martes, 6 de agosto de 2019

Cuando Liza abrió los ojos (2006)

El siguiente texto es un trabajo de literatura rusa de cuando estudié 3º de Filología Eslava (UCM). Se trataba de redactar una continuación o reelaboración del famoso cuento de Nikolái Mijáilovich Karamzín (1766-1826), La pobre Liza, cuyo tema principal es el abandono amoroso de la chica por Erast, el chico de quien se enamora.
He aquí una introducción sobre el autor y el texto ruso traducido a español:
https://www.nuevarevista.net/libros/la-pobre-liza/

Mi relato puede leerse sin necesidad de haber leído el de Karamzín. Espero que al menos logre entretener al lector.
© Eduardo Madrid Cobos. Registro de Propiedad Intelectual nº M-008293/2008.


Cuando Liza abrió los ojos

Cuando Liza abrió los ojos, le cegó una luz blanca. Debía hacer mucho tiempo que no los abría, tal vez nunca lo había hecho. Reconoció el entorno típico de un hospital, los tubos de respiración, la aguja de suero clavada en el brazo. Parpadeó varias veces, las lágrimas eran espesas y las legañas estaban pegadas. Los fluorescentes eran muy molestos, era una luz demasiado artificial, parecía vibrar...
Comenzaron a funcionar los oídos. Unos pasos vigorosos resonaban en un pasillo detrás de la puerta entreabierta. Entró una enfermera, que al verla, arqueó una ceja y esbozó una media sonrisa.
Poco después, Liza intentaba comer los alimentos de una bandeja. En la televisión, comenzaban las noticias...



- ¿Te encuentras mejor?
Había allí un hombre, que no había visto ni oído entrar. Era adulto, vestido de civil pero con un aspecto terrorífico, que imponía como mínimo un gran respeto. Parecía un agente de policía, o algo peor. Llevaba un periódico bajo el brazo.
Liza no respondió, se le quedó mirando atónita.
- Te traigo más noticias. Es un número atrasado del Pravda –se lo arrojó sobre las rodillas -, pero tal vez te interese conocer cierto artículo sobre alguien que conoces.
- ¿Mi madre está bien? – articuló ella, con voz débil y ronca.
- Lee.
El hombre se puso un cigarro en la boca, prendió una cerilla, lo encendió. No miraba a Liza, miraba la televisión, los últimos éxitos de Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Se acercó despacio y la apagó. La estancia quedó en silencio, salvo por el crujir del burdo papel en las finas manos de la chica.
Finalmente, ella murmuró:
- Soy yo. Estoy muerta. – Levantó la mirada, sus bellos ojos, hacia el desconocido - ¿Por qué?
- Vístete. Volveré dentro de quince minutos.
- ¡Espere! ¿Y mi madre...?
Pero el hombre ya se había ido.


Resultó que los alimentos que comió Liza no eran un desayuno, sino la cena, porque era de noche. Circulaba rápido el coche por la avenida Petrovka, al volante estaba el desconocido –irónicamente, el único conocido de Liza-, y junto a él, ella, con bien escogida ropa nueva y un abrigo caro de piel. Pero lo más extraño era cómo se había recuperado tan pronto de un coma, de haber reunido la osadía necesaria para suicidarse y, como inesperada recompensa, volver a la vida de manera incomprensible, cautiva de desconocidos. Su mente estaba despejada, sus sentidos alerta, su corazón latía deprisa.
- Cocaína, ¿verdad?
El conductor seguía impasible.
- Hubo alguien importante en mi vida que era drogadicto. A veces me contaba qué sentía, y se parece a esto. Ustedes me lo han administrado en el hospital, ¿verdad?
El vehículo viró por otra calle, y luego se fue adentrando en una zona que Liza no conocía.
- ¿Adónde vamos?
- A ver a un amigo – contestó él.
- Quiero irme. No sé quién es usted, ni me interesan sus amigos. Pare el coche.
- Eso es imposible.
- Quiero bajarme. ¡Pare el coche!
- Cálmate.
Pero Liza se había desabrochado el cinturón y estaba abriendo la puerta para saltar, aprovechando que iban despacio. Una garra de hierro le atenazó un hombro y la repuso de nuevo en su asiento. Ella chillaba, pedía socorro, pero el conductor era lo suficientemente hábil para conducir y tapar la boca a la chica al mismo tiempo. Algunos peatones vieron la escena, sin escandalizarse demasiado.
Por fin, ella se calmó, se relajó, respirando agitadamente. Lloraba.
- ¿Por qué yo?
- Ya te lo explicarán. Cálmate, nadie te hará daño.
- ¿Y mi madre? Ya se lo he preguntado y usted no dice nada. ¿La han matado?
- Tu madre está a salvo, y lo seguirá estando mientras trabajes para nosotros.

El vehículo estacionó en una calle poco concurrida. Apagó las luces y el motor, haciéndose de nuevo el silencio que tanto gustaba al desconocido. Abrió su ventanilla y encendió otro cigarro. Liza se frotaba el hombro magullado, más tranquila, pero sin dejar de mirar al hombre, quien no miraba hacia ella, sino hacia la calle, echando vistazos al retrovisor, tamborileando con los dedos, con suavidad, dubitativamente.
- En el piso tercero hay un hombre, un enemigo del régimen. Es más joven que yo, moreno, no muy alto. Es guapo, te gustará –dijo eso mirándola con pena- pero vas a tener que matarlo. Necesitarás esto.
Se sacó del abrigo un arma, una pequeña pistola. Le explicó como quitar el seguro y amartillarla.
- No se te ocurra suicidarte otra vez – comentó al final, sarcástico.
Liza tomó la pistola, le miró con desprecio y le escupió en la cara. Salió del coche. El hombre ni se movió.


Hacía frío.
La puerta estaba abierta, entornada, y ella la empujó con un dedo, girando sin hacer ruido. La casa estaba en penumbra, sólo se percibía la luz de unas velas sobre una mesa, con dos esbeltas copas y una botella de champaña. El enemigo del régimen estaba allí sentado, mirándola.
- Cierra la puerta, por favor. Se escapa el calor.
Ella le hizo caso.
-Acércate, quítate el abrigo.
Al verle más de cerca, supo ella que su captor tenía razón, se trataba de un hombre joven, increíblemente guapo, de aspecto cautivador, con voz y expresión muy agradables. Colgó el abrigo en un pechero, olvidándose de que en un bolsillo estaba la pistola, que era la razón por la cual estaba allí.
- Eres mucho más hermosa de lo que imaginaba. Creía que vosotras, las profesionales del sórdido mundo de la prostitución, llevabais la huella de la humillación lamentable que cumplís a diario; y que, poco a poco, vuestra belleza se esfuma, aunque seáis jóvenes. ¿Cuántos años tienes?
- Veinte – mintió.
- Las he conocido más jóvenes, y ya tenían esas ojeras, y esas pequeñas arrugas en los ojos, que tiene mucha gente que no es feliz. ¿Tú eres feliz?
- Lo era. Ahora ya no – esta vez, dijo la verdad, y se sintió más cómoda.
El hombre la contempló largamente, tal vez con curiosidad, con compasión o con deseo. Salió abruptamente de su abstracción.
- Lo siento, discúlpame, soy un maleducado. Siéntate, por favor... Te gusta el champagne, ¿verdad? A todas las mujeres les gusta –abrió la botella, con seguridad, se notaba que había abierto muchas.
- No bebo mucho.
- Brindemos. ¡Por nosotros!

Al beber, tal vez por el sabor agrio, tal vez por el frío y gaseoso líquido que cruzaba su garganta, se apercibió súbitamente del peligro que corría. Cerró los ojos, manteniendo la copa junto a sus bellos labios rosados, y se detuvo para pensar. El tipo debía ser peligroso, si la habían enviado con un arma. Tal vez la envenenaba o la drogaba con la bebida, o tal vez, era un adicto al sexo y pretendía servirse de ella, lo cual era lo más probable. Pero todos esos peligros parecían contradecirse con lo que aparentaba, con su tranquilidad y benevolencia de sus gestos.

Cuando Liza abrió los ojos, su miedo había desaparecido.
- No nos hemos presentado – señaló ella. Lo cierto es que le apetecía hablar.
- Es verdad. Me llamo Erast, ¿y tú?
Una punzada de dolor desconcertante aguijoneó a Liza. ¿Por qué precisamente aquel nombre? ¿Es que no había suficientes nombres rusos en el santoral, que tenía que salir casualmente ése? Acababa de morir y resucitar, y se encontraba de nuevo con la reencarnación de la causa de su muerte. A partir de entonces, volvió a perder seguridad, se mareó, le pareció el champagne repugnante, y por un momento deseó, de esa manera poco intensa porque es imposible de cumplir, estar en una cama y llorar, abrazando una almohada.
- Me llamo Liza.
- Un placer, Liza. No hemos hablado de dinero, que supongo que iba a ser lo próximo que ibas a decir, porque te has quedado pensando. No me lo digas, no quiero saberlo, prefiero que te fíes de mí y que hagas una excepción, cobrándome al final, en función de lo que ocurra, ¿de acuerdo? 
- Eres un poco raro. ¿Qué quieres?
- Vivir. Vivir lo poco que me queda... Escucha, Liza, hay gente que quiere que yo, y gente como yo, no existamos... ¿entiendes? Es éste un mundo difícil, cada vez dejan menos espacio a los sentimientos, y lo que enseña la sociedad de ahora es a complacer los instintos, los impulsos, la psicología, la necesidad de poder, de bienes materiales... Todo lo que dicen por los medios de comunicación es mentira. Sólo hay una manera de ser feliz, y es enamorándose.
Liza sonrió, pero era más una mueca que una sonrisa.
- Estás loco.
- ¿Eso crees? ¿Por qué?
- Yo no creo que el amor traiga felicidad -sentenció ella-. Y cuanto más perfecto parece, mayor es el desengaño. El amor ideal es hacia una misma persona, hacia alguien con quien desees vivir el resto de tu vida, en quien puedas confiar plenamente, en cuyo corazón hayas erigido un recuerdo que va creciendo, y el suyo creciendo en ti, hasta no haber nadie más. Pero esto es una utopía, no puede existir, los sentimientos cambian. Las personas, especialmente los hombres, son mudables, débiles... 
Liza se bebió otra copa entera, él llenó la suya, pero sólo se mojó los labios.
- Intuyo que algo no te ha ido bien. Puedes contármelo, tenemos toda la noche.
- Se llamaba Erast, igual que tú. Me amaba, era muy buena persona, y fue mi primer y único gran amor. Pero era débil y torpe, aunque todo se le perdonaba por su buen corazón. Por ejemplo, recuerdo un acontecimiento ridículo, que por un momento me desconcertó pero luego lo amé aún más: teníamos una botella de champagne, pero no como éste, sino del rojo, de Crimea. La había comprado para mí, porque sabía que me gustaba, pero no las abría con la facilidad con que lo haces tú. Al tirar del tapón, el corcho se rompió, y se quedó la mitad dentro. Tuvo que buscar un sacacorchos, y forcejeando, la abrió al final... perdona, estoy diciendo tonterías. Le amaba, y él a mí, y había temporadas en que me enternecía el alma su sonrisa cuando le abría la puerta de casa. Eso, eso era felicidad, aunque no durase. Pero otras veces, se le iba la mirada detrás de otras chicas.
- Eso nos pasa a cualquiera.
- Lo sé, ahora lo sé. Sentía que a veces no era mío, que estábamos juntos porque teníamos que estar, por costumbre, por comodidad. Ahora aborrezco todo eso, me engañaba a mí misma. Sabía que había otros intereses más importantes, mucho más superiores a mi felicidad, en algún lugar secreto de su alma. Y no supe qué era hasta mucho tiempo después, cuando me abandonó.
- Y fue cuando te dedicaste a esto... Es un cambio muy brusco. Lo siento...
- No. 
- ¿Que no lo sienta?  
- No eran otras mujeres las que situaba por encima de mí. Eran las drogas. Es un drogadicto, era su obsesión, y se arruinó por ellas. Se casó con una ricachona quince años mayor, porque se compadeció de él, y le está pagando los gastos de una cara clínica de desintoxicación. Yo no tengo dinero, ni soy de familia rica, ni siquiera de clase media. La conclusión, querido, es que el amor es lo último a tener en cuenta a la hora de vivir en pareja.
- Te convenceré de que es todo lo contrario.

Y acto seguido, el llamado Erast se levantó; y tomando a Liza suavemente por los hombros, la besó en los labios largamente. La ternura con que lo hizo, junto con la humedad caliente de su boca que excitó su sangre, la hicieron dejarse arrastrar lánguidamente hacia la cama.

Aunque aquello era lo último que deseaba, Liza disfrutó. Ese nuevo Erast era un experto amante, mucho mejor que el anterior, que se había servido de ella para complacer su curiosidad sexual, para realizar sus lascivos deseos, cada vez más y más humillantes, ante los que ella siempre cedía. La situación actual era totalmente irónica, porque, siendo ella la que estaba obligada a dar placer, a trabajar para complacer al cliente, estaba ocurriendo al revés.
Era trágico, quería llorar. Aquél era un hombre fabuloso, pero la situación era antinatural, la habían forzado a hacer eso, y el hombre también era contradictorio, porque decía creer en el amor y se servía del sexo para confundirla. Por mucho que quisiera enternecerla con sus besos, aquello no tenía que haber ocurrido, no podían desnudarse tan pronto y acostarse juntos, él no podía besarla los pechos y acariciarla de esa manera. El amor tiene que crecer y culminar en un punto muy parecido a ése, y no al revés, no empezar por ahí. No podía ser amor, y Erast, como el anterior Erast y como todos, era un farsante.
Lo sabía, lo sabía a ciencia cierta, porque siempre, sin excepción, eran ésos los mayores anhelos con los que sueña un hombre. Aprendió la lección en su anterior vida: la tentación más peligrosa para el amor es el cumplimiento de los deseos.

Quiso vengarse, se aprovechó de él. Los hombres, al finalizar el sexo, deben rendir un tributo de cariño, y ella se abrazó a él, posó su mejilla sobre su pecho fuerte, y con una mano echó la sábana por encima. Era mucho mejor que abrazarse a una almohada. Ella anhelaba también dormir así, era lo más delicioso, lo que más deseaba hacer cada noche. Y se durmió, extenuada, y satisfecha.



Les sorprendió la luz de la mañana como a un matrimonio de enamorados. Afuera despertaba Moscú,;llegaba un débil ajetreo de las calles. Sin besos ni ningún tipo de ternura, Liza fue al baño. Erast también se levantó, pero para preparar el desayuno. 
Liza se duchaba, frotándose vigorosamente. Se sentía baja, venal, pero no sólo por entregarse a un desconocido, sino por haber hablado tanto. Debió ser el champagne. Le había confiado su vida privada a un cualquiera, a alguien que por muy agradable que fuera, podía estar fingiendo. Quería irse de allí lo antes posible.
Cuando se vistió, él estaba en bata, sirviendo dos tazas de café. Se hurgó un bolsillo y le dio varios billetes de cien rublos, que Liza no contó y se guardó rápidamente.
Ya estaba casi todo hecho.
- Tengo que irme.
- ¿No quieres café?
- Gracias, no. Tengo prisa.
- Como quieras. Ha sido un placer, volveremos a vernos – se llevó una taza a los labios.
- Adiós.

Cuando ella iba a salir al rellano de la escalera, oyó su voz:
- ¡Liza! Si yo me marchara, tal vez, a algo peligroso, ¿me recordarás? ¿Me esperarás? – era el conocido hablar agónico de los adolescentes.- Volveré por ti, ¡te deseo!
Ella se volvió, despacio, con una mano en un bolsillo del abrigo, recordando súbitamente, otro Erast, falsas promesas, un reencuentro, el suicidio. Pero imperaba la falsedad, lo volubles que son las promesas de los que se llaman Erast.
- No. No quiero verte más.
Y con naturalidad, abstraída, como si lo hubiera hecho muchas veces, sacó el arma y disparó.
La primera detonación le había hecho cerrar los ojos, pero sabía que le había dado de lleno. Siguió disparando, sin mover el brazo, hasta vaciar el cargador. El aire estaba impregnado del acre olor de la pólvora quemada, las fosas nasales se llenaban del humo tenaz, violento.

Cuando Liza abrió los ojos, Erast seguía allí, bebiendo café. Salió de otra habitación el desconocido que la sacó del hospital, aplaudiendo despacio, con su semblante impertérrito.
- Bravo. Has matado a Erast. Te has curado.
- Eran balas de fogueo – aclaró el que tenía por nombre Erast, el experto y falso amante.
- ¿Qué significa todo esto? ¿Quiénes sois? – inquirió una antigua Liza adolescente, con voz temblorosa.
- Ya es momento de que lo sepas. Mi compañero (que no se llama Erast, por cierto) te encontró casi muerta y te salvó la vida - hizo una pausa-. En realidad fue la policía, pero nos llevamos tu cuerpo y simulamos tu entierro, y por consiguiente, ahora no existes. Tu vida anterior, tu Erast, tampoco existen.

Hacía tan sólo unas horas, Liza había oído decir:
Escucha, Liza, hay gente que quiere que yo, y gente como yo, no existamos...

El más viejo bebió de la otra taza de café, y volvió a ponerse en la comisura de la boca otro cigarro que encendió con otra cerilla. La combustión de ésta se sumó al olor a pólvora que aún permanecía en el ambiente.

Resonaban confusas las primeras palabras en su mente: Bravo. Has matado a Erast. Te has curado. Has matado a Erast... Has matado... Te has curado...

Salió de su estupefacción, dejó caer la pistola al suelo, y con la miraba baja, murmuró:
- Gracias. Decidme qué tengo que hacer ahora.
- A partir de ahora, las balas serán de verdad.


De este modo, murieron ambos amantes. Erast dejó de existir, aunque siguiera caminando entre los vivos, porque ya no habitó nunca más en el corazón de Liza. Y la dulce y pura Liza tampoco volvió a ser la misma. Ni siquiera se acordó de su madre.



Fin.



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