jueves, 17 de agosto de 2017

La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han


Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio. Ed. Herder. Barcelona, 2012. (Die Müdigkeitsgesellschaft, 2010, MSB Matthes & Seitz, Berlín.)

Este es el primer libro de Byung-Chul Han que cayó en mis manos y que leí con dedicación y entusiasmo. Hoy ya parece que sus ideas se han divulgado bastante, se han sometido a contraste y se han cuestionado y, por tanto, ya no sorprende demasiado. Pero hace tres años, cuando me encontraba en un momento sentimental e intelectual inmejorable, este filósofo fue todo un descubrimiento.

A modo de introducción, y al mismo tiempo como indicación del tema del libro (la autoexplotación), se utiliza el mito de Prometeo con originalidad y actualidad. Los mitos son muy simbólicos, y los símbolos, como tales, son polisémicos. De ahí que se pueda aplicar un mito a cualquier cosa para reforzar su significado. En este caso:

El mito de Prometeo puede reinterpretarse considerándolo una escena del aparato psíquico del sujeto del rendimiento contemporáneo, que se violenta a sí mismo, que está en guerra consigo mismo. En realidad, el sujeto del rendimiento, que se cree en libertad, se halla tan encadenado como Prometeo. El águila que devora su hígado en constante crecimiento es su álter ego, con el cual está en guerra. Así visto, la relación de Prometeo y el águila es una relación consigo mismo, una relación de autoexplotación. El dolor del hígado, que en sí es indoloro, es el cansancio (p. 9).

Esto lo relaciona el autor con un relato de Kafka, con una cita concreta: "Los dioses se cansaron; se cansaron las águilas; la herida se cerró de cansancio". El cansancio cierra la herida, es un cansancio curativo. Pero no deja de ser una curación patológica que mansamente nos anula.


Prometeo encadenado, Rubens/Snyders. Philadelphia Museum of Art.

A continuación copiaré y comentaré fragmentos de cada capítulo o sección.

La violencia neuronal

Comienza hablando de las enfermedades características de nuestro tiempo: la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de la personalidad (TLP) o el síndrome de desgaste ocupacional (SDO). Estas enfermedades no se causan por la "negatividad de lo otro inmunológico, sino por un exceso de positividad" (pp. 12-13). Estos términos, esta dicotomía, va a ser constante en toda la obra de Byung-Chul Han. Lo positivo es lo que no ofrece resistencia, lo agradable, el "me gusta", el sí, sí quiero, lo que entra sin molestar ni alterar nada. Lo negativo es todo lo contrario, es "lo otro", lo distinto y lo que nos obliga a reaccionar. La positividad no provoca ninguna reacción defensiva, mientras que la negatividad sí, con lo que esta última implica la acción, lo que nos hace crecer y evolucionar, aunque a veces sea doloroso (la positividad es suave, lisa, indolora).
El autor cree que enfermedades mentales que brotan por sí solas, como la depresión, vienen de la positividad, al quedarnos voluntariamente inactivos, frente a otro camino más áspero que requiere nuestro esfuerzo, nuestra acción contra algo (negatividad).

En la guerra fría, cuando había enemigos claramente delimitados y opuestos, se desprendía una idea: el rechazo a lo extraño. Lo diferente, aunque no sea hostil, ha de ser rechazado, y en eso se basaba el procedimiento inmunológico. Lo que viene a decir es que en épocas anteriores, cuando teníamos otra forma de pensar, caíamos en otros males psicológicos y sociales, pero no en los que tanta popularidad tienen ahora.
La sociedad actual se caracteriza por la desaparición de la otredad (en otras obras, "alteridad") y la extrañeza. Y afirma:

La otredad es la característica fundamental de la inmunología. Cada reacción inmunológica es una reacción frente a la otredad. Pero en la actualidad, en lugar de ésta, comparece la diferencia, que no produce ninguna reacción inmunitaria. [...] A la diferencia le falta, por decirlo así, el aguijón de la extrañeza [...] (p. 14).

Lo meramente diferente es lo exótico, algo visitable, que el turista puede recorrer. Lo extraño no puede consumirse.

Entonces, ¿cómo funciona la reacción inmunológica, qué hacemos ante lo extraño? Ofrecer negatividad a la negatividad, autoafirmarnos:

La dialéctica de la negatividad constituye el rasgo fundamental de la inmunidad. Lo otro inmunológico es lo negativo que penetra en lo propio y trata de negarlo. Lo propio perece ante la negatividad de lo otro si a su vez no es capaz de negarla. La autoafirmación inmunológica de lo propio se realiza, por tanto, como negación de la negación (p. 17).

Personalmente, creo que el rechazo y la autoafirmación generan violencia, aunque para este y otros filósofos sea un mal preferible a formar una sociedad pacífica de sujetos depresivos o enfermos mentales de todo tipo. En otra obra hablará ampliamente del budismo Zen, doctrina que se basa en el vacío y la aceptación. ¿No son contrarios? ¿Cuál es el beneficio del budismo si no hay que presentar resistencia? (Estas dudas son mías y ya adivino que tengo que leer con mayor atención, porque seguramente no haya comprendido bien.)

Con alguna relación a lo dicho, insiste en el peligro del exceso de positividad. "La violencia  parte no sólo de la positividad, no únicamente de lo otro o de lo extraño, sino también de lo idéntico" (p. 18). Y esta violencia de la positividad resulta de la superproducción, el superrendimiento y la supercomunicación, entre otras nuevas realidades. No hay posible reacción inmunológica, sino agotamiento, fatiga, asfixia, todas ellas como manifestaciones de una violencia neuronal.

Un buen ejemplo de negatividad y reacción inmunológica es la imagen de Medusa:

Probablemente, la Medusa es el otro inmunológico en su expresión más extrema. Representa una radical otredad que no se puede mirar sin perecer. La violencia neuronal, por el contrario, se sustrae de toda óptica inmunológica, porque carece de negatividad (p. 23).

Más allá de la sociedad disciplinaria


La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad del rendimiento. No hace falta ya obligar a nadie a hacer nada. Todo el mundo "es libre" exteriormente. En cambio:

La sociedad disciplinaria es una sociedad de la negatividad. La define la negatividad de la prohibición. El verbo modal negativo que la caracteriza es el "no poder" (Nicht-Dürfen). Incluso al deber (Sollen) le es inherente una negatividad: la de la obligación (p. 26).

La sociedad del rendimiento se caracteriza por el verbo poder, el típico "yes, we can". Todo son proyectos, motivación, iniciativa. La sociedad disciplinaria produce locos y criminales, mientras que la del rendimiento, depresivos y fracasados.

Se ha comprobado que la población produce más con una sociedad del rendimiento que con una disciplinaria, que tiene límites. La autoexplotación no tiene límites. Se pasa del deber al poder.
Además, ese "poder" se convierte en obligatorio y es lo que hace enfermar, porque el rendimiento se convierte en un imperativo, como nuevo mandato de la sociedad del trabajo.
El hombre depresivo es aquel animal laborans que se explota a sí mismo, a saber: voluntariamente, sin coacción externa (p. 30). Así:

El lamento del individuo depresivo, "Nada es posible", solamente puede manifestarse dentro de una sociedad que cree que "Nada es imposible". No-poder-poder-más conduce a un destructivo reproche de sí mismo y a la autoagresión (p. 31).
La siguiente cita está muy clara y ya se ha divulgado mucho:

El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Ésta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado (p. 32).

Como termina diciendo, es una "libertad paradójica" que deviene en violencia y enfermedades psíquicas.


El aburrimiento profundo

Las ideas de este capítulo tienen relación con los retos de la docencia actualmente, el problema de la concentración y la atención sostenida. Ahora prima el "multitasking", ser multitarea, hacer muchas cosas a la vez sin profundizar en ninguna. Esto es positividad, no entrar en contacto y enfrentamiento con algo hasta el final, que sería negatividad, algo mucho más laborioso.
Esta tendencia de positividad no genera ninguna cultura. La cultura, término que viene de "cultivar", de un proceso de creación cuidadoso y esmerado, nace de entornos en los que la gente sabe sostener la atención y puede concentrarse.

La cultura requiere un entorno en el que sea posible una atención profunda. Ésta es reemplazada progresivamente por una forma de atención por completo distinta, la hiperatención. Esta atención dispersa se caracteriza por un acelerado cambio de foco entre diferentes tareas, fuentes de información y procesos. Dada, además, su escasa tolerancia al hastío, tampoco admite aquel aburrimiento profundo que sería de cierta importancia para un proceso creativo. Walter Benjamin llama al aburrimiento profundo «el pájaro de sueño que incuba el huevo con la experiencia». Según él, si el sueño constituye el punto máximo de la relajación corporal, el aburrimiento profundo corresponde al punto álgido de la relajación espiritual. La pura agitación no genera nada nuevo. Reproduce y acelera lo ya existente (p. 35).

La atención profunda requiere poder detenerse, y un buen ejercicio para ello es la contemplación, que tiene que ver con trasladarse fuera de uno mismo, vaciarse.

Merleau-Ponty describe la mirada contemplativa de Cézanne sobre el paisaje como un proceso de desprendimiento o desinteriorización. «[…] El paisaje, remarcaba él, se piensa en mí, yo soy su conciencia» (p. 38).

Es necesario el sosiego, el aburrimiento profundo de Walter Benjamin, la relajación espiritual. Dice Nietzsche:

"Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie. En ninguna época se han cotizado más los activos, es decir, los desasosegados. Cuéntese, por tanto, entre las correcciones necesarias que deben hacérsele al carácter de la humanidad el fortalecimiento en amplia medida del elemento contemplativo”(p. 39). [F. Nietzsche, Humano, demasiado humano, Madrid, Akal, 2007, p. 180.]


Vita activa

La vida activa se opone a la contemplativa. Sin embargo, parece ser que hay matices o puntos de vista en lo provechosa que pueda ser cada una. Byung-Chul Han se dedica a comentar un libro de Hannah Arendt, La condición humana.

[...] la cita de Catón, con la que Hannah Arendt concluye su libro, parece un tanto impropia, puesto que a ella remite originariamente Cicerón en su tratado De re publica. En el pasaje citado por Arendt, Cicerón incita a sus lectores a apartarse del "foro" y del "jaleo de la multitud" y retirarse a la soledad de una vida contemplativa. Así, enseguida después de haber citado a Catón, Cicerón elogia propiamente la vita contemplativa. Según él, la vida contemplativa, y no la vida activa, convierte al hombre en aquello que un principio debe ser. Arendt hace de ello un elogio de la vita activa. Asimismo, la soledad de la vida contemplativa de la que habla Catón no es compatible sin más con el "poder de los hombres en acción" que evoca Arendt una y otra vez. Por ende, al final de su tratado La condición humana Arendt habla en favor de la vita contemplativa sin pretenderlo. No se percata de que precisamente la pérdida de la capacidad contemplativa, que, y no en último término, está vinculada a la absolutización de la vida activa, es corresponsable de la histeria y el nerviosismo de la moderna sociedad activa (pp. 50-51).

Esto se puede relacionar con las famosas liras de Fray Luis: "Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido..." En mi propia experiencia, siempre es en el sosiego de la soledad y el aburrimiento cuando puedo realmente crear algo, echar mi semilla a la cultura.



Pedagogía del mirar

Este capítulo se centra en algunas buenas enseñanzas de Nietzsche, de El ocaso de los Dioses y Humano, demasiado humano, sobre "aprender a mirar". No tiene desperdicio:

La vita contemplativa presupone una particular pedagogía del mirar. En El ocaso de los Dioses, Nietzsche formula tres tareas por las que se requieren educadores: hay que aprender a mirar, a pensar y a hablar y escribir. El objetivo de este aprender es, según Nietzsche, la "cultura superior". Aprender a mirar significa "acostumbrar el ojo a mirar con calma y con paciencia, a dejar que las cosas se acerquen al ojo", es decir, educar el ojo para una profunda y contemplativa atención, para una mirada larga y pausada. Este aprender a mirar constituye la"primera enseñanza preliminar para la espiritualidad". Según Nietzsche, uno tiene que aprender a "no responder inmediatamente a un impulso, sino a controlar los instintos que inhiben y ponen término a las cosas". La vileza y la infamia consisten en la "incapacidad de oponer resistencia a un impulso", de oponerle un No. Reaccionar inmediatamente y a cada impulso es, al parecer de Nietzsche, en sí ya una enfermedad, un declive, un síntoma de agotamiento. [...] En cuanto acción que dice No y es soberana, la vida contemplativa es más activa que cualquier hiperactividad, pues esta última representa precisamente un síntoma del agotamiento espiritual (pp. 53-54).

Este fragmento me recuerda a una prerrogativa que escuché una vez: no reaccionar, sino responder.

La hiperactividad consiste a menudo en hacer muchas cosas a la vez, pero ninguna complicada o que requiera gran atención. Así, nos acostumbramos a hacer muchas cosas, más o menos mecánicas, sin ser capaces de concentrarnos, incluso atrofiándonos en esa habilidad. En el Máster de profesorado tuvimos un encendido debate sobre promover la lectura hipertextual (saltar de un texto a otro buscando información) o la lectura lineal (leerse un libro entero). A muchos nos preocupa que se pierda la capacidad de concentrarse, de ahí que expusiese la siguiente cita de Nietzsche recuperada por Byung-Chul Han:

En el aforismo «El principal defecto de los hombres activos» escribe Nietzsche: “A los activos les falta habitualmente una actividad superior […] en este respecto son holgazanes. […] Los activos ruedan, como rueda una piedra, conforme a la estupidez de la mecánica”. [Humano, demasiado humano, Madrid, Akal, 2007, p. 179.] (p. 55.)

Es verdad que dedicarse siempre a hacer lo fácil, aunque sea mucho, es de holgazanes o incluso cobardes. A una escala mayor, en la vida, lo cierto es que muchos nos estancamos con un trabajo fácil y repetitivo, aunque sea agotador y nos esté consumiendo, por el mero hecho de no atrevernos a abordar la ardua tarea de buscar otro trabajo y la preparación que requiere.

Este otro fragmento diferencia la rabia del enfado, diferencia que consiste en un estado o un sentimiento puntual.

La rabia, en cambio, cuestiona el presente en cuanto tal. Requiere un detenerse en el presente que implica una interrupción. Por esa condición se diferencia del enfado. La dispersión general que caracteriza la sociedad actual no permite que se desplieguen el énfasis y tampoco la energía de la rabia. La rabia es una facultad capaz de interrumpir un estado y posibilitar que comience uno nuevo. Actualmente, cada vez más deja paso al enfado y al estado enervado, que no abren la posibilidad a ningún tipo de cambio decisivo (p. 56).

Resulta recurrente el término que acuña Byung-Chul Han de nicht-zu, "no (hacer)", lo que en inglés sería "not to... [do something]", con el uso de actuar negativamente, como principio de acción negativa, que es un rasgo característico de la contemplación. La negatividad es un proceso activo, no pasivo.

La hiperactividad es, paradójicamente, una forma en extremo pasiva de actividad que ya no permite ninguna acción libre. Se basa en una absolutización unilateral de la potencia positiva (p. 60).



El caso Bartleby

Esta sección analiza el relato de Melville Bartleby, que trata de un mundo de trabajo inhumano, de habitantes reducidos a animal laborans. La verdad es que Byung-Chul es un excelente comentador de textos literarios. En el relato, la falta de iniciativa y la apatía acaban con la vida de Bartleby, y eso que aún está tratando de una sociedad disciplinaria, con insistencia en el símbolo de los muros o paredes.

Por otra parte, introduce también referencias a Un artista del hambre de Kafka, mostrando un ser aún más carente de ilusión. La pantera, que aparece a su muerte, simboliza la plácida alegría de vivir. Al respecto dice lo siguiente:

Al artista del hambre, sin embargo, tan sólo la negatividad de la negación le da la sensación de libertad, una libertad que es igual de ilusoria que aquella que la pantera guarda “en cualquier rincón de su dentadura”.” La negatividad, ese proceso activo de “no hacer”, intencionadamente, provoca sensación de libertad (p. 69).



La sociedad del cansancio

En la sociedad del rendimiento tiene lugar el dopaje, a veces casi necesario. Pero a esto sobreviene el cansancio excesivo, y este cansancio aísla y divide. Cita a P. Handke, Ensayo sobre el cansancio, Madrid, Alianza, 2006. 

Estos cansancios son violencia, porque destruyen toda comunidad, toda cercanía, incluso el mismo lenguaje: "Aquel tipo de cansancio -sin habla, como tenía que seguir siendo- forzaba a la violencia. Ésta tal vez se manifestaba sólo en la mirada que deformaba al otro" (p. 73).

A este tipo de cansancio contrapone Handke el "cansancio elocuente, capaz de mirar y reconciliar". Abre un "entre", una especie de nexo:

El cansancio como un "Más del yo aminorado" abre un entre, al aflojar el constreñimiento del Yo. No solamente veo lo otro, sino que también lo soy, y "lo otro es al mismo tiempo yo". El entre es un espacio de amistad como in-diferencia, donde "nadie ni nada "domina" o siquiera "tiene preponderancia" sobre los demás". Cuando el Yo se aminora, la gravedad del Ser se desplaza del Yo al mundo. Se trata de un "cansancio que da confianza en el mundo", mientras que el cansancio del Yo en cuanto cansancio a solas es un cansancio sin mundo, que aniquila al mundo. [...] La aminoración del Yo se manifiesta como un aumento de mundo: "El cansancio era mi amigo. Yo volvía a estar ahí, en el mundo" (p. 74).

Al final todo remite al envenenamiento en nuestro propio yo, en nuestro ego, tan importante y tan maldito.





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