martes, 26 de mayo de 2020

Pautas para el comentario de texto literario. Ejemplos resueltos de Bécquer y Rosalía de Castro.

Estas pautas son una explicación suficientemente válida para niveles educativos de secundaria o para bachillerato en institutos de nivel medio o bajo. NO es un manual académico, sino una guía asequible para todo tipo de alumnos. Es el material que como profesor de secundaria utilizo normalmente y comparto aquí por si le sirve a otros profesores y alumnos.

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Un comentario de texto es un texto académico que analiza rigurosamente un texto, en algunos casos literario y en otros no literarios (normalmente periodísticos), con coherencia, cohesión y un determinado orden, en donde se trata de demostrar un alto conocimiento del texto analizado. Recordemos que es un texto académico o científico, por tanto, ha de utilizarse un lenguaje adecuado a dicho ámbito. En este caso trataremos el comentario de un texto literario.

Los errores más comunes son:
  • Uso de la primera y segunda persona, al estilo coloquial: “Yo pienso que…”, “Esto es como si te pasa…”. Se utilizará siempre la tercera persona, tratando de buscar la objetividad y la impersonalidad.
  • Incluir opiniones personales: “Me ha gustado porque…”, “Mi opinión es…”. Esto se permite hasta 4º de ESO, no en bachillerato. En los textos académicos, no debe importar la opinión del que lo ha escrito, sino lo acertado que sea el análisis.

No obstante, un comentario de texto puede ser expositivo-argumentativo e incluir cierta subjetividad, pero ha de mostrarse con sutileza. Una opinión podría mostrarse con cierta impersonalidad, sin dejar de ser una opinión: “Podría considerarse que el poema tiene calidad literaria porque…”, “Según parece, lo que se expresa en el poema…”. También se puede delegar la responsabilidad de lo dicho a otras personas: “Según expertos en la materia como D./Dña…”. 

Un posible orden para comentar el texto, aproximándonos desde lo externo (forma) a lo interno (contenido), será:


1) Contextualización: se redactará la información siguiente:

a. Se especifica si el texto está en verso, en prosa o es dialogado (en caso de ser teatro);
b. Se dice el género al que pertenece: si es de género lírico, narrativo o dramático. En caso de saberlo, se dice también el subgénero.
c. Se dice el movimiento literario al que pertenece (Romanticismo, Realismo, Naturalismo, Modernismo, etc.) y se exponen brevemente las características de dicho movimiento.
d. Se nombra al autor y se expone brevemente la época en la que vivió (primera o segunda mitad del sigo que sea, por ejemplo), los principales rasgos de su estilo y se nombran sus obras más conocidas. Si se sabe, se dice a qué obra pertenece el fragmento que se va a analizar.

2) Estructura externa: si el texto es en prosa (un fragmento de cuento o novela), basta con decir cuántos párrafos lo forman. En cambio, cuando sea en verso:

a. Esquema métrico: contar las sílabas de los versos (7, 8, 11... mejor decir el nombre: heptasílabos, octasílabos, endecasílabos...) y poner el esquema de la rima (ABBA, ABAB, etc.). Letras mayúsculas cuando sea de arte mayor, minúsculas con versos de arte menor. Se pone a final de cada verso los números con sus letras.
b. Decir si la rima es asonante o consonante.
c. Decir cuántas estrofas tiene el poema. Si son estrofas de un tipo conocido, decir cómo se llaman (cuartetos, serventesios, tercetos, etc.). Si el poema es irregular o está en verso libre, y si hay agrupaciones de versos, en este caso no se llaman estrofas, sino “secuencias de versos”.
d. Si es un soneto o un poema estrófico o no estrófico conocido, decirlo (soneto,  romance, octava real, tercetos encadenados, etc.). Si no es nada conocido, se dice algo como “el poema consta de X estrofas (o secuencias de versos) de X versos cada una…”.

(A partir de aquí, ya entramos en el contenido del texto. Nota para profesores: aunque algunas figuras retóricas que se verán puedan ser relativas a la forma, se incluyen en este bloque para simplificar la redacción.)

3) Resumen: extraer la información más relevante del texto, evitando, a ser posible, copiar palabras o frases literalmente, y reescribir el contenido abreviado de manera que se comprenda el sentido general del mensaje del texto. En poesía el resumen puede ser difícil, pero se puede hacer.

4) Tema: enunciado muy concreto y sintético que exprese con precisión y mayor brevedad que el resumen de qué trata el texto. Es parecido al titular de una noticia de periódico. Conviene usar sustantivos abstractos, por ejemplo: “Sentimiento de desolación por la pérdida de la amada”; “Alabanza del color negro de ojos como expresión de erotismo”.

5) Estructura interna: en qué partes puede dividirse, según lo que esté tratando, y un breve resumen de cada una. Hay que indicar claramente por escrito (no vale pintar rayas en el texto) cuál es cada una de estas partes.
  • Si es un texto en prosa: indicar cada parte por número de línea o por párrafos.
  • Si es un poema: indicar cada parte por número de verso o por estrofas.  

Esto nos puede ayudar a hacer el resumen, si hemos tenido problemas al hacerlo anteriormente.

6) Recursos lingüísticos y figuras retóricas: señalar todo lo interesante del uso del lenguaje. No es necesario decir todo, sino lo más relevante. Aun así, este apartado suele ser el más extenso y complejo.

a. Persona gramatical: quién habla y a quién se está dirigiendo. Indicar con qué palabras se muestra esto, que tienen que ser pronombres, determinantes y verbos. Ej.: Mi noche, La voz a ti debida, Voy soñando [yo]…
b. Tiempos verbales: hay que indicarlos y decir por qué: si están en formas de presente, el poema puede expresar algo presente o atemporal; si están en pretérito, se está refiriendo a algo que ocurrió, etc.
c. Sustantivos: indicar si son concretos o abstractos y si están distribuidos de cierta manera. Por ejemplo: los concretos al principio y los abstractos al final del poema.
d. Concretar si abundan más los sustantivos o los verbos. Si hay más sustantivos, el poema pretende transmitir ideas o conceptos; si hay más verbos, se está centrando más en destacar acciones y la sensación que transmiten. Si los verbos están en infinitivo, se aproximan en su función a los sustantivos (expresar ideas).
e. Adjetivación: comprobar si es abundante o no. Mencionar si los adjetivos van antepuestos o pospuestos, es decir, delante o detrás de los sustantivos. Cuando vayan antepuestos, estarán indicando subjetividad (su dulce mirada).
f. Campos semánticos y asociativos: localizar palabras que tengan relación de significado. Los campos semánticos están relacionados con el tema del texto. Hay que indicar siempre un término que defina a qué campo semántico pertenecen las palabras encontradas. Por ejemplo: campo semántico del dolor: puñal, acero, frío, traición.
g. Funciones del lenguaje: mencionar qué funciones de lenguaje predominan en el texto (referencial, apelativa, expresiva, poética, etc.), indicando por qué. Por ejemplo, si decimos que aparece la función poética, diremos que es porque se pretende embellecer el mensaje y se utilizan figuras retóricas.
h. Figuras retóricas: localizar todas las figuras retóricas, o las más relevantes, del texto, ya sea en prosa o en verso. Es necesario citar las palabras concretas entre comillas y el número de verso o de línea en el que están, o al menos el número de estrofa. Por ejemplo: hay una metáfora en el v. 3, “sábana de espumas”.

7) Comentario: en este apartado final, relacionaremos el poema con nuestros conocimientos de literatura o de otros ámbitos. Se trata de demostrar la completa comprensión del relato o poema, explicando su sentido profundo, con la posibilidad de aportar información que nos haya sugerido el texto y que sea de interés. 
Normalmente, los textos para comentar proceden de importantes obras literarias del patrimonio mundial. Por tanto, no es buena idea incluir aquí críticas negativas, ya que quedará patente nuestra ignorancia. Al contrario, una valoración positiva nos ayudará a cerrar el texto: “Con todo lo dicho, se aprecia la enorme calidad de la obra y el ingenio de la artista, Rosalía de Castro, que logra transmitir…”. Etc.


En ocasiones, no está del todo mal explicar la estructura externa junto a la interna, después del tema y del resumen, porque también estaremos siguiendo cierto orden.


Ejemplos de comentarios resueltos


Rima LII de Gustavo Adolfo Bécquer


Como ejemplo, adjuntamos un famoso poema de Bécquer comentado. Se ha tomado el modelo de El velero digital con algunas modificaciones.


Nota importante: aunque lo hagamos aquí punto por punto, un buen comentario de texto no debe mostrarse esquematizado, como ponemos a continuación, sino redactado como un solo texto con coherencia, cohesión y adecuación. Es muy importante que esté bien redactado y con conectores discursivos.

1) Contextualización: características generales del texto.

Es un texto literario, de género lírico, en verso. Pertenece a la época literaria del Romanticismo, que se caracteriza por el subjetivismo, la evasión de la realidad, la importancia del paisaje, el irracionalismo y la libertad creadora. El autor del poema es Gustavo Adolfo Bécquer, representante del Romanticismo de la segunda mitad del siglo XIX, de estilo más cercano e íntimo que Espronceda. Es conocido por su obra “Rimas y leyendas”. El poema a continuación pertenece a la parte del libro en verso, “Rimas”.

2) Estructura externa: indicar si se compone de estrofas, cuántas son y su esquema métrico. Si es un texto en prosa, indicar cuántos párrafos tiene.

Externamente, el poema consta de cuatro estrofas de cuatro versos. Son endecasílabos los tres primeros y heptasílabo el de cierre, con rima asonante (o-a) los pares (11 –, 11 A, 11 –, 7 a).

3) Tema: decir con precisión de qué trata en pocas palabras.

El poeta expresa a la naturaleza su deseo de muerte o aniquilación debido a un angustioso dolor que lo llena de desesperación.
No dice que se trate de un mal de amor, pero es lo más probable.

4) Resumen: describir lo que se cuenta en el poema o relato, sin interpretaciones.

El poeta pide a distintos elementos de la naturaleza: agua (olas gigantes), aire (ráfagas de huracán) y fuego (rayos de una tempestad), que se lo lleven para así liberarse del sufrimiento que lo atormenta.

5) Estructura interna: partes en las que se divide temáticamente y de qué tratan.

Se divide en dos partes.
  • Primera parte: las tres primeras estrofas (v.1-12). Trata de una apelación y de una petición. El poeta se dirige con desesperación al mar encrespado (olas gigantes), al huracán y a la tempestad, con la intención de que ser arrastrado por la naturaleza violenta. Cada estrofa acaba con el mismo verso suplicante: “¡llevadme con vosotras!”.
  • Segunda parte: la cuarta estrofa (v.13-16). Explica el motivo de su petición: tiene pavor a la soledad en ese estado de dolor, por lo que desea que le arranquen la memoria.

6) Recursos lingüísticos: señalar todo lo interesante del uso del lenguaje (persona gramatical, tiempos verbales, adjetivos… funciones del lenguaje, figuras retóricas…).

La función apelativa domina el texto: el imperativo "llevadme" lo encontramos en las cuatro estrofas, además de en el uso de la 2ª persona del plural ("rompéis, llevadme, arrebatáis, ornáis"). Tiene forma de diálogo unidireccional, porque no hay respuesta. Aparece la función expresiva en el uso de la 1ª persona del singular al final del poema y en las exclamaciones (¡Por piedad!), para transmitir sus sentimientos.
En las tres primeras estrofas utiliza sustantivos concretos ("olas, huracán, bosque, hojas") y adjetivos calificativos ("gigantes, remotas…") para describir e intensificar el paisaje que refleja la agitación del sujeto lírico. En la última estrofa, utiliza sustantivos abstractos ("miedo, razón, piedad, memoria") para explicar el sentido del poema.
Las figuras retóricas más destacables son el paralelismo de las tres primeras estrofas (elemento de la naturaleza + acción realizada por ésta + situación del poeta + petición final); la personificación de la naturaleza, a la que trata como alguien con razón y voluntad; el encabalgamiento entre los versos 5 y 6 (que arrebatáis / del alto bosque…), el hipérbaton en el verso 6, en el 10 y en el 14 y la metáfora “sábana de espumas” (v. 3) para referirse a las olas.

7) Comentario: relacionar el poema con conocimientos de literatura o de otro tipo.

Bécquer nos muestra un poema al más puro estilo romántico. El sujeto lírico muestra su alma torturada por un desgraciado lance amoroso (aunque el motivo no aparezca citado en sus versos), dando rienda suelta a su dolor sin tener en cuenta los miramientos de la sociedad, lo cual se relaciona con la rebeldía. La naturaleza es otro tópico romántico: el poeta encuentra una gran similitud entre su alma y la naturaleza revuelta y exaltada.


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Hora tras hora, día tras día de Rosalía de Castro




Contextualización: es un texto en verso, de género lírico, perteneciente al Romanticismo de la segunda mitad del siglo XIX, de estilo más cercano e íntimo que la primera mitad, pero que mantiene, como todo el Romanticismo, rasgos como el subjetivismo, la evasión de la realidad, la importancia del paisaje, el irracionalismo y la libertad creadora. La autora, Rosalía de Castro, se encuadra en el Rexurdimiento gallego, aunque la obra a la que pertenece el texto, En las orillas del Sar (1884) pertenece a su última etapa, en la que volvió a escribir en castellano. La poesía de este libro muestra principalmente sentimientos de desengaño, desolación y dolor, tras la pérdida de la esperanza, para replegarse en sí misma.

(Atención, ahora conviene más hablar del tema del texto que de la estructura externa, porque al hablar de la temática del libro En las orillas del Sar, procede enunciar ya el tema del que trata el texto. Diríamos, por ejemplo: "De este modo, en sintonía con el desengaño y la introspección de la poeta en esta etapa, el texto que analizaremos trata de...")

Tema: "Fugacidad del tiempo y la irremediable pérdida del recuerdo de un amor, que se fue sin dejar rastro".

Resumen: La poeta nos expone que la vida se va con mucha rapidez y que, con ese rápido paso del tiempo, no queda nada de los recuerdos que nos emocionaron, comparándolos con el aroma de flores tras haberse marchitado o la desaparición de las olas en la playa. Así desaparecen los recuerdos de alguien: los llantos, las risas, las mentiras, etc. se van olvidando sin dejar rastro.

Estructura externa: tres secuencias de versos* de distintas medidas. Esquema métrico: anotado en el poema. Rima asonante.
*- No podemos hablar aquí de "estrofas", sino de "secuencias de versos". Las estrofas son grupos de versos de un patrón preestablecido (cuartetos, tercetos, quintillas...) o que se repitan siempre igual.

Estructura interna: el poema consta de tres partes. 

  • Primera parte: la primera secuencia de versos (del 1 al 5). En esta parte expresa que la vida pasa con gran rapidez, como un torrente que se despeña.
  • Segunda parte: la segunda secuencia de versos (del 6 al 11). Aquí hace referencia a lo irrecuperable después haberlo perdido, haciendo al final alusión a lo que parecen recuerdos de una persona ("rumores, quejas").
  • Tercera parte: la tercera y última secuencia de versos (del 12 al 15). Concluye diciendo que los momentos compartidos con esa persona amada se fueron sin dejar rastro. 

Recursos: aparecen las siguientes funciones del lenguaje: la poética, al embellecer el propio mensaje, por ejemplo, con la comparación de la vida con un torrente que se despeña; la apelativa, con los verbos en imperativo de la segunda parte ("devolvedle", "recoged") y la expresiva, con la exclamación y la interrogación de los dos últimos versos.
En las dos primeras partes aparecen bastantes campos semánticos de elementos de la naturaleza: "cielo", "tierra", "torrente", "flor", "ondas", "playa". También los hay de emociones o vivencias relacionadas con el amor: "tormentos", "mentiras", "rumores", "quejas", "llantos", "risas". Los sustantivos abstractos aparecen en la segunda mitad del poema, mientras que los concretos están más bien en la primera.
En el verso 13 hay adjetivos antepuestos: "negros tormentos, dulces mentiras". La anteposición de adjetivos aquí indica subjetividad, es decir, que para la poeta los tormentos eran "negros" y las mentiras eran "dulces". 
En cuanto a figuras retóricas, aparecen las siguientes: un paralelismo dentro del primer verso ("hora tras hora" y "día tras día"), un encabalgamiento entre los versos 2 y 3 ("quedan / eternos vigías"); la personificación de "eternos vigías" (v. 3).; el símil o comparación de "como torrente que se despeña / pasa la vida" (versos 4 y 5); otra personificación en "las ondas que besan la playa" (v. 8); hipérbaton en el verso 9 ("una tras otra besándola expiran") y en "de las ondas que besan la playa" (v. 8) respecto a "recoged los rumores, las quejas"; políptoton en "besan" y "besándola", al formar palabras con la misma raíz (versos 8 y 9); sinécdoque en el verso 11 con "planchas de bronce", para referirse a las tumbas; antítesis en "llantos y risas", y "negros" y "dulces" (vv. 12 y 13); anáfora con la repetición de "en dónde" (vv. 14 y 15) e interrogación retórica, con la pregunta final, que no puede obtener respuesta y funciona como afirmación. La repetición de "en dónde" sugiere que no están en ninguna parte.

Comentario: se remite al tópico literario del "tempus fugit" ('el tiempo huye'), con la primera parte del poema, y también, aunque se trate de recuerdos de un amor, al "ubi sunt" ('¿dónde están?'), porque esos momentos vividos se fueron para siempre. 
Es llamativo el verso 11, con las “planchas de bronce”: además de ser una sinécdoque de "la parte por el todo" respecto a tumbas o lápidas, al mantener el sentido de los versos anteriores de lo perdido irrecuperable (la flor y las olas), se entiende que es igual de imposible conservar recuerdos (rumores y quejas, aunque sean de las olas) en planchas de bronce. Así consigue el efecto de decir a la vez que las vivencias pasadas son irrecuperables y que son ya muy lejanas, por estar en el cementerio.
Todo el poema rebosa sentimientos de pesimismo y amargura, lo cual es muy frecuente en el Romanticismo. No obstante, parece ser que aquella relación tuvo momentos agradables, por la parte de las "risas" y de las "dulces mentiras", mentiras que quizá se decía a sí misma. 



domingo, 10 de mayo de 2020

Protagonismo femenino en la expresión amorosa de la lírica medieval

Fragmento adaptado del Trabajo de Fin de Máster del autor La naturaleza como símbolo en la Edad Media y Siglos de Oro, tutorizado por Juan Victorio (2015, UNED).


Las primeras manifestaciones literarias en la Península Ibérica en tiempos de la Edad Media, en contra de lo que se pensó tras el estudio científico del Cantar de Mío Cid a principios del siglo XX, son líricas, no épicas. La dificultad del conocimiento de este hecho estribaba en la prácticamente total ausencia de textos escritos originales, ya que hacían falta conocimientos filológicos bastante avanzados para poder fechar los textos disponibles en épocas muy anteriores. Tuvo que ser un hebraísta extranjero, Samuel Miklos Stern, el que descubriese las famosas jarchas (del árabe jarŷa, 'salida'), donde en vez de encontrarnos una voz masculina que narrase hechos épicos y heroicos, lo que aparecía como protagonista lírico era una jovencita que cantaba sus penas de amor, en muchos casos dirigidas a su madre y rodeada de elementos de la naturaleza. En este artículo se tratará de demostrar la inmortalidad y la universalidad de estos componentes en la poesía lírica.

En todas las manifestaciones de la lírica medieval tienen una importante presencia, por tanto, ambos elementos, las mujeres y la naturaleza. Estos textos son los siguientes:
  1. las jarchas mozárabes (ss. XI-XIII), descubiertas por Stern en 1948;
  2. luego las cantigas gallegoportuguesas, originarias en principio de los siglos XII-XIII, pero testimoniadas en cancioneros del siglo XV, y de las cuales serán las d’amigo las más interesantes en cuanto a la naturaleza;
  3. los villancicos castellanos, lírica que, en lengua española, como dice Menéndez Pidal, ha sido de “frutos tardíos” (s. XV), ya que en español las primeras manifestaciones literarias fueron épicas y religiosas.
  4. En lengua española, y también del siglo XV (o al menos entonces se empezaron a recoger por escrito) destacan los romances, género que por su carácter frecuentemente narrativo es clasificado como épico, o estudiado aparte, cuando siempre se ha dicho que cierto corpus de ellos son líricos o épico-líricos.
Todas estas obras son populares, es decir, anónimas y dirigidas a todo el pueblo, incluyendo a gentes de todos los niveles socioeconómicos. La poesía popular es la del gusto popular, la que gusta a todos, que sin duda apreciaban los escenarios naturales simbólicos y a las mujeres como protagonistas de sus amores. Más adelante, en los Siglos de Oro, la naturaleza se vincula, en ciertas obras, a un carácter elitista y distanciado de lo popular, como sucede en el arranque ideológico neoplatónico del Renacimiento, cuyas más notables manifestaciones son las églogas bucólico-pastoriles de Garcilaso de la Vega. No obstante, observaremos aún reminiscencias a la pragmática simbólica afianzada en siglos anteriores, aunque la naturaleza quede en segundo plano frente al diálogo escénico de los pastores, cuyas reflexiones están más próximas a la razón que al puro deseo amoroso. Otros autores, sin embargo, del Barroco español, buscando satisfacer al público, insertarán en sus obras dramáticas dirigidas al público popular breves canciones tradicionales, que suscitan aprecio y simpatía en el pueblo, ingrediente esencial para garantizar el éxito (caso de Lope de Vega). Por otra parte, éstos y otros poetas, además de componer para tales fines en la forma “estrella” de lo popular, que es el romance, o romancillo (como el de Góngora, "La más bella niña..."), incluyen tradicionales símbolos de la naturaleza también en composiciones cultas, como el soneto.

Obsérvese que se ha venido diferenciando ya poesía “popular” de poesía “culta”. La típica pregunta es: ¿el autor de poesía popular es, entonces, “inculto”? Jamás. Incluso en las obras anónimas, un rápido análisis desvela ya que quien las compuso tenía un gran manejo de la lengua. Que no perdure su nombre, y sí la obra, es prueba de la calidad de la obra, que es lo que importa. Recuérdese que en gran parte de la Edad Media la anonimia[1] sucede porque no existía el concepto de autor, sino que el poeta era un artesano que trabajaba por encargo, ya fuera del pueblo o de una institución, igual que un arquitecto o un carpintero. El receptor es quien marca el carácter de una obra literaria.

Así sucedía ya desde las citadas jarchas, breves estrofas en lengua romance insertas en una composición más larga y culta, en lengua árabe o hebrea, la moaxaja. Autores conocidos de moaxajas como Yehudá Haleví (h. 1080-después de 1145) o Todros Abulafia (1247-h. 1300) refuerzan el mensaje de su propia composición culta (dirigida a alguien “culto”, a la élite) con unos versos populares (lo que cantaba todo el mundo). Es como si ahora un ensayista se sirviese de un conocido refrán. Sin embargo, cabe la posibilidad de que esa cancioncilla fuera inventada por el propio poeta. Deyermond (1974: 31), igualando este caso con el de las cantigas d’amigo, lo explica así:
“Es posible, naturalmente, que un poeta hábil compusiese su propia jarcha, toda vez que se había generalizado la utilización de poemas o fragmentos populares […]. Ni todavía podemos precisar […] en qué grado contribuyeron los poetas cultos a la reelaboración de la tradición popular galaico-portuguesa de las cantigas de amigo”.
Y la conclusión de vital importancia para comprender esta idea es (Deyermond, ibídem):
“La dificultad, sin embargo, carece de importancia en un sentido, puesto que, si un poeta culto es capaz de componer al modo tradicional, forma parte él mismo de la tradición[2]”.
Así consta que poetas cultos como Lope hayan formado parte de la tradición, con cancioncillas tan populares como “Blanca me era yo / cuando entré en la siega, / dióme el sol / y ya soy morena”, y también Góngora: “Dejadme llorar / orillas del mar”.

Pintura al óleo de Juan Victorio.


El rasgo más importante de lo popular y en íntima comunión con la naturaleza es el papel activo de la mujer en la expresión amorosa, como se acaba de ver en los ejemplos y como se viene diciendo en este trabajo. Existe un claro gradiente de mayor a menor presencia activa de la mujer desde la lírica tradicional[3] (jarchas, cantigas, villancicos, romances) a la lírica aurisecular y de épocas posteriores (églogas, sonetos, liras). El punto de inflexión que despojó a la mujer de su  protagonismo, relegándola a su idolatría, es el Renacimiento. Si por un lado se la igualaba a una diosa, por otro apenas se la representaba con un papel activo, sino como mera receptora de las palabras del poeta, al que muchas veces ni escucha (dame sans merci). Primero las cantigas d’amor provenzales, cuyos protagonistas ya son hombres que profesan el amor cortés; luego la poesía de Cancionero en España, que junto con el dolce stil nuovo y la poesía petrarquista, privaron a la mujer de toda libertad como parte amorosa activa al convertirla en objeto de adoración, llegando según algunos teóricos incluso a no existir, al ser transformada en concepto interior del poeta. Así lo cuenta Leo Spitzer (1941: 39), comparando a Pedro Salinas con Petrarca: “La mujer será tan puramente pasiva que ningún indicio de su amor pueda prestar materialidad a su persona, más tenue que la de Laura […]”. Por motivos de una expresión amorosa más íntima, se aparta de escena la mujer coqueta, consciente de su hermosura, que la canta y divulga sin necesidad de otro poeta que la alabe, junto con sus deseos y sus penas cuando no le van bien los amores. Esto es más popularizante que intimista, como se verá.

De modo que, con la consolidación del catolicismo en todas las esferas sociales que se dio en el Renacimiento, pese a estar fundido intensamente con mitología grecolatina (que por definición es lo más culto y elitista que existe), la mujer que se expresaba amorosamente era poco menos que atrevida, como Rosamunda o la Talaverana en el Persiles de Cervantes; o patética, siguiendo a la Dido de la Eneida de Virgilio, como Tisbea en El burlador de Sevilla. El deseo amoroso de la mujer, cuando se exteriorizaba, se consideraba en el juicio del entorno social, tanto del pueblo ya adoctrinado, como por parte de las autoridades religiosas, como pagana o profana. Y no digamos ya si esta atrevida mujer era casada, monja, o muchacha que no deseaba amor, sino amores. 

El hecho de fijarnos en el papel de la mujer en la lírica desde la Edad Media al Siglo de Oro (o quizá hasta nuestros días) es clave para demarcar con claridad lo que es literatura popular de lo que no. La lírica culta nació al abrigo del poder, aunque con el tiempo se desmarcase y simplemente se volviese "ensimismada" o buscase el apoyo de otras esferas del poder sin tanta facultad de adoctrinamiento, como lo era la burguesía en el Renacimiento. Por parte de los dos poderes que se apoyaban mutuamente en la Edad Media, la Iglesia y la Corona, el adoctrinamiento ideológico para formar una sociedad gobernable y sostenible va a ser prioritario. Así se entiende que la Iglesia dirija furibundos ataques a esta "mujer coqueta" de amores naturales en entornos libres, que sigue los mandatos de la naturaleza y esto, sin duda, no interesa. Entre muchas otras razones para censurar los amores naturales, constan las siguientes: el amor, o quizá mejor dicho, el erotismo, es el mayor placer y la mayor necesidad. Esto transgrede cualquier barrera social, porque una sociedad estamental o de clases se desordenaría totalmente si se produjeran relaciones entre miembros de distintas clases. El deseo amoroso es intenso, se genera desde y para la mujer y por ello hay que cortarlo de raíz. Ya lo decía la mitología: Tiresias fue castigado con la ceguera al confesar a Hera que, en su experiencia transformado en mujer, el goce amoroso lo disfrutaba más que siendo hombre “en una proporción de nueve a uno”, luego ésta es la razón por la que a ella la religión tiene que reprimirla mucho más. Rábade Obradó (1985: 644) anota que “la represión de la mujer que persigue la Iglesia es, en última instancia, también la represión del hombre, su sujeción a las normas por ella propuestas”.
Por ello, toda la literatura que proponga comportamientos femeninos ejemplares (castos), como la épica o el mester de clerecía (salvo el Libro de Buen Amor), vehicula intereses de las instituciones en el poder, la nobleza y el clero. Por mucho que se embellezca a la mujer en el amor cortés, siempre se espera ese “galardón” que conlleva la obligación de la mujer de estar al servicio del hombre, “sea padre, marido, hermano o hijo” (Rábade Obradó, ibídem). La mujer está sujeta a las mismas consideraciones que en la épica. De esto se deduce que quienes escriben épica y quienes escriben canciones de amor cortés sean los mismos.

Sin embargo, toda la represión social e ideológica a la que ha sido sometida la mujer no significa que la poesía tradicional, en la que la naturaleza ostenta una atención privilegiada, haya desaparecido. Juan Victorio (UNED) identifica la literatura popular con lo que él llama literatura individual, la que se refiere “a una persona, anónima o ilustre, que atiende sobre todo a su propio ser y que sufre la presión de una ideología que determina a la sociedad […], que debe soportar un sistema” (1983: 54). En filosofía, sería la ética contra la moral. El público nunca ha dejado de demandar este tipo de literatura con la que claramente se identifica, al reflejar su auténtico sentir. Los poetas, en su búsqueda de calidad y de éxito, no podían dejar de cultivar esta literatura. Por eso “la poesía que se pretendía callar, o haciéndola desaparecer o adulterándola, resurgía cada vez, incansable, con los mismos motivos, casi con las mismas técnicas” (Victorio, 1983: 74). Es por eso que la poesía tradicional haya seguido siempre una constante, una línea recta, casi inalterable, como demuestran obras de poetas modernos como García Lorca o Miguel Hernández. Precisamente estos dos poetas fueron víctimas de una sociedad represiva.

Ahora bien, para evitar caer en el maniqueísmo y con ello despreciar la muy valiosa literatura amorosa de tradición petrarquista, que nada tiene que ver con intereses del poder, donde quizá la más bella expresión es la de Pedro Salinas en La voz a ti debida, y donde es rotundamente descabellado afirmar que "la mujer" salga malparada, ¿se puede o se debe igualar en valoración a la poesía monológica del intimismo con la que integra elementos tradicionales popularizantes? La primera mencionada, puramente petrarquista, es la que se correspondería con lo que Salinas llamaba "cerrar los ojos", en su poema Vocación. La otra, quizá, sea mantener los ojos abiertos. Pero ¿qué necesitamos para vivir, con cuál de ellas se disfruta de mayor experiencia estética o poética? 

Desde nuestra opinión, hay momentos para abrir los ojos y otros para cerrarlos. 



BIbliografía

DEYERMOND, A. D (1974). Historia de la literatura española 1. La Edad Media. Barcelona, Ariel.
FRENK, MARGIT (2008). Lírica española de tipo popular. Madrid, Cátedra.
LÓPEZ ESTRADA, FRANCISCO y otros autores (1980). Historia de la literatura española e hispanoamericana. Madrid, Orgaz.
-- (1962). Introducción a la literatura medieval. Madrid, Gredos.
SPITZER, LEO (1941). “El conceptismo interior de Pedro Salinas”, Revista Hispánica Moderna, tomo 7, 1/1/1941, pp. 33-70, NY, Columbia University Hispanic Institute.
RÁBADE OBRADÓ, MARÍA DEL PILAR (1985). Reseñas bibliográficas: “Juan VICTORIO, El amor y el erotismo en la literatura medieval, Madrid, Editora Nacional, 1983, 281 págs.” Anuario de Estudios Medievales, 1 de enero de 1985, pp. 643-645.
VICTORIO, JUAN (2001), El amor y su expresión poética en la lírica tradicional. Madrid, Ediciones de la Discreta.
-- (1983). El amor y el erotismo en la literatura medieval, Madrid, Editora Nacional.
-- (2006). Naturaleza y poesía. Anejo I, Hispanogalia (Revista hispanofrancesa de Pensamiento, Literatura y Arte), Estrategias didácticas para el análisis de textos poéticos en la enseñanza secundaria. Edición de Julio Neira. París, Consejería de Educación de la Embajada de España en Francia.

Notas

[1] “[…] el arte tradicional es obra de un primer poeta popular y de sucesivos refundidores que, con voluntad de anonimia, quieren hacer obra para todos y de todos, trabajan sin la menor pretensión personal de renombre […]”, R. Menéndez Pidal, La “Chanson de Roland” y el neotradicionalismo, Madrid, Espasa Calpe, 1959, p. 55.

[2] López Estrada (1962: 143) coincide en la misma idea: “Un poeta cortesano que escriba en esta dirección poética, y por tanto haya asimilado su estilo, puede lograr una obra que se confunda enteramente con el cauce de la tradición popular, y sea una manifestación más de la misma”.


[3] No sólo española: “Las canciones mozárabes pertenecen al género más característico de la primitiva lírica europea en lengua vulgar: la canción de amor femenina. Son compañeras del Frauenlied alemán, de la chanson de femme francesa, de la cantiga d’amigo gallego-portuguesa, del “cantar de doncella” castellano y catalán” (Frenk, 2008: 13).

viernes, 1 de mayo de 2020

Madrid en primavera: plantas y flores silvestres

Mañana se podrá salir y dejará de tener sentido el valor de esta colección de imágenes, acompañadas de algún texto, que pensaba publicar aquí desde hace varias semanas. No obstante, puede tener algún interés, al menos para formar parte de este diario de viaje, de viaje a ninguna parte.

No voy a dedicarme a repetir lo que ya han dicho todos, ni pretender recrear el ya conocido discurso sensitivo sobre el confinamiento y el valor de las cosas cuando no las tenemos. Lo que pretendo, como siempre más para mí que para saturar a otros de información, es recordar el valor de la visión de la belleza en cada uno de sus niveles. Igual de fascinante es mirar el cielo con un telescopio que mirar el suelo con un microscopio. Puede uno encontrar maravillas tanto viajando por el mundo como por nuestra Península ibérica, tanto por España como por los límites de Madrid, e incluso, como registro en este diario, por el breve camino a pie de casa al supermercado. Incluso dentro del perímetro de los edificios en los que vivo o desvivo.

Así, pese a haber visto tantas veces la grandeza de los paisajes de España, donde no hay nada más grandioso que el valle de Ordesa y sus alrededores, aunque haya muchas otros espectaculares escenarios que le sigan de cerca, uno puede encontrar consuelo y hasta paz de espíritu en casi cualquier lugar a cielo abierto donde haya flores.

Sí, las flores, la primavera, el bullir de la vida de cada año que alegra los corazones, que para los hombres y mujeres del pasado significaba un retorno de la vida y el recuerdo de aprovecharla, de aprovechar la oportunidad de estar vivos. ¿Cuántas canciones hay de primavera? ¿Cuántos poemas donde figuren los meses de abril y mayo, donde se inste a disfrutar no sólo del amor, sino hasta de los amores? Porque la vida es corta, porque no hay nada establecido ni marcado para tener que vivir a gusto de los demás, ni de la sociedad. "¡Haz lo que quieras!", dice el Áuryn de La historia interminable, y dice también la primavera con cada plantita que nace en cada rincón, por cada grieta de cemento, entre las baldosas de la acera. Brota, brota libremente, salvaje, porque lo salvaje crece solo, ¡y nada hay más grande que lo que crece solo! ¿Qué hace el hombre, sino obras únicas y perecederas, que no se mantienen por sí mismas? ¿Se regenera cada año algo de lo que hacemos? La primavera nos recuerda lo inútiles que somos. A mí me cuesta hacer que viva un geranio en una maceta, mientras que el campo se llena de flores ¡él solo! Un representante de la inutilidad de la civilización pasó una desbrozadora alrededor de mi casa, matando todas las flores y plantas que pude fotografiar antes de perderlas y antes de que las perdieran los pájaros y los insectos que estaban disfrutándolas.

Tuve que reconocer mi ignorancia al desconocer cómo se llama cada planta. Sabía lo que es un cardo, un diente de león, una margarita y una amapola, pero nada más. Aquí intento registrar lo que crece (¿sabíais que el color verde en lenguas de origen germánico significa eso, 'lo que crece', y por eso se parece "green" al verbo "grow"?) en un barrio cualquiera de Madrid, para reconocer la heroicidad de estas eternas supervivientes que luchan por la vida en cada rincón. Luchan para cumplir con su cometido, que es dar vida y dar belleza, y llenar nuestras almas, a través de nuestros ojos, de su esplendor y colorido.

Amapola (Papaver rhoeas L.)

Lo que siempre sorprende de esta flor es lo vistosa y atractiva que es, con ese rojo tan intenso como el de una rosa. Sin embargo, nos enseña que a menudo a la belleza hay que dejarla libre, sin poder capturarla. La amapola es una flor que no puede ser cortada porque se marchita al instante. Está hecha para que disfrutemos de ella allí donde crece, como parte inseparable del paisaje.



Colza (Brassica napus L.)

He dedicado mucho tiempo a mirar, con mis rústicos conocimientos, plantas que se parezcan a las de estas fotos sin llegar a estar seguro de su nombre. Finalmente, me he decantado por la colza:

Sin embargo, muy parecida es la rúcula o flor amarilla (Diplotaxis tenuifolia), aunque he visto que algunas, o quizá cuando son adultas, tienen los tallos y las hojas más bajas ásperas y pilosas:

También se parece mucho al nabo (Brassica rapa L.):






Lo que está claro es que pertenece a la familia de las Brassicaceae, de flores pequeñas de cuatro pétalos en cruz.

Malva (Malva sylvestris L.)

Esta planta es espléndida por lo vigorosa, porque no se limita a ser una mata de frágiles tallos en el suelo, sino que crece hasta llegarle a uno a la cintura o más. Es agradable ver colonizados de ella espacios junto a las aceras o las tapias. Hablando de tapias, viene a la cabeza la expresión popular de "estar criando malvas", como sinónimo de estar muerto. No es poca cosa, entonces, si muriésemos y tuviésemos la suerte de tener un campo en primavera por encima, crecieran estas plantas sobre nosotros.
Decía José Hierro en su poema El muerto:
[Me costó...]
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura,
[...]
Y es que esa fresca verdura lo es plenamente, porque la malva es comestible. Se comen sus flores, tiernas como fina lechuga, y se comen sus hojas pequeñas y jóvenes, que imagino que serán algo parecido a acelgas o espinacas (no las he probado aún).
Dicen que es importante que las hojas estén sanas, no enfermas ni picadas, y, si estamos en Madrid, que no sea un lugar donde orinen los perros.



Diente de león (Taraxacum officinale)

Hay muchas flores amarillas similares. Dan la impresión de ser pequeños soles por sus múltiples pétalos como rayos, de vivo amarillo. Es curiosa su metamorfosis en lo que de pequeños mal llamábamos "molinillos de viento", para dar esas numerosas semillas flotantes en el aire, que vuelan mágicamente.
No tengo foto propia porque las flores amarillas que he visto no son de esta especie.


La especie que se ve en esta foto de un amigo tal vez sea diente de león:

Lactuca serriola

Esta planta echa flores similares al diente de león, pero no tiene nada que ver.

También puede tratarse de Sonchus oleraceus:


Esto puede ser la misma planta antes de elevarse para la floración:


Si se preguntan por qué hago fotos a hierbajos así, la respuesta está muy clara: porque no sé lo que son.

Sonchus tenerrimus

Si no me equivoco, estas flores amarillas que también parecen pequeños soles radiantes son sonchus tenerrimus, a juzgar por la forma de las hojas, porque las flores son parecidas en muchas especies. Esas flores se abren por la mañana, se encaran al sol como si obteniendo su energía quisiesen emularlo y luego se cierran por la noche. Es muy curioso.
Aunque no sea seguro que se trate de la misma especie, un amigo ha sabido filmar mediante fotogramas dicha apertura de las flores:


Éstas son precisamente las que fotografié (y algunas corté para poner en una jarrita con agua en mi mesa del salón) antes de que desbrozaran.

Una ha querido brotar naturalmente en una de mis macetas:


Margarita (Chrysanthemun Leaucanthemum L. o Leucanthemum vulgare)

Hay unas 20000 especies de margaritas, así que no es fácil acertar cuáles serán las del parque junto a mi casa:


Lo que no son es lo que se conoce en primer término como margaritas, las más pequeñas y con pétalos muy pequeños y numerosos, que recuerdo que en polaco llamaban "stokrotki": https://es.wikipedia.org/wiki/Bellis_sylvestris

Bolsa de pastor (Capsella bursa-pastoris)

Es una planta normalmente muy pequeña, fácil de identificar por sus pequeños frutos en forma de corazón. Las hojas inferiores son comestibles.
En la foto, al ser tan delgadas, salen desenfocadas:


Viborera, buglosa o flor morada (Echium plantagineum)

Esta flor sólo aparece en zonas inclinadas, con bastante humedad y con el suelo frondoso de otras muchas plantas. Es como "selvática" a pequeña escala, según he observado.
Es bastante tóxica, pero tiene algún uso para afecciones de la piel.


Esto es todo por ahora. Puede que amplíe esta entrada con más información, correcciones o nuevas plantas.
Está claro que la cantidad es inmensa, incluso en los suelos de las ciudades como Madrid, y que ignoramos sus nombres y propiedades por completo.


Plantas que aún no he identificado:

1)

2)

3)

4) Las flores moradas:

5) Esos tallos con semillas recuerdo que le encantaban a los periquitos, que criaba mi hermano hace mucho tiempo:



lunes, 20 de abril de 2020

La estrella

Después de la luna, que es el astro de la luz falsa, que es tan sumamente bella y tan sumamente vana, fantasmal, soluble como un halo de niebla, ha aparecido una estrella.

Una estrella es diminuta. Dicen que en alguna lengua semítica llamaban a la bóveda celeste con el nombre que le daban a un colador, como si el cielo fuese una enorme semiesfera llena de pequeños poros por donde se cuela la luz, una luz mayor más arriba. Algo de esa luz mayor tienen las estrellas.

Pero, además, tienen muchos más atributos. Son inalcanzables, como la luna, pero mucho más, porque están muchísimo más distantes. Sin embargo, no son falsas. La luna sirve para sus cosas. Se mueve, tiene sus fases, brilla espléndidamente, ejerce sus fuerzas. Las estrellas no se mueven, son fijas. Precisamente por eso, con esa misma luz blanca, bonita, titilante, despiertan una ilusión. Ellas no son falsas, son una ilusión verdadera, la que queremos sin que lo sepamos. Con la luna, sabemos, aunque no sepamos que lo que deseamos no es realmente lo que queremos.

Las estrellas no engañan. Las estrellas sirven para poner rumbo. Así se lo marcaban a los navegantes, así eran de fiables, porque son eternas. Algunas mueren, sí, pero para nuestras cortas vidas, para lo que alcanza la memoria de nuestros antepasados, las estrellas son eternas.

Tengo un recuerdo que no olvidaré nunca. Es la historia del pueblo de mis primos. Mi tía y toda su familia son de un pueblo extremeño casi en la frontera con Portugal llamado La Codosera. Hace mucho tiempo, cuando vivían los abuelos de mis primos, mis padres me dejaban pasar allí algunas semanas en verano, algún año que otro. No era en el pueblo donde estaba la casa, sino apartada a varios kilómetros por una carretera sin asfaltar. Allí estaba la casa, en medio del campo, con jaulas de conejos, gallinas, un estanque cuadrado para lavar la ropa, una cocina con sillas bajitas de mimbre, retratos de familiares en blanco y negro, un gran botijo blanco con tapones de plástico, una puerta con cordeles con tubitos de colores para que no entraran las moscas, macetas con flores, perros de nadie con garrapatas en las orejas, una mula a la que no había que acercarse, pero en una cuadra que olía deliciosamente a heno mojado, un cerdito que comía cáscaras de sandía, dos o más escopetas de perdigones con las que nunca maté nada, y millones de maravillas más. Estaba a varios kilómetros de otras fincas, por arriba había eucaliptus y, por abajo, algunos olivos, y por el camino que bajaba, se llegaba al huerto del abuelo, donde me comí una vez uno de los mejores tomates de pera del mundo. No había rojo más puro y fruto más maduro que aquél. Esta hecho de sol. La tierra allí también era roja, sin poder haber ninguna más fértil en el mundo. Y junto al camino, y junto a una tapia, antes de llegar al pozo, la higuera: eran higos grandes, jugosos, más dulces que el ardor de la vida, rebosando azúcar por debajo o por sus fisuras, calientes del sol del verano, también rojas por dentro, como todo el recuerdo que tengo de aquello en lo que sea que llaman corazón.

Las noches, cuando llegaban, eran frescas como la niñez. Solíamos estar en el patio o terraza que había delante de la entrada. El tío Pedro había hecho hacía no mucho una estupenda mesa con una plancha de metacrilato. La tía Natalia y sus padres habían hecho de cena cualquier cosa deliciosa, que podían ser cangrejos de río que nosotros mismos habíamos cogido por la mañana, con ajo y guindillas. En la pared, sobre la puerta, nos alumbraba un farol ante el que revoloteaban polillas y unos insectos de alas rectas que resultaban ser mantis religiosas. Eran verdes, de un verde vivo, no muy grandes. Me arrepiento de haber colaborado en matar alguna, porque creíamos que eran peligrosas. Pero una vez capturadas o heridas no parecían nada peligrosas, sino delgadas y frágiles, engañadas y atraídas por la luz, como muchos de nosotros.

Hacía fresco, pero se podía estar en manga corta. Cuando habíamos recogido la mesa y todo, allí bajo el farol con insectos que revoloteaban, medio tumbados en viejas sillas plegables de playa, quedábamos mi primo Mario y yo. Mirábamos las estrellas.

Todo esto ha sido para que tenga sentido lo que vengo a decir. Porque, aunque mis primos y yo hemos crecido de manera muy diferente y nos hemos distanciado enormemente, entonces, a los trece, catorce o quince años, en aquel lugar mágico, mi primo era uno de mis mejores amigos del mundo. Ese amigo tan importante para mí, tumbado a mi lado, abiertos bien los ojos por si veíamos estrellas fugaces, me dijo esto:

- Mira en un hueco negro donde parezca que no hay estrellas. Si te fijas bien, aparece una estrella.

Esas frases son inigualables. No había ni podía haber mayor sabio en el mundo al decir eso. Eso nos puede guiar y empujar en la vida, en toda la vida. Ese puntito de luz, de ilusión, de esperanza, de guía en el ancho mar o en el camino que es una estrella, puede aparecer hasta donde no hay nada. Hay que confiar y escudriñar con la mirada. Enfocar y ver más allá, más lejos. Porque siempre están, aunque sea muy lejos. Y con eso basta, con que estén.

Ellas nos marcan un camino. No es casual que cuando la diosa Hera apartó violentamente a Heracles de su pecho, del que mamaba sin su permiso para convertirse en un dios, ese rastro de leche que brotó incontrolado, salpicando el cielo y dando lugar a la Vía Láctea, se llame también Camino de Santiago. La Vía Láctea es un camino de estrellas que surca el cielo entero. Y son millones y millones, que se pueden ver aguzando muchísimo la mirada o con telescopios.

Si veis una estrella, pensad en que se abre un camino y ya tenéis un rumbo que seguir.


Hace poco, sin una intención muy clara, pero alentado por una mujer que quiso ayudarme, pensé precisamente en una estrella, que asocié con ella. Me dispuse a escribirle un poema. Le dije que el soneto era para ella, y es verdad, pero sin darme cuenta he logrado para mí algo mucho mayor. He entendido el símbolo. Un símbolo es, etimológicamente, una pieza que encaja con otra para sellar un pacto. Cuando se llega a entender un símbolo, no solamente se encajan piezas como en un puzzle, que revela algo que antes estaba desordenado, sino que se realiza un pacto de crecimiento y prosperidad. Así lo hacían los antiguos griegos, portando un colgante que encajaba con el de otra persona que llevaba la otra mitad, normalmente para acordar la propiedad de tierras.

La mujer que quiso ayudarme me dijo que yo podía ser escritor, cosa que me ilusiona pero que no creo poder alcanzar, realmente. Aun así, me ayudó con un poco de confianza y de ilusión para unos cuantos días, no sólo para escribir, sino regándome el ego al haber mi humilde persona llamado la atención de tan famosa y formidable mujer. Como se deduce, fue para mí esa estrella; esa estrella que no me iba a señalar un camino hacia ella, hacia la mujer, ni hacia ser escritor, sino a otra cosa que no esperaba. Lo inesperado es siempre más excitante y revelador, por inesperado.

Y así no solamente me vino el primer verso endecasílabo que iba a dar lugar al soneto ("Estrella que apareces con la luna..."), sino que recordé la carta del tarot número XVII, que miré en las dos barajas que me regaló mi amigo Sergio ("Merlín"). Aquí detengo las explicaciones del poema. Que cada cual piense y deduzca. 

La puerta del símbolo no debe abrirla otro que no sea uno mismo.

La estrella (18/04/2020)
Estrella que apareces con la luna,
pequeña luz detrás de tu mirada,
luz amiga surgida de la nada,
iluminas remota y oportuna. 
Mi negra noche aguarda en la laguna
quieta. Tengo otro nombre. La dorada
forma tomas con ánforas en cada
mano. ¿Me querrás dar de beber una? 
Dorada luz que cobras forma humana
desnuda y grácil, forma de deseo,
fuente. Eres la fuente y de ti mana 
áurea armonía azul, en la que creo
por tu verbo un principio. Luz lejana,
¿es perdón la belleza que en ti veo?