lunes, 23 de octubre de 2017

El agua como símbolo en la lírica tradicional

1. PRESENTACIÓN

Contexto histórico y literario


Para encuadrar la lírica popular en su contexto histórico, “hay que remontarse prácticamente a los comienzos del lenguaje y emociones humanas y de la organización social”, como afirma A. Deyermond (1971: 21). Es decir, habría que adentrarse en tiempos previos a la Edad Media. Sin embargo, el contexto medieval no puede configurarse sin aludir a las épocas anteriores, y continúa el mismo autor: “los ingredientes […] vendrían constituidos por tres sucesos históricos que afectaron a la vida del imperio romano: la conquista de la Península Ibérica […] (siglo III a. C.-19 a. C.); la conversión del Imperio al cristianismo […]; por último, su demolición a causa de las invasiones.” Con esto se formaba una unidad de lengua, el latín; una unidad cultural y religiosa, el cristianismo; y la fragmentación causada por las invasiones bárbaras produjo que las distintas áreas, pertenecientes a un tronco común, emprendieran por separado su propio impulso lingüístico-cultural.
Tras la época visigoda, cristiana (en su variante del arrianismo) y latinizante, se produjo la invasión islámica (año 711), con lo que se dio el consiguiente cruce de culturas único y característico de la Península: pueblos cristianos de habla romance, islámicos de lengua árabe, y nutridas y prósperas comunidades judías.
Aunque al poco tiempo comenzara la Reconquista y se configuraran los primeros reinos cristianos (Asturias y Navarra, s. VIII, y la Marca Hispánica de Carlomagno), que acabarían formando el mosaico definitivo de Portugal, Galicia, León, Castilla, Navarra y Aragón, fue en tierras árabes donde se dieron las primeras manifestaciones líricas en lengua romance, las jarchas. Poco después, a partir del siglo XII, se sitúan las primeras piezas conservadas en gallego-portugués; y por último, las castellanas.
Esta enumeración tiene su base en testimonios escritos. Pudo muy bien suceder que, ya por los años de san Isidoro de Sevilla (636), tuviese lugar la composición en lenguaje popular de las primeras canciones amorosas; carecemos, sin embargo, de la evidencia necesaria a este respecto, ya que las primeras muestras textuales existentes remontan tan sólo a la dominación árabe (Deyermond, 1971: 23).
Para concluir con este boceto global de la literatura medieval, y citar los demás géneros no populares, coetáneos a la lírica tradicional, aparte de todos los autores anónimos de la épica, destaca Berceo y el mester de clerecía en el s. XIII; el Arcipreste de Hita en los inicios de una nueva poética en el s. XIV con el Libro de Buen Amor; y el s. XV cuya creación literaria estará marcada por la influencia del amor cortés y la escuela italiana del “dolce stil nuovo” (Menéndez Peláez, 2010: 47).
En todas estas fases de la literatura medieval tendrá su influencia la lírica de tipo popular, como se verá adelante.


Contexto social 


Cuando Guillermo Díaz-Plaja (1972: 17-19) representa con vivas imágenes lo que entiende como Edad Media (y hay que añadir que, desde mediados del siglo pasado, es lo que se entiende generalmente), cita: 

“un regio castillo, cuya muralla inferior sería de tan fuertes pilares como pudiera mover la energía del hombre empujada por el terror. Estrechas saeteras permiten, además, columbrar el horizonte, en el que la guerra enciende sus hogueras y amenaza el peligro. […] Merodean, por allí, los siervos de la gleba, que han acarreado sus productos campesinos […] para mantenencia del señor que les protege. […] El monje, en su capilla, tiene algunos libros y, cuando puede, copia lentamente un manuscrito del convento lejano. […] La esposa y las hijas del señor hilan y cantan. Cantan los viejos romances que los juglares traen y llevan de castillo a castillo, de frontera a frontera. Tres clases de seres, pues, “labradores, defensores y oradores”, la azada, el yelmo y la pluma, y estos extraños caminantes que sirven de cantar…”

Sin restarle belleza ni calidad a la redacción del autor, poética y emotiva, no puede negarse que se trata de una visión romántica y novelada, llena de tópicos. Así, en el periodo que se estudiará, el comprendido entre los siglos XII y XV, el contexto histórico-social y literario será más complejo y realista, aplicando para ello conocimientos y estudios más recientes.
Con el apoyo de la cita expuesta puede realizarse un breve comentario. Lo más importante es la división de la población en tres clases sociales, que nombra Díaz-Plaja más piadosamente de lo habitual, y es: bellatores, los que hacen la guerra, el rey y los nobles; oratores, los que predican, los clérigos; y laboratores, los que trabajan. Como se sabe, la nobleza y el clero siempre han estado muy unidos, y la nobleza, más que defender, se dedicaba a acumular “ondras et faziendas”, como se cuenta claramente en el Cantar de Mio Cid (Menéndez Peláez, 2010: 150, “El poema es un canto al caballero que con sus méritos personales alcanza grandes riquezas y prestigio social (“ondra”), y, por ello, quiere tener los mismos derechos que la nobleza de sangre”). De aquí se deduce que los trabajadores, el pueblo llano, ya sea árabe, castellano-leonés, gallego o navarro-aragonés, que siempre está expuesto a sufrir estragos, saqueos y diezmos, no ha de interesarse en cantar ni escuchar poemas épico-propagandísticos (Blanco Aguinaga et al, 2000: 62, “[…] La épica puede entenderse como el arte de propaganda de la clase dominante feudal […]”). Alguno de esos poemas, sin embargo, sí que copiaba “lentamente el monje en su capilla”, cuyo manuscrito ha llegado a nosotros como único testimonio.
De aquí se concluye que la literatura del gusto de la mayoría de la población no podía estar relacionada con los intereses de la Iglesia ni de la corona, y sin cuestionar ahora el emisor, sí está claro el receptor: el pueblo, es decir, todos, incluyendo la nobleza (“la esposa y las hijas del señor hilan y cantan”). Para abarcar tan grande abanico de tipos de personas, de distintas edades, sexos, profesiones, estratos sociales… los temas a tratar no podían ser específicos, sino universales, y por tanto muy humanos, y el principal no podía ser otro que el amor.
De esto es de lo que trata la lírica de tipo popular, cuyas principales manifestaciones en la Edad Media, como coinciden todos los autores, son las jarchas mozárabes, las cantigas de amigo gallegoportuguesas y los villancicos castellanos, sin olvidar la poesía de Cancionero (Frenk, 2008: 17) ni los romances, que a menudo toman símbolos tradicionales.


El tema del amor y la sociedad receptora


Es necesario concretar por qué triunfaba el tema del amor, y sus diversos subtemas en este género. Juega un imprescindible papel la sociedad receptora que, en este caso, abarca la totalidad de la población; por ello la temática debía satisfacer a todos. Acerca de la temática Margit Frenk (2008: 25) sintetiza que 

“es, en efecto, variadísima, como que procede de fuentes muy diversas: de la lírica medieval europea (francesa, sobre todo), de la tradición hispánica manifiesta ya parcialmente en las jarchas, de la cantiga d’amigo gallego-portuguesa, de la canción trovadoresca española, del Romancero. El amor y la naturaleza se entrelazan y confunden. En la mítica fuente del rosel la niña y el doncel se lavan uno al otro, en íntima unión (número 78); dentro del vergel, entre las rosas, acecha la muerte por amor (número 91). Como del fondo de un pozo sale el agua del amor y la fecundidad (números 78-88, 92, 94, 98), salen las flores y los frutos simbólicos de la entrega amorosa (números 72-77, 89-94, 99-101, 343, 308)”.

El primer rasgo visible de este amor es su inherente concepción natural; es notable y forzoso que siempre se desarrolle en plena naturaleza, con elementos del decorado tales como distintas especies arbóreas (pinos, avellanos), aves (halcón, garza), ciervos, y sobre todo, lo que va ser el tema de estudio aquí, los medios acuáticos (fuentes, ríos, mar). Como se planteará, el decorado no va a ser real y físico, sino abstracto y relativo a los sentimientos. Deyermond menciona al respecto (1971: 52): “En estos poemas el paisaje no es descrito por sí mismo, sino que cobra relevancia en conexión con el tema del amor, y que, finalmente, todos sus trazos poseen un giro simbólico”. La coincidencia temática abarca también la forma , y matiza también el mismo autor: “Los poemas con un encuadramiento rural (representados por “Ai flores…” del rey Dionís) poseen generalmente un contenido sencillo, con un bosquejo de la actitud de la doncella finalmente desleído; la estructura paralelística es la más frecuente en tales poemas. Entre ellos destacan los debidos a Pero Meogo, en los que hacen su aparición ciervos o ciervas junto a una fuente o río […]. El ejemplo que añade es “os amores ei” (número 37 en la compilación de Margit Frenk).
Hay autores –sin ir más lejos, el mismo Deyermond– que se amparan en los rasgos formales para atribuir el origen tradicional del poema, y que cuando hay alteraciones, significa que ha intervenido un reelaborador culto. Así lo explica el medievalista inglés (1971: 48):

 “Gracias a este procedimiento de asonancia alternante con la fórmula del leixa-pren, el poema está dotado de una expresiva estructura paralelística. Es posible, naturalmente, el paralelismo con asonancia alterna y sin leixa-pren; un número no despreciable de cantigas de amigo prescinden absolutamente del paralelismo […]. Con todo, ésta es la forma típica y un indicio, el más claro sin duda, del origen popular de las cantigas de amigo. Los poemas de esta clase que nos quedan son todos creación o reelaboraciones de poetas cultos; así que, a veces, detectamos modificaciones de forma con intenciones artísticas”.

El hecho de la presencia de la naturaleza como constante en esta poesía tiene su repercusión en la sociedad receptora con función globalizante y totalizadora, dado que la naturaleza está intrínsecamente conectada con las raíces antropológicas de toda sociedad humana. Es decir, todo individuo ha de sentirse identificado con los motivos y los símbolos que se tratan; por esto, entre otras causas, es poesía “popular”.
El siguiente rasgo del tema del amor en relación con el público receptor es la perspectiva desde la que se trata el amor, de la que tratan los estudios más recientes. J. Victorio (2001: 11-12) concreta que se trata del “amor realizado o realizable, su materialización”, en oposición a un amor espiritual que podría llamarse platónico, más propio de la poesía culta. Victorio demuestra este amor físico con varias pruebas, entre las que cabe destacar:

  1) el uso del plural “amores”, no del singular, lo que conlleva un matiz más ligero y menos solemne del término; 
  2) el acompañamiento de los verbos “aver”, “tomar” y otros que están desterrados de lo espiritual; 
  3) adjetivación con especial hincapié en el aspecto físico: “fremosas, louçanas, belidas […] y otros epítetos más a base de corpo”. Un amor visto desde la perspectiva espiritual y desprovisto de toda expresión física excluiría a la mayor parte del público receptor.

El tercer rasgo es el protagonismo femenino. Tanto en las jarchas, como en los villancicos, como en las cantigas de amigo, la canción se pone en labios de una mujer que se dirige a su madre, a una amiga, o a determinados elementos de la naturaleza (Menéndez Peláez, 2010: 90). Esto parece indicar que el público a que iba destinada esta poesía era femenino (Victorio, 2001: 14), amplio sector de la población que acogería con entusiasmo la postura de afirmación personal a la que aluden las canciones. No obstante, los hombres, soñadores de aventuras amorosas, no rechazarían estas manifestaciones libres e incondicionadas de mujeres.
En cuanto al carácter tradicional, estas primeras creaciones líricas no serían fruto espontáneo del vivir cotidiano del pueblo, sino que supondrían una deliberada actividad intelectual, y exigirían un conocimiento y unos estudios de corrientes poéticas precedentes (Menéndez Peláez, 2010: 77). Se sabe, en cuanto al origen, que (ib., 2010: 60):

“En los comienzos de las literaturas […] las obras literarias suelen ser anónimas; no se tiene en cuenta la personalidad del autor que, por su parte, no pretende perpetuar su obra de manera permanente, sino que su obra tenga una finalidad puramente funcional: satisfacer fugazmente las necesidades lúdicas de un público que se concentra en los mercados medievales o en el atrio de las iglesias, después de asistir a los oficios litúrgicos. El poeta concreto (estilo individual) está, pues, en el principio de este proceso; muchas de estas interpretaciones […] sucumben al olvido, al tener la vía oral como principal vehículo difusor; no obstante, algunas de estas creaciones, las más privilegiadas, consiguen el favor de un público que las aprende de memoria, las repite y las considera patrimonio de la colectividad; de esta manera, el primitivo estilo individual se convierte en estilo colectivo, según las leyes de la tradición oral. Este proceso genético es el que caracteriza a una buena parte de la creación literaria medieval (lírica, épica, romancero)”.

Es inherente a la tradicionalidad en poesía el rasgo de la oralidad. En las comunidades iletradas (como lo son todas en los estadios primitivos) la composición y transmisión de tales canciones sólo puede darse de forma oral, y, aun cuando existan miembros letrados en la sociedad, dichas creaciones tan sólo aparecen en forma escrita bajo el acicate de alguna razón práctica que incite a ello (Deyermond, 1971: 26). Esta razón podría ser la recogida de estas composiciones en códices para ser posteriormente compiladas y utilizadas para amenizar determinadas fiestas de la corte.
Por último, señalar que aunque la lengua utilizada fuera el gallego-portugués (Deyermond, 1971: 54, testimonio del Marqués de Santillana), la sociedad receptora no se limitaba a las fronteras de esta área lingüística, sino a toda la Península y tal vez, la Provenza (Menéndez Peláez, 2010: 87). 


Adscripción al género


Cabe preguntarse por qué esta temática (el amor físico) y este receptor (el pueblo) se circunscriben a la poesía o canción como medio de expresión artística.
Como se ha mencionado ya, un rasgo prácticamente exclusivo de la lírica medieval es la oralidad. Al ser la transmisión de forma oral, lo cual no podía ser de otra manera debido al analfabetismo casi general en la época, las composiciones debía ser fáciles de memorizar, y para ello precisaban de mecanismos para tal finalidad: ritmo, métrica, rima, repeticiones, paralelismos... Los romances gozan de su conocido esquema métrico sencillo y eficaz, que ayuda, de este modo, a la declamación de grandes tiradas de versos.
La poesía lírica popular, sin embargo, no va a ser en ningún caso extensa, sino breve, porque en ella no se va a relatar nada, sino que, como en cualquier poesía lírica, lo que se pretende es expresar un sentimiento concreta e intensamente y, para ello, la composición ha de ser lo más breve e intensa posible. Las repeticiones y paralelismos ayudan a resaltar las ideas más importantes para que hagan mella en los sentimientos del receptor, al igual que la colocación de cada palabra en el poema, y así ninguna palabra sobra ni está mal situada en ningún caso: la poesía que sobrevive a la tradicionalidad es una obra arquitectónica perfecta.
Deyermond (1971: 61) considera que la estructura paralelística pudo estar relacionada con la forma en que se bailaba: “Es probable [...] que [...] tuvieran su origen en la danza  y concretamente en dos clases muy difundidas de danzas populares: la que, con dos corros de danzarines, hace girar un círculo en sentido de las agujas del reloj, y otro en sentido inverso, y la que, en cambio, consta de un único corro de giro en torno a la figura central, que dirige la danza. La lírica paralelística pudo muy bien estar relacionada con el primer tipo [...]”. Menéndez Pidal dedicó un breve escrito a una danza al son de una canción popular en Mieres, Asturias, aunque correspondiente al segundo tipo que expone Deyermond.
En cualquier caso, no se puede restar fuerza a un poema en su construcción para amoldarlo a un baile. Lo que sí puede ocurrir es que los paralelismos sean perfectamente aprovechables para cierto tipo de danzas, de modo que quienes plantean este tipo de hipótesis tampoco están equivocados.

Aparte de todas las nociones relativas a la forma de estas canciones populares, otro gran pilar que sostiene la acogida por el pueblo y la entrada en el “corpus” de la tradicionalidad es el uso del símbolo. Un símbolo se detecta, en primer lugar, porque se constituye exclusivamente con elementos de la naturaleza, y en segundo lugar, porque a diferencia de la comparación y la metáfora, “se produce el enunciado de solamente uno de los enunciados, precisamente en el que se cita a la naturaleza y refiriéndose a un sentimiento, a la situación anímica o física (y de su interrelación) de quien protagoniza el poema” (Victorio, 2001: 73). No ha de confundirse con la polisemia y los eufemismos, también frecuentes en la poesía lírica tradicional. Sea por ejemplo éste puesto por J. Victorio (2001: 56), “Foi eu, madre, lavar meus cabellos / a la fonte e paguéime eu delos / e de mí, louçana”, de Xohán Soáres Coello, donde “lavar los cabellos” es un eufemismo de “saciar la pasión amorosa”. 
También Menéndez Peláez (2010: 99), tomando como referencia a Morales Blouin (1981), admite que la canción tradicional peninsular remite a “códigos míticos y folclóricos, en los que el simbolismo, en ocasiones con claras connotaciones eufemísticas para significar la pasión amorosa, es la clave de lectura”. En las tres corrientes de la literatura tradicional (jarchas, cantigas, villancicos) aparece frecuentemente el ciervo con valor simbólico (equivalente al amante, “amigo”).
El tema del agua es también otro de los tópicos, que puede remitir a una serie de expresiones eufemísticas, como lavarse la cara o el cabello, la camisa del amado, o bien bañarse en ella o beberla (normalmente en un día caluroso). Morales Blouin (1981: 172) cree que es solamente el agua revuelta o turbia la que precede al encuentro sexual o es símbolo de ese contacto, pero se verá más adelante que el agua también puede ser “clara”.
Además del simbolismo del ciervo y el agua, M. Peláez (2010: 101) indica que hay otras expresiones para referirse a la relación amorosa, como estar bajo un avellano, manzano o encina (hay que concretar que no se trata meramente de “estar”, sino de llevar a cabo alguna actividad relacionada con los sentimientos que describe el poema: bailar, llorar, o cobijarse a su sombra en un ambiente figuradamente caluroso). Sin embargo, el campo del simbolismo es mucho más amplio y al lector le servirá, más que estas enumeraciones de referencia, una atenta lectura de las poesías tradicionales con especial atención en los elementos de la naturaleza.
En el siguiente capítulo se realizará un análisis del símbolo del agua, uno de los más recurrentes en las canciones líricas populares.


2. ESTUDIO DEL SÍMBOLO DEL AGUA


La hipótesis que se plantea en el presente epígrafe trata de demostrar, o coincidir con aquellos que ya lo han demostrado, que la aparición del agua en sus diversas formas (fuentes, ríos, riberas, pozos, orillas, ondas, mar...) no debe considerarse sólo una referencia folclórica o pagana (véase definición de 'pagano' en el DRAE), sino un símbolo poético, es decir, un versátil recurso estilístico que, por su eficacia artística y gran literariedad, ha llegado a ser recurrente en la lírica tradicional.
J. Menéndez Peláez (2010: 99-101) alude al paganismo con la figura del ciervo: “No faltan especialistas en el tema que atribuyen el simbolismo fálico del ciervo a una vieja herencia pagana [...]”, y también con el agua: “Los baños rituales, principalmente en la fiesta de San Juan, son muy frecuentes en la lírica tradicional con amplias e intensas reminiscencias paganas”.
Deyermond (1971: 53) también lo reconoce: “La conexión de estos poemas con motivos folclóricos  es inequívoca, y los ciervos, además, tienen un valor simbólico, probablemente ritual (un obispo de Barcelona, por ejemplo, en el siglo IV, condenó ritos populares que incluían una danza de ciervo, prohibiendo a sus fieles cervulum facere)”. Pero continúa: “Sería temerario en extremo sugerir que todos los rasgos del paisaje de las cantigas de amigo derivan de ritos...”, y admite que todos los trazos del paisaje son simbólicos al entrar en conexión con el tema del amor.
Al margen de lo ritual, lo pagano y lo folclórico ([Folklore:] “La palabra [...] se acuñó en Inglaterra y se compone de Folk (“gente común, vulgo”) y lore (“conocimiento, conjunto de hechos y creencias”), López Estrada, 1980: 31), lo que hay que resaltar es el giro simbólico que apunta Deyermond  antes que nada, siempre y cuando se esté estudiando la poesía desde el campo de la Filología. Quizá quepa preguntarse por qué se elige el ciervo en las jarchas, las cantigas y los villancicos, y no otro animal macho con cuernos, pero la respuesta en este caso está más cerca de ser alcanzada por la Antropología.
En donde sí hay respuesta es en el recurrente tema del agua. En primer lugar, hay que notar la casualidad de que el mencionado ciervo, que se mire como se mire es un “macho”, con frecuencia aparece en una ribera, orilla o fuente:

-Digades, filla, mia filla belida:
¿por qué tardastes na fontana fría?

-Os amores hei.
[...]
-Tardéi, mia madre, na fontana fría:
cervos do monte a augua volvían.

-Os amores hei. 
[...]
(Pero Meogo, tomado de Victorio, 2001: 88-89.) 

También al ciervo se le puede cambiar el género, lo cual no afecta para que siga teniendo querencia por el agua:

[...]
Cervatica tan garrida,
no enturbies el agua fría,
que he de lavar la camisa
de aquel a quien di mi fe. 
[...]
(Tomado de Alonso, 1969: 46) también en Frenk, 2008: 82.)

Y podemos seguir alejándonos paulatinamente de lo “pagano” si desaparece la figura del ciervo, aunque aquí aparece ese baño ritual de San Juan que señala Menéndez Peláez:

Caballero, queráisme dejar,
que me dirán mal.
¡Oh, qué mañanica, mañana,
la mañana de San Juan,
cuando la niña y el caballero
ambos se iban a bañar!
Que me dirán mal.
[...]
 (De Juan Vásquez, Recopilación, I, 13, en Frenk, 2008: 81.)

Puede preguntarse el lector de este poema, si se ciñe a la teoría de los baños rituales en sentido explícito, qué tendría de interesante que se metiesen en el agua un señor y una niña para que se compusiese una canción sobre ello. Y más extraño resulta que en el mismo poema la niña diga al caballero que la deje (“queráisme dejar”) porque hablarán mal de ella (“que me dirán mal”). Si el baño es ritual, es decir, una costumbre ancestral y bien vista por las autoridades religiosas, no debería haber ningún mal en ella. También es llamativo que la información de que el baño se realice por la mañana se repita tres veces y con exclamación.
Y para comenzar los análisis que darán respuestas a lo expuesto, es preciso demostrar con un par de pruebas que estos baños, fuentes y riberas no tienen ningún sentido pagano, sino simbólico, y la primera de estas pruebas consta en la obra de un hombre perteneciente a la Iglesia, San Juan de la Cruz. Véanse estas hermosas liras, donde tratando el amor de manera apasionada se menciona la “cristalina fuente” (estrofa 11), “las riberas verdes” (est. 33), y “el agua pura” (est. 35), de “Canciones entre el alma y el esposo”:

11
¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibuxados!
33
[...]
Y ya la tortolica
al socio deseado
en las riberas verdes ha hallado.
35
Gocémonos, amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte y al collado,
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.

Pero es todavía más notable encontrar referencias al agua en la misma Biblia, en el Cantar de los cantares, que indudablemente trata de amor, ya sea a algo divino o humano: 

[Cant., 4: 2]:
Tus dientes, como manadas de trasquiladas ovejas,
que suben del lavadero,
todas con crías mellizas,
y ninguna de ellas estéril.
[Cant., 4: 12]:
Huerto cerrado eres, mi hermana, esposa mía; 

fuente cerrada, fuente sellada.

[Cant., 4: 15]: 

Fuente de huertos, 

pozo de aguas vivas, 

que corren del Líbano.

Que el agua (lavadero, fuente, pozo) con sentido simbólico amoroso sea utilizada en la Biblia o en obras de autores religiosos parece indicar que no expresa ningún ritual pagano, sino que es un símbolo poético cuya utilidad es embellecer y añadir intensidad poética a la expresión lírica del amor, al que en el caso religioso se le atribuye un sentido que no es carnal.

De nuevo en el campo de lo humano, y del amor físico del que se habló en la introducción, el uso del agua como símbolo, no representando ningún escenario real (ya se vio que el baño en San Juan de la niña y el caballero no tiene mucho sentido) tiene un significado inequívoco, que se verá en los ejemplos a continuación.

Partamos de un poema sencillo donde destaca el hecho de que el lenguaje es figurado, y por tanto, nada de lo que en el poema se diga puede ser real ni concreto:

Vos me matastes,
niña en cabello,
vos me habéis muerto.
Ribera de un río
vi moza virgo.
Niña en cabello,
vos me habéis muerto.
Niña en cabello,
vos me matastes,
vos me habéis muerto.

(De Juan Vásquez, Recopilación, I, 15, en Frenk, 2008: 111.)

Está claro que no puede ser “matar” en sentido estricto, ya que quien escribe el poema está hablando en primera persona, y por tanto está vivo. Insiste, con repeticiones en cierto modo de acusación en el hecho macabro de su muerte; por tanto ya se puede sospechar, al repetirse tanto, que no es una muerte real.
Como no entra en la lógica que en un poema de ese tono, tradicional, y tan breve, unas cosas sean reales y otras no, llama la atención la “ribera de un río”. Es el único escenario que consta en el poema, porque todos los demás versos expresan la muerte perpetrada por esa “niña en cabello” o “moza virgo”. Esa “moza” es virgen, no está casada, y por tanto está soltera; y por la misma razón va “en cabello”: el cabello suelto es el rasgo distintivo de una doncella, y también el principal atractivo de una mujer. 
Sería inimaginable que esa belleza estuviera en un lugar inhóspito o estéril, como un pedregal. El poema ya cojearía si dijera “en un secarral vi moza virgo”, y de hecho, con esas palabras en grado cero (Barthes, 2005), ya no sería un poema.
La unidad temática requiere que todos los campos semánticos giren en torno a lo mismo, a esa bonita chica soltera. Su disposición al amor conlleva un entorno equivalente en la naturaleza, y en ésta, lo que engendra vida es el agua, es la fertilidad. Por eso en este y en un amplio corpus de poemas líricos se conecta el agua, el río o las fuentes con un lugar de encuentro de amantes. El agua irriga la tierra para que haya vida en ella, para que dé frutos, del mismo modo que el amor correspondido, realizado, da la vida real y figuradamente en el ser humano. Real, porque de su materialización nacen hijos; y figurada, porque sin amor no hay quien viva.
Es, por consiguiente, un amor físico; de ahí que el autor haya “muerto” de ese mismo acto. Este recurso, también muy frecuente, es un eufemismo (Victorio, 2001: 70) del acto amoroso realizado. Conste que en lengua francesa se llama “petite mort” al momento álgido de un acto sexual, además del estado físico visible en ciertos animales, que quedan exhaustos.
Por todo esto es tan destacable el poema, por lo elegantemente que se describe una vivencia que algunos podrían considerar soez, pero que, así contada (o cantada), remite a la más bella expresión del amor.

Otro rasgo del agua como símbolo se encuentra en el siguiente poema, antes ya mencionado:

Caballero, queráisme dejar,
que me dirán mal.
¡Oh, qué mañanica, mañana,
la mañana de San Juan,
cuando la niña y el caballero
ambos se iban a bañar!
Que me dirán mal.
Caballero, queráisme dejar,
que me dirán mal. 

(De Juan Vásquez, Recopilación, I, 13, en Frenk, 2008: 81.)

No ha de considerarse San Juan como fiesta religiosa ni de ningún tipo, sino asociándola con la naturaleza, que es la clave de la lectura de la poesía lírica tradicional. La fecha de San Juan, en torno a los días 22-23 de junio, es justamente el solsticio de verano, es decir, el día más largo y la noche más corta, y cuando empieza a ser más vivo el calor del verano que ya ha llegado. Todo esto indica “calor”, y al mismo tiempo, junio es el mes de “la hoz en el puño”, de la recolecta de los frutos que ha dado la tierra. Es una fecha de fertilidad.
Pero es el calor lo más destacable de esta fecha, porque el amor “calienta”. No es de extrañar, por tanto, que la noche de San Juan se festeje con hogueras, simbolizando los amores que afloran en tal fecha.
Con tanto calor y fuego, no hay mayor placer que un “baño”, de ahí que el poema destaque que “la niña y el caballero / ambos se iban a bañar”. Ese baño alivia del “calor”, que en otros poemas rimará con “amor” (véase el Romance del prisionero).
Como siempre, nada es real y todo es figurado. No es esa fecha, ni la mañana, ni el baño hechos reales, porque entonces no sería un poema, sino una anécdota. La mañana indica lo temprano en el tiempo, y quiere decir la juventud, al igual que San Juan, y por tanto es el momento propicio para tener amores. El baño es el único y el mejor alivio para el ardiente deseo amoroso, que en muchos poemas líricos se indica con el calor del sol (Blanca me era yo / cuando entré en la siega; / diome el sol, / y ya soy morena, Lope de Vega, en Frenk, 2008: 122) o del fuego (candeas queimar, Victorio, 2001: 45).
Ese alivio no es otro que la consumación del acto amoroso, el único remedio conocido para el “mal de amores”.
Sin embargo, la niña en cuya boca está puesto el poema quiere que el caballero la deje (“queráisme dejar / que me dirán mal”), para que no hablen mal de ella, ya sea porque el amor es ilícito o porque lo hacen con algún descontrol. Ambos son motivos por los que se puede “hablar mal” de una mujer. Y lo repite porque enfatiza lo apasionado y difícil de dejar que debe ser ese amor. Ella no es capaz de dejarlo, por eso se lo pide al caballero que, según parece, tampoco quiere dejar de “bañarse” con ella.

Otro ejemplo, con un decorado similar y con el mismo sentido, es el siguiente:

En la fuente del rosel
lavan la niña y el doncel.
En la fuente de agua clara
con sus manos lavan la cara.
Él a ella y ella a él,
lavan la niña y el doncel.
En la fuente del rosel
lavan la niña y el doncel.
(Juan Vásquez, Recopilación, II, 42, en Frenk, 2008: 81.)


Ya en el primer verso aparece el agua: en la fuente. Sin embargo, hay que concretar que no se trata del primer tipo de fuente que se nos viene a la cabeza, la típica construcción de cemento con caños, por lo siguientes motivos:

- no hay ninguna otra referencia a un paisaje urbano, y si fuera una fuente construida por acción humana, debería decir cuál, es decir, el topónimo donde está situada ;
- en una fuente urbana o de cómodo acceso para uso del pueblo no podrían un chico y una chica tener intimidad. Forzosamente debe ser una fuente natural en paisaje agreste y recóndito, un manantial;
- otros motivos de que se trate de un manantial es que, por un lado, la lírica popular busca siempre elementos de la naturaleza, y por otro lado, que efectivamente de las fuentes naturales mana el agua más limpia, pura y refrescante, que mejor puede aliviar el “calor” expuesto anteriormente.

Estos datos son importantes porque seguimos tratando con un decorado simbólico, no real. Se siguen deduciendo pruebas de lo poético y no lo anecdótico con el análisis detallado: ya se ha comprobado que es una fuente natural, pero además, no es cualquier fuente, es la “fuente del rosel”. Del rosal. La rosa ha sido el símbolo de la pasión amorosa desde la antigüedad clásica, y además, la característica más distintiva de la rosa es, aparte de su belleza con su vivo color rojo, lo efímero de su esplendor. De ahí la máxima de Ausonio “collige, virgo, rosas”, y el celebérrimo soneto XXIII de Garcilaso, “En tanto que de rosa y azucena…”, que insiste en esta brevedad de la juventud para el amor: “coged de vuestra alegre primavera / el dulce fruto…”, “Marchitará la rosa el viento helado…”.
Es una fuente identificada así con la realización amorosa. Por si quedase alguna duda, luego repite: En la fuente de agua clara. Siempre que se repite en lírica popular se está insistiendo sobre lo mismo, y por tanto, aunque se usen palabras distintas se trata de una igualación de conceptos. Agua clara = rosal. Se concreta que no es agua turbia ni tibia, sino clara; la óptima para el refrigerio y la satisfacción. Nótese también la postposición del adjetivo, que indica que no es cualquier fuente: es la fuente del rosel, y es la fuente de agua clara.
El hecho de que sea la cara lo que se laven tiene dos interpretaciones. La primera es a nivel visual, en un primer nivel de lectura; resulta agradable la representación de un chico y una chica tocándose el uno al otro la cara con las manos. Requiere una gran confianza e indica que están enamorados. En un segundo nivel, la cara es el espejo del alma, y se están “lavando” (=alegrando, aliviando) la cara/alma, con la materialización del acto amoroso. Están alcanzando una intensa felicidad que se les ve en la cara

La presencia simultánea del agua y el rosal también se encuentran, y con el mismo sentido, en este poema:

-Donde vindes, filha,
branca e colorida?
-De lá venho, madre,
de ribas de um rio;
achei meus amores
num rosal florido.
-Florido, enha filha,
branca e colorida?
-De lá venho, madre,
de ribas de um alto;
achei meus amores
num rosal granado.
-Granado, enha filha,
branca e colorida? 

(De Gil Vicente, fol. 240, en Frenk, 2008: 85.)

Como explica Margit Frenk en su edición (2008: 85), en la segunda estrofa, alto y granado equivalen a río y florido de la primera estrofa. Un “alto” equivale a un río en el sentido de que también es un lugar agreste y adecuado para el encuentro de amantes, aparte de que “elevarse” también tiene un sentido figurado en el ámbito amoroso, como “bañarse”. Nótese también que lo “florido” equivale a “granado”. Lo granado es de intenso color rojo, el color de la pasión amorosa.

Otro elemento vegetal que suele aparecer relacionado o en contacto con el agua es el pino. En el siguiente poema, se cita además la rosa. Todos están relacionados.
No pueden dormir mis ojos,
no pueden dormir.
Y soñaba yo, mi madre,
dos horas antes del día,
que me florecía la rosa:
ell pino so ell agua frida:
no pueden dormir. 
(Alonso, 1969: 35.)

El pino es el árbol cuya hoja nunca se cae y siempre está verde, es decir, joven. Lo verde es símbolo de la juventud, igual que lo florido y lo primaveral, en contraposición a la nieve o lo marchito que denotan vejez y decrepitud, como en los tercetos del poema de Garcilaso anteriormente referido. La interpretación más exacta sobre el pino la aporta J. Victorio (2001: 101) cuando se le aplica el innecesario adjetivo “verde”, que “actuará hiperbólicamente, señalando, dentro del mundo de lo amoroso (lo bello), su supuesta duración, la promesa o la esperanza de un largo amor.”
En definitiva, que esta chica (se supone que es una chica al estar hablando con su madre), en su más plena y radiante juventud (su “mañana” más temprana, “dos horas antes del día”), en la flor de la vida, dispuesta al amor (“me florecía la rosa”), guarda esperanzas de que se mantenga como el pino la satisfacción amorosa (ell pino so ell agua frida). Esa esperanza puede deducirse del verbo “soñar”. “Dormir” representa la inactividad amorosa (Victorio, 2001: 57), por eso se deduce que esta chica está muy “activa”. Si se entendiese que sus “ojos” son una sinécdoque de su amante, como en el romancillo de Góngora (viendo que sus ojos / a la guerra van), el sentido sería el mismo.
El limón también aparece frecuentemente junto al agua y también con sentido simbólico. Parece funcionar de la misma manera que el pino en el siguiente poema:
En la huerta nace la rosa:
quiérome ir allá
por mirar al ruiseñor
cómo cantabá.

Por las riberas del río
limones coge la virgo.
Quiérome ir allá
por mirar al ruiseñor
cómo cantabá.

Limones cogía la virgo
para dar al su amigo.
Quiérome ir allá
para ver al ruiseñor
cómo cantabá.

Para dar al su amigo
en un sombrero de sirgo.
Quiérome ir allá
[para ver al ruiseñor
cómo cantabá.] 

(De Gil Vicente, fol 17, en Frenk, 2008: 90.)

El limón es el fruto que siempre está ácido, que no madura, y por lo tanto, siempre es joven. De ahí que tenga algo que ver con el pino. Sin embargo, tiene un significado más utilitario, como algo que se “coge”, que se “da”, etc. J. Victorio (2001: 112) lo expresa así: “el limón simboliza lo virginal apetitoso, como el agua fría en las cantigas, y […] la frase coger limones es sinónima de coger rosas”.
Así, se entiende que cuando el poema dice “Por las riberas del río / limones coge la virgo”, es que está satisfaciendo su amor de juventud, y va bien cargada de eso “virginal apetitoso” que va a dárselo a su amigo, su amante.
Van constando las razones por las que el agua es un símbolo poético y no (solamente) una referencia pagana. Con lo visto hasta ahora se analizará el poema completo, y con más detalle, de Pero Meogo:
-Digades, filha, mia filha velida:
porque tardastes na fontana fría?

os amores ei.

Digades, filha, mia filha louçana:
porque tardastes na fría fontana?

os amores ei.

-Tardei, mia madre, na fontana fría,
cervos do monte a augua volvían:

os amores ei.

Tardei, mia madre, na fría fontana,
cervos do monte volvian a augua:

os amores ei.

-Mentir, mia filha, mentir por amigo;
nunca vi cervo que volvess’o rio:

os amores ei.
Mentir, mia filha, mentir por amado;
nunca vi cervo que volvess’o alto:

os amores ei.

(De Pero Meogo (V 797/CB 1192), en Deyermond, 1971: 52-53.)


Ya se ha visto lo que simboliza el río, que en la repetición es equivalente a “alto”, y por supuesto, a “fontana fría”. Los ciervos son los machos por antonomasia, los potenciales “amigos” o amantes que pueda encontrar una chica “belida” y “louçana”. Y por si quedase alguna duda, se repite constantemente el estribillo “os amores ei”, que indica de qué está hablando el poema.

Todas estas indicaciones han sido desgraciadamente ignoradas por reputados autores, que dan lugar a comentarios como éste: “Un tema de gran belleza es el desarrollado en varias cantigas de amigo del poeta Pero Meogo: el de la fuente donde adaguan los ciervos, los cuales ora inspiran miedo a la doncella, ora son interrogados por ella, estando ausente el amigo. La madre reprende a la muchacha porque ha tardado mucho en regresar de la fuente”. 
No hay ninguna muestra de que a la chica le den miedo los ciervos. Más bien, todo lo contrario.
El mismo autor (Riquer, 2003: 496) afirma que 
“En la cantiga de amigo el sentimiento de la naturaleza da la sensación de nacer de la frecuente y familiar contemplación del campo, con sus árboles y sus pájaros, y no es un ornato que arropa o embellece otros propósitos, como es frecuente en las canciones de los trovadores y de los Minnesänger y en las cantigas de amor gallegoportuguesas”.
Es decir, que los autores de las cantigas de amigo eran “peores” poetas que los otros, y que componían únicamente con la “contemplación del campo”, aparentemente sin más propósitos. Cree, por tanto, que se trata de un escenario real, con ciervos reales, ríos, fuentes, y una madre que se enfada porque ha mandado a su hija a por agua y ésta tarda. Como este ejemplo hay otros muchos en diversas historias de la literatura, puesto que en los estudios tradicionales no se atendía al símbolo.
Lo que se deduce del poema mediante un estudio simbólico es -nada más lejos- que la madre está enojada por celos de su hija, que está teniendo éxitos amorosos. Que los ciervos vuelvan al agua, razón por la cual la niña “tarda” y la madre se sorprende, quiere decir que uno o más de esos amantes se haya enamorado de la moza, y esté repitiendo con ella ese “refrigerio” (ya sabemos cuál) en la simbólica fuente o río.
(Como nota en cuanto al injusto desprecio hacia esta poesía, cito aquí también a Menéndez Pidal, que la calificada de "inartificiosa": R. Menéndez Pidal (1973: 164-165) coincide en la falta de artificio literario de las cantigas de amigo, cuya muestra es la estructura paralelística: “El lirismo desborda en repeticiones […]. Este paralelismo usan el rey don Dionís, los caballeros de su corte o los eruditos clérigos; pero su inspiración refleja, sin duda, el sentimiento y la expresión más inartificiosa del pueblo en común, incluyendo en él los más humildes con los más doctos”.)

Que se haya retomado el motivo del ciervo ahora tiene su sentido para completar el análisis del otro poema citado donde estaba presente este animal, el de la “cervatica”.
Cervatica, que no me la vuelvas,
que yo me la volveré.
Cervatica tan garrida,
no enturbies el agua fría,
que he de lavar la camisa
de aquel a quien di mi fe.
Cervatica, que no me la vuelvas,
que yo me la volveré.
Cervatica tan galana,
no enturbies el agua clara,
que he de lavar la delgada
para quien yo me lavé.
Cervatica, que no me la vuelvas,
que yo me la volveré.

(B. N. M., ms 3913, fol. 70, en Frenk, 2008: 82.)

Si el ciervo es el símbolo del “macho”, esbelto, elegante, ha de inferirse que una cierva, en este tipo de poesía, tiene que ser igualmente atractiva. Pero aquí se usa con diminutivo, así que se está atenuando e ironizando esta figura, la adversaria o rival amorosa de la protagonista del poema.
Es representativo que todo el poema se refiera al agua. La satisfacción amorosa o alivio de pasiones representados por el agua, ya vistos en los análisis anteriores, están en peligro por esta “cervatica”. El agua tiene que estar “fría y clara” para realizar su función, que es refrescar, y en este caso, “lavar”. La protagonista insiste en que “no me la vuelvas (=revuelvas)”, que ya se la revolverá ella sola. Esta cervatica, que además es “garrida” y “galana”, tiene claramente esta intención, la de enturbiar el agua, imposibilitando así que la chica pueda “lavar la camisa” (= “delgada”) de aquel a quien dio su fe, es decir, su amado.
Es, por tanto, una advertencia a una rival amorosa, que pretende quitarle su amante.
El ingrediente más llamativo aquí es la metonimia de la camisa, que representa al propio amado. Lavar su camisa es lo mismo que bañarse con él, es decir, la materialización del amor físico. Una camisa es la prenda de vestir más elegante, personal e íntima (era la ropa interior), en contacto directo con la piel, y solía ser fina y cara. No se puede decir, con esta intención, una “zamarra” o un “capote”. Como se ve, el amor requiere campos semánticos de lo delicado y lo bello.
En este otro poema se corrobora que las camisas no lo son en sentido estricto, sino simbólico o metafórico.
Vi los barcos, madre,
vilos y no me valen.
Madre, tres mozuelas,
non de aquesta villa,
en aguas corrientes
lavan sus camisas.
Sus camisas, madre,
vilas y no me valen.

(Alonso, 1969: 44.)


Aquí la protagonista está en el otro bando; es ella quien pretende arrebatar los novios a otras mozas. “Barcos” (véase Victorio, 2001: 81-84), como elementos que transitan el agua y que equivalen a “camisas”, tienen que ver con las ilusiones amorosas, con los mismos mozos en los que tiene puesta su atención la chica. La repetición paralelística (los dos primeros versos y los dos últimos) indica la relación de igualdad; y hay una nota más que señalar, y es la insistencia en el verbo “ver” (Victorio, 2001: 46-49). Tanta repetición de este verbo parece indicar que ocurrió algo más íntimo, así que, a no ser que sólo se quieran ver barcos y camisas, lo que expresa el poema es una aventura amorosa.
Después de la cabeza del poema, ese par de versos que sintetizan todo el contenido, la moza sigue explicándole a su madre que “tres mozuelas” (“tres” es un número muy simbólico, indica la totalidad , como indica Victorio, 2001: 17), “non de aquesta villa”, es decir, que no son conocidas en ese lugar, “en aguas corrientes / lavan sus camisas”: están teniendo relaciones amorosas con sus amantes. Las “aguas” están en su mejor estado, “corrientes”, es decir, claras y frías; ya se vio lo que indica este tipo de agua, que para nada está turbia y es óptima para bañarse o para “lavar camisas”, siendo “camisas” sinécdoque de “amantes”.
Pero a la muchacha que habla con su madre “no le valen”, esto es, que o bien el intento de tener amoríos no ha dado frutos, o bien lo consiguió y fue un fracaso (o unos cuantos). En cualquier caso, no está mal visto que la chica lo intente con los hombres de otras, porque no son “de aquesta villa”, así que está excusada.
Una vez reconocido el significado de “barcos” (en todas sus variantes: “barcas”, “galeras”), dentro del ámbito simbólico del “río”, así como sus “orillas” o “riberas”, merece la pena dedicarle atención a este bello poema de Lope de Vega, que además prueba cómo autores cultos escriben al más puro estilo popular:

SEGUIDILLAS DEL GUADALQUIVIR
Río de Sevilla,
¡cuán bien pareces
con galeras blancas
y ramos verdes!
Vienen de Sanlúcar
rompiendo el agua,
a la Torre del Oro
barcos de plata.
Barcos enramados
van a Triana,
el primero de todos
me lleva el alma.
A San Juan de Alfarache
va la morena
a trocar con la flota
plata por perlas.
Zarpa la capitana,
tocan a leva,
y los ecos responden
a las trompetas.
Sevilla y Triana
y el río en medio;
así es tan de mi gusto
mi amado dueño.
Río de Sevilla,
¡quién te pasase
sin que la mi servilla 
se me mojase!
Salí de Sevilla
a buscar mi dueño,
puse al pie pequeño
dorada servilla;
como estoy a la orilla
mi amor mirando,
digo suspirando:
¡quién te pasase
sin que la mi servilla
se me mojase! 
(Lope de Vega, en Alonso, 1969: 115-116. Servilla = zapato ligero y de suela muy delgada.)


Lo más novedoso en este poema es que está ambientado en un ámbito urbano y con topónimos reales, muy conocidos. Eso no afecta para nada al contenido simbólico, mucho más importante que esa visible “fachada” con una ciudad y un río conocidos. Como se verá, podría tratarse de un río sin nombre con el mismo sentido, pero “todos los pueblos y todos los hombres en sus edades tempranas digieren mejor cualquier cosa si viene “envuelta en papel” histórico. Además de ser más dinámico, lo que se expresa narrativamente parece hasta más verosímil, y por ende más asimilable, y por ello alcanza la categoría de modélico” (Victorio, 2001: 38). Es decir, del mismo modo que un romance de contenido lírico aparenta ser histórico, con lugares o personajes reales, una canción como la que se trata tiene mejor aceptación cuando menciona un lugar “real”. Lo mismo ocurre con la célebre poesía tradicional “Sedíame eu na ermida de San Simón…”, que analizaremos más adelante.
Aquí, el “río de Sevilla” (no olvidemos que era la ciudad de los donjuanes y los amoríos) destaca por su llamativo ornamento: galeras blancas y ramos verdes. No se va a debatir más si puede o no ser un decorado real, porque no lo es. Las “galeras” tienen el anterior sentido de “barcos”, de esperanzas amorosas, y los “ramos verdes”, como también se dijo con el pino, están relacionados con la juventud y con amores vivos y duraderos.
En la segunda estrofa se concreta que vienen de Sanlúcar, donde desemboca el Guadalquivir, o sea, del mar. También veremos en poemas siguientes lo que simboliza el mar. Y vienen “rompiendo” el agua, agitándola y haciéndola espumosa, alterándola: recuérdese el poema de la “cervatica”, no me la vuelvas / que yo me la volveré. El decorado retoma lo bello y preciado, el oro y la plata, como también es preciada una camisa, las flores, etc.
Estos barcos, ilusiones amorosas, amantes, van enramados, insistiéndose en la presencia representativa de aquellas “ramas verdes” de la primera estrofa. Claramente no son aperos habituales en el equipamiento de un barco. Y van a Triana, al barrio más profundo de Sevilla, al otro lado del río, y donde existían dársenas para el atraque de las embarcaciones. Estas “ilusiones” van a su destino, a realizarse. Por si cupiera alguna duda, el primero de estos barcos “me lleva el alma”: ha conquistado el corazón de la chica.
San Juan de Alfarache se refiere a San Juan de Aznalfarache, otro barrio sevillano a orillas del Guadalquivir. Está insistiendo en la actividad amorosa de esos “barcos”. La morena, es decir, la moza ya experimentada en amores, va a intercambiar su tesoro (en este caso sus “perlas”) por el de los mozos. Una deducción personal, no comprobada con bibliografía, es la siguiente: las perlas nacen en los bivalvos, como las ostras o las “almejas”, que son simbólicamente muy femeninos. En cambio, la plata remite indudablemente al dinero. Parecen muy acertadas las metáforas si esta “morena” está intercambiando los “tesoros” de su órgano sexual por dinero. Lope de Vega tuvo que ser muy sutil si estaba refiriéndose a este tema, que quitaría todo lirismo.
Pero donde se refleja la mayor intensidad del poema y lo que se está tratando en el fondo es en la séptima estrofa, y en el cierre final. Está diciendo que ese río moja [la mi servilla], y que es imposible no mojarse. La chica está a la orilla, en la ribera, en lo fértil irrigado por el río, en el lugar y momento adecuado para los amores; y lo dice claramente: está a su amor mirando. Con ese “calentamiento” amoroso, a la muchacha le resulta imposible “no mojarse”, no satisfacer su deseo.
Con todos estos símbolos, y todavía sin deshacernos del tema de los topónimos conocidos por el público, resulta interesante esta canción típica de la ciudad de Santander, la canción de la Fuente de Cacho.

Ayer te vi que subías,
por la alameda primera,
luciendo la saya blanca,
y el pañueluco de seda.
Dime dónde vas morena,
dime dónde vas salada,
dime dónde vas morena,
a las dos de la mañana.
Voy a la fuente de Cacho,
a beber un vaso de agua,
que me han dicho que es muy buena,
beberla por la mañana.
Dime dónde vas morena,
dime dónde vas salada,
dime dónde vas morena,
a las dos de la mañana.
Voy al jardín de Valencia,
a decirle al jardinero,
que me dé una rosa blanca,
que en mi jardín no las tengo,
Dime dónde vas morena,
dime dónde vas salada,
dime dónde vas morena,
a las dos de la mañana.

La Fuente de Cacho, en Santander.


La chica a la que se canta viene de una alameda, que es el dato más relevante de la primera estrofa. Los álamos crecen a orillas de los ríos, por tanto, decir “alameda” es prácticamente una metonimia de “ribera”. Además, estos árboles también expresan una intensa carga amorosa (Victorio, 2001: 105) al ser gráciles y sensibles al menor soplo de viento; véase esta otra conocida estrofita popular:
De los álamos vengo, madre,
de ver cómo los menea el aire. 
(Juan Vásquez, Recopilación, II, 13, en Frenk, 2008: 168.)

Lo que significa no que la hija se entretenga con la observación de fenómenos naturales, como piensan también aquellos que tomaban los ciervos como ciervos “reales”, sino que ella, al igual que los árboles, es sensible al viento, a los impulsos vitales y pasionales.

Además, la chica va luciendo sus más ricos atavíos, la saya blanca y el pañueluco de seda. Es decir, mostrando sus encantos, y despertando el apetito de aquel que “ayer” la vio.
La repetición anafórica del estribillo es casi una pregunta retórica, al pedirle que le diga lo que ya se sabe, en circunstancias tan especiales: una chica “morena” y “salada” (estos dos adjetivos son equivalentes), muy atractiva, a horas intempestivas (“a las dos de la mañana”). Esta chica no duerme, es por tanto, muy activa, y ya se deduce acerca de qué. La mañana, además, como se vio ya, es la juventud, y por tanto, el momento más adecuado para los amores, que cuanto más temprano se tengan, mejor.
La moza responde con fina ironía y más símbolos: va a la fuente de Cacho, a donde mana “agua fresca” (que ya sabemos para qué sirve, y ella también) a beber un vaso de agua, / que me han dicho que es muy buena / beberla por la mañana. Va a “aliviarse”, a “refrescarse” con esa estupenda agua de la fuente, en la juventud (la mañana), que se ve que sabe aprovecharla.
Éste es un ejemplo de una fuente no natural, al contrario de la fontana frida de otros poemas líricos. Aquí es una construcción humana, pero tiene la misma función simbólica y, además, se asegura esta canción la permanencia en la memoria del público por ser un lugar tan conocido, que, además, en la realidad, al estar en un parque público, poco iluminada, en esa especie de “cueva” de piedra (véase foto en la página anterior), es desde siempre un lugar idóneo para íntimos encuentros nocturnos de parejas jóvenes .
Algo parecido ocurre, con el caso de un lugar real que a su vez genera motivos simbólicos, con la Ermita de San Simón, y con esto, por fin, las aguas de las fuentes y los ríos nos llevan al mar.
El bello poema, que nos ha llegado a través del clérigo gallego Meendinho, es el siguiente:
Sedia-m’eu na ermida de San Simion,
e cercaron-mi as ondas, que grandes son.
Eu atendend’ o meu amigo!
Eu atendend’ o meu amigo!
Estando na ermida ant’ o altar,
cercaron-mi as ondas grandes do mar.
Eu atendend’ o meu amigo!
Eu atendend’ o meu amigo!
E cercaron-mi as ondas, que grandes son;
non ei [i] barqueiro nen remador.
Eu atendend’ o meu amigo!
Eu atendend’ o meu amigo!
E cercaron-mi as ondas do alto mar;
non ei [i] barqueiro, nen sei remar.
Eu atendend’ o meu amigo!
Eu atendend’ o meu amigo!
Non ei i barqueiro nen remador:
morrerei, fremosa, no mar maior.
Eu atendend’ o meu amigo!
Eu atendend’ o meu amigo!
Non ei [i] barqueiro, nen sei remar:
morrerei, fremosa, no alto mar.
Eu atendend’ o meu amigo!
Eu atendend’ o meu amigo! 

(Meendinho; NUNES, 252, en Frenk, 2008: 56-57.)

Ya no se trata del agua inofensiva y agradable de un arroyo o una fuente, que se puede beber, donde gusta bañarse y donde se puede lavar. Esto es el mar, y el mar es peligroso: es inmenso, ingobernable, y sus olas hunden barcos y ahogan a las personas. Tiene un sentido muy diferente del de las aguas dulces.
Menéndez Pidal (1973: 165), dentro del contexto de su época y de su ideología acorde con ella, comenta este poema así: “La muchacha que, yendo a la romería por ver a su amigo, no le encuentra allí, al desvanecerse el bullicio de la gente devota y alegre, se queda sola sobre una peña del mar; la angustia de la soledad crece, como la marea tormentosa, crece sin traer barca ni marinero, para salir de entre las olas del dolor, que crecen y crecen, anegando el alma de la enamorada”.
Lo primero que hay que comentar al respecto es que una ermita, en la antigüedad, al estar apartada de las poblaciones (en este caso, la de San Simón, está en una isla), y ofrecer techo y abrigo, tenía también la función de lugar de encuentro para los amantes. Ya en la Edad Media, a la vez que se restringían las romerías nocturnas (Alfonso X: Primera Partida, título 24, ley 2), se ordenaba mantener cerradas las ermitas, síntoma de que, al contrario de lo que pensaba M. Pidal, la gente en las romerías no era tan devota. 
Pero ciñéndonos al poema en sí mismo se deduce también que el tema es plenamente amoroso. 
En la primera estrofa ya se anuncia que la muchacha está cercada por las olas, que entran en el concepto de mar como elemento de la naturaleza inmenso, agitado, y donde sí tiene lugar la conexión que señala Menéndez Pidal: un sentimiento, como la “angustia de la soledad”, crece como la “marea tormentosa”. Ya se percibe que es un escenario de emociones. Pero se acentúa con el insistente estribillo de “yo esperando a mi amigo”, con ese gerundio que indica duración, y ese amigo, sinónimo de amante. La espera es larga y angustiosa, y esto se repite a lo largo de todo el poema. Es el tema.
En la siguiente estrofa se rima “mar” con “altar”, y la rima siempre ha de tener una relación semántica. Un “altar” es un lugar de ejecución de víctimas propiciatorias (Victorio, 2001: 78), así que puede matar igual que el “mar”. La muchacha está al borde de la muerte, una muerte de desesperación por la angustiosa espera de su amante, que no llega.
En las siguientes estrofas asegura que, en tal situación, no tiene escapatoria ni salvación posible: no hay barquero, no sabe remar, etc. No puede salir de ese “alto mar”, del dolor de esas emociones profundas que la desesperación por amor le causa. El mar se agita dentro de ella, las olas le cercan sólo a ella. 
También señala el aspecto lírico amoroso el adjetivo fremosa: ella es hermosa, y sabe que su hermosura no va a durar para siempre; es única y dura sólo esa etapa de la vida que es la juventud, cuando hay que disfrutar de los amores, y es como “morirse” que no lo esté haciendo porque su amante no aparezca. 
Es quizá, el poema más bello jamás escrito de la lírica gallega, por el intenso patetismo y expresión lírica de la muchacha, y donde mejor se percibe el significado simbólico del mar.

El mar es, por tanto, una turbación del ánimo incontrolable, lo inmenso que te ahoga, y por tanto, el mejor símbolo de la pasión amorosa ("pasión" viene de 'padecer, sufrir'). Contemplarlo significa estar sumido en el propio estado de ánimo del que no se puede escapar, infinito, con su constante movimiento. Es, al contrario del río o la fuente, la causa emocional de una insatisfacción, de un deseo poderoso que está ahí, esperando, para que aparezca como salvación un “barco” (con el mismo sentido de los barcos o galeras de los poemas previos) con remos, barquero, remador y todo lo necesario para salvarse de ese sentimiento de desesperación.
Recuérdese el romancillo de Góngora: 

Dejadme llorar
orillas del mar.

Y este otro poema tan emotivo, dentro del corpus temático de la malcasada:

Miraba la mar
la mal casada,
que miraba la mar
cómo es ancha y larga.
Descuidos ajenos
y propios gemidos
tienen sus sentidos
de pesares llenos.
Con ojos serenos
la mal casada,
que miraba la mar
cómo es ancha y larga.
Muy ancho es el mar
que miran sus ojos,
aunque a sus enojos
bien puede igualar.
Mas por se alegrar
la mal casada,
que miraba la mar
cómo es ancha y larga. 
(Alonso, 1969: 52.)

La malcasada siempre tiene que buscar remedios o vías de escape a su vida triste, al estar casada con alguien a quien no ama. Remedios como éste: Lávanse las casadas / con agua de limones; / lávome yo, cuitada, / con ansias y dolores (Frenk, 2008: 150, Fuenllana, fol. 138). Lo mismo le ocurriría a una “malmonjada”. Son éstas mujeres muy adecuadas para disfrutar, dentro de su condición, amores para los que todavía están dispuestas; y afortunados son los caballeros que las encuentren.
La muchacha del poema “miraba la mar”, acción que se repite insistentemente, viendo “cómo es ancha y larga”. Antes se ha mencionado lo que implica esta notoria característica del mar, su inmensidad. Enfatiza el concepto en la tercera estrofa: “muy ancho es el mar”, enorme, como también lo son sus “enojos”. El supuesto marido no ha sido cauto al engañarla (“descuidos ajenos”), lo que le produce todos esos llantos (“gemidos”), y su único consuelo es mirar la mar cómo es ancha y larga, es decir, refugiarse en sus propios sentimientos, en este caso, su propia pasión amorosa que pervive: ella sabe que aún puede enamorarse. Quizá ese mar traiga algún nuevo barco, o quizá pueda lavarse con agua de limones, algún muchacho joven y vigoroso.
El mar no siempre tiene un sentido trágico o angustioso. Sin dejar de simbolizar la pasión amorosa, a veces invita al baño, que no es nada peligroso y sí agradable, donde las olas son un disfrute y no una amenaza.
Quantas sabedes amar amigo
treides comig’a lo mar de Vigo,
e banhar-nos emos nas ondas.
Quantas sabedes amar amado
treides comig’a lo mar levado,
e banhar-nos emos nas ondas.
Treides comig’a lo mar de Vigo,
e veeremo-lo meu amigo,
e banhar-nos emos nas ondas.
Treides comig’a lo mar levado,
e veeremo-lo meu amado,
e banhar-nos emos nas ondas. 
(Martin Codax; NUNES, 495, en Frenk, 2008: 62:63.)


Como explica M. Frenk en la nota acerca de este poema, “cuantas sepáis de amores veníos conmigo al mar de Vigo, y nos bañaremos en las olas… y veremos a mi amigo”. La pasión amorosa aquí es un placer en el que hay que bañarse, y dejarse mecer por él. 
Puede percibirse, después de lo visto, la diferencia entre estos dos tipos de aguas, las dulces, de riberas, alamedas, fuentes… y las de la mar ancha y larga. Las primeras tienen que ver con la juventud, la fertilidad, y la satisfacción del amor físico; mientras que las segundas entran más en el campo de lo sentimental, de las pasiones amorosas, que siempre que se trate al mar como algo trágico (“dejadme llorar / orillas del mar”) son pasiones generalmente insatisfechas.


3. CONCLUSIONES

Después de los numerosos ejemplos expuestos, tengan validez o no los comentarios que los acompañan, el lector no podrá obtener unas conclusiones muy apartadas de las que aquí se enuncian, pues la lectura de poesía ha de tener siempre un fondo simbólico. Alguien puede defender denodadamente la existencia de la Ermita de San Simón, que puede estar rodeada por olas, y que quienes vayan ahí han de ser devotos de dicho santo, pues por eso es una ermita y no cualquier otra cosa. Otro puede decir que, efectivamente, el agua de la fuente de Cacho es muy sana, sobre todo la que fluye por el caño de la fuente a las dos de la madrugada, así que no es raro que vaya a beberla una muchacha morena a esa hora. También que las olas del mar de Vigo, y no otro mar, son estupendas para bañarse con un amigo. Y que sea muy interesante, a la par que poético, que una chica vea ciervos cuando vaya a por agua, se tome su tiempo viéndolos y luego la regañe su madre a su regreso.
Sin embargo, una lectura detenida, inmanente, con lupa, palabra por palabra, pensando en su sentido en relación con el poema, y sin guiarnos por comentarios de eruditos enmarcados en sus épocas o circunstancias, nos revela que el giro simbólico que apuntaba Deyermond no sólo es complementario, como en los análisis de Menéndez Pidal, sino prioritario en la interpretación del poema.
De regreso ya a la hipótesis planteada al comenzar el desarrollo, de si las referencias al agua en poesía lírica eran paganas o folklóricas, también se ha visto que la interpretación filológica, asociando la presencia del agua con metáforas y símbolos, tiene mucho más sentido y aporta literariedad. La poesía no lo es meramente por las rimas o el ritmo, como entiende el lego en literatura, sino por todos los recursos que alberga para llevar su mensaje a la eternidad y a lo más recóndito de los sentimientos humanos. De entre todos esos recursos, el más “poético” por antonomasia es la metáfora. Y de la metáfora, lo más asombroso es el símbolo.
No es raro que, desde los más oscuros orígenes de la lírica, por escasez de datos y la difícil de estudiar transmisión oral, autores contemporáneos y posteriores escribieran en esa clave estilística y temática, que tanto acerca al hombre a la naturaleza. Ya se ha visto cómo, en el Siglo de Oro, autores como Lope de Vega o Góngora intentaran (y consiguieran) ganarse el entusiasmo del público con poemas al estilo tradicional. Eran como “música” que a todos les sonaba, y palabras que todo el mundo entendía. El uso de formas métricas y de símbolos de tradición popular servía, además, tanto para receptores de altas como de bajas capas sociales, aunque generalmente venían bien para cancioncillas insertadas en las obras teatrales, que tenían la mayor difusión.
En gran parte todo esto se olvidó durante la Ilustración, como se perdió en general gran calidad poética, pero volvió a retomarse de algún modo en el Romanticismo. Véase, por ejemplo, este fragmento de una rima de Bécquer:
XXXV
Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!
[…]
Ya sabemos lo que simboliza el mar, y lo que implica que tenga esas peligrosas olas… Los románticos, que tanto buscaron en el folklore, se vieron utilizando de nuevo algunos símbolos tradicionales. Sin duda Bécquer sabía lo que simbolizaba el color verde:
LXXIX
[…]
El verde es gala y ornato
del bosque en la primavera.
Entre sus siete colores
brillante el Iris lo ostenta.
Las esmeraldas son verdes,
verde el color del que espera
y las ondas del Océano
y el laurel de los poetas.
[…]
Conoce que el origen del verde es lo vigoroso de la vida, un amor duradero, perenne como el pino, porque de ahí vienen todas las similitudes: el laurel de los poetas, por ejemplo, donde el laurel siempre se mantiene verde, y es símbolo de la eternidad.
Pero la manifestación de lo tradicional a lo largo de historia de la literatura española se ha desarrollado con mayor elegancia, después o junto con su origen medieval, en el siglo XX. Quizá autores como Federico García Lorca escribieran en clave popular sin saber realmente el significado de los símbolos, pero la belleza de sus versos es inigualable:
Verde que te quiero verde. 
Verde viento. Verdes ramas. 
El barco sobre la mar 
y el caballo en la montaña.
Y si nos remitimos al agua, poco se hallará más bello que el siguiente poema de Miguel Hernández, donde constan tanto el agua dulce como la de la mar:
Cerca del agua te quiero llevar...
Cerca del agua te quiero llevar
porque tu arrullo trascienda del mar.
Cerca del agua te quiero tener
porque te aliente su vívido ser.
Cerca del agua te quiero sentir
porque la espuma te enseñe a reír.
Cerca del agua te quiero, mujer,
ver, abarcar, fecundar, conocer.
Cerca del agua perdida del mar
que no se puede perder ni encontrar.
Los símbolos de la poesía lírica tradicional han traspasado y traspasarán todas las épocas, mientras la poesía sea poesía y el hombre sea hombre. Puede que en la época actual, saturada de información, cada vez más superflua, cueste despertar de la apabullante pesadilla de lo urbano y mercantil, que a todos nos aturde, pero si algo nos queda de raíces en nuestra tierra, y cómo no, de nuestras aguas, siempre nos conmoveremos con poesías que contengan símbolos. Símbolos como éstos, propios de nuestra naturaleza, tradicionales.


4. BIBLIOGRAFÍA

- ALONSO, DÁMASO (1969), Cancionero y romancero español. Madrid, Salvat.
- BLANCO AGUINAGA, C.; RODRÍGUEZ PUÉRTOLAS, J.; ZAVALA, I. M. (2000), Historia social de la literatura española (en lengua castellana). Vol. I. Madrid, Akal.
- DEYERMOND, A. D. (1971), Historia de la literatura española 1. La Edad Media. Barcelona, Ariel.
- DÍAZ-PLAJA, GUILLERMO (1972), Tesoro breve de las letras hispánicas. Literatura castellana. Volumen I. De las “jarchas” a Juan del Encina. Madrid, Magisterio Español.
- FRENK, MARGIT (2008), Lírica española de tipo popular. Madrid, Cátedra.
- GRANADOS PALOMARES, VICENTE (2011), Literatura española (1936-1939). Madrid, Editorial Universitaria Ramón Areces – UNED.
- HERNÁNDEZ, MIGUEL (1973), Poemas. Barcelona, Plaza & Janés.
- LÓPEZ ESTRADA, FRANCISCO y otros autores (1980), Historia de la literatura española e hispanoamericana. Madrid, Orgaz.
- MENÉNDEZ PELÁEZ, JESÚS y otros autores (2010), Historia de la literatura española. Volumen I – Edad Media. León, Everest.
- MENÉNDEZ PIDAL, RAMÓN (1951), De primitiva lírica española y antigua épica. Colección Austral. Buenos Aires, Espasa-Calpe.
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- RIQUER, MARTÍN DE (2003), Historia de la literatura universal. Vol. II. Literaturas medievales de transmisión oral. Estella (Navarra), Planeta.
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- VALVERDE, JOSÉ MARÍA (1981), Movimientos literarios. Colección “Aula abierta”. Barcelona, Salvat.
- VICTORIO, JUAN (2001), El amor y su expresión poética en la lírica tradicional. Madrid, Ediciones de la Discreta.
- -- (2002), El Cantar de Mio Cid. Estudio y edición crítica. Madrid, UNED.






jueves, 19 de octubre de 2017

Propuesta didáctica: el Tweet-Romancero

Este trabajo lo realicé en el Máster de Formación de Profesorado (UNED), en mayo de 2016. En la práctica real es inaplicable por su duración y grado de implicación de alumnado y profesorado, pero puede servir de idea para hacer algo más simple.



1. Nivel educativo y especialidad


La tarea está enfocada a Lengua Castellana y literatura I de 1º de Bachillerato de cualquier modalidad (RD 1105/2014 pp. 187-190), para el estudio de los romances viejos en la literatura medieval. 


2. Descripción general de la propuesta


2.1. Objetivo


Desarrollar en los alumnos la competencia comunicativa en su vertiente literaria, que conlleva el desarrollo de competencias instrumentales cognitivas para su madurez y responsabilidad moral, mediante los siguientes objetivos didácticos: 
Alcanzar un conocimiento general acerca del papel del género narrativo del romance en la Edad Media en sus dimensiones poética, simbólica y emocional, a través de la lectura de las obras más relevantes.
Desarrollar la capacidad de análisis y pensamiento crítico mediante las tareas de análisis, interpretación y presentación didáctica de conceptos.
Fomentar la competencia comunicativa lingüística a la hora de desarrollar comentarios o expresar ideas.
Despertar la consciencia sobre el valor de nuestro patrimonio artístico y cultural.
Revelar la realidad sociopolítica en la Edad Media.
Saber situar una inmensa serie de fenómenos culturales mediante el descubrimiento y la comprensión del género del romance.
Incentivar el gusto por la lectura.


2.2. Papel de las redes sociales integradas


La red social elegida para la tarea, Twitter, cumple las siguientes implicaciones:

Familiaridad en su uso: el 70% de los menores utilizan las RRSS de masas (T. Lara , 2012). Se fomenta la competencia digital.
Ubicuidad, al ser posible su uso con dispositivos móviles. Los jóvenes podrán participar en la tarea en cualquier lugar durante el día.
Rasgo de microblogging de Twitter: posts limitados a 140 caracteres que incentivan la capacidad de síntesis y, por tanto, la competencia lingüística.
Implicación y responsabilidad: está comprobado que los alumnos se implican más en toda tarea que vaya a ser publicada, como sucede en las RRSS. Twitter, como espacio público, conlleva tener responsabilidad como emisores y autores.
Óptima adecuación para intercambio de información: al poderse incluir enlaces a lecturas digitales, imágenes o vídeos, el intercambio de información es rico y fluido.
Funciones comunicativas adecuadas para la tarea: función de reconocimiento (retuitear para reconocer autoridad), dialógica (entrar en conversación con alguien), apelativa (al mencionar el “@usuario” se dará por aludido) y discursiva (mantener el hilo de conversación en torno a un “#tema”), según T. Lara (íb.).


2.3. Relación entre los resultados de aprendizaje esperados y las competencias a adquirir


CL - Comunicación lingüística

- Expresión escrita correcta durante las interacciones en Twitter, que deberán ser además acertadas y justificadas en cuanto al análisis e interpretación de los textos.

- Adquisición de nuevo vocabulario y mayores límites en el uso personal del lenguaje mediante la comprensión de recursos estilísticos del Romancero.

CD - Competencia digital

- Soltura en el manejo de la red social Twitter y en herramientas digitales para la creación de infografías.

- Mejora de la eficacia en la búsqueda autónoma de información en Internet.

AA - Aprender a aprender

- Desarrollo de la autonomía en el aprendizaje de los contenidos y en el análisis de información relevante.

CSC - Competencias sociales y cívicas

- Educación y claridad en la comunicación digital; interacción respetuosa y constructiva en el hilo de conversación.

- Ser capaces de cooperar en una comunidad de aprendizaje.

CEC - Conciencia y expresiones culturales

- Adquisición de conciencia estética sobre el género del romance y la lengua castellana medieval.

CEC/CSC - Conciencia y expresiones culturales / Competencias sociales y cívicas

- Conocimiento de la sociedad y la cultura medieval españolas. Aplicación en la sociedad actual: autoconciencia como individuos y sentido de la libertad.


2.4. Contenidos


Contenidos conceptuales (“saber”):

- Introducción a la teoría literaria acerca del Romancero: qué es un romance, hipótesis en cuanto al origen, rasgos más característicos.
- Conocimiento de los romances más representativos de la literatura española popular de la Edad Media, identificando los temas, las formas, e investigando el contexto. Se descubrirá la versatilidad y la vigencia de su forma y rasgos característicos en su función narrativa.
- Adquisición de léxico y formas de la lengua española propias del castellano medieval.
- Familiarización con recursos poéticos que otorgan fuerza ilocutiva al texto y otros propios de la oralidad y recitación juglaresca: captatio benevolentiae, expectación, visualización…

Contenidos procedimentales (“saber hacer”):

- Interpretación crítica de romances significativos, detectando las ideas que relacionan la obra con su contexto histórico, artístico y cultural.
- Planificación y elaboración de una infografía o póster digital, obteniendo la información de fuentes diversas y aportando un juicio crítico personal y argumentado con rigor. 
- Desarrollo de la autonomía lectora.

Contenidos actitudinales (“saber ser”):

- Aprecio por la literatura medieval como fuente de placer y de conocimiento de la cultura de la Edad Media española: desarrollo de la sensibilidad artística mediante la toma de consciencia del valor estético y literario de los romances.
- Asunción de la responsabilidad en cuanto a la conservación y difusión de nuestro patrimonio cultural en generaciones presentes y futuras.
- Mediante la comprensión profunda de los temas tratados (amor, rebeldía, libertad), adquisición de bases para el crecimiento moral como individuos.


2.5. Metodología


La actividad se realizará en 5 fases:

1. Introducción


Lección magistral teórica, de una sola sesión, sobre el origen de los romances, las teorías enfrentadas (Gastón París/Menéndez Pidal), sus rasgos más característicos y su clasificación.

2. Búsqueda y lectura


Darse de alta en Twitter y buscarse y seguirse unos a otros. El docente propondrá una lista de títulos de romances que los alumnos deben buscar en la web y leer detenidamente. Elegir los tres romances que más les hayan gustado (uno histórico, otro lírico y otro fronterizo) y publicar en el determinado hashtag tweets que expliquen cuáles han elegido y por qué les han gustado. Cuando varios alumnos elijan los mismos romances tendrán que dar razones distintas. Los que estén de acuerdo con esas razones pincharán “Me gusta” y añadirán comentarios. Se fomentará el debate y la conversación así como la compartición de conocimientos, mediante la tutorización y guía del docente, incentivando la curiosidad, para que los alumnos busquen en la web sus propias fuentes de información. 


3. Análisis


El docente seleccionará los tres romances (uno de cada tipo) que más hayan gustado y abrirá un nuevo hashtag para cada uno. Con las orientaciones del profesor se realizará un análisis en grupo a base de tweets: tema, estructura, recursos estilísticos y comentarios. Se comentan y retuitean los tweets más acertados, convirtiéndose la tarea de análisis en un trabajo colaborativo y dinámico.

4. Elaboración de una infografía


Una vez analizados los tres romances, el docente hará equipos de 3-4 alumnos a los que atribuirá la siguiente tarea: realizar una infografía del análisis de un romance. Como sólo hay tres romances y habrá más grupos de alumnos, varios grupos trabajarán sobre el mismo análisis, con lo que se gamificará esta fase: la mejor infografía de cada uno de los tres romances será publicada en la web del instituto.


5. Presentación de la infografía y votación


Presentación de la infografía elaborada en grupo ante toda la clase y votación.


2.6. Cronología


La actividad se desarrolla en 5 semanas de acuerdo a esta cronología:

Fase 1: Semana 1ª. Sesión presencial en el aula.
Fase 2: Semana 1ª. Empezar a trabajar en Twitter. En casa.
Fase 3: Semanas 2ª, 3ª y 4ª. Búsqueda y comentarios de romances en Twitter. En casa.
Fase 4: Semana 5. Hacer la infografía. En casa.
Fase 5: Semana 5. Votación de la mejor infografía. Sesión presencial en el aula.


2.7. Evaluación


Procedimiento de evaluación:

- Antes de empezar se informará a los alumnos de la rúbrica y los parámetros de la evaluación de la tarea, incluidos en una guía de la actividad.
- Durante la tarea el docente observará y anotará en una hoja de cálculo las intervenciones de los alumnos, que evaluará mediante la técnica de heteroevaluación de acuerdo con la tabla a continuación. Tan sólo en la fase 5 se hará media entre la puntuación del docente y la puntuación de cada grupo de trabajo determinada en consenso (autoevaluación del grupo).
- Al finalizar la tarea el docente publicará mediante un documento compartido las puntuaciones de las diferentes fases evaluadas en sus diversos aspectos.


Relación entre objetivos y criterios de evaluación:





Las intervenciones en Twitter serán evaluadas de acuerdo con esta tabla:

.


La nota final se calculará con la siguiente ponderación:

Fase 1: 5%
Fase 2: 25%
Fase 3: 30%
Fase 4: 30%
Fase 5: 10%

Dentro de la Fase 5, además, contará la autoevaluación del grupo: nota del profesor (60%) y nota autoatribuida en consenso por los integrantes del grupo (40%).


2.8. Recursos y materiales didácticos


Fase 1: se utilizará el manual de Menéndez Peláez (2010: 377-393), la edición de Romancero Viejo de Díaz Roig (1989) y la introducción del libro El amor y el erotismo en la literatura medieval de Victorio (1983: 9-74). Se requiere aula presencial y proyector de vídeo (opcional).

Fase 2: se ofrecerá a los alumnos el listado de romances (ver Anexos) para que los busquen, elijan uno que les guste y justifiquen en TW el porqué.

Fase 3: serán los propios alumnos los que busquen toda la información que necesiten por internet, aunque en el análisis ellos deben ser capaces de extraer información del texto y se valorará que sean capaces de hacerlo sin fuentes externas. El docente comprobará en Google si los tweets son copia literal de otros lugares web.

Fase 4: se utilizarán las siguientes herramientas digitales gratuitas de creación de infografías y pósters digitales:

http://piktochart.com (infografías);
http://www.easel.ly (infografías, carteles, pósters);
https://www.canva.com (todo tipo de diseño en plantillas, incluye infografías);
http://edu.glogster.com (pósters multimedia);
https://venngage.com (infografías).

Fase 5: para la presentación de infografías en clase y la consiguiente votación, será necesario un cañón de vídeo y un ordenador con internet, o bien ir al aula de informática. La votación se realizará mediante una encuesta insertada en Twitter, por dispositivos móviles, o por ordenador si es en el aula de informática. Se recordará a los alumnos que voten que tengan en cuenta:
Presentación.
Veracidad y precisión de los contenidos.
Claridad en la comprensión.
Originalidad en la composición.


3. Conclusiones


A nuestro juicio esta tarea resulta muy provechosa en cuanto a la adquisición de múltiples conocimientos transversales, aprendizaje dentro y fuera del aula (blended learning), uso productivo de las redes sociales masivas –de mayor alcance que las diseñadas sólo para el campo de la educación, como Moodle o Edmodo-, la posibilidad de la ubicuidad en el trabajo fuera del aula mediante dispositivos móviles, y, en síntesis, por el aprovechamiento que ofrecen las últimas innovaciones en educación basadas en las TIC en sintonía con el aprendizaje de la literatura. 
La actividad cuenta con una gran proporción de aprendizaje autónomo que debe originarse en los principios teóricos del constructivismo y del conectivismo (Santoveña, 2016: 8-13), estando ambas teorías adscritas al aprendizaje mediante RRSS. El fomento del autoaprendizaje mediante la lectura independiente, la búsqueda autónoma de información y la interacción con el grupo de iguales en la consecución de un objetivo común son de probada eficacia en el desarrollo de competencias básicas. En este caso, creemos que la propuesta será exitosa en las competencias lingüística-literaria y digital, principalmente.
El hecho de dar a elegir qué lecturas gustan más y decidirlas democráticamente en el grupo de clase pretende ser un componente motivacional con el doble incentivo de hacer más llevadera la actividad, por un lado, y promover el gusto por la lectura, por otro.
Con el trabajo en grupo se pretende alcanzar las competencias sociales y cívicas algo más allá de la convivencia e interacción virtual en las RRSS. La organización y distribución de las tareas en un trabajo cooperativo implican un aprendizaje para la vida laboral y social de importancia inestimable, donde los docentes no debemos dejar de insistir.
Como futuras perspectivas de desarrollo y perfeccionamiento de la actividad, sería sencillo implementar el modelo con cualquier otro género literario o con capítulos de una sola obra. El fin último, realmente, trataría de aprovechar al máximo el tiempo fuera del aula, con tareas para casa que a los alumnos les resulten cómodas y amenas.


Bibliografía


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DÍAZ ROIG, MERCEDES (1989), El Romancero viejo. Madrid, Cátedra.
GARRIGÓS et al (2010), La influencia de las redes sociales en el aprendizaje colaborativo. Universidad de Alicante. http://upcommons.upc.edu/bitstream/handle/2099/11859/p67.pdf 
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RODRÍGUEZ LÓPEZ, Mª P., (2015), Al borde de la lengua. [Blog personal.] http://albordedelalengua.blogspot.com.es/search/label/Redes%20sociales 
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VICTORIO, JUAN (1983), El amor y el erotismo en la literatura medieval, Madrid, Editora Nacional.


Anexos


Listado de títulos y primeros versos de los romances a buscar por los alumnos.


Romances fronterizos

La mañana de San Juan: La mañana de San Juan - al tiempo que alboreaba…
De Abenámar: -¡Abenámar, Abenámar, - moro de la morería…
De Álora la bien cercada: Álora la bien cercada, - tú que estás en par del río…
Del cerco de Baza: Sobre Baza estaba el rey – lunes, después de yantar…
De la pérdida de Alhama: Paseábase el rey moro – por la ciudad de Granada…


Romances históricos

Del rey don Pedro el Cruel: Por los campos de Jerez – a caza va el rey don Pedro…
Muerte de la reina Blanca: Doña María de Padilla – no os me mostráis triste vos…
Seducción de la Cava: Amores trata Rodrigo, - descubierto ha su cuidado…
La venganza de don Julián: En Ceuta está Julián, - en Ceuta la bien nombrada…
Por las riberas de Arlanza: Por las riberas de Arlanza – Bernardo el Carpio cabalga…
Entrevista de Bernardo con el rey: Con cartas y mensajeros – el rey al Carpio envió…
Castellanos y leoneses: Castellanos y leoneses – tienen grandes divisiones…
Buen conde Fernán González: Buen conde Fernán González, - el rey envía por vos…
Del Cid Ruy Díaz: Cabalga Diego Laínez – al buen rey besar la mano…
Del Cid Ruy Díaz: A fuera, a fuera, Rodrigo – el soberbio castellano…
Del rey don Sancho: -¡Guarte, guarte, rey don Sancho! – no digas que no te aviso…
Del juramento que tomó el Cid al rey don Alonso: En Santa Águeda de Burgos – do juran los hijosdalgo…
En las almenas de Toro: En las almenas de Toro, - allí estaba una doncella…


Romances líricos

Del prisionero: Que por mayo era, por mayo, - cuando hace el calor…
De Fontefrida: Fontefrida, Fontefrida, - Fontefrida y con amor…
El conde Arnaldos: ¡Quién hubiese tal ventura – sobre las aguas del mar…
De Francia partió la niña: De Francia partió la niña, - de Francia la bien guarnida…
La serrana de la Vera: Allá en Garganta la Olla, - en la Vera de Plasencia…
La infantina: A cazar va el caballero, - a cazar como solía…



Ejemplo de infografía del romace "Álora, la bien cercada":




[Infografía realizada con la herramienta Easelly, http://www.easel.ly.]

domingo, 8 de octubre de 2017

Breve historia del individualismo




El siguiente artículo viene a ser un resumen comentado de un fragmento del libro Qué hacer con España, del economista y matemático César Molinas (2013). El tema que se va a tratar es el individualismo, en su progresivo incremento y evolución diacrónica en Occidente, que, si creíamos que era un invento del Romanticismo, aquí veremos que venía de mucho antes, y en cada fase desembocaba en notables consecuencias.

El primer paso aconteció en la Alta Edad Media. Como herencia directa de gens romana tradicional, la sociedad europea, dominada por tribus germánicas, era una sociedad agnática o patrilineal compuesta por familias extendidas o clanes. Lo importante de esto es que la familia detentaba la propiedad, que se transmitía antes de hermano a hermano que de padre a hijo, así la totalidad del patrimonio no se dividía y permanecía íntegra, o se ampliaba, generación tras generación. Otra gran ventaja de este sistema es su eficacia defensiva: una familia poco numerosa es muy vulnerable; sin embargo, en el siglo VIII, con las invasiones vikingas, musulmana y húngara, la familia extendida había cedido ya mucho terreno a favor de la familia nuclear, y ya no servía como estructura social básica de defensa. La estructura defensiva era, por entonces, el feudalismo.

Este cambio, según Molinas, que sigue los trabajos de los estadounidenses Daron Acemoglu y James A. Robinson, fue provocado por la Iglesia. Ya en el siglo VI se documenta su oposición a cuatro prácticas fundamentales para la supervivencia de los clanes: 

1) matrimonios entre personas con alto grado de consanguineidad; 
2) el levirato o matrimonio de la viuda con familiares del difunto; 
3) la adopción de niños; 
4) el concubinato (en España, la llamada “barraganía”) y el divorcio. 

Las consecuencias económicas parecen responder a un cálculo estratégico en las finanzas de la Iglesia Católica. En efecto, la consolidación del matrimonio monógamo e indisoluble, las prohibiciones del levirato y de la adopción, generaron en muy poco tiempo una gran cantidad de viudas sin descendencia. La tentación y la presión para testamentar a favor de la Iglesia debieron ser muy grandes. Cita Fukuyama (The origins of political order, 2011) que a finales del siglo VII un tercio de la superficie cultivable de Francia estaba en manos de la Iglesia.

La mayor consecuencia social es que con ello se dio un paso decisivo hacia el individualismo: las decisiones sobre asuntos relativos a la propiedad y al matrimonio se tomaban ya en la esfera individual o de la familia nuclear. Esto precedió e hizo posible el desarrollo político posterior. El feudalismo europeo, por ejemplo, habría sido imposible en una sociedad de clanes, porque las cadenas de lealtades implícitas son demasiado fuertes en uno y otro caso. En el feudalismo europeo las lealtades son entre individuos, no entre colectivos.

El segundo paso tiene lugar en la Baja Edad Media. Está escrito en el Evangelio: “al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios”. A pesar de su claridad y rotundidad, el mensaje fue ignorado durante más de mil años, hasta el siglo XII. Todavía se creía que la perfección del Reino de Dios debía encarnarse en un imperio con un emperador de autoridad divina en su vértice. Pero después del llamado “paseo de Canossa”, en el año 1077, con el dilema político-moral del Papa Gregorio VII y el emperador Enrique IV, y después de múltiples disputas, conspiraciones, excomuniones, etc., se rubrica en el Concordato de Worms (1122) que todos los individuos, desde el emperador y el Papa, hasta el más humilde de los siervos, tienen una doble lealtad: a un poder terrenal, por una parte, y a un poder espiritual, por otra. Estos poderes pueden o no estar en sintonía. Si no lo están, los individuos se ven abocados a decidir en conciencia.

Resulta irónico cómo el concepto mismo de sociedad secular (reino terrenal) se deba a un papa, Gregorio VII, que buscaba mayor autonomía de la Iglesia.

El tercer paso es decisivo para el pensamiento independiente. Se trata de Martín Lutero, que para Hegel y para el sociólogo alemán Max Weber encarna el momento estelar de la Humanidad. Hay una discrepancia teológica esencial: Lutero critica a la Iglesia el papel de intermediario exclusivo que ésta se atribuye en la comunicación con Dios. Su propuesta es que todos los fieles sean sacerdotes sin necesidad de ordenación eclesiástica, porque todos pueden acceder directamente al mensaje divino mediante la lectura de la Biblia. El Papa no tiene ninguna autoridad especial sobre el conjunto de la Cristiandad. 

Para que Dios le hable a uno, según Lutero, hay que leer la Biblia y decidir en conciencia cuál es el mensaje. Para ello hay que 1) saber leer, 2) saber pensar con independencia de criterio, y 3) poder decidir en conciencia. Estos son los tres elementos que marcan el nacimiento del pensamiento independiente, y al mismo tiempo, como efecto secundario, de los idealismos.

Las tasas de alfabetización en los países protestantes crecieron rápidamente. A finales del XVIII en Suecia casi el cien por cien de la población sabía leer, y por ende pensar y decidir. Y aunque fuera entonces un país económicamente pobre, tenía un enorme capital humano: “no hay más riqueza de las naciones que la riqueza de las nociones”, jugando con el título de la obra de Adam Smith. Hoy Suecia es uno de los países con mayor bienestar social del mundo. 

El cuarto paso fue el movimiento ilustrado de los siglos XVII y XVIII, que siguiendo al historiador Jonathan Israel, podía dividirse en dos categorías: movimiento radical y movimiento moderado. El movimiento radical era revolucionario y el moderado era tan sólo reformista. Los radicales partían de la percepción monista de Spinoza según la cual existe una única substancia que incluye todo lo espiritual (alma y mente) y todo lo material (cuerpo y naturaleza). Los moderados partían de la concepción dualista. El monismo lleva a considerar que cuerpo y mente, Dios y naturaleza, son lo mismo y por tanto no puede haber un orden divino distinto al que propugna la razón. A los radicales, por tanto, no les hacía ninguna falta hablar con Dios (porque disponían de razón) y eso no les hace necesariamente ateos, aunque muchos lo fueran.

Puede defenderse que la Historia, como proceso espiritual que lleva a Occidente a una sociedad igualitaria y no basada en ningún orden divino, termina con un parcial triunfo del programa ilustrado radical. En efecto, quedan asignaturas pendientes: que todo el sistema educativo no sea utilizado para el adoctrinamiento religioso ni de ningún tipo, y, sobre todo, cómo integrar la fraternité (obligación moral) en el paradigma de la libertad negativa, enmarcado por la liberté y la egalité (derechos de un Estado liberal). El concepto de “libertad negativa” fue acuñado por Isaiah Berlin y viene a significar que “nadie puede entrar en mi conciencia, ni en mi dormitorio, ni en mi bolsillo sin mi permiso”.

Esto dio lugar al quinto y último paso. No hay ni puede haber una ley que obligue a un individuo concreto a ser fraternal, porque nadie puede entrar en su conciencia. Esto llevó a Nietzsche a declarar que “Dios ha muerto”: la fraternidad y otras virtudes morales, vertebradoras de lo público, han pasado a lo privado. Occidente no es capaz de generar valores más allá de la ley, valores que orienten al individuo sobre cómo debe ser. Así se llega al relativismo más corrosivo: ¿qué está bien y qué está mal? ¿Qué es real y qué no lo es? “No hay hechos, sólo interpretaciones”, apostilló Nietzsche, lo cual cabe únicamente en el idealismo y no pocos lo conciben como una falacia.

El efecto positivo de esta autocrítica es que el distanciamiento de la realidad ha posibilitado un mayor conocimiento de la misma, y de ahí, una mayor aceptación. La civilización no puede estancarse, por muy estable que fuera la sociedad arcaica. El hecho de que los valores morales que sobrepasen el marco público pertenezcan a la esfera privada conlleva la verdadera fortaleza de Occidente y, al mismo tiempo, su terrible estigma.


Hoy en día, o quizá desde siempre, se enfrentan dos fuerzas en difícil equilibrio (esto no es de Molinas, ya es cosecha mía): 

1) el individualismo extremo, donde nadie puede meter mano en el "bolsillo" de la conciencia de cada uno, donde todo se diversifica y se cae en idealismos absurdos simplemente porque están de moda o porque uno es libre de "creer" lo que quiera, y apoyarlo con todas sus consecuencias. Se puede decir que la manipulación es horizontal o desde abajo, por medio de medios de comunicación, financiaciones de manos privadas, etc. No suelen estar en el poder, porque sus ideas son imposibles de llevar a la práctica. Es la mentalidad progresista, de izquierdas o pseudoizquierdas (versión más agresiva de antitaurinos, antisistema, homosexuales, veganos, independentistas, partidarios de utopías, etc.; importante señalar que no me refiero a expresiones moderadas ni discretas); 

2) el colectivismo extremo donde se sofoca toda expresión individual, donde se manipula desde arriba o verticalmente, para dictar unívocamente un sistema de pensamiento cerrado y común para todos, con el fin de mantener el orden. La forma de gobierno es tecnocrática y profundamente realista, pragmática. Los que apoyan esta facción suelen decir que "sobran personas inteligentes", porque creen que hay un beneficio mayor, común, cuando son pocas las personas altamente cualificadas y en las que se deja la responsabilidad. Lo contrario causa conflicto, idealismos y discusiones improductivas (shitstorms). Esta parte puede trabajar en contra de la ciencia y la tecnología para estancar el progreso y controlar movimientos sociales. Es la mentalidad de derechas, de instituciones como la Iglesia, el Opus, de lo más acérrimo y rancio del conservadurismo, a veces impregnado de falso progresismo o adaptación a la realidad, para no perder discípulos.

De la síntesis y acuerdo pacífico entre ambas partes depende nuestro futuro, si queremos evitar una catástrofe y así garantizar que siga avanzando la Historia.


Especial agradecimiento a Rafael Panadero, descubridor y transductor del libro que se trata.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Haruki Murakami: el ejercicio y la creación artística

Hace ya bastantes meses unos amigos míos me regalaron un libro de Haruki Murakami titulado "De qué hablo cuando hablo de correr". Acababa de leerme su genial colección de cuentos editada en Tusquets bajo el título "El elefante desaparece" y, al ver que el que me regalaron era meramente autobiográfico, no me interesó mucho.

Por aquella época, casualmente, algo me impulsó a hacer ejercicio. Gente cercana a mí, unos y otros, se iban metiendo a diversas actividades de mejora física. La última vez que hice algo de deporte fue cuando estuve en clases de esgrima, hace más de dos años. Siempre las he echado de menos. El caso es que sentí este impulso como si fuera un resultado natural: tenía que venir, era el momento.

Mi ejercicio trata solamente de optimizar el cuerpo, ganar musculatura y algo de coordinación y elasticidad, con una aplicación del móvil que sigo a rajatabla. Como ermitaño que no puedo dejar de ser, entreno solo y casi siempre dentro de casa. Pero es uno de los mejores momentos del día. He cogido la rutina y los resultados son ya perceptibles.

Y ahí estaba el libro de Murakami, esperando en mi mesilla, la "sala de espera" de mis pacientes. Cuando lo volví a retomar (sólo había leído las primeras páginas), la rutina de haber empezado mi "fisicalización" ya había formado en mí una predisposición positiva para leer el libro. Quiero decir que es más fácil y más provechoso leer este libro de Murakami si haces algún deporte o ejercicio, sobre todo si es de resistencia y sabes lo que es sudar y llegar al límite de tus fuerzas. 

Esto que acabo de decir tiene algo de increíble, porque nunca había imaginado que la literatura pudiera tener un poder así, que pudiera tener alguna conexión con el cuerpo. De hecho, cuando era un poco más ignorante, creía que en donde tenemos que trabajar para mejorar es en el intelecto, en el mundo de las ideas, considerando la filosofía y la filología las ciencias más altas; y, por tanto, dedicar tiempo y esfuerzo a perfeccionar el cuerpo, que solía relacionar con la vanidad, y cuyos beneficios no pueden transmitirse (el conocimiento sí, los músculos no) es estúpido. Pues bien, no es así. En primer lugar, la vanidad también está en la erudición, pues cualquier tipo de presunción, sea cual sea, nos hace caer en lo más bajo. Luego, lo que el escritor japonés aporta, es que el esfuerzo físico forma parte integrante del conocimiento, lo que nos ayuda a ser mejores y a ayudar a mejorar a otros.

Conozco a una persona, o unos cuantos como él, que apenas han leído y se han pasado la vida cuidándose el cuerpo, con el logro de una forma física envidiable. No llegaba a caer en el desprecio, pero sentía lástima porque esas personas no hubiesen puesto interés en formarse culturalmente un poco más. Pues bien, desde los preceptos que queremos seguir últimamente mis allegados y yo, "humildad y respeto", estas personas son admirables y están dando lo mejor de ellas mismas. A los que no somos expertos en nutrición y en ejercicios nos ilustran con su experiencia. Y si no saben de otras ciencias alcanzables mediante el estudio, es indudable que su sabiduría es la misma que la de cualquiera, porque nadie es más que nadie.

El caso es que Murakami no solamente ha sabido integrar su afición a correr largas distancias y escribir novelas, sino que se apoya en una cosa para conseguir la otra. Veamos cómo.




Le vino un poco todo de casualidad, y a la vez con un gran autoconocimiento que redundó en resoluciones personales acertadas. Tuvo una típica formación escolar japonesa, pero él era del tipo de alumno que, sin ser nada brillante, aprende lentamente y bien:

Empecé a experimentar interés por el estudio cuando, tras superar como pude el sistema educativo establecido, me convertí en lo que llaman un “miembro hecho y derecho de la sociedad”. Comprendí que, si investigaba en los ámbitos que me interesaban a mi ritmo y a mi gusto, asimilaba técnicas y conocimientos de un modo extrañamente eficaz. […] Así, acumulando ensayos y errores, tardaba mucho tiempo hasta que tomaban forma, pero lo que aprendía lo hacía mío para siempre (p. 54).

Estudió una carrera de difícil salida laboral (literatura y teatro griegos), con la que obviamente no encontraría trabajo (creo que ni lo buscó), y a continuación abrió un pub de jazz. Ese trabajo le fue lo bastante bien para tener cierta estabilidad, siempre con la compañía y la ayuda de su esposa. Una mujer, una pareja, ayuda mucho cuando se embarca contigo en algo, hay que tenerlo en cuenta. El caso es que durante un partido de baseball le vino a Murakami la idea espontánea a la cabeza, o más que una idea: una resolución o decisión acertada, acorde con lo que él era. Se dijo: "voy a escribir una novela".

Y así lo hizo. En casa, en el bar, en momentos muertos de poca clientela o en el horario en que estaba el bar cerrado, sacaba su cuaderno y escribía. Su salud estaba deteriorada por tantos hábitos nocturnos, pero valió la pena. Así nacieron sus dos primeras novelas, Oíd cantar al viento y Pinball 1973.

Pero no se conformó y quiso escribir una novela de mayor calado, para lo que tenía que dedicarse íntegramente. Pensó en cerrar temporalmente el negocio, a lo que sus amigos se opusieron. Entonces hizo algo sorprendente y muy interesante: lo traspasó definitivamente, lo dejó sin posibilidad de retorno. Había tomado la decisión de dedicarse a escribir. Se conocía a sí mismo, sabía que podía hacerlo.

Es sólo mi opinión, pero, en la vida, a excepción de esa época en la que se es realmente joven, deben establecerse prioridades. Hay que repartir ordenadamente el tiempo y las energías. Si, antes de llegar a cierta edad, no dejas bien instalado en tu interior un sistema como ése, la vida acaba volviéndose monótona y carente de eje. Yo quería dar prioridad al establecimiento de una vida tranquila, en la que pudiera dedicarme a escribir novelas, antes que a las relaciones sociales concretas con la gente de mi entorno (pp. 56-57).

El caso es que ahí fue cuando su salud se deterioró considerablemente. El oficio de escritor de acuerdo con los tópicos, y tal como lo estaba llevando a cabo Murakami, consiste en pasar muchas horas sentado, tomando café y fumando montañas de cigarrillos. Era exactamente así, con lo que engordó y apestaba siempre a tabaco. Se dio cuenta de que tenía que hacer algo con su físico si no quería pagarlo caro (apunto que José Manuel Caballero Bonald, cuando hablaba de escribir novelas, ejercicio muy diferente al de componer poesía, decía que hace falta mucha salud para aguantar ese esfuerzo mental).

Haruki empezó a correr, ya que es un deporte que se puede hacer solo, sin contrincante, y no requiere ninguna infraestructura. Le cogió el gusto y adquirió la costumbre. Aquí entra el tema de la voluntad, la cuestión de si las cosas se consiguen por la fuerza de la voluntad o es otra cosa:

Cuando digo que corro todos los días, hay gente que se admira por ello. […] Pero, a mi parecer, tener fuerza de voluntad no significa que uno consiga todo lo que quiere. El mundo no es tan sencillo. […] Que yo lleve corriendo de este modo más de veinte años supongo que se debe, en definitiva, a que esa actividad va con mi carácter. O, al menos, a que no me causa tanto sufrimiento. […] así, por mucha fuerza de voluntad que uno posea, por mucho que sea de los que no se dan por vencidos, si algo no le va, no podrá hacerlo durante largo tiempo (p. 64).

En efecto, no se puede persistir mucho en algo si no va con "nuestro carácter". El hecho de concentrarse y lograr esa atención sostenida durante horas (tampoco tantas, porque Murakami escribe entre tres y cuatro horas diarias) parece cuadrar con la capacidad para correr también una serie de horas al día. A veces mucho más, intentando superar sus límites constantemente. Fue mejorando sus marcas a base de disciplina en el entrenamiento, en lograr la regularidad y mantener la rutina. Es así la única manera de conseguir algún progreso, tanto muscular como mental:

No descansar dos días seguidos, aunque el tiempo total dedicado al entrenamiento disminuya, es la regla básica durante la fase de preparación. Los músculos son como animales de carga dotados de buena memoria. Si los vas cargando gradualmente y con mucho cuidado, los músculos se van adaptando de manera natural para resistir esa carga (p. 95).
Por eso, tanto para correr (en el caso de Murakami; en nosotros puede ser cualquier otro ejercicio) como para escribir, hacen falta una serie de cosas. Por una parte, la actividad tiene que "ir con nuestro carácter", pero el resto ya viene de la disciplina y la dedicación, del ejercicio de otras facultades. Es muy interesante, en esta comparativa constante entre lo físico y lo intelectual, ver cómo expone las cualidades necesarias para ser novelista:

1. El talento.

Si no se tiene absolutamente nada de talento literario, por más que uno se esfuerce, nunca llegará a ser novelista. Más que de una cualidad literaria, se trata de una premisa. […] El talento no tiene nada que ver con la fuerza de voluntad. Brota libremente, cuando quiere y en la cantidad que quiere, y, cuando se seca, no hay nada que hacer (p. 102).

2. La capacidad de concentración.

[…] después del talento, la siguiente cualidad [sería] la capacidad de concentración. La capacidad para concentrar esa cantidad limitada de talento que uno posee en el punto preciso y verterla en él. […] Además, si se usa con eficacia, con esta habilidad se pueden suplir en cierta medida las carencias y desequilibrios del talento. Yo, por lo general, trabajo tres o cuatro horas al día, por la mañana. Me siento frente al escritorio, dirijo mi atención únicamente a lo que escribo. No pienso en nada más (p. 103).

3. La constancia.

Después de la capacidad de concentración, es imprescindible la constancia. Aunque uno pueda escribir con concentración durante tres o cuatro horas al día, si no es capaz de mantener ese ritmo durante una semana porque acaba extenuado, nunca podrá escribir una obra larga (p. 103).


Las dos últimas, concentración y constancia, pueden conseguirse mediante el entrenamiento, no son un "don" con el que nacemos, al igual que tampoco desarrollamos músculos si no los entrenamos:

Por fortuna, estas dos capacidades –concentración y constancia-, a diferencia del talento, se pueden adquirir a posteriori mediante entrenamiento […]. Es algo parecido al adiestramiento muscular al que me he referido antes (p. 104).

El autor japonés se explaya en la teoría de que esas capacidades desarrollables mediante el trabajo, las dos últimas, tienen algún tipo de contacto con el vigor físico, logrado asimismo mediante el trabajo o el entrenamiento. Dicen algunos que la fortaleza y la salud físicas, sin tener mucho que ver con las equivalentes de la mente, nos sirven a nivel simbólico o metafórico: uno coge confianza en su cuerpo, que está progresando y dando un buen rendimiento, y del mismo modo aprende a confiar en su intelecto. No está mal; no obstante, sostengo otra teoría no excluyente, aunque totalmente hipotética e indemostrable: si se dice que los intestinos son un "segundo cerebro" (Michael Gershon, The Second Brain), ¿no lo será, en cierto modo, todo el cuerpo? ¿"Pensamos" con todo el cuerpo? No es lo mismo, claro está, ya que el aparato digestivo es evolutivamente muy antiguo y es comprensible que sirva, en cierto modo, a la inteligencia del sistema nervioso central, porque dependemos de lo que comemos. Pero también tenemos toda una compleja red de nervios por todo el cuerpo. No me parece descabellado imaginar, por un momento, que las mejoras en rendimiento, coordinación, elasticidad, etc. del cuerpo contribuyan a una mejora de rendimiento mental. ¿No es eso lo que pretenden también en yoga?

Murakami dice abiertamente que escribir es una labor física, e incluso que "pensamos con todo el cuerpo":

Soy consciente de que escribir novelas largas es básicamente una labor física. Tal vez el hecho de escribir sea, en sí mismo, una labor intelectual. Pero terminar de escribir un libro se parece más al trabajo físico. […] la mayoría de la gente […] cree que […] con tal de tener la fuerza suficiente para poder levantar la taza de café, se pueden escribir novelas. Pero, si probaran de veras a hacerlo, estoy seguro de que enseguida me comprenderían […]. Es sentarse ante la mesa y concentrar todos tus sentidos en un solo punto, como si fuera un rayo láser, poner en marcha tu imaginación a partir de un horizonte vacío y crear historias […].
Y es que, aunque realmente el cuerpo no se mueva, en su interior está desarrollándose una frenética actividad que lo deja extenuado. Por supuesto, la que piensa es la cabeza, la mente. Pero los novelistas, envueltos en el ropaje de nuestras “historias”, pensamos con todo el cuerpo, y esa tarea requiere que el escritor use […] todas sus capacidades físicas por igual (pp. 105-106).
Me parece plausible que influyan, de algún modo, las características de nuestro cuerpo. O al menos no perdemos nada por arreglar un poco nuestra carrocería ya que no sabemos optimizar el motor. Murakami se hace preguntas como las que planteamos aquí: "¿Significa eso, en definitiva, que la mente humana está condicionada por las características del cuerpo? […] ¿O acaso cuerpo y mente se influyen e interactúan mutua e íntimamente?" (p. 112).

¿Está la respuesta a esto en manos de psicólogos y neurólogos? ¿Es todo una autosugestión, que a algunos les puede dar resultado y a otros no? ¿Hace falta realmente entrenar físicamente a nivel profesional, como Murakami, para escribir novelas o trabajos arduos, como tesis doctorales? Hay muchos interrogantes, pero recordemos su consejo: con la voluntad sola no se logra nada. Esa actividad que se haga tiene que "ir acorde a tu naturaleza".


Sobre la toxina de los artistas


Este epígrafe merecía un espacio aparte, pero finalmente lo incluyo aquí. Un tema que preocupa notablemente a Murakami es el tópico de que el escritor, que aquí extendemos a los artistas en general, suele llevar una vida poco saludable. Parece que no solamente en Japón, porque los artistas, por el hecho de ser creadores, gente que aporta algo original y, en muchos casos, auténticos genios, suelen estar al borde de, si no la muerte, al menos de ciertos riesgos para su integridad física. Los músicos siempre han tenido fama de darse a las drogas; los escritores, de olvidarse de comer o de dormir; o unos y otros, incluyendo poetas, pintores, etc., tantear la locura por el hecho de vivir algo intenso para así tener inspiración, o simplemente porque sí. Ya decía Lope de Vega "¿que no escriba, decís, o que no viva?". También es algo que va en el carácter del creador artístico, podría decirse. Murakami no lo rechaza del todo; admite que este estereotipo está arraigado, aunque no le guste:

[…] parece que en Japón hay bastante gente que opina así. Es decir, que escribir novelas es una actividad poco sana y que los escritores tienen que llevar una vida lo más insana posible […]. De este modo, rompen con todo lo mundano y consiguen acercarse a las cosas más puras, que poseen valor artístico. Esta suerte de tópico está muy arraigada en la sociedad. Al parecer, con el paso de los años se ha ido forjando este esquema de “artista = insano (degenerado)” (p. 134)
Ahora bien, hay algo de verdad en eso de "acercarse a las cosas más puras" mediante comportamientos o pensamientos insanos. Al igual que para recuperarse de un mal que nos aqueja suele ser necesario hundirse en lo más oscuro, bajar a nuestra oscuridad y tocar fondo en ella, para así encontrar esa salida que lleva a la luz y finalmente nos repara, la labor de tejer un texto de la nada nos obliga a enfrascarnos en tinieblas, nuestras tinieblas. Tenemos que abrir puertas de nuestros cuartos oscuros que normalmente están vedados, en cuarentena, durante nuestra interacción social normal en la vida. Un artista siempre tiene algo de loco, y un loco es un creador, es el cincel que abre camino. La ficción es un componente de la realidad que a priori no existe, aunque luego existirá. Un personaje literario no tiene existencia operativa, pero sí tiene existencia estructural: Don Quijote tiene tanto peso en nuestras bases gnoseológicas como cualquier personaje histórico. Hay que postrarse, literalmente, ante aquellos seres capaces de crear estas nuevas realidades. Cervantes tuvo que quedarse medio manco, desdentado y enfermo de hidropesía (diabetes) para escribir sus mejores obras. Nietzsche tenía un tumor cerebral (al parecer no era sífilis). El caso es que incubar y sufrir una enfermedad, en los artistas, parece tener una relación causa-efecto en su creación, porque, de algún modo, de ese sufrimiento se nutren para crear. Hay una amplia bibliografía al respecto de los artistas y las enfermedades. Este artículo de la revista Ínsula (nº 813), de Monserrat Escartín Gual (2014), no tiene desperdicio: Literatura y medicina: genio y locura.

Murakami se refiere a esa oscuridad personal como nuestra toxina. Es algo que nos puede destruir, pero a la vez nos sitúa en ese borde, esa frontera entre control y descontrol, o lucidez y embotamiento, o entusiasmo y depresión, o cualesquiera que sean nuestras fronteras, que nos permite elaborar algo original, de nuestra esencia más pura. Como él dice, "la parte más sabrosa del pez globo es la que está junto al veneno".
Puede verse geográficamente de ambas formas: salir de nosotros mismos, o quizá entrar en lo más profundo de nosotros mismos. En cualquier caso, el artista se expone a un riesgo, pero es consciente de ello. Es inmejorable la explicación de Murakami:

En líneas generales, estoy de acuerdo con la idea de que escribir novelas es una labor insana. Cuando nos planteamos escribir una novela, es decir, cuando mediante textos elaboramos una historia, liberamos, queramos o no, una especie de toxina que se halla en el origen de la existencia humana y que, de ese modo, aflora al exterior. Y todos los escritores, en mayor o menor medida, deben enfrentarse a esa toxina y, sabedores del peligro que entraña, ir asimilándola y capeándola con la mayor pericia posible. Porque sin la intervención de esa toxina no se puede llevar a cabo una auténtica labor creativa en el sentido verdadero del término (les pido perdón por la extraña metáfora que ahora emplearé, pero puede parecerse al hecho de que la parte más sabrosa del pez globo sea precisamente la más cercana al veneno). Y a eso, se mire por donde se mire, no se le puede llamar una actividad “saludable”.
Dicho de otro modo, por su origen, los actos artísticos contienen en sí mismos agentes insanos y antisociales. Admito esto sin paliativos (pp. 134-135).

¿Qué maneras hay de sobrevivir a esa toxina? Inmunizarse a ella. Secretarla como siempre a la hora de escribir, pero a la vez conseguir la resistencia para no envenenarse por ella. Una de las maneras, que a Murakami le ha funcionado, es simplemente optimizar la salud física, el cuerpo físico. Pero claro, es lo que le ha funcionado a él, "su teoría":

No obstante, creo que aquellos que aspiran a dedicarse a escribir novelas profesionalmente durante mucho tiempo tienen que ir desarrollando un sistema inmunitario propio que les permita hacer frente a esa peligrosa (a veces incluso letal) toxina que anida en su cuerpo. De esa manera podrá ir procesando, correcta y eficazmente, una toxina cada vez más potente. En otras palabras: podrá ir creando historias cada vez más poderosas. Pero, para poder generar y mantener a largo plazo ese sistema autoinmune, se necesita una cantidad de energía nada despreciable, energía que deberá obtener de alguna parte. ¿Y dónde se obtendrá esa energía, sino en la propia fuerza física de base?
[…] En mi opinión, el aumento de esa “fuerza física de base” es uno de los elementos indispensables para embarcarse en creaciones de cada vez mayor envergadura.
[…] Para tratar con cosas insanas, las personas tienen que estar lo más sanas posible. Ésa es mi teoría. Lo que es tanto como decir que los espíritus insanos necesitan también, por su parte, cuerpos sanos (pp. 135-136).

¿Cuánto habrá de verdad en esta teoría? ¿Es aplicable a todos, o al menos a todos los que estamos viviendo este momento evolutivo de la sociedad? ¿Tenemos, los que nos sentimos en parte responsables de las ciencias y la cultura, que "fisicalizarnos"?

Tampoco perdemos nada por intentarlo. Como dije al principio, mi momento de hacer ejercicio en el salón de casa o en el parque que tengo al lado es uno de los mejores del día. Además, la actividad no es meramente física, ya que aprovecho a escuchar algún podcast o divido mi atención con algo que haya puesto en la tele.
Mi toxina, por cierto, es la melancolía, mi vieja conocida bilis negra. Me han salido bellas poesías en momentos muy oscuros. Por ahora, me está sirviendo Murakami: ante el dolor de amores terminados, de la desilusión, del desengaño, del fracaso, siempre queda la confianza en un cuerpo sano que nos ha traído hasta aquí y puede seguir llevándonos, de una carcasa fuerte para nuestra alma frágil.

E. M. C.


Bibliografía

Murakami, Haruki (2015), De qué hablo cuando hablo de correr. Barcelona, Tusquets.

Escartín Gual, Montserrat (2014), "Literatura y medicina: genio y locura". Ínsula, nº 813. Septiembre 2014. Madrid, Espasa.

Gershon, Michael (1998), The Second Brain : The Scientific Basis of Gut Instinct and a Groundbreaking New Understanding of Nervous Disorders of the Stomach and Intestines. Harper Perennial.












sábado, 16 de septiembre de 2017

Sobre discotecas y ermitaños

Son las 6:53 de la mañana. El Ermitaño vuelve a su cueva después de una expedición nocturna en busca de amor, o más bien de un paliativo para compensar la carencia de éste. Parece de risa. Aun así, tras no sé cuántas ni qué copas y un sueño monstruoso, ocurre el milagro de que se ponga a escribir a las siete de la mañana, tras una noche sin dormir, con una sobredosis de melancolía que le estrangula el pecho.
No hay nada más cruel que ponerle ante los ojos, a él y a otros muchos hombres solitarios, tanta y tamaña belleza. Siempre hay más hombres que mujeres en todas partes, pero en aquel caso la proporción era casi equitativa. ¡Cuánta, cuánta belleza! ¡Qué rostros, qué cuerpos divinos! Y las sonrisas, más para ellas mismas que para nosotros, mientras se hacen fotos unas a otras o a ellas mismas. Les gusta gustarse. Qué desperdicio que no quieran pasar de ahí.
Decía la Ilíada que Afrodita es “la que ama las sonrisas”. Después de liberarse y expandirse en diversos talleres de meditación tántrica, nuestro ermitaño deja aflorar su mejor sonrisa, bailando como una hoja al viento. Hasta ahí iba bien.
Ahora, a las 7:07 de la mañana, acude un recuerdo: mes y medio atrás, con la mujer que amaba, después de un arroz con marisco y dos botellas enteras de vino verde, sonaba música con el móvil de ella en la cocina. La mesa estaba sin recoger. Ella sabía bailar, sabía mucho de discotecas y de disfrutar de la noche, y ante la novedosa manera de bailar de quien fue su amado, nuestro ermitaño de mes y medio atrás, se quedaba entre sorprendida y asustada:
- No mires así a ninguna mujer cuando bailes. Con esa mirada y esa sonrisa no… Qué peligro tienes, cuánto peligro tienes.
Y aquel hombre, aquel hombre de hace mes y medio, cuyo sueño ya murió, movía las caderas, flexionaba las rodillas, acercaba su pubis al de ella, y el baile se convertía en un abrazo al son de la música con fogosos besos.
Pero aquello fue un espejismo, una ilusión, como la de Segismundo en La vida es sueño. La brecha de aquella pérdida nunca se cerraría. Los traumas del pasado no afloraron en la misma discoteca esta vez, pero sí estaban latentes. El individuo del que hablo escribió, en el año 2002, quince años atrás:
Abrí los ojos. Estaba sentado en la escalera de la Notte, en Moncloa. Eran las tres y pico de la mañana, y sostenía en mi trémula mano mi segunda o tercera copa de vodka, casi vacía. Seguía escuchando la canción que había quedado impresa en mi cabeza al despuntar el día: De sobra sabes que eres la primera, que no miento si juro que daría por ti la vida entera, por ti la vida entera. Y sin embargo, un rato cada día, ya ves, te engañaría con cualquiera, te cambiaría por cualquiera... Era la canción favorita de una chica con la que salí tres meses sin quererla, más bien por complacer, por ayudar, por intentar hacerla feliz de una manera que yo creía saber hacer. Al final le hice un daño que descompensó todo lo bueno que le di durante aquellos tres meses, que fue prácticamente nada. Y ahora, dos años después, esa misma canción me corroe el corazón y me inspira para escribir a una lejana Natalia.

Me bebí el vodka de un trago y arrojé el vaso con fuerza a la base de una columna.
Siempre hubo lamentado romper ese vaso. Pero no fue el único, porque siempre había pisado cristales rotos en las discotecas. Esta noche, por ejemplo, los había alrededor de una taza del váter.
Algo está roto por dentro. La mejor sonrisa, la mejor manera de bailar con la técnica Tantra-Zen liberadora no sirvió ni para hacer puñetas. Después de cuatro, o cinco, o seis grupos de mujeres con las que pretendió entablar conversación, se fue quedando sin energía. Ya no podía moverse como una hoja movida por el viento, ya no afloraba su sonrisa como una rosa en primavera. Del mismo modo, la sonrisa de Afrodita, la de las bellísimas mujeres, se iba empobreciendo, y cada grupo cerrado de mujeres iba centrándose en bailar tontamente sin hablar con nadie. Los grupos de hombres alrededor de cada grupo de mujeres se iban moviendo cada vez más rápidamente: las entraban, se iban, venían otros, las entraban, se iban… 
Las bailarinas de pago lucían sus increíbles curvas moviéndose como ninfas de la Arcadia. Sus torneados muslos y glúteos brillantes, cuyo pudor iba únicamente cubierto por un estrecho hilo, subían y bajaban, temblaban, se entregaban a los ojos de todos los hombres solitarios, y quizá también algunas mujeres. Se veía besarse a una pareja de mujeres, jóvenes y guapas. Los hombres suspiraban.
El hombre que fue joven recordó un pasaje del Persiles de Cervantes (cap. 19, libro 2):
Entré yo confiado y animoso, por saber indubitablemente que llevaba la razón conmigo y la verdad de mi parte. De mi contrario, bien sé yo que entró animoso, y más soberbio y arrogante que seguro de su conciencia. ¡Oh soberanos cielos! ¡Oh juicios de Dios inescrutables! Yo hice lo que pude; yo puse mis esperanzas en Dios y en la limpieza de mis no ejecutados deseos; sobre mí no tuvo poder el miedo, ni la debilidad de los brazos, ni la puntualidad de los movimientos; y, con todo eso y no saber decir el cómo, me hallé tendido en el suelo, y la punta de la espada de mi enemigo puesta sobre mis ojos […]
Así fue como se disolvieron los temores de su antigua amada, porque aquella manera de bailar sólo atraía a quien le amase de verdad. No había manera de saber ya si ella se alegraría o se entristecería, pero probablemente lo primero, desde que su amor se tornó en odio. La ilusión de divertirse y de jugar a la seducción, para calmar la bilis negra que aún encharcaba su corazón, se tornó en la derrota de Renato en el Persiles: “Yo hice lo que pude…”.
Una chica con quien habían hablado sus amigos, y junto a la cual había bailado un tiempo considerable, vino a ser la última oportunidad de entablar conversación. 
- Disculpa, creo que no nos hemos presentado… -dijo él.
Pero antes de que acabara la frase, la mujer hizo un gesto de negación con la mano, sin mirarle.
Son las 7:41 de la mañana. Hace dos horas nuestro homúnculo iba al guardarropa a por su chaqueta. Por el camino se encontró a las dos altas y guapas jugadoras de voleibol, con las que había hablado antes, sin éxito. Se le ocurrió decir:
- ¿Qué tal, cómo ha ido?
- No muy bien. Estamos cansadas ya. Nos vamos a ir.
- Yo también. Se me han quitado las ganas ya. Me parece que nos pasa lo mismo tanto a las altas y guapas como vosotras como a los bajitos y feos como yo –dijo él, con una sonrisa.
Una de ellas, en lugar de decir que no era tan bajito ni tan feo, o agradecer el cumplido, dijo:
- Ya, no hay término medio.
El hombre que nunca volvería a ser joven preguntó entonces:
- ¿Qué esperabais encontrar aquí? ¿Qué es lo que no os ha gustado del ambiente, de la gente?
- No nos ha gustado mucho el sitio… La música no nos gusta.
La música era la misma mierda que en todas partes. Lo que no les gustaba era el público masculino. Sin darse él cuenta muy bien cómo lo hicieron, las dos mujeres fueron hacia la salida, sin acabar la conversación ni despedirse.
La gente seguía mezclándose y revolviéndose como si las moviese una batidora. Cada vez más hombres, cada vez más pesados y las mujeres cada vez más hurañas. Apenas había besos ni bailes sensuales, excepto los de las bailarinas de pago. El Ermitaño se despidió de uno de sus amigos y salió, finalmente.
Son las 7:54 de la mañana. Ha salido el sol. La melancolía hace estragos. No debió causar la ruptura con aquella mujer. Podría haber bailado más veces con ella en la cocina en vez de en absurdas discotecas. O podría haber cortado el tumor, haber avanzado de otra manera. No hay peor desamor que saber que tanta felicidad se ha vuelto odio y desprecio.
Una vez le dijo ella: “Tienes que salir, cambiar, aprender a divertirte. Pero cuidado, si no lo haces bien, cada fallo te reforzará lo que eres ahora, tu rechazo a la vida de la noche”.
Así que había fallado, era el mismo de siempre. La tristeza de haber perdido lo alcanzado, en el pasado, y la desesperación de no alcanzar nada, en el futuro, son las dos vertientes de un presente miserable. 
No volvería a pisar una discoteca en mucho tiempo, burla obscena de la enfermedad de la soledad, concentración de estupidez y de barreras. 
Son las 8:14 de la mañana.


viernes, 1 de septiembre de 2017

Hipótesis del origen de los nombres de los colores

He recuperado este escrito del año 2010. Se quedó en el olvido porque nunca pude terminarlo, ya que la investigación que requería era bastante trabajosa, sin beneficio ninguno. Quizá algún día pueda ampliarlo o mejorarlo, porque es poco preciso y seguramente contenga errores. Hay investigaciones muy profundas que se pueden encontrar en Google. Aun así, lo cuelgo aquí para disposición de quien lo necesite, aunque era un joven de veintitantos años cuando me interesé por el tema.


Hipótesis del origen lingüístico de los colores


A Rafael Panadero, quien me proporcionó la idea y el ánimo para realizar este trabajo.
A Aneta, por su constante apoyo y entusiasmo en mis ocurrencias inútiles.


Nota previa


El presente ensayo, de contenido sobre todo filológico, pero también con cierta mezcolanza de historia y antropología, pretende despertar en los lectores la curiosidad sobre temas mundanos en los cuales nadie se detiene a pensar. Para ilustrar debidamente dichas intenciones, propongo que se imaginen lo siguiente:
Están en plena naturaleza, caminando, de un punto a otro. Pueden limitarse a caminar, pensando simplemente en el tiempo o distancia que queda hasta llegar al destino. O bien pueden entretenerse mirando a su alrededor, estudiando el paisaje, las plantas, animales y rocas. Se puede ir más allá, y hacerse preguntas como: ¿qué árbol es ése?, ¿dónde he visto crecer antes estas flores?, o ¿cuánto tiempo tiene esta roca?
Desde luego, hacerse esas preguntas frisa la locura, resulta agotador y, en muchos casos, un esfuerzo infructuoso. Es uno de los extremos. El otro, es el de quien no presenta interés por nada que no sea el mero uso, la utilidad de las cosas, quien se limita a un conciso aspecto práctico y rechaza casi todo su potencial cognitivo porque en su entorno social ese exceso más allá de la línea práctica no tiene ningún valor. Así nos hacen ahora, así es el actual sistema educativo, y de este modo, se ha detenido el progreso con el que soñaban nuestros ancestros. 
El trabajo a continuación no es más que un breve intento de ir en dirección contraria para la satisfacción de unos pocos y el desprecio de muchos, muchos que no se dan cuenta de que, si bien es cierto que hay estudiosos lunáticos que no aportan nada, tampoco el sometimiento a la dinámica salvaje del trabajo y del consumo mejorará el mundo de sus hijos. Pero en cuanto al eterno debate entre lo práctico y lo inútil, el conocimiento y la ignorancia, o el trabajo y el estudio, baste con lo dicho.
Las palabras son herramientas que usamos constantemente y, en la mayoría de los casos, no sabemos su origen. Por supuesto que es imposible saberlas todas, pero aquí se ofrecen a quienes tengan interés unas pocas que he podido recopilar con mis escasos conocimientos, recursos y posibilidades.


Sobre el indoeuropeo y la lingüística comparada


William Jones, juez británico de Bengala, escribía en 1788 sobre la afinidad entre el sánscrito, lengua sagrada antiquísima del brahamanismo, y las lenguas de Europa, que “ningún filólogo puede considerar estas lenguas sin estar convencido de que han surgido de una fuente común, que quizá ya no existe”. Comenzó así la lingüística comparada, es decir, la reconstrucción de estadios anteriores de las lenguas mediante la comparación entre unas y otras, y la elaboración de leyes generales que explicasen esos cambios.
Las lenguas pueden estar atestiguadas cuando existan testimonios directos o indirectos, es decir, documentos escritos por hablantes de dicha lengua (Biblia de Ulfila en gótico), o por hablantes de otra que citaran topónimos, nombres propios, etc., como sería el caso de Tácito, S. I, historiador latino de cuyas obras nos quedan vocablos galos o germánicos. Cuando no existen testimonios de ningún tipo y la lengua extinta es reconstruida por lingüistas recibe el nombre de protolengua, y se llama phylum al término más antiguo al que se puede llegar. El indoeuropeo es un phylum, es la protolengua más antigua conocida de la que parten la mayoría de las familias lingüísticas de Europa y Asia occidental, y esta fuente común a la que se refería acertadamente William Jones.


Sobre la migración indoeuropea


Los pueblos indoeuropeos comenzaron su expansión hacia el año 3000 a. de C. desde el N. de la India hacia occidente. A medida que las tribus avanzaban, se iban fundiendo con otros pueblos ya existentes no indoeuropeos, adquiriendo sustanciales cambios y avances técnicos, sociales, religiosos, y por supuesto, lingüísticos, de manera que la lengua original indoeuropea se iba dialectalizando. Tomaron, por ejemplo, la escritura de las civilizaciones mesopotámicas, lo que permitió la elaboración de los primeros manuscritos de nuestra cultura (escritura micénica), no tan antiguos como los no indoeuropeos hebreos, egipcios, sumerios, fenicios, etc.
Entre las distintas oleadas migratorias y las direcciones que tomaron, se cuentan, a grandes rasgos, las siguientes: la gran rama aria penetró en la India y en Irán (II milenio a. de C.), las griegas se establecieron en los Balcanes y península helénica (II milenio a. de C.), los latinos entraron en Italia (I milenio a. de C.); los celtas avanzaron hasta el occidente europeo y los escitas hacia el sur de la actual Rusia; los germanos, que llegaron en distintas oleadas, realizaron grandes migraciones en los primeros siglos de nuestra era; los eslavos, que en el siglo VI de nuestra era ocupaban la actual Eslovaquia y S. de Polonia, comenzaban su Gran Expansión que no concluiría hasta el S. XIX con la anexión a Rusia del extremo oriental de Asia y Alaska.
El pueblo indoeuropeo más extraño, por su lengua de rasgos occidentales y su ubicación oriental, es el tocario, cuya lengua está extinguida pero posee testimonios directos mediante manuscritos de los siglos VI-VII. Los tocarios se establecieron en la cuenca del Tarim, hoy provincia de Sinkiang, en China, desde el I milenio a. de C. hasta el siglo VII d. C., momento en que fueron definitivamente exterminados.


Sobre los colores


Los colores son deícticos, es decir, elementos que apuntan o señalan algo en concreto. No se puede expresar un color solamente con palabras. Por ejemplo, la definición de la RAE de la entrada “azul” es: “Del color del cielo sin nubes. Es el quinto color del espectro solar”. Es decir, para la definición de un color es necesario aludir a algo conocido, como el cielo o uno de los colores del arcoiris. Si le preguntamos a un niño qué es azul, igualmente buscaría con la mirada y señalaría con el dedo algo de dicho color.
El objetivo de lo que viene a continuación es encontrar lo primero que señalaron los antiguos pobladores indoeuropeos para definir colores. En la naturaleza, en el ámbito que les rodeaba, existirían sin duda materias de cualidades significativas a las que se referirían para calificar colores, primero como sustantivos (del color del cielo), luego como adjetivos.


El amarillo


Ing – yellow; Fr – jaune; Esp – amarillo; Lat – amarus; Pl – żołty; R – жëлтый; P – amarelo; Al – gelb; Isl – gulur; It – giallo. 

Se encuentran similitudes en bastantes casos, con lo que se puede obtener una raíz común. Tenemos dos grandes grupos, a) lenguas eslavas, germánicas, inglés y quizá francés, y b) descendientes del latín. Veamos el primer grupo: en inglés y francés comienza con el fonema /j/, a continuación vocal media o baja, /a/ o /e/, y luego ya no hay más correspondencias. Pero entre inglés, italiano y alemán hay una más: la consonante lateral /l/ después de la vocal media anterior /e/. La gutural /g/ inicial alemana proviene de la tendencia general germánica de adaptar /j/ a /g/. La misma correspondencia existe en lenguas eslavas: la /ż/ polaca y la ж rusa se pronuncian /ž/, consonante fricativa palatal como la “ll” española, y por tanto próxima a la semivocal o semiconsonante palatal /j/. Las vocales, en cambio, difieren de la rama germánica: en polaco la “o” suena /u/, y en ruso, la ë es palatalizada, /jo/, pero se sigue mantiendo la consonante /l/.
El segundo grupo, del latín “amarus”, nos da una pista. Amarus significa amargo en latín, es un adjetivo que describe un sabor, pero curiosamente, también un color. En español y portugués se ha mantenido este origen, como si dijéramos “amarguillo”. ¿Qué es de color amarillo y de sabor amargo?
La respuesta la encontramos, sin ir más lejos, en español: hiel. La hiel, la bilis del hígado, debió sorprender a los antiguos por su llamativo color y desagradable sabor, caracterizando con su nombre indoeuropeo las demás cosas de similares características. “Hiel” se corresponde fonéticamente con el primer grupo, jod /j/ + vocal media /e, o/ (exc. italiano) + cons. lateral /l/ + desinencia: yellow, giallo, żołty, жëлтый… Además, "hiel" se traduce de forma parecida en algunas lenguas: P – żółć; Al – galle. 


El rojo


Ing – red; Al – rot; Isl – rauður; Esp – rojo; Fr – rouge; It – rosso; P – vermelho; Pl – czerwony; R – красный; Dan – rød; Frisón – rad; Gótico – rauþs; Lat – ruber. 

Es probablemente el color que mejor ha mantenido su origen indoeuropeo en mayor variedad de lenguas. Comienza por la vibrante lateral /r/ en la mayoría de los casos, luego hay una vocal que suele ser media posterior, /o/, y luego una oclusiva dental, /d/ o /t/, o bien el resultado de ablandar ésta a fricativa alveolar /š/ que pasaría a silbante simple de cantidad larga /s/ en italiano, que en español se retrasa a fricativa velar /x/, y en francés a una variante sonora, /z/. 
Es en las lenguas más arcaizantes en donde encontramos pistas: en polaco, pelirrojo se dice “rumiany”, en ruso, рыжеболодый. Aunque en ambas lenguas “rojo” tiene otro origen, se conserva la raíz /ru-/ o /ry-/ para derivados del color de pelo rojo. Se sabe que el famoso explorador Erik el Rojo (Eirik Raude, en noruego), debía su alias al color de su pelo. También se les daba un sobrenombre del mismo origen a notables personajes de estirpe celta, como irlandeses (ruad) o galeses (rhudd). Los apellidos Read o Reid en inglés o escocés provienen de tal color de pelo, y también encontramos una serie de entradas interesantes en el léxico latino: russus - rojo, rojizo; rubor - rubor; rūdus - cobre nativo; rūfus – pelirrojo. 
La constante del significado de pelirrojo en alguna de las variantes de /ru-/ en todas las lenguas parece indicar que dicho rasgo físico fue el origen del color rojo.
La raíz indoeuropea, según lingüistas, es *reudh-.


El negro


Ing – black; Isl – svartur; Nor – svart; Al – schwartz; Danés – sort; Esp – negro; Fr – noir; It – nero; Pl – czarny; R – чëрный; Lat – niger; Gr – μαύρο /mavro/.

Nos encontramos ante un problema difícil debido a su dialectalización temprana. Se pueden clasificar en tres grupos: a) rama alemana y eslava; b) grecolatina; y c) inglés.
En el primer grupo, parece no haber dudas en cuanto a los caracteres fijos: #s, en comienzo absoluto, o bien variante alta /š/ en alemán moderno. En inglés existe la palabra en desuso swart < sweart (ing. ant.), raíz del adj. swarthy, “de piel oscura”. Los eslavos debieron adaptar la fonética a sus tendencias generales con la africada alveolar sorda /č/: sw > č. Se conserva la posición de la vocal, en su mayoría abierta, y la vibrante lateral /r/.
El griego, forzosamente con sucesivos pasos intermedios y una evolución compleja, da origen al término en latín. La nasal bilabial inicial #m- pierde la labialidad para convertirse en nasal dental, #n-. La vocal cambia su timbre, y la fricativa labio-dental /v/, el cambio más misterioso, produce la gutural /g/. Del latín a sus dialectos no hay obstáculos: negro, noir, nero. En cuanto a la influencia del griego al latín, y quizá en relación con el negro o la oscuridad, existe el sustantivo mæror, tristeza profunda.
Pero hay algo mucho mejor, más revelador, en el resto de griego dejado en el latín, y quizá relacionado con el origen auténtico. Nótese en los nombres o apellidos españoles “Mauro” o “Maura”, o incluso en el nombre “Mauricio”. ¿No es sospechosamente parecido al griego μαύρο? Efectivamente, del griego a lenguas latinas, la fricativa /v/ se vocaliza en /u/; por ejemplo, /Evropa/ > Europa; /avtobus/ > autobús, luego las palabras que empiecen por maur- deben provenir del color negro. Además, en español, el diptongo latino –au- se monoptonga en –o-, así aurum > oro, y por tanto maurus > moro, siendo en ambas lenguas lo mismo, “habitante de Mauritania”, es decir, Marruecos. Por supuesto, los países Níger y Nigeria vienen directamente del latín niger, pero son más modernos.
Luego es posible que el color negro provenga, en lenguas grecolatinas, del color de la piel de los africanos. Lo curioso es por qué no tomaron este nombre de los etíopes, más antiguos para los griegos, conocidos ya en el mito de Perseo y Andrómeda, y de Faetón y el carro de fuego de Apolo.
Indudablemente, en el resto de lenguas con raíz svar-, más septentrionales, debe tener otro origen. 
Del inglés, black se cree que viene del protogermánico *blakaz, “quemado”, o del sueco bläck, “tinta”.


El verde


Ing – green; Esp – verde; Gr – πράσινος; Lat – viridis/ virens, virescons; It – verde; P – verde; Fr – vert; Al – grün; Isl – grænn; Sueco – grön; Pl – zielony; R – зелëный.

Hay tres grupos: a) provenientes del latín; b) germánicas; y c) eslavas, sin incluir en ninguna clasificación el griego /prásinos/, de difícil determinación.
El segundo grupo, la rama germánica, tiene la explicación más sencilla: parte de la base indoeuropea *gro-, “crecer”, en el sentido del crecimiento vegetal. En inglés, crecer es “grow”, lo que comparte similitud con “green”, e igualmente ocurre en otras lenguas con dicho color: frisón antiguo – grene, noruego antiguo - grænn,  danés - grøn,  holandés - groen,  alemán – grün. 



(Inconcluso.)