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domingo, 27 de marzo de 2022

Iglesia Maris Stella del parque de Pradolongo (Orcasitas, Madrid)

 



La iglesia Maris Stella, hoy espacio de actividades culturales del actual Centro de Educación Ambiental del parque de Pradolongo, es un lugar histórico y de gran interés arquitectónico del barrio de Orcasitas (Madrid). En este texto se expondrán los antecedentes históricos de esta tipología arquitectónica, así como de la historia del propio edificio.

Se encuentra en el distrito de Usera, aunque se haya relacionado siempre con el barrio de Orcasitas, debido a la formación de dicho barrio a partir de chabolas en las zonas colindantes. La iglesia se construyó entre 1920 y 1930 por un arquitecto que no dejó constancia de su nombre, según las fuentes de las que disponemos en el momento de redacción de este artículo. 

Se utilizó inicialmente como ermita por los propietarios de los terrenos, la familia Orcasitas. Este dato tiene sentido para justificar la construcción y el anonimato del arquitecto: debió ser una obra por encargo. 

Al llegar la Guerra Civil, de acuerdo con la investigación de Enrique Villalba, la iglesia fue un nido de ametralladoras del bando republicano, lo que ocasionó que fuera bombardeada y ametrallada por los nacionales. El artículo de El País de Rafael Fraguas da cuenta del famoso episodio bélico en este lugar.

El texto de Samuel Rodríguez aporta que a continuación "se utilizó como templo, comedor y dispensario de salud. Incluso llegó a ser una escuela para los hijos de los trabajadores que llegaban a Orcasitas desde otras regiones del país", siendo estos inmigrantes sobre todo de Extremadura y Castilla-La Mancha. Es desde esta época de la posguerra cuando se la conoce como "la iglesia rota", por los agujeros de las bombas y los balazos, y sirvió, entre otras cosas, de escuela, "donde el maestro José Puñal enseñó a leer a los niños. Inés Sáenz de Heredia, prima carnal del fundador de Falange, José Antonio Primo de Rivera, se hacía cargo de ellos", de acuerdo con citado artículo de El País, del que, por cierto, han copiado el texto de Wikipedia sin citarlo. En este otro artículo se cita que fue en 1960 cuando se reconstruyó.

Iglesia Maris Stella en 1960, primera reconstrucción


Afirman testimonios del barrio que la iglesia fue bastante conocida no sólo por su antigüedad y la emblemática estampa que aportaba al paisaje, sino por el colegio que tenía al lado. Lo que hoy es una comisaría de policía municipal era dicho colegio. El porche circular con columnas de la comisaría es un añadido, pero el edificio de teselas azules mantiene su estructura original. Cuentan que estaban separados los niños de las niñas y se reunían en el patio oriental de la iglesia una vez al día, para cantar el "Cara al sol". La iglesia desempeñó funciones litúrgicas durante algunos años del franquismo y tal vez de la Transición (1969-1980, aprox.), pues algunos ancianos afirman haber hecho la comunión ahí. Sin embargo, el colegio anejo a la iglesia, que tras el franquismo ya era un colegio público normal, llamado C. P. Maris Stella, estaba algo alejado del núcleo del barrio y ya existían otros en Orcasitas: el Meseta de Orcasitas, el Puerto Rico y el Gloria Fuertes. Aprovecharon que el Puerto Rico, que era lo que hoy es el CEPA Orcasitas (un centro de enseñanza de adultos, un pequeño edificio de madera) se había quedado pequeño para construir otro del mismo nombre al lado, que dio cabida a muchos más niños. El cercano Meseta de Orcasitas también albergaba muchos alumnos. De manera que el pequeño colegio Maris Stella junto a la iglesia se abandonó y se reutilizó como comisaría. Lo que no se reutilizó fue la iglesia.

Así fue como el edificio, la vieja "iglesia rota" o "iglesia del gallo", que así la llamaban por la veleta, se abandonó completamente para ser frecuentado y maltratado por el populacho del barrio: tomó el aspecto de una ruina llena de pintadas vandálicas, basura, inmundicias, hasta que se valló el recinto, limitando el tránsito de personas que desvirtuaban el edificio. Desde 1985 en que se pidió que se protegiese, tardaron veinticinco años hasta que se cumplió. En esos primeros años fue cuando se construyó, en 1983, el parque de Pradolongo, siendo alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván.

El artículo de Enrique Fidel Rojo también sintetiza los datos expuestos aquí.

Según Samuel Rodríguez:

La reforma de este histórico edificio es una reivindicación demandada por los vecinos de la zona, que comienza en 1985. En 2010 la ‘iglesia rota’ entra en el catálogo de elementos protegidos y en el Plan General de Ordenación Urbana al año siguiente. Consiguió así formar parte del Catálogo de Edificios Protegidos de la Ciudad [de Madrid].

Es así como comienzan las obras de remodelación, no de restauración, pues el edificio cambiará sustancialmente y se utilizará para otros fines. 

Iglesia Maris Stella antes de la restauración. https://elmiradordemadrid.es/rehabilitacion-maris-stella/

El artículo del Diario de Madrid de noviembre de 2017 anuncia el desarrollo del proyecto, que se ciñe bastante al complejo actual de sala de exposiciones, club de piragüismo e iglesia remodelada.

Tomamos prestada la imagen de dicha página web para ofrecer una idea de la edificación actual, en cuyo proyecto se tuvieron en cuenta las propuestas de los vecinos, aunque existan algunas pequeñas diferencias entre el diseño finalmente llevado a cabo y este dibujo:


Existen numerosas publicaciones donde se habla de la remodelación de la iglesia y construcción del CEAC:







Foto: EMV
Foto propiedad de la EMV.

Hoy en día se puede disfrutar de exposiciones temporales en la sala contigua al edificio de la recepción, donde empleados del Ayuntamiento atienden preguntas y toman nota de quienes desean apuntarse a alguna actividad. En efecto, una de las más atractivas funciones es la de servir de punto de salida y de administración de rutas ecológicas, talleres educativos para niños, pequeñas actuaciones musicales en la iglesia, etc. Los aficionados a la ornitología suelen quedarse con una experiencia satisfactoria, como testifican aquí.

Los datos de contacto y horario de apertura del CEAC Maris Stella se localizan en este enlace.

A continuación dedicamos un espacio para dejar por escrito las explicaciones dadas a los alumnos del CEPA Orcasitas en una excursión realizada el 25 de marzo de 2022, en la que se utilizó el pretexto del diseño de la iglesia para hablar de historia de la arquitectura bizantina.


Iglesia Maris Stella del parque de Pradolongo


Una aproximación a la arquitectura bizantina


Este edificio que hoy es un centro de educación ambiental, que era conocido como “la iglesia rota”, a causa de la Guerra Civil y el abandono, fue construida entre 1920 y 1930 por alguien que realmente sabía de arquitectura y de historia del arte. Vamos a descubrirlo.
¿Es una iglesia normal? No, es cuadrada: es de planta centralizada y de cruz griega. Las iglesias a las que estamos acostumbrados en el occidente de Europa son de planta basilical y, en muchos casos, de cruz latina.

Planta aproximada de la iglesia Maris Stella. 

La planta basilical viene de los primeros cristianos: en Roma, utilizaban e imitaban los edificios que tenían “a mano”, las basílicas, que eran edificios administrativos romanos, amplios y alargados. Luego añadirían el transepto, la nave perpendicular que hace la forma de cruz. Lo que queda en medio es el crucero.
Pero el Imperio Bizantino, en el oriente de Europa, tenía su propia personalidad y estilo. Tendían a hacer las naves menos alargadas y a mantener la forma centralizada de los martyria paleocristianos: lugares de enterramiento de los primeros mártires. Además, quizá le daban cierto simbolismo al carácter centralizador de su gobierno, el cesaropapismo, que unificaba el poder político y religioso en una sola persona: el emperador era también el patriarca de la iglesia oriental.

Planta basilical, cruz latina.
Fueron tantas las diferencias entre Roma y Constantinopla que en 1054 se dio el Gran Cisma, la separación definitiva del papa y el patriarca, católicos y ortodoxos. Incluso llegaron a saquear Constantinopla en 1204, la Cuarta Cruzada.
Volvamos a la arquitectura: la planta centralizada cubierta con una cúpula central tiene su más alta representación en Santa Sofía de Constantinopla, mandada construir por Justiniano en el siglo VI, la Primera Edad de Oro del arte bizantino (siglos VI-VIII). Es célebre la frase de Justiniano al ver acabada la obra: “Salomón, te he vencido”. Su nave principal es alargada, pero responde al concepto de un gran espacio central cubierto por una cúpula. Los romanos, pero sobre todo los bizantinos, eran expertos en edificar con arcos, bóvedas y cúpulas, con ladrillo, piedra y opus caementicium (una especie de cemento). Otras iglesias importantes son la de los Santos Sergio y Baco y la de Santa Irene.

Alzado de Santa Sofía, Constantinopla.


Pero será la Segunda Edad de Oro (867-1204), en las dinastías macedónica y conmena del Imperio Bizantino, cuando se establecerá el modelo de la Nea, la Nea ekklesia que Basilio I mandó construir en 881. Consiste en una cruz griega inscrita en un cuadrado, donde el espacio central o Naos se cubre con una cúpula sobre pechinas, mientras que los brazos de la cruz se cubren con bóvedas de cañón. Los cuatro espacios secundarios de las esquinas del cuadrado que alberga la cruz griega tienen menor altura y pueden tener otro tipo de cubierta. Frecuentemente estas iglesias contaban con una tribuna que dividía el alzado del edificio en dos plantas. La iglesia en la que estamos, Maris Stella, sigue este modelo. Las Neas, además, podían tener un nártex a los pies (espacio o vestíbulo porticado para los catecúmenos) y una triple cabecera hacia el este con un mayor ábside central, donde estaban el presbiterio y el altar. Unos ejemplos son la iglesia de Myrelaion y la de San Teodoro en Constantinopla, y el monasterio de Hosios Lukás en Grecia.

Cúpula sobre pechinas de Maris Stella.
Sin embargo, como se ve en la foto de la EMV más arriba,
las pechinas son modernas y realmente no tienen función estructural.



¿Cómo llega esta tipología arquitectónica a occidente? En gran medida, por las innovaciones del Renacimiento. El arquitecto italiano Bramante utiliza el antiguo modelo de los martyria (el Renacimiento recuperaba el arte de la Antigüedad) para conmemorar a San Pedro, como a los demás mártires cristianos.  
Además, en Occidente existían otros modelos arquitectónicos de configuración típicamente centralizada, los baptisterios (a menudo octogonales) y los mausoleos, como el de Teodorico en Rávena.


El Templete de San Pietro in Montorio, de Bramante (1510).

Además, durante el Barroco se mantuvo la tendencia a coronar con cúpulas los grandes templos, como el monasterio de El Escorial, a imitación de otras grandes cúpulas de la Cristiandad: Santa María de las Flores, en Florencia, construida por Brunelleschi (1436) y la Basílica de San Pedro del Vaticano, de planta centralizada, en la que participaron Bramante, Miguel Ángel y Bernini (acabada en 1626).

Cúpula del Vaticano.

La cúpula


Se llama cúpula a una bóveda semiesférica: si una bóveda es la prolongación lineal de un arco, que descarga lateralmente el peso sobre muros portantes con o sin contrafuertes, la cúpula es la rotación de un arco, que descarga los empujes por igual en toda su circunferencia.
Tiene un gran valor simbólico al asemejarse a la bóveda celeste, como semiesfera que es, y, para la Iglesia, es un espacio unitario y centralizador de la Cristiandad.
La cúpula se puede situar sobre una planta circular (como el Panteón de Agripa, en Roma) o cuadrada, octogonal o elíptica. Los dos problemas principales son el peso y la transición de la forma circular a la cuadrada u octogonal. 
Las trompas son bovedillas en forma de semicono cuyos vértices coinciden con los ángulos del cuadrado. Es necesaria una base octogonal de la cúpula previa al cuadrado.
Las pechinas son triángulos semiesféricos y se pasa directamente de la circunferencia al cuadrado.



Los arcos torales son los arcos que reciben los empujes de la cúpula y los concentran en los cuatro pilares del cuadrado.

El tambor es el cuerpo octogonal (normalmente) que se sitúa en la base de la cúpula a modo de prolongación. Es muy útil para dar mayor altura a la cúpula y para la iluminación del espacio interior, al poderse practicar vanos (ventanas) en cada lado del octógono. En muchos textos se confunde tambor con cimborrio, que no es sinónimo, ya que el cimborrio es todo el conjunto que sobresale del crucero, como puede ser una torre. Es famoso el cimborrio de la catedral de Zamora, por ejemplo.

Otro elemento que también aporta iluminación es la linterna, que es el remate cilíndrico cubierto con una pequeña cúpula en el vértice superior, que en el caso de Maris Stella tiene los vanos cegados.

En el interior pueden apreciarse las pechinas y los arcos torales, que introducen las cuatro bóvedas de medio punto de la cruz griega (en dos de las bóvedas hay una engañosa transición a arco apuntado sobre la pared).

Bóvedas de cañón desde los arcos torales. Sin embargo, las bóvedas norte y sur cuentan con una
transición ojival en el encastre con el muro, también añadida en la reconstrucción.

La línea de imposta o de arranque de los arcos queda resaltada por la moldura de color gris horizontal. Sobre ésta está el riñón del arco, que es donde están las dovelas más bajas, que culminarían en la clave, que es la dovela central del punto más alto. 
Más iluminación aportan los óculos o ventanas circulares de las fachadas sureste y noroeste. (¿Habéis comprobado la orientación de la iglesia, cuyo altar no está exactamente hacia el este?)
Las bóvedas de la cruz griega están cubiertas por tejados a dos aguas con frontón triangular en las fachadas. La entrada de la fachada sur-sureste no era la entrada principal del templo, sino que ésta pudo estar en la fachada suroeste, sobre la que en el diseño actual se encuentra la tribuna.
El presbiterio, con el altar, estaba en el brazo hacia el este-noreste, donde hoy está el escenario de actuaciones. A los lados del altar se ubican las sacristías, donde se guardaban los objetos litúrgicos. 
La cúpula, apuntada, antiguamente cubierta de pizarra, según cuentan los ancianos del barrio de Orcasitas, tenía pinturas al fresco en su interior, que se han perdido para siempre. Tampoco nos queda nada de su anterior aspecto de ladrillo, que también remite a una larguísima historia. Afortunadamente, nos queda otra bella iglesia de planta centralizada con cúpula y pinturas al fresco, nada menos que hechas por Goya: la iglesia de San Antonio de la Florida. No dejéis de visitarla. Otra iglesia muy llamativa por su enorme cúpula es la de San Francisco el Grande, que también hay que ver.


Que estas explicaciones hayan servido para aprender a conservar y valorar nuestro patrimonio. 
Muchas gracias.

Bibliografía


Alegre Carvajal, Esther; Perla de las Parras, Antonio; López Díaz, Jesús (2021). La materia del arte. Técnicas y medios. Madrid: Centro de Estudios Ramón Areces.

Monteira Arias, Inés; Alegre Carvaja, Esther; Paulino Montero, Elena; Vallejo Triano, Antonio (2019). Arte cristiano y arte islámico en época medieval (siglos III a XII). Madrid: Centro de Estudios Ramón Areces.

Plaza Escudero, Lorenzo de la (coord.) (2012). Diccionario visual de términos arquitectónicos. Madrid: Cátedra.

Urquízar Herrera, Antonio; Cámara Muñoz, Alicia (2021). Renacimiento. Madrid: Centro de Estudios Ramón Areces.













miércoles, 7 de abril de 2021

Qué significa ver níscalos

Hay algo mágico en el acto de coger níscalos. Para quien no los conozca por ese nombre, en muchas regiones se llaman robellones. Para que no quepa duda, se trata del hongo o seta lactarius deliciosus, una maravilla para el paladar, tradicional en nuestra cocina española en otoño, donde la forma favorita en mi familia suele ser a la plancha con un poco de sal, nada más. Pero, para mí y para muchos, el disfrute no está sólo en comerlos, sino en cogerlos. 

Es una tradición en mi familia ir todos los años a los dos o tres sitios que conocemos. El año del confinamiento autonómico fue un poco más difícil, por la limitación de lugares, pero algo se pudo hacer dentro de Madrid. Me estoy refiriendo al mes de noviembre de 2020, porque siempre es en noviembre, como menciona la canción de Sabina Más de cien mentiras: "setas en noviembre, fiebre en primavera...". El estribillo de esa canción es brutal:  

Más de cien palabras, más de cien motivos

para no cortarse de un tajo las venas.

Más de cien pupilas donde vernos vivos,

más de cien mentiras

que valen la pena.

Esa bella tradición de ir a por setas es una de esas cien mentiras para vivir, una de esas mentiras que valen la pena. Es una tradición con todo el peso de la palabra, porque no es solamente nuestra, sino popular, milenaria, mandada por la naturaleza, como la siembra, la labranza, la siega, la matanza y todo lo que iba ordenado por el perfecto reloj cósmico de los trabajos y los días, que ya decía Hesíodo. Mientras no cambie muy radicalmente el clima, habrá setas en noviembre o diciembre.

Sin embargo, estoy escribiendo esto en noviembre de 2021, un año después, porque no llegué a consolidar en su día la reflexión que tenía en mente. Este mes de octubre que ha pasado, tan caluroso que parecía una primavera, viene al caso un poema de Pedro Salinas que anoté para hablar de níscalos y quizá algo más. Menciona el mes de mayo, el mes resplandeciente de vida y juventud, primaveral por antonomasia, el que quizá tenga más de visual, por su luz y colorido, para entrar por los ojos. Tanto la primavera como el otoño son etapas de belleza en las que se ofrecen colores extraordinarios.

El tema que vengo a citar aquí es el de las imágenes que se nos quedan grabadas, lo que se ve con los ojos cerrados. Son dos mundos, el interior y el exterior, diferentes pero complementarios. He aquí el poema:

    "Vocación", Pedro Salinas (1929).

Abrir los ojos. Y ver

sin falta ni sobra, a colmo

en la luz clara del día

perfecto el mundo, completo.

Secretas medidas rigen

gracias sueltas, abandonos

fingidos, la nube aquella,

el pájaro volador,

la fuente, el tiemblo del chopo.

Está bien, mayo, sazón.

Todo en el fiel. Pero yo...

Tú, de sobra. A mirar,

y nada más que a mirar

la belleza rematada

que ya no te necesita.


Cerrar los ojos. Y ver

incompleto, tembloroso,

de será o de no será,

—masas torpes, planos sordos—

sin luz, sin gracia, sin orden

un mundo sin acabar,

necesitado, llamándome

a mí, o a ti, o a cualquiera

que ponga lo que le falta,

que le dé la perfección.

En aquella tarde clara,

en aquel mundo sin tacha,

escogí:

            el otro.

Cerré los ojos.


***

En la segunda mitad del poema está la clave: cerrar los ojos y completar lo que se ha visto con algo más.

***

En el mundo real, hace un año, mi padre, mi hermano y yo bajábamos del coche una fría mañana. Habíamos madrugado. Nos calzábamos las botas sentados en el maletero abierto del coche. Provistos de cestas de mimbre, partíamos en busca de nuestro apreciado botín, mirando ya entre las jaras cerca de donde habíamos aparcado por si acaso hubiera. 

A mí me gusta vestirme con un viejo pantalón de pana marrón que tengo desde tiempo inmemorial. Creo, incluso, que no es mío, sino que me lo dieron, por lo que debe ser de una generación anterior. La camisa que me ponga debe ser a cuadros y, encima, una sudadera o un jersey que no esté nuevo, sino un poco gastado. La cesta en una mano y la navaja en el bolsillo. Una pequeña mochila con el termo con café y unos bocadillos tampoco puede faltar.

El aire fresco y purísimo del pinar por la mañana es ya de por sí un objetivo cumplido de la excursión. Siempre es triste volverse sin encontrar ni un níscalo, pero estar en un entorno con tan espléndida manifestación de la naturaleza, aunque no sea ningún reconocido lugar turístico, ya vale la pena.


Nos vamos separando para ir peinando el terreno, sin perdernos de vista, pero siempre ocurre que nos dejamos de ver y hay que llamarse a voces. Suele ocurrir que no hay cobertura con el móvil, cosa que tiene su belleza, porque así pasaba hace treinta años cuando no había móviles y había que recurrir a gritos o silbatos.

Alguien suelta una exclamación de júbilo. Esa vez fue mi hermano:

-¡He encontrado uno!

Y suele darse el caso de que no es uno solo, porque en los alrededores hay algunos más. La imagen del primer o los primeros níscalos, semiocultos entre la hojarasca o las pardas acículas de los pinos, semienterrados, es providencial. Es la manifestación de lo divino escondido, el Deus absconditus, lo divino de difícil acceso para los seres humanos. Por eso es tan increíblemente valioso verlo, al menos para quienes sabemos valorar el grato hallazgo de este obsequio de la naturaleza, que surge solo, sin intervención humana (o a pesar de ésta), de formas, textura, olor y sabor maravillosos y que, insisto, no hay manera de cultivar en invernaderos. Todo lo bueno y bello que surge por sí solo tiene infinito valor, es un superviviente a la plaga humana y a las luchas de la propia naturaleza. Es un don, es un tesoro, es un regalo que debería colmarnos de felicidad.


En estos tiempos, con los móviles, es difícil contenerse de hacerles fotos. Parece que en cierto modo se los desvirtúa al fotografiarlos, como si se les robase el alma. Pero no, porque también es una manera de conservar el recuerdo, aunque se sepa que una foto no tiene nada que ver con el instante vivido en un bosque por la mañana.

A continuación, enumeraré una serie de fotografías que hice el año pasado de algunos bellos ejemplares de lactarius deliciosus que fuimos encontrando. Son de distintos días y de dos lugares diferentes. Se nota por las hojas secas de roble que hay en algunos, frente a otros donde hay más hojas de pino, musgo y briznas de hierba.










Este que ha nacido junto a un retoño de acebo es una preciosidad. Era, además, un níscalo perfecto.


En cada foto hay un mundo por observar, un infinito microcosmos: las hierbas variadas, el liquen, el musgo, las hojas de pino, trocitos de corteza, una o más piedras, palitos, etc.



Este está abrigado de tierno y mullido musgo, en su propio paraíso. En otro lugar ya debí decir que el musgo es la sinestesia de la vegetación. El musgo es el verde que se toca con verlo, porque su verde tan vivo, piloso, fresco y húmedo está tan bien conservado en nuestros recuerdos que la sensación nace inconscientemente al mirarlo.




En la foto sobre estas líneas, se aprecia la grata constelación de níscalos que tanto alegra encontrar. Ahí había por lo menos cuatro. Cuando eso ocurre, se acuclilla uno y los va cortando cuidadosamente con la navaja, con plena felicidad, acomodándolos en la cesta, con las láminas hacia abajo. La navaja queda manchada de jugo naranja. A continuación, se tapan los agujeros que han quedado en la hojarasca para proteger el micelio, los finos hilillos blancos en la tierra, que son realmente el hongo, pues la seta es lo que forma para reproducirse.




A veces, uno encuentra setas que no son níscalos ni nada que estemos buscando, pero que también son espléndidamente bellas. En la imagen superior puede verse una lepiota, que también es comestible, aunque, como es bien sabido, con las setas hay que ser prudente. Está bien dejarlas, si no se está completamente seguro, para que pueda reproducirse o para que las coja el que sepa.



Ahora es cuando procede explicar lo mágico de esta experiencia. No solamente me ocurre a mí, sino también a mi hermano. Se trata de que, tras la estupenda mañana de recolecta, al cerrar los ojos a uno se le aparecen automáticamente níscalos. No debe ser para tanto, es sin duda algo natural, pues al haber estado atentos para verlos y además haber incitado alguna emoción con ello, se nos graban y se nos aparecen en la memoria más inmediata.

O quizá sí que hay algo más y lo que significa ver níscalos es todo un regalo de los procesos inconscientes de la psique, nacidos sin cultivar, como lo que brota por sí solo en la naturaleza. Ver níscalos con los ojos cerrados, cada vez uno diferente, sin ni siquiera pretender recordarlos, es una imagen de conexión con una especie de vivacidad que hay en todo, manifestada a través de un bien comestible tan misterioso como ancestral. Los mismos humanos de edades remotísimas, o incluso no humanos, nómadas guarecidos en oquedades de la roca o profundas grutas, o también los ganaderos ya asentados en rústicas chozas, transitarían por los bosques en otoño buscando las mismas setas u otras parecidas, igual de sorprendidos de que ese extraño producto de la tierra no sea ni una planta ni un animal, ni haya manera de criarlos por la mano del hombre. Estos hombres y mujeres irían con sus hijos, igual que miles de años después, llamándose ilusionados con el primer níscalo que encontrasen o al encontrar una constelación de ellos. E, igualmente, cerrarían los ojos y seguirían viéndolos, como lo hicieron todas las personas de las generaciones anteriores y lo harán las de las venideras, si sobrevive Gaia a los excesos humanos, si no mueren los fantásticos hongos que habitan el oscuro humus de los bosques.

Ver níscalos es ver lo imperecedero como si estuviéramos en un nódulo de espacio, tiempo y mente del tiempo, de todo lo consciente a lo largo del tiempo, de lo que vieron todos aquellos que hicieron lo mismo, un mito o rito del eterno retorno. Por eso aparecen con tanta viveza. Por eso se dibujan en la imaginación níscalos que ni siquiera hemos visto: son los que vieron otros. Lo que queda de todos aquellos que vieron lo auténtico es precisamente eso: lo que vieron. Eso queda por ver y hacer aquello para lo que estamos hechos, que es convivir con la naturaleza y aprovecharla con comedimiento. Es posible que incluso esas imágenes sean tan vivas porque de algún modo la naturaleza participa en ellas, como si nos viese también en esos momentos.

Espero revivir todo esto este mes de noviembre, una vez más.

***

Notas para mí: 

- Volver a tener presente el Noli foras ire, in te ipsum redi. In interiore hominem habitat veritas

- Meditación por visualización.

- Contraste entre el mundo interior, a través de la idealización, y el exterior, pudiendo apreciar los dos.

- Relacionar la viveza de la idealización con una posible vivacidad de actitud ante las cosas: ¿qué es más importante para vivir, lo de fuera o lo de dentro? Pedro Salinas vivía a través de la idealización de la amada.




domingo, 22 de noviembre de 2020

La cama de hojas de roble

Cuán diferentes son las cosas desde ópticas diferentes, desde un punto distinto de visión o, al ser el espacio y el tiempo una sola dimensión, siendo ese punto tanto un momento como un lugar diferente. Un momento, más bien. El espacio es fácil de manejar, porque cambiar de lugar es relativamente sencillo. Pero ¿cómo desentrañar la radical diferencia de las cosas vistas desde puntos temporales diferentes? 

Me decían que me tenía que preguntar "¿quién soy?" y actuar en consecuencia a la identidad encontrada. Pero no puedo ver ni tocar nada constante. Ni siquiera los faraones egipcios llegaron a ser eternos. Por eso, la pregunta que me quiero hacer es: "¿quién soy ahora?" Pero tampoco es fácil saberlo.

Hoy quiero desahogarme hablando en primera persona, no escudándome tras personajes de ficción como Heliodoro Peces, ni tras retahílas de palabras en un ensayo. Como siempre digo, esto iba a estar en un cuaderno, pero en esta época este soporte parece más útil. De este modo, me vienen a la mente personajes como los de Dostoievski, que narran todos sus pensamientos, o es el narrador quien lo hace; es el de Apuntes del subsuelo el que me viene ahora a la cabeza, por conectar con la idea que voy a circunnavegar durante el rato que esté sentado ante el ordenador.

Yo era otro cuando leía a Dostoievski. Tenía veintidós o veintitrés años. Estudiaba Filología Eslava. Trabajaba en Iberia. Allí, en el hangar 6, mientras trabajábamos con los ya extintos MD80, a veces me llevaba fotocopias de la carrera para intentar leer en los ratos en que se pudiese. Dejé una copia impresa bajada de internet de Apuntes del subsuelo en el pupitre del jefe de equipo, Emilio Fuentes. Los pupitres eran para los papeles del trabajo, pero a veces había ahí periódicos o papeles de todo tipo. Entonces, en un momento en que volvía yo de trabajar en el avión al pupitre, me sorprendí de ver al hombre más mayor de nuestro equipo, Pedro Sorando, "el Sori", un hombre apacible, generoso, amable, que creía sencillo y nada interesado en literatura rusa, leyendo atentamente los folios de la novela.

-Esto es bueno -decía, sin conocer nada del autor.

Recuerdo que esa pequeña novela comenzaba diciendo "Soy un enfermo". Quizá en ruso debía entenderse como "estoy enfermo", pero da igual para el caso: ese personaje sabía quién era en ese momento.

En el caso del escritor ruso, que llegaba a conocerse, expiarse y mostrar los extraños vericuetos psicológicos por los que transitaba, al mismo tiempo que impulsaba el género de la novela por nuevos derroteros artísticos, éste halló ser víctima de una patología y partía de ahí en sus acciones subsecuentes. Pero yo no encuentro ningún punto del que partir.

Han pasado casi veinte años desde aquel día en que, vestido de mecánico, yo quería ser algo más cultivándome con estudios. Hoy, o hace dos días, quería volver a ser técnico en mantenimiento de aeronaves para poder volver a aspirar a algo más. Dejé de ser mecánico en agosto de 2018. Desde entonces, he desarrollado una actividad supuestamente intelectual, la de profesor de enseñanza secundaria. Esto es supuestamente el fruto de todo aquello que leía y estudiaba, desde aquella primera licenciatura. Sin embargo, una y otra vez quiero huir, incluso sabiendo que Iberia ya no es como aquélla ni podrá volver a serlo, con la única esperanza de que, con ese trabajo "no intelectual", volviese a leer y a escribir. Me debato entre las dudas cada semana, oscilando como un péndulo, entre dejar la enseñanza, con la plaza de funcionario de carrera (un papel, ni siquiera un diploma como debiera, que no honra para nada lo que cuesta obtenerlo) y volver a las penurias físicas del trabajo con aviones, o seguir quemándome en esta guerra de desgaste, que es la docencia, con la esperanza de adaptarme algún día y poder volver a crecer como persona, estancado como estoy desde el citado año.

Perdonad por estas dudas tan personales y mundanas que a nadie importan. Lo importante sería aportar algo con lo que todos, en mayor o menor medida, pudieran identificarse. Por eso ahora pasaré a mi eterno péndulo del asunto amoroso. ¿Leerá alguien esto y me acusará de algo? Sí, todavía estoy ahí, como el dinosaurio de Monterroso. La misma mujer de la que hablo siempre a mis pobres cansados amigos, con la que he terminado y vuelto innumerables veces. Todavía. Ese "todavía" que ya parece sospechoso de implantarse en un mucho más pesado adverbio de tiempo que, como una reforma ciudadana de Le Corbusier, lo ocuparía todo y borraría o distanciaría incluso a antiguos amigos. Pero, si la ciudad no está bien hecha, ¿hay que decantarse por la obra nueva? En cierto modo, la obra ya está empezada y no sabemos si desmantelar lo hecho, volviendo a lo que había, al tonto yo juvenil que tampoco llegó a ninguna parte, o a una extraña especie nueva y actual de mí, semiabandonado, desilusionado, pero suficientemente agradecido con pequeñas cosas para poder seguir viviendo. Pequeñas cosas que esa irreductible mujer, siempre presente, proporciona incondicionalmente, pensando más en mí que en ella misma, con el caro coste de esperar el mismo amor y fidelidad por mi parte. Un amor cuya duda es mejor no decir ni mostrar, sino guardarme para mí. ¿Cómo puedo lidiar yo con eso? Tan difícil es como adaptarse a la docencia para poder crecer.

Esta foto es de hoy:


Me he compadecido de ese roble que se ha horadado la carne con la dura piedra, cicatrizando sobre ella, para lograr, finalmente, crecer. He pensado que era el mensaje que quería darme: hay que intentar vencer los obstáculos, por doloroso que sea el proceso. He pensado, con esa imagen, que volver atrás no sirve ya. ¿Cambiar a mi anterior trabajo? Me viene a la cabeza el poema "Peregrino" de Luis Cernuda. O el verso de una canción de J. Sabina: "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver".

¿Y volver a la plena soltería, buscando otra vez? ¿Buscando qué, exactamente?

Hoy también me ha parecido que ya lo había encontrado todo y que no queda nada que buscar. En ese lugar ladera arriba por un camino de Cercedilla, ha ocurrido algo. Ha ocurrido que durante el tiempo en que estuvimos allí no pasó nada, ni dentro ni fuera; de mí, al menos. 

Me había llevado el cuaderno para escribir, el cuaderno verde que me regalaron los alumnos de 3º de ESO del primer año. Iba a sentarme en una piedra para realizar esa labor. Pero no estaba cómodo y no notaba que tuviera nada que dejar por escrito en ese momento. En cambio, brillaba un sol apacible entre las ramas, no se oía a nadie y piaban los pájaros. Me tumbé en un trozo de suelo sin piedras y alfombrado de hojas de roble, que crujieron suavemente bajo mi cuerpo. Recosté la cabeza en una piedra redondeada con musgo, aunque aporté mi chaqueta a la mullida superficie. Cerré los ojos, tornándose la visión en cálida oscuridad roja por el sol que me bañaba la cara y atravesaba mis párpados. El sol de otoño es una bendición. Parece el sol más antiguo, al desvelar formas y sombras mágicas y tornar el mundo en dorado por sus rayos y las hojas de los árboles. El día anterior, en El Escorial, con perdón por la analepsis, recordé cuando me creía yo sol:


El sol me recordó querer iluminar, cuidarme para emitir una gran cantidad de energía, no tanto para asombrar al mundo, sino para dar lo que saliera de mí. Pero ya no soy sol, ya me he perdido, sin saber quién soy ni adónde me dirijo, casi sin memoria al no saber ni quién fui. Quizá sea ya luna, astro de la luz falsa, deseoso de reflejar luz proveniente de otro astro, de circular fantasmagórico cambiando de fase. 

Mientras tanto, volviendo al momento presente -en esta narración y en aquel momento-, seguían cantando los pájaros, que entreveía con los párpados entornados, sobre todo en un esbelto y delgado roble que sorprendentemente mantenía bastantes hojas, frente a otros que estaban completamente expoliados de su noble follaje. Un carbonero saltaba de rama en rama con agilidad y, seguramente, felicidad supremas. Noté que ese roble tenía muchas agallas o agallones, ese falso fruto (¿también puede que yo dé falsos frutos?) que forma el árbol para intentar engullir huevos de cierta avispa que precisamente pasa a larva protegida por la materia vegetal dura y seca de la agalla. El roble, o los árboles en general, siempre sufren para que vivan los demás. No me extraña que el símbolo del Cristianismo sea una cruz leñosa.



Se dice que el roble es un símbolo del valor guerrero, quizá de virilidad, quizá del éxito en las campañas guerreras. Las insignias militares tienen hojas de roble, por tanto, en su origen se asociaría al dios Marte. Se opone al laurel, según entiendo, al ser éste el atributo de Apolo, dios de las artes, aunque la corona de los emperadores romanos fueran de hojas de laurel (en oro), no de roble. Parece que el honor de las hojas de roble está a la zaga de las del siempre verdeante laurel, con el que no se puede competir. Sin embargo, en ese momento que quería vivir intensamente en el presente, me acogía una cama de hojas de roble, del valor guerrero, que en algún momento entendí no ya como tal, dados los tiempos sin guerra, sino como del valor de enfrentarse a las cosas en la práctica. El roble honra lo que se ha llevado a cabo con mayor o menor éxito, honra el valor de enfrentarse al enemigo real, a las dificultades reales. El laurel es para elogiar la palabrería. El roble es para los que luchan. ¿Qué preferiría Cervantes, si pudiera? Aunque hubiera ganado la eternidad con el Quijote, seguramente su orgullo personal se erguiría en Lepanto, "la más alta ocasión que vieron los siglos".

Allí estaba yo en mi cama de hojas de roble, tras quince años de mecánico para nada, unas oposiciones para nada, dos años y pico de profesor de adolescentes, para nada. Criando agallas, un falso fruto.

Miré las hojas del suelo de cerca. Había una con una hormiguita. La hormiga recorría los rebordes caprichosamente redondeados de la hoja, como si simbolizase las dificultades, para recordar que no hay un camino recto ni sencillo, que hay que horadarse la piel sobre la dura roca si nos estorba el crecimiento, que no hay gloria posible si no es en la práctica.

¿Y quién soy ahora? Un guerrero cansado de la vida, pero aún de servicio y con la obligación de crecer.

Que es mi barco mi tesoro...

Que es mi vida mi tesoro. Vida, eso soy, otro otoño más, a la espera de la primavera. Eso debe pensar el roble.






lunes, 20 de abril de 2020

La estrella

Después de la luna, que es el astro de la luz falsa, que es tan sumamente bella y tan sumamente vana, fantasmal, soluble como un halo de niebla, ha aparecido una estrella.

Una estrella es diminuta. Dicen que en alguna lengua semítica llamaban a la bóveda celeste con el nombre que le daban a un colador, como si el cielo fuese una enorme semiesfera llena de pequeños poros por donde se cuela la luz, una luz mayor más arriba. Algo de esa luz mayor tienen las estrellas.

Pero, además, tienen muchos más atributos. Son inalcanzables, como la luna, pero mucho más, porque están muchísimo más distantes. Sin embargo, no son falsas. La luna sirve para sus cosas. Se mueve, tiene sus fases, brilla espléndidamente, ejerce sus fuerzas. Las estrellas no se mueven, son fijas. Precisamente por eso, con esa misma luz blanca, bonita, titilante, despiertan una ilusión. Ellas no son falsas, son una ilusión verdadera, la que queremos sin que lo sepamos. Con la luna, sabemos, aunque no sepamos que lo que deseamos no es realmente lo que queremos.

Las estrellas no engañan. Las estrellas sirven para poner rumbo. Así se lo marcaban a los navegantes, así eran de fiables, porque son eternas. Algunas mueren, sí, pero para nuestras cortas vidas, para lo que alcanza la memoria de nuestros antepasados, las estrellas son eternas.

Tengo un recuerdo que no olvidaré nunca. Es la historia del pueblo de mis primos. Mi tía y toda su familia son de un pueblo extremeño casi en la frontera con Portugal llamado La Codosera. Hace mucho tiempo, cuando vivían los abuelos de mis primos, mis padres me dejaban pasar allí algunas semanas en verano, algún año que otro. No era en el pueblo donde estaba la casa, sino apartada a varios kilómetros por una carretera sin asfaltar. Allí estaba la casa, en medio del campo, con jaulas de conejos, gallinas, un estanque cuadrado para lavar la ropa, una cocina con sillas bajitas de mimbre, retratos de familiares en blanco y negro, un gran botijo blanco con tapones de plástico, una puerta con cordeles con tubitos de colores para que no entraran las moscas, macetas con flores, perros de nadie con garrapatas en las orejas, una mula a la que no había que acercarse, pero en una cuadra que olía deliciosamente a heno mojado, un cerdito que comía cáscaras de sandía, dos o más escopetas de perdigones con las que nunca maté nada, y millones de maravillas más. Estaba a varios kilómetros de otras fincas, por arriba había eucaliptus y, por abajo, algunos olivos, y por el camino que bajaba, se llegaba al huerto del abuelo, donde me comí una vez uno de los mejores tomates de pera del mundo. No había rojo más puro y fruto más maduro que aquél. Esta hecho de sol. La tierra allí también era roja, sin poder haber ninguna más fértil en el mundo. Y junto al camino, y junto a una tapia, antes de llegar al pozo, la higuera: eran higos grandes, jugosos, más dulces que el ardor de la vida, rebosando azúcar por debajo o por sus fisuras, calientes del sol del verano, también rojas por dentro, como todo el recuerdo que tengo de aquello en lo que sea que llaman corazón.

Las noches, cuando llegaban, eran frescas como la niñez. Solíamos estar en el patio o terraza que había delante de la entrada. El tío Pedro había hecho hacía no mucho una estupenda mesa con una plancha de metacrilato. La tía Natalia y sus padres habían hecho de cena cualquier cosa deliciosa, que podían ser cangrejos de río que nosotros mismos habíamos cogido por la mañana, con ajo y guindillas. En la pared, sobre la puerta, nos alumbraba un farol ante el que revoloteaban polillas y unos insectos de alas rectas que resultaban ser mantis religiosas. Eran verdes, de un verde vivo, no muy grandes. Me arrepiento de haber colaborado en matar alguna, porque creíamos que eran peligrosas. Pero una vez capturadas o heridas no parecían nada peligrosas, sino delgadas y frágiles, engañadas y atraídas por la luz, como muchos de nosotros.

Hacía fresco, pero se podía estar en manga corta. Cuando habíamos recogido la mesa y todo, allí bajo el farol con insectos que revoloteaban, medio tumbados en viejas sillas plegables de playa, quedábamos mi primo Mario y yo. Mirábamos las estrellas.

Todo esto ha sido para que tenga sentido lo que vengo a decir. Porque, aunque mis primos y yo hemos crecido de manera muy diferente y nos hemos distanciado enormemente, entonces, a los trece, catorce o quince años, en aquel lugar mágico, mi primo era uno de mis mejores amigos del mundo. Ese amigo tan importante para mí, tumbado a mi lado, abiertos bien los ojos por si veíamos estrellas fugaces, me dijo esto:

- Mira en un hueco negro donde parezca que no hay estrellas. Si te fijas bien, aparece una estrella.

Esas frases son inigualables. No había ni podía haber mayor sabio en el mundo al decir eso. Eso nos puede guiar y empujar en la vida, en toda la vida. Ese puntito de luz, de ilusión, de esperanza, de guía en el ancho mar o en el camino que es una estrella, puede aparecer hasta donde no hay nada. Hay que confiar y escudriñar con la mirada. Enfocar y ver más allá, más lejos. Porque siempre están, aunque sea muy lejos. Y con eso basta, con que estén.

Ellas nos marcan un camino. No es casual que cuando la diosa Hera apartó violentamente a Heracles de su pecho, del que mamaba sin su permiso para convertirse en un dios, ese rastro de leche que brotó incontrolado, salpicando el cielo y dando lugar a la Vía Láctea, se llame también Camino de Santiago. La Vía Láctea es un camino de estrellas que surca el cielo entero. Y son millones y millones, que se pueden ver aguzando muchísimo la mirada o con telescopios.

Si veis una estrella, pensad en que se abre un camino y ya tenéis un rumbo que seguir.


Hace poco, sin una intención muy clara, pero alentado por una mujer que quiso ayudarme, pensé precisamente en una estrella, que asocié con ella. Me dispuse a escribirle un poema. Le dije que el soneto era para ella, y es verdad, pero sin darme cuenta he logrado para mí algo mucho mayor. He entendido el símbolo. Un símbolo es, etimológicamente, una pieza que encaja con otra para sellar un pacto. Cuando se llega a entender un símbolo, no solamente se encajan piezas como en un puzzle, que revela algo que antes estaba desordenado, sino que se realiza un pacto de crecimiento y prosperidad. Así lo hacían los antiguos griegos, portando un colgante que encajaba con el de otra persona que llevaba la otra mitad, normalmente para acordar la propiedad de tierras.

La mujer que quiso ayudarme me dijo que yo podía ser escritor, cosa que me ilusiona pero que no creo poder alcanzar, realmente. Aun así, me ayudó con un poco de confianza y de ilusión para unos cuantos días, no sólo para escribir, sino regándome el ego al haber mi humilde persona llamado la atención de tan famosa y formidable mujer. Como se deduce, fue para mí esa estrella; esa estrella que no me iba a señalar un camino hacia ella, hacia la mujer, ni hacia ser escritor, sino a otra cosa que no esperaba. Lo inesperado es siempre más excitante y revelador, por inesperado.

Y así no solamente me vino el primer verso endecasílabo que iba a dar lugar al soneto ("Estrella que apareces con la luna..."), sino que recordé la carta del tarot número XVII, que miré en las dos barajas que me regaló mi amigo Sergio ("Merlín"). Aquí detengo las explicaciones del poema. Que cada cual piense y deduzca. 

La puerta del símbolo no debe abrirla otro que no sea uno mismo.

La estrella (18/04/2020)
Estrella que apareces con la luna,
pequeña luz detrás de tu mirada,
luz amiga surgida de la nada,
iluminas remota y oportuna. 
Mi negra noche aguarda en la laguna
quieta. Tengo otro nombre. La dorada
forma tomas con ánforas en cada
mano. ¿Me querrás dar de beber una? 
Dorada luz que cobras forma humana
desnuda y grácil, forma de deseo,
fuente. Eres la fuente y de ti mana 
áurea armonía azul, en la que creo
por tu verbo un principio. Luz lejana,
¿es perdón la belleza que en ti veo?



domingo, 1 de marzo de 2020

Cuaderno de excursiones



Domingo 1 de marzo de 2020. 
Refugio de Carriata, 10:50 de la mañana.

Está nevando y el silencio es absoluto, salvo por el susurro de las gotas de agua cayendo del alero de la caseta sobre las hojas del suelo. Me he tenido que parar aquí a tomar estas notas porque me bullen ideas y sé que se me olvidarán, porque me conozco.


Ya había reflexionado sobre la nieve en otras ocasiones. No solamente tengo asimilado el inmejorable ensayo de Pedro Salinas, en las Cartas, donde describe cómo la nieve es el mejor dibujante del mundo, al perfilarlo todo y resaltar los contornos, sintetizándolo todo en esencias. En algún momento escribí (creo que lo puse hace años en Facebook, aunque tal vez lo tenga también en el Mamotreto o en el Diario del Grial) algo sobre la magia ante nuestros ojos al ver caer los copos, como si moldeasen el tiempo, como el efecto óptico de los radios de una rueda. Se puede mirar a todos a la vez o intentar fijarse en uno, siguiéndolo con la mirada hasta el suelo. Esa doble visión es enigmática. Además, he notado una cosa con los primeros copos: primero bendicen con una capa de agua que todo lo limpia y lo purifica, dejando toda superficie -las piedras, las hojas caídas, los troncos- brillantes y bruñidos como metales nobles, aptos para recibir la fresca ofrenda del cielo, blanca como la pureza, como las estrellas, como la leche de Hera.

La belleza de la lentitud de la caída parece tener también algo de tristeza. Días antes estaban en el pueblo quemando zarzas y rastrojos de las terrazas de los pastizales. Mientras pasaba junto a la iglesia, me caían copos de ceniza, como en La lista de Schindler. Pero no quiero pensar en eso. Es un parecido grotesco, donde lo más triste se llega a asemejar a lo más bello, como si los extremos se tocasen.

Quería pensar también en por qué es tan sumamente maravillosa la nieve en los pinos. También lo es en otros árboles, pero la manera de agarrarse a los recovecos del pino, a sus retorcidas ramas, a su cuarteada corteza, es única. Como si fuera una simiente que lo busca. No sé qué tendrá que ver la juventud con la bendición de la nieve. Tal vez su carácter efímero. La eterna juventud y la pureza efímera… El pintor de nieve de Pedro Salinas y la añoranza de esa juventud que puede vivir internamente en cada uno, aunque por fuera ya no seamos jóvenes.



Esto de las relaciones simbióticas entre pares afines también lo he notado en que el boj es amigo del musgo, el más amigo. El musgo se asienta en las piedras, en los troncos de las hayas y de los abetos, pero en ninguno con tanta frondosidad como en los estilizados y largos troncos de boj, revistiéndolos de espesas y largas barbas fantásticamente verdes. El verde del musgo no es cualquier verde. Este verde te penetra en el alma. Es, además, una creación por definición sinestésica, porque es imposible no pensar en tocarlo cada vez que se presenta a los ojos. La naturaleza nos da con el musgo una visión del tacto. Tengo que pensar detenidamente en ello, en qué simboliza el musgo.

Está parando de nevar. Voy a seguir andando.

Refugio de Cotatuero, 13:10.

Tengo la mano fría, perdón por la letra. Estaba pensando en otro sinfín de cosas sobre las que escribir, Una es la libertad, porque tengo que desarrollar la idea de la raíz de necesidad que tiene y relacionarla con el “Haz lo que quieras” del Áuryn de La historia interminable. La libertad no puede ser un impulso irreflexivo para imponerse a los demás, para autoafirmarse haciendo daño, sino que en ese trasfondo de necesidad ha de haber unos valores elevados que le harán a uno mejor y, así, a la sociedad en la que está inmerso. Lo difícil es tener la madurez para saber distinguir cuándo esos deseos que chocan con la sensibilidad o los deseos de los demás son con fines constructivos o si, por lo contrario, son destructivos.

Como decía Caballero Bonald (no recuerdo la cita, pero retengo la idea), la libertad es la plenitud del ser humano, es el fin último, lo que le hace a uno “caminar plena y dignamente por la vida”, por lo tanto, es un hito que cada uno aporta al lento aprendizaje de la humanidad. Alcanzar la libertad no es sólo, en parte, necesidad, sino también compromiso y destino.


Otra nota que quería dejar aquí era la sensación de “instante eterno” al encontrarme con la mirada directa de un rebeco a pocos metros, quieto, observándome, mientras el silencio se alarga eternamente, acompasado por el leve repique de los copos de nieve en mi capucha. La mirada de un rebeco que mira de frente, con atención, mostrando sus dos rayas verticales, negras, de su rostro, que suelen inclinar levemente, es lo más increíble y delicado. Es como la mirada de otro mundo a través de sus ojos negros. Es un momento para agavillar en las manos, porque, mientras está uno en suspenso mirando y siendo mirado, se sabe en cualquier momento se acaba: ya sea por intentar sacar el móvil para hacer la foto o porque se mueven sus compañeros de la manada, el rebeco se aleja. Como he mencionado antes, los extremos se tocan: en este caso, lo efímero con lo eterno.



Tengo que escribir sobre árboles y naturaleza como sea. Veo las hayas, con sus troncos rectos de plata y musgo, y no solamente su verticalidad, sino también su ramaje son puras obras de arte. Sus ramas son sinusoides, nunca rectas. La rama es el crecimiento, la manera en que se aprende y se evoluciona, que, en este caso, admite noblemente correcciones y rectificaciones, a la vez que se extiende mansamente, frágilmente, hacia la luz en delicados capilares labrados como damasquinados o filigranas, que en primavera darán finas y más delicadas hojas, agrupadas en plataformas horizontales como minúsculas bandejas, como una dama oferente que acoge a la vez que se ofrece a la divina luz del sol.

Voy a seguir andando.

***


Martes 21 de julio de 2020. Sobre las 13 h.

Estoy junto a un pequeño río cerca de Torla. He descubierto este lugar por casualidad. Había un desvío por el camino a la ermita de Santa Ana, en el barranco de Diazas (será también el nombre del río) y me he metido a explorar. Este lugar es un pequeño paraíso. Espero que no se haga conocido.
Tengo tiempo para estar aquí un buen rato, antes de bajar a comer al pueblo.


Qué relajante es estar aquí, a la sombra, mirando todo este escenario de vida. Los ríos deberían ser sagrados, incluso dioses, como en la antigua Grecia, como en aquel diálogo de Platón (creo que el Crátilo). A sus riberas hay tanta belleza y diversidad que parece que no hay obra natural que la supere. Sobre las grandes rocas que forman las márgenes, y parte del lecho, se yerguen pinos, abedules, álamos, robles, arces, sargas, bojes, rosales silvestres, avellanos y otras muchas plantas y arbustos que no conozco. Sobre la superficie del agua, tanto en sus remansos como en sus rápidos (todo en pequeña escala), vuelan pequeños insectos y ocasionalmente aparece alguna espléndida libélula. Bajo el agua, pegados al fondo, reposan negros renacuajos, estáticos, hasta que por el motivo que sea deciden nadar ondeando sus colas hasta un lugar más cómodo. Alguna que otra pequeña ranita me vigila medio sumergida en la orilla, asomada su cabeza del agua. Creo que es la misma que hace poco cogí fácilmente con la palma de la mano. Las ranas parecen menos asustadizas que los renacuajos.


El río purifica y vivifica a través de todos los sentidos: su cristal a los ojos, su frígido contacto curativo a la piel, que estimula carne, venas y hasta huesos; la humedad del cercano aire deleita olfato y pulmones; pero a la boca y la garganta un buen trago de su agua fresca es un auténtico deleite. Ahora me concentro en el oído, con su rumor constante, que se aprecia mejor con los ojos cerrados. Es una sinfonía. Es la suma de muchos ríos, de muchas músicas, de muchas alegres noticias de que hay agua de sobra, agua fresca y pura. Es el sonido de cientos de ninfas vertiendo a la vez ánforas bien llenas desde distintos puntos de la orilla. Suena la pequeña chorrera a mi derecha, suena el ondulado caudal, suena el vértice entre las piedras por donde discurre de nuevo rápida el agua, suena la rizada superficie sobre el lecho de pensativos renacuajos.


¡Qué sensatos deben ser, descansando sus vientres contra la segura lancha de piedra, mientras el agua corre agitada un poco más arriba! Esa corriente podría llevárselos inexorablemente, sin que sus colas de buenos nadadores pudieran salvarlos. Se asientan en el fondo, en la piedra, en las profundidades, como Pedro Salinas en sus versos. La piedra es segura, el fondo, por donde fluye blanda y suave la corriente. "La frente es más segura", decía también el poeta, contra lo tierno de los labios. Los renacuajos asientan su ternura contra lo más duro y seguro, seguros de que no pueden enfrentarse a la corriente que todo se lleva.



Pero la corriente es necesaria, porque tampoco se vivir en el agua estancada. Qué bello es lo que siempre cambia sin dejar de ser lo mismo, pues eso es un río. Nunca se baña uno dos veces en él, como decía Heráclito. El río es la imagen global de momentos y detalles que se suman y combinan. Es el proceso, el fin que no tiene fin, lo eterno, lo que cambia siempre y, sin embargo, permanece.
"Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar", decía Jorge Manrique. Todo lo que está cambiando y en movimiento puede verse como río, y un río puede verse como todo lo cambiante. Como individuos, como generaciones, como ideas, como sociedades o civilizaciones, como cualquier cosa; en todo caso la naturaleza lo refleja en su verdad eterna.

Si uno no sabe qué hacer o cómo conducirse, que contemple en solitario un río: el agua siempre encuentra su camino.

***
Martes 27 de diciembre de 2022.
Ordesa, camino de Carriata, subiendo a la Faja Racón.

Da igual las veces que venga, no me canso. Darin McNabb dice que el sentido de la vida es "admirar", maravillarse. Esto me puede valer para las conclusiones del trabajo de Teoría del Arte que no sé si voy a hacer. Puedo mencionar mi viejo poema de las pompas de jabón:

Admiración de niño ante gran pompa de jabón (noviembre de 2015)

Ser hombre es haber sido niño
y recordarlo.
Era entonces todo inmenso,
fantástico,
misterioso,
emociones puras, sorprendentes,
por ser sus almas inocentes.

No toda infancia es feliz
(algunos lo sabemos)
pero en toda infancia hay inocencia,
razón
indispensable
para el armazón
del fin humano irrenunciable:
la admiración.

La admiración es mi bandera.
¿Acaso no desborda de emoción
una pompa de jabón?
La admiración es la bandera
del estudio del artista,
y no hay más que darse cuenta
de que la inocencia
es el principio y final de la consciencia,
que cada pequeña cosa
puede verse como nunca vista.
Porque ser hombre es ser,
haber sido y
ser
niño
y recordarlo.

También puedo hablar de "mirar" (sin ad-) en el prólogo, y los distintos tipos de visión de Ordesa: de cerca, apreciando los detalles; a distancia o desde lo alto; parado y en la quietud; en movimiento pero despiertos los sentidos. Ahora, en la Faja Racón, veo caer gotas de agua por las formidables paredes. He oído las gotas antes de verlas. Me he parado a buscarlas. Casi no se ven en las grandes manchas negras de la pared. No es el único sonido: a lo lejos, muy lejos, se oye el agua del río, confundida con el viento.
También tengo que hablar de la forma, que decía Darin McNabb al hablar de la metafísica. La materia se reemplaza, pero perdura la forma, como en una orquesta cuyos músicos van cambiando con el tiempo. En estos bosques puedo ver los bosques de hace miles de años, que serían casi los mismos. Son realidades eternas.




***

¿Es esto realidad o ficción? Cuando veo un árbol maltratado con marcas humanas, con repugnantes letras que no dicen nada o putrefactos corazones con nombres o iniciales, sufro un impacto con la realidad. De modo que lo que vivo cuando contemplo la perfección de la naturaleza no es la realidad. Es real pero no es real, quizá sea ficción. ¿La evasión es ficción?
¿Y la libertad de poder evadirse es libertad? Supongo que sí. Hay que darle una vuelta al concepto de libertad del "Chus" (Jesús G. Maestro), con lo de la pastora Marcela. Yo puedo orinar donde quiera aquí y quitarme la camiseta si hace calor, en este lugar donde no hay nadie, luego soy libre, se mire como se mire.
La libertad no siempre es quitarle la libertad u ofender a otros. Sí que se mantiene cierto que es "lo que a uno le dejan hacer", porque si me dejan estar solo, puedo así hacer lo que quiera. Podrían no dejarme solo y haberme seguido familiares, amigos, enemigos o quien sea, sin encontrar paz en ningún lugar. Sin embargo, no me han dejado solo intencionadamente, creo. O sí. No sé, pero estando solo se es más libre que en sociedad, según creo ahora. 

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Sábado 31 de diciembre de 2022.
Turieto Alto.

Voy a Ordesa por el Turieto Alto porque el bajo está cortado por un desprendimiento. Seguro que se puede pasar, pero se curan en salud de la torpeza de los turistas.
Silencio total. Respiro al andar por la boca y por la nariz a la vez, siendo uno con el aire. Se oye el lejano bramido del río Arazas abajo.

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Estoy ahora sentado junto al río en este lugar al que vuelvo muchas veces, bajando desde el punto donde hay dos bancos y un cartel, con la vista hacia el Pico Otal y el Tozal del Mallo. A mi derecha se abre el gigantesco "libro" del Gallinero, sobre la Faja Racón, que recorrí hace unos días. Más atrás está la mole por cuya ladera transita la Faja Canarellos.
Hay poca luz y no salen bien las fotos. Frente al Pico Otal, por lo bajo, una neblina vela levemente (bonita aliteración) los árboles y las laderas. Se produce un sfumato pardo y verde que dibuja los diferentes planos superpuestos de conos de abetos y de terciopelo ocre de las hayas desnudas, cuyas finas ramas tan lejanas parecen pelusa, y más aún con la neblina que parece surgir de ellas.
El Otal siempre es fascinante por su formidable cresta sinuosa que conforma la ladera (no recuerdo su nombre), que en otros sitios he mencionado ya que se me asemeja a una cola de dragón. La fulgente nieve ennoblece su figura, su perfecto triángulo con sus cinceladas estrías y su redondo hombro en el que culmina la cola del dragón. Es monárquico, es altivo. Algún día debería subirlo, o tal vez sea una de esas cimas que se disfrutan más divisándolas siempre desde lejos, como ocurre con muchos castillos. Decía Juan Victorio: "Los castillos hay que mirarlos por fuera", enmarcados en su paisaje. Así creo que ocurre también con muchas montañas y, quizá, con muchas cosas en la vida que no alcanzaremos y mejor no intentar alcanzar.





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Domingo 23 de julio de 2023

Estoy sentado en unas piedras al borde del pequeño cañón excavado por el agua del río Arazas, sobre las hermosas pozas que se forman justo antes de su desembocadura en el río Ara. Dan ganas de tirarse al agua desde esta altura, que no entrañaría mucho peligro, pues la poza es bastante profunda. Seguro que muchos lo han hecho y por eso en el puente hay un cartel de prohibido bañarse.
Éste es un lugar para contemplar. Se puede estudiar cada detalle sin dejar de admirarse, sin notar pasar el tiempo, a la luz del amable sol que hay aquí, en esta garganta, refrescado por la suave brisa fresca de la humedad del agua, cubiertas las apagadas voces de la gente que pasa por el sonido del agua. Ese sonido que envuelve todo suavemente con su rumor, su moderado bramido, pues no llega a ser una cascada, sino una chorrera, proviene del estrechamiento de la garganta, donde el agua cae trotando un corto espacio. Ese constante bullir del agua, como millones de aplausos, como voces de ondinas, es tan amable como el silencio.
No sé por qué se parecen tanto el brotar del agua y el silencio. Se puede pensar igual, se puede dormir igual, tanto con uno como con otro. Son perfectos ambos.
El sol se tapa a veces por las nubes y todo cambia de color. Todo se vuelve más fresco súbitamente, recordando la inestabilidad de las cosas. Y vuelve a salir el sol al instante siguiente, y se levanta aire, refrescando la piel y meciendo las ramitas de las hierbas y arbustos anclados a esta pared, bajo mis pies.
Mi vista viaja del agua mansa y profunda debajo de mí a la vigorosa y juvenil de la chorrera del estrecho. Es una obra de arte. Los salientes de roca del canal, de esta enorme grieta, encajan unos con otros como gigantescos engranajes o piezas de un puzle. Y por ahí baja el agua, abundante, fresca y pura, limpia, alegre y, a la vez, impasible, impertérrita, ajena a los problemas humanos, inexorable en su avance. Es ella quien ha horadado en gran medida este pasillo sigmoideo, arbitrario pero lógico, con redondas oquedades a cada lado, como las cámaras de las pacientes hormigas en sus pasadizos.
Y el agua sigue laboriosa, horadando, agrandando su paso a los pies de la pequeña cascada, en su afán de cumplir con su misión de bajar, de unirse a otras aguas, de abrirse camino. La blanca espuma borbotea constante en la rizada superficie junto a la pared de roca, donde bulle como en una de esas bañeras lujosas. Luego, el agua se riza cada vez más mansa, en el fantástico color que tiene aquí el agua del río, verde azulado. Se agota el término "turquesa". Esto es algo más, que no tiene nombre. Es color río de Ordesa, color río Arazas.
Y cada una de sus pequeñas olas, curiosamente lentas, queriéndose demorar, que delatan la lograda profundidad del agua, reflejan la luz del sol en múltiples destellos. Destellos que se multiplican aun más al pasar otra estrechura y ensancharse en la gran poza que tengo debajo, donde la superficie se vuelve temblorosa, mansa pero inquieta, causando un mágico efecto inimitable por ninguna creación humana, que es la distorsión azul verdosa de las redondeadas y pulidas rocas verdes, pardas y grisáceas del fondo. Todo oscila y todo tiembla, en un estímulo irreprimible de atracción a la visión, como si quisiera hacernos llevar dentro esa temblorosa mansedumbre y ver el mundo desde ahí, desde ahí dentro, como si ésa fuera la forma finalmente correcta, la pureza arcaica, el velo de lágrimas de una desembocadura vital, de aceptación, de olvido, de compasión, de una ataraxia no de resignación, sino de humilde perfección invisible. 
Vibran y circulan por el fondo, sobre esas piedras, filigranas o retículas de líneas curvadas de luz amarillenta, la luz que proyecta la temblorosa superficie, en algo más que un fenómeno óptico, como si algo inmaterial simbolizado con la luz hubiese sido atrapado en la tierra a través del agua, como aves en una prodigiosa jaula de cristal azulado, inmensamente bella. Pero, además, a veces, cuando el sol se abre paso y todo se baña de intensa luz de mediodía, una parte de este fondo marino brilla como una joya inmensa, azul verdosa, verde azulada, que conmueve sólo con mirarla, que llena de un regocijo inexplicable que parece desembocar en un placer por estar vivo y en gratitud, en un agradecimiento de tener consciencia de la suerte que es que exista todo esto en el mundo, y poder verlo.



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Jueves 27 de julio de 2023

Estoy en el alto cerca de casa desde el que se ve Torla, bajo el enebro, adonde se llega en diez minutos, saliéndose a la derecha por el camino de Laor. He puesto una piedra para sentarme, rectangular, un estupendo ortoedro, probablemente una pieza de mampostería o sillarejo. El enebro proporciona la única sombra y se puede estar aquí sentado mirando al pueblo. Me he traído los prismáticos, con los que he visto detalles de las casas, incluso mi terraza, pero no he llegado a ver a mi gata asomada. Como hoy es jueves, hay mercadillo y se ven los tenderetes blancos en la plaza, junto con los camiones con los paneles abiertos exponiendo el género. Creo que el más grande es el del pescadero, con el que hay que estar atento con los precios. Pero no tengo nada urgente que comprar y puedo seguir aquí.
Había subido a este lugar a pensar, pero no pienso. Tampoco era hoy día de excursión porque me he levantado tarde y, además, tengo una ampolla en un talón, que escuece.
Me he puesto al sol, en otra piedra no tan buena, a pesar de la mía a la sombra. Es un sol agradable. A la sombra, con el aire, refresca un poco. Y en esta amable y sana luz solar, rodeado de verde y de flores, ha venido una mariposa y se me ha posado en una pierna, tanteando curiosa el sabor de mi piel con su larga trompa. Es color hueso, con líneas y recuadritos marrones.
Tenía que pensar, pero no pienso. Hace unos días me levanté recordando escenas de un sueño en el volvía a Iberia. Había un sobre alargado de polvos que se hacían vino y un puro pequeño en un teclado de ordenador. Se los daban a los empleados para que los consumiesen en la comida. Y había que quedarse a comer, porque nada más entrar ya había que quedarse a hacer horas. Me sobró mucha comida de un plato de una especie de carne estofada un poco seca. No tenía cómo llevármela. No sé por qué me hizo pensar tanto, con esas vivas sensaciones de estar de nuevo en el trabajo, con gente que me quiere y con un uniforme azul. El caso es que todo eso está muy lejos ya, y que esté convertido en sueño hace que sea todavía más irónico. La manera de pensar en ello no es la acostumbrada tribulación sobre si tenía que haber intentado volver, sobre la equivocación de haberme ido y sobre la pérdida de la última oportunidad de solicitar la reincorporación, que está siendo ahora, sino acusar el tremendo golpe que supone el paso del tiempo. Todo eso lo viví hace mucho. Todos esos recuerdos que inspiran sueños de nostalgia vienen de hace cinco años, pero realmente de hace quince, o incluso veinte, de cuando entré en la compañía. 
Lo que me quieren decir esos sueños no es que tenga nostalgia de Iberia, ni que quiera volver, sino que tengo nostalgia de la juventud. Que echo de menos ser joven, estar en un punto de la vida lleno de esperanza, proyectada hacia el futuro, visto por los demás como una promesa, alguien que tiene frutos que dar, como alguien que está aprendiendo y a quien hay que querer y ayudar. Echo de menos esa sensación de tener toda la vida por delante, de tanto por conocer, por experimentar, por disfrutar.
Ala Rota, pues así he llamado a la mariposa, ha estado aquí conmigo todo este rato, caminando por mis piernas y mis manos. Ha habido un momento en que ha venido otra de su especie y se han ido las dos revoloteando, en rápidos círculos por el aire hacia unos matorrales. Pero, al cabo de un rato, Ala Rota ha vuelto conmigo, renunciando a la diversión con su congénere, y a las flores blancas, amarillas y moradas. ¿Por qué, por qué quiere estar conmigo?
Y debe de ser mayor, por esa ala rota, o quizá es la señal de haber estado en grave peligro, si es que algún ave o insecto le ha mordido un ala. En todo caso, tiene que saber lo breve y lo voluble que es la vida. Y, sin embargo, en lugar de apremiarse a perseguir su fin en la vida propio de lepidóptero, de libar néctar, aparearse, poner huevos en alguna corteza de árbol o en el envés de las hojas... está aquí, perdiendo el precioso tiempo de su breve vida, palpando la piel de un ser de la especie más mortífera y depredadora que hay, el ser humano. Está haciendo algo contranatura, sofisticado, original, inútil. Está haciendo arte con su vida.
¿Seráque sabe que esta experiencia tan original, extraña y arriesgada vale más que estar chupando néctar? Como la gaviota de Juan Salvador Gaviota, que prefería perfeccionarse en la técnica del vuelo antes que comer y reproducirse como el resto de la bandada.
Me habla así de dedicar tiempo a algo que atrae, que gusta y que estimula. Eso parece ser la mejor manera de aprovechar la breve vida que tenemos. Va a ser breve de todas formas. ¿Será que una mariposa (o esta mariposa) sabe más que yo? ¿Quién eres tú, Ala Rota?
Gracias, Ala Rota. Ojalá te vuelva a ver.