jueves, 9 de abril de 2020

La señorita Kundera




Me envía un amigo en un correo electrónico un curioso relato. No es original, pero a mí me ha sorprendido bastante, aunque mi juicio no sea objetivo. Le pregunté si lo iba a publicar en algún sitio y, tras barajar varias opciones, determinamos que lo publicase yo para que él pudiese seguir en el anonimato, pues tal es su deseo de no darse a conocer. Sin embargo, a mí me ha encantado la labor de editor y poder subir a mi blog un nuevo texto que se parece extrañamente a los míos.
Como profesor de lengua, por deformación profesional, no he podido evitar corregir el leísmo, unas pocas tildes y permitirme alguna corrección de estilo.

***

El solitario filósofo -no ostentaba tal profesión, pero le gustaba considerarse así en su fuero interno- pasaba día tras día sin hacer nada en su casa, en pijama y bata. Eran unas circunstancias de sobra conocidas en las que todo el mundo debía quedarse recluido en su casa, salvo los que tuvieran que salir para cumplir con obligaciones indispensables para la sociedad. El trabajo de Heliodoro Peces, que así se llamaba nuestro hombre, no era indispensable, o al menos no lo era presencialmente, de modo que, muy a su placer, podía quedarse en casa. Era muy sorprendente, a la par que bien avenido por él, que se hubiese convertido en obligatorio algo que a él no le costaba nada y que le agradaba. ¡Quedarse en casa, sin tener que elegir qué ropa ponerse, ni planchar camisas, ni lustrar zapatos, ni arreglarse la barba, ni mucho menos arrancarse con pinzas los pelos de los pómulos! No solamente uno es más feliz sin tener que mostrarse arreglado al público, como si estuviera en venta, sino que además es económico. El cubo de la ropa sucia sólo contenía dos o tres pijamas, calcetines y un juego de ropa de cuando fue a comprar la última vez. No hacía falta ni poner la lavadora. Si no fuera porque estaba muriendo gente ahí fuera, deberían imponer esta medida del confinamiento un mes al año -pensaba él-, para dejar que la Tierra se recuperase del peor virus que ha existido jamás: el ser humano.

Sin embargo, tras quince o más días en su cueva, en su bata de tonos grises y ocres, como si fuera un hombre prehistórico ataviado con pieles, empezaba a acusar los efectos de la soledad. No del confinamiento, sino de la soledad, la típica falta de un alivio para el alma cuando quiere darse a otra alma. En la costumbre popular de aplaudir a los sanitarios a las ocho de la tarde, cuando salía -al decimoquinto día cayó en la cuenta de que el único que se asomaba en bata era él-, no podía evitar, mientras aplaudía, echar alguna mirada que otra a una vecina de enfrente, que por cierto también vestía igual todos los días, pero con el decoro propio de su edad y su sexo: una camisa rosa bajo un jersey negro, abierto unos botones. Disculpen las lectoras por este prejuicio y clasificación, pero otro sujeto de su mismo sexo justo encima, de mucha más edad, que no salía a aplaudir, a veces se asomaba por las mañanas con rulos en el pelo y un espejo a arrancarse pelos faciales. Y aquella señora sí iba en bata, en la eterna bata “guatiné” que inventó Amancio Ortega al empezar su negocio. Procede aquí recordar no sé qué humorista que había nacido en Guinea Ecuatorial cuando era colonia española, en cuyo DNI ponía “Nacido en Bata”, porque tal era el caso, exagerando un poco, de personajes como aquella señora o nuestro Heliodoro Peces.

De modo que nuestro monsieur enrobé empezaba a sentirse solo, aunque no hacía mucho que había terminado una relación. Consumía una relación tras otra, o le consumían a él, sin remedio para aligerar la catástrofe de cada ruptura. La desdichada, esta vez, era una moza de su edad, no muy agraciada pero sana, trabajadora y muy compatible en afinidades con él, y además con gran devoción por el infeliz gandul hogareño, la cual habría bastado de no ser por las tormentas de celos que ella arrojaba como fuego y azufre cada vez que él manifestaba interés por otras mujeres. ¡Qué alivio haberse librado de ella! Y no podía evitar algún que otro vistazo al siguiente pensamiento macabro: qué oportuna la pandemia para no tener que verla.

Pero no, no se sentía cómodo con ese pensamiento. Algo debía haberse hecho mejor. Quizá aún estaba a tiempo de convenir un acuerdo pacífico con ella. No es que la quisiera todavía, para nada: después de todas las desavenencias sufridas, no le inducía ni una gota de erotismo. Como Zeus en la Ilíada, “amontonaba las nubes” del erotismo cuando hacía falta, pero ya sabía que esas mismas nubes hacían llover fuego y azufre. No podía retomar la relación con ella, en suma. Pero era importante, de algún modo. Sentía como que con ella debía haber un cambio definitivo respecto a las anteriores, no por ella, sino por él, por un agotamiento vital: ¿por qué cada ruptura tenía que ser con un pacto de hostilidad eterna, para no hablarse jamás? ¿Por qué siempre la misma historia, una y otra vez? Era una fatalidad que lo arrastraba mientras le iba robando los años y la esperanza. Esperanza de no sabía qué.

No, no quería volver con ella, aunque no la olvidase. Al contrario, tenía ganas de agua fresca, de saciarse de algo nuevo, de ilusionarse. Tal vez no de una mera sustituta con quien recorriese el mismo transido camino, sino ilusionarse con varias, con muchas. Cada una es un mundo. Cada sonrisa un cielo. Le costaba ya cada vez más verlo, por todos los peligros conocidos y dolores sufridos, incluso de algunas potenciales amantes que no llegaron a tales, por pugnas verbales de naturaleza ideológica. Su expareja, pues así debía llamarse, lo prevenía contra las huestes de arpías que había en el mundo, aludiendo a la experiencia del propio Heliodoro, que ella conocía bien, pues él se lo había contado todo, a lo que sumaba lo presente y posible futuro con los trágicos conocimientos de las vivencias de ella.

Pero Heliodoro Peces no quería concebir el mundo que le mostraba Teresa López de Haro, que así se llamaba ella, con mujeres diabólicas y cientos de enfermedades venéreas. Había leído en Twitter una frase algo así como que hay mujeres que, sin quererte, te hacen ver que hay más mujeres en el mundo, mientras que otras que te quieren te hacen creer que no hay más. No podía creer que detrás de toda hermosura de una mirada, un rostro o un cuerpo hubiese una mente manipuladora, una máquina de tormentos lentos o rápidos, una “lozana andaluza” que se dijera “y en tanto veía un hombre, ya sabía cuánto valía”.

(Nuestro autor estaba leyendo Niebla de Unamuno, como demuestra más adelante. El protagonista se enamora de una mujer que lo trata con indiferencia y, como resultado, éste se enamora de muchas. A esta reflexión me gustaría añadir si es de suponer que igualmente puede suceder a la inversa, que una mujer se enamore de muchos hombres. ¿O no todo es simétrico en estos desvíos amorosos?)

La facultad amorosa de su alma era como una ciudad devastada por una guerra inacabable, apresada por un bando, reconquistada por otro, vuelta a saquear por el primero, y así eternamente. Dejaba de amar, dejaba de dar frutos como debe hacer la naturaleza humana, y esto se dejaba ver en su apariencia externa. En otro tiempo habría sido todo un doncel de buen porte y talante, mientras que ahora era un cuarentón con la cara llena de pelos, permanentes ojeras, incipiente -más que incipiente- calvicie, un abdomen que había pasado de un digno entarimado a un triste promontorio, sin volver a mencionar la indumentaria. Gozaba de un roto en el encastre de la manga izquierda del pijama por el cual accedía a rascarse o hurgarse la respectiva axila, lo cual no sería del gusto, pensaba, de cualquier compañía femenina. Ni mucho menos de su madre, si se enterase.

¿En qué empleaba el tiempo este infeliz gandul, entonces? Pues en lo mismo que muchos otros gandules infelices del mundo: redes sociales. Es una forma de evasión de toda implicación responsable en el presente. Uno podría limpiar, ordenar, estudiar, cocinar, cualquier cosa manual y útil, pero todo perezoso cae en este mal vicio con el que se justifica no hacer nada. Como todo, quizá en pequeñas dosis contribuye a difundir conocimiento (si se usa bien), pero es fácil volverse adicto, como le sucedía a nuestro protagonista. No era capaz de alejarse del teléfono móvil más de una habitación. A veces lo transportaba en un bolsillo de la bata -el izquierdo, el derecho se había roto de un enganchón y estaba medio colgando- mientras deambulaba por la casa. Esperaba no sé qué advenimiento milagroso en forma de noticia de alguien que le diera un entretenimiento momentáneo, por si ocurría que, a saber, se acordase de él alguna vieja conocida, aunque sólo fuese para saludar. O un amigo que le entretuviese con algo provechoso. Abría Twitter, Facebook e Instagram una y otra vez, como si fueran los cubiletes de un trilero, a ver si en alguna aparecía algo interesante. Pero la realidad era que nunca, nunca, aparecía ese esperado ángel salvador.

Así que, preso ya prácticamente de la locura, en una leve manifestación que podríamos llamar ansiedad, decidió que tenía que hacer algo. Recordó una cita de Unamuno en San Manuel Bueno, mártir:

Cuando oía eso de que la ociosidad es la madre de todos los vicios, contestaba: “Y del peor de todos, que es el pensar ocioso.” Y como yo le preguntara una vez qué es lo que con eso quería decir, me contestó: “Pensar ocioso es pensar para no hacer nada o pensar demasiado en lo que se ha hecho y no en lo que hay que hacer […]” ¡Hacer!, ¡hacer! Bien comprendí yo ya desde entonces que don Manuel huía de pensar ocioso y a solas, que algún pensamiento le perseguía.

No podía salir de su cueva ni de su laberinto de ermitaño, pues tal suele ser la condena de los que se creen filósofos. Si no encontraba la solución afuera, tendría que ir adentro: Noli foras ire, in te ipsum redi. In interiore homine habitat veritas, et si tuam naturam mutabilem inveneris, trascende et te ipsum, decía San Agustín de Hipona. Quizá, enfrentándose así a su “mutable naturaleza” encontrara algo. Sabía también que todo ese misticismo era palabrería, pero no le quedaba otra.

Pasaron más días y más aplausos a las ocho. La muchacha de enfrente se mostró con otra ropa, por fin. Nuestro filósofo en bata lo tomó como una señal a tener en cuenta: el tiempo pasaba demasiado deprisa y el lujo de la vida hogareña se acercaba a su final. Se iba cerrando el círculo. Unos días antes, había tenido otra revelación: estaba intentando leer un libro que se le estaba haciendo pesado. Sin embargo, debía leerlo y persistía en el intento. De pronto, se preguntó: “¿para qué?”, y casi al mismo tiempo le vino a la mente otro que sí quería leer, desde hacía tiempo. Se levantó, fue a la pizarra que tenía en su cocina y escribió en azul (para contrastar con otras cosas escritas en negro):

¿Por qué no haces lo que verdaderamente quieres?

Subrayó “lo que verdaderamente quieres”. Pensó en el reverso del Áuryn de La historia interminable, ese célebre “Haz lo que quieras” tan motivador y tan difícil, porque la cuestión era saber qué era exactamente lo que uno quería en cada momento. Dejar un libro y coger otro era fácil, pero dirigir el rumbo de la nave a lo largo del viaje de la vida era otra cosa.

Su cita tenía algo que le pareció superior a la de Michael Ende. El escritor alemán usaba un imperativo, mientras que él había hecho una pregunta. Una exhortación le hace a uno pasivo, le hace dar un paso porque se lo piden. Viene de afuera. Por el contrario, una interrogación le hace participar a uno, le hace moverse con iniciativa, la participación sale de dentro. La misma o mayor fuerza habría tenido la inscripción en Delfos gnosce te ipsum si hubiera sido “¿Quién eres?”.

Salió a la ventana un rato después. Era ya de noche y el cielo estaba nublado, pero tras las rizadas y grises nubes de la noche brillaba alta la luna, casi llena, amplia y luminosa como un faro. Y entonces relacionó con el fantástico astro de la luz falsa otra frase que palpitaba en su laberíntica cabeza: in hoc signo vinces. No había dejado de pensar en el emperador Constantino en todo el día. También había anotado la frase en la pizarra y, junto al nombre del emperador convertido al cristianismo, la nota: “símbolo de tomar la decisión correcta. Intuición”. El espejo de plata tenía que decirle al sol quién era. La decisión correcta tenía que venir a través de la luna.

Enamorarse de la luna, enamorarse de lo imposible. Pero enamorarse, al fin y al cabo. Quizá ésa era la manera de que volviesen a existir más mujeres en el mundo. Romper el oscuro maleficio con magia blanca, luz de luna, luz de su propio reflejo en plata virgen. En ese signo, vencerá.

***

Tenía un referente abstracto, pero no uno concreto. Había que crearla a fuerza de pensar en ella. Cogió el Libro rojo de Jung, que era el que desechó porque le resultó espeso, y buscó una marca a lápiz que había puesto al principio de leer: et verbum caro factum est (Juan, I, 14). El verbo se hizo carne. La palabra, había que dotar de poder a las palabras. Decía un académico que la realidad no estaba hecha de palabras, pero había un sendero oculto en las palabras que podía llevar a la realidad, pues no en vano la religión y la magia se sostienen en las palabras y, si no hacen ellas mismas la realidad, al menos pueden cambiarla a través de quienes las creen.

Iba a dar vida a un mundo más intenso e interesante que el que conocía. Era el reflejo de la luz, el camino escondido para cambiarlo todo. Las palabras traerían el cuerpo, la carne, trabajando en ellas como Pigmalión la piedra blanca que se convertiría en Galatea. Pero a las palabras tendría que insuflarles alma. Tenía que creer en lo que decía. La luz de la luna tenía que ser tan intensa como la del sol, y para ello había que contemplarla como si no hubiera ninguna otra.

Sabía que la visualización entrañaba riesgos. El primero era ese inquietante dicho: “ten cuidado con lo que deseas, porque se puede cumplir”. Se fijaba en la palabra “verdaderamente” en su pregunta “¿por qué no haces lo que verdaderamente quieres?”. Si no era sincero en tener un deseo, ¿de qué servía? Sólo atarse más y más. Tenía que saber qué quería, quién era, qué rumbo poner. El segundo riesgo era que, si se cumplía, no iba a ser como lo deseaba. La Providencia no es una marioneta que movamos tirando desde abajo, sino que los movidos somos nosotros, desde arriba. A veces hasta se burla de nuestra estupidez. Y sólo cabe admitir como indudablemente cierto lo siguiente: nada ocurre como uno espera. De ahí que fuera consciente de que lo que estaba haciendo produciría una reacción peligrosa.

El referente que necesitaba tenía que ser perfecto. Una mujer llevada a la máxima expresión, pero también con alguna posibilidad de contacto real. No iba a conocer el amor mirando otra vez las fotos de Scarlett Johansson o de Mónica Bellucci en sus tiempos mozos. Tenía que ser una mujer real, de una edad similar a la suya, hermosa pero con una mente más hermosa aún y, lo que era más difícil, abiertamente sensual, que estimulase sin tapujos a todos los hombres con una sexualidad manifiesta. Y había una mujer en el vago mundo real de Heliodoro que cumplía con todos esos requisitos: una tuitera, la “señorita Kundera”.

Había un importante personaje de ficción para él en el que se veía identificado y que recuperaba del recuerdo en ese instante: J. F. Sebastian, el solitario creador de replicantes en la película Blade Runner, que fabricaba graciosos muñecos vivos para que le hiciesen compañía en casa. Heliodoro Peces se disponía a hacer una entidad con vida propia en su imaginación, con suficiente fuerza en la visualización para que le aportase una nueva experiencia, que es lo que buscamos fuera. ¿No ocurre algo así en los sueños? Cuando algunos hombres soñamos con mujeres, las sentimos vivas, hablamos con ellas, vivimos juntos unos instantes, las tocamos. ¿Por qué no tener un sueño “consciente”? ¿Era eso posible? ¿No caería en una esquizofrenia? Precisamente era lo que buscaba. No caer en ella significaba una insulsa pérdida de tiempo, otro “pensar ocioso” de San Manuel Bueno, mártir.

Miró nuevamente el perfil y los tuits de la señorita Kundera, que en sus fotos ponía una marca de agua con el nombre “Miss Kundera”. Nunca mostraba la cara, sólo su pelo largo, liso y castaño rojizo. Como mucho, enseñaba hasta la barbilla y la boca, una boca siempre cerrada con labios gruesos, ni bonitos ni feos, pero que se le antojaban morbosos. Claro, que para semejante autosugestión había importantes ingredientes que predisponían a cualquiera: siempre en penumbra, en el íntimo escenario de su casa (o quizá la casa de alguno de sus amantes), mostraba su formidable, sensual, incluso voluptuoso cuerpo semidesnudo, nunca obsceno, sino intensamente erótico. El erotismo se basa en la sugestión, no en la exhibición explícita, según dicen. Así salía ella, en lencería, semicubierta o semidescubierta, según se mire, con prendas transparentes, o bien certeramente ubicada entre luces y sombras para que sólo se viesen las formas esenciales. Otras veces, como en los libros de Historia del Arte, la foto mostraba un “detalle”: sus muslos, su abdomen, su espalda, sus dulces brazos cubriendo pudorosamente sus pechos.

Aunque el pudor no era algo que fuera con ella. Más bien se podría hablar de decoro o prudencia, consciente del salvaje mundo masculino. No era nada pudorosa. Heliodoro tenía asumido un símbolo amoroso de la poesía tradicional en cuestión de mujeres: la granada. Es una fruta que por fuera no aparenta, ni de lejos, lo fantástico y delicioso que esconde. Por eso es una sorpresa abrirla y descubrir y degustar sus encarnados y jugosos granos, que además es un disfrute lento y laborioso. Una mujer tenía que tener dentro, en su esfera íntima, esa roja y sabrosa pasión, aunque por fuera se oculte bajo una dura carcasa de tono pardo. Pero, además, hay granadas tan sabrosas, tan maduras, tan oferentes de ser comidas que se rajan y exhiben su tesoro a la voracidad de los animales sedientos. Ese rojo de raja es todo arrojo (endecasílabo, paronomasia y aliteración) de la más viva esencia humana, amor, deseo y sexo todo junto, confianza, placer, generosidad, belleza, elevación.

Ese rojo, el que asoma e invita a degustar, es incluso más intenso que el que veríamos si abriésemos toda la granada, por el contraste con el mundo exterior. En un mundo sin apenas belleza, como el de Heliodoro, o mejor aún, en el ingrato salpicadero de deturpación política que es Twitter, destaca como una diosa, con su rosada foto de perfil de sus muslos con ligueros, la señorita Kundera.

No solamente publicaba fotos. De hecho, lo hacía pocas veces. Por eso las valoraban tanto sus seguidores. En la mayoría de los casos, divulgaba fotografías y pinturas de arte erótico, incluso de un erotismo mínimo, pudiendo catalogarse la temática en un amor refinado y delicado, por un lado, y en la belleza y sensualidad del cuerpo, por otro. En el primero, esa delicadeza podía verse en la escena de un beso o un abrazo, que en bastantes ocasiones se subía de tono y se mostraban cuerpos desnudos, sin mostrar rudezas, en apasionados encuentros, posturas y actos. En el segundo bloque temático de imágenes, se rendía culto a la belleza corporal, lo cual podía llegar a ser igualmente erótico. La señorita Kundera tenía clara consciencia de que la mayor estimulación erótica obedecía al augurio de un cuerpo de mujer. La dirección del movimiento del mundo iba del polo masculino al femenino, aunque la vida, a su vez, viniese de lo femenino. No en vano se reconoce mayormente como divinidad del amor a una diosa, no a un dios.

¿Cómo sería una mujer bella y sexualmente activa que se dedicase a publicar fotos de hombres guapos y semidesnudos? Probablemente no sería muy bien recibida ni por hombres ni por mujeres. Curiosamente, tendría un cierto aire de “bajeza”, casi igual que un hombre que se dedicase a divulgar fotos de mujeres atractivas (lo cual tendría un público limitado). Sin embargo, que una mujer bella promueva la belleza de su sexo ¿no es una magnífica muestra de ingenio y de libertad?

Y es que la señorita Kundera, plenamente consciente de su belleza y de la de su sexo, tenía también seguidoras y seguía a otras bellezas, incluso profesionales de su cuerpo, libertinas y prostitutas, todas ellas inteligentes y conscientes de lo que hacían. Nuestra señorita, con su genial apertura de cuerpo y mente, las admiraba y se dejaba admirar por ellas, conversaba con ellas, dejando entender que no tendría impedimento en llegar a más con alguna. Con esto, una vez más, incrementaba formidablemente su erotismo. No faltaban en sus publicaciones de arte erótico escenas lésbicas, con toda la sensualidad que tal acto implica.

Para finalizar esta semblanza de lo poco que se podía saber de ella por medio de Twitter, acompañaba sus publicaciones visuales con otras solamente verbales, que despertaban tanta o más libido como las imágenes. Decía cosas que mejor no reproducir aquí por decoro, por la sexualidad explícita de sus gustos y necesidades, las cuales eran puramente lógicas para todo aquel que pretende disfrutar del coito en todas sus variantes, pero que nadie se suele atrever a decir, mucho menos una mujer. Al mismo tiempo, escribía breves reflexiones sobre las relaciones humanas, sobre todo las amorosas y, alguna vez, de matiz feminista, pero muy comedido y racional, como debe ser, pues jamás hacía propaganda ni provocaciones de -ni hacia- ninguna ideología. Y como mayor prueba de su fineza cultural, también ofrecía enlaces a grabaciones de música clásica, e incluso de ella misma tocando hermosas piezas de guitarra también clásica (sin mostrar la cara), pues, según parecía, era profesora de música. Era una figura apasionante, tanto en la vertiente apolínea como dionisíaca.

De modo que esa mujer existía. Cientos de hombres la adoraban, a través de la red y quizá también en la realidad física. Esto al mismo tiempo desalentaba y motivaba a Heliodoro Peces: eran muchos hombres inteligentes, ingeniosos, artistas, atractivos, “sapiosexuales”, con una sagacidad inalcanzable en materia de relaciones humanas, los que se ganaban la atención de ella. Era inútil intentar competir con tales ingenios verbales o verboicónicos en los comentarios de los tuits de la bella mujer. De vez en cuando algún infeliz mamarracho, que no debía conocer bien a nuestra señorita, decía algún infortunio más o menos grosero, por ejemplo:

‒¿Cuántos mensajes directos has recibido después de poner eso?

Que ella despachaba con madurez y estilo:

‒¿Por qué? ¿Tendría que haber recibido alguno, según tú?

Seguramente, la pobre también se veía forzada a lidiar con imbéciles de todos los niveles, contestando con acerados correctivos y bloqueando a cientos. No estaba valorada la labor que esa mujer hacía por educar a la sociedad en libertad y erotismo. Era un estandarte que debería esgrimirse en pro de ambas cosas, porque era ejemplar: sabía lo que tenía que mostrar, hacer y decir en cada momento. Como decía un viejo sabio, amigo de Heliodoro, dando libertad a la mujer, se daba libertad al hombre. Y lo mismo limitándola.

En estas disquisiciones andaba nuestro Heliodoro cuando le vino el impulso de llamar a uno de sus mejores confidentes y amigos, Yago Feliz.

Me permito hacer aquí otro inciso, porque el autor de este texto, como dije al principio, es un cercano amigo mío, y jamás me ha hablado de ese tal Yago Feliz. Tuve un profesor en la UNED, en el Máster en Profesorado de secundaria, apellidado Feliz. ¿Será algún pariente suyo? Tampoco, dicho sea de paso, he visto que exista ninguna Señorita Kundera en Twitter, aunque sí muchos torpes émulos del manido escritor checo. ¿Serán ya ambos, a estas alturas del relato, creaciones de ficción de mi ingenioso amigo, no ya de su relato, sino de su diálogo interno?

‒Hermano, tengo que contarte algo: me he enamorado ‒dijo Heliodoro.
‒¿Otra vez? ‒contestó el bueno de Yago.
‒Sí, pero esta vez va en serio. No dejo de admirarme por esa mujer.
‒¿Pero existe?
‒Sí, es de carne y hueso. La veo en Twitter.
Yago estalló en carcajadas.
‒¿Y a eso lo llamas una mujer real? ¿A una personalidad artificial, a un disfraz, a una máscara para exhibir en las redes sociales? Anda ya… ‒le reprochó su amigo.
‒Bueno, la cuestión es precisamente ésa. Necesito construirla en mí y eso me vale. Tengo que despertar mi atrofiada capacidad de amar. Encontrar algo que me guste ya es un comienzo.
No iba a explicarle al poco letrado Yago lo bien que lo expresaba Unamuno en Niebla: “El amor precede al conocimiento, y éste mata a aquél […] Y para amar algo ¿qué basta? ¡Vislumbrarlo!”
‒Pero eso, amigo mío, no sirve para nada. No debes salirte ni un ápice de la realidad. La realidad es lo que te pone en tu sitio, y debes adaptarte o luchar.
‒Militia est vita hominis super terram… Efectivamente ‒convino Heliodoro‒, me pone en mi sitio, que es la impotencia. Tengo casi cuarenta años y toda mi vida ha sido una decepción continua. Nunca he alcanzado una mujer que realmente me gustase, salvo por breves instantes que se volvían a diluir en la niebla de la que surgieron. Quiero cerrar los ojos y buscar dentro de mí, como el poeta Pedro Salinas.
‒Tú no eres impotente en la realidad, amigo. Hay mujeres que te aman y a lo mejor es a ésas a las que tienes que amar. ¿Qué has hecho con Teresa?
Teresa, si recuerdan los lectores, era la última mujer de Heliodoro, truncada la relación por desgaste y por guerras de sospechas e infidelidades.
‒La he mandado a la isla de Capri, lejos de Roma, como hacían los emperadores romanos con las mujeres o parientes que se habían vuelto incómodos ‒con esto quería decir que la había bloqueado en Whatsapp, pero Yago era buen entendedor y lo había captado.
‒A lo mejor el que está en Capri eres tú. Yo la veo como Proserpina, a la pobre: la vas a arrastrar eternamente a tu inframundo un periodo de tiempo al año, aunque precisamente para ella la luz seas tú. La soltarás y la atraparás, como un dios impío. Suéltala o tómala.
‒Todavía no estoy preparado. En realidad, ya la he soltado, como bien sabes. Hay algo que tengo que aprender viéndome ante una mujer como la señorita Kundera.
‒¿La señorita Kundera? ¿La famosa tuitera? ¿Tú también? ‒preguntó riendo Feliz.
‒¿Cómo que yo también?
‒Conozco al menos media docena de hombres que se han enamorado de ella. Escríbele, a ver qué te cuenta.
‒¿Que le escriba? ¿Y qué le escribo?
‒Tú verás… Pero no lamentes el fracaso. Tú te has metido en eso solo. Pregúntate lo que me contaste el otro día: ¿estás haciendo lo que verdaderamente quieres?

Estaba lloviendo en la calle. Llegó la hora de los aplausos en las ventanas y no apareció la mujer de los otros días. En lugar de ella, en otra ventana, al poco de terminar los aplausos, una joven pareja puso un bafle en el alféizar con el himno de España. Nadie aplaudió esa patriótica audacia y el fornido joven recogió el bafle con una sonrisa triste.

Él también cerró la ventana. Si volviera a llover, la abriría de nuevo. Por la mañana estuvo un rato viendo la fina lluvia purificar su vieja ciudad, en ese momento tranquila y callada, más embellecida aún con el lejano canto de un mirlo que no se amedrentaba con la lluvia. Las palomas, que siempre rondaban por allí ya que Heliodoro las daba de comer, sobre las farolas esperaban pacientemente sin buscar cómo protegerse (acaso no les importaba), hinchando y agitando el húmedo plumaje.

Cerró los ojos.

Hola, no te diré todavía mi nombre, pues es indigno de ti y lo será de mí también cuando este mensaje no reciba respuesta alguna. Quiero decirte, aunque no dejen de decírtelo unos y otros, que me muero por conocerte. No puedo explicártelo sin saber que me lees, pero baste ahora con decirte que el amor y el deseo se me reinventan contigo. Existir para ti
…será el retorno a esta
corporeidad mortal y rosa
donde el amor inventa su infinito.

El autor ha olvidado decir de quién son estos famosos versos: Pedro Salinas, del último poema de La voz a ti debida.

Ya estaba hecho. Intentó retornar a sus quehaceres diarios, o más bien nocturnos, si es que le dejaban los fastidiosos vecinos que ponían la tele alta hasta las cuatro de la madrugada, día tras día. Si no fuera por eso, sería perfecto no salir de casa.

Otro día perdido.

***

Al día siguiente, con la cuenta atrás acelerándose del final del confinamiento, del retorno al trabajo y de la definitiva escasez de tiempo, nuestro Heliodoro limpió la casa, puso la lavadora y se dio una carrera a la frutería para comprar otros dos kilos de fresón de Huelva, alimento que no se cansaba nunca de comer. Lamentablemente, la tienda estaba cerrada. Lo único útil del trayecto fue que encontró un carro del Mercadona junto a unos cubos de basura y, al llevarlo de vuelta al supermercado, como compensación al cívico acto, recibió con sorpresa el euro del cerrojo al engancharlo a los demás carros.

Llegó la noche. De nuevo encendió el ordenador y cerró los ojos. Respiró hondo.

‒Encantada de conocerte, Heliodoro ‒había escrito ella.

El corazón se le puso al galope.

‒¿Cómo sabes mi nombre?
‒Lo pone en tu perfil, tonto ‒no tardó en contestar. Estaba conectada.
‒No me llames así, "Heliodoro". No quiero llamarme así contigo. No quiero ser el de siempre.
‒Me parece bien. Yo tampoco soy quien soy aquí en las redes. No me llamo Kundera. ¿Cómo quieres que te llame?

Heliodoro pensó unos segundos.

‒Heliodante.
‒¿Vas a bajar a los infiernos como en la Divina comedia? ‒sugirió ella.
‒Sí, ésa es la idea. Pero también le he dado la vuelta a mi nombre. “Doro” es ‘regalo’, algo dado. Yo quiero aprender a dar. Me gustan mucho los participios de presente, como “oferente”, “amante”, “Rocinante”, así que me acabo de inventar el de “dar”, “dante”. Mejor y más corto que “donante”.
‒Interesante.
‒Vivan las rimas ‒se atrevió a decir él.
‒Y el ritmo ‒añadió ella.
‒“Ama tu ritmo…” ‒enlazó él.
‒“Y ritma tus acciones”, me encanta ese poema de Darío.
‒Es justo lo que estamos haciendo. No me imaginaba que también sabías de literatura.
‒Hay muchas cosas de mí que no conoces. Pero no las debes saber todas.
‒¿Es cierto que el conocimiento mata el amor?
Esta vez fue ella la que se quedó pensando.
‒Primero habría que saber qué entiendes tú por amor.

Sin saber por qué, Heliodoro sentía que se ahogaba con esa mención directa de la cuestión del amor que, dicha por esa persona, le removía el alma. Tuvo que asomarse a la ventana y contemplar la espléndida luna llena de aquella noche de abril, más blanca y más pura, si cabe, que la nieve sobre los pinos o el brillo de la plata. Le pareció que contemplar la luna sugería algo de verdad eterna; que, pese a todo, ella seguía ahí, que aunque todo cambiase seguiría brillando la luna en el cielo, inmutable, testimonio de todas nuestras dudas, miedos, necedades, deseos.

La luna le devolvió la calma. La pureza y el esplendor de su luz debían estar también en su propia alma. No podía estar mal lo que estaba haciendo. “In hoc signo vinces”, recordó.

‒Miss Kundera, me atrevo a decir que tú tampoco lo sabes.
‒Vaya con el tímido. Tienes razón, lo estoy buscando igual que tú. Por eso estamos vivos. Pero que no lo sepa del todo no quiere decir que no haya avanzado bastante con todo lo que he vivido.
‒Pero tú eres una maestra de erotismo, no de amor. Enciendes el deseo.
‒Eso es todo un cumplido, gracias. ¿No te parece suficiente?
‒Es verdad. Sí, bueno, no. A mí me tienes aquí deseándote por el erotismo que irradias. Sin embargo, aunque no creo que sea así contigo, suele ser una llama que se consume muy rápido.

El sistema notificaba, durante un largo intervalo, “escribiendo… escribiendo…”.

‒Se consume si quieres que se consuma, y si no quieres explorar más allá. Se consume si has elegido mal. A lo mejor tú te piensas que voy consumiendo un hombre tras otro, pero no es así, no soy la ligera que muchos se piensan, aunque sea parte de mi máscara. Ya he aprendido. Vale más la pena un amigo que un amante efímero, aunque no me acueste con el amigo, o no mucho. Si eres lo que creo que eres, búscate una amiga, no una novia.
‒Gracias por ayudarme, aunque quería evitar esta inferioridad respecto a ti, que sin duda tengo. ¿Qué crees que soy? Con perdón, no es que quiera hacerme el interesante, sino que necesito verme a través de tus ojos.
‒“Eres un universo de universos / y tu alma una fuente de canciones”, como decía el poema de antes. Este trato no se lo doy a cualquiera, ni, por si no lo sabes, suelo contestar cuando me escriben. Esta noche estoy generosa por el confinamiento. Pero estás atado y, mientras sigas así, no puedes hacer nada. Conmigo menos.
‒¿Cómo sabes que estoy atado?
‒He visto tu blog ‒y añadió‒: Teresa.

Al llegar aquí, según transcribía este texto, me preguntaba a qué estaba jugando mi amigo. El del blog soy yo. Pero no soy Bastian, ni este relato pretende ser “el libro de todos los libros”, que es La historia interminable. Iba a tratar de escribir un ensayo sobre eso en otro momento. Valga este cambio de niveles de ficción para recordarme que tengo que escribirlo.

‒Lo dejé con ella hace varios meses. No quiero volver a tocar su cuerpo ni comprometerme con ella. Es una furia.
‒A ninguna mujer nos gusta que nos hablen de otra mujer. Ni siquiera que pienses en otra. Lo sabes, ¿no? Hasta que no te desembaraces de ella no tendrás ninguna posibilidad no ya conmigo, sino con cualquier otra. Pero, como me imagino, buscas una solución milagrosa para seguir hablando con ella, conmigo, con otras chicas y que todo sea felicidad y júbilo.
‒Es una ecuación que resolver, sí.
‒Heliodante, Heliodante, vaya laberinto que tienes por delante…
‒Me has hecho reír, Kundera, Kundera, mi amor y mi bandera.
‒Eras tú el que tenía que hacerme reír a mí, capullo. No soporto los tíos aburridos ni dramáticos. Pero, como te dije, esta noche estoy generosa. Coge un maldito papel y apunta: página 148 de La insoportable levedad del ser, editorial Tusquets.

Había amanecido un nuevo día para Heliodoro Peces. Desayunó y buscó ese libro que hacía muchos años que leyó. No lo tenía en mucha estima. Lo englobaba junto a las demás lecturas de postadolescente, en sus primeros años de universitario, cuando leía libros “de moda”: lecturas obligadas porque los leían todos. La típica trilogía de Hermann Hesse: Demian, El lobo estepario y Siddharta, el susodicho de Milan Kundera y el otro inseparable, El libro de los amores ridículos; Crimen y castigo de Dostoyevski, cuentos de Borges, Schopenhauer y todo lo que a uno le hacía parecer interesante en esos tiempos.

Localizó el libro y la página. Se sobrecogió al ver que el personaje del que trataba el pasaje se llamaba Teresa. Tuvo que molestar a Yago Feliz para preguntarle algo:

‒Amigo, ¿qué son las casualidades? Las coincidencias increíbles, ya sabes. ¿Señales?
‒Nada. ¿Señales de qué? No hay augurios de nada. Son ondas de vibración.
‒¿Ondas?
‒Sí. Cuando pasa algo importante en tu vida, como parte que eres de una unidad total que es el mundo, éste se agita, como cuando tiras una piedra en un estanque. Se repiten escenas, motivos, nombres, números. Significa que el mundo siente a través de ti. Estás sintonizado con él. Acuérdate de cuando murió tu amigo Carlos Céspedes López y se te repetía el 23 y la ciudad de Berlín.
‒Gracias, Yago. No te quería molestar. Sólo era eso.

Colgó el teléfono. El libro del autor checo decía así, en la dicha página 148:

¿Qué es la coquetería? Podría decirse que es un comportamiento que pretende poner en conocimiento de otra persona que un acercamiento sexual es posible, de tal modo que esta posibilidad no aparezca nunca como seguridad. Dicho de otro modo: la coquetería es una promesa de coito sin garantía.

A Heliodoro le parecieron términos indisolubles, como en un oxímoron, “promesa” y “sin garantía”. No podían ser más semánticamente opuestas. Pero, en cierto modo, entendía lo que quería decir.

Siguió leyendo y comprendió, aunque tendría que releer el libro, que la tal Teresa tenía algún tipo de bloqueo para el amor físico y que otro personaje, Tomás, era un “sapiosexual” aventajado. Se supone que estas cosas nos llamaban la atención hace treinta años, cuando este tema era novedoso. En la misma página, decía:

[…] No pretende tomarse la revancha con Tomás. Lo que quiere es encontrar una salida al laberinto. Sabe que se ha convertido en una carga para él: se toma las cosas demasiado en serio, por cualquier cosa hace una tragedia, no es capaz de comprender la levedad y la divertida intrascendencia del amor físico. ¡Quisiera aprender a ser leve! ¡Desea que alguien le enseñe a dejar de ser anacrónica!

Heliodoro subrayó “por cualquier cosa hace una tragedia” y “ser leve”. Siguió leyendo un poco más, hasta entrar en la página 149:

Pero precisamente por ser para ella algo tan importante y serio, su coquetería carece de levedad, es forzada, voluntaria, exagerada. El equilibrio entre la promesa y su falta de garantías (¡en el que reside precisamente el virtuosismo de la coquetería!) queda roto. Promete con demasiado fervor […]. En otras palabras, le parece a todo el mundo excepcionalmente accesible.

Pensó en ello hasta que llegó la noche.

‒¿Me quieres decir que hay que aprender a ser leve?
‒No es tanto eso. Se trata del equilibrio. Teresa y tú, sobre todo tú, estáis desequilibrados. A mí me gustaría ayudarte, pero ese trabajo lo tienes que hacer tú. Además, tengo bastante con lo mío ‒dijo ella.
‒Es verdad que ella ‒empezó a desear no nombrarla‒ no entiende nada de coquetería. No ha nacido para eso. Es… sincera. Precisamente encaja lo que acaba diciendo tu libro: si quisiera coquetear, parecería totalmente accesible, y cabrearía a los hombres si luego los rechazase. ¿Cómo lo haces tú? ¿Cuál es tu máscara?

Heliodoro se agitó un instante, volviendo en sí. Eso de la “insoportable levedad” le trajo a la mente un poema que había sido imprescindible en su vida pasada. Le dieron ganas de enseñárselo a la señorita Kundera, pero sintió que desentonaría con el tema que estaban hablando, pudiendo hasta cabrearla. El poema era de Pedro Salinas, los versos del 1364 al 1384 de La voz a ti debida, y expresaba a la perfección el sentimiento más diametralmente opuesto a la levedad del ser:

¡Qué entera cae la piedra!
Nada disiente en ella
de su destino, de su ley; el suelo.
No te expliques tu amor, ni me lo expliques;
obedecerlo basta. Cierra
los ojos, las preguntas, húndete
en tu querer, la ley anticipando
por voluntad, llenándolo de síes,
de banderas, de gozos,
ese otro hundirse que detrás aguarda,
de la muerte fatal.  Mejor no amarse
mirándose en espejos complacidos,
deshaciendo
esa gran unidad en juegos vanos;
mejor no amarse
con alas, por el aire,
como las mariposas o las nubes,
flotantes. Busca pesos
los más hondos, en ti, que ellos te arrastren
a ese gran centro donde yo te espero.
Amor total, quererse como masas.

Subrayó “mejor no amarse con alas”. Pero ¿quién tenía razón? ¿Qué dialéctica existía entre amar con levedad y amar con gravedad? ¿Habría un término medio?

‒Mi máscara es mi sombra. Acepto la parte de mí que niega lo impuesto, que me exhorta que deseo disfrutar con muchos hombres, sin atarme a ninguno; que deseo experimentar el erotismo al máximo, y el erotismo es arte y es belleza, porque es mi vocación; que deseo gozar del cuerpo con el que he sido dotada antes que de la seguridad de un marido o una familia. Con todo eso me fraguo esta máscara que ves.
‒Es un juego muy atrevido, señorita.
‒No es un juego.
‒Lo digo por anteponer esas aventuras a la seguridad. Para mí, todo lo que no sea seguridad son apuestas arriesgadas. Es un juego, pero en la vida el juego tiene consecuencias.
‒Tomo mis precauciones. No me suelo equivocar, soy muy selectiva con quien hablo.
‒¿No te pasa alguna vez como a la mujer del libro de Kundera, que te muestras muy accesible y luego provocas enfado cuando, en el momento clave, decides no seguir el juego?
‒Ha habido casos. Pero te diré que uno de los placeres de llevar la máscara es no reconocerme. Me sorprendo a mí misma, y eso me encanta. Yo no sé qué va a hacer o qué va a decir un hombre que me pretende, pero yo tampoco sé hasta dónde lo pretendo, si me puede dejar de gustar, o si en un principio no me gusta, pero luego sí. No sé si voy a besar a un hombre hasta el último segundo antes de besarlo. Mientras tanto, me dejo llevar por el azar y por la intuición.
‒Me conozco y no me creo capaz de eso. Sin embargo, algo estoy haciendo mal, porque me ahogo tanto con amor pesado como con los intentos fracasados de liviandad ‒arguyó Heliodante.
‒Eso se llama ansiedad, amigo. Pero ten en cuenta que, si deseas verdaderamente algo, ocurrirá. Ten tu deseo a la vista, pero no lo exhibas en tu mundo, ni exterior ni interior. Si quieres que se te acerque un ave, no la asustes. Olvida que está ahí, incluso. Engáñalos a todos, hasta a ti mismo: que no sepas ni que querías ese pajarillo. En esa incertidumbre consiste la levedad. Tú no dejas de ser Teresa, como te digo: no sabes coquetear. Eres demasiado accesible, demasiado fácil. Valórate más, no te arrodilles ante mí ni ante ninguna otra belleza. Respétate y te respetarán. Y una cosa más.
‒¿Cuál?
‒También hace falta la coquetería con uno mismo para disfrutar. Te estarás seduciendo a ti a la vez que seduces a otro. Yo lo hago, me pone muchísimo. Si miras unas páginas más adelante en el libro de Kundera, verás a lo que me refiero: mi cuerpo reluce cuando está superpuesto con otro. No deseo tanto el cuerpo del extraño como el mío propio cuando está con ese extraño. Parece, incluso, que no soy yo. Parece que me veo desde el otro. Hay un juego de distancias conmigo misma y con el otro que excita más desmesuradamente cuanto más al límite se pone al cuerpo. ¿Hace falta saber de amor? ¿Hace falta anteponer lo metafísico a lo físico?
‒A mí me cuesta ver que tu cuerpo perfecto no sea todo alma, todo vida, todo idea ‒hizo una pausa y añadió‒: ¿Cómo puedo agradecerte todo esto?
‒Escríbeme un poema tuyo. Si me gusta, te invito a que me invites a un café ‒dijo ella, con su sonrisa de Afrodita, desde el otro lado del mundo‒. Pero antes, sé libre y haz lo que tengas que hacer con Teresa. A las tías libertinas no nos pone nada un tío con ataduras. Ataduras de ese tipo, no de las de sentido literal, que sí me ponen.
‒¿Cómo es posible que con toda esa liviandad, máscaras, poliamor y esas… cosas liberales una mujer como tú no acepte a alguien con pareja?
‒Te lo explicaré, ya que pareces nuevo. Es la paradoja de la poligamia. Igual a los hombres que sólo buscan el vil acto físico les da igual, pero a las mujeres no nos gusta que nos tomen el pelo. No puede haber otra, aunque haya otra. Si estuvieras casado, yo me acostaría contigo gustosamente si me haces ver que la que te importa soy yo, al menos en el momento de estar juntos. ¿No te gusta Pedro Salinas? ¿Crees que a Katherine Whitmore, su amante, la mareaba con lo que sentía por su mujer?
‒¿De modo que hay que mentir? ‒dijo él.
‒No es mentir. Es dar a cada cual lo suyo. Búscate amantes, si te apetece. Deja o no dejes del todo a Teresa, si crees que te aporta algo. Pero valora a cada una y valórate a ti. Incluso si no estás con nadie. No hagas sufrir a nadie con tus propias inseguridades. Aprende a volar y vuela. Haz la música del mundo para la cual has nacido. Ama tu ritmo.
‒…y ritma tus acciones ‒Heliodante empezaba a repetir el soneto de Rubén Darío como un mantra. ‒Eso es un nuevo comienzo contigo. Así empezamos a hablar, ¿recuerdas?

Con mucha atención debió mi amigo leer Niebla de Unamuno, porque ahí dice, en el capítulo 5: “Toda ley es una ley de ritmo, y el ritmo es el amor. […] la expresión sensible del amor es la música”.

‒Sí, cuando iba bien la cosa ‒ironizó ella.
‒Te miro como miro a la luna. No sé si te amo; da igual. Te deseo, como puedo desear a otras, pero esta noche es para ti. Esta noche y todas las noches que quieras venir a mi sueño, Selene.
‒Vendré a verte siempre que sueñes, Endimión.

Heliodoro Peces contemplaba una vez más las bellas, excelsas imágenes de la señorita Kundera en Twitter, con las suaves curvas de su cuerpo, ya fuera entre las sábanas de su cama, tras las cortinas de su ventana o en la penumbra. Leía las últimas sensuales obscenidades que escribía, siempre con humor y con estilo. Al llegar a otra foto donde se la veía vagamente reflejada en el espejo de su dormitorio, Heliodoro recordó otro poema de Pedro Salinas, titulado “Las ninfas”, donde se describía una ninfa sumergiéndose desnuda en las aguas de un río, contrastando su cuerpo real con su reflejo y, relativo a tal, unos versos decían:

¿Qué ninfa va a elegir, la de la orilla,
o la otra, eterna?

***

Aquí concluye el documento que me ha enviado mi anónimo amigo, a quien pasaré factura por varias osadías que me han resultado embarazosas, como atribuirse la capacidad de escribir y entender de poemas, leer y citar mis propios libros y hasta atribuir a su personaje rasgos psicológicos míos, no suyos. Me guardo explicar a los lectores las osadas coincidencias, pues, sin duda, todo esto es una broma de un amigo mío jugando a ser escritor.

"Selene y Endimión", Ubaldo Gandolfi, hacia 1770.



domingo, 8 de marzo de 2020

La mejor muñeca del universo

Cuando mi amigo cuyo nombre oculta con el pseudónimo de Helidoro me envió este escrito, en una nota previa advertía que no debería publicarse, sino escribirse en un cuaderno, a pluma o bolígrafo, como un valioso objeto artesanal, pero, sobre todo, personal. Se publica porque ha intentado darle valor literario y yo mismo le he empujado a sacarlo a la luz. Este tipo de cosas se tienen que dar a conocer un tiempo después, porque en este formato —unas memorias— el texto parece que necesita cierta maceración, como el vino en barrica de roble, como las fotos en diapositivas guardadas en cajas, como cualquier cosa en un formato obsoleto. Los recuerdos son recuerdos porque han tenido un tiempo de fermentación, un proceso alquímico que los convierte en valiosos, donde ese valor es irremplazable por ser vistos por una especie de cristal único en la inmensidad de todo: esa figura cristalina de múltiples aristas que, al contrario del que descompone la luz, hace converger todos los rayos en uno que nos penetra el alma, y con el que a la vez irradiamos el mundo.

Así empieza a reflexionar Heliodoro, cuya voz de narrador antepondré a la mía, de manera que todo el narrador en tercera persona responde a lo que se llama “narrador referido”, pues seguirá casi permanentemente a este personaje. Solamente me permitiré glosar su voz cuando lo estime necesario, pues me ha dado licencia para ello.

El ejercicio personal de reflexión y memoria de Heliodoro trata de la mujer que más le amaba (o que más decididamente quería compartir su vida con él), a la que en este capítulo vamos a llamar Beth, segunda letra del alfabeto hebreo, que quiere decir ‘casa’, porque se le ofreció como algo o alguien a quien habitar. En ese momento lo que se proponía era saber qué les pasaba, buscando a través de la distancia -en su interior- qué había de sano y de enfermo en su imagen de ella, y reconstruirla si era verdad que la había ido destruyendo. Sin duda, el planteamiento de escribir sobre ella estaba motivado por ella, no siendo descartable que lo leyera Beth, aunque realmente esta disertación era para él y para el mundo. Trataba de buscar, mientras escribía, el maravilloso efecto de la recreación de ella en su interior. Los detractores de este proceso lo llaman “idealización de la amada”, con intención peyorativa. Pero estaba seguro de que Pedro Salinas, al hacer eso mismo con Katherine Whitmore, sabía lo que hacía. No quería perder esa idea a medida que avanzaba, porque era ahí adonde quería que confluyeran sus pensamientos sobre el significado de Beth.

Hacía algo más de dos años que se conocieron. Fue a través de una de esas aplicaciones del móvil, lo cual era ya bastante habitual. Pudo ser el año 2017, en octubre o noviembre. Ojalá el comienzo hubiera sido algo más memorable, aunque no había que restar belleza a las cervezas en el Económico, al primer beso, al paseo y a los demás besos en el metro. No había nada de malo en cómo empezó.

Pero Heliodoro o, mejor dicho, tanto él como ella eran dos ermitaños. Es posible que el parecido en su naturaleza fueran la causa y la razón de que no fuera todo bien, porque dicen que nos hace falta en el otro lo que no tengamos (Platón decía que el amor era hijo de Pecunia, la necesidad), pero también es inevitable que dos personas parecidas se encuentren, como insectos de la misma especie (tal vez Gregorio Samsa en La metamorfosis habría tenido una vida más llevadera así). Lo malo era que Heliodoro estaba aún en reparación; lo que venía a ser un estado de duelo por la ruptura de la relación anterior, unos meses antes.

La mujer anterior, una portuguesa con un largo contacto con la cultura brasileña, recién venida a Madrid, había supuesto para Heliodoro una de las más intensas experiencias emocionales, culturales y eróticas de su vida afectiva, en los tres años que duró. Ella, sin querer hacerle mal, se lo había hecho al tornarse muy independiente durante el último año juntos, y disfrutando en gran medida su tiempo sin él, rodeándose de amigos y haciendo planes en los que él no entraba. En realidad, no había nada malo en ello; era él quien debía haber buscado sus propias actividades con sus amigos, pero prefirió culparla de excluirlo de su vida, haciéndose la víctima. Ella no lo necesitaba, pero ¿hay que necesitarse? Quizá en cierto grado. ¿Hasta qué punto? En aquel momento no se hacía estas preguntas, sino que se llenaba de rabia y desprecio a su estilo de vida, lo cual era síntoma de una patología. Hacía tiempo que había dejado de juzgar a otros, o lo hacía cada vez menos. Eso de creer saber lo que estaba bien y lo que estaba mal, y decirlo tratando de convencer o convencerse, era una enfermedad de impotentes que miran por su propio interés en un momento dado. Con igual virulencia podían defender otra idea en otro momento. Tal es el caso de mi amigo Heliodoro, que apenas sabe defender sus ideas porque creo que no tiene ideas propias.

El caso es que le había dejado otra mujer. A cada uno le afectaría de una manera ese condicionante de haber salido de una relación intensa. A él le hizo insensible, al ser la tercera separación de importancia en su cuenta, cosa que sufriría Beth permanentemente. Además, al quedarse escaldado por vivencias anteriores, Heliodoro se hacía práctico, lo cual se contraponía a algo muy importante en el amor, que es el impulso. El amor, o el deseo, que es lo que debe guiar y conducir al amor, no podía ser frío, ni algo apagado, ni nada práctico. Aquel golpe instintivo de atracción debería ser, si no gigantesco, sí considerable: que se le acelere a uno el corazón, que le tiemblen las piernas, que se detenga el tiempo. Pero eso ya no pasaba.

(Me permito hacer otra glosa a la narración de mi amigo: “Beth” me recuerda también a la palabra en latín betula, que significa ‘abedul’. Ese árbol, según un antiguo profesor mío, era sagrado en la cultura rusa y se asociaba con la mujer, por su corteza blanca y suave, su flexibilidad y su belleza. Además, crece junto a los ríos, que simbolizan la satisfacción amorosa… Ese árbol debió temblar, mecerse con el viento y gozar con la cercanía del agua, temblar de alegría, como “El muerto” de José Hierro.)

Nada de eso le pasó. En aquel momento, no supo si alegrarse o caer en el nihilismo una vez más. Se alegraba de la ausencia de inseguridad, del relativo control de la situación. Pero le entristecía la ausencia de una emoción mayor. Echaba de menos volar. Lo que pasaba era bueno, era sensato, era lo que quería en cierto modo, pero la parte de sí que debía ilusionarse al máximo estaba adormecida, incluso aburrida, de tanta historia repetida. Sabía que iba a acabar desde el momento en que empezó. Tal vez fueran meses, o dos, tres o cuatro años, daba igual. El caso es que acabaría.

No obstante, otra parte de él le dijo a ella, a Beth, en algún momento de aquellos inicios:

‒ Eres la mujer perfecta para mí.

Era su compañera en todo lo que quería, en todo lo que era consciente racionalmente. Lo acompañaría en el estudio de las oposiciones, no le iba a generar inquietud (como le causaron los celos con la anterior), le daría seguridad con su constancia. Iba a dejar que se convirtiera en heliotropo, en girasol, como Clitia. No sabía si eso era bueno para él, pero siempre había querido emular a Apolo, intentando distinguirse, vanamente, por la cultura y las artes. De hecho, ella lo llamaba, y quizá lo seguía llamando en el momento en que estaba escribiendo esto, “Sol”. Más tarde se daría cuenta de su error al haber elegido esa máscara, que no era él.

Beth siempre estaba. Siempre respondía. Habían pasado más de dos años de rutina de verse los fines de semana, en vacaciones y cuando se podía, grabándose en el cuerpo y en la mente su costumbre, su ya más que conocida presencia. Nunca había temblado de alegría con ella, como en el poema de José Hierro, o no más que con otras; por eso, a pesar de lo seguro, de la firmeza de ella, todo estuvo colgado de un hilo.

Pero era por él, colgaba de un hilo por él. Ella era un cable de acero. Era el Castillo de amor de Jorge Manrique: “El muro tiene de amor, / las almenas de lealtad…”, ella era como Tatiana en Eugenio Oneguin, como la Pobre Liza de Karamzín, como doña Inés en Don Juan Tenorio, como toda representación de la firmeza y la constancia, mientras que Heliodoro era todo lo contrario, aunque hubiera interesadamente aprovechado su compañía para realizar viajes y su memoria para depositar en ella sus recuerdos. ¿Quién parasitaba a quién? ¿La que ofrecía su servicio y lealtad para todo, como un caballero medieval, pero angustiosamente temerosa de que su señor feudal la abandonase? ¿El que se servía de su compañía para no estar solo porque no encontraba nada mejor?

Un buen amigo, al que graciosamente Heliodoro llamaba “Luminoso”, poco tiempo antes, cuando le contó que alguien lo sentenciaba como “mala persona”, éste lo corroboró con toda sinceridad, pero, como amigo que era, no hizo mella en ello, sino que, con buena intención didáctica y gran ironía, le dijo algo así:

‒…y yo te voy a apreciar igual, pero sí que eres mala persona en eso, como lo eres buena en muchas otras cosas. Ahora bien, lo que tienes que hacer, si no quieres cambiar, es afrontarlo y admitirlo, poder decir que te ríes de ella, poder decir “soy un sinvergüenza” ‒escenificaba sonriendo, dándose un golpe en el pecho‒, que no la quieres y te da lo mismo. Hay gente así y no pasa nada…

Y Heliodoro pensaba: “Esto es algo que solemos pedir muchos ante la corrupción ajena: que se dejen de falacias, de tanta desvergonzada hipocresía. Pero es mucho más complicado pedírnoslo a nosotros mismos”.

Los dos amigos estaban de acuerdo en que vivimos, unos más que otros, enfangados en nuestras propias contradicciones. Pero nuestro protagonista no llegaba a tener la seguridad de Luminoso. Siempre había dudado de todo, al mismo tiempo que había defendido ideas (o ideales) a capa y espada. Había criticado a otros sin criticarse lo suficiente a sí mismo. Había buscado siempre lo perfecto, deseándolo con ansia, sin hacer nada útil para conseguirlo mientras se refugiaba en la cómoda mediocridad o, peor aún, en lo que Jesús G. Maestro, un famoso profesor, llamaba “el narcisismo del fracaso”. Y esa raíz se hundía hasta el infinito. El resultado era quejarse y apoyarse en los demás, succionando energía mediante la atención de otros, con su consuelo y los consejos que nunca seguía, siendo estos últimos, los consejos desestimados, causa de la decepción de esos amigos, lo que generaba distancia entre él y ellos.

Así, mientras pasaba el tiempo en una relación enferma, debía recurrir frecuentemente a los amigos que le hacían el favor de escucharlo y consolarlo a cambio de la superioridad de dar consejos, de gozar de la posición paternal, de expresar con más o menos falsedad lo bien que estaban ellos con sus parejas. Esto ocurría normalmente a través de conversaciones de Whatsapp, de llamadas de teléfono y de alguna quedada en persona, como la de Luminoso, que fue la última vez que se vieron. Triste era la escasa capacidad de Helidoro de tratar con amigos: al notarse que no tenía nada que ofrecer, sino desahogarse hablando de su mierda de relación, Luminoso se apagó y no se volvieron a ver.

Tanta exposición autocrítica, cuando la contaba y la reconocía nuestro personaje, rozaba el ridículo, cosa que no gustaba que hiciera a sus verdaderos amigos o su familia. Pero, curiosamente, aquella distancia causada por el rechazo a un personaje demasiado intimista y autolesivo lo acercaba a ser algo que en el fondo quería para distanciarse de sí, como un actor, al ser toda aquella absurdez limítrofe con la ficción o reprobable si fuera real, con lo que también quedaba desterrada de la realidad. Y es que era eso, cínicamente, lo que pretendía hacer al final con su vida: hacer literatura, ser un personaje literario. Sus propias experiencias, aquí exhibidas, tan subjetivamente expuestas y probablemente teñidas de drama, se diluirían entre la realidad y la ficción. Y esto, anoto yo, el editor, es lo que se llama metaficción, porque da igual lo que se finja más real o más ficticio aquí, ya que todo lo que se lee en estas páginas es lo que se conoce como diégesis, es un despliegue de acontecimientos, de personajes, de pensamientos, de enunciados todos ellos ficticios.

***

El personaje de ficción que quedará acuñado aquí, el que en vano intentarán psicoanalizar como en vano lo hacen con don Quijote ‒porque un personaje de una novela no puede asistir a psicoterapia ni hay manera de certificar todo lo que dice‒ había permanecido dos años y cuatro meses con una mujer que no amaba. Entonces, ante tan sorprendente hecho real, cabe preguntarse: ¿por qué hace eso? ¿Qué alma retorcida tiene para hacer sufrir así a alguien y sufrir él mismo? ¿Qué demonio le posee, si queremos expresarlo así?

Quizá no fuera uno, sino unos cuantos. Uno de ellos era la seguridad, que construía muros a su alrededor para evitar peligros, pero limitando la visión y la experiencia; otro, relacionado, era la comodidad, quizá también revestida de pereza, porque se construía un catre donde yacer ‒en todos los sentidos, incluso el del sueño eterno‒, pero que catre era, a fin de cuentas; otro demonio quizá fuera una especie de lujuria, el apetito ciego (no sólo carnal, a veces también codicia de cualquier cosa apetecible) que se anteponía a otros valores racionales (gozar es racional, pero hacerlo sin afrontar las consecuencias se aleja de la razón) que corrompía todo lo que pisaba, que dejaba tierra quemada a sus espaldas, minando amistades, terminando la comunicación con conocidos o amigos, imposibilitando la amistad con el sexo opuesto, como ya le habían dicho varias personas: “Tú no puedes tener amigas”. Bastantes años después pudo dejar esta actitud atrás y conservar valiosas amistades femeninas, pero, por entonces, por esos años 2017 y 2018, todavía tendía a una infausta libidinosidad, desde el punto de vista más severo, o a un lúdico coqueteo, desde el más benévolo.

Lo trágico, porque “trágico” es lo irremediable, era que Beth lo sabía todo y aun así quiso seguir con él, con la esperanza de que cambiase. Heliodoro se decía siempre que ella era buena, que le abrigaba su constancia en su forma de amar, en su devoción por él, en que lo animase a mejorar estudiando, escribiendo, dibujando, haciendo ejercicio, teniendo amistades sanas, pero, en toda su bondad, como persona insegura que era (igual que él, pero en otro sentido), escondía también su propio demonio, que era su ansia de poseerlo y no dejarlo ir. Como le quería explicar a Luminoso:

‒En la última casa rural a la que fuimos ‒le contaba a su colega‒ ocurrió algo que ya había pasado muchas otras veces y que vas a entender enseguida. El día anterior, en una excursión, nos adelantó por el camino una pareja y la chica estaba muy buena, y la miré pasar. Iba con su novio, claro está, con quien reía animosamente.

‒Claro, que tenga novio no quita para que esté buena, ni que tengas ojos para verla ‒comentó el amigo.

‒Al día siguiente, coincidimos con ellos en el desayuno mientras yo les contaba a los dueños de la casa que hubo un momento en que perdimos el camino, cosa que también le pasó a la otra pareja. En esto, la chica intervino en la conversación, hablando conmigo, muy sonriente y amable, lo que a mí me agradó mucho. El novio estaba ahí, sin molestarse y desayunando tranquilo… Sin embargo, cuando acabamos de hablar y seguí desayunando con mi novia, ésta tenía una terrible cara de pocos amigos, como siempre para hacerme sentir culpable, o arrastrarme hacia ella mostrando su malestar…

‒No es una mosquita muerta ella tampoco. Eso se llama manipular. Ella lo que quiere es poseerte. Así que tanto que dices que es muy buena, cuando no es tan buena… ‒razonó Luminoso, que siempre había sido rápido de pensamiento y de juicio.

Sus celos siempre le ponían furioso. Él a veces quería justificar que no había ningún peligro en mirar a otra mujer o en hablar con ella, que incluso le venía bien porque le hacía más feliz y de ese modo también lo era con ella, pero Beth sabía que sus intenciones nunca eran inocentes porque siempre pretendía intentar algo o, en un hipotético universo paralelo no se negaría a ese algo si se le ofreciese. Era cierto. Sus amigos o conocidos más severos se echaban las manos a la cabeza cuando él admitía esto y que aun así no dejaría a su novia. Muchos, muchas, lo quemarían en la hoguera por eso. El lector o lectora puede ya haber dejado de leer o se estará resarciendo en el asco hacia nuestro personaje.

Pero, como decía otra mujer de su vida, la justicia nunca la administramos igual con los demás que con nosotros mismos. Tendemos a ser indulgentes con nosotros, porque lo vemos con motivos mucho más evidentes, que nos afectan mucho más y, en definitiva, porque vemos desde dentro lo que pasa. No hay que remitirlo tanto al egoísmo, sobre todo en esta cuestión moral, no ética. Ojalá la justicia se hiciera así de a medida, donde el castigo fuera igual de aceptable desde fuera que desde dentro, porque no hay castigo mejor que el que admitimos convencidos de que es consecuente a nuestro acto. Y ya no es un castigo, sino un precio a pagar que habíamos olvidado o querido evitar. Una obligación subsecuente, la consecuencia inevitable del mundo real.

Largamente había disertado Heliodoro sobre esto, sin llegar a nada. El mundo era predominantemente monógamo, pues debía serlo para que hubiera parejas estables que dieran hijos, con una familia que les diese sustento y educación y así formar una sociedad organizada y un Estado. La gente bígama o polígama no puede competir en la crianza de hijos con la familia tradicional, mucho más productiva. A ello se sumaba la naturaleza, pues la hembra siempre tiende a atraer y retener el macho que la haya ganado o que ella haya elegido, para garantizar su supervivencia y la de su prole. Conservan en su instinto el riesgo de preñarse y quedarse solas con las crías, pudiendo fallecer ellas y los cachorros. También que el macho sea débil y sea expulsado de la manada, con el que ellas también quedarían vulnerables. Pero la fuerza de la monogamia tiene otra raíz que no es ninguno de estos principios fisiológicos, sino de milenios de ética y de moral en el desarrollo de la sociedad, en un uso de la razón que ha tratado de gestionar las emociones mediante normas morales o leyes dictadas y aplicadas por la justicia. Se basa en la ilusión que uno alienta al estar enamorado de alguien, sea mucho o poco tiempo. La ilusión puede romperse con el desengaño; un desengaño que es siempre doloroso, al descubrir, valga la derivación, el engaño. Cuando una persona vive en la felicidad de su ilusión y se la arrebatan, choca con la realidad, que es una realidad distinta a la que creía. La moral y la justicia han querido sancionar ese doloroso choque con lo que uno no desea comprobar, imponiendo que no se debe hacer eso a los demás, de igual modo que a alguien no le gustaría que se lo hicieran. No solamente se trata de arruinársele las emociones más valiosas, sino también del tiempo, pensamientos, palabras y acciones invertidos en esa persona que ha resultado ser un fraude, al no ser seguro o estar compartido con más personas. No digamos si además ese fraude es la causa de pérdidas materiales, si el infractor o infractora ha hecho uso individual de bienes de su pareja.

Todo eso es reprobable, triste y lamentable. Todavía quedaría la cuestión de que alguien, queriendo hacer un bien para sí y no dañar a su pareja, tomara todas las precauciones para que no se supiera, obedeciendo al refrán de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Se puede obrar así toda la vida, si los amantes están conformes, sin aspirar a más, y la persona engañada vive felizmente en la ignorancia. Eso es tan antiguo como el empleo más antiguo del mundo. La indulgencia ante tal caso está en preservar así un matrimonio, tal vez con niños, de cara a la sociedad, a la vez que existe la emoción de una vida secreta. Pero esto, para otras muchas personas, es una ofensa y una humillación inconcebibles por el hecho de hacerlo “a las espaldas” de alguien (Heliodoro recordaba las palabras concretas de una), cosa que no puede ser de otra forma, porque “de cara” no sería posible o no sería un engaño. Aluden a la falta de respeto por hacer tal cosa.

Pero a Heliodoro esta motivación le parecía ególatra y victimista. ¿Por qué mezclar el respeto, término arisco y belicoso, con la rotura de la ilusión y de las esperanzas? Esto conducía a lo más rancio del Antiguo Régimen: el concepto de honra, la imagen pública, la reputación, ser un cornudo o una cornuda y que la gente lo supiera. “Es una falta de respeto” era equivalente a “es una deshonra”, lo cual tenía más que ver con la apariencia ante la sociedad que con los sentimientos verdaderos e íntimos. Algo similar era Vito Corleone diciéndole a uno de sus empleados, al principio de la primera película, con su voz susurrante desde la garganta, aquello de “No me tienes ningún respeto”, por haberle desobedecido o tenido tratos con otras familias. Y lo manda ejecutar. El respeto suele tener bastante que ver con desobedecer o comportarse de manera que disgusta a alguien que tiene autoridad sobre el otro, cosa que suele ocurrir en las relaciones de pareja. O eso era lo que pensaba nuestro personaje, más o menos desviado de la moral establecida.

La cuestión que nos atañe es por qué el personaje narrador de estas reflexiones permaneció tanto tiempo con alguien que no amaba realmente, porque lo saludable en una relación amorosa es que, si no siempre, que al menos haya etapas en las que no exista otra mujer que la que se tiene, sin ojos para más. Y si destellara por ahí otra, en una balanza se contrapusiera a la propia y el resultado fuera que la tentación sale desfavorecida, por entrar también en juego la máquina de trabajos y mentiras que habría que realizar, con lo que se diría uno: “no merece la pena”.

En esa balanza que se plantean los potenciales infieles, como nuestro infausto personaje, a veces se da el caso de que sí, que vale la pena intentarlo. En varias ocasiones en que se lo planteó, el concepto que tenía Heliodoro de Beth había salido ligeramente desfavorecido. Era un hecho. Como también lo era el hecho de no poder o no saber dejarla. ¿Cómo era posible? ¿Qué clase de cobarde o de inútil era? ¿Tanto le afectó aquella vez en que quiso dejarla y ella no le dejó dejarla? Cabe preguntárselo una y otra vez, debe preguntárselo el fiscal, el acusado, el testigo, el jurado entero, como interrogaron a Raskólnikov y a Dimitri Karamázov.

Como se verá, un factor determinante quizá se encuentre en la mejor muñeca del universo.

***

De todas las atracciones que le generaban pasión por lo inútil, una de ellas, propia de la juventud, fueron ciertos muñecos y peluches. También los jarrones, que nunca supo utilizar para nada; los juegos de cartas o de mesa, con los que no podía jugar con nadie, etc. Pero los peluches significativos tenían un gran atractivo para él, porque, en su desgracia, a todo le daba valor simbólico. Una vez, estando con Beth en la fabulosa exposición de tapices en La Granja de San Ildefonso, tras ver las escenas con tantas y tan variadas alegorías, se admiró con la de la Fama cabalgando un elefante. Poco tiempo después, no pudo evitar comprarse en Ikea un pequeño peluche de un elefante. Aunque también podría acumular figuras o muñecos, que también le encantaban, los peluches se ofrecen al tacto, se pueden tocar, suelen ser suaves y así se vinculan con uno a través de más sentidos, donde ese contacto que radica en la infancia o lo materno estrecha el lazo y fortalece el símbolo.

Recordaba que una vez, tal vez con once años, al tener que pasar el día en casa de su bisabuela, se llevó entre otras cosas un peluche de una marmota, oculto en una bolsa de plástico, que tenía como recuerdo muy querido de un viaje a los Alpes poco antes, el año 1991. Ese muñeco también le era muy apreciado por la fascinación que le producían las marmotas de verdad cuando las veía en las montañas. Pero allí con su bisabuela, como todos los veranos, estaban sus tíos de Francia, que lo querían bien, y fue su tío Ángel el que le reprochó la compañía de tan infantil juguete:

‒¿Vienes con tu “nunús”? ¿Tan mayor y con “nunús”? ‒dijo, con gesto de desaprobación. La palabra, por cierto, es nounours.

Muchos años después pensaría en qué parecidos somos a cómo éramos de niños o de adolescentes. La manera de decidir las cosas, de sentir la duda, el miedo, la ilusión, la responsabilidad o la culpa es la misma. El “sistema operativo” de nuestra psique es el mismo toda la vida. Por eso las mujeres que nos rechazaron en la juventud nos seguirán rechazando en la madurez, porque saben lo que somos. Así, al prepararse aquel Heliodoro de trece o catorce años para pasar varias horas en casa de su bisabuela, eligió los objetos que más le atraían, como la marmota, aunque luego no supiese qué hacer con ella. Muchos años después, en sus viajes, llevaría en su equipaje otros objetos igual de inútiles, de valor emocional, pero propios de su vida adulta.

De modo que el excéntrico personaje del que estamos hablando, entre sus muchas rarezas, tenía una que consistía en conservar objetos infantiles. No era tan raro si entendemos el valor de la nostalgia de la niñez. Y lo que nos atañe ahora es que, casualmente, a Beth también le gustaban, y conservaría alguno de no ser por su tormentosa infancia, triste y lamentable, con un padre que abandonó a su mujer e hijos y una madre paranoica que se negaba a trabajar. Lo que más habría deseado ella habría sido un hogar y unos padres estables, con regalos, juguetes, amigos, viajes en familia. Pero no tenía nada de todo aquello, sólo algunos libros y adornos en su pequeño piso alquilado de Vallecas. Lo más valioso que tenía era un peluche de verdad: una gata inteligente y curiosa, de marcada personalidad y ocasionalmente cariñosa. Cuando llegaba casa, la gata ya maullaba antes de que abriera la puerta. Su manera de mostrar cariño al recibirla era tumbarse de espaldas en el suelo y frotarse el lomo en él, invitando a que le tocase la tripa, y era también el único momento en que se dejaba coger y abrazar sin dificultad, mientras la peluda ronroneaba y entornaba los ojos. Siempre había sido de las imágenes más tiernas que tenía Heliodoro de ella. De ellas dos.

En otro orden de cosas, pero también como dato previo necesario para lo que va a venir después, a ella y a él les fascinaban las viejas iglesias y los monasterios, como amantes del arte que eran. La monumental arquitectura de una iglesia románica o gótica, que respira siglos de existencia, ennoblecida por su antigüedad y por albergar lo sagrado, aunque fueran los dos ateos, los sumían en una deleitosa contemplación donde, además, absorbían información estudiando los detalles de su construcción, sus bóvedas, nervios, capiteles, relieves, incluso adquiriendo las entradas con guía, ya fuera humano o con el aparato de escuchar audios.

Tenían demasiado en común, salvo lo más importante para mantener viva una relación amorosa.

La misma devoción compartida experimentaban con los monasterios, magníficos edificios organizados en torno a ese ancho corazón que es el claustro, donde uno parece transportarse a una época remota conversando apaciblemente con algún sabio monje en ese amplio cuadrilátero que tanta paz produce. Pensaba Heliodoro cuánto se deleita uno con obras de arte, como en El Paular, en Rascafría, con tantas y tan magníficas pinturas de Carducho, o las escenas de San Millán en el Monasterio de Yuso, o las esculturas (por desgracia, muchas semidestruidas) en Nájera, y todo tipo de maravillas en muchos otros, pero ninguna como la perfección de Santo Domingo de Silos, cumbre del arte románico. Ella, su entonces compañera, fue testigo de la emoción que le produjo ver y entender aquello gracias a las certeras explicaciones del guía, a quien fue a dar tan efusivamente las gracias, al finalizar el recorrido, que se hizo amigo suyo y estableció contacto con él hasta el día de hoy.

Pero, además, lo que tienen algunos monasterios es que siguen vivos, porque en ellos “oran y laboran” todavía, tras largos siglos, hombres o mujeres que cumplen una noble misión: velar por un recinto sagrado cumpliendo unas normas, guardándolo y guardándose a sí mismos. Los monjes y las monjas le conmovían por esas dos cosas: habitaban en lo sagrado y se acogían a una disciplina. En un tono nostálgico de algunas tradiciones, como el marqués de Bradomín, pensaba Heliodoro que entonces ya no se valoraba lo suficiente lo pasado, la cultura de nuestros ancestros, el arte religioso, el catolicismo (que nada más se entendía como rancio conservadurismo o arma ideológica de la derecha), razón por la cual que hubiera todavía monjes que madrugasen, rezasen, estudiasen, se privasen de lujos y de vicios (los monjes de verdad), que explicaran obras de arte y que cantaran cantos gregorianos le parecía no sólo maravilloso, sino una verdadera forma de rebeldía ante un mundo sin obediencia a nada salvo al comercio, individualista, egoísta y soberbio en su ignorancia y su extravío. Eran reliquias, fósiles vivos. Había que protegerlos, apoyarlos y evitar que cambiasen.

En Silos compró un librito para turistas de la Regla de los monjes benedictinos. En Yuso se identificó graciosamente con San Millán representado en su cama, bajo la cual salían llamas y demonios, que el santo supo expulsar. En el salón de su casa colgaba una copia de Fray Hortensio Paravicino del Greco, monje poeta amigo del pintor, que además pertenecía a la Orden de los Trinitarios, la misma que se ocupó de rescatar a Cervantes del cautiverio de Argel y que por ello significaba mucho para Heliodoro, por su vocación por las letras, la historia y por sentirse él como un cautivo esperando la liberación.

En todo esto le acompañaba Beth y le seguía en sus cavilaciones. Entendía que era a lo que aspiraba, no a ser monje real, sino a lograr un sesgo de nobleza de espíritu, habitando en lo sagrado para sí, y guiándose en la vida mediante una disciplina personal sólida, sabia, como lo era para los de Silos la Regla de San Benito, “ora et labora”.

Pero ella, realmente, no necesitaba desear eso, porque ya lo había conseguido. Ella era, en el fondo de su ser, una monja. O estaba mucho más cerca de serlo que él un monje.

Velaba por lo sagrado y se imponía una disciplina. Lo sagrado era el amor a él, a Heliodoro, quien era el templo donde mostraba su absoluta devoción, con una fuerza y una fe infatigables. ¡Quién pudiera querer así! La disciplina era la de regular su actividad diaria con la precisión de un reloj: anotaba en su pizarra de la cocina y en post-its todo lo que tenía que hacer que, a diferencia de él, cumplía. Esa disciplina era una respuesta a la eficacia de la sagrada divinidad que se le había mostrado a ella. La obediencia a unas normas, para ella, garantizaba el fulgor de un amor que no se apagaría, siendo este amor su dios. Como decía la Regla de San Benito, en el apartado “Obedecer sin murmurar”: “[…] pues la obediencia que se tributa a los superiores se tributa a Dios, como dijo Él: Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha”. Y ahí estaba lo tenebroso: “si yo te escucho, tú me escuchas”, “si yo hago todo esto, tú también”.

Era como si una virgen vestal cumpliese religiosamente (nunca mejor dicho) con la obligación de alimentar el fuego sagrado del templo, cuidando las brasas y echando leña. No se podía apagar. Si se apagase… ¡Qué haría si se apagase! Es más, el fuego tenía que ser poderoso, como el que ardía en el pecho de la fanática de Apolo. No en vano al principio le llamaba “Sol”. Pero ese fuego no quería arder y se iba apagando, porque quizá el dios no quería mostrarse, o tal vez no era el verdadero Apolo el espíritu que allí moraba.

Así debía ser la novicia de Don Juan Tenorio, inquebrantable, capaz de amarle hasta la muerte y más allá de la muerte, comprometida ante Dios en estar con él cuando expirase, y llevarlo, si se arrepentía de sus tropelías, al reino de los cielos. Pero también la mismísima Santa Teresa de Jesús vivía en ella, como quien ama tanto que se olvida de sí misma (Vivo sin vivir en mí…), reformando conventos con el austero estilo castellano y entrando en éxtasis al entrar en contacto con su Dios. Sor Juana Inés de la Cruz también estaba ahí, enfrentada a algunos hombres de su época y también a mujeres envidiosas o de ideas contrarias, en un entorno difícil, pero de su elección, por parapetarse en el grupo, en el intocable gremio clerical. Desde ahí, sor Juana esgrimía una moral y una disciplina notables a través de sus obras: en su célebre poema Hombres necios que acusáis… atacaba a los donjuanes y a todo desviado amoroso defendiendo un amor igual de comprometido, íntegro y exigente por ambas partes. Ella oponía su irrompible amor a las tentaciones y devaneos de los hombres volubles:

¿Pues cómo ha de estar templada

la que vuestro amor pretende,

si la que es ingrata ofende

y la que es fácil enfada?

 

“La que es fácil enfada” por la exigencia de lo mismo que da, su entrega, su perseverancia, constancia y disciplina. Si ella no mira a hombres guapos, su hombre no debe mirar a mujeres guapas. Si ella está siempre pendiente de él, él debe estarlo también de ella. No deja de resonar otra Juana, la Loca, Juana de Castilla, sufriendo el tormento de aquel Felipe el Hermoso. ¡Qué puro y elevado amor, qué elogiable y qué detestable le había llegado a parecer a Heliodoro, aunque comprendiera que era lo correcto! La Regla de los monjes, otra vez. Decía el epígrafe “Dios te vigila”: “En cuanto a los deseos de la carne, creamos que Dios siempre está presente, como dice el profeta al Señor: Todas mis ansias están en tu presencia”. Y así, a semejanza de Dios, los monjes se vigilaban los unos a los otros y a sí mismos. Todas estas normas las rechazaba, claro está, pero, en el fondo de su ser, las deseaba acoger vergonzosamente, con manos temblorosas, como si fuera un bien que no merecía.

Este otro poema de sor Juana Inés, la monja de Nueva España se muestra como una maestra en la ciencia del amor y de los celos:

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,

como en tu rostro y en tus acciones vía

que con palabras no te persuadía,

que el corazón me vieses deseaba;

 

y Amor, que mis intentos ayudaba,

venció lo que imposible parecía,

pues entre el llanto que el dolor vertía,

el corazón deshecho destilaba.

 

Baste ya de rigores, mi bien, baste,

no te atormenten más celos tiranos,

ni el vil recelo tu quietud contraste

 

con sombras necias, con indicios vanos:

pues ya en líquido humor viste y tocaste

mi corazón deshecho entre tus manos.

 

Era entonces Helidoro el que se identificaba con la voz de la autora, pero sin saber disuadir a la inquisición de los “celos tiranos” de ella, cuando sospechaba de él cualquier cosa. No tenía un corazón que mostrar, aparte de no saber tampoco persuadir con palabras. Ni tampoco el corazón deshecho de Beth iba a lograr disipar la sombra de posesión y amenaza de ella, cada vez más alargada.

***

Ha llegado el momento de hablar de la muñeca. Con todo esto tan interiorizado, con la compartida pasión por los conventos, con la cómplice ternura que a ambos les inspiraba ver monjas en oración, o la elevación de los cantos gregorianos de los monjes de Silos, para intentar atenuar la crisis de pareja, se fueron de viaje a Ávila. La intención de Heliodoro era, absurdamente, realizar con ella planes agradables por si pudieran pasarlo bien y así revitalizar la relación, o bien que quedara algún buen recuerdo para cuando finalizase. En su fuero interno pensaba: “Éste puede ser el último viaje”. Aunque luego habría otro, otro, y bastantes más.

Allí en Ávila quiso repetir algunas amables experiencias que había tenido diez años antes, cuando era muy joven, con su primera novia: pasear por la ciudad, por las murallas y, sobre todo, entrar en la catedral y ver la escultura del Tostado, el célebre clérigo que se quedó ciego de tanto escribir.

En todo ese tiempo la vieja ciudad castellana había cambiado mucho ‒notó gran cantidad de gente, coches y una sensación de ajeno en todo‒, pero permanecía en lo esencial. Su principal sentimiento era la pena, motivada por sus dudas hacia Beth, que siempre lo reconcomían. Quizá por eso, tanto en esa ciudad como en otros momentos de su relación con ella, se le habían quedado grabadas las miradas de otras mujeres que parecían decirle “existimos, hay más mundo” que cruzó inmoralmente estando ella a su lado. Eran miradas enigmáticas, que hacían galopar el corazón, como aquella que se cruzaron subiendo el Peñalara y que decía, con los ojos clavados en los de él, sin mover los labios:

‒Soy otro mundo posible. Otra posibilidad de vida.

Pero allí, recorriendo las calles de Ávila, visitando la catedral, la iglesia de San Vicente y todas sus vetustas maravillas, no se daba ese desarraigo ni señales de tener que separarse, salvo en el desliz que cometió Heliodoro al cometer el conocido error de confundir a su pareja, a Beth, con un amigo al que poder contar todo lo que recordaba y sentía:

‒Qué bien lo pasé aquel día con ella… Vinimos en tren para no tener que conducir y poder beber, nos comimos unos chuletones y nos pillamos una buena tajada con vino tinto… Y por esa pradera, al pie de la muralla, la cogí en brazos y la llevé en volandas hasta que nos tiramos en la hierba, rodando juntos…

Enseguida notó que el semblante de Beth se había endurecido, con la boca firmemente cerrada y un halo irritante que despedía sin decir palabra. Esa forma de ataque de ella le encolerizaba a él, pero supo aquella vez digerirlo y más o menos disculparse por hablar de aquella chica de la que no había vuelto a saber desde hacía diez años.

Hubo algo increíble que supuso un destello para los dos. Fue que después de cenar en un restaurante medio barato, en una de esas terrazas cerradas con plástico y caldeadas con modernas estufas de butano, de bellos fuegos azulados, quisieron de postre unas yemas de Santa Teresa. Como era de esperar, en ese bar no tenían, así que exploraron a esas horas de la noche por si otro bar más selecto las tuviera. Pero no fue un bar lo que los colmó de ilusión, sino una tienda especializada en yemas, iluminada y abierta, ¡a más de las once de la noche!

Entraron y cogieron ansiosamente una típica cajita de doce unidades de un montón que había. Pero, mirando un poco, mientras esperaban a otra pareja que estaba terminando de pagar, Heliodoro vio algo que le atrajo con un deseo si cabe más irrefrenable aún que al coger las yemas: una preciosa muñeca de tela de una monjita, supuestamente Santa Teresa. Sólo había una, pero la cogió con cuidado y preguntó ilusionado por ella a las dependientas. Notó que habrían querido decirme que no, que era la de muestra, pero la alegría que tenían Beth y él debió conmover a las señoritas tras el mostrador, y le confirmaron el precio, que era asequible para ser una muñeca artesana.

Se la dio a Beth con la mayor inocencia y pureza de espíritu que hubo tenido nunca y, de hecho, fue el mejor regalo que jamás le había hecho a alguien. Ella misma, iluminada con sonrisas, exclamaba repetidamente:

‒¡Es la mejor muñeca del universo!

La criaturita vestía un hábito marrón, de bien cortados paños, que reflejaba la austeridad y sencillez que debía mostrar esa vestimenta. “Hábito” es además una palabra que tiene muchísimo que ver con monjes, por significar, además, ‘costumbre’, la mencionada disciplina que Heliodoro envidiaba y que no podía cumplir. Además, la monjita tenía las manos juntas, en acción de rezar, su cabecita cubierta con la cofia blanca y el escapulario negro, de amplias alas tan anchas como sus hombros, que le daba un aire muy simpático. Pero lo mejor de la cabeza era que tenía los ojos cerrados, la boquita roja y pequeña y la habían hecho de tal modo que no se sostenía, sino que caía blandamente hacia delante y hacia un lado, según la moviese uno, en actitud de humildad, mansedumbre y paz interior.

Nunca le había hecho un regalo tan adecuado a nadie. Esa muñeca sólo podía ser para una persona en el mundo: ella. Era una exageración, pero ella estaba realmente feliz y él, por tanto, también. Se le olvidaron temporalmente las dudas, el miedo a los severos juicios de su infidelidad y de su amor templado. Ella estaba con ella, su verdadera representación, su propio exvoto en otro mundo, que hacía que se hubiese comunicado con éste en un nexo fabuloso.

Era como si se hubiesen encontrado los tres. Ella, él y la mejor muñeca del universo.

Era la mejor porque resplandecía paz, una auténtica paz interior, paz profunda, con su cabecita ladeada y sus ojos cerrados. Él había visto monjas así, concentradas, en su morada interior, momentos antes de realizar sus oficios. También a los monjes de Silos cantando sus conmovedores cantos gregorianos, concentrados, muchos con los ojos cerrados, ajenos al molesto murmullo de la gente, los flashes de las fotos y los ruidos de teléfonos móviles. Son personas, quizá seres sobrenaturales, que han logrado esa valiosa paz interior que les permite concentrarse y habitar en lo sagrado.

Se comieron varias yemas de Santa Teresa en la cama del hostal, poco confortable y ruidoso, pero amable con la lograda calma entre los dos. Se sirvieron también un licor con dos vasitos que habían traído preparados para la ocasión, contemplando la prodigiosa muñeca de tela, con sus ojos cerrados y su tiernamente ladeada cabeza, sus manos juntas en plegaria, que parecía decir aquello de:

Nada te turbe,

nada te espante,

todo se pasa…

 

***

Por el tiempo en que mi amigo Heliodoro Peces me envió el texto que acabo de transcribir, estuvo ilocalizable, al menos para mí, durante varias semanas. Me dijo escuetamente en un mensaje que había conocido a alguien. No me quiso explicar quién, pero me dijo que era “una verdadera centaura”, y que fue el motivo por el que tuvo que apartar de sí, por un tiempo quizá, a Beth, a la que me pidió que, en los próximos escritos, la llamase Teresa.

Me encontré también en el buzón una cuartilla de folio manuscrita con su letra por una cara. En la otra cara se veía lo que era: un formulario para que padres de alumnos de su instituto -Heliodoro era profesor- los autorizasen a una excursión. Decía, por el lado de la fotocopia: “Haz que acabe así”. Y su texto era:

Ya no está Beth. La rechacé junto con su muñeca. Yo no he conseguido nunca esa paz ni la conseguiré. He andado con otra mujer que me ha rechazado con un severo ajusticiamiento: “no juegues conmigo”, “eres mala persona”, “no puedes tener amigas”. Dejo tierra quemada tras de mí.

Pienso qué hacer de ahora en adelante. Me dicen que me quite las máscaras. Debo ser otro para no cometer los mismos errores. Ni la fácil ni la ingrata. No debo engañar ni engañarme. Dicen que todos tenemos una “sombra”, de acuerdo con C. G. Jung, que no se puede reprimir ni rechazar. Si soy mala persona en esto, debo asumirlo y avanzar. Dicen que los que avanzan y no sufren tienen la sombra integrada.

Ahora hay que cerrar el cuaderno. Que el público decida si hay utilidad, valor artístico, didáctico o de algún tipo en este ensayo.

Monasterio de Suso, San Millán de la Cogolla. Foto del autor.




Monje en el Monasterio de Silos. Foto prestada del diario La Razón.






domingo, 1 de marzo de 2020

Cuaderno de excursiones



Domingo 1 de marzo de 2020. 
Refugio de Carriata, 10:50 de la mañana.

Está nevando y el silencio es absoluto, salvo por el susurro de las gotas de agua cayendo del alero de la caseta sobre las hojas del suelo. Me he tenido que parar aquí a tomar estas notas porque me bullen ideas y sé que se me olvidarán, porque me conozco.


Ya había reflexionado sobre la nieve en otras ocasiones. No solamente tengo asimilado el inmejorable ensayo de Pedro Salinas, en las Cartas, donde describe cómo la nieve es el mejor dibujante del mundo, al perfilarlo todo y resaltar los contornos, sintetizándolo todo en esencias. En algún momento escribí (creo que lo puse hace años en Facebook, aunque tal vez lo tenga también en el Mamotreto o en el Diario del Grial) algo sobre la magia ante nuestros ojos al ver caer los copos, como si moldeasen el tiempo, como el efecto óptico de los radios de una rueda. Se puede mirar a todos a la vez o intentar fijarse en uno, siguiéndolo con la mirada hasta el suelo. Esa doble visión es enigmática. Además, he notado una cosa con los primeros copos: primero bendicen con una capa de agua que todo lo limpia y lo purifica, dejando toda superficie -las piedras, las hojas caídas, los troncos- brillantes y bruñidos como metales nobles, aptos para recibir la fresca ofrenda del cielo, blanca como la pureza, como las estrellas, como la leche de Hera.

La belleza de la lentitud de la caída parece tener también algo de tristeza. Días antes estaban en el pueblo quemando zarzas y rastrojos de las terrazas de los pastizales. Mientras pasaba junto a la iglesia, me caían copos de ceniza, como en La lista de Schindler. Pero no quiero pensar en eso. Es un parecido grotesco, donde lo más triste se llega a asemejar a lo más bello, como si los extremos se tocasen.

Quería pensar también en por qué es tan sumamente maravillosa la nieve en los pinos. También lo es en otros árboles, pero la manera de agarrarse a los recovecos del pino, a sus retorcidas ramas, a su cuarteada corteza, es única. Como si fuera una simiente que lo busca. No sé qué tendrá que ver la juventud con la bendición de la nieve. Tal vez su carácter efímero. La eterna juventud y la pureza efímera… El pintor de nieve de Pedro Salinas y la añoranza de esa juventud que puede vivir internamente en cada uno, aunque por fuera ya no seamos jóvenes.



Esto de las relaciones simbióticas entre pares afines también lo he notado en que el boj es amigo del musgo, el más amigo. El musgo se asienta en las piedras, en los troncos de las hayas y de los abetos, pero en ninguno con tanta frondosidad como en los estilizados y largos troncos de boj, revistiéndolos de espesas y largas barbas fantásticamente verdes. El verde del musgo no es cualquier verde. Este verde te penetra en el alma. Es, además, una creación por definición sinestésica, porque es imposible no pensar en tocarlo cada vez que se presenta a los ojos. La naturaleza nos da con el musgo una visión del tacto. Tengo que pensar detenidamente en ello, en qué simboliza el musgo.

Está parando de nevar. Voy a seguir andando.

Refugio de Cotatuero, 13:10.

Tengo la mano fría, perdón por la letra. Estaba pensando en otro sinfín de cosas sobre las que escribir, Una es la libertad, porque tengo que desarrollar la idea de la raíz de necesidad que tiene y relacionarla con el “Haz lo que quieras” del Áuryn de La historia interminable. La libertad no puede ser un impulso irreflexivo para imponerse a los demás, para autoafirmarse haciendo daño, sino que en ese trasfondo de necesidad ha de haber unos valores elevados que le harán a uno mejor y, así, a la sociedad en la que está inmerso. Lo difícil es tener la madurez para saber distinguir cuándo esos deseos que chocan con la sensibilidad o los deseos de los demás son con fines constructivos o si, por lo contrario, son destructivos.

Como decía Caballero Bonald (no recuerdo la cita, pero retengo la idea), la libertad es la plenitud del ser humano, es el fin último, lo que le hace a uno “caminar plena y dignamente por la vida”, por lo tanto, es un hito que cada uno aporta al lento aprendizaje de la humanidad. Alcanzar la libertad no es sólo, en parte, necesidad, sino también compromiso y destino.


Otra nota que quería dejar aquí era la sensación de “instante eterno” al encontrarme con la mirada directa de un rebeco a pocos metros, quieto, observándome, mientras el silencio se alarga eternamente, acompasado por el leve repique de los copos de nieve en mi capucha. La mirada de un rebeco que mira de frente, con atención, mostrando sus dos rayas verticales, negras, de su rostro, que suelen inclinar levemente, es lo más increíble y delicado. Es como la mirada de otro mundo a través de sus ojos negros. Es un momento para agavillar en las manos, porque, mientras está uno en suspenso mirando y siendo mirado, se sabe en cualquier momento se acaba: ya sea por intentar sacar el móvil para hacer la foto o porque se mueven sus compañeros de la manada, el rebeco se aleja. Como he mencionado antes, los extremos se tocan: en este caso, lo efímero con lo eterno.



Tengo que escribir sobre árboles y naturaleza como sea. Veo las hayas, con sus troncos rectos de plata y musgo, y no solamente su verticalidad, sino también su ramaje son puras obras de arte. Sus ramas son sinusoides, nunca rectas. La rama es el crecimiento, la manera en que se aprende y se evoluciona, que, en este caso, admite noblemente correcciones y rectificaciones, a la vez que se extiende mansamente, frágilmente, hacia la luz en delicados capilares labrados como damasquinados o filigranas, que en primavera darán finas y más delicadas hojas, agrupadas en plataformas horizontales como minúsculas bandejas, como una dama oferente que acoge a la vez que se ofrece a la divina luz del sol.

Voy a seguir andando.

***


Martes 21 de julio de 2020. Sobre las 13 h.

Estoy junto a un pequeño río cerca de Torla. He descubierto este lugar por casualidad. Había un desvío por el camino a la ermita de Santa Ana, en el barranco de Diazas (será también el nombre del río) y me he metido a explorar. Este lugar es un pequeño paraíso. Espero que no se haga conocido.
Tengo tiempo para estar aquí un buen rato, antes de bajar a comer al pueblo.


Qué relajante es estar aquí, a la sombra, mirando todo este escenario de vida. Los ríos deberían ser sagrados, incluso dioses, como en la antigua Grecia, como en aquel diálogo de Platón (creo que el Crátilo). A sus riberas hay tanta belleza y diversidad que parece que no hay obra natural que la supere. Sobre las grandes rocas que forman las márgenes, y parte del lecho, se yerguen pinos, abedules, álamos, robles, arces, sargas, bojes, rosales silvestres, avellanos y otras muchas plantas y arbustos que no conozco. Sobre la superficie del agua, tanto en sus remansos como en sus rápidos (todo en pequeña escala), vuelan pequeños insectos y ocasionalmente aparece alguna espléndida libélula. Bajo el agua, pegados al fondo, reposan negros renacuajos, estáticos, hasta que por el motivo que sea deciden nadar ondeando sus colas hasta un lugar más cómodo. Alguna que otra pequeña ranita me vigila medio sumergida en la orilla, asomada su cabeza del agua. Creo que es la misma que hace poco cogí fácilmente con la palma de la mano. Las ranas parecen menos asustadizas que los renacuajos.


El río purifica y vivifica a través de todos los sentidos: su cristal a los ojos, su frígido contacto curativo a la piel, que estimula carne, venas y hasta huesos; la humedad del cercano aire deleita olfato y pulmones; pero a la boca y la garganta un buen trago de su agua fresca es un auténtico deleite. Ahora me concentro en el oído, con su rumor constante, que se aprecia mejor con los ojos cerrados. Es una sinfonía. Es la suma de muchos ríos, de muchas músicas, de muchas alegres noticias de que hay agua de sobra, agua fresca y pura. Es el sonido de cientos de ninfas vertiendo a la vez ánforas bien llenas desde distintos puntos de la orilla. Suena la pequeña chorrera a mi derecha, suena el ondulado caudal, suena el vértice entre las piedras por donde discurre de nuevo rápida el agua, suena la rizada superficie sobre el lecho de pensativos renacuajos.


¡Qué sensatos deben ser, descansando sus vientres contra la segura lancha de piedra, mientras el agua corre agitada un poco más arriba! Esa corriente podría llevárselos inexorablemente, sin que sus colas de buenos nadadores pudieran salvarlos. Se asientan en el fondo, en la piedra, en las profundidades, como Pedro Salinas en sus versos. La piedra es segura, el fondo, por donde fluye blanda y suave la corriente. "La frente es más segura", decía también el poeta, contra lo tierno de los labios. Los renacuajos asientan su ternura contra lo más duro y seguro, seguros de que no pueden enfrentarse a la corriente que todo se lleva.



Pero la corriente es necesaria, porque tampoco se vivir en el agua estancada. Qué bello es lo que siempre cambia sin dejar de ser lo mismo, pues eso es un río. Nunca se baña uno dos veces en él, como decía Heráclito. El río es la imagen global de momentos y detalles que se suman y combinan. Es el proceso, el fin que no tiene fin, lo eterno, lo que cambia siempre y, sin embargo, permanece.
"Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar", decía Jorge Manrique. Todo lo que está cambiando y en movimiento puede verse como río, y un río puede verse como todo lo cambiante. Como individuos, como generaciones, como ideas, como sociedades o civilizaciones, como cualquier cosa; en todo caso la naturaleza lo refleja en su verdad eterna.

Si uno no sabe qué hacer o cómo conducirse, que contemple en solitario un río: el agua siempre encuentra su camino.

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Martes 27 de diciembre de 2022.
Ordesa, camino de Carriata, subiendo a la Faja Racón.

Da igual las veces que venga, no me canso. Darin McNabb dice que el sentido de la vida es "admirar", maravillarse. Esto me puede valer para las conclusiones del trabajo de Teoría del Arte que no sé si voy a hacer. Puedo mencionar mi viejo poema de las pompas de jabón:

Admiración de niño ante gran pompa de jabón (noviembre de 2015)

Ser hombre es haber sido niño
y recordarlo.
Era entonces todo inmenso,
fantástico,
misterioso,
emociones puras, sorprendentes,
por ser sus almas inocentes.

No toda infancia es feliz
(algunos lo sabemos)
pero en toda infancia hay inocencia,
razón
indispensable
para el armazón
del fin humano irrenunciable:
la admiración.

La admiración es mi bandera.
¿Acaso no desborda de emoción
una pompa de jabón?
La admiración es la bandera
del estudio del artista,
y no hay más que darse cuenta
de que la inocencia
es el principio y final de la consciencia,
que cada pequeña cosa
puede verse como nunca vista.
Porque ser hombre es ser,
haber sido y
ser
niño
y recordarlo.

También puedo hablar de "mirar" (sin ad-) en el prólogo, y los distintos tipos de visión de Ordesa: de cerca, apreciando los detalles; a distancia o desde lo alto; parado y en la quietud; en movimiento pero despiertos los sentidos. Ahora, en la Faja Racón, veo caer gotas de agua por las formidables paredes. He oído las gotas antes de verlas. Me he parado a buscarlas. Casi no se ven en las grandes manchas negras de la pared. No es el único sonido: a lo lejos, muy lejos, se oye el agua del río, confundida con el viento.
También tengo que hablar de la forma, que decía Darin McNabb al hablar de la metafísica. La materia se reemplaza, pero perdura la forma, como en una orquesta cuyos músicos van cambiando con el tiempo. En estos bosques puedo ver los bosques de hace miles de años, que serían casi los mismos. Son realidades eternas.




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¿Es esto realidad o ficción? Cuando veo un árbol maltratado con marcas humanas, con repugnantes letras que no dicen nada o putrefactos corazones con nombres o iniciales, sufro un impacto con la realidad. De modo que lo que vivo cuando contemplo la perfección de la naturaleza no es la realidad. Es real pero no es real, quizá sea ficción. ¿La evasión es ficción?
¿Y la libertad de poder evadirse es libertad? Supongo que sí. Hay que darle una vuelta al concepto de libertad del "Chus" (Jesús G. Maestro), con lo de la pastora Marcela. Yo puedo orinar donde quiera aquí y quitarme la camiseta si hace calor, en este lugar donde no hay nadie, luego soy libre, se mire como se mire.
La libertad no siempre es quitarle la libertad u ofender a otros. Sí que se mantiene cierto que es "lo que a uno le dejan hacer", porque si me dejan estar solo, puedo así hacer lo que quiera. Podrían no dejarme solo y haberme seguido familiares, amigos, enemigos o quien sea, sin encontrar paz en ningún lugar. Sin embargo, no me han dejado solo intencionadamente, creo. O sí. No sé, pero estando solo se es más libre que en sociedad, según creo ahora. 

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Sábado 31 de diciembre de 2022.
Turieto Alto.

Voy a Ordesa por el Turieto Alto porque el bajo está cortado por un desprendimiento. Seguro que se puede pasar, pero se curan en salud de la torpeza de los turistas.
Silencio total. Respiro al andar por la boca y por la nariz a la vez, siendo uno con el aire. Se oye el lejano bramido del río Arazas abajo.

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Estoy ahora sentado junto al río en este lugar al que vuelvo muchas veces, bajando desde el punto donde hay dos bancos y un cartel, con la vista hacia el Pico Otal y el Tozal del Mallo. A mi derecha se abre el gigantesco "libro" del Gallinero, sobre la Faja Racón, que recorrí hace unos días. Más atrás está la mole por cuya ladera transita la Faja Canarellos.
Hay poca luz y no salen bien las fotos. Frente al Pico Otal, por lo bajo, una neblina vela levemente (bonita aliteración) los árboles y las laderas. Se produce un sfumato pardo y verde que dibuja los diferentes planos superpuestos de conos de abetos y de terciopelo ocre de las hayas desnudas, cuyas finas ramas tan lejanas parecen pelusa, y más aún con la neblina que parece surgir de ellas.
El Otal siempre es fascinante por su formidable cresta sinuosa que conforma la ladera (no recuerdo su nombre), que en otros sitios he mencionado ya que se me asemeja a una cola de dragón. La fulgente nieve ennoblece su figura, su perfecto triángulo con sus cinceladas estrías y su redondo hombro en el que culmina la cola del dragón. Es monárquico, es altivo. Algún día debería subirlo, o tal vez sea una de esas cimas que se disfrutan más divisándolas siempre desde lejos, como ocurre con muchos castillos. Decía Juan Victorio: "Los castillos hay que mirarlos por fuera", enmarcados en su paisaje. Así creo que ocurre también con muchas montañas y, quizá, con muchas cosas en la vida que no alcanzaremos y mejor no intentar alcanzar.





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Domingo 23 de julio de 2023

Estoy sentado en unas piedras al borde del pequeño cañón excavado por el agua del río Arazas, sobre las hermosas pozas que se forman justo antes de su desembocadura en el río Ara. Dan ganas de tirarse al agua desde esta altura, que no entrañaría mucho peligro, pues la poza es bastante profunda. Seguro que muchos lo han hecho y por eso en el puente hay un cartel de prohibido bañarse.
Éste es un lugar para contemplar. Se puede estudiar cada detalle sin dejar de admirarse, sin notar pasar el tiempo, a la luz del amable sol que hay aquí, en esta garganta, refrescado por la suave brisa fresca de la humedad del agua, cubiertas las apagadas voces de la gente que pasa por el sonido del agua. Ese sonido que envuelve todo suavemente con su rumor, su moderado bramido, pues no llega a ser una cascada, sino una chorrera, proviene del estrechamiento de la garganta, donde el agua cae trotando un corto espacio. Ese constante bullir del agua, como millones de aplausos, como voces de ondinas, es tan amable como el silencio.
No sé por qué se parecen tanto el brotar del agua y el silencio. Se puede pensar igual, se puede dormir igual, tanto con uno como con otro. Son perfectos ambos.
El sol se tapa a veces por las nubes y todo cambia de color. Todo se vuelve más fresco súbitamente, recordando la inestabilidad de las cosas. Y vuelve a salir el sol al instante siguiente, y se levanta aire, refrescando la piel y meciendo las ramitas de las hierbas y arbustos anclados a esta pared, bajo mis pies.
Mi vista viaja del agua mansa y profunda debajo de mí a la vigorosa y juvenil de la chorrera del estrecho. Es una obra de arte. Los salientes de roca del canal, de esta enorme grieta, encajan unos con otros como gigantescos engranajes o piezas de un puzle. Y por ahí baja el agua, abundante, fresca y pura, limpia, alegre y, a la vez, impasible, impertérrita, ajena a los problemas humanos, inexorable en su avance. Es ella quien ha horadado en gran medida este pasillo sigmoideo, arbitrario pero lógico, con redondas oquedades a cada lado, como las cámaras de las pacientes hormigas en sus pasadizos.
Y el agua sigue laboriosa, horadando, agrandando su paso a los pies de la pequeña cascada, en su afán de cumplir con su misión de bajar, de unirse a otras aguas, de abrirse camino. La blanca espuma borbotea constante en la rizada superficie junto a la pared de roca, donde bulle como en una de esas bañeras lujosas. Luego, el agua se riza cada vez más mansa, en el fantástico color que tiene aquí el agua del río, verde azulado. Se agota el término "turquesa". Esto es algo más, que no tiene nombre. Es color río de Ordesa, color río Arazas.
Y cada una de sus pequeñas olas, curiosamente lentas, queriéndose demorar, que delatan la lograda profundidad del agua, reflejan la luz del sol en múltiples destellos. Destellos que se multiplican aun más al pasar otra estrechura y ensancharse en la gran poza que tengo debajo, donde la superficie se vuelve temblorosa, mansa pero inquieta, causando un mágico efecto inimitable por ninguna creación humana, que es la distorsión azul verdosa de las redondeadas y pulidas rocas verdes, pardas y grisáceas del fondo. Todo oscila y todo tiembla, en un estímulo irreprimible de atracción a la visión, como si quisiera hacernos llevar dentro esa temblorosa mansedumbre y ver el mundo desde ahí, desde ahí dentro, como si ésa fuera la forma finalmente correcta, la pureza arcaica, el velo de lágrimas de una desembocadura vital, de aceptación, de olvido, de compasión, de una ataraxia no de resignación, sino de humilde perfección invisible. 
Vibran y circulan por el fondo, sobre esas piedras, filigranas o retículas de líneas curvadas de luz amarillenta, la luz que proyecta la temblorosa superficie, en algo más que un fenómeno óptico, como si algo inmaterial simbolizado con la luz hubiese sido atrapado en la tierra a través del agua, como aves en una prodigiosa jaula de cristal azulado, inmensamente bella. Pero, además, a veces, cuando el sol se abre paso y todo se baña de intensa luz de mediodía, una parte de este fondo marino brilla como una joya inmensa, azul verdosa, verde azulada, que conmueve sólo con mirarla, que llena de un regocijo inexplicable que parece desembocar en un placer por estar vivo y en gratitud, en un agradecimiento de tener consciencia de la suerte que es que exista todo esto en el mundo, y poder verlo.



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Jueves 27 de julio de 2023

Estoy en el alto cerca de casa desde el que se ve Torla, bajo el enebro, adonde se llega en diez minutos, saliéndose a la derecha por el camino de Laor. He puesto una piedra para sentarme, rectangular, un estupendo ortoedro, probablemente una pieza de mampostería o sillarejo. El enebro proporciona la única sombra y se puede estar aquí sentado mirando al pueblo. Me he traído los prismáticos, con los que he visto detalles de las casas, incluso mi terraza, pero no he llegado a ver a mi gata asomada. Como hoy es jueves, hay mercadillo y se ven los tenderetes blancos en la plaza, junto con los camiones con los paneles abiertos exponiendo el género. Creo que el más grande es el del pescadero, con el que hay que estar atento con los precios. Pero no tengo nada urgente que comprar y puedo seguir aquí.
Había subido a este lugar a pensar, pero no pienso. Tampoco era hoy día de excursión porque me he levantado tarde y, además, tengo una ampolla en un talón, que escuece.
Me he puesto al sol, en otra piedra no tan buena, a pesar de la mía a la sombra. Es un sol agradable. A la sombra, con el aire, refresca un poco. Y en esta amable y sana luz solar, rodeado de verde y de flores, ha venido una mariposa y se me ha posado en una pierna, tanteando curiosa el sabor de mi piel con su larga trompa. Es color hueso, con líneas y recuadritos marrones.
Tenía que pensar, pero no pienso. Hace unos días me levanté recordando escenas de un sueño en el volvía a Iberia. Había un sobre alargado de polvos que se hacían vino y un puro pequeño en un teclado de ordenador. Se los daban a los empleados para que los consumiesen en la comida. Y había que quedarse a comer, porque nada más entrar ya había que quedarse a hacer horas. Me sobró mucha comida de un plato de una especie de carne estofada un poco seca. No tenía cómo llevármela. No sé por qué me hizo pensar tanto, con esas vivas sensaciones de estar de nuevo en el trabajo, con gente que me quiere y con un uniforme azul. El caso es que todo eso está muy lejos ya, y que esté convertido en sueño hace que sea todavía más irónico. La manera de pensar en ello no es la acostumbrada tribulación sobre si tenía que haber intentado volver, sobre la equivocación de haberme ido y sobre la pérdida de la última oportunidad de solicitar la reincorporación, que está siendo ahora, sino acusar el tremendo golpe que supone el paso del tiempo. Todo eso lo viví hace mucho. Todos esos recuerdos que inspiran sueños de nostalgia vienen de hace cinco años, pero realmente de hace quince, o incluso veinte, de cuando entré en la compañía. 
Lo que me quieren decir esos sueños no es que tenga nostalgia de Iberia, ni que quiera volver, sino que tengo nostalgia de la juventud. Que echo de menos ser joven, estar en un punto de la vida lleno de esperanza, proyectada hacia el futuro, visto por los demás como una promesa, alguien que tiene frutos que dar, como alguien que está aprendiendo y a quien hay que querer y ayudar. Echo de menos esa sensación de tener toda la vida por delante, de tanto por conocer, por experimentar, por disfrutar.
Ala Rota, pues así he llamado a la mariposa, ha estado aquí conmigo todo este rato, caminando por mis piernas y mis manos. Ha habido un momento en que ha venido otra de su especie y se han ido las dos revoloteando, en rápidos círculos por el aire hacia unos matorrales. Pero, al cabo de un rato, Ala Rota ha vuelto conmigo, renunciando a la diversión con su congénere, y a las flores blancas, amarillas y moradas. ¿Por qué, por qué quiere estar conmigo?
Y debe de ser mayor, por esa ala rota, o quizá es la señal de haber estado en grave peligro, si es que algún ave o insecto le ha mordido un ala. En todo caso, tiene que saber lo breve y lo voluble que es la vida. Y, sin embargo, en lugar de apremiarse a perseguir su fin en la vida propio de lepidóptero, de libar néctar, aparearse, poner huevos en alguna corteza de árbol o en el envés de las hojas... está aquí, perdiendo el precioso tiempo de su breve vida, palpando la piel de un ser de la especie más mortífera y depredadora que hay, el ser humano. Está haciendo algo contranatura, sofisticado, original, inútil. Está haciendo arte con su vida.
¿Seráque sabe que esta experiencia tan original, extraña y arriesgada vale más que estar chupando néctar? Como la gaviota de Juan Salvador Gaviota, que prefería perfeccionarse en la técnica del vuelo antes que comer y reproducirse como el resto de la bandada.
Me habla así de dedicar tiempo a algo que atrae, que gusta y que estimula. Eso parece ser la mejor manera de aprovechar la breve vida que tenemos. Va a ser breve de todas formas. ¿Será que una mariposa (o esta mariposa) sabe más que yo? ¿Quién eres tú, Ala Rota?
Gracias, Ala Rota. Ojalá te vuelva a ver.