sábado, 26 de agosto de 2017

La leyenda inacabada de Marsilio y Patricia



1. La torre de marfil


Érase una vez una ciudad majestuosa en medio de ricos y fértiles parajes naturales. Se llamaba Apolonia, por estar consagrada al dios Apolo, pero como en aquel reino sólo había una ciudad, la gente nunca la llamaba por su nombre, sino simplemente “la Ciudad”. 

Desde el cielo, a vista de pájaro, se divisaban todo tipo de edificios y construcciones: los templos, los cuarteles, la fortaleza, los talleres de elaboración de todo tipo de necesidades, los hospitales y los conventos, los burdeles, el anfiteatro, la universidad, los jardines, el cementerio. Los barrios residenciales eran irregulares, algunos de ricas casas de altos tejados puntiagudos, mientras que otras eran chozas lúgubres y ruinosas, a veces abandonadas, donde no osaba pisar nadie. De las habitadas surgían penachos de humo de sus chimeneas y flameaba ropa tendida en sus balcones, como parodia de las banderas y pendones que adornaban los edificios oficiales. Dos anchas avenidas perpendiculares cruzaban la ciudad de punta a punta, las llamadas Avenida Roja, de sur a norte, y la Avenida Azul, de este a oeste. En ciertas épocas, en las fiestas, el ayuntamiento las adornaba con gallardetes de dichos colores. En medio, en el cruce, se abría una enorme y espléndida plaza adoquinada de cierta piedra carísima de increíble blancura, de ahí que se llamase la Plaza Blanca. Había un dicho popular, que algo “dura menos que un céntimo en la Plaza Blanca”, ya que cualquier cosa en el suelo se veía destacar sobre tan inmaculada superficie. En su centro se erigía una estatua de oro del dios Apolo, altivo y poderoso. En los lados de la plaza de donde partían las avenidas principales había puertas monumentales adornadas según cada calle, con lapislázuli y mármol rojo, respectivamente.

Foto: https://www.trip2athens.com/es/see-n-do/attractions/dimosiatexni/attraction-126/


La ciudad también era surcada por un río, en su parte sur, que se llamaba el Río de la Vida. Sin embargo, popularmente le decían “de la Mala Vida”, ya que en sus márgenes se ubicaban burdeles, tabernas y el anfiteatro, donde se juntaba la peor calaña de la ciudad, y a veces también la flor y nata, de incógnito y con escolta, porque nadie podía negar que los vicios son necesarios. Por toda la zona se celebraban peleas clandestinas, apuestas ilegales, reyertas y otras cosas horribles y lamentables. Se hablaba de un sindicato del crimen, e incluso de una Secta del Caos que hacía sacrificios humanos. Un barrio concreto en ese entorno estaba tan fuera de control que ni la Guardia Real osaba entrar allí. La llamaban la Zona Oscura.

Pero la mayor parte de la ciudad era radiante y luminosa, ajena a esos rumores escabrosos. Templos de altas columnas, basílicas de soberbios techos, fuentes, plazas, academias, comercios, teatros… proliferaban por toda la ciudad, con libertad y con respeto a la ley. Se rendía culto, además, a Atenea, a Hera, a Asclepio y a otras divinidades del ingenio y del orden. Las de otros sentimientos humanos existían también, pero no eran oficiales y se adoraban con disimulo. 

En un sector lateral, en el cuadrante nororiental, se ubicaba la Sede de Gobierno, también conocida como la Ciudadela. Era una fortificación de gruesos muros almenados llenos de troneras con ballestas apuntando a la población de la propia ciudad que dirigía. Nunca había pasado nada, pero estaba diseñado así, amenazante. La planta de la fortaleza tenía la forma de una estrella de seis puntas, como dos triángulos intercalados. Pero lo más impresionante es la esbelta torre blanca que se alza en su centro, la llamada Torre de Marfil, aunque su material de construcción no es tal, sino la misma piedra de la Plaza Blanca, tan dura que es casi indestructible.

Allá arriba, en su torre, habita la reina regente, esposa estéril del rey Apolonio decimotercero de su nombre, cuyo cuerpo yace embalsamado en el templo de Hades, a la espera de su regreso a los vivos para algunos, muerto para siempre para casi todos. La propia regente sabe de sobra que está muerto desde que era niña, cuando la desposaron con él, pero para salvaguardar la tradición y respetar la costumbre de que cualquier orden real ha de aprobarse bajo el linaje de mayor nobleza, permite que los sacerdotes organicen rituales engañabobos donde el cadáver “firma” los documentos. 

Esta mujer pasa la mayor parte del tiempo encerrada en su estancia de la torre: una enorme habitación hexagonal repleta de libros y mesas con papeles. Inscrita en el hexágono, en el suelo, se distingue una gran estrella de David. Hay un impresionante espejo en un lateral, una chimenea en el opuesto, en otro lugar desembocan las escaleras de caracol que ascienden por toda la torre, mientras que en otro hay un artefacto ingenioso: una estructura de hierro adornada con serpientes, cilíndrica y estrecha, que muchos no saben ni lo que es. Es un ascensor de uso exclusivo y personal, sólo para ella, que baja directamente a los sótanos de la torre. Nadie sabe lo que hay allí.

Las ventanas son altas y estrechas, como todo en la torre. En una de ellas hay un potente telescopio, no tanto para mirar los astros, sino para ver lo que acontece en la ciudad e incluso fuera de ella. Por si se diera el caso, en la estancia hay también una espada, una daga y una ballesta, algo sucias y llenas de polvo.

Nunca las ha empuñado, pero ha leído sobre ello. Ha leído muchísimas cosas, con mayor o menor atención. Por sus dedos han pasado las páginas de todos los libros de la Universidad del Ego, donde obtuvo su formación, y donde moran los grandes sabios de la ciudad. Todos los volúmenes de su torre proceden de la universidad, algunos regalados, otros requisados o robados.

Así es Patricia, altiva y poderosa, inteligente pero despótica, que manda desde lejos, como Agamenón en las batallas, aunque ella manda desde lo alto de su torre. Cada pocos minutos llega un ave con un mensaje atado a una pata, a veces es una paloma, otras veces un cuervo, otras un ave exótica, y Patricia saca algún libro o legajo de papeles para buscar la mejor respuesta a la petición. Otras veces sube un emisario por la escalera, cargado de libros o documentos que significan casi siempre trabajo, o a veces no: alguna vez le traen cuentos y poesías, lo cual agradece mucho.

Siempre viste de tonos grises, a veces con bordados plateados, pero con un estilo serio. Únicamente suele ponerse un vestido amarillo para mostrarse ante visitantes extranjeros, con la intención de aparentar mayor magnificencia. No es muy atractiva, aunque tiene algo que incita a la curiosidad. Está bastante delgada y ganaría mucho si cuidase más su físico, pero lo único que trabajan son sus manos huesudas y surcadas de venas azules, y sus ojos, siempre cansados y ojerosos, cuyo color es difícil de precisar, porque nadie se atreve a mirárselos. Su pelo era castaño claro, pero últimamente se ha ido decolorando hacia un rubio ceniciento, acorde con su pálida piel de quien nunca ve el sol. Sus labios suelen estar crispados y duros, porque nunca han besado a nadie.

Unos pasos suenan en la escalera y Patricia levanta un momento la vista del papel. Uno de sus criados trae leña para la chimenea y comida recién hecha. Lo que más le gusta es comer aves o animales de caza, no de corrales ni granjas. Las perdices, liebres, venados o jabalíes tienen que haber sido capturados salvajes, del campo o del bosque.

Ella, y toda la ciudad, se nutren de lo que da la naturaleza.




2. La cueva de raíces


Fuera de los muros de la ciudad había granjas, pastos y fincas de gente del campo. Algún grupo de casas podría llamarse aldea, pero, por lo general, el paisaje se formaba de bajitos muros de piedra que delimitaban las tierras, salpicadas de robles y encinas, algún pinar y zarzas junto a los caminos. En las viejas casas de piedra y adobe siempre había animales y niños jugando. 

A lo largo del río se concentraban muchas huertas y molinos de agua. Cerca de los muros de la ciudad, en la ribera, se arrodillaban lavanderas con ropa, sábanas y lienzos de todo tipo, las cuales aprovechaban también la salida de la ciudad para hablar libremente con sus amigas, e incluso para verse con algún amigo. En efecto, los álamos, abedules, alisos, juncales de las márgenes ofrecían seguro abrigo para las relaciones amorosas. Y siempre había algún recodo del ancho río donde los alegres amantes podían bañarse desnudos.

Allá afuera todo era más apacible. No había prisa para el trabajo, si es que se podía hablar de trabajo. Cada uno, o cada pequeña familia, trabajaba para sí misma, sin mucho esfuerzo, porque la tierra, la naturaleza, daba todo lo necesario y más. Las huertas estaban repletas de lechugas, cebollas, nabos y un sinfín de hortalizas deliciosas. Los árboles frutales, cuando era la época, rebosaban suculentos frutos. Sin que los hubiese cultivado ni cuidado nadie, proliferaban también árboles y arbustos salvajes, como zarzamoras, frambuesas, matas de arándanos y grosellas, higueras, cepas de uvas jugosas y dulces, apretadas en grandes racimos. Los abuelos, cuando ya no podían doblar la espalda para labrar, sí que se agachaban para recoger tranquilamente piñones de los pinares, champiñones y setas de cardo, espárragos, o cualquier cosa rica que pudiera encontrarse.

La gente joven y vigorosa solía ser cazadora o ganadera, sobre todo pastores. Podría decirse que era el trabajo más duro, ya que ahí la tierra no daba las cosas por sí sola, sino que había que ocuparse de todo. Había lobos, también muchos zorros, a los que había que dar caza a veces. Las hembras de las reses podían morir en los partos si no se las ayudaba. Alguna oveja o ternera podía perderse si no estaban bien atendidas. Los pastores conducían por las cañadas todo tipo de ganado, imponentes vacas pardas, ovejas merinas, cabras de diversos colores. Madrugaban como nadie para ordeñar todo lo que pudieran, leche sanísima y de sabor intenso que producía los mejores quesos del mundo conocido, junto con requesones y otros postres. En sus largas caminatas con el rebaño, los pastores a veces tardaban semanas en regresar, sin que nadie se preocupase. Cuando era la época de esquilar, toda persona sana en la aldea ayudaba en el trabajo, llenando carretas y carretas de esponjosos vellones de lana, para enviar a la ciudad.

Para los niños era un paraíso. Los que nacían allí eran mucho más felices que los de la ciudad. El campo les daba todo el espacio y toda la libertad del mundo: siempre había algo que descubrir y explorar. Podían encontrar nuevas huertas o árboles de donde sisar algo que comer, podían encontrar nuevos sitios en el río donde bañarse, árboles donde trepar, bosques donde construir cabañas, alimañas que capturar y domesticar. La adolescencia era el mejor momento de la vida, porque surgían los amores por doquier, sin que durase mucho la tristeza cuando alguna cosa no iba bien. En las fuentes naturales, en los manantiales, solían encontrarse los jóvenes enamorados para besarse y bañarse desnudos, ante la mirada perpleja de los ciervos que allí solían beber. También las ermitas de los dioses que se veneraban en la ciudad, que en el campo no tenían mucho tirón, eran un lugar idóneo para encuentros íntimos. De todo ello surgían canciones de amor ingeniosas, de doble sentido, de experiencias tanto felices como tristes, que llegaban a oídos de la propia reina. Y le encantaban, tanto o más que los largos poemas eruditos de sus letrados pedorros.

Una muestra de esas cancioncillas populares sería la siguiente:
A la ermita, que tengo fe,
a la ermita, que tengo sed.
A la ermita, cervatica,
donde el agua está bendita
que todo el mal te quita,
te levanta y purifica.
A la ermita, que tengo fe,
a la ermita, que tengo sed.

En donde se iban elevando las montañas, el paisaje se volvía más húmedo y frondoso. Se multiplicaban los ríos y arroyos, rodeados de abedules y avellanos, que angostos caminos cruzaban gracias a puentes de piedra de época inmemorial, y que no se caían nunca. En los montes se abrían claros para pastos, en rústicas terrazas debido a la pendiente, mientras que en los valles se asentaban pequeñas aldeas poco pobladas, de casas de piedra con tejados de pizarra, establos, corrales y huertos para consumo familiar. De una de estas aldeas provenía un joven pastor, célebre por sus versos, que tanto circulaban por todo el reino, y por la música de su flauta travesera, hecha de madera de boj, de la que no se separaba nunca. 

Aunque transitaba con su pequeño rebaño de cabras por toda la región, su hábitat estaba en los húmedos bosques de las montañas. Allí se levantaban avellanos, tejos, abetos y, sobre todo, hayas. El Hayedo de las Musas era su morada, razón por la cual también se le llamaba el Hayedo de Marsilio, pues éste era el nombre del pastor poeta. En una zona llana del bosque, espléndidamente verde en primavera, majestuosamente dorado en otoño, y solemne en invierno, había en su centro un promontorio de grandes piedras, sin poder saberse si eran creación de la naturaleza o colocadas por el hombre, porque parecían menhires tumbados unos sobre otros, como un monumento megalítico caído en desgracia. Pero estaban las grandes rocas apoyadas de tal manera que formaban una cavidad entre ellas, y dejaban ver una entrada oscura que bajaba a su seno. Sobre este promontorio se erguían siete hayas empecinadas en enraizar sobre las piedras: sus gruesas raíces las cubrían y se insertaban entre ellas, tapando sus huecos. Grandes barbas de líquenes grisáceos, junto con gruesos y mullidos musgos reverdecían el conjunto.

Allá adentro, bajando, entre húmedas raíces que iban del techo hasta el suelo, se abría un espacio en la tierra, alumbrado tenuemente por antorchas y un pequeño hogar, siempre encendido. Gotitas de agua caían por las paredes de tierra, roca y raíces, haciendo que el aire estuviese cargado de humedad y olor a tierra mojada. Pero era un aire purísimo, que llenaba de vida, sin que calase el frío. La única decoración era una tosca figura de madera de un hombre crucificado, con hojas de parra en la cabeza. Era Dionisos, dios al que rendían culto muchas de las gentes rurales. 

Para Marsilio era aquella estancia su más preciado hogar, el lugar de encuentro consigo mismo, donde más podía ser él y recuperarse si le pasaba algo. Estar en las entrañas de la tierra era como estar en el vientre de la madre que da la vida, Mater Tellus, la madre tierra, entidad femenina que da amor incondicional, salud, seguridad y, en definitiva, vida, en su sentido más profundo, sin distinción de sexos, en la que no importan los problemas mundanos de la sociedad, sino las emociones: amor, odio, ternura, placer, felicidad, lo auténtico y la verdadera sensación de estar vivo. Por eso, cada vez que entraba en su casa, Marsilio se desnudaba. No quería nada humano, nada civilizador allí, en su templo y su placenta protectora. Allí podía dormir cuanto quería, en su camastro de helechos, o componer mentalmente sus versos, sin que nada, o casi nada, le turbase. 

La cueva no tenía una sola entrada. En un lateral se abría otra oquedad más pequeña y oscura, de donde partía un larguísimo pasadizo que llegaba hasta la ciudad. Hasta los sótanos de la mismísima Torre de Marfil.

Aunque en el campo no había propiamente gobernantes, sí que había que nombrar a alguien que negociase con los comisarios de la ciudad, que insaciablemente esquilmaban y saqueaban todos los bienes de las aldeas, siempre que querían, o bien organizaban cruentas cacerías, o bien talaban indiscriminadamente bosques. No era malo que viniesen a aprovisionarse dentro de unos límites, porque la naturaleza abastecía a todos de sobra, pero algo iba mal cuando querían demasiado. Por eso, sin ser nada, sin ser hijo de nadie, era Marsilio a quien elegían los aldeanos para enviar mensajes a la reina, o para negociar algún acuerdo. Le encomendaban esta misión por ser de corazón puro, casi salvaje, de sentimientos claros y sinceros, y por ser, por tanto, el mejor representante de todos ellos. Sin tener las de ganar, era el único que podía desafiar a Apolo, como un pariente lejano suyo de quien decían que descendía, Marsias.

¿Qué recibía el campo a cambio de los saqueos de los burgueses? Nada, prácticamente. La naturaleza, como las madres, está hecha para sufrir, para dar incondicionalmente. Pero, aunque no sirviera de mucho, a veces venían de la ciudad sacerdotes y pedagogos que enseñaban al pueblo algunas cosas básicas de la vida urbana, de la religión apolínea y de las utilidades de la gramática. Lo que le faltaba siempre a esta gente sencilla es dominar el lenguaje, bien preciado para elaborar sus bellas canciones de amor. Hasta el propio Marsilio acudía presto a estas lecciones.



3. Los hilos del destino



La ciudad crecía y prosperaba, lentamente, gracias al trabajo de sus habitantes y a los suministros de las aldeas. No era demasiado populosa para la antigüedad que tenía, ni había formado un ejército poderoso para invadir otras ciudades ni para defenderse de ataques. Cada conflicto con otras ciudades se resolvía de forma pacífica o con el asesinato de los líderes enemigos, gracias a la pericia de la Guardia Secreta de la reina. En realidad, siempre era de la misma ciudad vecina, extranjera, de donde venían emisarios en busca de una alianza, o bien una amenaza de invasión, o bien una oferta de anexión voluntaria a Apolonia. Esta ciudad se llamaba Abraxas. Sus dirigentes cambiaban, pero en esencia, para Patricia, representaban lo mismo.

La relación con Abraxas era, por tanto, de amor-odio. Más amor, porque Patricia se ahogaba de soledad en su torre. Pero cada vez que intentaba aprender de ellos la unio mystica en su sentido más amplio, la unión de los opuestos, de lo bueno y lo malo, de la vida y la muerte, el hombre y la mujer, y, en cierto modo, lo comprendiese por medio de la razón, el apego a su nación y a lo que siempre había sido causaban el rechazo violento. Su violencia, a veces, era respondida con violencia, y comenzaba una guerra fría que se saldaba con muertos en ambas ciudades.

Patricia solía dudar si debía formar un gran ejército o no. No había ciudad en el mundo sin unas considerables fuerzas armadas. Sin embargo, hasta ahora le había bastado con su Guardia Real, sus asesinos y los mercenarios de la Zona Oscura. A veces, incluso, ocurría que la Secta del Caos actuaba por su cuenta. Sin esa prioridad de defender la integridad de la ciudad, su cultura, sus creencias, su ortodoxa devoción a Apolo, la capacidad creadora de su sociedad podía verterse en otras cosas. De ahí que Apolonia fuera conocida, más que por su poderío militar, sus artes o sus tabernas, por su impresionante Universidad del Ego.

En efecto, Patricia no dejaba de reclamar corderos a las aldeas para fabricar pergamino con sus cueros, minerales y otras sustancias para las tintas, cordeles y demás material para fabricar libros. Empleaba muchos jóvenes de la ciudad y el campo, fuertes y sanos, para copiar manuscritos y elaborar códices encerrados en los scriptoria. Así iba nutriendo la Biblioteca Laberinto, un edificio anexo a la universidad en constante evolución, cuyo diseño laberíntico era permitido y promovido por la propia reina, aunque de su mantenimiento y construcción se encargaba la rectora de la universidad. Los esfuerzos en abastecer sus pasillos de libros eran irregulares y desmedidos, ocurriendo a menudo que se mandaban copiar libros ya copiados, y dejando que se pudriesen otros sin copiar.

Todos los libros llevaban el símbolo del uróboros, la serpiente circular que se devora a sí misma. La serpiente, que no tiene párpados, que es símbolo del conocimiento por tener siempre abiertos los ojos; símbolo de longevidad por mudar su piel; de astucia, por su agilidad y rapidez reptando por el suelo; acoge en sí toda su polisemia en su propio círculo, en su eterna autofagia, creciendo en conocimiento al nutrirse de sí misma, devorándose al mismo tiempo. Un esfuerzo cíclico que no lleva a ninguna parte.




Lo que ustedes los lectores están leyendo en este momento proviene inicialmente de dicha biblioteca. No obstante, el manuscrito es copia de un original perdido, firmado por un tal Orpheus Apolloniae, que, según el copista anónimo del testimonio del que disponemos, fue el compilador de diversos registros de entrada en la Universidad del Ego, y el verdadero autor de los hechos que se narran. Si bien podemos dudar de la veracidad, de la posible inclinación de aquel misterioso Orfeo a inventar cosas ficticias que nada tuvieron que ver con la historia de Apolonia, también hemos de contar con las modificaciones del copista y probablemente traductor, pues el manuscrito está en latín, un latín tardío y vulgarizante, además, cuando sabemos que la lengua de uso y de cultura de aquella ciudad era el griego. Aun así, procurando quien transcribe hacer uso de su somera formación filológica, lo que aquí se muestra es fruto de la emendatio ope ingenii de ese codex unicus, tras una exhaustiva fase de examinatio, donde se suprimieron fragmentos de falsedad patente, y el gran esfuerzo de la divinatio para completar lagunas meramente por conjetura. Pero las prisas para sacar adelante este proyecto han hecho que se prescinda en esta edición del aparato crítico a pie de página. Esperamos contar con la indulgencia de los lectores ante esta grave falta y, tras esta breve peroratio que más de uno tildaría con el epíteto “pedórrica”, continuamos con nuestra historia.


En la interminable labor de catalogar libros estaba ocupada Patricia, por una vez fuera de su torre, en los despachos de la universidad, cuando un mensajero acudió para avisarla de que había llegado un extranjero que solicitaba audiencia.

–¿Otro sacerdote de Abraxas? –preguntó la reina.
–No, mi señora. Es el tipo más extraño que he visto nunca. No sabría decir si es de aquí mismo o del rincón más remoto del mundo.
–Dígale que se reúna conmigo junto a la fuente.

La fuente era el centro del austero jardín de la entrada de la Sede de Gobierno. Ya fuera paseando, o sentados en unos bancos o mesas para charlas políticas informales, Patricia solía reunirse allí con los emisarios extranjeros, o con sus propios alcaldes de los barrios de la ciudad o cualquier persona con un cargo importante. Esa fuente, aunque era bonita, con su chorro de agua impulsado hacia el cielo tres o cuatro metros, nunca llegaba a tener el agua clara por mucho que se esforzasen los arquitectos. Pero no se notaba a no ser que el observador fuese fino.

Allí estaba esperando el curioso personaje cuando la reina llegó, tan altiva y espigada, con un vestido amarillo, para dar impresión de poder. El visitante, por el contrario, vestía una túnica azul marino, de cuyas fibras aparecían a cada movimiento destellos dorados y plateados. Su tez era muy pálida, de donde resaltaba una prominente nariz rojiza, a juego con sus desordenados cabellos del mismo color. Sus ojos, sin embargo, eran oscuros, con un aire entre intrigantes y divertidos. Portaba un alto bastón de avellano, como el bordón de un peregrino, y le acompañaba un perro a manchas blancas y negras, de raza indeterminada.

–Bienvenido, extranjero. ¿Quién eres y qué deseas? –preguntó la reina.
–Gracias por tu amable bienvenida. Tus hombres me han dado de comer, que es lo que más necesito. Ahora sólo quiero que me dediques unos minutos de tu tiempo.
–Tuyos son, pero sabes que no puedo entretenerme. ¿Quién eres?
–Oh, esa es una de mis preguntas favoritas –sonrió. Antes de nada, ¿realmente piensas impresionar a los visitantes con una fuente de agua sucia? Falta un cartel que diga “no potable”, o simplemente unas ranas que hagan “puaj, puaj”, je, je, je.

La reina callaba mientras se endurecía su semblante.

–Si quieres agua clara, no la traigas de los aljibes de la Biblioteca Laberinto, que es de donde proviene precisamente esta agua, ensuciada de polvo de libros y tinta de los dedos de tus copistas enfermizos. Busca una fuente de verdad, de las que hay ahí afuera.
–¿Cómo sabes de mi fuente? ¿Quién te ha dicho de dónde viene su agua?
–Simplemente lo sé.
–¿Lo has leído en algún sitio?
–No me hace falta leerlo. Lo sé. ¿Qué, no me crees? –dijo, riéndose.
–No. Debes ser un charlatán. Seguro que vienes a decirme mi destino a cambio de dinero. O comida, como dices que te gusta. No me creo nada de lo que dices saber.
–Sin embargo, mi afirmación sobre la fuente es cierta.
–Así es. O alguien te lo ha dicho, o has tenido suerte aventurando algo que te acabas de inventar, o lo has leído y no recuerdas dónde.
–Tal vez. También he leído mucho, y he viajado mucho.
–Tu aire de intriga y de misterio está empezando a agotar mi paciencia. ¿De dónde vienes? ¿Quién eres?
–Adivínalo. Soy de aquí mismo, pero a la vez no soy de aquí. Seguro que entre tus libros pedorros hay alguno de arqueología de esta zona. ¿Sobre las ruinas de qué antigua ciudad se yergue Apolonia?
–Hermetia. Pero no existe desde hace mil años.
–¡Premio! –asintió socarronamente el extranjero.
–No puede ser. Los ejércitos de Apolo expulsaron a los de Hermes en las Guerras de la Verdad, hace muchísimo tiempo. Ninguno de los tuyos se quedó aquí. ¿Cómo has sobrevivido?
–Generación tras generación, los magos de Hermes siempre hemos estado caminando. Nos asocian con el mercurio, ya sabes, que nunca está quieto. No es difícil vivir en los caminos. Siempre hay alguien que nos da algo de comida, je, je, je.
–Deja de provocarme, embustero. A los apolíneos no nos caéis nada bien, y lo sabes. ¿Vienes a robar algo, algún conocimiento para luego decir que lo sabes porque sí, sin que te lo haya dicho nadie? Ya sé cómo funcionas. Y aún no me has dicho tu nombre.
–¿De qué te sirve mi nombre, si es una mentira más? Llámame Merlín, Filemón, Túnica Azul… o simplemente, Mago. Y vengo a decirte que no estás sola aquí. No tejes tú sola los hilos de tu destino, los hilos del destino de toda Apolonia.

El mago se acercó a ella y acercó la cara a su oído. Susurró:

–Sé lo de tu túnel. Tienes que volver a usarlo.

Patricia se sobresaltó. Ése era su secreto mejor guardado. Sus salidas secretas por el túnel que llevaba a la Torre Invertida y a la Cueva de Raíces.

–¿Y qué se supone que debo hacer allí? Siempre que intento negociar con los salvajes ocurre un desastre.
–Haz lo que te mande el corazón. No esa cabeza fría ni los conocimientos de tus eruditos pedorros. Tienes que hacerlo o todos moriremos.
–¿Todos? –preguntó la reina, con cierta incredulidad.
–Todos.

Y entonces el extranjero acercó a los ojos de Patricia el grueso anillo que llevaba en su mano derecha, con un símbolo de tres lóbulos que parecían girar, y que se unían en el centro. Un trisquel.




4. El túnel



Una vez que los guardias de la reina se llevaron al visitante prácticamente a rastras y lo echaron de la ciudad, con órdenes de no dejarle entrar sin permiso de la reina, ésta subió a su torre y pidió que no la molestasen.

Fue acariciando los lomos de los libros de una estantería, mientras caminaba ensimismada. Caía la tarde y con ella la propia Patricia. Cerró los ojos, sin darse cuenta de que había apoyado su frente sobre la fría superficie del espejo. Se sentía sola, tremendamente sola en aquel mundo. Odiaba su propio nombre y la vida que le había tocado. Todo era insípido y vacío. A veces le daban ganas de hacer como un tal Nerón que decían los libros: prender fuego a la ciudad y destruirla para siempre. Sobre las ruinas de Hermetia estarían las de Apolonia, y a saber qué otra ciudad harían encima. Pero no sería ella quien se ocupase de reconstruirla. Bastante había hecho. Y todo para nada, para seguir con las mismas carencias, los mismos vicios, los mismos límites de su muralla. Las eternas tonterías diplomáticas con Abraxas. La imposibilidad de ver el mar, de respirar la belleza del mundo.

Quería dormir y no hacer nada. Pero siempre que lo hacía era anegada por la pereza, no se ocupaba de asuntos urgentes y ocurría algún desastre. No, no podía dormir, al menos no de esa manera. Tenía que hacer algo…

Hacía mucho que no bajaba al pasadizo. Bajar al túnel significaba llegar hasta el corazón del mundo de los salvajes, hasta los fieles a Dionisos, hasta Marsilio. Era imposible llegar a algún acuerdo con él, o simplemente llevarse bien. Pero el mago, por muy provocador y sinvergüenza que pareciese, le había instado a usar el túnel.

No lo pensó más. Guardó en un bolso algo que ofrecer al pastor, que pensó que valoraría. Cogió también una lámpara de aceite con suficiente combustible para unas horas y se metió en el ascensor de hierro forjado. Una vez que accionó el mando, el ingenio automático empezó a bajar suavemente.

Ya estaba en los sótanos o, más bien, la cripta de la torre. El aire era fresco y húmedo, y la oscuridad absoluta. Era una estancia con arcos de medio punto, de piedra muy antigua. Había sarcófagos que nunca nadie se había atrevido a abrir, pero todos llevaban grabado en la tapa el caduceo. Sabía que había más túneles que explorar, que toda la ciudad estaba edificada sobre ruinas y más ruinas, tumbas y más tumbas, de todo tipo de gentes que vivieron allí hacía mucho tiempo, y que fueron olvidadas para siempre. Pero no podía dedicarse a eso en ese momento. Emprendió el paso hacia el túnel más grande, el que tenía un labrado pórtico de hojas de parra y unos cuernos de cabra en su cúspide. A Patricia le entraron escalofríos.

El pasadizo era largo pero directo. Notaba que se alejaba mucho de la ciudad, pero el suelo, aunque tenía charcos por la humedad, era liso y podía incluso correr. Así lo hizo, porque no podía esperar, quería llegar cuanto antes.

Recordaba lo extraño de la mitad del recorrido de las otras ocasiones. Era la señal de estar en el punto medio del camino: una gran salida perpendicular que llevaba a la Torre Invertida. No podía entrar ahí sola, ni era el momento de volver a intentarlo.

Siguió adelante. A medida que avanzaba, el túnel iba subiendo y el piso se hacía más pedregoso. Llegó un momento en que las paredes de piedra se deshacían, iban siendo cascotes, y finalmente era tierra sujeta por raíces de árboles enormes. Vio la salida con algo de luz tenue, luz de una hoguera o antorchas.

Por fin entró en la Cueva de Raíces, muy excitada y respirando agitadamente. Vio el fuego, la cama de helechos, el ídolo dionisíaco y… las ropas de Marsilio. Pero el pastor no estaba allí. A sus oídos, sin embargo, llegaba el alboroto de una muchedumbre, cuya presencia frente a la entrada de la cueva confirmó asomándose con cautela.

No podía ver qué pasaba, por la oscuridad y la gente que tapaba la visión de lo que ocurría, pero tenía que verlo como fuese. No podía, en cualquier caso, aparecer con su vestido y que la reconociesen. Sin estar muy segura de lo que hacía, se desvistió y se puso las ropas de Marsilio. Se quitó las joyas del pelo y se lo alborotó. Parecía casi una rústica pastora.

Salió de la cueva y se encontró en el claro del Bosque de las Hayas. Sonaba música, muy buena música. Sólo de oírla a Patricia se le encendió la sangre. Los tambores marcaban un ritmo muy animado, mientras que cítaras, flautas y gaitas repetían unos patrones que se sincronizaban a la perfección, asentándose en la mente de todo el que las oyese. Jóvenes de ambos sexos servían vino a todo el mundo, sin que a nadie le faltase una copa siempre llena. Atados a un árbol estaban los asnos que habían traído un carro cargado de barriles.

En todas las caras había sonrisas. Cuando vieron a Patricia, la cogieron del brazo y la condujeron hasta uno de los jóvenes que repartía vino. El chico le puso una copa en la mano y se la llenó. Ella se la bebió de un trago, para no decepcionar a su audiencia, e inmediatamente le volvieron a llenar la copa. La gente a su alrededor bebía y bailaba, si es que se pueden hacer ambas cosas a la vez. Se encontró con que un rústico lugareño de barba cana y sonrisa afable quiso bailar con ella. Le concedió el baile un instante, hasta que tuvo que retirarse sobresaltada cuando el hombre intentó besarla.

Por fin consiguió llegar al centro de la fiesta. Allí, tras un círculo de músicos y de estacas con antorchas se abría un claro entre la gente. Pero lo que había en ese círculo era escandaloso. Un pequeño grupo de mujeres completamente desnudas, seguramente doce, danzaban en círculo airadamente, con muchísima energía, moviéndose de un lado a otro con sus esbeltos cuerpos cubiertos de sudor, que brillaban a la luz del fuego. Agitaban con fuertes impulsos sus largos cabellos, también en círculos, en cíclicos movimientos con la cabeza, tan impulsivos, que Patricia se preguntaba si no tendrían jaquecas o daños irreparables después. Pero el espectáculo era impresionante.

Entonces vio a Marsilio. Estaba en el centro del círculo de mujeres danzantes, también desnudo, bailando igual de agitadamente que sus compañeras. Llevaba ceñidas a la cabeza unas hojas de parra. No movía del suelo los pies, que tenía separados, sino el torso, la cabeza y los brazos, al compás de la música, que iba acelerándose poco a poco.

Los tambores tocaron más fuerte y más rápido. Entró otro instrumento, una gaita más estridente que las demás. Se oyeron vítores y el corear de la gente, que empezó a saltar y a bailar con más ímpetu. Marsilio empezó a saltar también. Se dio cuenta, horrorizada, de que se besaban ardorosamente unos a otros y se empezaban a desnudar todos. Una de las muchachas del círculo de bailarinas se abalanzó sobre Marsilio, sentándose a horcajadas sobre él, fogosamente. Así, por turnos, una tras otra, las doce muchachas fueron haciendo cosas que por pudor es mejor no describir.

Patricia no sabía dónde meterse. La suerte quiso acompañarla un instante cuando se dio cuenta de que de su cinturón colgaba la flauta de Marsilio: inmediatamente comenzó a tocarla para hacerse pasar por un músico más, y así quedar exenta de participar en la orgía. La flauta era una delicia de instrumento, de lisa y dura madera de boj, que se acomodaba perfectamente a los labios y a los dedos. No sabía muy bien cómo, tocó exactamente la melodía que sonaba, dando con las notas perfectas.

Entonces los músicos repararon en ella. Se miraron unos a otros y se hicieron gestos de asentimiento. Al acabar un compás, todos pararon de golpe, menos los tambores. Patricia se había quedado sola tocando, haciendo un precioso solo de flauta, que puso sobre ella los ojos y oídos de todos. Casi se le paró el corazón, pero no quiso parar de tocar, fiel a su papel, y por acompañar a los tambores.

Entre todos los que la miraron estaba el propio Marsilio, que entonces se ayuntaba con la última muchacha. Sus ojos se encontraron con los de Patricia al tiempo que exhalaban la chica y él un fuerte jadeo. Los tambores fueron aminorando su marcha y Patricia ralentizó también la música. La última muchacha seguía en éxtasis, acurrucada en el suelo, frotándose el pubis con las manos. Mientras, Marsilio salió del círculo, a través de una humana puerta ritual de dos muchachas con los brazos en alto, tocándose con las manos. Fue directamente hacia Patricia, que tocó las últimas notas a la vez que acababan los golpes de tambor.

–Tengo una pelliza exactamente igual que la que llevas puesta.

Patricia sonrió nerviosamente, haciendo un gesto para indicar casualidad.

–Lo que me parece increíble es que también tengas una flauta igual.

A la reina se le contrajeron las entrañas. No podía concebir la situación en la que estaba, intimidada por un bárbaro desnudo, obsceno, aún erecto. Detrás de él, la muchedumbre que hacía momentos bebía y bailaba, ahora yacía por el suelo entregada a placeres carnales, sin que a nadie pareciese importarle que hubiera más gente alrededor, realizando actos tan soeces. Dudó si salir corriendo o no, y recordó que ella era la reina, la máxima autoridad de todo el país, ciudad y campo, por lo tanto era capaz de organizar un ejército y arrasarlo todo. Le sostuvo la mirada y le entregó la flauta.

–Al menos podías haber enviado un mensaje para avisarme que venías. Bienvenida, alteza –dijo Marsilio.

Una vez en la cueva de raíces, mientras afuera todos se vestían y recogían para marcharse, el pastor arregló el fuego y encendió dos antorchas. Patricia se cambió de ropa, recatadamente, sin exhibir sus partes pudendas. Marsilio la miraba disimuladamente mientras se vestía él también.

−Lo que acabas de ver, Patricia, es lo que mejor sabemos hacer aquí. No todos los aldeanos saben de esto, y los hay que no lo aprueban. Pero nos dejan vivir porque saben que esto se hace desde hace miles de años, y que es lo que nos da la vida. Es así como rendimos culto a Dionisos.
−Admito que es impresionante y te agradezco que me hayas invitado.
−Te has invitado tú sola, si no me equivoco –dijo él.
−Te pido disculpas, pero el túnel está para esto. Tú también puedes venir a mi torre cuando quieras, pero ten cuidado, porque es mi territorio. Como has podido ver, aquí he seguido tus normas.
−Lo tendré, más me vale. Los artistas, los poetas, los que nos dejamos llevar por las emociones y por los placeres tenemos siempre las de perder –miró a su estatuilla de Dionisos crucificado−. ¿Ves esta flauta? Hay una leyenda sobre ella.

Patricia volvió a cogerla en sus manos. Parecía transmitir algo. Era perfecta, daban ganas de poseerla. Como si la conociera de antes.

−Yo no conozco a mi padre, y mi madre ya se fue. Pero cuenta la imaginación popular que tuve un antepasado llamado Marsias, mitad hombre mitad cabra. Un sátiro, como los de los mitos que recogerán tus escribas en tus bibliotecas. Dio la casualidad de que Marsias encontrase un día esta flauta tirada en el suelo y que, al comenzar a tocarla, viese que tocaba estupendamente. La verdad era que el sátiro no sabía tocar, sino que la flauta tocaba sola. ¿Sabes por qué? Porque fue Atenea quien la fabricó, pero al verse reflejada en el agua con los carrillos hinchados, la tiró indignada.
−Ya conozco esa historia. Marsias cautivó a todos con su música y se creyó que tocaba bien, cuando era la flauta la que tocaba sola. Todo acabó cuando aceptó desafiar a Apolo para ver quién tocaba mejor, si éste la lira o aquél la flauta. El castigo, si ganaba Apolo, era desollarlo vivo –sonrió Patricia.
−Mira que a los civilizados os gustan las crueldades…
−La civilización siempre vence a la barbarie.
−Sé que sois más fuertes, pero nos necesitáis. Si decides un día civilizarlo todo, la desgracia caerá sobre tu reino.
−No estoy segura de eso.

Se sostuvieron la mirada, esta vez con cierta dureza. La del pastor se fue transformando en una expresión de lástima. Patricia se dio cuenta de su capacidad de afrontar cada situación a través de los sentimientos, cosa que a ella le costaba.

−Disculpa. A pesar de que me debes obediencia, hoy soy tu invitada. Te he traído un regalo.

Sacó de su bolso un pequeño códice, una pluma y un tintero. Marsilio cogió el códice y lo abrió. Estaba en blanco.

−Es precioso, mi reina. Muchas gracias. Escribiré en él mis más bellos versos y te lo llevaré a la torre para que los leas.
−No esperaba menos. En el fondo no es un regalo, sino que quiero añadir tu conocimiento a mi biblioteca. Pero espero que lo hagas por tu propia voluntad, no por la fuerza.
−Sabes que por la fuerza no conseguirás nada de mí, sino que acontezca una tragedia –contestó cansado Marsilio.
−Tengo que irme ya. Gracias por todo, incluso por el vino, aunque me está dando sueño.
−Te acompañaré hasta la Torre Invertida.

Recorrieron la mitad del túnel en silencio, bajo la luz de las antorchas, más poderosas que el candil de aceite de Patricia. Debían ser ya altas horas de la madrugada y ambos de la extraña pareja estaban cansados. Al llegar a la puerta del túnel a la Torre Invertida, se detuvieron. En el arco de medio punto que señalaba el comienzo del camino al desconocido lugar había una estrella de seis puntas. En una columna había un triángulo con la punta hacia arriba, y en la otra, otro con la punta hacia abajo. La estrella era la unión de ambos.

−Un día tenemos que entrar ahí los dos juntos. Estoy seguro.
−¿Lo has intentado solo alguna vez? –preguntó ella.
−Sí, ¿y tú?

Ella asintió lentamente.

−¿Lo conseguiste? –preguntó Marsilio incrédulo.
−No –confesó ella−. Sabes que es imposible. Quizá tengas razón, hay que hacerlo juntos.





5. Nicómaco y Loki



Marsilio se levantó al día siguiente bastante confuso. Salió al bosque, portando una cayada, dispuesto a sacar a pastar a sus cabras. Sin embargo, fue caminando cada vez más deprisa y echó a correr, y tras él sus cabras. Corrió monte abajo saltando piedras, zanjas, arbustos, sin pensar en nada, sino tan sólo dejando que le galopase el corazón por el esfuerzo. El sudor le corría por todo el cuerpo, especialmente en la cara, que tenía empapada y no dejaba de gotear. Así siguió una hora, sudando a chorros, sintiendo ya calambrazos en la cadera y en las cervicales de los impactos de los pies contra el suelo.

Al llegar a los pastos y las parcelas, divisó una atalaya. Era una torre de vigilancia del gobierno central de Apolonia, probablemente habitada por una cuadrilla de soldados borrachos e inútiles, de los que bajaban a las tabernas a molestar a las mujeres y perder su salario a los naipes. Con un grito de rabia, Marsilio corrió hacia ella y, con todas sus fuerzas, lanzó su cayada como si fuese una jabalina, que voló en una larga parábola e impactó inútilmente contra la piedra de la atalaya.

Una cabra llegó a su lado y acercó su hocico a su mano. La acarició, mientras llegaban las demás. A todas las había acogido y alimentado él, y eran sus animales de compañía más que cabezas de ganado. A él no le hacía falta el ganado. No necesitaba dinero, ni posición, ni tenía problemas para conseguir comida.

Como Patricia el día anterior, se sintió solo, desorientado y desasosegado. Y eso que la noche anterior había recibido lo que necesitaba. No podía sobrevivir mucho tiempo sin celebrar esos ritos. Lo necesitaba tanto como embriagarse, como montar a caballo, correr, dejarse llevar por el éxtasis, ya fuera al bailar, al enamorarse, incluso al componer poesía.

Buscó un río donde bañarse. Se desnudó y se sumergió con placer en el agua gélida, pues era mediodía y apretaba el calor. El agua estaba clara y la corriente no era fuerte. Cerró los ojos con el fin de relajarse. Sin embargo, en ese momento oyó una voz:

−¿Eres Marsilio, pastor cabrero y morador del Bosque de las Hayas?

En la orilla estaba de pie un extraño hombre con una capa azul oscuro, pelirrojo, con dos bastones y un perro a manchas blancas y negras.

−Este bordón es tuyo, si no me equivoco. Lo dejo aquí, con tus cosas.
−No he dicho que yo sea el que buscas –dijo el pastor, sosteniéndose a flote nadando.
−No me hace falta. Ya lo sé.
−Entonces, ¿por qué lo preguntas? ¿Y qué quieres, quién te envía?
−Intentaré contestarte a las tres cosas, preguntón –dijo el extraño, desvistiéndose, ante los ojos perplejos de Marsilio. En un santiamén se quedó completamente desnudo, mostrando su cuerpo pálido y pecoso. Al sumergirse en el agua, seguido del perro, continuó: −Lo pregunto para recordártelo, porque sólo sabiendo quién eres sabrás lo que tienes que hacer y cómo desempeñar tu función en el mundo. Lo que quiero es que prosperes y seas feliz. Y no me envía nadie, o quizá sí, pero no es nadie que conozcas… todavía.
−¿Eres un vidente, un mago, o algo así? –inquirió Marsilio.
−Me gusta que me digan Mago, sí. O como mucho, Pronosticador. Adivino, no, que los de esa clase son unos mangutas.
−¿Unos qué?
−Nada. Mangantes, timadores.
−No me disgustan los adivinos, ni los magos. Aquí no hacemos ascos a esas cosas, los incrédulos están en la ciudad. Me gustan las cosas que me emocionen, que me conmuevan. ¿Qué magia haces?
−Cambio la realidad. Hago que ocurran las cosas que creo mejores para todos. También puedo decirte a ti, o a una que yo me sé, cuándo hacéis una estupidez, je, je, je.
−Nunca había oído hablar de ese tipo de magia. ¿Y qué estupidez puedo hacer yo?
−Dejarte intimidar por la reina y no ser tú mismo.

Marsilio miró absorto al mago, que había cerrado los ojos y disfrutaba del sol y del agua.

−Mi territorio está controlado por ella. Hay torres y castillos suyos por todas partes. Sus soldados y sus clérigos están diseminados por mis aldeas y mis tabernas. Soy su vasallo –reconoció Marsilio.
−Te equivocas. Ella te necesita a ti más que a nada. Por eso te vigila, porque te teme. Aquí no hay vasallos ni señores, por extraño que parezca. Actúa con libertad. Sé tú mismo.
−No comprendo. Su gobierno y el mío no son compatibles ni lo serán nunca. Ella manda porque es más poderosa. Incluso se presenta en mi casa sin avisar. Y cuando no es ella, vienen sus funcionarios.
−¿Y no puedes ir tú o los tuyos allí? ¿Qué te lo impide? –planteó el mago.
−El túnel lleva directamente a su torre. Me toparía con ella o sus guardias.
−¿Y por qué no entras en la ciudad como todo el mundo, por la puerta?

Marsilio lo miró estupefacto.

−Nunca se me había ocurrido.

Los días de mercado, cuando se enarbolaba en la Plaza Blanca un estandarte de Hermes (ya que el único sentido que tenía ese dios para los ciudadanos de a pie era el comercio), se admitía la entrada de aldeanos y se realizaban intercambios de todo tipo. Marsilio fue maquinando su plan, hasta el escaso límite que podía, porque normalmente improvisaba. Sólo sabía que tenía que dejar su huella en la ciudad, porque, de alguna manera, sus consecuencias traerían beneficios para las zonas rurales.
Cuando Marsilio ya se vestía para irse, el mago le dijo, aún en el agua:

−No olvides tu cayada, pastorcillo. Y coge, de mis ropas, una bolsita de paño azul. Es para ti. Te hará falta la próxima vez que veas a la reina.

El joven pastor se dirigió instintivamente a una finca que hacía tiempo que no visitaba. Una vez que pasó la puerta, atravesando huertos, dio con un patio donde había unos niños jugando. Uno de ellos le llamó por su nombre y corrió a darle un abrazo. Tenía unos 8 o 9 años, pelo negro, piel muy blanca y pecosa, y ojos azules como el zafiro. Marsilio le acarició el pelo. Sin embargo, el niño se separó de él, con una malvada sonrisa y las manos atrás, ocultándoselas. Marsilio se palpó la cintura, alarmado.

El niño estalló en una carcajada, mostrándole su propio cinturón, de donde colgaban la flauta de Atenea y el saquito que le había dado el mago. Echó a correr como el viento en cuanto el adulto fue a por él. Los otros niños corrieron alrededor y el ladronzuelo lanzó su botín a otro niño, y éste a otro, de manera que Marsilio tuvo muy difícil recuperar lo suyo. Al final, a la vez que el ladrón recibía un pase de otro, el ya irritado pastor le hizo un placaje y cayó sobre él con todo su peso. Los demás niños salieron corriendo.

La batalla no estaba ganada. El revoltoso niño le golpeaba a puñetazos y rodillazos.

−¡Devuélveme mis cosas! –gritó Marsilio.
−¡Lo haré si quiero! ¡Me estoy divirtiendo, ja, ja, ja! –chilló la criatura.

De pronto el niño se alejó de un salto y se puso a distancia prudencial. Marsilio quiso ir a por él pero tropezó y cayó. Tenía el cinturón atado a los tobillos. El diabólico niño no podía contener la risa.

−¡Basta ya, Loki! –dijo Marsilio, adivinando que era aquél a quien buscaba.

El pastor siguió su camino aparentemente sin rumbo con el travieso niño subido en sus hombros, marcando el paso con su bordón y su modesto rebaño de cabras tras él. El niño le iba tapando los ojos con las manos, le metía los dedos en la nariz y otros incordios, mientras Marsilio pensaba que pronto llegaría el momento de devolvérselas. Se adentró  por fin en una aldea en busca de una taberna donde aliviar su hambre y su sed.

−¡Pero hombre, Marsilio! –le llamó una voz.

Un anciano sonriente, con multitud de arrugas pero mirada viva y sonrisa de quien sabe ser feliz sin ayuda, le llamaba con la mano, sin extralimitarse. Todo en él era natural pero comedido, de quien sabe hacer las cosas.

−A ti te buscaba, Nicómaco −¿cómo estás?
−Estupendamente. ¿Quieres tomar algo?
−Claro, pero déjame pagar a mí, que invitas tú siempre.

El anciano hizo caso omiso de la petición del joven y entró en la taberna más cercana, que anunciaba en su puerta una buena oferta de caña y ración de torreznos. La disposición de Nicómaco era de alguien con gran seguridad, pero no soberbio, aunque se notaba que quería llamar la atención. Se detuvo en medio del salón, con los pies separados y la espalda recta.

Como por arte de magia, las camareras y una mujer que estaba sola, sentada junto a la barra, se fijaron todas en el maduro galán. La juventud y el vigor de Marsilio, que entró tras él, quedaron eclipsados por su irrelevancia ante la presencia del veterano que, aunque vestía de manera casual, dejaba entrever un estilo propio de ambientes cultos de la ciudad, como de alguien que lee y escribe mucho, pero sin agredir con una autoritaria toga. En esa parte rural, donde la gente es sencilla, se valoraba mucho a la gente que dominaba el lenguaje, que era capaz de transmitir ideas con exactitud y sentimiento.

−Buenos días. ¿Hay torreznos? –dijo Nicómaco.
−Les faltan diez minutos –dijo el cocinero, saliendo de la cocina.
−Podemos irles poniendo una mesa –dijo una camarera, joven y guapa, de la que Marsilio no quitaba ojo.
−Muy bien –dijo Nicómaco−. ¿Y usted –dijo, dirigiéndose a la mujer sola en la barra−, está también esperando a los torreznos? La invito.

Da igual lo que contestara la mujer, porque su mirada ya lo expresaba todo. Este gesto fue poco comparado con el que vino después, cuando, mientras preparaban la mesa, Nicómaco salió, cogió una flor de lavanda y se la dio a la sorprendida mujer, que no pudo más que tomar la flor de los dedos del viejo galán y olerla sin dejar de mirarle.

−Muchas gracias –dijo ella, suavemente.

Cuando Nicómaco y Marsilio se instalaron en la mesa que les indició una camarera, en la terraza, al claro sol de la mañana, dijo el veterano:

−Ahora mismo trata de imaginarte la auténtica novela que se debe estar formando esa mujer en su cabeza −y añadió, tras una pausa: −Y ahora, hasta dónde puede llegar esa fantasía si la mujer está casada.
−Ya veo: has plantado una semilla para que crezca y luego recoger frutos −comentó Marsilio.

En ese momento, pasó la mujer por la calle haciéndoles un gesto de despedida con la mano.

−¡Adiós, muchas gracias!
−Eh… ¡Ehehhh! −no acertó a decir Nicómaco. El andar de ella era rápido y desapareció.
−Bueno −concluyó el joven pastor. −No ha crecido mucho.

El heteróclito grupo representante las tres edades del hombre cruzaba un encinar, por una vía principal pavimentada y con una considerable cantidad de cagajones de caballo, prueba de la afluencia de trasiego por el día de mercado. Un carretero que les dio alcance accedió a llevarlos en su carro de heno, acomodándose como bien pudieron. Mientras tanto, Marsilio se preguntaba cómo era posible que se tardase tan poco en llegar a la ciudad a través del túnel y, en contraste, cómo se tardaba tanto por la superficie. “Será magia”, se decía, ya que creía en esas cosas.

−…y entonces −continuaba Nicómaco con sus historias−, le dije a ese sacerdote que se apease del carro tres villas antes de llegar a la ciudad. Me imagino que todavía lo estarán buscando. Cuando me encontré poco después a otros tres sacerdotes preguntando por él, les dije que estaba muy enfermo y que se lo llevaban a un hospital de Abraxas, ¡ja! Se fueron para allá como una flecha los tres. Me pregunto qué cara se les quedaría…

Loki intentaba, mientras tanto, robarle al carretero higos frescos de un canasto que tenía a su lado. Pero Marsilio le propinó un azote en la mano discretamente.

−Ya llegamos −dijo el carretero.


Y ante ellos, tras la subida de una suave pendiente, se abrió la majestuosa vista de la Ciudad, Apolonia, centro de la cultura, del conocimiento y de las artes del mundo. De entre sus casas apretadas brotaban cientos de hilos de humo de sus hogares y chimeneas. Sus altas murallas imponían con sus arqueros, penachos y gallardetes. En la Plaza Blanca brillaba la estatua de oro macizo de Apolo. Y, como un dardo que quisiese alargarse hacia el cielo, la Torre de Marfil se imponía majestuosa, coronada de banderas ondeantes. “Patricia, fría dama de hierro, esta noche cambiarás para siempre”, pensó Marsilio, mientras se palpaba en el cinto el saco de fieltro azul del mago.


6. El regalo del mago


Los guardias de la ciudad corrían apresuradamente al mercado. Habían avisado que un niño había ido abriendo todas las cercas de animales en venta, con lo que aparte del caos de las reses corriendo sueltas, se sumaba el de las trifulcas de sus dueños que las perseguían y se las adjudicaban.

Dos guardias se encontraron con otros dos, tan apresurados como ellos, en un cruce entre los pasillos de puestos de venta.

−¿Sabéis algo del agitador?
−¿De quién?
−¡Del niño!
−No. Hay incidencias por todas partes, debe ser más de uno.

En ese momento llegó un hombre con toda la cabeza llena de miel, maldiciendo al panteón olímpico de tal manera que, en otras circunstancias, habría podido ir a presidio.

−¿Dónde está? −preguntaron los guardias a la vez.
−¡Por allí! −indicó el hombre, limpiándose los ojos.

Mientras tanto, en la Universidad del Ego, Nicómaco miraba las vitrinas de una exposición temporal de instrumentos de observación astronómica, con fingido interés, porque no entendía nada del tema. Por fin oyó tras de sí una voz de mujer:

−¡Profesor Nicómaco! ¡No me lo puedo creer! ¿Es usted?
−Un poco maltratado por los años, pero sí, soy yo −contestó, girándose.

La mujer iba elegantemente vestida con lo que parecía un atuendo oficial. Estaba en su madurez, pero en sus ojos había viveza y no era nada mal parecida. Iba cargada con un grueso códice, que sostenía pegado al pecho. No dejaba de sonreír al mirar a Nicómaco.

−¿La conozco? −preguntó él.
−Fue usted profesor mío hace veinte años, quizá alguno más… Me encantaban sus clases. ¿De verdad no me conoce? Me llamo Belisa… −se presentó, con cierta duda, soltando una mano del libro para estrechar la del apuesto anciano.
−Usted debe ser profesora de aquí, por lo que veo.

Algunos estudiantes que por allí pasaban miraron a la pareja con cierta estupefacción. Nicómaco lo notó, con el detalle de que el objeto de atención no era él, sino ella.

−Actualmente tengo la suerte o la desgracia de ser la rectora −dijo ella, sonriendo, pero aún sorprendida de que Nicómaco no supiese de su jerarquía académica.
−Disculpe. Hace mucho tiempo que ando desconectado. ¿Qué libro es ése?
−Es un ejemplar raro en nuestra biblioteca, un trabajo hecho por nuestros mejores investigadores y en el que la reina ha invertido bastantes fondos. Es una recopilación de lírica amorosa arcaica. ¡Qué casualidad! ¿No era usted experto en este tema?
−Me he pasado la vida trabajando en la expresión poética del amor. A lo mejor era usted muy joven, pero aquello me valió mi dimisión, o expulsión encubierta, por contradecir las ideas de los tradicionalistas. No lo lamento: desde entonces vivo muy a gusto en el campo.
−Profesor, hace mucho tiempo de aquella “cuestión palpitante”, pero todos la recordamos y, además, la hemos recogido en nuestros manuales de enseñanza de literatura. Yo misma escribí un volumen que trató de continuar su tesis sobre Interpretación Dionisíaca. ¿Por qué no vuelve con nosotros?
−Se lo agradezco y voy a pensármelo mientras bebo algo con usted. ¿Dónde está la cantina? Invito yo −dijo Nicómaco, tomando el libro de sus manos para echarle un vistazo.

Marsilio había conseguido cruzar hasta el centro de la Plaza Blanca, a través de los apretados puestos de venta y del caos de Loki de animales y personas corriendo. Quería contemplar la gran estatua de Apolo, el dios extraño y que no significaba nada para él, que tanto se veneraba en la urbe. No sabía por qué, le daba miedo. Era tan perfecto, tan frío… Y, sin embargo, tenía impulsos como él, odiaba y amaba, deseaba el amor, quería hacer un mundo mejor. Pensó que las personas parecidas se detestan más por esa facilidad de conocerse y de encontrarse el uno al otro. No eran tan distintos, quizá, Apolo y Dionisos. Pero uno desollaba sátiros, disparaba flechas, acosaba a mujeres, mientras que el otro no. Y uno era de oro y otro de rústica madera. No, no podía gustarle de ninguna manera. Había escogido bien su bando.

Quería cambiar la ciudad, pero no sabía muy bien cómo. Quería que comprendiesen la vida sencilla del campo, que no estuviesen tan enfocados en lo útil, que respetasen y sintiesen la naturaleza, que tuviesen consciencia del coste de cuanto crece y vive en ella. Pero lo único que podía hacer era sentarse en aquella base de mármol y tocar la flauta.

Una cuadrilla de guardias, como siempre apresurados, tuvo que detenerse al pasar cerca de Marsilio.

−¡Espera! ¿Qué música es ésa? −dijo uno, sujetando del brazo a otro.


Mientras los apolíneos se detenían, bajando sus ballestas, acercándose lentamente, obnubilados, a la base de la gran estatua donde Marsilio tocaba su flauta con los ojos cerrados, Nicómaco sembraba la universidad de su juicio crítico revolucionario y el travieso Loki convertía el día de mercado en un desastre económico.

El joven pastor Marsilio, sin mirar al público congregado a su alrededor, se separó la flauta de los labios y cantó con su bella voz lo siguiente:

Qué tiene esta ciudad que no la entiendo,
qué me quiere imponer contra natura,
qué tiene de elevada su impostura
para imperar allí de donde vengo.

Qué tendrá de honorable su abolengo
si mantiene incompleta su cultura,
qué logrará si ignora la hermosura
de lo más verde y vivo renaciendo.

Por qué imponer la vida que no es vida
a precio de ser lobos para el hombre
con tanta jerarquía consentida.

Quisiera enseñar al mundo mi aprendida
senda eterna que nunca tendrá nombre
ni final, para el alma conocida.


Admirados quedaron cuantos le escucharon, que no fueron pocos, y convinieron dar noticia a la reina de la presencia en la ciudad del trovador y flautista. Así, aceptando con todo el agradecimiento que Marsilio supo dar, le ofrecieron un caballo para ser conducido por otros jinetes armados hasta la Sede de Gobierno.

Algo cambió en la ciudad, o al menos en esa zona céntrica, desde ese momento. A Loki se le fue la mano con sus fechorías al derribar un toldo, haciendo que cayese sobre la cabeza de una mujer. Aunque el deleznable niño se rió a carcajadas, mientras huía, al mirar atrás, vio que había herido seriamente a la mujer, de cuya cabeza manaba sangre, mientras era socorrida por su hija. Esa niña levantó su mirada y se encontró con la suya, con una resultante sensación extraña: no era odio ni inquina, era extrañeza, descomposición del semblante, un esfuerzo por comprender. Pero a los dos segundos se desfiguró aquella niña en un grito de ira. Loki corrió ya sin reírse, lejos de allí.

En la universidad, Belisa la rectora, acompañada de Nicómaco, había reunido a la comisión pedagógica con carácter urgente para aprobar la nueva asignatura de Crítica Dionisíaca en los ciclos de formación artística y literaria. No solamente se estaban firmando y sellando todos los documentos en la sala, con la aprobación y admiración de casi todos los doctores en la materia, sino que la relación entre el anciano y la rectora iba siendo, mágicamente, más y más cercana, como si una chispa hubiese provocado una combustión.

−A mí todos estos trámites me abruman, Belisa. Cuando acabemos todo esto, ¿querrá usted que la invite a un paseo por la Avenida Roja? Recuerdo que había muy buenas tabernas y comercios− dijo Nicómaco.
−La verdad es que sus conocimientos me han entusiasmado y no quisiera que nos desviásemos del tema. Venga usted a mi casa, si no le importa, y allí continuaremos analizando textos de mi biblioteca personal.

Alguna de las curtidas catedráticas que releían los documentos a firmar en la mesa levantó la vista por encima de las gafas, sin decir nada.

−Por mí, encantado− accedió el viejo galán, mientras sentía, bajo la mesa, un leve roce del dorso de la mano de Belisa en la suya. Respondió al toque y sus dedos se entrelazaron.

Mientras tanto, uno de los escoltas de Marsilio se adelantó al galope para comprobar la disposición de la reina para el recibimiento. El sistema de comunicaciones en la ciudad era muy rápido y eficaz, porque a lo largo de toda ella, en los cuarteles y puestos de guardia había siempre correos preparados con caballos frescos, de modo que funcionaba como una red de postas. En breve retornó el adelantado con un rollo de papel en la mano, haciendo gestos a los demás de que parasen:

−¡Sargento! Nos hemos saltado el Protocolo “Alfa Iota Ny 042” que obliga a registrar información novedosa de interés cultural, científico o artístico para la Real Villa de Apolonia. ¡Debemos ir de inmediato con el sujeto-fuente al Registro de Entrada de la Universidad del Ego, so pena de deportación temporal de nuestro pelotón a las Tierras de Nadie!
−¡Tiene razón, cabo! El cántico de este artista ha debido extasiarnos. ¡Guardias, a la Universidad! −dijo el sargento.

El pobre Marsilio empezó a sentirse más como un reo que como un invitado. Le pareció percibir que era ambas cosas. En un edificio lateral de la colosal universidad, una funcionaria de rostro inexpresivo, sentada detrás de un mostrador y con una cofia blanca ocultando su bonito pelo, tomó nota de cada verso de su poesía y de cada nota de su flauta, manuscribiendo rápidamente un folio tras otro. Marsilio creyó haber cambiado alguna palabra del poema, que ya casi no recordaba, pues versificaba al aire, sintiendo el momento, e igual hacía con la música, que nunca podía reproducir dos veces de la misma manera. Muy diferente de los conciertos que se celebraban en el Real Auditorio de la ciudad, cuyas piezas se ejecutaban a la perfección, por músicos de memoria y habilidades prodigiosas.

Por fin, al llegar a las puertas de la Sede de Gobierno, con sus jardines y su fuente de agua turbia −que Marsilio no percibió como tal, aunque sí vio que esa agua claramente no era potable por las espumas que se formaban en su cuenca−, la reina Patricia apareció con su séquito, su escolta y ataviada con su deslumbrante vestido amarillo.

−Gracias, sargento Palestrión, puede marcharse. Yo me ocuparé del villano.

A Marsilio empezaban a molestarle los trámites burocráticos y el desdén hacia los foráneos, tan característicos de las gentes urbanas. Sin embargo, contuvo un impulso de contestar altaneramente, aferrándose a la esperanza de llegar a un acuerdo con esa fría mujer.

Patricia se acercó. La siguieron sus guardias, con exuberantes armaduras rojo oscuro y remates de oro, sus doncellas, sus filósofos, sus enanos y un perro un poco tonto que se metía entre los pies de la gente.

−Tienes valor al dejarte ver por aquí, Marsilio del Bosque de las Hayas. No te he llamado, e imagino que los atentados del mercado y la reforma universitaria son cosa tuya.

Marsilio se encogió de hombros y negó falsamente.

−Más vale que tengas una buena razón para haber llamado mi atención. Aquí hay siempre mucho que hacer. No somos tan irresponsables como vosotros. Arrodíllate −ordenó Patricia.

El pastor dudó, pero con tales guerreros armados no era el momento de pedir respeto. Se postró y besó la mano de la reina.

−Le traigo un regalo, mi reina −dijo Marsilio, entregándole el saco azul del mago.

Patricia, suspicaz de que fuera algo que pudiera dañarla, se lo entregó a uno de sus seguidores, un clérigo.

−No parece peligroso −dijo el hombre, mientras hurgaba con los dedos en el saco.
−Bien −dijo la reina, tomando de nuevo la bolsita−, dejadnos solos.

Finalmente se vieron los antagónicos personajes en la cámara de la reina, en lo alto de la Torre de Marfil, cuya soberbia altura y sus vistas de la ciudad en su magnificencia impresionaron mucho al rústico pastor. La sala hexagonal también le pareció acogedora, repleta de libros, cuadros y tapices, con el espejo y las armas, alumbrada con la fantasmagórica luz de los cirios, pues ya había caído la tarde.

Sentados uno frente al otro en una mesa, Patricia volcó el contenido de la bolsa azul. Eran trocitos de cristal amarillo que parecían desprender cierto olor agradable.

−¿Qué es? −preguntó ella.
−No lo sé −respondió él.
−¿Cómo? ¿Me traes un regalo y no sabes lo que es?
−Le ofrecí a un mercader una buena suma por algo valioso para regalar a una dama. Y me dio esto −se inventó Marsilio.
−Mientes −dijo ella, mientras examinaba uno de los cristales con una lupa.

Se levantó y empezó a coger libros de las estanterías y a hojearlos rápidamente. Por fin se detuvo en uno. Mientras Marsilio olía la esencia de aquella sustancia con satisfacción, ella preparó una bandeja con unas ascuas de la chimenea. Tomó una pizca de los cristales y los soltó sobre las ascuas, mientras soplaba para avivarlas. Según brotaba un fluido hilo de humo, la sala se inundaba de una esencia exótica y embriagadora.

−Incienso de ámbar −explicaba ella−, otra de las reliquias de la vieja Hermetia. Esto te lo ha tenido que dar ese mago vagabundo… Pero… muchas gracias. Es un regalo precioso −balbuceó, mirando la combustión absorta y, tras unos instantes, a los ojos de Marsilio.

El semblante duro y frío de ella había cambiado. Parecía haberse sonrojado y su manera de juguetear con los objetos de la mesa apuntaba a que había olvidado su preocupación por el tiempo. Incluso sonreía y se alegraba sinceramente de la presencia del foráneo villano, con todo lo antagónico e insumiso que hubiera sido desde siempre. Era diferente, pero, a fin de cuentas, no lo era tanto. Era humano, era sensible, era alguien a quien se podía amar.

Marsilio, por el contrario, aunque también se sentía muy a gusto con la embriagadora sensación, había hallado una intensa lucidez, y algo como una cierta premura para hacer cosas. Sentía que algo tenía que dar al mundo, que tenía que mostrar su talento, ya no sólo para él en su cueva de raíces, sino para las gentes cultas que supiesen valorarlo. Tenía ganas de aprender nuevas cosas. Sabía que podía estrechar en sus brazos a la reina, que lo miraba lánguidamente, pero quería más aún conocerla y aprender de ella.

Miró a su alrededor, buscando visualmente entre todos los objetos y muebles de la habitación, hasta que al final encontró lo que buscaba: un arpa. El emblema de su odiado Apolo, que en ese momento no le pareció nada abominable, sino una entidad curiosa que investigar. Recordó la imponente estatua de oro, con esa pose triunfal, su cuerpo perfecto y su arpa. Ahora el pastor no era un pastor, sino una divinidad de las artes. Miró al fuego del hogar, luego a la mujer de sonrisa y mirada benévola y, templando la lira, entonó:

Dichoso aquel que ha hallado
la dicha que está fuera, en otra parte,
en paz y liberado
y amparado del arte
que en el ingenio nace al contemplarte.

Patricia se sobresaltó, pese al apacible estado en que estaba, para buscar un papel, pluma y tintero y empezar a copiar apresuradamente. Marsilio paró la canción.

−Pero mujer, no copies... Escucha la canción −dijo él con tono de lamento.

Algún observador externo podría decir que, a este respecto, si bien la actitud de contemplación que defendía el pastor es correcta, de no ser por la perseverancia de ella en memorizarla y finalmente dejarla por escrito, no tendríamos aquí las preciosas liras del poeta.

De modo que, mientras cantaba, la astuta Patricia quitó de la mesa pluma y papel, como si lo dejase en el suelo, pero solamente para dejarlos en un taburete al lado donde ella siguió anotando sin mirar, con sus claros ojos y sonrisa dirigidas al extasiado trovador, cuya canción fue:

Dichoso aquel que ha hallado
la dicha que está fuera, en otra parte,
en paz y liberado
y amparado del arte
que en el ingenio nace al contemplarte.

Capaz será de darte
un nuevo despertar cada alborada,
y en ella iluminarte
de la arcaica sonrisa venerada
por todo aquel dichoso de alma amada.

Porque no queda nada
más valioso que el goce de mirarte
tu tierna piel rosada
remedio de olvidarte
de aquello que te impide enamorarte,

¡pues no hay más alta vida
que olvidarse de ser y ser amando,
a la otra tú escondida,
en ti siempre esperando,
que a tu cuerpo otro cuerpo está clamando!


El propio Marsilio se sorprendió de haber improvisado una composición en esa forma estrófica, que no había utilizado nunca. Examinó el instrumento musical, magistralmente tallado y perfectamente afinado. Decía la leyenda que fue un regalo de Hermes a Apolo, pero dicha entrega fue hecha de manera heterodoxa, como siempre, a la manera de Hermes: primero le robó unas reses, haciéndole entrar en furia, y luego le regaló, para compensar, algo que no había pedido, que en este caso fue la lira, cosa que le vino muy bien a Apolo y con la que se sintió agradecido. Así es Hermes. Nunca se sabe por dónde va a salir, pero parece que a la larga suele traer beneficios.

−Ha sido precioso, muchas gracias −el agradecimiento de Patricia le sacó a Marsilio de su estupor.
−Gracias. Tengo mucho que aprender. Me gustaría saber más… −dijo él, absorbido por inquietudes, mirando las estanterías de libros, los objetos y las obras de arte de la sala.

No hubo más palabras que turbasen aquel momento. Parecía que sobraban. Los dos lo sabían.

Patricia se sentía elevada, ausente de toda preocupación reflexiva, parada en el instante que parecía ser eterno. Se había desabrochado el escote del vestido, aunque el pastor poeta no se había dado cuenta. Lo quería suyo, y a la vez quería ser suya. No había sentido algo así jamás. En parte sentía que se estaba volviendo loca, pero tampoco notaba que fuera lo correcto reprimir ese impulso. Estaba en su cámara personal, íntima, sin testigos, sin tener que dar explicaciones a nadie, con la posibilidad de tener una experiencia totalmente nueva. Era algo, además, imposible de encontrar en la biblioteca, ni que le pudiera explicar ningún erudito. Era amor.

Sin dejar de mirar a Marsilio, que permanecía inusitadamente imperturbable, contando sílabas con los dedos, colocó un nuevo tizón ardiente y más incienso de ámbar en el recipiente de la mesa. Brotó una nueva y más densa columna de humo perfumado cuando avivó el ascua soplando. Se sintió joven y alegre, como si tuviera una nueva oportunidad para recuperar algo perdido. Sonreía, con los ojos cerrados, dando unos pasos de baile por la sala, haciendo girar su cuerpo con los brazos alzados. Se desabrochó más piezas del vestido, esta vez por la espalda. Se soltó el pelo, arrojando joyas y horquillas despreocupadamente al suelo.

Marsilio salió de su estupor ante la insólita escena. No había diferencia entre la seducción y el atrevimiento de las jóvenes del campo y de la reina que estaba ante sus ojos. Se levantó y caminó lentamente hacia ella. Sentía una gran curiosidad por lo que le rodeaba a ella, los libros y su conocimiento, pero la parte de él que aún latía, su original esencia emocional, bullía de ganas de abrazarla.

Así ocurrió el primer y gran encuentro de los representantes de los dos mundos. La clara luz del conocimiento y la profunda fuerza de las emociones, unidos y confundidos en un ser mezclado, híbrido, mientras sus encarnaciones en una reina y un plebeyo se fundían en un apretado abrazo, con besos ardientes, húmedos, violentos, y manos atrevidas que despojaban de todo lo que no fuera el cuerpo amado.


Los habitantes de dentro y de fuera de la ciudad nunca habían visto un cielo nocturno tan bonito. La noche era tan clara, tan limpia, con el aire tan fresco y puro, que el firmamento se mostraba como nunca. Ayudaba la luna nueva, un perfecto círculo opaco, que dejaba brillar a los demás astros. Había tantas estrellas que los astrónomos tuvieron que catalogar muchas nuevas. Cada pocos segundos se veía alguna estrella fugaz, que señalaba con júbilo algún observador afortunado. La Vía Láctea cruzaba la bóveda celeste majestuosa, como si fuera un camino que llevase a un lugar mejor. Y recortada ante este cielo, se erguía la Torre Blanca, cuya planta más alta dejaba ver una luz cálida de fuego en sus ventanas.

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