lunes, 28 de octubre de 2019

Aspirar a algo

Foto de E. Madrid, en el P. N. de Ordesa (Huesca)

Los personajes novelescos son los que siempre están buscando. Tal vez por eso son imperecederos, incluso llegan a mantener vivas las obras a las que pertenecen, elevándolas al título de “clásicos”. Como decía Italo Calvino, un clásico supera todas las críticas, pervive en todas las épocas, nunca termina de decir lo que tiene que decir. Don Quijote ha elevado su obra a clásico. Anna Karenina, Raskólnikov, Ana Ozores… también.

Para permanecer buscando como ellos hay que estar inconforme con lo que se tiene. Esto lo critican mucho los personajes planos, los que no buscan, alegando que lo perfecto no existe, que pretender encontrarlo causa una frustración constante. Algunos de ellos creen haber llegado ya a la cumbre y estar de vuelta de todo. Pretenden, incluso, dar consejos a los personajes redondos. No viene mal que lo hagan, de todos modos.

Sin embargo, lo que tiene buscar, si no lo perfecto, al menos algo mejor es aspirar a algo. Los que buscan siempre pretenden alcanzar el fruto de una rama más alta, aunque esté verde. O, dando la vuelta al símil, si somos la rama, nos hace falta que venga la luz del sol por alguna parte para crecer hacia ella, para aspirar a ella, para aspirar a algo. No se puede crecer sin aspirar a algo. No hay acción sin potencial. Hay que estar siempre buscando.

También es cierto que uno no encontrará nada si no sabe lo que busca. O eso que dicen, que buscando uno puede perderse. Se pasa mal. Se puede dedicar excesiva energía en buscar y no recuperarla nunca al hacerlo en la dirección equivocada. Se puede intentar crecer fatalmente en esa dirección. El resultado puede ser desastroso.

Pero también ocurre que, a menudo, el error no dura tanto tiempo. La naturaleza es sabia y rectifica. Pueden darnos consejos acertados los personajes planos. O, por una sola vez, somos capaces de escucharnos a nosotros mismos, la verdad que nos habita (Noli foras ire…), mientras desatendemos todo lo que nos viene de fuera. La cuestión es, según qué momento, dilucidar quién nos engaña, los de fuera o los de dentro. A veces nos engaña una voz interior, por difícil que parezca. O no, pero no la creemos, como a Casandra.

En todo caso, hay que aspirar a algo. Más vale equivocarse que no hacer nada. Y no dejar de crecer, hasta el infinito o hasta la nada.

domingo, 27 de octubre de 2019

El dios del fuego

Breve ensayo escrito mirando una chimenea.



El fuego es un símbolo muy poderoso. Siempre se ha dicho que significa transformación. La transformación es un cambio de un estado a otro. Es el cambio verdadero, el cambio final, el cambio en esencia. No se puede volver al estado anterior después del fuego. La materia se hace inmaterial: humo, cenizas, polvo, nada.

Pero, mientras tanto, en el proceso, hay un efecto fascinante: las llamas, el inquieto baile de lenguas anaranjadas, amarillentas, rojizas, azuladas, de un color indefinible, el del fuego. Ese proceso se produce precisamente porque es efímero. El fuego es efímero por naturaleza: siempre hay que recordarlo. Debe su ser a que no dura. Las rocas, la tierra, el agua en todas sus formas, el aire… pueden durar eternamente, al menos para nuestra limitada vida humana, pero el fuego es caduco. Brilla, es fascinante, pero siempre termina. Brilla porque tiene señalado su final, como Aquiles. Y termina porque lo que arde cambia de un estado a otro. Está destinado a cambiar y a terminar.

En algunas creencias se asemeja la vida en nuestro cuerpo a una llama que nos habita, el “fuego interior”. Estamos vivos, brillamos, se va transformando el trozo de materia que habitamos. Se va consumiendo. Los cambios se suceden de manera incontrolable, como las múltiples llamas que aparecen y desaparecen espontáneamente, dibujándose como fotogramas, cada vez de una forma. Pero, al mismo tiempo, hay partes previsibles, un cierto determinismo que se deduce por cómo están colocados los leños, su forma, calidad y origen.

La cuestión es saber cuál será el próximo gran cambio: qué leño se desplomará primero, qué nueva forma adoptará el hogar. ¿Arderá después? ¿O se extinguirán sus ya pobres llamas, para quedar todo hecho un montón de tenues ascuas rodeadas de ceniza macilenta? Si hubiera un Dios que cuidase el fuego, que lo ordenase con un atizador y lo avivase, no habría que temer los cambios. 

Pero no hay nadie. O bien se está quedando dormido ahí delante, cálido, relajado ante la belleza de su creación.