alta representación en Santa Sofía de Constantinopla, mandada construir por Justiniano en el siglo VI, la Primera Edad de Oro del arte bizantino (siglos VI-VIII). Es célebre la frase de Justiniano al ver acabada la obra: “Salomón, te he vencido”. Su nave principal es alargada, pero responde al concepto de un gran espacio central cubierto por una cúpula. Los romanos, pero sobre todo los bizantinos, eran expertos en edificar con arcos, bóvedas y cúpulas, con ladrillo, piedra y opus caementicium (una especie de cemento). Otras iglesias importantes son la de los Santos Sergio y Baco y la de Santa Irene.

Alzado de Santa Sofía, Constantinopla.


Pero será la Segunda Edad de Oro (867-1204), en las dinastías macedónica y conmena del Imperio Bizantino, cuando se establecerá el modelo de la Nea, la Nea ekklesia que Basilio I mandó construir en 881. Consiste en una cruz griega inscrita en un cuadrado, donde el espacio central o Naos se cubre con una cúpula sobre pechinas, mientras que los brazos de la cruz se cubren con bóvedas de cañón. Los cuatro espacios secundarios de las esquinas del cuadrado que alberga la cruz griega tienen menor altura y pueden tener otro tipo de cubierta. Frecuentemente estas iglesias contaban con una tribuna que dividía el alzado del edificio en dos plantas. La iglesia en la que estamos, Maris Stella, sigue este modelo. Las Neas, además, podían tener un nártex a los pies (espacio o vestíbulo porticado para los catecúmenos) y una triple cabecera hacia el este con un mayor ábside central, donde estaban el presbiterio y el altar. Unos ejemplos son la iglesia de Myrelaion y la de San Teodoro en Constantinopla, y el monasterio de Hosios Lukás en Grecia.

Cúpula sobre pechinas de Maris Stella.
Sin embargo, como se ve en la foto de la EMV más arriba,
las pechinas son modernas y realmente no tienen función estructural.



¿Cómo llega esta tipología arquitectónica a occidente? En gran medida, por las innovaciones del Renacimiento. El arquitecto italiano Bramante utiliza el antiguo modelo de los martyria (el Renacimiento recuperaba el arte de la Antigüedad) para conmemorar a San Pedro, como a los demás mártires cristianos.  
Además, en Occidente existían otros modelos arquitectónicos de configuración típicamente centralizada, los baptisterios (a menudo octogonales) y los mausoleos, como el de Teodorico en Rávena.


El Templete de San Pietro in Montorio, de Bramante (1510).

Además, durante el Barroco se mantuvo la tendencia a coronar con cúpulas los grandes templos, como el monasterio de El Escorial, a imitación de otras grandes cúpulas de la Cristiandad: Santa María de las Flores, en Florencia, construida por Brunelleschi (1436) y la Basílica de San Pedro del Vaticano, de planta centralizada, en la que participaron Bramante, Miguel Ángel y Bernini (acabada en 1626).

Cúpula del Vaticano.

La cúpula


Se llama cúpula a una bóveda semiesférica: si una bóveda es la prolongación lineal de un arco, que descarga lateralmente el peso sobre muros portantes con o sin contrafuertes, la cúpula es la rotación de un arco, que descarga los empujes por igual en toda su circunferencia.
Tiene un gran valor simbólico al asemejarse a la bóveda celeste, como semiesfera que es, y, para la Iglesia, es un espacio unitario y centralizador de la Cristiandad.
La cúpula se puede situar sobre una planta circular (como el Panteón de Agripa, en Roma) o cuadrada, octogonal o elíptica. Los dos problemas principales son el peso y la transición de la forma circular a la cuadrada u octogonal. 
Las trompas son bovedillas en forma de semicono cuyos vértices coinciden con los ángulos del cuadrado. Es necesaria una base octogonal de la cúpula previa al cuadrado.
Las pechinas son triángulos semiesféricos y se pasa directamente de la circunferencia al cuadrado.



Los arcos torales son los arcos que reciben los empujes de la cúpula y los concentran en los cuatro pilares del cuadrado.

El tambor es el cuerpo octogonal (normalmente) que se sitúa en la base de la cúpula a modo de prolongación. Es muy útil para dar mayor altura a la cúpula y para la iluminación del espacio interior, al poderse practicar vanos (ventanas) en cada lado del octógono. En muchos textos se confunde tambor con cimborrio, que no es sinónimo, ya que el cimborrio es todo el conjunto que sobresale del crucero, como puede ser una torre. Es famoso el cimborrio de la catedral de Zamora, por ejemplo.

Otro elemento que también aporta iluminación es la linterna, que es el remate cilíndrico cubierto con una pequeña cúpula en el vértice superior, que en el caso de Maris Stella tiene los vanos cegados.

En el interior pueden apreciarse las pechinas y los arcos torales, que introducen las cuatro bóvedas de medio punto de la cruz griega (en dos de las bóvedas hay una engañosa transición a arco apuntado sobre la pared).

Bóvedas de cañón desde los arcos torales. Sin embargo, las bóvedas norte y sur cuentan con una
transición ojival en el encastre con el muro, también añadida en la reconstrucción.

La línea de imposta o de arranque de los arcos queda resaltada por la moldura de color gris horizontal. Sobre ésta está el riñón del arco, que es donde están las dovelas más bajas, que culminarían en la clave, que es la dovela central del punto más alto. 
Más iluminación aportan los óculos o ventanas circulares de las fachadas sureste y noroeste. (¿Habéis comprobado la orientación de la iglesia, cuyo altar no está exactamente hacia el este?)
Las bóvedas de la cruz griega están cubiertas por tejados a dos aguas con frontón triangular en las fachadas. La entrada de la fachada sur-sureste no era la entrada principal del templo, sino que ésta pudo estar en la fachada suroeste, sobre la que en el diseño actual se encuentra la tribuna.
El presbiterio, con el altar, estaba en el brazo hacia el este-noreste, donde hoy está el escenario de actuaciones. A los lados del altar se ubican las sacristías, donde se guardaban los objetos litúrgicos. 
La cúpula, apuntada, antiguamente cubierta de pizarra, según cuentan los ancianos del barrio de Orcasitas, tenía pinturas al fresco en su interior, que se han perdido para siempre. Tampoco nos queda nada de su anterior aspecto de ladrillo, que también remite a una larguísima historia. Afortunadamente, nos queda otra bella iglesia de planta centralizada con cúpula y pinturas al fresco, nada menos que hechas por Goya: la iglesia de San Antonio de la Florida. No dejéis de visitarla. Otra iglesia muy llamativa por su enorme cúpula es la de San Francisco el Grande, que también hay que ver.


Que estas explicaciones hayan servido para aprender a conservar y valorar nuestro patrimonio. 
Muchas gracias.

Bibliografía


Alegre Carvajal, Esther; Perla de las Parras, Antonio; López Díaz, Jesús (2021). La materia del arte. Técnicas y medios. Madrid: Centro de Estudios Ramón Areces.

Monteira Arias, Inés; Alegre Carvaja, Esther; Paulino Montero, Elena; Vallejo Triano, Antonio (2019). Arte cristiano y arte islámico en época medieval (siglos III a XII). Madrid: Centro de Estudios Ramón Areces.

Plaza Escudero, Lorenzo de la (coord.) (2012). Diccionario visual de términos arquitectónicos. Madrid: Cátedra.

Urquízar Herrera, Antonio; Cámara Muñoz, Alicia (2021). Renacimiento. Madrid: Centro de Estudios Ramón Areces.













sábado, 5 de marzo de 2022

Ninfas y sátiras


 Ninfas y sátiro, William-Adolphe Bouguereau (1873).


Trato de ordenar y depurar los correos de mi amigo el profesor, quizá de Historia, cuyo pseudónimo es Heliodoro Peces Burgos, y cuya progresión vital no deja de preocuparme. Sin embargo, desconozco hasta qué punto me hace constar tal devenir con el ánimo de buscar ayuda o si, por el contrario, me está tomando el pelo. Espero que conteste a mis mensajes. Mientras tanto, al percibir yo la intención literaria de sus escritos y su petición explícita de que los edite y publique, me dedico a compilar los textos. Hasta ahora, van: 1) La señorita Kundera; 2) Hazmemoria; 3) Delenda Carthago est y lo que viene a continuación sería la cuarta entrega. Las dimensiones y el estilo varían sensiblemente, e incluso los referentes reales. Me da la sensación de que, al hacer uso de esta nueva tendencia llamada “ficción autobiográfica”, está siendo un completo cínico, como suelen ser todos los autores de este género, como por ejemplo Manuel Vilas. El hecho de que anuncie que su obra es literaria y que no todo tiene por qué ser verdad provoca que haya que observarlo todo con recelo, y que cualquier detalle sorprendente o atractivo es sospechoso de ser mentira. Porque así es, esto de usar el nombre propio, igualar el narrador al autor, o viceversa, sobrepasa el concepto de ficción para entrar en el de mentira. Uno que use su nombre para narrar hechos falsos es un mentiroso, aunque toda su obra pueda ser una eufonía por lo bien que esté contado. Que algo suene bien es un encantamiento, no tiene por qué tener fundamento ninguno en la ontología de lo que vivimos. Cualquier cosa que suene bien debe someterse a escrutinio de si es verdad o mentira. Sin embargo, siempre ha estado permitido el juego contrario: usar personajes ficticios para narrar hechos reales, ocurridos al autor o a personas que éste o ésta conoce. Pío Baroja utilizó a Andrés Hurtado en El árbol de la ciencia para narrar algunas de sus experiencias vitales. Eso es juego justo, dentro de normas, no un fuera de juego o hacer directamente trampas. No se debe tomar el pelo a los lectores, porque los lectores son el sustento vital, indispensable, inexcusable y el pilar básico de la creación literaria. Sin lectores no hay literatura. Entonces, ¿para qué engañarlos? ¿Qué mente retorcida es la que se burla de aquellos que lo sustentan? Es como si un autor de teatro dispusiese escenas en las que los actores se burlasen de los espectadores. Algo así hizo Lorca en su obra El público. Muy original, sí, y con muy buena crítica, pero para un lector o espectador puro, sencillo, el lector que describía Dámaso Alonso en el prólogo de Poesía española, un lector con el que yo me identifico -porque, aunque tengo alguna formación, soy muy simple-, a mí esa obra de teatro de Lorca me parece una patraña.

De modo que me alegro de que mi amigo oculte su nombre tras ese pseudónimo, de que no nos revele qué hechos son verdad ni cuáles mentira para que tratemos de leer sus páginas con el mismo deleite con el que se lee cualquier obra de ficción. Si hay personas que lo conocen y, por tanto, desvelan ciertos parecidos con sus rasgos físicos o psicológicos, o identificamos a algunos personajes con personas de su entorno, hay que achacarlo a su falta de imaginación y que, como cualquier escritor, como Galdós, se nutre de lo que conoce para plasmarlo en su obra. Al fin y al cabo, “el arte que se hace con palabras” es mímesis de la realidad, que es lo que sostenía Aristóteles y, pese a que han pasado veinticinco siglos, prácticamente toda teoría literaria no deja de ser una paráfrasis de la Ars poética del sabio de Siracusa.


***

1

Era una mañana cualquiera en el parque de Pradocorto. No, cualquiera, no. Debía de ser un fin de semana. Estaba nublado pero no llovía. El suelo estaba mojado de la lluvia de la noche, pero no tanto como para impedir el cómodo transitar de paseantes, paseantes de perros y deportistas. En un punto intermedio entre paseante y deportista, no por su velocidad de trote, que no era mala, sino por su complexión desastrada y sus facciones poco agraciadas, así como un chándal de los años noventa de indumentaria, corría Heliodoro Peces. Pasó junto al lago, en cuya orilla yacía una gaviota muerta. Parecía más grande de lo que la mayoría de los humanos creemos que es una gaviota, al poderse contemplar tan de cerca. A lo mejor era un ejemplar disidente de su naturaleza, como Juan Salvador Gaviota, que quiso volar más alto o más rápido de lo que podía o debía, al igual que Ícaro.

Ese cadáver debía tener un nombre. Los cadáveres también existen. Pérez-Reverte, en Territorio comanche, contaba que sus compañeros periodistas y él le pusieron nombre a un cadáver que nadie recogía y que veían desde su punto de observación, que llamaron Sexsymbol. Debía de ser, o haber sido, un hombre guapo. Así que Heliodoro, tras dudar entre Ícaro y Juan Salvador, se decantó por el segundo, ya que al fin y al cabo era una gaviota.

Como suele pasar, la vida en gran medida solitaria conlleva el pensamiento ocioso y sin rumbo. Heliodoro meditaba acerca de cada cosa que veía. Llegó a pensar que lo que veía era por algo, que la aleatoriedad de los sucesos de la naturaleza y la sociedad humana, que es o debería ser parte de la naturaleza, del caos del universo, tiene un sentido y lo que se presenta a sus ojos, o a todos sus sentidos, es por algo. Había reflexionado sobre las casualidades: los números o palabras que se repiten tenían que significar algo. Luego vio que no, que eran simplemente “ondas en un estanque”, que algo importante para él se repetía, como si fueran ecos de una gran voz. Pero había un sentido en que aquello ocurriese. Entonces, si tenía sentido algo que se repetía, lo que no se repetía y simplemente era un hecho fortuito, también. Pisar una mierda era un mensaje. Golpearse la rodilla en un bolardo, también. Sus ojos y todo su cuerpo percibían una realidad única: nadie ni nada en el mundo podía ver y sentir lo que él, ni él podía ver exactamente las cosas como las veía otra persona. Quizá muchos ni repararon en la gaviota muerta. Él quizá tampoco reparó en otras cosas que su cerebro no procesó, como el color del agua ese día, la forma de las nubes, la raza del perro que paseaba la choni al otro lado del lago.

La gaviota caída, como Ícaro o como un ángel caído, le recordó la finitud. Memento mori, el mantra de los estoicos. Pero, además, era un ave, una formidable ave que podía volar grandísimas distancias, una viajera, una pescadora y una superviviente, sobre todo esto último al morar en un entorno urbano, donde sobreviviría picoteando basura, más que peces en el mar, que quedaba muy lejos. No había obtenido ayuda del grupo. Las gaviotas van en bandadas: es otro rasgo que las caracteriza. La muerte, cuando se pertenece a un grupo, no es relevante, ya que lo que importa es la supervivencia del grupo. Helidoro vio más gaviotas volando, algunas bastante alto. Lo que tienen los animales es un formidable sentido práctico: de nada sirve ocuparse de los muertos, ni lamentarse por el dolor, ni por la suerte, ni por nada. Recordó el perro con tres patas, corriendo como podía detrás de otro perro, jadeando con la lengua fuera.

Sacó sus conclusiones mientras seguía corriendo, alejándose de Juan Salvador. Tenía presente el comienzo de ese libro de autoayuda ochentero: no se puede ir contra la propia naturaleza, no se puede volar sin comer. Pensó en sus limitaciones: no podía ser deportista por su cuerpo pequeño y defectuoso, no podía ser escritor ni poeta por su falta de concentración y de constancia. Pero no todo eran extremos, ningún ser se anulaba completamente. Una gaviota podía intentar volar un poco más rápido, un poco. Ese “un poco” era una de las claves, clave como la dovela central de un arco de la vida de Heliodoro, ya fuera acertada o equivocada. En ese “un poco” se había basado todo lo que hacía: sabía un poco de inglés, un poco de francés, un poco de matemáticas, un poco de literatura… Aristóteles sostenía “nada en exceso”, y que eso era la dorada medianía, la aurea mediocritas, como si fuera algo confortable. Pero esa palabra había evolucionado, por algún motivo, a una connotación negativa: mediocridad. Con la mediocridad no se llegaba a ninguna parte.

Heliodoro desechó todo este discurrir de pensamientos, este otro “pensar ocioso”, uno más de muchos, que decía Unamuno en San Manuel Bueno, mártir, como quien arranca una página empezada de un cuaderno.


***

2

Corría Heliodoro Peces por el parque de Pradocorto, ese mismo día u otro, no lo sabemos. Pasó junto a la gaviota muerta sin detenerse y alcanzó la puerta de la iglesia restaurada que habían habilitado como centro cultural y de interpretación. Le encantaba ese edificio -no tanto su restauración ni el uso que le estaban dando-, cuya herencia de las iglesias de planta centralizada de la Segunda Edad de Oro bizantina -era una Nea- le agradaba la vista por su perfecta disposición, simetría, equilibrio y los demás rasgos de una buena arquitectura que defendería Vitruvio. Más adelante supo que era el edificio más antiguo del barrio de Orcasotas, en el que se hallaba, construida por encargo de la familia cuyo apellido dio nombre al barrio, por un arquitecto anónimo entre 1920 y 1930.

Entró, sudoroso tras la carrera, para preguntar qué actividades había programadas. Le dijeron que había un concierto de un cuarteto de cuerda de temas navideños que empezaba en veinte minutos, de modo que subió casa, se duchó con rapidez, se vistió bien y bajó de nuevo, provisto del libro Ordesa de Manuel Vilas por si la música no le entretenía lo suficiente.

Se preguntarán los lectores, con perdón por el inciso, cuál es la motivación del desconocido narrador de este texto para retrasar tanto la acción y distraerse con tantas minucias. Pues bien, no lo sabe ni él, pero cada escena tiene siempre algún detalle que guarda relación con algún hecho pasado o futuro. Tratamos de desentrañar la compleja maraña de percepciones y pensamientos a través de este personaje, que a su vez será revelador de otros personajes con otras actitudes y visiones del mundo, para lo que todo detalle será escaso.

La banda musical estaba formada por tres mujeres y dos muchachos. De las mujeres, dos eran adultas, de unos treinta y cinco años, mientras que la otra tenía dieciocho o veinte. La que era la presentadora y profesora de música de los demás no le llamó mucho la atención a Heliodoro. Cometía muchos errores, tanto en sus discursos como en la interpretación musical y no destacaba por su físico. Aun así, admiraba a toda aquella persona con cierto talento para la música. Más le gustó la primer violín, que para su decepción no incluía su cuenta personal en la cuenta de Instagram del grupo. Quizá estaba sustituyendo a la titular. Tenía unos rasgos verdaderamente atractivos y el talle y las piernas esculturales. En la segunda canción entró en escena la joven que tocaba el contrabajo. Llevaba un vestido rojo muy elegante que dejaba ver completamente sus delgados y gráciles brazos blancos, su busto y su espalda. Era morena y con gafas, con un leve gesto hosco, lo típico de la juventud con su actitud revolucionaria, contra todo lo hecho en la sociedad, contra la historia, contra la naturaleza humana y contra los hombres, causantes de todo mal. Luego lo confirmó al ver su cuenta de Instagram. Pero tenía gracia y belleza verla así, con su bonito vestido, sus grandes gafas de empollona, su pálida piel de adolescente y su enorme instrumento. Le hacía pensar que había algo de erótico y casi grosero en ver a una muchacha tan tierna, delgada y delicada (se dio cuenta de que estas dos palabras provienen de la misma) manejando con destreza un objeto tan grande. Qué bello contraste. Como la Bella y la Bestia. Como las modelos que se van con hombres musculosos. Había algo natural y armonioso en ese contraste. Sin que hubiera que restarle valía, una mujer de grandes dimensiones no quedaría igual de bien tocando el contrabajo.

El grupo se llamaba Las cuerdas de Neso, en inglés. Neso era un centauro, uno sabio, como Quirón, pero fiel a su naturaleza de medio hombre medio animal, con lo que actuaría llevado por la lujuria y así acabaría su vida: al intentar raptar a Deyanira, Heracles (Hércules) le disparó una flecha envenenada. Pero astutamente, en su agonía, le dijo a la joven que su sangre garantizaría la fidelidad de Heracles, así que ella le dio a su marido una camisa tratada con sangre del centauro. La trampa surtió efecto: el mayor de los héroes del mundo, el hijo predilecto de Zeus, murió quemado lentamente por la venenosa sangre del impúdico centauro.

Cuando Heliodoro llegó a casa, consultó su ejemplar de Prosas profanas, de Rubén Darío, para buscar qué decía Neso en el célebre Coloquio de los centauros:

NESO

¡El Enigma es el rostro fatal de Deyanira!

Mi espalda aun guarda el dulce perfume de la bella;

aún mis pupilas llaman su claridad de estrella.

¡Oh aroma de su sexo! ¡O rosas y alabastros!

¡Oh envidia de las flores y celos de los astros!

Con el gusto de releer al maestro del Modernismo y la música de Strauss, el Danubio azul, sin írsele de la cabeza, Heliodoro Peces pudo olvidar temporalmente su frustración con las mujeres y pasó ese día en paz.


***

3

La vida de Heliodoro iba estando cada vez más vacía. El trabajo era llevadero, pero ese año escolar no estaba conectando con ningún alumno (ni alumna). Tampoco le llegaba ese rayo de motivación o de entusiasmo, como el que le habitaba al poeta Miguel Hernández, para retomar alguna afición que le hiciese vivir el momento y, por añadidura, esa satisfacción o consuelo de volver la vista atrás y contemplar algo hecho que marcase algún hito vivencial. No hacía nada digno de ser recordado desde hacía mucho. Todo eran tropiezos, experiencias flojas y adquisiciones tibias. Por otro lado, mantenía incólume su confortable posición de soltero con un trabajo fijo, un pisucho en Madrid y un coche pequeño pero bien cuidado que no le daba averías. Le volvió a dar pereza, sin embargo, coger el coche para escaparse los fines de semana. Hacía frío, amanecía tarde y anochecía pronto: era invierno. Además, el combustible seguía subiendo: ¿merecía la pena mover el coche y gastar combustible para él solo?

Ocurrió otro hecho que Heliodoro no se esperaba de aquella manera. Su vieja bicicleta de carretera, a la que llamó Galgo, había sido una donación de un amigo suyo, un compañero de su trabajo anterior. La había conservado y cuidado durante muchos años, como demuestran los demás escritos del Diario de Heliodoro. Sin embargo, iba necesitando una nueva montura para poder transitar por lugares no asfaltados, pues era tentador poder andar por pistas de tierra o grava, de modo que se interesó por esas nuevas bicicletas llamadas “gravel”, bastante eficaces también en asfalto. Le comunicó a aquel amigo, de segundo apellido Valles, que pensaba llevarse a Galgo a una casa cerca de la costa que tenía su familia, para uso ocasional, pues necesitaba espacio en su trastero para la nueva, dejando caer, por gentileza, que si la necesitaba él, Valles, que fue su primer poseedor, no era un impedimento devolvérsela. Fue grande la sorpresa de Heliodoro cuando Valles afirmó rotundamente que quería recuperarla, cosa insólita, pues era una bici pequeña para Valles e idónea para Heliodoro, pero el caso es que la vieja bicicleta Peugeot de los años ochenta, que tantas vivencias de nuestro personaje había protagonizado, cambió de manos. Heliodoro contuvo las lágrimas cuando la preparó sacándola del trastero, incluyendo, no sabía por qué, luces y otros accesorios que solía ponerle, como si fueran de necesidad para Galgo, no para Valles.

Tuvo la sospecha de que no volvería a ver aquella bici y quizá tampoco a su dueño. Extraño: fueron amigos en el pasado, pero de esa amistad ya distante y fría había quedado únicamente la confianza de atreverse a reclamar objetos, como en las relaciones en política o en la empresa.



Cuando la levantó por última vez, al sentirla tan liviana, recordó el poema de León Felipe que decía “Así es mi vida, / piedra, / como tú. Como tú, / piedra pequeña;” porque parecía cuadrar sustituyendo “piedra” y todos sus sinónimos por “bici”:

[…] como tú,

piedra ligera;

como tú,

canto que ruedas

por las calzadas

y por las veredas;

como tú,

guijarro humilde de las carreteras;

como tú,

que en días de tormenta

te hundes

en el cieno de la tierra […]


***

4

Cuánto le aburría la historia y cuánto le gustaba la literatura. Lástima que saber de literatura no sirva para nada, si no es para una satisfacción íntima, personal, imposible de compartir, inútil en el mundo de la razón práctica y operativa, de la materia, que es todo lo que importa, a fin de cuentas, como sostenía el que tenía por maestro, Jesús G. Maestro, valga la redundancia, el atrevido profesor de literatura que divulgaba sus tesis por YouTube.

Pero se quedó en suspenso con ese matiz de “imposible de compartir”. Apareció un fantasma en su cabeza. Sí que se podía compartir con alguien, una sola persona en el universo, o “la mejor muñeca del universo”, como llegó a nombrarla a raíz de un relato que leyó en un blog. Le cruzó como un rayo el recuerdo de Teresa. ¡Teresa López de Haro, otra vez! ¡Pero si la había borrado de todas partes! ¡Delenda Carthago est! Había borrado las conversaciones con ella, había borrado muchos correos y archivado otros (no se atrevió a borrarlos todos), había borrado su teléfono de su agenda, después de bloquearlo. ¿Cómo estaría ella, cómo estaría su gata Ursa? No, no podía darle señales de amistad de ninguna manera, pues todo intento de relación afectiva había resultado catastrófica. Heliodoro era en el fondo un sátiro, un iluso mujeriego, un eterno enamoradizo de quien se le cruzase. Como decía Bécquer en El rayo de luna:

¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres un instante: a ésta porque era rubia, a aquélla porque tenía los labios rojos, a la otra porque se cimbreaba al andar como un junco.

Efectivamente, Teresa lo echaba de menos y le escribía a menudo, pero sus correos iban a la papelera por un filtro que había puesto Helidoro en sus mensajes entrantes. Teresa, al no recibir señales de él, fue perdiendo la esperanza y retomando viejos hábitos, como ver largamente series de televisión y cierta cantidad de bebida en solitario los fines de semana.

Heliodoro vio un día un examen que había hecho el profesor de lengua, cuyo texto era el relato de Antonio Gala “Una historia común”, que relataba crudamente cómo un perro era abandonado y atropellado. El cuento empezaba diciendo “Yo no creo haber hecho nada malo esta mañana…”, prolepsis de la situación final del pobre animal herido y desamparado en la carretera. Heliodoro lo leyó muchas veces, calándole hondo cada una de sus palabras, no sabía por qué. Pensó que Teresa podría estar como ese perro. Pensó que él también podría ser ese perro, abandonado por una entidad superior que dictaba nuestros designios por mero capricho.

Todavía quedaba en su casa una impresora con escáner que le había prestado Teresa, aunque quiso devolvérsela Heliodoro alguna vez y ella no la quiso. Le pesaba ver ese aparato, que seguía sin ser realmente suyo y que tal vez ella necesitaría. Pero tendría que ponerse en contacto con ella, cosa que le causaba pereza y desazón.

Hasta pensar en qué hacer con ella le daba pereza y desazón. Dejó el tema. Por lo menos, hasta después de unos días, cuando volviese a acometer su paz interior.


***

5

Heliodoro se dio cuenta de que aquella mujer que tanto le nubló los sentidos, que fue Luz, la formidable rubia que conoció el año anterior, de cuerpo escultural y musculoso, de ojos azul turquesa, no le había escrito ni un solo mensaje desde hacía meses. Es más, al revisar rápidamente conversaciones antiguas con ella, pasando el dedo ampliamente por la pantalla del móvil, fue constatando que era él siempre el que iniciaba cada conversación. Eso sí, ella la sostenía largamente, en gran medida llevándola a su terreno, utilizando a Heliodoro para desahogarse o pedirle su visión del asunto respecto a sus crisis con sus novios o amigos o lo que fuesen. Incluso a veces hablaba de cosas del trabajo, probablemente para matar el aburrimiento, cosa que a Heliodoro le costaba sobrellevar, dado que, paradójicamente, valoraba enormemente su tiempo.

Heliodoro se sabía ya mayor, con sus cuarenta años, y por eso no quería perder el tiempo. Pero lo despilfarraba soberanamente, sobre todo por su adicción al teléfono móvil, ya fuera cualquier red social de las famosas (estaba en todas, aunque no publicaba casi nada) y las aplicaciones de citas, donde tampoco hablaba con casi nadie, pero en las que caía decenas de veces al día para mirar nuevos perfiles de mujeres. Del mismo modo, miraba las conversaciones empezadas en WhatsApp para ver cómo podría continuarlas y las fotos que se habían puesto algunas de sus conocidas. Luz se había puesto una foto antigua, curiosamente.

Le escribió y a los pocos minutos se arrepintió, por el ridículo de ser él quien escribía, y borró el mensaje. Se preguntó si a ella le llegaría la notificación de mensaje borrado, deseando que no llegase, pero el hecho fue que sí, porque ella escribió:

-¡Hola! ¡Qué alegría saber de ti, aunque hayas borrado el mensaje!

Así que habló con ella. Como era de esperar, tenía novio otra vez (ella odiaba y repudiaba la palabra “novio”, pero un joven con el que se acuesta, con el que viaja y comparte todo tipo de ocio, y que inhibe la posibilidad de acostarse con otro, no puede ser otra cosa que “novio”). Como era también de esperar, el novio era profesor de educación física, joven, seguramente muy guapo y con suficientemente pudiente en lo económico. Cualquiera que se sepa poner en la posición de una mujer joven y atractiva, y sana y deportista, como era Luz, haría lo mismo, pero Heliodoro todavía sentía una especie de melancolía o sensación de fracaso al no haber conseguido nada con ella, absolutamente nada, salvo ser, una vez más, un bufón que la estuvo entreteniendo mientras ella se aburría, con el agravante de la inmensa diferencia del valor del tiempo entre ella y él: a los cuarenta, el tiempo perdido, el que se ha ido y no vuelve, el de la juventud, está perdido para siempre, y el que queda en adelante, de la decrepitud física, no sirve para nada; mientras que el tiempo de ella, de una persona de veintiséis o veintisiete años, es prácticamente infinito y quien lo posee se puede permitir perderlo y hasta parece que no se ha estado perdiendo, porque en la juventud, se haga lo que se haga, todo tiene valor.

Las dos palabras que se le figuraron después de hablar con Luz fueron frialdad y desengaño. Él no significaba nada para ella. Había que encajarlo y no protestar.

Heliodoro pensó que podría borrar muchos contactos de la agenda de su móvil sin que pasara absolutamente nada. Eso lo descubrió una tarde en la que vio a su viejo profesor jubilado, Juan Victorio, quien a sus casi ochenta años le pedía que le ayudase con el teléfono móvil, que le costaba manejar.

-¿Tú me sabes borrar esto que sale aquí? -decía el anciano catedrático.

-Sí, pero es el registro de llamadas. ¿No quieres saber quién te ha llamado?

-¡Para qué quiero yo eso! -exclamó él.

“Efectivamente”, pensó Heliodoro, “¿para qué queremos datos inútiles?”. Su viejo amigo le pedía borrar prácticamente todo lo que se guardaba en el móvil: registro de llamadas, conversaciones de WhatsApp, fotos hechas por él o recibidas de otros, etc. Se quedó con algunas fotos, solamente, y siempre con personas que él valoraba, familia o amigos.

De modo que Heliodoro también borró teléfonos. Apuntó lo siguiente en su Diario:

Borro teléfonos de mi agenda de contactos, uno tras otro. Muchos no sé ni quiénes eran. Con otros me ocurre que me viene el recuerdo al ver sus nombres, pero sé que nunca más hablaré con ellos (ni falta que hace) y por lo tanto puedo borrarlos. Pero entonces ya nunca más los recordaré, al no verlos en la agenda. Son recuerdos inútiles, pero recuerdos, al fin y al cabo. ¿Qué es mejor, tener recuerdos inútiles o no tener ninguno? Difícil cuestión. Tan vacía resulta una vida de hechos insignificantes o detestables como una de vacío y olvido. Creo que reúno ya rasgos de ambas.

Volvió a recordar que había borrado el teléfono de Teresa. La única persona dispuesta a acompañarle toda la vida y con quien compartir todo lo que le gustaba. Pero también la persona que le privaría de libertad, aunque fuera libertad para equivocarse y destruirse a sí mismo. Es célebre la cita en el Quijote:

-La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

Pero seguiría dudando hasta el final de sus días, sin llegar a saber nada, sabiendo cada vez menos a medida que envejecía. Dudaba como acto de libertad, de no querer someterse a nada, porque la experiencia no le había parecido lo bastante fiable. Cada vez que aprendía algo, tenía que desaprenderlo. Los jóvenes sabían más que él, porque el conocimiento se asentaba sobre seguro, sobre una base firme recién puesta, no sobre capas y capas de barro, mortero, ripios y todo un poso de escombros que quiso Heliodoro tener como base, tan alta y caótica que se quiebra con mirarla.

Teresa quería acostarse con él y él no la hablaba. Luz se acostaba con otro y él quería hablarla. Era un sinsentido. Una inteligencia artificial bien programada elegiría la opción más rentable, como cuando un ordenador juega al ajedrez. Sabe lo que hace. Pero Heliodoro, y todos los que somos como él, no.

La clave estaba, según él, en querer tener esperanza de encontrar una mujer a la que amar, o una vida erótica satisfactoria, cuando ya no tenía juventud. La juventud era el empuje que permitía que la vida sirviese para algo, el ka o fuerza vital de los egipcios, el Sturm und Drang de los escritores románticos alemanes. Nada de todo eso le quedaba. Escribió nuevamente en su Diario:

La juventud es esperanza, por eso ambas se simbolizan con el color verde. Se recuerda con felicidad la juventud porque era esperanza. Había una vida por delante. Había posibilidad de todo, el potencial era infinito.

Cuando nuestro cuerpo ya falla, cuando empieza a no haber posibilidad de nada, cuando empieza a notarse que todo lo que se podía hacer ya se ha hecho, o no se ha hecho pero ya no puede hacerse, entonces la esperanza se nubla. Se seca. La juventud se vuelve amarilla, es decir, amarga. Lo que se recuerda ya no está vivo. Los recuerdos empiezan a olvidarse.

Mi bisabuela decía de joven que no quería vivir más de cuarenta años. En otras épocas, la gente era ya anciana con esa edad. Sospecho que aquella gente del pasado no nos envidiaría tanto. Aquiles eligió morir joven, pero protagonizando la mayor gesta de todos los tiempos. El lento declive de cuando ya se sabe que no hay nada más que hacer es una lenta tortura de indignación y de tristeza. Pero nos agarramos a la vida como parásitos moribundos, esperando a que se agote todo.

Los hay que se tiñen de verde artificial, de autoengaño, o más bien para tratar de engañar a otros fingiendo que su decrepitud no es tal, para vanagloriarse frente a otros que cargan con su tristeza de manera auténtica. No seré uno de ellos. Prefiero consolar y consolarme con los que saben que envejecen.

Luz no era ninguna luz, ni respaldo ni consuelo para la vejez que mermaba el ánimo de Heliodoro. Tampoco aportaba conocimiento alguno. Algo de compañía en caso de extrema necesidad, pero nada más, nada placentero ya. Ella no respondía a sus cumplidos y aprovechaba para hablarle de un tema de su propio interés, a menudo de su relación amorosa, al tener un interlocutor gratuito. Heliodoro era consciente de este hecho y lo consentía por educación. Podía sostener conversaciones que no le interesasen, con gente que no le interesase, por gentileza o amabilidad, o porque algún día podía ser él quien no interesase a alguien y quisiese que le escuchasen. ¿Quién era el desfavorecido, entonces? Pensaba, una vez más, en ese Cristo con los brazos abiertos, enorme, como anuncio de un colegio privado, que decía “Yo os aliviaré”. Si nuestro Heliodoro sacrificaba su tiempo (el tiempo lo es todo) en aliviar a otros, ¿quién lo aliviaría a él? Nada más que quedaba la vida ultraterrena, que no existía. Pero, como estoico que pretendía ser, como Marco Aurelio, las buenas obras que se hacían en vida había que hacerlas porque sí, por civismo y por llegar en paz a la muerte, como decía Jorge Manrique de su padre en sus famosas Coplas: “dio su alma a quien se la dio”.

¿Quién, quién podría dotarle de juventud? Ya que no podía recuperarla, ¿cómo podría avivársela en el sentimiento, al menos? Con Teresa había disfrutado momentos de compañía que a veces le recordaban a bonitas relaciones anteriores: sexo, lecturas, viajes, paisajes, senderismo, buena comida, alcohol… Pero no fue sostenible por el motivo ya expuesto de la suspicacia de ella y la infidelidad, a veces sólo potencial, de él, y las repercusiones que tuvieron las crisis en el entorno de él, sobre todo. Nadie de su círculo social la aceptaba, tras los efectos de las tremendas discusiones, de las persecuciones de ella y de la inestabilidad de él.

-Serías el Sísifo de la familia -le decía Augusto Herrero, al sugerirle la opción de volver con ella.

-¿Pero no recuerdas ya cuántas veces has hablado mal de ella, las veces que hablábamos de lo mal que lo pasabas? ¿Lo has olvidado ya? -decía Yago Feliz, alarmado.

El coste social de volver con ella era altísimo, sin garantía ninguna, además, de no volver a tener otra discusión escandalosa en poco tiempo.

Así que Heliodoro siguió trabajando en explorar el resto de mujeres de su entorno, estudiándolas y clasificándolas. Tiró de arquetipos. A Luz la asoció con Diana, la griega Artemisa, por ser tan buena gimnasta como una cazadora. Pero tenía que ser mucho más virginal para parecerse a esa diosa. Es cierto que no sugería ningún erotismo calenturiento. Además, a menudo padecía cistitis. Pero siempre tenía novio y los jóvenes son bastante activos, así que no era nada célibe.

Pensó que podía clasificarse como una ninfa. La imagen más asentada de las ninfas es la de la recreación romántica del siglo XIX, de bellas mujeres semidesnudas que habitan en entornos de naturaleza agreste, generalmente bosques, siempre con alguna fuente, río o laguna escondida en donde se bañan. Las ninfas, si las interpretamos como símbolos a través de la metonimia -cercanía- de los símbolos que las rodean, tendríamos: 1) juventud (verde de los bosques y la espesura) y, por tanto, esperanza, vida; 2) satisfacción amorosa (aguas dulces) y quizá 3) lo que escapa a la civilización, lo dictado por las eternas leyes de la naturaleza, al estar las ninfas siempre fuera del ámbito de la ciudad y sus normas. La aproximación a las ninfas seguramente tuviera que ser a través del instinto o la intuición.

Claro, la visión libidinosa por parte de la mayoritaria tradición masculina ha construido el término “ninfomanía” para referirse a la promiscuidad femenina. Viene principalmente del mito de Orfeo, cuando éste fue acosado por aquéllas. Pero en la Antigüedad clásica las ninfas eran principalmente cuidadoras de niños, no tanto por su profesionalidad en ello, sino por su disponibilidad, al no soler tener ellas sus propios hijos. No hay muchas ninfas madres. Solían ser, como divinidades menores, acompañantes del séquito de algún dios o diosa mayor, como la mencionada Artemisa, Dionisos, Pan, Hermes o Apolo. Sin embargo, aunque haya ninfas dionisíacas, no suelen ser bebedoras de alcohol. Se dedican más a cantar, bailar y colaborar en los rituales de los dioses a los que acompañan.

Etimológicamente, el término griego “νύμφη” significa ‘novia’, o lo que es lo mismo, mujer núbil, en edad de casarse. Pero también se referían con esa palabra a ‘capullo de rosa’. Es algo que no se ha desarrollado pero va a crecer. Otra vez la juventud, la promesa, la esperanza.

Pero ¿quiénes gozaban de (o con) estas fabulosas mujeres? ¿Los rústicos sátiros? No, los sátiros eran principalmente agresores, deseosos de ellas, pero que rara vez llegaban a algo con alguna. Más bien pasaban la vida realizando largas caminatas, tocando la flauta y tumbándose a la sombra de grandes árboles, a la espera de salirle al paso alguna mujer. No tiene sentido alguno el famoso cuadro de Bouguereau, de ninfas acosando a un sátiro. Las ninfas deseaban a artistas como Orfeo o se casaban con algún rey o héroe. Lo que es curioso, y debería atraer enormemente a las mujeres actuales, es que no consta que las ninfas obedezcan órdenes de nadie para casarse con nadie: elegían a sus amantes, por voluntad propia o por capricho.

Estos amantes podían ser humanos que se extraviaran por el bosque. Al final, al ser la raza humana la más abundante de todas, lo natural es que las ninfas se acostasen con humanos y los sátiros con humanas.

Luz descendía de una ninfa: le gustaban los niños y los adolescentes sin querer tenerlos ella, rebosaba juventud y belleza, le encantaba el agua (sobre todo del mar, quizá era una nereida) y no bebía alcohol.

A Heliodoro le causaban desconfianza las personas, sobre todo mujeres, que no bebían alcohol.


***

6

A finales de año, nuestro hombre -o del arquetipo mitológico que sea, aún por descubrir- adquirió su nueva montura, que sustituyó a Galgo. Primero fue una bicicleta de montaña, preciosa, ligera, pero, al probarla, aunque era un placer superar obstáculos con ella, la notó lenta, como si no sacase todo el provecho a sus delgadas pero fuertes piernas, quizá de cabra… Así que la devolvió y compró, finalmente, una “gravel”, que era lo que quería al principio. Seguía sin correr tanto como Galgo ni como una de carretera, pero sus anchas ruedas le permitían meterse por caminos de tierra. Resopló de júbilo al bajar a más de 40 km/h por las pistas de grava de la Casa de Campo. Más adelante, cuando cogiera soltura, llegaría a los 52 km/h. Se acordó de Juan Salvador Gaviota en la primera parte del libro.



La llamó Neso. Él y ella, él a su grupa, serían un centauro, para recordar la fortaleza física de la que todavía disponía, y de los primeros instintos que todavía le gobernaban.

Con la breve inhalación de vivacidad que le dio la nueva bicicleta, esperaba cada fin de semana para montar en ella y recuperar así algo de ánimo para afrontar el trabajo y la soledad. Empezó a quedar para montar en bici con un nuevo amigo, que no era nuevo (esta corrección se llama epanortosis), sino otro profesor del instituto del año anterior, residente en Getafe: Juan Estacas. Ellos dos hacían un contraste infinito, el uno junto al otro: Juan era alto, Heliodoro bajo; uno tenía espléndido pelo rubio, volviéndose cano, mientras que el otro tenía poco pelo y negro; uno era de fuerte carácter y convicciones, el otro era melancólico y dubitativo. Lo que más los unía era la soltería -celibato- de ese tipo que hace a los hombres encontrarse los unos a los otros, comprenderse y apoyarse, como peregrinos que se encuentran en un áspero camino. El caso de Juan era, dada su complexión y su brillante inteligencia científica, pues era de ciencias, la aspiración a una mujer de extrema belleza, dado que, a diferencia de Heliodoro, no se conformaba con mujeres de lo común. Obviamente, a Juan Estacas se le iban yendo los años, saliéndole cada vez más canas y ocasionalmente dermatitis en torno a los ojos, mientras esperaba que se realizase su deseo cada vez más lejano.

Tenía frases muy ingeniosas:

-Llevo tanto tiempo sin acostarme con una mujer que mi no-virginidad ha prescrito.

Ambos podían hablar libremente de experiencias amorosas, sin llegar a desvelar intimidades que no han de contarse en ningún contexto, pero compartiendo tanto buenas como malas experiencias, por el placer de contarlas y escucharlas y por transmitir el conocimiento adquirido. La fraternidad que se generaba entre estos dos hombres de la misma condición, solteros, sin hijos, despreciados por mujeres que prefieren otro tipo de hombres, se acrecentaba por la natural alianza generada ante la facción del sexo opuesto, a su vez aliada, contra los hombres. Para este tipo de personas en mayor o menor desamparo, encontrarse unos con otros y enfrentarse dialécticamente contra otro grupo era un alivio, al no tener que hacerlo solos. Las mujeres tenían o tienen mucha más ventaja, al tener el apoyo mayoritario y haber adoptado un color, unos distintivos externos, la libertad de poder expresar públicamente su ideología, cosa que no podían hacer los hombres debido a la censura de las masas de la época.

A lo que no era muy allegado es a hablar de política. Juan Estacas era un convencido seguidor de la derecha, bastante radical, cuya excelente locuacidad le otorgaba argumentar con gran destreza, aunque con un claro maniqueísmo. A Heliodoro llegaron a convencerle muchas cosas: la infame política de la izquierda en gastos públicos, la corrupción, los ministerios innecesarios, la financiación de la ideología, la moratoria nuclear cuando las centrales nucleares estaban necesitadísimas en España y un largo etcétera. Sin embargo, sin atreverse a contradecirle, encontró en él alguna que otra falta de autocrítica y el partidismo inmediato por los suyos ante algún caso que merecía imparcialidad.

En este contexto, Heliodoro conoció a una nueva mujer, Petra Cardo. Vivía más o menos cerca, en el galimatías de calles estrechas que es el corazón de Usela (el barrio contiguo a Orcasotas, que según algunos se llamaba Usera, ya era conocido con la ele por su abundancia de población china). El mismo día que quedaron, tras un insulso paseo por el parque de Pradocorto, ella se mostró confiada y natural en enseñarle su casa, al estar a no mucha distancia, como si no fuese consciente de las tácitas implicaciones que conlleva subir a un hombre a casa el día de una cita, aunque tal cosa fuera de agradecer. Heliodoro aprovechó un abrazo un poco tonto y forzado que se dieron para besarla.

Petra era una mujer muy delgada y de la misma estatura que Heliodoro, es decir, relativamente baja, pero su esbeltez le hacía parecer más alta en las fotos. Tenía gafas, como siempre. Casi todas las mujeres que habían pasado por la vida de Heliodoro tenían gafas. Sus ojos eran pequeños y poco atractivos: otra constante en sus hallazgos, siempre eran lo que llamaba “mujeres sin ojos”, como las Venus paleolíticas. Quizá por eso la intervención mística de los anteojos, para añadir una amplificación falsa a la hora de retratarlas en un imaginario catálogo, como los ídolos oculados del Calcolítico.

Su pelo era lo más triste que uno podía imaginar. No tenía color alguno. Le costó ver que era una especie de castaño oscuro apagado, o lo que ella llamaba rubio ceniza, pero muy ceniciento dado que además tenía muchas canas, pese a tener también cuarenta años. Era corto, envolviendo su cabeza hasta el cuello y la nuca, nada más.

Su boca era pequeña y tendía a fruncirse en muecas de desconfianza o desagrado, o sonreía de manera confiada, pretendiendo una supuesta coquetería al hablar alargando las eses, como un rasgo de finura.

Su cara era estrecha y alargada, en sintonía con la delgada blandura del cuerpo -no hacía deporte, sino yoga- y, aparte de las gafas, destacaba en ella un magnífico cartabón, un obelisco, un reloj de sol, una reja de arado, es decir, una nariz como la del mismísimo Góngora. Era tanta la peculiaridad, que Heliodoro vio en ella hasta cierto atractivo. Sonrió internamente cuando vio en las fotos de su casa a familiares suyos todos con la misma nariz, allí en el pueblo de Segovia de donde procedía la nariguda estirpe.

Por último, en esta descriptio puellae tan paródica, quedaba un hecho que realmente motivó a nuestro infame Heliodoro a afrontar lo que iba a ser una breve relación: la muchacha no llevaba sujetador. Sus dos pequeños medios limones quedaban golosamente moldeados bajo sus finas capas de ropa. Que no fueran grandes daba igual, el caso es que eran bastante simétricos y tal costumbre en su atuendo la hacía más tentadora.

Ahora bien, vista la prosopografía, queda la etopeya. Era funcionaria de administración, de un ministerio que no servía de mucho en una sección que no servía de nada. Pero además llevaba seis meses de baja por insomnio y por no sobrellevar una supuesta presión laboral. Había estudiado Derecho, de lo que nada sabía ya y cuyos conocimientos jamás había utilizado, pues su mayor logro había sido sacarse las oposiciones de Administración y colocarse. Eso es para lo que sirven los estudios universitarios en España, para colocarse. “Todo el mundo asciende hasta su nivel de incompetencia”, decía el Principio de Peters. Petra, por lo visto, sabía escribir, pero los mensajes escritos que le mandaba a Heliodoro casi le hacían llorar: tildes mal, puntuación y mayúsculas mal, y la salvaje epidemia que se estaba extendiendo entre mucha gente, que era no poner los signos de apertura de interrogación y de exclamación. Pero esta mujer estaba viviendo de nuestros impuestos, como muchas otras personas, beneficiándose del sistema que permite tantos meses de baja por un motivo cuestionable y por un trabajo cuya necesidad también era cuestionable.

Sus pañuelos enrollados en el cuello y frecuentes prendas moradas revelaban su ideología, que quedaba demostrada por su susceptibilidad hacia los hombres. Decía que leía libros de “feminidad” para disimular decir feminismo. En efecto, los pocos libros que había en su casa eran casi todos de eso. Decía que muchas mujeres se comportan como hombres y que tenían que descubrir su parte femenina. Su jefa, por ejemplo, la causante de su baja, que le mandaba demasiado (¿no es eso lo que hacen los jefes: mandar?) no era femenina. De manera que iba saliendo el maniqueísmo: femenino = bueno; masculino = malo. En su época dorada en un consulado de un país de Sudamérica, donde trabajó cinco años y donde se incrementó su exacerbada defensa de los indígenas y de la libre inmigración en España, sufrió supuestamente acosos machistas de hombres malos que no la respetaban. Heliodoro pensaba, naturalmente, que no sabría hacerse respetar, y que otras mujeres como su actual jefa, que también son mujeres, seguramente no tendrían problemas en el mando con ningún hombre y que lo último que harían sería buscar las causas de su incompetencia en una ideología.

Pero aún había más. Para descubrir su feminidad, aparte de machacarse el cerebro con libros de mujeres para mujeres y de música de mujeres para mujeres, iba a una secta de mujeres que realizaban rituales, charlas y talleres de adoctrinamiento para sentirse “más mujeres”. Adoraban la luna -la secta se llamaba algo así como el Círculo de la Luna-, creían fervientemente en la astrología, en las propiedades de las piedras mágicas y, sobre todo, en el útero.

-Mira, tócame, ¿sientes mi útero? Está palpitando -le decía Petra a veces.

Les enseñaban a “sentirse el útero”, para descubrir su energía creadora femenina basada en la energía de la luna, que según ellas era la causa última y primordial de la vida en el mundo. Y que por eso a las mujeres había que tratarlas como diosas. Y que Heliodoro tenía que verla y tratarla como una diosa.

Sin embargo, Heliodoro quería meterle el pene. Aprovechó ella para culpar a los hombres de no ser cautos en el uso del preservativo, como si sólo fuera responsabilidad de ellos y solamente ellos propagasen enfermedades venéreas. También le hizo leer artículos de mujeres que decían que los hombres penetran a las mujeres para liberarse de sus frustraciones y que esas malas energías permanecen en las vaginas durante años, y que perjudican gravemente a la salud anímica de las mujeres. Por eso convenía no dejarse penetrar, aunque ella se dejó desde el primer día, pero de manera tan controlada y casta que Heliodoro se preguntaba si el coito estaba siendo rentable en cuanto a tiempo y esfuerzo invertidos. No había posturas, ni apenas incentivos eróticos, incluso ella le prohibió referirse a ciertas partes del cuerpo con palabras comunes y soeces, sino en términos de yoga, sacados del sánscrito: él tenía que adorar su sagrado “yoni” y ser muy cuidadoso con su “lingam”.

Pero aún había más de esta curiosa persona que merecería redactar un libro para ella sola, que eran las terapias alternativas. Ella, que se decía a sí misma ser una “bruja”- idealizando a las brujas, que este género de mujeres les sirven de emblema y para ser temidas por los hombres-, por elaborar potingues -con la misma información que don Quijote al hacer el bálsamo de Fierabrás-, hacía “preparados” de homeopatía, es decir, agua en cuentagotas. Le dio a Heliodoro uno de esos cuentagotas para echarse una dosis bajo la lengua tres veces al día. Le preguntó para qué era y ella le dijo que para algo así como superar las secuelas de las relaciones amorosas anteriores, pues se le notaba afectado por esos traumas. No iba desencaminada, incluso el amable gesto de ella le hizo a Heliodoro tomar el brebaje bastantes veces, por deferencia a ella, pero realmente hace falta algo más que una milésima de gramo de muro de Berlín disuelto en agua con algo de brandy -pues descubrió que ésa era la fórmula- para curarse un problema psicológico.

Cuando a las pocas semanas aquella mujer le dejó caer a Heliodoro que por qué no se iban a vivir a su pueblo de Segovia, que ella se trasladaría a otro organismo público donde se podía trabajar a distancia, y que él podría pedir el traslado a otro instituto de enseñanza secundaria, él se vio obligado a decirle que la relación que contemplaba con ella era de amistad, que no podía embarcarse en nada más serio. Aquello hizo revolverse a Petra como una víbora. Más aún cuando le dijo Heliodoro que si no había pensado que tal vez quería ser madre, con tanta adoración al útero, lo que seguramente deseaban todas las petardas de la secta esa (esto no lo dijo).

En el epílogo, momentos antes de que ella lo despidiese, le dejó un mensaje grabado de orgullo herido que fuera de su mundo de ideología femenina era un completo chiste. Decía, entre otras cosas, muy ofendida:

-¡Tío, no sabes lo que has hecho! ¡Me has penetrado! ¡Me has dejado todas tus malas energías…! Etc.

Cuando Heliodoro se lo contó a Juan Estacas, éste se partió de risa y comentó que él también podría sentirse ofendido y exclamar:

-¡Tía, y tú me has “encalcetinado”!

Juan y nuestro personaje, en sus rutas ciclistas de fin de semana a San Martín de la Vega, Ciempozuelos y Aranjuez, solteros, libres y tenazmente masculinos los dos, no dejaban de reírse de este tipo de mujeres y de sus creencias. Era tan fácil como trasladarlo todo al lado opuesto para ver la inconmensurable ridiculez: cómo sentirse más hombres, adorar el escroto, sentírselo palpitar, piedras mágicas masculinas, lugares de energía masculina del planeta Tierra, sentirse dioses masculinos, adorar el pene como principio creador, hombres danzando en una secta tocándose el miembro, etc.

Heliodoro se llevó una curiosa experiencia y Petra, pese a renegar, seguramente el grato dulce que es un amante ocasional, un ave de paso, pues son pocas las aves que se dejan coger.

La recordaría en sus memorias como la Loca del Útero, sin ser capaz de catalogarla en sus arquetipos mitológicos, pues no era, ni de lejos, maga ni bruja, como pretendía ser. Aunque un hecho que le dejó inquieto fue que, en la única vez que Petra Cardo subió a casa de Heliodoro, la gata Lira bufó como nunca lo había hecho, con extraña fiereza, hasta escupir algún esputo desde su pequeña garganta. 

***

Sin embargo, tras aquello, a Heliodoro Peces le tocó pasar una larga carestía de mujeres. Era preferible, claro está, estar solo que mal acompañado, e incluso era bueno para aquellas mujeres que, como Petra, como Teresa, como casi todas, se engañaban con él. La amarga soledad de nuestro amigo era algo bueno y conveniente para la sociedad, igual que si una oruga procesionaria se cae de un pino y se queda sin comer.

Había oído en un vídeo de Jesús G. Maestro que la cobardía era incompatible con el amor. Los cobardes suelen ser malos amantes, según el reputado cervantista. Hizo memoria y trató de recordar cuándo fue la última vez que fue valiente: una fue saliendo del colegio, agarrando a un chico algo cabreado con otros, a los que les dijo “¡Corred, no me esperéis!”, pero al fingir la heroicidad y reírse, el otro se rio también y fue una pantomima. Otra vez fue un desafío verbal con un hombre algo más mayor que él jugando a las cartas en la universidad, que le trataba con evidente desprecio y haciendo mofa. Otra vez fue en un viaje en autobús en un país de Europa del este, cuando un borracho con cicatrices de navajas en los brazos le instó a levantarse varias veces, porque no había sitios libres y quería sentarse pidiéndoselo al español delgaducho que era Heliodoro, pero éste bramó en su lengua eslava: “¡No me voy a levantar, no quiero!”, en aquella época en la que dedicaba esfuerzos a aprender idiomas. Fue curioso que el viajero sentado a su lado luego le preguntara si era israelí. No supo si contar también las confrontaciones con el vecino dominicano de abajo cuando ponía la música alta, que alguna vez hizo aspavientos de golpearlo, porque acababa llamando a la policía en vez de solucionarlo sin ayuda.

Pero era cierto que huía siempre de los peligros y de los problemas. Le habían marcado mucho unos libros que leyó de joven, de un autor inglés llamado George MacDonald Fraser: la famosa serie de novelas de Harry Flashman, donde el protagonista, un cobarde, sobrevivía en todas las guerras de la Inglaterra victoriana gracias principalmente a ser eso, un cobarde. Aquellos libros estarán prohibidos hoy en día (o simplemente las editoriales dejan de imprimirlos) seguramente por el delicado tema de la perspectiva de género, pues el personaje es un donjuán que suele aprovechar todas las oportunidades que se le brindan, aunque a veces el burlado sea él. Todo un modelo para el postadolescente falto de experiencia que era Heliodoro cuando los leyó, los trece volúmenes.

La cobardía, que puede verse también como prudencia según qué ocasiones, le había llevado a no moverse de su casa, no haber dejado ningún trabajo salvo cuando tuvo garantizado otro, no haberse metido en ninguna pelea incluso habiendo sido insultado y, por supuesto, no comprometerse en las relaciones más allá de lo mínimo necesario. No conviviría con nadie ya, después de aquellos años con la chica polaca. Perdió esa rubia preciosa por demorar y demorar compromisos y el potencial embarazo. Podría haber habido un pequeño Helidoro o su versión hembra por el mundo, pero también un divorcio, una custodia compartida o sin compartir, un piso en manos de esa polaca que seguiría pagando él mientras ella estuviera con otro, etc. Se alegraba de tener únicamente a la gata Lira, de la libertad que le había otorgado la cobardía, de poder arruinarse solo, en su tumba de plomo en la que respirar y deglutir toxicidad, la suya propia, de su sangre intoxicada por la flecha de plomo de Cupido, sin sufrir otro tipo de envenenamiento propiciado por una enemiga metida en casa, o él en casa de ella.

En esa larga época de carestía conoció puntualmente a otra mujer. La conversación en la aplicación de citas fue bastante amable y respetuosa. Ayudó la poca distancia a la que se encontraban: ella vivía en San Fermín, que era el barrio de al lado. Enseguida descubrió Heliodoro rasgos de ella que no le gustaron: un trabajo de asesoría en una empresa de seguros, que sonaba bien, pero que realmente era una especie de teleoperadora. También tenía hecha la carrera de Derecho, que no sirve para nada. Era manchega, de Ciudad Real, y a través de ese dato concordaron otros propios del mundo rural, como la devoción religiosa, la costumbre de tales ritos, como no comer carne en Semana Santa y, lo más curioso, querer ocultarlo y mentir para que no se supiera. También mentía en el tipo de relación que buscaba, pues pronto dejó entrever gran inquietud por la fidelidad. Arrastraba desde hacía ocho años el rencor hacia su exmarido (quien se separó de ella unas pocas semanas después de casarse), que la dejó por otra en un viaje de trabajo a EEUU. Hubo que vender la casa que acababan de comprarse y tuvo esta mujer que vivir en casa de su madre allí, en el barrio de San Fermín. Que viviera con su madre era un punto incompatible con lo que buscaba Heliodoro, aunque mejor eso a que tuviera hijos.

Físicamente, esta mujer era de tamaño grande, frisando la obesidad, bastante avejentada respecto a las fotos de la aplicación. Era todo un fraude en ese aspecto: las fotos se las hacía desde arriba, como hacen muchas, en escorzo para que se vea la cara, si acaso el busto, pero no el resto del cuerpo. Además, con mucho maquillaje y gestos faciales forzados y antinaturales, con cierto atractivo, pero que para nada eran propios de esa mujer en persona. Heliodoro se atrevió a decírselo:

- No eres como en las fotos.

- Tú tampoco -respondió ella, vengativa.

Esta mujer, además, al abrir la boca dejaba ver que tenía un trozo de diente incisivo fuertemente amarillo, razón por la cual Juan Estacas y él se refirieron a ella como Dientepocho.

De manera que, Heliodoro, viendo esa falta de sinceridad en muchos aspectos, se confeccionó un plan.

- ¿Por qué te quieres liar con la Dientepocho? Yo sólo me liaría con tías buenas y que realmente merecieran la pena.

- Porque tiene unas tetas descomunales, nada más. Quiero verle las tetas – fue la respuesta de Heliodoro Peces.

Así fue. La invitó a cenar en su casa y ella accedió. Apenas preparó nada elaborado: un par de tortillas y embutido. La condujo a la cama y Heliodoro se desnudó primero, en vez de desnudarla a ella con caricias, porque vio que realmente era un cuerpo pesado, con el botón del vaquero semihundido en su tripa, y prefirió que se desvistiese ella. Tuvo que enfocar su atención en los grandes pechos para no ver el resto de carne fofa desparramada, ni el asombroso matorral peludo del pubis.

Al fin pudo hundir su cara en sus senos, grandes como pelotas de balonmano; gran momento de placer en el que se abandonó con los ojos cerrados, ajeno a todo.

- Qué hijo puta, je, je -comentó ella ante el acto de él.

Después de esa cita, no hubo ninguna más. Heliodoro había conseguido su objetivo, un objetivo ignominioso, porque ese “qué hijo puta, je-je” pueblerino de ella le sentó a él como una degradación, como si el humillado realmente fuera él, puesto que en esa simpleza de ella estaba el único gesto sincero en su falsedad: sabía claramente que lo único que él quería era gozar de sus tetas.

Fue un mazazo más fuerte de lo esperado para Heliodoro. De nuevo había estado con una mujer que no le gustaba por un disfrute esporádico. De nuevo se había degradado ante otra persona. Él tenía, aunque no lo quisiera ver, un cuerpo bastante bonito, de corredor, de ciclista o incluso de escalador; una mente sobradamente cultivada de historia y literatura; una personalidad que, aunque pareciera innoble y reprobable, albergaba altos valores como la sinceridad. Por muy necesaria que fuera la prevaricación y la ocultación de las debilidades, Heliodoro era incapaz de manejarlas y se mostraba con franqueza. A sus dudas, necesidades, deseos, sensibilidad y melancolía, en un momento de entrega corporal y afectiva, una mujer podía decir de él “qué hijo puta, je-je”.

Decidió no caer de nuevo en manos de mujeres simples, falsas y rencorosas y desinstaló las dos aplicaciones de citas que tenía en el móvil.

Larga se le hacía a Heliodoro la espera de nueva compañía. Llegó a echar de menos a Petra Cardo, incluso se arrepintió de muchas de sus consideraciones sobre ella. Su cuerpo era tremendamente suave, aunque casi no lo recordaba ya. Prefería entonces mil veces sus pequeños pechos delicados y perfectos a los gigantescos senos de Piñopocho. Veía con ternura todas esas locuras de ella sobre el útero y la Luna. ¡Ojalá hubiera podido entenderse más con ella! Pero tampoco habría durado mucho esa relación, pues la maldición de Heliodoro consistía en que la satisfacción le pedía más satisfacción, siendo que estando comprometido deseaba a las mujeres igual o más que si estuviera soltero. Gran tragedia era ésa.

Escuchó a una mujer de un vídeo de YouTube, una especie de psicóloga, que lo que nos distingue de los animales y de los niños es el desarrollo del córtex prefrontal del cerebro, y que es lo que nos hace ser “seres superiores”. Llamaba ser seres superiores a los que no le quitan la comida a otro del plato cuando tienen hambre y, por tanto, los que no engañan a sus parejas. ¿Qué quería decir eso, que parecía tener todo el sentido? Que un ser superior reprime sus necesidades y deseos para favorecer la convivencia.

Pero Heliodoro se perdía en sus laberintos. ¿Cuánto hay de artificial en los valores morales impuestos en nuestra sociedad? ¿Cuánto hay de obsoleto? ¿Por qué ha de ser malo reprimir lo que nos pide el cuerpo y, tal vez, también la razón? Uno puede contenerse las ganas de orinar, por ejemplo, durante un rato, pero tendrá que aliviarse lo antes posible aunque sea en un lugar prohibido. Y ¿cuánto hay de falaz y de ineficaz en esos valores aplicados a todo? Por ejemplo, está mal quitarle la comida a otro del plato, pero no está mal la economía capitalista donde unos se hinchan de dinero y otros se empobrecen.

Siempre los demagogos y las frases bonitas. Es fácil decir algo que suene convincente y que lo engullan las masas. Pero el cerebro particular de Heliodoro, el hombre impar, el individuo fuera de todo gremio de individuos, no tragaba esas pellas de pienso de pollos.

Él estaba solo, sin ninguna luz ni guía salvo, como diría San Juan de la Cruz, la que en su corazón ardía. No podía creerse el conocimiento desarrollado por ningún otro ser. Sólo él podía fabricarse su alimento, como una planta con la fotosíntesis, procesando poco a poco cada molécula, descomponiéndola y recolocándola para aportar con ella una pequeña pieza a su desarrollo.

***

7

El verano expiraba, pero sólo en acortarse los días, no en el tórrido calor de Madrid. Las vacaciones se habían ido sin dejar rastro. Muchas cosas habían pasado, pero ninguna significativa, ninguna que aportase un hito digno de mirar atrás en la vida de Heliodoro. ¿Qué encontraba si miraba atrás en los últimos tres o cuatro meses? Hizo acopio de los vagos y difusos recuerdos que le costaba recuperar, por su memoria selectiva, o más bien de pez, haciendo alusión a los múltiples sentidos de su apellido.

Mirar atrás no es tan malo como piensan. Es echar un ancla en medio del vaivén para saber uno dónde está y poner un poco en orden las cosas. Mirar el pasado es reafirmar el presente. De modo que esa mañana, o mediodía, del lunes 29 de agosto de 2022, Heliodoro Peces Burgos se preparó un café con hielo y un chorrito de anís, bajó las persianas casi del todo, encendió el ventilador de techo y se dispuso a repasar sus notas del cuaderno verde que le regalaron los alumnos del primer instituto. Estaba desnudo y con los cascos antirruido puestos, aislado. Veía algo simbólico al estar así: él habitaba desnudo, como un alma pura, una casa, su pequeño piso, su lóbrega vivienda social que era su cuerpo. Y estaba el alma aislada, sorda, pero sorda voluntariamente para no oír nada, porque afuera no hay nada, y del mismo modo convenía tener las persianas bajadas, para no ver el mundo vacío y gris, por mucho que necesitase mirar al exterior y nutrirse de paisajes.

Miraba atrás y adentro, como si inspirase. Debería hacer más a menudo ese ejercicio. Cerrar los ojos, dejando que se cerraran pesadamente los párpados, respirando despacio, pero no quedándose en la inactividad meditativa tan celebrada por los terapeutas, sino entreabriendo los ojos de tanto en cuanto mientras cogía el bolígrafo y trazaba en el papel los pensamientos, pensamientos mecidos blandamente por el viento pero sin que desplazasen la nave anclada.

Apareció en primer lugar la urraca, símbolo de culpa y de dolor, muy mitigados, pero que se negaba a olvidar, ni a transformar, porque le aportaba algo esencial. Había sido en junio, con un calor más sofocante que nunca. Volvía un día de hacer la compra, con su viejo carro Rolser, y abrió la puerta de la valla que cercaba sus bloques de viviendas. Por dentro, al pie del zócalo de cemento de la valla, había un polluelo con un gran pico, grandes patas, respirando con pesadez y los ojos entornados. Heliodoro, que siempre había tenido debilidad por los animales, sobre todo por los pájaros, lo cogió inmediatamente. Sin duda se había caído o arrojado del nido por el calor, o tal vez porque su madre había muerto. Había bastantes urracas y palomas muertas por la calle. En lo alto del olmo junto a la valla se veía el nido, pero, aunque lo vigiló atentamente los siguientes días, nunca vio a ninguna urraca adulta transitando allí.

En casa, la gata Lira olfateó a la urraca con mucha curiosidad, sin dañarla. Enseguida notó que para Heliodoro era un ser muy importante. En algún momento en que dejó al pájaro en la encimera y la gata, sin contenerse, le dio un golpe con la pata en la cabecita, Heliodoro le soltó inmediatamente un azote. Pero nunca dejó a ave y felina juntas sin vigilancia.

Qué maravilla de ave, de tan fea que era. Las patas eran enormes, más que el cuerpo. Estaban hechas, debía ser, para poder agarrarse desde muy joven y no caer del árbol, aunque habían fallado. Y el pico también era muy grande. En cuanto cogió confianza, sabiendo la inteligente avecilla que su madre era entonces aquel gigante barbudo, abría la boca pidiendo comida desesperadamente, con un chillido enternecedor. Heliodoro preparó como nido una vieja riñonera forrada con trapos por dentro, para recoger las frecuentes deposiciones semilíquidas de la urraquita. La riñonera, además, le permitía atársela a la cintura y así poder ir con ella a todas partes, incluso en bicicleta, dejando la cremallera entreabierta para que pudiera respirar. Compró gusanos de pesca, tenebrios y lombrices, que le daba mojados primero en agua, con los dedos o con unas pinzas. Era muy voraz y crecía rápidamente día tras día. Sin embargo, ya fuese por la primera caída del árbol o por las varias veces que se cayó de la encimera o de la mesa de la sala de profesores, una pata le temblaba y se le abría hacia afuera.

Para él, encontrar un pájaro caído al que criar no era un hecho baladí. Era una ilusión hecha realidad. Las aves son el símbolo de las ilusiones en la poesía tradicional, por su dificultad de atrapar y habitar en lo alto. Tener un ave en las manos es algo totalmente inusitado, infrecuente, casi contrario a las leyes de la naturaleza. Porque ese encuentro entre hombre y naturaleza va más allá de sus leyes y las transgrede, aunque sea posible. Igual que un eclipse que es posible y no es lo normal: el Sol y la Luna no están hechos para estar juntos, ni mucho menos encajar perfectamente el contorno de uno sobre otro. Y, sin embargo, ocurre.

Heliodoro recordaba haber sostenido en sus manos la urraquita, al principio casi sin plumaje. El suave vientre cálido de piel desnuda, de pollito, agavillado en sus manos le catapultaba de felicidad. Como el poema de José Hierro: “Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría no podrá morir nunca”. No era de extrañar que en las estelas romanas se representara al difunto con un ave en las manos, cosa que venía de más atrás, como la Dama de Baza con un pichón. No era simplemente para simbolizar el alma a punto de partir, en forma de ave o de mariposa (ψυχή), sino además, para Heliodoro, un momento de felicidad eterna que trasciende la finitud. Tener un ave salvaje y poder cuidarla era un canto a la vida. Un canto de vida y esperanza, como diría Rubén Darío.

Por entonces, se había reconciliado clandestinamente con Teresa, que se mostró entusiasmada con la urraca y colaboró en la crianza. El clímax fue cuando un fin de semana se fueron a un camping con la pequeña, que saltaba felizmente por el suelo junto a la tienda y durmió con ellos, en su riñonera, junto a la cabeza de Teresa. Por la mañana, tras haber pasado una mala noche por el frío, impredecible por el calor del día, de sus ojillos cerrados y tranquila pero rápida respiración del sueño, la urraquita despertó, como era frecuente, chillando y abriendo el pico y agitando las alas, en una celebración de vida y de alegría. Y Teresa, con humor, con la cara sobre ella, la imitó diciendo:

-¡Qué fríooooooooo!

Heliodoro rio, y se dio cuenta, en el momento en que repasaba sus recuerdos, que aquello fue un momento feliz y que había valido la pena vivirlo.

Pero la tristeza siempre era más grande y teñía de melancolía todo. La urraca seguía con la pata mal, aunque sin mitigar su voracidad y su vigor, y aquello, añadido a las dificultades de llevarla al trabajo y de tenerla en casa con la gata, llevaron a Heliodoro a considerar donarla a una famosa protectora de aves, donde la curarían y la dejarían en libertad. Al fin y al cabo, ser libre debía ser el destino de toda ave nacida libre, aunque el cariño mutuo que había entre el ave y él hacía dudarlo. Había releído con Teresa un libro de Miguel Delibes, Tres pájaros de cuenta, donde el escritor y sus hijos planificaron la elección de una grajilla criada por ellos de volver con los suyos o quedarse con los humanos, y ella eligió quedarse con los humanos. Pero Heliodoro no estuvo muy inspirado para hacer lo correcto.

Cuando llegó a Majadahonda y extrajo tiernamente a la urraquita de la riñonera, en el mostrador de la asociación protectora, un hombre frío y con la cabeza rapada le dio un papel para rellenar. Helidoro estaba cambiando un pájaro vivo, fuerte y sano excepto por lo de la pata, un símbolo de sus ilusiones y una experiencia inolvidable, por un papel. Un papel que decía que había donado una urraca. Un papel. Y el hombre sacó un caja de cartón a la le practicó dos pequeños agujeros. Heliodoro no comprendió muy bien por qué estaba metiendo él mismo a la urraca en la caja, que chillaba extrañada. El hombre frío y calvo cerró la caja inmediatamente, la precintó y la dejó en un carro con estantes que había detrás.

De pronto, Heliodoro sintió un pinchazo alarmante de pena.

-¿No me puedo despedir de ella?

-Es mejor que no -dijo el hombre-. Por favor, haga el favor de retirarse, que hay más gente esperando -e, intentando decir algo más amable, dijo, de manera forzada: -Gracias.

A los pocos días, la reputada asociación que se jactaba de tener cinco veterinarios, convino en dar eutanasia (matar ahogando con alcohol) a la urraca de Heliodoro, alegando que la fractura de la pata era incurable.

Heliodoro nunca se lo perdonó, ni a la asociación, que en la vida real bien pudiera ser GREFA, ni a él mismo. Tenía que haber roto el papel delante de ellos, tenía que haberle arrebatado la caja a aquel ser inhumano, romperla y sacar de ahí a su querida ave y reponerla en su nidito riñonera. Pero no fue así.

No fue el único pájaro que Heliodoro mató pretendiendo ayudar. Ya había pasado antes con un mirlo al que le dio una pasta para aves insectívoras que no tenía buena pinta, con unos gorriones chillones a los que dio trozos de clara de huevo cocido sin saber que no podían digerirla y algún otro más. Pero ese mismo verano, viajando por Cantabria con Teresa, en un contexto largo de explicar en el que no nos demoraremos aquí, apareció en la carretera una bonita ave parda y moteada, un zorzal ermitaño, que Heliodoro mató también indirectamente. Tenían prisa y debían seguir el viaje en coche. Podía haberla quitado de la carretera y dejarla en algún espacio verde cercano. Pero Helidoro, codicioso de hacerse cargo de las aves caídas, decidió llevársela, haciendo responsable a Teresa de sostenerla porque él tenía que conducir. Y el zorzal, metido en un coche, con gente que al principio era amable pero ahora se la llevaban, empezó a asustarse y a agitarse. Heliodoro le dijo a Teresa que lo metiese en una caja vacía de galletas. El ave no controlaba su postura ni su respiración. Defecaba a chorros líquido transparente con alguna mancha morada. La pobre Teresa contempló, ante sus ojos, sosteniendo la maldita caja entre sus manos, al bonito pájaro pardo lanzar un jadeo agónico de dolor, y perder así la vida. Había muerto de miedo, un miedo atroz, capaz de causar la parada cardiorrespiratoria. Teresa lo mantuvo muerto en sus manos, aún caliente, sollozando de culpa también.

Lo enterraron en el lugar al que iban, Ramales de la Victoria, que debió llamarse de la Derrota en ese momento. Qué nota tan triste afeó ese día, en el que la visita a formidables cuevas no atenuó la pena ni la culpa. ¿Por qué Heliodoro tuvo que coger ese zorzal, en medio de un viaje, sin tener allí medios para alimentarlo? ¿Cuándo aprendería a tomar las decisiones correctas?

Por eso no olvidaba la muerte de los pájaros, por ser lecciones de vida y por constituir intensas marcas en sus sentimientos, en la memoria más sólida, la que se graba con las emociones. Aunque ese lunes de finales de agosto, con tantas cosas y tan poco memorables casi todas, hasta la muerte de sus pájaros se le estaban olvidando.

 

Tras la reflexión sobre las aves, rememorada en primer lugar pues ese puesto ocupaba en su jerarquía, pensó en mujeres. Ya hemos visto que ha aparecido de nuevo Teresa López de Haro, constante en todas estas historias inventadas por mi amigo, incluso cuando dedicó un capítulo a pretender borrarla de la vida de Heliodoro, “Delenda Carthago est”. Como compilador de toda esta secuencia de relatos incoherentes, por no tener ninguno un final claro, anticipo que me quedaré a medias de explicar cómo sucedió el encuentro y cómo terminó una vez más, pues en las referidas fechas de agosto, tiempo interno de la narración, me dejó indicado el autor que el personaje estaba otra vez soltero.

Había materializado relaciones con Petra Cardo y con Dientepocho, manteniendo el trémulo arrepentimiento de haber perdido la primera, que cumplía con el requisito de la atracción irracional y la conexión física, o química, o ambas cosas, con sus besos tiernos y su delicado cuerpo suave. Podía haber intentado entenderse con ella un poco más. Pero eso ya era agua pasada y, como además ella sabía lo que pensaba Heliodoro acerca de sus creencias, no había reconciliación posible.

Por entonces, apareció, o reapareció, una mujer que merece una breve mención aunque no sucediera absolutamente nada con ella. Simplemente, al igual que Luz, a Heliodoro le abrió los ojos para reconocer su posición en la realidad del mundo.

Se trataba de una administrativa en su habitual centro de salud, a la que tenía que ver a través del cristal del mostrador de pedir cita. Ya la conocía de antes, al menos de vista, mediante la obligada relación puramente formal entre administración y pacientes. Pero ella le miraba con simpatía, diciendo, únicamente con los ojos, que se acordaba de él cada vez que iba y que se alegraba de verle.

Ocurrió que tuvo que ir varias veces bastante seguidas para unos análisis, los resultados de los análisis, luego hablar de nuevo con la doctora tras la cita con el digestivo y, finalmente, ir a que le vieran un bulto en el abdomen, que parecía una hernia. En una de ellas, al haber poca gente, la mujer rompió los moldes formales y le preguntó cómo estaba, si vivía por allí (que era innecesario saber por él, ya que tenía sus datos), en qué trabajaba y qué tal el trabajo… Sus compañeras del despacho, más mayores que ella y nada agraciadas, miraban de soslayo mientras atendían a otros pacientes.

Ese mismo día, cuando Heliodoro salía de la consulta médica, de camino a la puerta de cristales de apertura automática, miró hacia atrás y le mandó un saludo. Ella estaba atendiendo a alguien, pero respondió al saludo. Entonces, mientras Heliodoro desataba felizmente los candados de la bicicleta, atada en los barrotes de la puerta exterior, ya casi yéndose, sintió abrirse las puertas automáticas y apareció de pronto ella diciendo:

-¿Tienes Instagram?

Y así comenzó el contacto, desafortunadamente nada físico, con la curiosa Martina, a la que en esta historia, aunque sea temporalmente, nos referiremos como la Sátira.

No era especialmente bella, salvo por los ojos, unos ojos magnificados por largas y cuidadas pestañas, iluminados con pericia, como los coloridos manuscritos medievales, por su mano experta en maquillaje. Pero no sólo era cosmética, sino que había un bello resplandor natural en aquellos ojos de iris pardos: había en ellos alegría de vivir. Por lo demás, tenía cabellos ondulados negros, a veces con matices húmedos -quizá por gomina-, su piel era blanca y sana, juvenil, pese a sus más de cuarenta años. Un enigma era la mascarilla que casi siempre tenía que llevar puesta: a ella le preocupaba la afirmación de una buena compañera del centro de salud, una señora muy mayor y muy franca, que le dijo que “estaba más favorecida con la mascarilla que sin ella”. ¡Qué golpe tuvo que suponerle aquello! Le preguntó a Heliodoro, un día, si era verdad eso. No supo qué decir, y mintió automáticamente, desmintiendo con una mentira piadosa. Por lo tanto, la respuesta era que sí, que tenía razón aquella señora, pero no era algo que pudiera decirse. Y se preguntaba Heliodoro por qué, pues tampoco era fea. Simplemente, le pasó como con Luz y su levísimo mentón: que no se lo imaginaba. En Martina, era una forma que tampoco era fea, sino inesperada, con una forma de bajar las mejillas que no correspondía al óvalo perfecto (la perfección, fatídica exigencia), y un atisbo de carrillos caídos por debajo de los pómulos. Nuestra imaginación tiende a idealizar favorablemente, como debían saber los árabes al vestir a sus bailarinas con esos velos y vestidos. La imaginación es poderosísima y estimula más que la verdad. Es mejor no ver -e imaginar- que ver directamente: en eso consiste el erotismo, en el fondo. Tapar un poco y que se entrevea algo, pero no todo. Como la raja de una falda (como la que llevaba Martina ese día) o una blusa escotada que atraiga los ojos al suave, delicioso canalillo entre los senos, que también era un accesorio típico de ella. En sus fotos de Instagram, o más bien historias breves que desaparecían en unas horas, con horrible música fiestera, salía ella siempre doblada hacia adelante para destacar el mencionado canal del busto, forzar una postura de la boca artificial pero tentadora y, así doblada, ocultar su naturalmente algo abultado abdomen, propio de casi cualquier persona humana no deportista, que era el rasgo de su cuerpo que a ella más le avergonzaba.

De Instagram pasaron a conversar, al principio con frecuencia, por WhatsApp, sobre todo porque ella prefería enviar audios en vez de escribir, aunque no lo hiciera del todo mal, pues tenía estudios universitarios. Ahí le puso al día de su situación y de su filosofía de vida.

Su protección era fingir una apariencia de mujer respetable, es decir, casada. Y no era fingir, puesto que estaba casada de verdad, y con dos hijos. Más tradicional todavía era su inclinación, que no ocultaba, por la religión, llevando a sus hijos a misa, a catequesis y a todos los rituales iniciáticos de ese mundo. Era curioso para Heliodoro este rasgo tan tradicional, casi primitivo, que hoy en día es casi patrimonio de la comunidad iberoamericana en los círculos en los que se movía él. Tan curioso como aquello era que fuera de derechas, como Iván Estacas, lo que le granjeaba pugnas constantes con sus compañeras de trabajo, todas de izquierdas. Iván no habría tenido problema en contestar y ridiculizar a todos con su agudo ingenio, pero Martina no siempre disponía de argumentos eficaces ni de información veraz y actual para cerrar las bocas de las que consideraba arpías. Ella era más pasional, más de una identidad con su tendencia, sin el sentido autocrítico necesario para llegar a un extremo u otro mediante la razón. (Aunque, generalmente, usando la razón no se llega a ningún extremo.)

Apenas es necesario decir que detestaba la propaganda feminista, estandarte de la izquierda. A ella le gustaba ir coqueta, que le hicieran caso los hombres, que no se hablase tanto de la mujer como si nunca hubiera existido y otras constantes irrefutables del género femenino. Merecía la pena oírla hablar de su visión del asunto, pues sacaba a la luz interesantes incongruencias que llevaban el matiz de ser expuestas por una mujer, no con la contundencia de un hombre. Por ejemplo, sobre el tema de la ropa interior, una vez que Heliodoro le preguntó para contraponer su visión a la de Teresa, ella comentaba que con el tanga se sentía mejor, se veía más guapa, y que era más por ella que por complacer a nadie. Sin embargo, si quisiéramos profundizar, ¿qué sentido tiene querer ir uno guapo a la calle? ¿No hay una falacia al querer, en el fondo, llamar la atención a través de la hermosura? ¿Y no es, además, una hermosura física, visual, al percibirse tan erótica prenda en tan erótica parte del cuerpo? Si no es así, ¿qué es? ¿Una expresión de alegría de vivir? Las personas depresivas no se ponen muy guapas para salir. Pero ahí está el dato de que la alegría de vivir, con la que resplandecen las personas, se funda precisamente en esperar algo de la vida. Un depresivo no espera absolutamente nada y puede ir desaliñado. En todo caso, la gente que cuida su aspecto y se pone guapa es más solidaria, pues todo se realimenta y lo bueno atrae lo bueno, y lo malo lo malo, de forma que ver gente guapa y arreglada le insta a uno a pretender ir así también, dentro de sus posibilidades. O así sería de no haber tantas patologías mentales y sociales.

A Martina, la Sátira, le gustaba ponerse guapa y que, de esa manera, se le acercasen hombres guapos, simpáticos y amables. También ocurría que venían feos y babosos, pero prefería pagar ese precio con tal de disfrutar de la golosina del coqueteo. Se consideraba una mujer auténtica y verdaderamente rebelde ante la tendencia feminazi de taparse los cuerpos, de vestirse con ropas amplias de aspecto harapiento, de enrollarse el cuello con pañuelos, y no digamos ponerse ese típico pañuelo en el pelo de clara y patente luchadora feminista. No, ella lucía su pelo, sus ojos, su busto, sus piernas y, si nos fijásemos, una pulserita verde con la bandera de España y el escudo de la Guardia Civil. Las otras, la otra mitad o tres cuartas partes de España, iban con sus pulseras o chapas moradas, sus arcoíris y sus banderas de la República. Y en medio estaría Heliodoro, sin marcas, sin tendencias, cuyos motivos por los que vivir estaban fuera de la vista de los demás: sus gónadas y su cerebro.

Y es que resultaba que a la Sátira le gustaban los guardias civiles y, por extensión, los policías, siempre que fueran musculados, galantes y amistosos. Tras la agonía diaria de la tensión del trabajo, alentada por el dato que viene a continuación, pues sus compañeras eran mujeres insatisfechas, ella frecuentaba un gimnasio de Ciempozuelos, localidad en la que vivía, donde era agasajada por fornidos jóvenes -o no tan jóvenes- amigos suyos del gimnasio, fiesteros y la mayoría solteros. Sus compañeras habían visto sus fotos rodeada de ese tipo de hombres en las redes sociales, que ella pensaba restringir, que sin embargo dejaba visibles por no machacar la mala relación con las arpías de su trabajo. Pero el gimnasio era su bálsamo de alegría, el culmen del coqueteo, donde se le abrían siempre posibilidades de sexo ocasional, de corto plazo o incluso que surgiese alguna relación.

¿Cómo era posible, si ella estaba casada y con hijos? Ahí está el logro de ella que tanto admiró a Heliodoro: tenía un pacto hecho con su marido, más o menos tácito, que era seguir juntos, dando la imagen de matrimonio estable, no desestructurando la familia, sino buscando la manera de cada uno tener vida privada sin que se enterase nadie. No hubo apenas amargura ni drama, puesto que ella y él siempre serían amigos. “Yo aún me acuesto con mi marido a veces”, explicaba ella. Al marido le gustaba más montar en bicicleta con sus amigos los fines de semana, mientras ella se quedaba soñolienta con los niños el sábado o el domingo por la mañana, recuperándose de las salidas nocturnas. También llegaban a organizarse las vacaciones de verano por separado, quedándose con los niños una temporada uno y la otra el otro.

Volvemos, tras toda esta larga y elogiosa etopeya de la Sátira, a la experiencia que le saldó el contacto -telefónico y apenas presencial- de ésta a Heliodoro, en la que no nos extenderemos dada la parquedad de datos que mi amigo me envió.

Así, ocurrió simplemente que un día concretaron verse a una hora cómoda para ella, después del trabajo pero antes de la comida, pues ese día a su marido le tocaba recoger a los niños. Y el lugar era en un pesaroso centro comercial apartado de todo, pero de camino a Ciempozuelos, cuyo nombre era algo como Nassico o Nassica. Y era pesaroso para Heliodoro pues ya había estado allí en el pasado, llevando a los niños de otra mujer a celebrar un cumpleaños. Detestaba ese centro comercial como ningún otro.

La Sátira estaba hermosa, había que reconocerlo. Un vestido corto, generosamente escotado, sus rizos negros cayendo a un lado… Sus buenas piernas compensaban el pequeño vientre abultado y las mejillas que estaban mejor tapadas con la mascarilla. Pero nada compensaba haber tenido que desplazarse hasta allí, gastando tiempo, dinero en comida mala y combustible, por creerse los dos una mentira, cada uno la suya:

Ella: que podía tener un amigo “intelectual”, que podía hablar con él y sentirse a gusto sin ser juzgada al contarle sus aventuras e inquietudes amorosas.

Él: que podía tener alguna posibilidad de coito con una mujer que se acostaba fácilmente con hombres diez veces más fuertes, más guapos y más astutos que él.

Se sintió torpe y totalmente fuera de lugar. Hubo un contacto fortuito con su mano o su brazo. La piel de ella parecía de plástico frío. Como siempre, tenía que estropeársela con un tatuaje, con una estupidez marcada en la muñeca, con una autolesión o lesión consentida en su piel sana y bonita. A todas las mujeres con piel sana y bonita les encanta desvirtuársela, profanársela, arruinársela inyectándose tinta para siempre. Heliodoro sabía que sus posibilidades con mujeres con tatuajes, por pequeños que fueran, eran prácticamente nulas. La experiencia se lo había demostrado.

Ella dijo, además, dos cosas que no cabían en el código deontológico heliodorense, de las cuales la primera era que, cuando hablaron de las oportunidades de encontrar sexo o cariño, ella decía:

-Yo tengo mi público…

Y lo decía con un tono de voz que pretendía teñir de modestia esas palabras, pero esas palabras nunca, jamás, las podría decir Heliodoro. Era como decirle a alguien sin piernas que tenía piernas. Aunque él podría decir que también tenía “su público”: viejas, divorciadas con niños feas y gordas, locas… Eso no podía considerarse un “público”. Además, detestaba esa palabra. Parecía de salir a un escenario a exhibirse. Pensó en la aquella película de dibujos de humor cruel, “South Park”, en donde una parodiada Winona Rider salía a un escenario a hacer el “show de las pelotas de ping-pong”, tan casto como ridículo, ante unos marines norteamericanos boquiabiertos.

Esto de tener pretendientes, desde amiguetes del gimnasio hasta seguidores de Instagram, era la cruda realidad del contraste entre el mundo de las mujeres y el de los hombres. Nada nuevo, en realidad. Pero, para la desgracia de Heliodoro, lo que necesitaba encontrar en una mujer era una modestia auténtica o bien una cierta igualdad de condiciones: que una mujer lo suficientemente guapa e interesante tuviera tan pocas posibilidades como él. Ahí estaba el difícil equilibrio de las cualidades de una mujer, el que tenía que haber entre su hermosura y entre sus aduladores. La visión del mundo de una mujer adulada, a la que se le abren puertas, se le tienden alfombras a los pies, se le regalan miradas y sonrisas, no es la misma que la que podía tener un hombre normal, un simple hombre. No era algo que se pudiera cambiar con debates de género, ni con comportamientos hostiles. Eso está tan arraigado como la temperatura de nuestra sangre o que respiremos oxígeno. No va a cambiar por nada del mundo.

La otra cosa era un aparentemente inocente requisito para verse un día:

-Y te vienes con mi amiga a tomar “cerves”, bien vestido, y te contamos nuestras historias, que te vas a reír…

No era la primera vez ni sería la última que ella dejaba caer lo de “bien vestido”. Heliodoro no podía entender por qué eso tenía que ser importante. Es decir, lo entendía, pero habría preferido no entenderlo, porque, en su razonamiento, valía más lo que se pusiera una persona encima que la persona en sí. Él no se imaginaba valorando a una mujer por su vestido. Ya podría ir andrajosa o envuelta en sedas, que lo que importaba era el cuerpo y la mente. Una mona podía vestirse de seda también, lo que no negaría su naturaleza de chillar y comer plátanos o cacahuetes. Pero a las mujeres les importaba que los hombres fuesen bien vestidos, aunque fueran micos. A una gran mayoría de mujeres les importaba qué pensarían los demás de ellas si fueran con alguien no muy bien vestido, porque para ellas una compañía masculina era parte de su vestido. No se podía ser mayor en frivolidad. Un hombre es un complemento y tiene que ir bien vestido para que no decaiga la reputación de la mujer a la que acompaña.

La Sátira era un fraude. Otro desengaño. Otra más como todas aquellas que utilizan a Heliodoro para hablarle del hombre con el que se acuestan, pues eso es precisamente lo que quería ella.

Bastante tiempo después, en invierno, Heliodoro se desplazaría hasta Alcalá de Henares para conocer a una mujer de una aplicación de citas, que apareció súbitamente y dando muestras de amabilidad. Primero pidió una videollamada, lo cual descolocó a Heliodoro, ya que tan pronto era amable como desconfiada. Fueron muchas las decepciones, pues tuvo que desplazarse él hasta su barrio, no era deportista ni montañera (ella reconoció que las fotos “eran de postureo”) y, como ya le había sucedido antaño, se halló acompañándola a un centro comercial a recoger un abrigo que había comprado por internet y a devolver unas botas que había comprado días antes.

Heliodoro iba lo mejor vestido posible, dadas las pocas cosas que tenía, y que además no se había comprado él, sino que le habían sido dadas por sus padres. No se amedrentó para decirlo. Prefería que esa mujer le conociera desde el principio.

-Entonces, a ver -decía ella-, ¿en qué te has gastado dinero últimamente?

Tuvo paciencia, por una parte, y curiosidad por otra, para seguir mostrándose ante ella, que indagaba constantemente en cosas que sin duda eran de su interés y para su beneficio.

Heliodoro pensó y tuvo que sacar el móvil para ver los últimos movimientos en su cuenta.

-Pues mira, lo último que compré, quitando todo lo que sea comida y recibos de la casa, fue un hormiguero de metacrilato.

-¿Qué?

Le tuvo que explicar su afición por las hormigas y la compra de un primer hormiguero con una colonia de Lasius niger y su posterior construcción de otro con una colonia de Messor barbarus. Pero a ella no le interesaba la mirmecología.

Le salvó que también se hubiera gastado dinero en el dentista, pues al fin y al cabo los dientes son algo que también contribuye al aspecto externo. Pero era una mujer más de las del tipo de querer vestirse bien, incluso abarcando a su complemento masculino con quien pudieran verla.

Tras muchos interrogatorios en los que ella pretendía asegurarse de la validez de él, aun saliendo la resolución negativa, quiso la fortuna favorecer esta vez al erotómano Heliodoro, que disfrutó brevemente de un grato pasaje.

Hacía frío, volvían al coche de él tras aparcar el de ella en su garaje. Tenían el mismo modelo de coche, solamente que azul el de ella y blanco el de él. Ella quiso acompañarle hasta su coche y verlo. Él dijo que hacía mucho frío y que por qué no subían a su casa, a lo que ella le contestó que no subía a nadie a su casa el primer día, pero que entraran en su coche para despedirse “más despacio”. Heliodoro abrió la puerta del conductor y ella dijo que ahí no, que mejor atrás.

Era una mujer curiosa, a fin de cuentas. Tenía el pelo corto, con la nuca rapada. Era raro al tacto, como si faltara algo, sin poder entrelazar los dedos con el pelo, sino con el contacto directo de la piel cálida con su fino tapiz de pelo corto. Movía con habilidad los asientos para hacer hueco, pues conocía perfectamente ese modelo de coche al tener el mismo. Se zafó de sus duras medias hasta la cintura. A Heliodoro le sentó como un trago de agua fresca todo aquello, sobre todo la suavidad y blandura de sus pechos, sin contar la sorpresa y la aventura de hacerlo en el coche, con algunos peatones pasando justo al lado, por la acera, y sin ser vistos gracias a la poca luz y a que el calor de los cuerpos y el frío helado de la calle causaran que se empañasen los cristales.

Por ese peinado, Juan Estacas y Heliodoro convinieron llamarla “la Pelona”, con quien nunca más volvería a hablar. Después de aquello, le dejó un mensaje de audio donde decía que le había gustado lo suficiente para aquello, pero no para una pareja como quería ella.

Pasó mucho tiempo, una vez más, sin nuevas tentaciones. Heliodoro, cómo no, volvería a retomar el contacto con Teresa López de Haro, siempre paciente, siempre alimentada por la esperanza de volver con él, de vivir con él, de tenerle como compañero y de ser su compañera. En sus fructíferas conversaciones, ocurrió que quedó momentáneamente atrás la erotomanía o satiromanía heliodorense y disfrutó con algo que debía gustarle y olvidaba, el conocimiento.

Mientras hablaba con ella de historia, de arte, de lingüística, cayó en la cuenta de que se sentía bien, de que se sentía vivo y de que no deseaba mujeres en ese momento. Sintió que iría al trabajo al día siguiente, con tanto conocimiento fresco, mejor dispuesto, como más seguro y con más apego a su propia vida, que era precisamente debido a darse a conocer y ser reconocido como un buen erudito, como un historiador, como un filólogo, como un filósofo, como alguien que alberga una gran riqueza dentro que amplía los límites del mundo visible y sensible y que, quizá, pudiera transmitirlo a los demás.

Se percató, entonces, del símil que buscaba para expresar aquello: se sentía “bien vestido”. Se rio él solo ante el contraste entre la manera de vestirse bien que le exigían las mujeres y la manera de vestirse bien que concebía él. No podía haber un abismo más grande. No podía haber mayor distancia entre una Sátira o una Pelona y él, entre una persona que iba a centros comerciales y otra que estudiaba, que estudiaba de verdad, aprendiendo y construyendo. Su vestido era saber, pues su manera de resplandecer y sentir elegancia ante los demás era ésa, salir con conocimientos frescos. Augusto Herrero y Teresa eran los únicos de su círculo que podían entenderlo.

Pese a este orgullo de cuestionable motivación, lamentó la dificultad de estar en un mundo que no era el suyo, que no podía satisfacerle. Tan importante como aprender era retozar con una chica en el asiento de atrás del coche (recordó la canción del Cadillac de Loquillo, cambiando “L. A.” por “Alcalá”), y también lo era mantener vivas amistades que alimentasen su conocimiento, como Teresa, incompatible con su solitario afán de nuevas mujeres y aventuras eróticas. Quedaban, mientras estuviera Teresa, en su imaginación y en sus escritos, aunque lo que se imaginase y escribiese nunca sería comparable a vivir y, de hecho, sin vivir no se puede escribir. Como decía Lope de Vega:

¿Que no escriba decís, o que no viva?                     

Haced vos con mi amor que yo no sienta,               

que yo haré con mi pluma que no escriba.


 ***

8

Sin salir de su laberinto, Heliodoro le daba vueltas a este poema de Rosalía de Castro:

III

   La culpada calló, mas habló el crimen...        

Murió el anciano, y ella, la insensata,           

siguió quemando incienso en su locura, 

de la torpeza ante las negras aras, 

hasta rodar en el profundo abismo, 

fiel a su mal, de su dolor esclava. 

   ¡Ah! Cuando amaba el bien, ¿cómo así pudo          

hacer traición a su virtud sin mancha,        

malgastar las riquezas de su espíritu, 

vender su cuerpo, condenar su alma? 

   Es que en medio del vaso corrompido 

donde su sed ardiente se apagaba, 

de un amor inmortal los leves átomos, 

sin mancharse, en la atmósfera flotaban. 

 

Se sentía igual, como si estuviera sometido a juicio (“La culpada calló…”), con algo muerto dentro y pretendiendo seguir honrándolo, fiel a un mal y esclavo del dolor, sin saber cómo había llegado a esa situación cuando de joven se sentía puro en sus sentimientos. Apagar la sed en un vaso corrompido oscilaba para él en la polisemia: ¿se apagaba la sed con Teresa o se apagaba con las relaciones infructuosas, efímeras, que sabía que acabarían pronto al empezarlas? Pero esos átomos “flotaban en la atmósfera sin mancharse de un amor inmortal”. Curiosa palabra “mancharse” asociada a “amor inmortal”. Hay una derivación de la palabra “mancha”, citada en la estrofa anterior, “virtud sin mancha”, que se usa en su sentido recto. Los leves átomos que sacian la sed (leves, como “La insoportable levedad del ser” de Kundera), átomos del fluido corrompido del vaso, flotan sin mancharse o teñirse de un amor calificado como inmortal, que debería ser el más puro. Se repelen los componentes de una satisfacción que sacia mediante algo corrupto con la sustancia incorrupta del amor inmortal. Parecía una paradoja.

A pesar de ese vaso corrompido que contenía agua que apagaba la sed, flotaban los átomos de un amor inmortal, puro, que rodean ese espacio y tiempo de la poeta saciando su sed a la par que traicionando su virtud.

No salía de su turbación por haberse dejado arrastrar una vez más por Teresa. Sin amarla, al menos no como ella quería bajo el dictado de la razón, volvió con ella, fingiendo rehacer el proyecto deseado por ella y rechazado por él desde el principio. Volvía sabiendo que pronto iba a terminar otra vez, en el eterno ciclo de juntarse y separarse.

No quería comprender lo que decía Rosalía de Castro: aunque se entregase a mujeres con las que malgastase las riquezas de su espíritu, vendiera su cuerpo y condenase su alma, saciándose en un vaso corrompido, siempre brillarían por encima los átomos de un amor inmortal, el suyo, al que Neruda se refería con estar “todas las cosas llenas de su alma”. Ese amor inmortal no es para nadie, es un amor a la vida.


Una tarde llamó a Augusto Herrero, su amigo filósofo, muy carente de tiempo libre por sus trabajos y obligaciones como padre y marido. Éste le pidió hablar por la noche. Allí en su ciudad entre Madrid y Guadalajara, en un piso bajo que disponía de un pequeño patio al aire libre, una vez que se acostaron los niños, salió con el teléfono, su pipa y tabaco, whisky y vaso con hielos. Adecuó el volumen del teléfono para no molestar aunque pusiera el manos libres. Augusto telefoneó a Helidoro.

-Hola, amigo, ¿cómo estás? -dijo con su amable voz, dulce como la de Néstor en la Ilíada, además de madura, sensata, bien modulada.

-Hola, no me encuentro bien. He visto a Teresa este fin de semana, ayer y hoy, lo que le ha traído una momentánea alegría (como sabes, la había dejado antes de irme a Polonia), y yo fugazmente en el presente también he estado relativamente bien. En el sexo no, no me estimulaba; tuve que obligarme a terminar, pero no dije nada. Y tras complacerla con regalos, comida, detalles varios, ahora, cuando se ha ido, me siento totalmente desvalido. Casi me cuesta mantener abiertos los ojos. Quiero dormir y no levantarme.

Augusto escuchaba mientras iba cebando la pipa con tabaco.

-No sé para qué vivo -continuó Heliodoro.- No sé qué me conduce a querer complacerla y compensarla el mal que le hago para saber que le haré más mal, porque tengo la certeza de que pronto querré decirle que no quiero verla, o intentaré conocer a otras mujeres, o explotaré cuando me presione para que le diga a mis padres que estoy con ella. Tengo que ocultársela a todos. Tengo que mentir a todos.

Es horrible vivir así. Ella sabe apreciar el conocimiento y el arte, sabe qué me gusta, se sabe mis recuerdos... Pero no quiero vivir con ella, no quiero atarme, no quiero condenarme a una vida sin más alicientes que su rutina.

Augusto Herrero asentía pacientemente, prendiendo fuego a la pipa y dándole caladas. Se encendieron las brasas en la oscuridad de la noche. Brotó humo.

Continuó Heliodoro en este diálogo que tenía pinta de espaciarse en largos turnos de habla:

-No encuentro alicientes por mi cuenta que no sean igual de adictivos: veo el catálogo de mujeres de las aplicaciones de citas y veo que me muero de hambre, que quiero probar una y otra y otra, pero sé que me mueve el cuerpo y no el espíritu. Muy pocas de esas mujeres pueden aportarme algo al espíritu (no hablo de las idóneas afinidades culturales, sino simplemente de descubrir una personalidad atractiva), y no creo que pudiera profundizar mucho. La vida de contentar al cuerpo donjuanando mujeres es pura supervivencia, y noto que es la prioridad, pero ¿no se pasarán los años igual de lastimeramente que si estoy en una relación estéril, como la de ahora? Sospecho que una relación estéril es igual de mala que muchas relaciones estériles, que a lo mejor no son tantas, pues pasan bastantes meses desde que conozco a una hasta la siguiente.

»No puedo estudiar, no puedo ni siquiera leer. No me concentro. No sé dónde está esa fuerza vital que tenía de joven para hacer cualquier cosa. Leía, escribía, dibujaba, hacía ejercicio. Ahora sólo miro páginas de citas y escribo mensajes de whatsapp a la gente. Se me van las horas, se me van los días.

»A ti he podido contártelo. Pero el mayor sueño me entra cuando pienso en cómo explicárselo a otras personas. Sólo de pensarlo se me diluyen las palabras y se me cierran los ojos, arrastrado por el sueño, por un sueño que es desgana de todo.

Se hizo el silencio. Le tocaba a Augusto. Vertió un poco de whisky en el vaso y le dio un sorbo.

-Caro amigo, no hay nada que perdonar. En todo caso tú a mí pues ando, en general, un tanto ausente. Lamento que te encuentres así. Te voy a formular una pregunta algo personal, ¿crees que has amado a alguien, hasta el punto de perderte a ti mismo en tu vida?

Fue muy hábil al despachar su turno así, sorteando la responsabilidad de argumentar otro largo monólogo mediante una pregunta.

-Buena pregunta -respondió Heliodoro-, creo que solamente de adolescente, bajo un impuso juvenil. Las frustraciones que me llevaba de los infructuosos deseos me llevaron a lo que soy.

-No te hablo de banales impulsos pubescentes -matizó Augusto-, ni de fogosos deseos carnales, tampoco de tratarlo como una molesta e irracional pasión transitoria, sino de amar profundamente a una persona hasta el punto de regalarle tu propia vida si es necesario, con todo lo que implica, con plena madurez y consciencia.

-Creo que no -concluyó Heliodoro-, y no sé si me labro el desprecio de muchos por ello. Nunca he visto claramente que tal cosa merezca la pena. No, no he amado así nunca. ¿Estoy enfermo o soy anormal? ¿O lo habré olvidado? ¿Cómo era yo antes? No lo sé.

Brilló de nuevo la brasa de la pipa en la penumbra.

-No creo que seas un enfermo, ni mucho menos -le tranquilizó Augusto.- Y esas sensaciones tampoco se olvidan, se mantienen relativamente frescas a lo largo de nuestra vida. Pero, es posible que algún día lo comprendamos. Amar desinteresadamente nos hace menos chovinistas de nosotros mismos y nos conecta con lo mejor de un mundo que ya de por sí es extremadamente hostil.

-Cierto, debe de ser la clave -afirmó Heliodoro.- Cuando tengo problemas, prefiero hablar con un filósofo que con un psicólogo. Lo que me gustaría en eso de amar (sólo la palabra ya me chirría; es una de esas palabras que usan llenándolas de pompa, como "libertad" o "justicia"...) es que pudiera darse naturalmente, sin necesidad del empuje de la razón. Para amar a alguien tengo que autoconvencerme, forzándome, usando razones que podría negar con otras razones, por lo que no me parece una estructura sólida para construir. Pienso ahora en esto de la construcción, en la "opus" magna que decían los masones que debemos hacer, basada en fuerza, belleza y sabiduría. Primero decían el rasgo de la fuerza, que entiendo que es lo más sólido. ¿Cómo se obtiene? Decía Jorge Manrique que su "castillo de amor" era una fortaleza imbatible, "el muro tiene de amor, las almenas de lealtad...", ¿cómo la ha construido? Tú también tienes un viejo castillo que tampoco ha caído nunca. Espera, voy a buscar el poema… Lo localizo enseguida.

»Aquí está. No sé cómo se puede volcar tanta razón en el sentimiento, pero Manrique lo hacía la estrofa que te quería leer:

[...] de una fe firme la puente

levadiza, con cadena

de razón,

razón que nunca consiente

pasar hermosura ajena

ni afición.

-¿Me disculpas un momento? Yo también voy a buscar libros y a coger la Tablet... Un momento, no te vayas.

Con su paso lento y oscilando su ancha espalda platónica, Augusto Herrero entró en casa sin hacer ruido y volvió en unos instantes con las cosas que había dicho. Tras buscar algo en el navegador del dispositivo y hojear uno de los libros, continuó:

-Los racionalistas de toda índole tropezaban a su vez con uno de los más brillantes fundadores del pensamiento ilustrado cuando sostenía que, "La razón es y sólo debe ser esclava de las pasiones y no puede aspirar a ninguna otra función que la de servir y obedecerlas" (David Hume) -Augusto hablaba mientras pensaba, como Unamuno, lenta y pausadamente, a veces dejando largos pesados segundos de silencio entre una oración y otra. -Los castillos de la razón son ridículas fortalezas comparados con los del amor, como sostiene Manrique (gracias por el estupendo poema). El más brillante dialéctico altomedieval, Pedro Abelardo, a pesar de su férrea concentración para el estudio y su celebrada voluntad para la continencia, cayó perdidamente enamorado de la joven Eloísa, con la se escapó tras embarazarla, pagando un alto precio por su pasión: fue castrado por el tío de su amada mientras dormía (como narra dolorosamente en su Historia calamitatum). Quizá sea en buena medida eso, las razones construyen débiles defensas argumentativas frente a esa simbólica o real "castración" que conlleva el enamoramiento. La pérdida de nosotros mismos, el autocontrol viril, la fortaleza masónica que mencionabas.

»Pero amar quizá sea continuar hablando de otra manera, con un lenguaje diferente, extraño, pero a la par universal, que no necesita ni traductores ni intérpretes. Un lenguaje anterior a cualquier religión, un lenguaje animal (en el buen sentido de la palabra). De ahí la paradójica sentencia de un brillante matemático y físico que era Pascal cuando redunda en lo mismo: "El corazón tiene razones que la razón no entiende". Todo esto, querido amigo, también me sorprende, pero no es incompatible, quizá nos haga más humildes y tolerantes al conocer nuestra debilidad, o quizá nuestra verdadera fortaleza.

»Fíjate, Heliodoro: los japoneses han inventado la mujer perfecta, una sensual muñeca muda con un tacto agradable y terso, y una vagina desmontable; con un rostro juvenil para que transmita ingenuidad y sea el menos costoso espejo de todos nuestros deseos y perversiones tras salir del trabajo. Algunos incluso las llevan a restaurantes y las muestran públicamente en sus vacaciones. Es el precio que hay que pagar por la racionalidad o el amor celestial a un Ser inmaterial: filósofos y santos de todas las épocas preferían el onanismo o la autoflagelación antes que renunciar a sus inmaculados amores. Ahora ya disponen de seductoras muñecas de silicona. ¿Vamos hacia eso? ¿Será el precio que pagaremos finalmente, cenar y follar con un maniquí o una replicante autómata para conservar nuestras castillos de naipes en el aire de la racionalidad pura y nuestro egocentrismo? ¿Y el amor...?

Por fin. Se sirvió otro whisky y volvió a encender la pipa, que se había apagado. Heliodoro, por su parte, había anotado algunas palabras en un cuaderno mientras Augusto hablaba.

-Bueno, tu réplica ha sido densa y elaborada -contestó Heliodoro-, y la tengo que segmentar en sus respectivas incógnitas. La primera es que la castración de Abelardo no fue autoinducida, sino ajena a su voluntad, causada por un suegro vengativo y sanguinario. Sufrió las consecuencias de un entorno social hostil, pero no por sí mismo. No me parece que se hubiera autocontrolado, sino que vivió por y para su pasión amorosa, que es lo que creo correcto. Si estuviéramos en su lugar y supiéramos lo que nos esperaba, ¿lo habríamos hecho igualmente? Yo creo que sí, y eso es el amor.

»Lo del lenguaje ignoto que no admite traductores (ni transductores) me parece acertado, salvo por el hecho de que estemos hablando de ello ahora. Dado que cada uno, en su fuero interno, lee y comprende el amor como una lengua única e intraducible, ¿no estamos perdiendo el tiempo hablando de ello, pues ninguna fuente externa nos hará comprender el calvario por el que pasamos? Eso enlaza con la frase de Pascal. No sé a quién escuché hablar también de qué significa "pensar con el corazón". No era simplemente instinto ni pasiones, sino algo que tenía que ver con la identidad de cada uno.

»La parte final de los japoneses y las muñecas me descuadra bastante. Ahí nos salimos totalmente del dilema o lucha épica entre el amor bajo la tutela de la razón o el amor sin ella, entre afecto puro y entre deseo efímero. Amar un muñeco de silicona no puede ni siquiera encajar en la definición de amor que buscamos. Sería como saciar el hambre con la ingestión de nieve o de alguna sustancia no alimenticia. El deseo que a mí me atraviesa a ratos, el de comenzar cada poco una relación nueva, tiene un rasgo importante y es que al fin y al cabo son personas, con sus vivencias, su personalidad, su visión del mundo, que siempre aporta algo. Como los libros que decía el Lazarillo, que no hay libro por malo que sea que no nos enseñe algo.

»Pero eso tampoco sería el amor que tú conoces y que yo no. La fijación en una sola persona ya conocida sabiendo que puede haber otra mejor, y desechando la opción de buscarla, es la incógnita que no sé despejar, salvo por el triste hecho de que creo que tampoco la encontraría por mucho que la buscase.

»Por último, se me escapa la lógica de cuando hablas de amar a un ser inmaterial, justo después de hablar de amar a lo más material que existe, las muñecas de silicona. Yo jamás entenderé amar a un ser (o Ser) inmaterial, pues sin materia no hay nada. Habrá un vínculo entre Eros y Psique, pero Eros siempre ha tendido a lo corpóreo y sin cuerpo o una esperanza de cuerpo no hay nada. Salinas tenía un fabuloso poema sobre esto, que he buscado mientras hablabas y cuya primera parte te leo a continuación.

Salvación por el cuerpo

(Pedro Salinas, Razón de amor)

 ¿No lo oyes? Sobre el mundo,

eternamente errante

de vendaval, a brisas o a suspiro,

bajo el mundo,

tan poderosamente subterránea

que parece temblor, calor de tierra,

sin cesar, en su angustia desolada,

vuela o se arrastra el ansia de ser cuerpo.

Todo quiere ser cuerpo.

Mariposa, montaña,

ensayos son alternativos

de forma corporal, a un mismo anhelo:

cumplirse en la materia,

evadidas por fin del desolado

sino de almas errantes.

Los espacios vacíos, el gran aire,

esperan siempre, por dejar de serlo,

bultos que los ocupen. Horizontes

vigilan avizores, en los mares,

barcos que desalojen

con su gran tonelaje y con su música

alguna parte del vacío inmenso

que el aire es fatalmente;

y las aves

tienen el aire lleno de memorias.

¡Afán, afán de cuerpo!

Querer vivir es anhelar la carne,

donde se vive y por la que se muere.

Se busca oscuramente sin saberlo

un cuerpo, un cuerpo, un cuerpo.

 

Acabó el turno de Heliodoro Peces. Le tocaba a Augusto.

-Excelente poema del maestro Salinas, que ya tuviste a bien dármelo a conocer en otra ocasión. Y también estupenda tu argumentación. Trato de aclararme, no obstante. Con las citas y experiencias de Pascal, Hume y Abelardo intentaba ofrecer contraejemplos de escrupulosos amantes del conocimiento puro y racional que acabaron subyugados por el irrefrenable poder de las pasiones, entre las que cabe situar con preeminencia el amor, humillando humildemente el tribunal de sus portentosas razones. Nadie escapa a esto, es inútil oponer resistencia cuando sucede. Tú lo entenderás cuando te suceda, y no necesitarás traductores ni transductores. Es un lenguaje universal más poderoso que el de la propia razón: comprender las formas válidas de los silogismos aristotélicos o demostrar el teorema de Pitágoras en el espacio euclídeo partiendo de sus axiomas requiere de una paciente instrucción, pero hasta el más humilde analfabeto puede entender, sin maestros, qué significa amar y el amor.

»Elegir a un Ser inmaterial (Orígenes a diferencia de Pedro Abelardo se automutiló frente a la tentación de lo carnal) o una muñeca de silicona suponen dos extremos que precisamente subrayan la necesaria interdependencia entre Eros y Psique (como bien comprendió Freud), entre lo somático y lo espiritual, pues son formas de egotismo hipertrofiado, es decir, la proyección en unos seres no humanos, superhumanos e infrahumanos, de todos nuestros anhelos, esperanzas y deseos no satisfechos con personas de carne, hueso y seso. Incluso a Pigmalión le fue concedido vivificar al mármol de su estatua Galatea, aunque no sabemos qué personalidad tendría más allá del cuerpo de una diosa. El mismo Odiseo lloriqueó como un adolescente frente a la inigualable Calipso, porque echaba en falta a su ya menopáusica y envejecida Penélope, tras veinte años de aventuras. Eso es amor también. Buscar a la mujer perfecta es un mito. Se ama a lo que ya se posee, como tú posees a tu Teresa. Otra cosa son las infidelidades y la llamada de lo carnal, de las que Ulises tampoco se alejaba. Nadie tiene mil vidas, querido amigo, y has de elegir a tu Eloísa (espero que no tenga un tío vengativo...) y vivir lo mejor posible con ella. Si no, te esperan las muñecas "japonesas" de Tínder que no te saciarán por mucho que te enseñen. O puede que sí, no estoy seguro.

Lo que más le gustaba a Heliodoro de los discursos de Augusto eran su humildad e imparcialidad, aunque abogase por la monogamia.

-Augusto, cada vez que me hablas m haces un regalo, un regalo fantástico que me hace desentrañar tus códigos y a la vez desentrañarme a mí. Pienso que pensar (valga el políptoton) en lo que me sucede y, a la vez, ahondando en los enigmas de toda la historia de toda la humanidad es un reto fabuloso, uno de los incentivos apagados y olvidados que me deberían hacer vivir, aparte de la querencia a prenderme con el fuego eterno del templo del Erotismo (mi templo), con las pasiones somáticas (me ha gustado esa alternativa a la palabra "corpóreo", pues lo griego estaba antes que lo latino) que me ayudan a vivir, pero infructuosamente, pues tal llama, la del espíritu, he de volver a prenderla constantemente.

»Veo que hay en mí (perdón por el egotismo, otra buena palabra, pues en desvelar mi lenguaje desvelo el lenguaje del mundo) una llama doble que no es la de Octavio Paz, sino una roja y una azul, como la cruz de la orden Trinitaria, y es la azul, la que tú me das, la que está haciéndome vivir ahora. Una se cruza con la otra, como en el pecho de Fray Hortensio Paravicino; de ahondar en las pasiones brota también la "Intelijencia" de Juan Ramón Jiménez, la que "da el nombre exacto de las cosas". Cuando se agitan los conocimientos como las nieves de unas montañas adonde nadie más ha llegado, donde uno se encuentra solo y divisando el mundo, como en aquel sueño de Escipión que relataba Cicerón, como en el de Polífilo, parece que hay más maneras de vivir más allá del amor a una persona o a muchas, a una mujer que nos acompaña o nos persigue o a mujeres que se desvanecen.

»Me has hecho vislumbrar que ocasionalmente se puede vivir con estos estímulos, que quizá son mi objeto amoroso: la lengua, la literatura, la filosofía... Pero me conozco, al igual que conozco la mutabilidad del mundo, y nada es permanente. Sobrevendrán las mujeres de piedra, de cera, de silicona, la Teresa del laberinto dantesco y, sobre todo, la soledad.

Se despidieron, tras la espaciada y erudita conversación que duró una hora. Heliodoro se sintió restablecido gracias al bullicio de datos históricos, filosóficos y literarios que le rondaban, pero no por las razones que Augusto le había dado para seguir con Teresa. El amor de Ulises por la vieja Penélope era algo auténtico que se había forjado intensamente en la juventud. Ulises quería volver con ella de verdad, quería verla después de tanto viaje. Heliodoro estaba cansado de Teresa.

 

 ***

9.

Pasaron meses, largos y variados, a veces tediosos, a veces amables. Había llegado la primavera. Era 21 de marzo de 2023. ¡Cómo pasaba el tiempo de deprisa! Los plátanos tenían sus ramas repletas de gordos brotes verde vivo que pronto se convertirían en grandes hojas, listas para ser devoradas por el oidio o ceniza, para agostarse en verano, para finalmente caer macilentas, enfermas o muertas. Todo pasaba tan deprisa que Heliodoro veía el proceso completo: las flores amarillas en espléndidos racimos en los solares, entre los adoquines, en las medianas de las carreteras serían arrasadas por los jardineros con desbrozadoras; algunas, las que sobreviviesen, llevarían a cabo su función de anemófilas y se convertirían en pequeños pompones blancos, para luego morir. En los parques, gran parte del suelo donde picoteaban los pájaros estaba siendo condenado por los supuestos arreglos del PP para ganar las elecciones, construyendo multitud de tramos de aceras, con feos bordes de cemento, donde ya había cómodos caminos o nada que estorbase. Los olmos, en plena floración, repletos de sus semillitas verdes, serían podados ostentosamente, impidiendo anidar a los pájaros, al no haber ramas finas. Y luego también enfermarían ellos solos. Toda fuerza natural sería truncada por la estupidez sociopolítica humana que arrasa con todo. De lo que sobreviviese, la propia naturaleza sería quien lo hiciese desfallecer, "por no hacer mudanza en su costumbre", que diría Garcilaso.

    Si juzgamos sabiamente,

    daremos lo no venido

    por pasado.

Y eso diría Manrique, al caso que nos atañe.

Iba a ser la primavera más triste. Como los versos más tristes de la noche de Neruda. Una belleza efímera y absurda, que se exhibe con un esplendor sin ganas, que promueve su célebre astenia, dolorosamente bella, como un planto o una elegía (A las aladas almas de las rosas / del almendro de nata te requiero...), como la de Alberti en la Guerra Civil (¿Otra vez tú, la primavera?). El breve estallido de luz de un lejano espejo giratorio, que acabará parándose y acabará perdiéndose en la oscuridad. 

Heliodoro Peces Burgos miraba el atardecer en el parque de Pradocorto desde la ventana, con sus ridículos cascos contra el ruido, con su bata vieja. La gata Lira se asomaba a su lado, compañera fiel. La única hembra que valía la pena.

No le apetecía pensar en ninguna. Habían pasado episodios humillantes y ridículos que le habían machacado la autoestima varias veces más: la Dolicocéfala, una mujer malformada y tullida, a la que intentó besar en un arrebato de embriaguez y desesperación, cuyo rechazo y odio revertido en él fueron una dolorosa experiencia de interés casi científico; la Cara de Asco, una mujer corpulenta, sin curvas femeninas, con prótesis dental, gesto facial de repugnancia constante, con una gorda verruga entre los pechos y mordaces críticas, prejuicios y ataques desde su atroz feminazismo, con quien Heliodoro se ayuntó sin entender cómo, pues los desprecios de ella eran constantes... Hubo más que no llegaron a nada, quedándose en conversaciones estériles con cortantes rechazos por parte de ellas. Heliodoro se preguntó para qué seguía intentándolo.

Mientras tanto, Teresa, rechazada a su vez por Heliodoro, estudiaba y estudiaba, con el tiempo que había comprado con un gran esfuerzo económico: una excedencia en su trabajo para poder presentarse a las oposiciones de profesora. Quería seguir los pasos de Heliodoro en la enseñanza, si bien esa profesión le había llamado a ella desde muy joven. 

Teresa había asumido la última separación con su acostumbrada crisis emocional, aunque esa vez había sido más corta. Con mayor estoicismo y con la motivación de estudiar, que además le gustaba, consiguió recomponerse en buena medida. Su gata Ursa le daba cariño infinito, no como Lira, que la bufaba cada vez que la veía, a pesar de haber estado presente en su crianza desde su rescate. Gozaba con tanto conocimiento que estaba aprehendiendo con el temario de las oposiciones y con sus lecturas. Además, tenía un gorrión. No en una jaula, ni era nada suyo, pero a una pequeña terraza de su piso acudía a diario un gorrión al que ponía comida (alpiste, migas de pan integral, fruta, lechuga...) y que no despreciaba, sino que fielmente volvía día tras día. Aparte de sentir una comunión con la naturaleza, ella concebía aquel bello, sencillo, humilde y tierno pajarito como un símbolo de esperanza. Hasta Ursa lo miraba con devoción desde el interior de la casa. El día anterior, además, el 20 de marzo, había sido el Día Mundial del Gorrión.

Esa esperanza era algo de lo que carecía Heliodoro. Por eso la primavera se le antojaba tan triste. Su refugio estaba, irónicamente, en el trabajo. El mejor momento del día era cuando se ponía el sol, encendía la lámpara de su mesa, abría el ordenador portátil y se enfrascaba en la preparación de clases y de exámenes. Y así iban pasando los días y los meses.


(Continuará. O no.)