lunes, 23 de octubre de 2017

Relaciones rey-vasallo en el Romancero

Resumen


El siguiente artículo estudia el motivo de la rebeldía en los romances medievales, centrándose en tres figuras: Bernardo del Carpio, Fernán González y El Cid. Se resaltará el contraste con comportamientos opuestos de los mismos personajes en sus correspondientes cantares de gesta. Asimismo se expondrán teorías de la génesis de los citados cantares y romances, así como su acogida y función en el contexto social.


  

  1. PRESENTACIÓN 


Contexto histórico y literario


Los protagonistas de las narraciones que se estudiarán a continuación tuvieron que ser, con toda probabilidad, personajes reales. Que los actos que realizaran en sus vidas fueran, en mayor o menor medida, inventados o exagerados, ya es otro tema; pero algo deben tener de ciertos, como si intentásemos reconstruir episodios de la historia troyana con la Ilíada: al menos Agamenón existió. Por eso, los textos literarios que nos han llegado como fuentes de información, deben, al menos, tenerse en cuenta para el contexto histórico; sobre todo del momento en que se redactó la obra, y no tanto sobre la biografía del personaje que se retrata. Teniendo en cuenta, además, que por lo general los cantares de gesta relatan acciones de personajes que murieron uno o más siglos antes, y que los romances, al transmitirse oralmente, sufren diversas variaciones, la información histórica no puede ser muy fidedigna. Para la literariedad de la historia a menudo se inventan personajes, como en el Cantar de Roldán, con Marsil, Oliveros, etc., y en el Cantar de Mio Cid con los Infantes de Carrión, por ejemplo.
Serán tres, pues, los personajes reales que vertebrarán el siguiente estudio: el conde Fernán González, Bernardo del Carpio y el Cid. De todos, sobre todo del Cid, quedará una fecunda tradición escrita, con múltiples refundiciones y versiones, lo que dificulta la delimitación de lo histórico a partir de lo literario. Como se puede suponer, llega un momento, sobre todo en los cantares de gesta, donde lo verídico queda reducido al mínimo[1].
Comencemos por Fernán González. A pesar de que su existencia no plantea muchas dudas, los principales textos literarios conservados aportan poco contenido fiable de valor histórico. Estos textos son: el Poema de Fernán González, que a su vez proviene de un Cantar juglaresco perdido, y los romances que tratan sobre él. El primero es un poema épico de naturaleza híbrida, pues el tema es épico, pero se incluye dentro del mester de clerecía por sus aspectos formales[2]. La fecha de composición se puede situar a mediados del siglo XIII, concretamente entre 1250 y 1252. Reinaba en Castilla (y León) Fernando III “el Santo”, y la intención del compositor del Poema se ve claramente: incentivar al rey a emular al famoso artífice de la independencia de Castilla en comprometerse con la Iglesia y, sobre todo, destinar fondos al Monasterio de San Pedro de Arlanza, tal como supuestamente hizo el célebre conde. Si el CMC enseñaba lo que era un buen vasallo, el PFG muestra la otra cara de la moneda, lo que debe ser un buen señor: nunca desfallece, siempre está dispuesto al combate, no abandona a sus hombres... Y por supuesto, piadoso y generoso con la Iglesia.

Monasterio de San Pedro de Arlanza. Fuente: Wikipedia.


El sentido propagandístico ya nos hace cuestionar la veracidad de lo que se cuenta, si es que ese aspecto nos importa, pero además hay que añadir que “cuando el Arlantino redactaba en pleno siglo XIII su [...] PFG, hacía ya dos y siglos y medio que el conde castellano había muerto”[3]. Es decir, como si hoy día se relatasen acontecimientos del siglo XVIII. Teniendo en cuenta que lo único que circulaba por entonces era el Cantar juglaresco, de manera oral, y por tanto, ya seguramente ornamentado y mitificado, al añadir la propaganda aristócrata y clerical del Arlantino, nuestro PFG probablemente sería la última fuente a la que recurriría un historiador.
Edición del PFG de
Juan Victorio (1983).
Pero del conde Fernán González tenemos además otro “canal” de información, composiciones fabricadas por el vértice opuesto de la escala social, y por tanto de grandísima importancia, pues en ellas se contrasta todo lo anterior: son los romances; también transmitidos mediante la oralidad, y conservados no en un sencillo códice manuscrito protegido de la luz y la humedad en un monasterio, sino por el más fiero de los críticos, que es el pueblo. No se enseñan ni se memorizan composiciones pobres, porque pronto caen en el olvido, sino aquellas que tienen éxito asegurado en el auditorio. Los romances de Fernán González, como se verá, aportan con viveza la estampa de un héroe rebelde, y por ende llamativo para el pueblo llano. La rebeldía es prácticamente, y obligatoriamente, su rasgo más determinante, pues tuvo que librar a su condado del indeseado vasallaje de León. Atenuar la rebeldía en este personaje es difícil y poco literario, no obstante el Arlantino lo logró con bastante éxito.
El siguiente personaje, aunque cronológicamente anterior, es Bernardo del Carpio. Si el conde Fernán González ya era un formidable héroe rebelde, audaz por plantarle cara al mismo rey, Bernardo del Carpio lo es igualmente[4], e incluso lo aventaja, según ciertas fuentes, en la humildad de su origen. En efecto, según los romances, a Fernán González lo crió un carbonero, pero Bernardo era tratado por el rey y los suyos como bastardo, ya que fue hijo de un matrimonio no concertado. Todo esto se verá más adelante.
Monumento a Roldán
(Roncesvalles).
Sin embargo, las fuentes oficiales no pueden consentir que sus afamados héroes tengan el menor trato vulgar, por eso quizá el PFG sitúa a Bernardo como sobrino del rey Alfonso II (que lo era realmente), sin el menor trato de bastardo, y como cabeza de la nobleza leal al rey. Pero, ¿quién era realmente Bernardo del Carpio, y qué papel jugó en el devenir histórico? Como explica el prólogo del Cantar de Roldán de la edición que trabajamos[5], encarna un espíritu nacionalista español, y por tanto antifrancés, ante la falsedad de dicho cantar y la ínfima posición de los españoles en que éste nos dejaba. En la retirada del ejército de Carlomagno, tras la traición de sus aliados árabes sublevados al poder del emirato de Córdoba, los franceses destruyeron las murallas de Pamplona; quizá por eso, a su paso por Roncesvalles, un contingente español (según los franceses, aliado con árabes) de wascones et nabarros, capitaneados por Bernald del Carpio[6], aniquilaron el ejército franco y sus célebres Doze Pares. Todo esto sucedió en el año 778.
En donde resalta el nacionalismo de este personaje es en su iniciativa para atacar, por su propia cuenta y riesgo, cuando el rey Alfonso iba a convertirse en tributario de Carlomagno, según una versión, o cuando directamente le había cedido el reino, según otra. En el PFG, en las estrofas 127, 128 y siguientes, al ser una obra escrita por un clérigo, se cuenta cómo Carlomagno envía un mandado solicitando soberanía sobre España, y cómo Alfonso lo rechaza orgullosamente. No obstante, se deduce que si el monarca francés solicita aquello, es porque el español previamente se lo había ofrecido. Obsérvese la sutileza.
Aquí entra Bernardo del Carpio, como caballero leal en el PFG, que cumple la voluntad del rey para capitanear sus tropas[7], y en contrapartida, como rebelde absoluto en los romances: frente al antipatriotismo del rey, que ha entregado España a los franceses[8], el héroe denigrado por su origen “bastardo” salvará el país de un humillante vasallaje, por su propia iniciativa, no tanto para limpiar su honra como para demostrar al rey que un infanzón de cuestionable alcurnia es capaz de hacer lo que un rey no puede: ganar una batalla. Así es Bernardo del Carpio en los romances, admirablemente rebelde.
Edición del CMC de Juan Victorio (2002),
con regularización métrica.
Por último, situaremos históricamente al célebre Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, de quien existen más datos. Podemos dar bastantes detalles de su compleja historia; la versión quizá más aceptada: Rodrigo, hijo de Diego Laínez, pertenecía a una nobleza baja, pero cuando Fernando I, en 1063, dividió el reino entre sus hijos (Castilla para Sancho, León para Alfonso y Galicia para García), el joven Rodrigo se convirtió en favorito de Sancho, hasta que en guerras fraticidas fue asesinado, quedando así al servicio de Alfonso. Aunque el nuevo rey leonés lo trató generosamente y le otorgó a su prima Jimena como esposa, tenía su propio favorito, García Ordóñez, y mantenía así a Rodrigo en segundo lugar, apartado de la actividad política y guerrera.
Debido a un enfrentamiento con García Ordóñez en torno a un conflicto entre los reyes moros de Sevilla y Granada, y a la iniciativa del Cid, por buena voluntad, de atacar el reino árabe de Toledo para ayudar a Alfonso (año 1081), lo cual a éste le resultó molesto, fue por primera vez Rodrigo desterrado. Así comienza su larga trayectoria de guerrero independiente, pues pasa a servir a varios reyes moros de Zaragoza, combatiendo tanto contra otros moros como contra cristianos.
Un desembarco de almorávides pone en peligro todo el territorio controlado por Alfonso, y tras una colosal derrota, no puede postergar más su reconciliación con Rodrigo (1087). Ya desligado el Cid de su compromiso con Zaragoza, por conflicto de intereses con Alfonso en torno a Valencia, acuerda ayudar a su rey a hacer frente a otra invasión almorávide. Pero un error organizativo hace creer a Alfonso que el Cid le ha desobedecido, por lo que lo destierra nuevamente (1089).
Otra vez independiente, Rodrigo, tras una victoria a una coalición del moro Alfayib y del conde de Barcelona, se convierte en definitivo señor del Levante, región que fortifica previendo los sucesivos ataques almorávides. Sin embargo, Alfonso, ante su fallido intento de conquistar Valencia, y otra oleada de almorávides, con también aspiraciones levantinas, decide reconciliarse definitivamente con el Cid.
Ante la tensión política en el seno valenciano, debido a recelos hacia los conquistadores almorávides, y el continuo asedio cidiano en sus alrededores, la ciudad de Valencia se entrega a Rodrigo (1094), quien es su dueño y señor hasta el fin de sus días (1099). En estos años culminantes casa a sus hijas Cristina y María con el infante de Navarra y con el conde Ramón Berenguer III de Barcelona, respectivamente.
Como se puede suponer, la figura del Cid gozó de una enorme fama, debido sobre todo a que sólo era un infanzón[9], no ilustre, que obtuvo logros y conquistas mayores que las del propio rey. Es por tanto explicable la abundancia de composiciones en las que aparece como protagonista. La primera de ellas, fechable aún en vida del Cid (1093-1094), es el Carmen Campidoctoris, poema laudatorio en latín. Es interesante en este texto, como se verá más adelante, su ya patente hostilidad con el rey. En esto se diferencia el siguiente testimonio en orden cronológico, la Historia Roderici (1145-1160), que ya falsea algunos datos con el objeto de no poner al vasallo por encima del rey.
Las obras más famosas son los romances y el célebre Cantar de Mio Cid, entre los que la divergencia en cuanto a acontecimientos y a la actitud del protagonista es abismal. El hilo argumental del Cantar transcurre en torno a la imploración del vasallo del perdón de su rey, y cómo obedece constantemente a éste en todo, incluso casando a sus hijas con quien el rey le pide, y cómo, siguiendo esa vida de obediencia, iguala su linaje al de los reyes. Como se puede comprobar, se suprime toda la actividad del Cid en Zaragoza, los malentendidos con el rey que son la causa de su destierro, y se inventan amplios episodios y personajes, como lo relativo a los Infantes de Carrión y la Afrenta de Corpes. La intención propagandística o doctrinal patente en el CMC no afecta para nada, ni disminuye en lo más mínimo, sin embargo, su valiosísima calidad literaria.
Muy diferentes serán los romances, que recogen fragmentos significativos de la historia cidiana, en los que se narran episodios ausentes en el CMC y se retrata al Cid como a un completo rebelde. El mejor ejemplo y el que mejor muestra este contraste es el de la Jura de Santa Gadea, uno de los núcleos de estudio de este trabajo.
En cuanto a las fechas, sabemos que la copia conservada del CMC del siglo XIV proviene a su vez de la copia de Per Abbat de 1207, pero la redacción del original tuvo que tener lugar antes de 1150, fecha de la Chronica Adefonsi Imperatoris, texto en donde se menciona la existencia del Cantar. Este rey de la crónica, Alfonso VII, era nieto del Alfonso VI de la historia cidiana, y por tanto estuvo muy interesado en moldear tal historia, ya a una prudente distancia temporal, para recrear un vasallo modélico en obediencia en la figura del famoso héroe, y así adoctrinar a los jóvenes cortesanos.
Merecen también atención las crónicas, puesto que en ellas se prosificaban los cantares, y gracias a las cuales ha sido posible reconstruir varios de aquéllos perdidos. El CMC aparece en la Primera Crónica General, por ejemplo, y así en refundiciones de ésta, como la Crónica de 1344 o Segunda Crónica General. Existe incluso una Crónica Particular del Cid, parte de la Crónica de Castilla.
Más difícil, por no decir imposible, es aproximar aunque sea remotamente la fecha de composición de los romances. Hay dos teorías tradicionales contrapuestas: la de Menéndez Pidal, que sostiene que los romances viejos provienen de los cantares de gesta y son tardíos; y la más antigua teoría “romántica”, que decía que los romances, de carácter noticiero, eran anteriores a los cantares. Estudios más recientes demuestran que ninguno de los textos conservados es más antiguo que otro, dado que siempre se trata de copias y refundiciones de algo más antiguo: ciertos cantos noticieros (que J. Victorio llama directamente romances noticieros) de los que se desligaban fragmentos que daban origen a los romances, o que inspiraban en su totalidad a clérigos como el Arlantino para confeccionar cantares completos. Lo más interesante de esta teoría es que este “arquetipo”, o antecesor, no es una obra en sí, sino que el tronco común es la forma: “[...] aquellos romances noticieros [...] no encuentran mejor conducto formal que el del propio romance (rimas, sílabas, fórmulas, etc.) [...]”. Así, mediante esta deducción demostrada por el cotejo de cantares, romances y crónicas[10], lleva inexorablemente a aceptar que, originariamente, los cantares de gesta tenían medida octasilábica, y no anisosilábica, como se solía creer y se sigue creyendo.
Otra obra de gran importancia en donde el Cid es protagonista es Mocedades de Rodrigo, cantar de gesta de una época ya tardía -siglo XIV- y que, por sus peculiaridades, Menéndez Pidal y seguidores consideraban “ruina de la épica”. En ningún momento de la Edad Media se pudo invertir en pergamino y en un artesano para confeccionar una obra pobre, por lo que las Mocedades tuvieron que garantizar cierto éxito, y ello gracias a la innovación y la adaptación al contexto histórico presente: la guerra civil entre Pedro I el Cruel y Enrique de Trastámara. El autor, partidario de Pedro, ensalza a las regiones petristas, y condena a las regiones partidarias de Enrique: Aragón, Francia y el papado. El tono “antifrancés” es predominante.
Este texto, efectivamente posterior a los que hemos visto, fechable en torno a 1370, relata acontecimientos previos a los más conocidos del CMC. El argumento, en síntesis, es el siguiente: tras el saqueo de Vivar por el conde don Gómez, Diego Laínez y su hijo, el joven Rodrigo, contraatacan y el Cid lo mata. La hija del conde, Jimena, pide justicia al rey, pero para reemplazar a su padre muerto pide casarse con Rodrigo. El joven Cid accede muy a regañadientes, y propone no casarse con ella hasta que lleve a cabo cinco lides, y éste será el hilo conductor de la narración. Así, tras derrotar a reyes moros, conspiradores de la corte y al mismo rey de Francia, Rodrigo es nombrado caballero y se casa con Jimena.
Es muy llamativo el tono popular de las Mocedades. Por primera vez se representa al Cid considerablemente altanero en un cantar de gesta, lo cual había sido imposible hasta entonces, siendo, como eran, clérigos sus autores. La razón es que tal cantar, en gran medida, se reconstruyó con “romances noticieros” originales, tema que se expondrá en el epígrafe acerca de la sociedad receptora.
Famosa estatua del Cid en Burgos. Fuente: http://www.fuenterrebollo.com/Heraldica-Piedra/Burgos/cid.html


Contexto social


El sistema político y social de la Edad Media, el feudalismo, se perfila con unos rasgos generales bien conocidos: es un sistema muy cerrado, formado por estamentos, entre los cuales hay escasísima permeabilidad; las relaciones de producción se basan en una economía natural y agrícola, en donde el intercambio comercial funciona escasamente; y quizá lo más característico es el concepto de vasallaje contractual, forma de unión y de relación entre las distintas jerarquías.
Estos lazos se imponen siempre desde las capas más altas[11], es decir, los impone la nobleza y la Iglesia, cuyo poder procede de la posesión de los excedentes de producción de los campesinos, es decir, al gozar de poder económico, y por tanto, político.
Hay que recordar, además, que en los siglos X y XI, la Iglesia, principal artífice del control ideológico, control que aseguraba su poder y perpetuidad, incrementó su presencia con el establecimiento de las órdenes de Cluny en 910 y del Císter en 1098.
Prácticamente igual que ahora, como se puede ver, la sociedad está jerarquizada y la posibilidad de ascenso o descenso, fuertemente inmovilizada. Se establece la creencia de que cada hombre debe estar satisfecho con la condición social en que ha nacido, con lo que ayuda al sistema y al bien común. Y lo que es más: se gana el ascenso al Reino de los Cielos, no menos jerarquizado. La insatisfacción o la rebeldía provocan la ira de los señores o del rey, que supone lo mismo que decir la ira de Dios. En el CMC comprobamos que quien desobedezca la orden de no dar posada al Cid en su primer destierro tiene por seguro un severísimo castigo:

“e aquel que ge la diesse – sopiesse vera palabra:
que perderié los averes – e los ojos de la cara,
e aun demás perderié – e los cuerpos e las almas.”
(vv. 26-28)
Así no cabe ninguna duda del severo vasallaje impuesto desde los estamentos más altos a los más bajos. Sin embargo, es también notable que entre los poderosos no había tanta unión, e incluso el cargo más alto, la monarquía, tan deseada, a veces era indeseable, como cuenta el Arlantino sobre Wamba:

“por que el non reinasse, - andava ascondido:
nombre se puso Vanba – por non ser conosçido.
Buscando l’ por España – lo ovieron de fallar,
fizieron le por fuerça – esse reino tomar.
Bien sabie que con yervas – lo avian de matar,
por tanto de su grado – el non quirie reinar[12].”

La nobleza es una heteróclita sociedad adinerada formada por familias que luchan unas contra otras, o en su propio seno, por mayor poder y riquezas. Por su propia naturaleza es beligerante (por ello se les llama bellatores), y arrastra en sus pugnas a todos sus vasallos (laboratores). Estos trabajadores, para no rebelarse, necesitan un control ideológico que les viene dado por la Iglesia (oratores), la cual también se alimenta del pueblo llano, de los mismos vasallos que la nobleza. De aquí se deducen dos cosas: 1) que “un entendimiento total entre bellatores y oratores era condición esencial para que la sociedad estuviese bien gobernada[13]”, y 2) que los vasallos estaban sujetos a doble lealtad; que podían encontrarse en la tesitura de tener que elegir a quién obedecer, en caso de que no estuviesen en sintonía.
Como, por supuesto, no la había, en la esfera europea ocurría lo siguiente: en 1075 el papa Gregorio VII[14] lanzaba el Dictatus Papae, que defendía la plenitutio potestatis para el Romano Pontífice: sólo él podía nombrar obispos, nadie podía juzgarle, podía deponer al emperador… Enrique IV, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, conminó al pontífice a abdicar, por lo que fue excomulgado; luego pidió perdón en Canossa (1077), y tras una larga serie de conflictos, se firma el Concordato de Worms en 1122, donde se separan definitivamente el poder civil del religioso.
Algo de todo esto tuvo que llegar a España. Por lo pronto, el poder religioso, que tampoco podía permitirse divergencias, sufrió las imposiciones centralizadoras europeas: de la extranjera orden de Cluny llegó la erradicación de vicios como el nicolaísmo (concubinato eclesiástico, nuestra llamada “barraganía”) y la simonía, compraventa de cargos eclesiásticos. Respecto a la barraganía, el Libro de Buen Amor deja un buen testimonio del descontento que supuso la centralización y unificación litúrgica de signo romanista, que acabó definitivamente con el rito mozárabe.
En el seno de la nobleza también hay constantes tiranteces, y en esto no afecta el contexto europeo, sino la mencionada naturaleza beligerante de la aristocracia. Aquí yace el sustrato sociológico de los tres personajes épicos del presente trabajo: el constante conflicto entre la nobleza hereditaria y la nobleza “por méritos”. Como se sabe, el Cid y sus tropas pretendían constantemente ganar en “ondra”, es decir, llegar con sus méritos personales a alcanzar grandes riquezas y prestigio social, y así adquirir los mismos derechos que la nobleza de sangre[15]. Mientras que la baja nobleza crecía batallando y conquistando, jugándose el pellejo, la alta prosperaba mediante matrimonios concertados. Los Infantes de Carrión son de “natura más alta” que el Cid, pero éste, tras sus conquistas, los supera económicamente. Por eso quieren casarse con sus hijas (“creçeremos en nuestra ondra”). El autor, partidario de la nueva nobleza, ridiculiza a los nobles de sangre: episodio del león (vv. 2278-2310) y batalla contra el rey Búcar (vv. 2311 y ss.).
El contraste entre los dos tipos de nobleza también se encuentra, con mayor intensidad, en los romances. En el de “Castellanos y leoneses…”, se ilustra humorísticamente cómo la autoridad real mediante el cetro es inútil contra un hombre armado y su ejército:

“vos venís en gruessa mula, – yo en ligero cavallo;
vos traéis sayo de seda, – yo traigo un arnés trançado;
vos traéis alfanje de oro, – yo traigo lança en mi mano;
vos traéis cetro de rey, – yo un venablo azerado;
vos con guantes olorosos, – yo con los de azero claro;
von con la gorra de fiesta, – yo con un casco afinado;
vos traéis ciento de mula, – yo trezientos de cavallo[16].”

Que la posesión de riquezas equivale a la adquisición de autonomía, y por tanto, a poder imponerse a otros nobles, queda probada en el episodio histórico de la independencia de Castilla. En la versión del PFG y en las crónicas, se edulcora el tema con la venta del caballo y el azor; de lo que nada dicen los romances. Puede deducirse, sin embargo, que el mismo Fernán González mató al rey leonés Ordoño III, por la curiosa cita de la PCG: “pero dizen algunos que lidio con el cuende Fernand Gonçalez et quel mato.” Como apunta J. Victorio, ese “dizen algunos” es más que elocuente[17].
No tanto para hacer contratos de compraventa, sino para formar un ejército eficaz, sirven las riquezas adquiridas. Castilla optó a la independencia al ampliar sus territorios a costa de los moros y los navarros, y ella, en sí misma, encarna esta nueva clase de nobleza por méritos. El Cid en sí mismo encarna lo castellano y lo nuevo, frente al rey Alfonso VI, símbolo de lo leonés, lo tradicional. El CMC busca convencer de que se ha llegado a la armonía entre ambos mundos. Los romances, todo lo contrario.
Los romances de Bernardo del Carpio también señalan que un hombre denigrado como bastardo por la alta nobleza es un verdadero héroe, con atributos de los que carecen el rey y los nobles: valentía, gallardía, honestidad. Y del mismo modo que el conde Fernán González, se enfrentará al rey respaldado con su ejército, que ha formado con su dinero, con “su pan”:

“–Aquí, aquí los mis doscientos, – los que comedes mi pan,
que hoy era venido el día – que honra habemos de ganar.”

El Cid también irá a encontrarse con el rey fuertemente armado, en las Mocedades de Rodrigo. Cuando es convocado con su padre a dar explicaciones al rey por la muerte del conde Gómez, nada puede impedir que se presente en la corte armado y con su ejército:

“maguer sodes mi padre, - quiérovos yo aconsejar:
treçientos cavalleros, -  todos convusco los levat,
a la entrada de Çamora, - sennor, a mí los dat[18].”

El tema de la relación rey-vasallo y la sociedad receptora

La relación rey-vasallo se ilustra de una manera o de otra en función del receptor para el que se componga la obra, y esta composición dirigida tiene que satisfacer para el emisor una determinada necesidad. Así, en el CMC se trata de adoctrinar a los jóvenes miembros de la nobleza para que sean obedientes a ultranza, como ese Cid literario y moldeado, para prosperar y llegar a emparentarse con lo más alto, como remata el Cantar: “hoy los reyes de España / sus parientes son”. En los romances, por el contrario, en su primigenia versión de “noticieros”, tenían la función de informar de sucesos importantes, más o menos objetivamente; sin embargo, como el receptor era el pueblo llano, y a la gente sometida a vasallaje forzosamente le tenía que gustar el tema de la rebeldía, los romances conservados ilustran personajes rebeldes, altaneros con el rey.
            Un rasgo característico y exclusivo de nuestra narrativa medieval es la oralidad. La sociedad receptora era, casi en su plenitud, analfabeta, y en este aspecto queda una prueba que sirve para interpretar el uso que se daba de los poemas narrativos. Se trata de que en Francia, país vecino y con el que tenemos muchísimo en común, se conservan decenas de miles de versos en multitud de manuscritos, mientras que en España, sorprendentemente, hay poquísimos. Esto se debe a que en Francia los cantares se elaboraban financiados por particulares para su uso personal en bibliotecas, mientras que en España las copias circulaban para su memorización por juglares, y solían ser copias de mala calidad, baratas, no para ninguna colección privada, sino para su uso práctico. Esta prosperidad de la vehiculación oral indica que en España preponderaba lo popular, y esto popular lleva inherente el canal oral, es su forma de difusión por antonomasia. Y como es sabido, el término “popular” engloba a todo el pueblo, populus, la totalidad de la población, así que a los nobles también les gustaba escuchar, además de o junto con la lectura.
            Así, tenemos que tanto plebeyos como nobles esperaban con muchísimo interés estos cantos que tan bien debían interpretar los juglares, y éstos sabían qué cantos o qué fragmentos debían recitar para llevarse algo al pasar la gorra. El tema de la relación con el rey de algún héroe famoso, viviera éste o no, si se sabía que era conflictiva, tendría que ser un éxito. Recordemos que el pueblo estaba sujeto a irritantes tributos por el rey y el clero, y se suele creer que los héroes rebeldes al principio liberan al pueblo de estos impuestos. En un romance sobre Fernán González[19], el conde castellano dice:

“cada día que amanece – por mí hacen oración,
no la hacían por el rey, – que no la merece, no,
él les puso muchos pechos[20] – y quitáraselos yo.”
 Si esto era cierto, ya triunfaría el romance en vida del conde; mas no puede haber quien niegue que a los personajes reales que realizaron buenas obras se les mitifica, y sus acciones se embellecen y se cantan generación tras generación, porque la gente necesita referencias, necesita creer que hubo o que hay algo mejor. Que se recuerde a un rebelde es ya una forma de rebeldía, y una forma de evasión de un mundo tristemente real. Más o menos como si hoy cantásemos el himno de Riego…
            Un buen ejemplo de relación rey-vasallo conflictiva y el papel que en ello juega el público receptor es el Carmen Campidoctoris (1093-1094). Que en él conste su hostilidad con el rey es bastante revelador: “[…] todo aquel afecto se torna en rencor / y busca ocasiones para hacerle daño[21]”. Teniendo en cuenta que el poema se escribió en vida del Cid, tuvo que estar de acuerdo con lo que se decía, y estando además en la cumbre de su gloria tras la conquista de Valencia, pudo haber sido magnánimo con su rey y perdonarlo, pero no lo hizo, o así quiso que constase en el poema. Juega aquí un papel importante el público, en el que figura el propio Cid: tenían que exigir que se dijese todo ese afán del rey por hacer daño a Rodrigo (“busca su muerte aunque sea a traición / por lo que dispone que, de ser apresado / sea degollado[22]”), porque era algo tan patente y tan ofensivo que no decirlo sería rebajarse o venderse. Al público “hay que darle lo que le gusta o, si se prefiere, no hay que darle lo que no interesa[23]”.
            Había que ganarse el público como fuere, para la intención que se buscase. Ya se ha visto que clérigos como el Arlantino o el autor del CMC utilizaban héroes famosos, convertidos, eso sí, en buenos vasallos de su rey, para adoctrinar. Al público le atraía el personaje, el héroe nacional, principalmente, y tras él, que queda en primer plano, se puede añadir el telón de fondo que interese. En el caso del CMC, según a qué público se dirigiese, tal vez sí “colaría” que el Cid fuera obediente a ultranza; en cambio, para otro tipo de receptor, como el más habitual acostumbrado a los romances, no. El poema de Mocedades de Rodrigo, al buscar como receptor a lo más popular del pueblo (valga la redundancia), fue confeccionado con los romances existentes, más o menos enlazados, y con insertados de ese “telón de fondo”, la diócesis de Palencia. Los romances populares garantizaban el éxito, por el retrato del Cid como era conocido, altanero y rebelde. Con ese ingrediente tan suculento, los voraces receptores engullirían sin notarlo el material añadido sobre la diócesis de Palencia, mera propaganda[24], igual que el Arlantino insertaba el compromiso de Fernán González con el monasterio de San Pedro de Arlanza, de lo que nada se dice en los romances.
           

Adscripción al género


La épica precisa, por su propia naturaleza, que se narren historias. Muchos libros de texto la designan directamente como el género de la “narrativa”. Dentro de estas historias, el tema de la relación rey-vasallo puede garantizar el éxito de la obra y sirve como hilo conductor, ya sea para enlazar acciones que fortalezcan la obediencia, si el personaje es sumiso, o bien para destacar la altanería, si es rebelde.
En la narración es necesaria una forma concreta que facilite la exposición de una historia, de un relato. En nuestros tiempos la forma que más ha triunfado es la prosa, en su versión de novela o cuento, según la extensión, pero como en la Edad Media la mayor parte de la literatura se transmitía por canal oral, era necesaria otra técnica.
Desde los tiempos más antiguos se narraban gestas en verso, siendo Grecia la principal referencia. Los artesanos que escribían, siempre pagados o protegidos por aquellos bellatores[25], lo hacían con mecanismos que facilitasen el recitado (ritmo, métrica) y la memorización (fórmulas fijas, epítetos, rima), ya que la gente no solía saber leer, y si alguno sabía, siempre era preferible escuchar, pues leer costaba esfuerzo[26].
En la España medieval ocurría esencialmente lo mismo. Los cantos o romances noticieros precisaban de fórmulas que facilitasen la memorización y el canto. Supuestamente el canto épico fue traído a la Península por los pueblos germánicos, según Menéndez Pidal[27], aunque cuesta creer que antes de su llegada no existiera nada parecido en la España romana. Sí que hay que admitir, por el contrario, que la épica, al narrar fundamentalmente acciones bélicas, era un género ligado inherentemente a Castilla, el pueblo más belicoso, y que los castellanos descendían directamente de los visigodos. Como se ha visto, León mantenía fueros y tradiciones aún más visigóticas, pero mantenía su nobleza de forma hereditaria y no alcanzaba las cotas heroicas de la nobleza castellana. De hecho, dos de los tres personajes más famosos, Fernán González y el Cid, son castellanos[28].
La forma establecida para los cantos noticieros era el romance. El verso corto ayuda a crear ritmo en el recitado, y la rima asonante resulta fácil y cómoda. Es, además, sólo rimado en los pares, así que, junto con la asonancia, este hecho implica que el romance es una composición poética con una rima mínima, pero suficiente. La medida en octosílabos es puramente castellana: prácticamente sale solo.
Otra ventaja del romance para la función narrativa es su apertura: al no ser una forma preestablecida y cerrada, puede ampliarse o acortarse. Las largas tiradas de versos admiten insertados o modificaciones según se necesite, o como sucede con los romances épico-históricos, se pueden extraer fragmentos de especial relieve que funcionen como células independientes. Estos fragmentos, estos romances que conservamos, casi nunca narran historias con principio y fin, sino que se abren in media res y suelen quedar inconclusos. Su autonomía y sostenibilidad responde a la actitud de los personajes de los que tratan, que es lo que importa. Los personajes que tanto motivan al pueblo quedan así inmortalizados, con esa “foto”, ese momento característico que los retrata, y que suele ser descrito con toda su viveza mediante la función dramática que aporta el uso del diálogo. Los héroes “hablan”, los romances repiten sus palabras.
En la línea sucesoria de los romances noticieros brotan las ramas de los romances, que acabamos de ver, y los cantares de gesta, que se escriben de dos maneras. La primera y principal es la completa reelaboración, sin mantener apenas nada de los romances originales, por un autor culto, entendiéndose por ‘culto’ perteneciente a una élite cultural y que trabaja para ésta (porque los autores de los romances también tenían que ser “cultos”[29]). Los clérigos, pagados o sustentados por el poder, utilizaban la misma forma que los romances, para ganar así la atención del público, y moldeaban la historia para hacerla propagandística. También podían utilizar su forma particular de clerecía, más compleja, que es el alejandrino monorrimo consonante[30] (“cuaderna vía”), en hemistiquios de heptasílabos, para destacar el ornato y la dificultad, y distanciarse así del vulgo; pero sin que se pueda negar que se trata de una obra magnífica, que debía atraer por su belleza. Algo así como la rica ornamentación del pórtico de una iglesia. El ejemplo es el PFG, escrito en cuaderna vía.
La otra forma de composición de cantares de gesta es la de Mocedades de Rodrigo. Como no trata de adoctrinar, sino de reclamar la atención sobre Palencia, no tiene la necesidad de atenuar la rebeldía del Cid, y por tanto, no precisa moldear la mayor parte de la historia romancera cidiana. Por eso, a diferencia de los cantares de gesta anteriores, no reelabora completamente sino que se puede permitir reutilizar romances tradicionales. Sin mayores problemas puede insertar invenciones sobre acciones del personaje en Palencia, que más o menos cuadran con el resto de la narración[31].
Esta teoría hasta aquí expuesta sobre el origen de los romances, defendida en estudios de las últimas décadas, entra en conflicto con las teorías anteriores. D. Guillermo Díaz-Plaja[32], por ejemplo, decía así: “Prescindiendo de la teoría, hoy en desuso, según la cual los romances eran obra del pueblo y más antiguos que los primeros cantares de gesta (hasta el punto que estos poemas procederían de los romances), hoy se cree, por el contrario, que los romances no son otra cosa que los fragmentos más gustados y más conocidos de los cantares de gesta que recitaban los juglares. De estas recitaciones, el pueblo recordaba los momentos culminantes que aplaudiría y gustaría de aprender y repetir: los primeros romances son, pues, fragmentos de la poesía épica de Castilla transmitidos independientemente por tradición oral […]”.
D. Guillermo acertó en su naturaleza fragmentaria[33], pero en su origen no pudieron ser cantares de gesta tal y como los conocemos, como el CMC. Primero, por el comportamiento del personaje, totalmente opuesto entre el Cantar y los romances; y segundo, si los fragmentos que nos han llegado como romances eran los más aplaudidos y garantizaban el éxito, ¿por qué no hay ni rastro de éstos en el CMC? Y si nos remitimos a un texto perdido, del que se reelaborase el Cantar, ¿qué ganaría el autor suprimiendo los pasajes de mayor éxito? Como se ha visto, el artesano de las Mocedades no lo hizo.



  1. ESTUDIO DE LAS RELACIONES REY-VASALLO 

A continuación se estudiarán, mediante el análisis de los romances seleccionados, las relaciones con el rey que tuvieron los tres personajes literarios que sustentan este trabajo. Tales romances han sido copiados en su mayoría del libro de Mercedes Díaz Roig El romancero viejo editado en Cátedra; sin embargo, al tratarse de las versiones en imprenta del siglo XVI, hay que tener en cuenta que en bastantes casos el lenguaje está modernizado[34].
            Los mismos romances constan en el célebre libro de D. Ramón Menéndez Pidal Flor nueva de romances viejos; sin embargo, al no constar en él aparato crítico, ni las versiones originales de donde provienen sus variantes, optamos por las más modernas ediciones de Díaz Roig y Juan Victorio, sin descartar la de M. Pidal para posibles referencias.
Los análisis se limitarán al aspecto social y las relaciones rey-vasallo, sin detenerse excesivamente en otros puntos como la lingüística o el análisis de contenido.


Bernardo del Carpio


El nacimiento de Bernardo[35]
  
En los reinos de León – el casto Alfonso reinaba;
hermosa hermana tenía, – doña Jimena se llama;
enamorárase de ella – ese conde de Saldaña,
mas no vivía engañado, – porque la infanta lo amaba.                     5
Muchas veces fueron juntos, – que nadie lo sospechaba;
de las veces que se vieron – la infanta quedó preñada.
La infanta parió a Bernardo, – y luego monja se entraba.
Mandó el rey prender al conde – y ponerle muy gran guarda.

En este poema se explica con toda claridad el origen de Bernardo del Carpio. Forma en sí mismo una unidad, donde no se necesita más información de ningún tipo. Es rotundo y escueto. En la versión de Menéndez Pidal hay añadidos a partir del v. 7 y cierta atenuación de un dato importante:

[…]
de las veces que se vieron – la infanta encinta quedaba
de ella naciera un infante – como la leche y la grana;
Bernardo le puso nombre – por la su desdicha mala;
mientras empañaba al niño – en lágrimas le bañaba:      10
“¿Para qué naciste, hijo, – de madre tan desdichada?
Para mí y para tu padre – eres amor y desgracia.”
El buen rey desque lo supo – mandó en un claustro encerrarla,
y mandó prender al conde – en Luna la torreada.


Esta versión es más lírica, donde se resalta la desgracia del amor por un matrimonio no concertado. Queda así marcado el matiz doctrinal de que en los amores “ilegales” siempre se acaba mal: el “buen” rey (v.13), que tiene que ser bueno por el hecho de ser rey, dispone que sea la madre encerrada en un monasterio y el padre en una fortaleza. La atenuación de lo injusto a lo que el rey somete a una pareja de enamorados está en ese adjetivo “buen” y en no decir expresamente que a la madre metían “a monja”, que es lo más terrible que se solía hacer a una mujer bella, joven y enamorada.
En la versión breve queda este hecho muy destacado en los últimos versos: La infanta parió a Bernardo, –  luego (a[36]) monja se entraba. / Mandó el rey prender al conde – y ponerle muy gran guarda. Queda claro que sendos amantes acaban su historia así, en esos dos versos que oponen y enumeran el destino de cada uno. Ambos son forzados: Jimena, si se hizo monja voluntariamente, cosa más que dudable, fue por la presión social y porque era la única forma de paliar su manchada reputación, su honra; y el conde tuvo que pasar lo suyo por tener amores con la hermana del rey sin permiso de éste.
También el léxico es más coloquial o popular: preñada por encinta; parió por de ella naciera.
No es de extrañar que este romance y los siguientes se imprimieran[37], al dejar translucir el matiz de protesta ante el despotismo del rey y las férreas normas sociales. Lo que se imprimía era lo que se vendía, lo que tenía éxito, lo que era del gusto popular.


Por las riberas de Arlanza…[38]

Por las riberas de Arlanza – Bernardo el Carpio cabalga,
en un caballo morcillo – enjaezado de grana;
la lanza terciada lleva – y en el arzón una adarga.
Mirábanle los de Burgos, – toda la gente admirada,
porque no se suele armar – sino a cosa señalada;            5
también le miraba el rey, – que está volando una garza.
Decía el rey a los suyos: – –Esta es una buena lanza;
o era Bernardo del Carpio, – o era Muza el de Granada.
Estando en estas razones, – Bernardo el Carpio llegaba;
sosegando va el caballo, – mas no dejara la lanza.            10
Habló como hombre esforzado, – de esta suerte al rey hablaba:
–Bastardo me llaman, rey, – siendo hijo de tu hermana;
tú y los tuyos lo dicen, – que ninguno otro no osaba;
cualquiera que tal ha dicho – ha mentido por la barba,
que ni mi padre es traidor, – ni mala mujer tu hermana,    15
que cuando yo fui nacido, – ya mi madre era casada.
Metiste a mi padre en hierros – y a mi madre en orden sacra
por dejar esos tus reinos – a aquesos reyes de Francia.
Con gascones y leoneses – y con mi gente asturiana
yo iré por su capitán – o moriré en la batalla.             20



Este romance es de una belleza y una fuerza incomparables, donde el personaje encarna un majestuoso espíritu de justicia y de patriotismo. Comienza en tiempo presente (cabalga, la lanza terciada lleva), con lo que se revive y se aproxima la acción al receptor, al tiempo del recitado, como si Bernardo viviera siglos después. Todo en él es fascinante: cabalga, no trota ni pasea; en un caballo morcillo (totalmente negro); lleva la lanza terciada, no apoyada, que es la posición más aguerrida; y además va provisto de adarga, de escudo. No puede sino producir admiración (v. 4), porque alguien así de armado no era frecuente de ver (v. 5). El mismo rey se admira, que andaba con sus distracciones (volando una garza), y ante él Bernardo no se desarma: no baja del caballo ni deja la lanza (v. 10), es decir, se presenta muy amenazante ante el rey.
El juglar recurre a una típica fórmula de captatio benevolentiae: “de esta suerte al rey hablaba” (v. 11), que causa expectación entre el público. Y aquí comienza a hablar el propio Bernardo, en estilo directo. Antepone en un hipérbaton la palabra más sonora, el insulto del que es víctima (v. 12): bastardo. El rey y los suyos pertenecen a los detractores de Bernardo, porque todos los demás lo apoyan y no se les ocurre llamarlo así: que ninguno otro no osaba. Nuestro héroe, por tanto, dispone de apoyo popular y está bien armado.
Le explica sus razones al rey con un énfasis soberbio, usando hipérbatos, repeticiones y paralelismos léxicos y sintácticos: que ni mi padre es traidor / ni mala mujer tu hermana, / que cuando yo fui nacido / ya mi madre era casada. Y le espeta los crímenes que contra él ha hecho: a su padre lo encarceló[40] y a su madre la metió a monja (v. 17), por el ignominioso motivo de ceder sus reinos a franceses. Lo más humillante para Bernardo no es sólo el motivo patriótico, que cediese la nación a extranjeros, sino que no se lo cediese a él, que es el heredero. Recordemos que ese rey era Alfonso II el Casto, que no tuvo mujer (¿qué tuvo, entonces…?), y por no dejar el reino a su sobrino, prefirió enviar embajadas a Carlomagno para ofrecérselo a éste. Por eso, sobre todo, y de paso para dejar al rey como un cobarde delante de todos, reúne a quienes lo apoyan (vascos, leoneses y asturianos, v. 19) para echar a los que vienen a usurpar el trono. Y esto lo dice con toda virilidad y audacia de la que se nutre por tan injusta situación: yo iré por su capitán / o moriré en la batalla (v. 20), es decir, que está dispuesto a todo.
Este desplante de rebeldía, tan bien inmortalizado en el poema, tuvo que pervivir durante siglos, y hasta hoy tiene fuerza todavía. Al pueblo, no a la nobleza, tenía que entusiasmarle ese héroe gallardo, denigrado injustamente, que planta cara al rey. En las versiones de la Flor nueva de Menéndez Pidal, siempre más conservadoras, encontramos añadidos sobre patriotismo y la demanda de la libertad de su padre:

[…]
Metiste a mi padre en hierros – y a mi madre en orden sacra,
y porque no herede yo – quieres dar tu reino a Francia;
morirán los españoles – antes de ver tal jornada.
Mi padre pido que sueltes, – pues me diste la palabra,
si no, en campo, como quiera, – te será bien demandada
.


Hay que mencionar, en conexión con la lírica tradicional, otros ingredientes del poema que despiertan interés y familiaridad con lo popular en el receptor medieval. Se trata del comienzo “Por las riberas de Arlanza…”. ¿Por qué tiene que ubicarse la acción en la margen de un río? ¿Y por qué el rey “vuela una garza”? Puede notarse un matiz sexual, y como filólogos hay que decirlo, en que todo lo que ocurre cerca de una fuente o río, en el decorado poético, significa la realización de amor físico[41]. Y una garza siempre es una mujer, que suele ser cazada por un halcón. Este “Bernardo” cabalga por la ribera, ricamente ataviado (de grana), y con la lanza terciada. Si nos lo tomamos en plan cómico, con ciertos gestos de un juglar desvergonzado, el poema perduraría con otra simbología muy diferente. Como unidad funcional y autónoma, con este significado grotesco, acabaría en los vv. 8-9: Decía el rey a los suyos: – –Esta es una buena lanza; /
o era Bernardo del Carpio, – o era Muza el de Granada. Se centra la atención en el arma, es como si el poema dijera: ¡menuda lanza!


Entrevista de Bernardo con el rey[42]

Con cartas y mensajeros – el rey al Carpio envió;
Bernardo, como es discreto, – de traición se receló;
las cartas echó en el suelo – y al mensajero así habló:
–Mensajero eres, amigo, – no mereces culpa, no,
mas al rey que acá te envía – dígasle tú esta razón:                         5
que no lo estimo yo a él – ni aun a cuantos con él son;
mas por ver lo que me quiere – todavía allá iré yo.
Y mandó juntar los suyos, – de esta suerte les habló:
–Cuatrocientos sois, los míos, – los que comedes mi pan:
los ciento irán al Carpio, – para el Carpio guardar,                         10
los ciento por los caminos, – que a nadie dejan pasar;
doscientos iréis conmigo – para con el rey hablar;
si mala me la dijere, – peor se la he de tornar.
Por sus jornadas contadas – a la corte fue a llegar:
–Dios os mantenga, buen rey, – y a cuantos con vos están.             15
–Mal vengades vos, Bernardo, – traidor, hijo de mal padre,
dite yo el Carpio en tenencia, – tú tómaslo en heredad.
–Mentides, el rey, mentides, – que no dices la verdad,
que si yo fuese traidor, – a vos os cabría en parte;
acordárseos debía – de aquella del Encinal,                                     20
cuando gentes extranjeras – allí os trataron tan mal,
que os mataron el caballo – y aun a vos querién[43] matar;
Bernardo, como traidor, – de entre ellos os fue a sacar.
Allí me disteis el Carpio – de juro y de heredad,
prometístesme a mi padre, – no me guardaste verdad.                     25
–Prendedlo, mis caballeros, – que igualado se me ha.
–Aquí, aquí los mis doscientos, – los que comedes mi pan,
que hoy era venido el día – que honra habemos de ganar.
El rey, de que aquesto viera, – de esta suerte fue a hablar:
–¿Qué ha sido aquesto, Bernardo, – que así enojado te has?           30
¿lo que hombre dice de burla – de veras vas a tomar?
Yo te do el Carpio, Bernardo, – de juro y de heredad.
–Aquesas burlas, el rey, – no son burlas de burlar;
llamásteme de traidor, – traidor, hijo de mal padre;
el Carpio yo no lo quiero, – bien lo podéis vos guardar,                  35
que cuando yo lo quisiere, – muy bien lo sabré ganar.


Aquí se trata de cómo responde Bernardo a una embajada del rey. Como en la mayoría de los romances, no importa tanto la historia como la estampa de los personajes, el momento en que queda plasmada una actitud admirable y encomiable. Se destaca enormemente la de Bernardo y se denigra totalmente la del rey.
En el v. 1 se destaca, mediante el hipérbaton, la abundancia de medios con que el rey quiere reclamar la presencia de Bernardo: “con cartas y mensajeros” (1a). Bernardo, que sabía que del rey no podía esperar nada bueno, adivinó la traición (2b) y tiró las cartas con desprecio (3a). Ahí ya se ve su actitud ante el rey. Pero no es nada comparado con lo que sigue: ante la inocencia que declara del mensajero, que no tiene culpa, la conjunción adversativa mas anticipa que el rey sí la tiene, y le envía el siguiente mensaje: que no lo estimo yo a él – ni a cuantos con él son (v. 6). Bernardo es tan audaz y tan gallardo que aun así quiere presentarse ante él (v. 7), por ver qué quiere, pero no irá de cualquier manera.
En los versos siguientes se hace honor a la cita latina Amat victoria curam, “la victoria ama el cuidado, la preparación”, con las estudiadas precauciones que se toma el general con sus soldados, distribuyendo cuidadosamente su ejército. Los doscientos que irán con él serán su guardia personal para protegerse del rey, precaución muy bien tomada, como se verá. Con ellos podrá defenderse: si mala me la dijere, – peor se la he de tornar (v. 13). Como se ve, las relaciones rey-vasallo no eran muy cordiales.
El saludo de Bernardo será en son de paz, mintiendo cautelosamente en paralelismo con sus palabras al mensajero: no lo estimo yo a él – ni aun a cuantos con él son (v. 6) // Dios os mantenga, buen rey, – y a cuantos con vos están (v. 15). La respuesta del rey contrasta por su ira y desprecio: le llama traidor, hijo de mal padre, y ladrón, acusándole de quedarse con el Carpio. El poeta deja siempre hablar más al héroe para que reluzca en su discurso: lo primero que hace es acusarle de mentiroso, con insistencia (v. 18), y explica sus razones. Salvó la vida al rey en una batalla y por eso le dio el Carpio en heredad, ‘para él y sus descendientes’, y además le prometió el rey liberar a su padre cautivo, cosa que tampoco hizo (no me guardaste verdad, v. 25).
La reacción del rey es muy expresiva: –Prendedlo, mis caballeros, – que igualado se me ha (v. 26). La forma de contestar del vasallo, sin temor, de cara, con la fuerza que otorga la verdad y, en casos de tanta injusticia, la rabia, elevan al personaje en dignidad y hasta en honor, por eso allí queda a la misma altura del rey, hombre ante hombre, enfrentándose sus razones. Por eso se alarma el rey ante su vasallo, que se le ha igualado.
Rápidamente Bernardo hará uso de su planificada protección, sus doscientos (27a). Es muy interesante el apelativo los que comedes mi pan (27b), porque está diciendo que es él su señor, no el rey; es él quien les proporciona protección y alimento. Tal enfrentamiento, además, proporcionará una limpieza de honra (v. 28), y para nada sería un crimen, por tanto, matar a un rey. Éste, cobarde, aparte de mentiroso, intenta disimular su agravio aludiendo a que se trataba de una broma (v. 31), y ahora promete que sí le da el Carpio (v. 32). Pero Bernardo no perdona las ofensas, ni se cree la broma, ni está dispuesto a seguir jugando con un rey tan mentiroso y deleznable. Con toda la chulería y soberbia de que es capaz, rechaza el Carpio (v. 35), que aunque bien lo guarde el rey, en cuanto quiera lo puede volver a conseguir: que cuando yo lo quisiere, – muy bien lo sabré ganar (v. 36).
            En la versión de Menéndez Pidal[44], no aparece el altanero desplante de Bernardo en la frase “no lo estimo yo a él / ni a cuantos con él son”, ni la chulería última de “cuando yo lo quisiere / muy bien lo sabré ganar”. En su lugar dice que nadie se lo podrá quitar:

El castillo está por mí, – nadie me lo puede dar;
quien[45] quitármelo quisiere, – yo se lo sabré vedar. 
Espada de Bernardo del Carpio. Fuente: http://www.peatom.info/el-pugil/18245/bernardo-del-carpio-y-espana/ 

Fernán González


Romance de Fernán González[46]

Castellanos y leoneses – tienen grandes divisiones,
el conde Fernán Gonçález – y el buen rey don Sancho Ordóñez;
sobre el partir de las tierras, – aí passan malas razones:
llámanse de hideputas, – hijos de padres traidores;
echan mano a las espadas, – derriban ricos mantones;                     5
no les pueden poner treguas – cuantos en la corte sone;
ponénselas por quinze días, – que non pueden por más, non,
que se vayan a los prados, – que dizen de Carrión.
Si mucho madruga el rey, – el conde no dormía, non.
El conde partió de Burgos – y el rey partió de León;                       10
venido se han a juntar – al vado de Carrión,
y a la passada del río – movieron una quistión:
los del rey que passarían, – y los del conde que non.
El rey, como era risueño, la su mula rebolvió;
el conde con loçanía – su cavallo arremetió:                                   15
con el agua y el arena – al buen rey él salpicó.
Allí hablara el buen rey, – su gesto muy demudado:
–«Buen conde Fernán Gonçález, – mucho sois desmesurado;
si non fuera por las treguas – que los monjes nos han dado,
la cabeça de los ombros – yo vos la oviera quitado,                        20
con la sangre que os sacara, – yo tiñera aqueste vado.»
El conde le respondiera – como aquel que era osado:
–«Esso que dezís, buen rey, – véolo mal aliñado;
vos venís en gruessa mula, – yo en ligero cavallo;
vos traéis sayo de seda, – yo traigo un arnés trançado;                    25
vos traéis alfanje de oro, – yo traigo lança en mi mano;
vos traéis cetro de rey, – yo un venablo azerado;
vos con guantes olorosos, – yo con los de azero claro;
von con la gorra de fiesta, – yo con un casco afinado;
vos traéis ciento de mula, – yo trezientos de cavallo.»                    30
Ellos en aquesto estando, – los frailes que an allegado:
–«¡Tate, tate, cavalleros! – ¡Tate, tate, hijosdalgo!
¡Cuán mal cumplisteis las treguas – que nos avíades mandado!»
Allí hablara el buen rey: – –«Yo las compliré de grado.»
Pero respondiera el conde: – –«Yo de pie puesto en el campo.»     35
Quando el buen rey vido aquesto, – non quiso pasar el vado;
buélvese para sus tierras, – malamente va enojado,
grandes vascas va haziendo, – reziamente va jurando,
que avié[47] de matar al conde – y destruir su condado,
y mandó llamar a cortes, – por los grandes ha enbiado;                   40
todos ellos son venidos, – sólo el conde a faltado.

Romance muy arcaico y de tono muy popular, con lenguaje y con imágenes cómicas. La ironía está presente en todo el poema. Tal vez coexistió con el PFG, o quizá fue el resultado de los hechos históricos turbulentos entre el reino y el condado, y consecuencia también de los cantares de gesta que se derivasen. El caso es que, para la mentalidad popular, el resumen del conflicto puede expresarse con un romance como éste. Todo el mundo tenía claro que “entre castellanos y leoneses hay grandes divisiones”, y que a lo que diga uno, el otro va a decir lo contrario.
El tema que subyace es el conflicto entre la nobleza hereditaria y la nobleza por méritos[48], y se oponen y contrastan los símbolos de cada una, como se verá.
Comienza el poema con esa alusión clara al problema político: castellanos y leoneses…, y los personajes que van a simbolizar sendas regiones. Llama la atención el epíteto buen del rey (v. 2b), probablemente irónico, con un matiz de ‘inofensivo’, ‘pacífico’. El motivo del enfrentamiento es el que suele ser siempre, sobre el partir de las tierras, y por eso se lanzan terribles insultos (hideputas, hijos de padres traidores), e incluso echan mano a las espadas. Es muy gracioso ver cómo gente de tan elevada nobleza se rebaja al típico litigio entre simples labradores, “por el partir de las tierras”, y que se insultan igual que ellos.
La mayor tregua que les pueden poner es de tan sólo quince días (v. 7a). En el ínterin, conciertan verse en el punto intermedio entre sus territorios, el vado del río Carrión. Se resalta la oposición entre ambos, uno parte de Burgos, el otro de León; y que uno quiere ser más que el otro siempre: Si mucho madruga el rey, – el conde no dormía, non.
En el vado tiene lugar el momento más tenso, que es el de “cruzar el Rubicón”: el rey quiere cruzar el río, la frontera, pero no lo va a permitir el conde (vv. 12-13).
En las aguas, el rey, “que es risueño”, provoca al conde, moviendo su mula; pero el conde va provisto de mejor cabalgadura, un caballo, con el que salpica de barro al rey; ofensa que significaría una muerte segura para cualquier vasallo. Así se lo hace saber el rey, que le amenaza con cortarle la cabeza (v. 20). Sin embargo, en el diálogo se explaya el conde con las múltiples razones por las que su amenaza no tiene fundamento, y es que él va mucho mejor armado, y va contrastando (vos…/yo…) todas sus ventajas con las carencias beligerantes del rey (vv. 23-30): guantes olorosos / guantes de acero; gorra / casco; etc. Es conveniente recordar que el caballo es el mayor símbolo guerrero, frente a la mula, que no es apta para el combate[49].
Los frailes detienen la trifulca que estaba a punto de comenzar (vv. 31-33), donde el rey estaba en clara desventaja, y prefiere respetar la tregua. Pero el conde ya no está dispuesto a respetarla (v. 35). Así, el rey no tiene otra que volverse a sus tierras, enojado y deseando matar a su enemigo (vv. 36-39), pero realmente no va a poder, porque aunque convoque a todos sus vasallos de la nobleza (los grandes, v. 40b), le faltará el más poderoso, que es precisamente el conde rebelde (v. 41b).
Nótese el enorme contraste que dibuja el poema con toda viveza y humor entre el rey y el vasallo, entre lo leonés y lo castellano: lo leonés, lo tradicional, representa una nobleza acomodaticia, rica, de oro y seda, que se siente con autoridad suficiente para con sus vasallos; por otro lado, el castellano es austero, belicoso, armado hasta los dientes, dispuesto al combate, y con igual o mayor altanería que el propio rey. El héroe castellano se siente orgulloso de haberse posicionado gracias a sus hazañas, es más práctico; mientras que la nobleza leonesa se siente superior sólo por su nacimiento.
Por esto siempre van a tener éxito romances que representen esta relación entre rey y vasallo, donde se destaca al vasallo por sus cualidades: es lo capaz frente a lo incapaz, es lo honrado frente a lo despótico. Cualquiera que trabaje, cualquiera que esté obligado a luchar por la supervivencia, siempre va a sentirse identificado con uno de estos vasallos. Y eso implica a la inmensa mayoría, de ahí el éxito editorial de los romances.

Buen conde Fernán González...[50]

–Buen conde Fernán González, – el rey envía por vos,
que vayades a las cortes – que se hacen en León,
que si vos allá vais, conde, – daros han buen galardón:
daros han a Palenzuela –  y a Palencia la mayor,
daros han las nueve villas, – con ellas a Carrión,                             5
daros han a Torquemada, – la torre de Mormojón;
buen conde, si allá no ides – daros hían por traidor.
Allí respondiera el conde – y dijera esta razón:
–Mensajero eres, amigo, – no mereces culpa, no;
yo no tengo miedo al rey, – ni a cuantos con él son;                        10
villas y castillos tengo, – todos a mi mandar son:
de ellos me dejó mi padre, – de ellos me ganara yo;
las que me dejó el mi padre – poblélas de ricos hombres,
las que me ganara yo – poblélas de labradores;
quien no tenía más que un buey – dábale otro, que eran dos,          15
al que casaba su hija – doile yo muy rico don;
cada día que amanece – por mí hacen oración,
no la hacían por el rey, – que no la merece, no,
él les puso muchos pechos – y quitáraselos yo.

En la edición de Díaz Roig viene este romance a continuación del anterior, enlazado con los versos: Mensajero se le hace – a que cumpla su mandado; / el mensajero que fue – de esta suerte le [ha] hablado.
Forzosamente tiene que ser una reelaboración del romance de Entrevista de Bernardo del Carpio con el rey, o quizá existía el tópico del mensajero enviado por el rey para llevarse la negativa o amenaza del vasallo rebelde. En este caso, se niega a ir, pero en el de Bernardo, éste iba aunque sabía que se trataba de una traición, con las medidas pertinentes (armas y soldados). Como se puede ver, la misma situación se puede aplicar tanto a un héroe como a otro.
La mayor prueba de la tradición común son los versos de respuesta del héroe al mensajero, exactamente iguales:

–Mensajero eres, amigo, – no mereces culpa, no;yo no tengo miedo al rey, – ni a cuantos con él son;

(Versos 9 y 10 en Buen conde Fernán González; versos 4 y 6 en el de Entrevista de Bernardo con el rey.)

            El desplante altanero del vasallo es lo que importa. Al mensajero, que le agasaja con regalos si accede a ir a las cortes y si no va, quedará como traidor le encomendará una respuesta con gran soberbia en este caso, con lo que prueba que no le importa que el rey considere traición su negativa. Los motivos que le dan tanta seguridad se los expone al mensajero: tiene a su mando villas y castillos (v. 11); ha incrementado la herencia que le dejó su padre (vv. 12-16), y todos esos súbditos le apoyan, por él hacen oración (v. 16), siendo destacable que la hagan por él y no por el rey, que no la merece (v. 18). El motivo es que el conde, como buen señor de sus vasallos, les quitó los muchos pechos, impuestos, que les había puesto el rey (v. 19).
            Cita en nota al pie Díaz Roig “Nótese el juego de palabras en los versos 4-7: “daros… (regalos), daros (por traidor)”, detalle en que destaca la maestría de quien lo compuso.


Crianza de Fernán González[51]

En Castilla no había rey, – ni menos emperador,
sino un infante niño, – [niño] y de poco valor;
andábanlo por hurtar – caballeros de Aragón.
Hurtado le ha un carbonero – de los que hacen carbón.
No le muestra a cortar leña, – ni menos hacer carbón,                     5
muéstrale a jugar las cañas – y muéstrale justador,
también a jugar los dados – y las tablas muy mejor.
–Vámonos, dice, mi ayo, – a mis tierras de Aragón;
a mí me alzarán por rey – y a vos por gobernador.
Este romance, que no tiene ninguna fidelidad histórica en cuanto a lo relativo a Aragón y el conde, responde a algún motivo tradicional en relación con el carbonero. En el PFG también está presente:

Enante que entremos – delante en la razon,
decir vos he del conde – qual fue su criazon:
furto le un pobreciello – que labrava carbon;
tovo lo en la montaña – una muy grand sazon


El carbonero es lo más bajo de la escala social, el vértice opuesto de la nobleza y la caballería. Que el héroe de la independencia de Castilla haya crecido criado por un carbonero lo convierte en popular, lo aproxima al pueblo. Su ascenso será así más grande, cuando llegue a su cima, que si hubiera sido criado en la corte.
            Es un recurso muy literario. El niño de sangre real que quieren hurtar ciertos miembros de la nobleza, pero que afortunadamente cae en manos de una persona pobre y sencilla que lo cría, hasta que pueda valerse por sí mismo, está en múltiples leyendas. Es un cuento que inmediatamente despierta interés; sobre todo, si el receptor es un niño, pero en este caso, hay además un ingrediente de interés social, su origen humilde.
            Sin embargo, su ayo, conocedor de su valía, lo prepara para rey (aunque el conde Fernán González nunca lo fue): le enseña a jugar las cañas y a ser justador (v.6); también a los dados y a las tablas (v. 7), es decir, las aptitudes nobles por antonomasia. Muy cotizada era la habilidad de jugar a las tablas, al ajedrez, como se prueba también en el romance del ciclo de los Siete infantes de Lara que empieza Pártese el moro Alicante…, cuando Gonzalo Gustios toma la cabeza de su segundo hijo, y dice así:
–¡Dios os perdone, el mi hijo – hijo que mucho preciaba;
jugador de tablas erais – el mejor de toda España;
mesurado caballero, – muy bien hablabais en plaza!

            Los dos últimos versos de la Crianza de Fernán González, aparte de demostrar esperanza y energía en el niño-rey, parecen recordar lejanamente a la motivación del Quijote hacia Sancho, a quien promete ser también gobernador de una “ínsula”.
            Sea cual sea la intención subliminal del poema, en gran parte debe su éxito a lo bien ensamblado que está, con el hábil uso de paralelismos y repeticiones: ni menos emperador (v. 1b) / ni menos hacer carbón (v. 5b); muéstrale… / muéstrale… (v. 6); a jugar…/ a jugar… (vv. 6a, 7a). También utiliza el poliptoton: hurtar / hurtado (vv. 3a, 4a); hacen / hacer (vv. 4b, 5b).
            Hay que destacar, por último, que cuando un vasallo se iguala a un rey, como hemos visto que hacían Bernardo y Fernán González, es también porque su origen es ilustre y su ascendencia no tiene nada que envidiar a la de los reyes. Bernardo del Carpio era hijo de la hermana de Alfonso; Fernán González provenía de uno de los dos famosos alcaldes de Castilla, Nuño Rasura[54]. Del otro alcalde, Laín Calvo, descenderá el linaje del Cid, héroe que viene a continuación.


El Cid


Romance del Cid Ruy Díaz[55]

Cabalga Diego Laínez – al buen rey besar la mano,
consigo se los llevaba – los trescientos hijosdalgo,
entre ellos iba Rodrigo, – el soberbio castellano.
Todos cabalgan a mula, – sólo Rodrigo a caballo.
Todos visten oro y seda, – Rodrigo va bien armado,                       5
todos espadas ceñidas, – Rodrigo estoque dorado,
todos con sendas varicas, – Rodrigo lanza en la mano,
todos guantes olorosos, – Rodrigo guante mallado,
todos sombreros muy ricos, – Rodrigo casco afilado,
y encima del casco lleva – un bonete colorado.                               10
Andando por su camino, – unos con otros hablando,
allegados son a Burgos, – con el rey se han encontrado.
Los que vienen con el rey – entre sí van razonando;
unos lo dicen de quedo, – otros lo van preguntando:
–Aquí viene, entre esta gente, – quien mató al conde Lozano[56].      15
Como lo oyera Rodrigo – en hito los ha mirado,
con alta y soberbia voz – de esta manera ha hablado:
–Si hay alguno entre vosotros – su pariente o adeudado
que se pese de su muerte – salga luego a demandarlo,
yo se lo defenderé, – quiera pie, quiera caballo.                              20
Todos responden a una: – – Demándelo su pecado.
Todos se apearon juntos – para al rey besar la mano.
Rodrigo se quedó solo, – encima de su caballo;
entonces habló su padre, – bien oiréis lo que ha hablado:
–Apeaos vos, mi hijo, – besaréis al rey la mano                              25
porque él es vuestro señor, – vos, hijo, sois su vasallo.
Desque Rodrigo esto oyó – sintióse más agraviado,
las palabras que responde – son de hombre muy enojado:
–Si otro me lo dijera – ya me lo hubiera pagado,
mas por mandarlo vos, padre, – yo lo haré de buen grado.              30
Ya se apeaba Rodrigo – para al rey besar la mano;
al hincar de la rodilla – el estoque se ha arrancado;
espantóse de esto el rey – y dijo como turbado:
–Quítate Rodrigo allá, – quítateme allá, diablo,
que tienes el gesto de hombre – y los hechos de león bravo.           35
Como Rodrigo esto oyó – aprisa pide el caballo;
con una voz alterada – contra el rey ha hablado:
–Por besar mano de rey – no me tengo por honrado,
porque la besó mi padre – me tengo por afrentado.
En diciendo estas palabras – salido se ha del palacio,                     40
consigo se los tornaba – los trescientos hijosdalgo.
Si bien vinieron vestidos, – volvieron mejor armados,
y si vinieron en mulas, – todos vuelven en caballos.

De nuevo comienza un poema con una cabalgada, y en tiempo presente, igual que el de Bernardo: Por las riberas de Arlanza / Bernardo el Carpio cabalga. Aquí Cabalga[57] Diego Laínez / al buen rey besar la mano. La diferencia estriba en que don Diego va a humillarse, a demostrar su obediencia como vasallo con el acto más representativo, besar la mano. Lleva consigo los trescientos hombres (v. 2b) que quiso su hijo que llevase, y a éste, un joven Cid (arrogante y justiciero, como se verá) muy bien armado. Ya de joven el Cid destacaba por su admirable soberbia: el soberbio castellano (v. 3b).
El Cid destaca enormemente entre toda la comitiva por ir dispuesto al combate, con todo el equipamiento preciso: todos van a mula (animal lento, para la paz) menos él que va a caballo (indispensable para la superioridad en la batalla), todos van vestidos como para ir a la corte, con guantes olorosos y sombreros, menos el Cid que lleva cota de malla y yelmo. La lanza también es muy guerrera, superior a varicas o alfanjes, como se vio en Castellanos y leoneses. Como colmo de la chulería lleva, además, en el casco un bonete colorado.
Se relata con expresividad dramática, muy visual, la llegada a la corte y el impacto que causa entre los burgaleses, que reconocen al Cid: unos lo dicen de quedo, – otros lo van preguntando: / –Aquí viene, entre esta gente, – quien mató al conde Lozano. Efectivamente, tenía que haber sembrado admiración que un adolescente de doce años matara a todo un conde, don Gómez[58], a quien en este y en otros romances se le llama con el sobrenombre “Lozano”[59].
Puede contemplarse de nuevo la altivez del Cid en los versos siguientes: los mira de hito en hito (v. 16b) y les habla con alta y soberbia voz (v. 17a), retando a duelo a quienes demanden la muerte del conde (vv. 18-20).
A continuación todos se bajan de sus monturas, para besar la mano al rey, menos el Cid, que sigue en su caballo (vv. 21-23). Su padre le pide que se baje y le pide que bese la mano al rey, porque: él es vuestro señor, – vos, hijo, sois su vasallo (v. 25), cosa que Rodrigo, orgulloso, obedece con reticencia (vv. 29-30).
            Que el Cid accediese a humillarse al rey iba en contra de su naturaleza, y un hecho fortuito lo pone en su sitio: al postrarse su espada se desenvaina (v. 32). Que un vasallo sacase el acero delante del rey era una cosa muy seria. Por eso el rey se asusta y responde en un estallido de cólera, llamándolo “diablo” y “león bravo”, instándolo a apartarse. Aquí viene una de las mayores citas del Cid romancero, con su mayor estampa de soberbio y altanero: –Por besar mano de rey – no me tengo por honrado, / porque la besó mi padre – me tengo por afrentado. Exactamente la misma frase que en el romance de la Jura de Santa Gadea, aunque en el de Cabalga… tuvo que referirse al rey Fernando, y en el de la Jura, a Alfonso.
El mismo episodio consta en las Mocedades (vv. 424-429), con ligeras variantes:


Rodrigo fincó los ynojos – por le bessar la mano,
la espada traýa luenga, – el rrey fue mal espantado.
A grandes bozes dixo: – «Tiratme allá esse peccado».
Dixo entonçe don Rrodrigo: – «Querría más un clavo
que vos seades mi sennor – nyn yo vuestro vassallo:
porque vos la bessó mi padre – soy yo mal amanzellado».


            En el verso 39, con ese “me tengo por afrentado”, podría terminar el romance, por acabar en la mejor y más admirable altanería del héroe. Sin embargo, hay un añadido interesante, y es que al retirarse con sus trescientos hombres, éstos Si bien vinieron vestidos, – volvieron mejor armados, / y si vinieron en mulas, – todos vuelven en caballos. Esto significa que adoptaron todos la pose del Cid, que si vinieron prestos a humillarse, salieron rebeldes; y si iban en son de paz, salieron aguerridos. Es decir, que “se crecieron” con el ejemplo de la gallardía de su joven señor.


Romance del juramento que tomó el Cid al rey don Alonso[60]

En Santa Águeda de Burgos, – do juran los hijosdalgo,
le toman la jura a Alfonso – por la muerte de su hermano;
tomábasela el buen Cid, – ese buen Cid castellano,
sobre un cerrojo de hierro – y una ballesta de palo
y con unos evangelios – y un crucifijo en la mano.                          5
Las palabras son tan fuertes – que al buen rey ponen espanto.
–Villanos te maten, rey, – villanos, que no hidalgos,
de las Asturias de Oviedo, – que no sean castellanos;
mátente con aguijadas, – no con lanzas ni con dardos;
con cuchillos cachicuernos, – no con puñales dorados;                   10
abarcas traigan calzadas, – que no zapatos con lazo;
capas traigan aguaderas, – no de contray ni frisado;
con camisones de estopa, – no de holanda ni labrados;
caveros vengan en burras, – que no en mulas ni en caballos;
frenos traigan de cordel, – que no cueros fogueados.                       15
Mátente por las aradas, – que no en villas ni en poblado,
sáquente el corazón – por el siniestro costado,
si no dizes la verdad – de lo que te es preguntado,
si fuiste, o consentiste – en la muerte de tu hermano.
Las juras eran tan fuertes – que el rey no las ha otorgado.               20
Allí habló un caballero – que del rey es más privado:
–Hazed la jura, buen rey, – no tengáis de eso cuidado,
que nunca fue rey traidor, – ni papa descomulgado.
Jurado había el buen rey – que en tal nunca se ha hallado;
pero así hablara el rey – malamente y enojado:                               25
–Muy mal me conjuras, Cid, – Cid, muy mal me has conjurado,
mas hoy me tomas la jura, – cras[61] me besarás la mano.
–Por besar mano de rey – no me tengo por honrado,
porque la besó mi padre – me tengo por afrentado.
–Vete de mis tierras, Cid, – mal caballero probado,                        30
y no vengas más a ellas – dende este día en un año.
–Que me place– dijo el Cid – que me place de buen grado[62],por ser la primera cosa – que mandas en tu reinado.
Tú me destierras por uno, – yo me destierro por cuatro.
[…]


Este es el más famoso romance del Cid, donde más rotundamente se muestra rebelde. Tras el asesinato del rey Sancho en Zamora por el desertor Vellido Dolfos, el Cid somete a esta jura al recién proclamado rey Alfonso, quien accede al trono gracias a la muerte de su hermano. Era, por tanto, el principal sospechoso de la urdimbre. Si con los antecedentes “monarcófobos” que ya tenía el Cid con Fernando I, se añade ahora la muerte de su señor castellano por su indeseable hermano leonés (presuntamente), se comprende el tono con el que le habla: “las palabras son tan fuertes, que al buen rey ponen espanto” (v. 6). Le va a soltar tamaña sarta de amenazas, de humillaciones para su condición de rey, que más le vale decir la verdad (vv. 7-19). Todos estos citados versos son forzosamente añadidos de los juglares, porque la extensión es desmesurada y basta simplemente con decir “Villanos te maten, rey, que no fidalgos”.
A continuación, sigue la forma dialogada con la aparición de un tercero, un consejero del rey, que también teme al Cid e induce al monarca a jurar (vv. 22-23), aludiendo que no va a perder nada por hacerlo. Pero don Alfonso no se doblega, porque también es orgulloso, y se muestra soberbio al Cid recordándole que es su vasallo, y que por ello en el futuro le mostrará obediencia (cras me besarás la mano), v. 27b.
A eso de “besar mano de rey” ya tiene el Cid una respuesta, casi un lema suyo, que son los mismos versos que se vieron en Cabalga Diego Laínez. Ese símbolo de besar la mano, ese acto de vasallaje, le causa deshonra; la cual ya acarrea porque su padre sí que se humillaba.
Con tal contestación, como es lógico, el rey va a amonestarlo con un castigo que él creía severo, el destierro por un año (vv. 30-31). La forma dialogada sigue haciendo el relato muy dinámico.
La respuesta final del Cid va más allá de lo que el rey y cualquier vasallo pueda imaginarse. Es la mayor altanería y chulería a la que se puede llegar, y a la que se ha llegado en la literatura española. El Cid queda definitivamente por encima del rey: “Que me place, que me place de buen grado” (le da igual, y le viene hasta bien), “por ser la primera cosa que mandas en tu reinado” (al recién ascendido rey le ha tocado dar la ingrata orden de echar a su mejor caballero) y para ser más y demostrar más orgullo, añade: “tú me destierras por uno, yo me destierro por cuatro”. Prefiere estar no uno, sino cuatro años lejos del rey, y sin tener que servirlo en ese tiempo.
Como consta en los hechos históricos, al Cid le fue muy bien sirviendo a reyes moros en Zaragoza, y fue abriéndose camino a la conquista de Valencia.


En las almenas de Toro…[63]

En las almenas de Toro, – allí estaba una doncella,
vestida de paños negros, – reluciente como estrella;
pasara el rey don Alonso, – namorado se había de ella,
dice: –Si es hija de rey – que se casaría con ella,
y si es hija de duque – serviría por manceba.                                   5
Allí hablara el buen Cid, – estas palabras dijera:
–Vuestra hermana es, señor, – vuestra hermana es aquella.
–Si mi hermana es, dijo el rey, – ¡fuego malo encienda en ella!
Llámenme mis ballesteros, – tírenle sendas saetas,
y aquel que la errare – que le corten la cabeza.                                10
Allí hablara el buen Cid, – de esta suerte respondiera:
–Mas aquel que la tirare, – pase por la misma pena.
–Idos de mis tiendas, Cid, – no quiero que estéis en ellas.
–Pláceme, –respondió el Cid–, – que son viejas, y no nuevas;
irme he yo para las mías – que son de brocado y seda,                    15
que no las gané holgando, – ni bebiendo en la taberna,
ganélas en las batallas – con mi lanza y mi bandera.

Este romance, como el de Crianza de Fernán González, no tiene tanto sentido histórico como literario. No importa qué sucedió en Toro, ni si Alfonso tenía amores con una hermana suya, ni si esa hermana era Elvira (como pensaba Lope de Vega), o se trataba de Urraca (que ya andaba presa de amores con el Cid[64]). Lo que sí hay que señalar es un rey, un señor, omnipotente, se ha encadenado a un amor imposible por lo incestuoso, al ser su propia hermana.
           Esta enorme consanguinidad, aparte de ser inmoral e insalubre para el amor, acarrea problemas sociales: primero, la deshonra que significaría; y segundo, que al no ser “hija de rey” ni “de duque”, sino su hermana, no le sirve para nada económicamente. No hay quien le dé la dote, por ejemplo.
            Por eso, ante la anagnórisis, el rey proyecta en ella su furia y manda matarla, único remedio para paliar el mal de amor, borrarla del mundo.
           Tampoco haría falta que fuera el Cid quien estuviese con el rey aconsejándolo. De hecho, como prueban los romances anteriores, sería difícil que se los viera juntos. Pero aquí el “envoltorio en papel histórico” del poema entusiasma al receptor, lo hace más interesante.
            A partir del verso 10 se retoma la tradición romancesca cidiana. El Cid se opone a que la maten, o mejor dicho, ordena que maten al ballestero que la acierte (v. 12). Y aquí viene un probable doble sentido: ¿no será también una competencia en amores entre rey y vasallo? El símbolo del “ballestero” y las “saetas” ya están estudiados con este sentido en famosos romances como el del Prisionero. En el caso de que el Cid pretenda en amores a la hermana del rey, es natural que un hermano se muestre reticente en “cederla” en amores a otro hombre, y mucho menos si no es alguien grato. Por lo menos así dictaba la costumbre “machista” tradicional española.
            En la respuesta del rey entra de nuevo la tradición de los romances del Cid. La situación es la misma que en el de la Jura de Santa Gadea (vv. 13-14): el rey lo echa, lo destierra (v. 13) y el Cid acepta complacido (v. 14), porque prefiere estar a su aire que bajo el mando del rey. De nuevo la “chulería”. Pero aquí hay un ingrediente nuevo de mucho significado social, que ilustra vivamente el tema del conflicto entre la nobleza hereditaria y la nobleza por méritos.
El romance de la Jura terminaba con la altanería “yo me destierro por cuatro”, y éste termina, mediante la misma fórmula de “Pláceme…”, con el regreso a sus tiendas, que deja claro que son mejores. Y son mejores porque son “nuevas, no viejas” (v. 14), son de “brocado y seda” (v. 15), y sobre todo, y aquí aparece el ensalzamiento de esta nueva nobleza (=lo castellano) que ha ascendido gracias a sus méritos, “que no las gané holgando / ni bebiendo en la taberna, / ganélas en las batallas / con mi lanza y mi bandera.” El contraste suscita que el rey sí se ha ganado sus tiendas “holgando”, y queda claro lo que no hace el rey es ganar como él las cosas. El Cid ha llegado a ser quien es “con su lanza y su bandera”, con sus propios medios, y trabajando para sí mismo.



  1. CONCLUSIONES

Como se ha venido diciendo, citando a López Estrada, en el CMC y en todos los poemas vistos, “[…] hay una tensión de conflicto social que se manifiesta por la preferencia del poeta hacia los que deben su lugar en las filas de la nobleza más a su condición personal que a la herencia de sus títulos”. Es el tema fundamental de todo este trabajo. La prevalencia, o más bien, la preferencia del público literario por la nobleza por méritos frente a la hereditaria, es una constante en los romances e incluso en el CMC.  Este contraste y consiguiente conflicto implica la presencia de la rebeldía, y en esto, en el motivo de la rebeldía, la obra literaria alcanza todos los niveles sociales y temporales. Que se represente una contestación altiva de un infanzón frente a su rey puede extrapolarse a una posible contestación de cualquier asalariado, por ejemplo, a su superior; en términos más generales y conocidos: en estos poemas se incita ya a la rebeldía frente al poder, o por lo menos, a encararlo con dignidad.
Sin embargo, si nos llegasen, hoy en día, vientos de revolución, lo primero que haríamos muchos sería no fiarnos, y analizar cuidadosamente de dónde vienen las agitaciones y quién se beneficia con ellas. En efecto, lo que ha sucedido casi siempre es que, cuando medios de comunicación o creaciones artísticas condenan una persona o un sector social poderoso, es porque alguien sale muy bien parado de la caída de su enemigo, y el ascenso o la caída de alguien siempre está en manos del pueblo. Moldear la mentalidad del pueblo con las necesarias artimañas para conseguir tales propósitos es condición esencial. Un ejemplo actual es cualquier ascenso y caída de un empresario, o el auge de los nacionalismos en España, dirigidos e incitados por el poder.
Hay, en cambio, y retomando la literatura, casos en los que la rebeldía no es dirigida. El que hemos analizado con los romances[65] es uno de ellos. Si el conflicto entre ambos tipos de nobleza era un rasgo del CMC, compartido con muchos romances, lo que no comparten con nada los romances es la completa insumisión al rey: “por besar mano de rey no me tengo por honrado”. Ese tipo de ideas no podían beneficiar a nadie del poder en tal época (la burguesía era demasiado incipiente para atacar así a la nobleza). Por tanto, es forzoso que estas ideas provengan de la pronunciación de lo más amplio y básico del pueblo, lo más popular.
Esa cita tan emblemática de los romances, “por besar mano de rey…” tiene también una importante realimentación en el público popular, y es la siguiente: la inmensa mayoría del pueblo llano jamás ha visto, ni de lejos, al rey. Eso ya implica, por una parte, que ‘rey’ tenga un valor simbólico, el de ‘superior en jerarquía social’, y sea, por tanto, una especie de enseñanza popular para no ser sumiso, igual que otros poemas, como el CMC, enseñan a no ser rebelde.
Por otro lado, hay otra interpretación más. En otro romance ya visto se decía: “En Castilla no había rey, ni menos emperador”. Parece que esa frase encierra cierto sentido específico, parece que “se estaba bien así”, como si no se desease una entidad superior, el rey, “ni mucho menos” algo superior a éste, un emperador. Por supuesto, lo que es mayormente indeseable es que se imponga un rey de fuera, como sería un Alfonso leonés cualquiera. Castilla, además, tenía una naturaleza única porque es lo nuevo (como las tiendas del Cid, En las almenas de Toro, frente a las viejas de su rey), y además, tiene una naturaleza de “conglomerado de pueblos” que se unen para lanzarse a la conquista[66] y a creçer en ondra:
«Además, don Rodrigo había tenido combatiendo junto a sí a caballeros de diversas partes de España: el asturiano Muño Gustioz, Galindo García, de Aragón; Martín Muñoz, de la villa portuguesa de Montemayor. Cuando comenzó el asedio de Valencia, el Cid mandó echar pregones por Aragón y Navarra con el fin de que se le juntasen gentes para cercar la ciudad (v. 1187).»
Por ello, la protogenaria Castilla no tenía aún una etiqueta con una monarquía hereditaria, una nobleza vieja, y una tradición larga. Por eso “no tenía rey, ni menos emperador”. Así, el “cabecilla” (alcalde, conde, o simplemente, “Cid”, ‘señor’) tiene que ser alguien que conduzca al pueblo a la conquista, audaz, buen general o “buen señor”, como Fernán González. Importan más sus aptitudes que su sangre[67].
Sigue López Estrada: “El historiador C. Sánchez Albornoz señaló que esto [nobleza por esfuerzo frente a nobleza heredada] es un tono propio de la tradición castellana, que va desde los pueblos íberos hasta el Poema, a través del refuerzo germánico:
«Se basó la organización social, más que en la diferencia de nacimiento, en la diversificación de la eficacia frente al señor y frente al pueblo y, por ende, en la gradación del ímpetu (1956, 395)».
En cierto modo esta inclinación hacia el héroe activo […] será la causa de que Rodrigo se desmesure y alcance límites de jactancia que le hagan perder la necesaria ponderación heroica […]”, y a continuación L. Estrada se refiere a los ya referidos pasajes de mayor rebeldía de Mocedades de Rodrigo y de los romances.
Así queda coherentemente asociada la rebeldía con Castilla, y con su producción literaria medieval. Y considerando a Castilla esencia de todo lo hispánico, el motivo de la rebeldía subyace, desde la Edad Media, en la literatura española popular.

Como apunte personal, dejo para otro posible texto, ya no literario, la siguiente idea: si una región se engendra y se une por un propósito común, como hizo Castilla, con gentes de todas partes de España, y de este modo se logró la unidad nacional, lo que es necesario hoy en día para recuperarla es esa motivación, ese propósito común.


 Bibliografía 

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Notas




[1] Aludimos al fuerte contenido propagandístico que caracteriza a los cantares de gesta y a las obras de clerecía, por lo que en ellas se moldea en gran medida la historia: “La cultura dominante en la época medieval, unas veces el estamento eclesiástico, otras la caballería, utilizará la creación literaria al servicio de sus propios intereses. El Cantar de Mio Cid, por ejemplo, se podrá considerar […] “poesía comprometida”, en el sentido de que el autor difunde unas determinadas ideas a favor de un estamento”. MENÉNDEZ PELÁEZ, J. Historia de la literatura española. Volumen I – Edad Media. Editorial Everest. León, 2010. Pp. 34-35.
[2] Cfr. páginas 108-109 de DEYERMOND, A. D. Historia de la literatura española 1. La Edad Media. Ed. Ariel, S. A. Barcelona, 1971.
[3] VICTORIO, JUAN. Poema de Fernán González. Ediciones Cátedra. Madrid, 1983, 2010. Página 13.
[4] “Cae […] este poema dentro de la categoría épica bien conocida de los vasallos rebeldes.” DEYERMOND, A. D. Historia de la literatura española 1. La Edad Media. Ed. Ariel, S. A. Barcelona, 1971. P. 74.
[5] VICTORIO, JUAN. Cantar de Roldán. Ediciones Cátedra. Madrid, 1983, 2005.
[6] Según el Arlantino, Bernardo del Carpio pide el favor de atacar con sus hombres al moro Marsil, como explica la estrofa 142 del PFG:
Fueron a Çaragoça – a los pueblos paganos,
beso Bernald del Carpio – al rey Marsil las manos
que dies’ la delantera – a pueblos castellanos
contra los Doze Pares, - essos pueblos loçanos.
(Tomado de VICTORIO, JUAN. Poema de Fernán González. Ediciones Cátedra. Madrid, 1983, 2010. Página 74.)
[7] VICTORIO, JUAN. Poema de Fernán González. Ediciones Cátedra. Madrid, 1983, 2010., p. 73, v. 133c: “Ovo l’ todas sus gentes – el rey Casto a dar”, lo que contradice la versión de los romances donde Bernardo dirige su propia mesnada, de manera independiente.
[8] “Por dejar esos tus reinos – a aquesos reyes de Francia”, v. 18 en el romance 44, Por las riberas de Arlanza, tomado de DÍAZ ROIG, MERCEDES. El Romancero viejo. Ediciones Cátedra. Madrid, 1989.
[9] Infanzón (en el CMC, “ifançón”) es un “individuo de segunda categoría de la nobleza, después de los ricos omnes y superior a los fijos dalgo”. Tomado de VICTORIO, J., El Cantar de Mio Cid, ed. UNED.
[10] Véanse pp. 26-28 de VICTORIO, J., El Cantar de Mio Cid, ed. UNED, y las pp. XXXIII-XXXIX de VICTORIO, J., Mocedades de Rodrigo, ed., Espasa-Calpe.
[11] Existen, sin embargo, fueros en donde el pueblo llano tenía derecho a penalizar o incluso ejecutar a su gobernante si éste causaba agravios. Fuente: clases de Introducción a la literatura judía en la Edad Media española, UCM, curso 2006-2007.
[12] VICTORIO, JUAN. Poema de Fernán González. Ediciones Cátedra. Madrid, 1983, 2010. P. 48, estrofas 28-30.
[13] Ibídem, p. 47, nota 26d.
[14] MITRE, EMILIO. Introducción a la historia de la Edad Media europea. Ediciones Istmo, S. A. Madrid, 1976, 2004. Pp. 183-185.
[15] MENÉNDEZ PELÁEZ, JESÚS y otros autores. Historia de la literatura española. Volumen I – Edad Media. Editorial Everest. León, 2010. P. 150.
[16] VICTORIO, JUAN. Poema de Fernán González. Ediciones Cátedra. Madrid, 1983, 2010. Pp. 189-190.
[17] Ibídem, p. 19.
[18] VICTORIO, JUAN. Mocedades de Rodrigo. Ed. Espasa-Calpe, S. A. Madrid, 1982. Vv. 401-404.
[19] DÍAZ ROIG, MERCEDES. El Romancero viejo. Ediciones Cátedra. Madrid, 1989. P. 125.
[20] Impuestos, tributos.
[21] VICTORIO, JUAN. El Cantar de Mio Cid. Estudio y edición crítica. Ed. UNED. Madrid, 2002. P. 361.
[22] Ibídem, p. 361.
[23] Ibídem, p. 25.
[24] “El proceso formativo y genético de Las Mocedades de Rodrigo fue muy discutido; parece que la finalidad de su autor fue claramente propagandística: restablecer la hegemonía cultural de la diócesis de Palencia, primer centro universitario de la Península, si bien en el siglo XIV había perdido todo influjo y protagonismo cultural”. MENÉNDEZ PELÁEZ, JESÚS y otros autores. Historia de la literatura española. Volumen I – Edad Media. Editorial Everest. León, 2010. P. 130.
[25] La referencia actual es el fenómeno de los “narcocorridos” mejicanos: cantares que se componen a favor de narcotraficantes, que pagan o compensan a estos juglares que propagan su fama.
[26] PÉREZ-PRIEGO, MIGUEL ÁNGEL. La edición de textos. Ed. Síntesis. Madrid, 2011. P. 58.
[27] MENÉNDEZ PELÁEZ, JESÚS y otros autores. Historia de la literatura española. Volumen I – Edad Media. Editorial Everest. León, 2010. Pp. 121-122.
[28] Y Bernardo del Carpio también podría considerarse funcionalmente ‘castellano’ por comportamiento, por su rebeldía ante el rey de León, y por luchar junto con vascos (área castellana) contra los franceses.
[29] “Y suponer que las Mocedades de Rodrigo, en su totalidad, son una obra culta, supone la misma característica para los romances, con los que tantos contactos tiene.” VICTORIO, JUAN. Mocedades de Rodrigo. Ed. Espasa-Calpe, S. A. Madrid, 1982. Introducción, p. LIII.
[30] El uso de la rima consonante es característico de las élites cultas, es una seña de identidad. Por mucho que se trate de recrear lo popular, los autores cultos no querrán despojarse de su “rico atuendo”. Así sucede con la poesía de Cancionero, por ejemplo.
[31] “Dicho relato de las Mocedades […] está compuesto en realidad por una suma de romances que alguien, en el siglo XIV, cosió como pudo (es decir, mal, y peor si se tiene en cuenta que presenta lagunas, pérdidas de versos, por doquier) para unir la fama del personaje a la diócesis de Palencia.” VICTORIO, JUAN. El Cantar de Mio Cid. Estudio y edición crítica. Ed. UNED. Madrid, 2002. P. 31.
[32] DÍAZ-PLAJA, GUILLERMO. Tesoro breve de las letras hispánicas. Literatura castellana. Volumen I. De las “jarchas” a Juan del Encina. Editorial Magisterio Español, S. A. Madrid, 1972. P. 210.
[33] “Así escribe Vossler: «Es cierto que la forma de los romances está emparentada con la del Cantar [de Mio Cid] por nexos históricos, pero se alza frente a ella como algo nuevo y original, así como el niño es algo nuevo, no un fragmento de sus padres, no un producto de su desmigajamiento». No es el Romancero un «campo de ruinas épicas», según la expresión de Heinrich Morf […].” LÓPEZ ESTRADA, FRANCISCO. Introducción a la literatura medieval española. Ed. Gredos. Madrid, 1987. P. 444.
[34] Habrá algunos casos donde incluiré sugerencias, mediante inventio, para intentar aproximar el texto al original (señaladas en cursiva).
[35] DÍAZ ROIG, MERCEDES. El Romancero viejo. Ediciones Cátedra. Madrid, 1989. P. 118. Y éste, a su vez, tomado de Rom. tradicional, I, pág. 176. Del Cancionero de 1550.
[36] Considero gramaticalmente necesaria la preposición “a” con “entrarse”, que no cambia el cómputo silábico.
[37] “[Los romances…] se imprimieron en abundancia en fecha temprana hasta el punto de que Menéndez Pidal indica: «De todos los géneros poéticos españoles se puede decir sin error que el Romancero fue el que más ocupó las prensas del siglo XVI». LÓPEZ ESTRADA, FRANCISCO. Introducción a la literatura medieval española. Ed. Gredos. Madrid, 1987. P. 451.
[38] Tomado de DÍAZ ROIG, MERCEDES. El Romancero viejo. Ediciones Cátedra. Madrid, 1989; romance nº 44, p. 119. A su vez tomado de Romancero tradicional, I, pág. 186, versión que figura también en un manuscrito del siglo XVII de la Biblioteca Real de Madrid.
[39] Propongo añadir aquí el posesivo, basándome en el romance sexto de la edición de M. Pidal, por los primeros versos que dicen: Con los mejores de Asturias / sale de León Bernardo.
[40] Hay ciertas leyendas de que a los reyes y nobles en la Edad Media, cuando se los encarcelaba, se los cegaba, se les sacaban los ojos. Probablemente era el caso del padre de Bernardo. Fuente: clases de Ángel Encinas Moral, Historia de los pueblos eslavos, curso 2008-2009, UCM.
[41] VICTORIO, JUAN. El amor y su expresión poética en la lírica tradicional. Ediciones de la Discreta. Madrid, 2001.
[42] Tomado de DÍAZ ROIG, MERCEDES. El Romancero viejo. Ediciones Cátedra. Madrid, 1989; romance nº 45, pp. 120-121. A su vez tomado de Romancero tradicional, I, pág. 153. Díaz Roig cita: “Del Cancionero de 1550. Deriva de la Gesta de Bernardo (siglo XIII) en refundiciones posteriores. Muy conocido en los siglos de oro; en este siglo se han recogido algunas versiones de tradición oral”.
[43] Propongo la sustitución de la forma “querían” por “querién”, más antigua y que mejora el ritmo.
[44] MENÉNDEZ PIDAL, RAMÓN. Flor nueva de romances viejos. Ed. Espasa-Calpe, S. A. Madrid, 1982. Pp. 73-76.
[45] Faltaría la preposición “a”, regida por el verbo “vedar” (a alguien).
[46] Tomado de VICTORIO, JUAN. Poema de Fernán González. Ediciones Cátedra. Madrid, 1983, 2010, pp. 189-190; y éste, a su vez, tomado de MENÉNDEZ PIDAL, R., Romancero tradicional (Romanceros de los condes de Castilla y de los Infantes de Lara), vol. II, Madrid, 1963.
[47] Sugiero la forma avié, más antigua que avía. También presente en el PFG.
[48] Véase la Introducción, Contexto social, p. 7.
[49] Véase el romance Cabalga Diego Laínez…, v. 4, donde se dice “Todos cabalgan a mula, sólo Rodrigo a caballo”.
[50] DÍAZ ROIG, MERCEDES. El Romancero viejo. Ediciones Cátedra. Madrid, 1989. P. 125.
[51] DÍAZ ROIG, MERCEDES. El Romancero viejo. Ediciones Cátedra. Madrid, 1989. P. 122.
[52] VICTORIO, JUAN. Poema de Fernán González. Ediciones Cátedra. Madrid, 1983, 2010. Estrofa 177, p. 83.
[53] MENÉNDEZ PIDAL, RAMÓN. Flor nueva de romances viejos. Ed. Espasa-Calpe, S. A. Madrid, 1982. Pp. 114-115.
[54] Véase nota 165 en la p. 80 de VICTORIO, JUAN. Poema de Fernán González. Ediciones Cátedra. Madrid, 1983, 2010.
[55] Tomado de DÍAZ ROIG, MERCEDES. El Romancero viejo. Ediciones Cátedra. Madrid, 1989. Pp. 134-135.
[56] Díaz Roig y M. Pidal copian Lozano con mayúscula. En principio, no tiene por qué si se llamaba Gómez, y además, el adjetivo “lozano” suele añadirse a “conde” en otras fuentes, como las Mocedades: “En León son las cortes, – llegó el conde lozano” (v. 39); “synon do llaman Santa María el Antigua, do morava el conde lozano” (v. 105). Y sobre todo, el verso de origen común: “Todos dizen: «Ahé aquí el que mató al conde lozano»” (v. 419).
[57] J. Victorio anota en su edición de Mocedades que “cabalgar” no tiene el sentido estricto de ‘montar a caballo’ sino de ‘encaminarse’. P. 18, v. 157.
[58] Véase Introducción, Contexto histórico y literario, página 5.
[59] Véase nota 56.
[60] DÍAZ ROIG, MERCEDES. El Romancero viejo. Ediciones Cátedra. Madrid, 1989. P. 148.
[61] La forma cras es más antigua que mañana y casualmente, al permutarlas, queda el verso en su medida correcta. Esto añade por lo menos dos siglos de antigüedad al origen del romance. En Mocedades también está presente: “que cras, cuando el rey llegasse, que nos fallasse lidiando!” (v. 1039); “sennor, pedildes batalla para cras en el alvor quebrando” (v. 1093). También en el extracto de la Jura de Santa Gadea citada por J. Victorio en su edición del CMC (El contexto, p. 28).
[62] Tiene mucha más fuerza esta forma, “Que me place…” (tomada del CMC de J. Victorio, p. 28, y de Cancionero y Romancero español, de Dámaso Alonso, p. 144-145) que “Pláceme”. Comenzar una oración con la conjunción subordinante otorga mucho énfasis, como decir coloquialmente: “¡Que me devuelvas eso!”, “¡Que no!”. Cfr. Romance del prisionero, “Que por mayo era por mayo…”.
[63] DÍAZ ROIG, MERCEDES. El Romancero viejo. Ediciones Cátedra. Madrid, 1989. P. 150.
[64] Consúltese el romance 59 de la edición de Díaz Roig, p. 141, o el Romance trece, p. 153, de la Flor nueva de Menéndez Pidal.
[65] Como se ha dicho, a los romances se los tildaba de fablillas [género poco apreciado por los cultos] (LÓPEZ ESTRADA, FRANCISCO. Introducción a la literatura medieval española. Ed. Gredos. Madrid, 1987. Pp. 431-432). Conviene comprender que, en los romances, cuando se denigra a un rey o a un noble, no es, como hoy en día, por interacción de otros que conducen nuestro comportamiento, sino por la pronunciación del propio pueblo. Algo así tuvieron que ser también las Coplas del Provincial.
[66] ¿No recuerda esto a la génesis de los EE. UU. de América, y otros casos similares? Un pueblo nuevo, sin historia, formado por gentes venidas por todas partes, que se lanzan a la conquista y así prosperan, produce enseguida un marcado patriotismo o nacionalismo, reflejado también en su producción artística. En el caso de Castilla, necesitada de defender lo suyo, frente a otras regiones acomodadas en sus viejas monarquías, se refleja en su literatura: “Pero de toda España, Castiella es mejor” (v. 157a), en el PFG, edición de VICTORIO, JUAN. Poema de Fernán González. Ediciones Cátedra. Madrid, 1983, 2010. P. 79.
[67] Se nota claramente en Mocedades de Rodrigo con estos versos, donde la descendencia de nobles no significa validez, ni siquiera en la primogenitura: “E fizo en ella tres fijos, e los mayores non valieron nada, / et el menor fue el conde don Ferrnand Gonçález, que mantuvo a Castilla muy grant tiempo” (vv. 23-24). VICTORIO, JUAN. Mocedades de Rodrigo. Ed. Espasa-Calpe, S. A. Madrid, 1982. P. 3.

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