jueves, 19 de octubre de 2017

Propuesta didáctica: el Tweet-Romancero

Este trabajo lo realicé en el Máster de Formación de Profesorado (UNED), en mayo de 2016. En la práctica real es inaplicable por su duración y grado de implicación de alumnado y profesorado, pero puede servir de idea para hacer algo más simple.



1. Nivel educativo y especialidad


La tarea está enfocada a Lengua Castellana y literatura I de 1º de Bachillerato de cualquier modalidad (RD 1105/2014 pp. 187-190), para el estudio de los romances viejos en la literatura medieval. 


2. Descripción general de la propuesta


2.1. Objetivo


Desarrollar en los alumnos la competencia comunicativa en su vertiente literaria, que conlleva el desarrollo de competencias instrumentales cognitivas para su madurez y responsabilidad moral, mediante los siguientes objetivos didácticos: 
Alcanzar un conocimiento general acerca del papel del género narrativo del romance en la Edad Media en sus dimensiones poética, simbólica y emocional, a través de la lectura de las obras más relevantes.
Desarrollar la capacidad de análisis y pensamiento crítico mediante las tareas de análisis, interpretación y presentación didáctica de conceptos.
Fomentar la competencia comunicativa lingüística a la hora de desarrollar comentarios o expresar ideas.
Despertar la consciencia sobre el valor de nuestro patrimonio artístico y cultural.
Revelar la realidad sociopolítica en la Edad Media.
Saber situar una inmensa serie de fenómenos culturales mediante el descubrimiento y la comprensión del género del romance.
Incentivar el gusto por la lectura.


2.2. Papel de las redes sociales integradas


La red social elegida para la tarea, Twitter, cumple las siguientes implicaciones:

Familiaridad en su uso: el 70% de los menores utilizan las RRSS de masas (T. Lara , 2012). Se fomenta la competencia digital.
Ubicuidad, al ser posible su uso con dispositivos móviles. Los jóvenes podrán participar en la tarea en cualquier lugar durante el día.
Rasgo de microblogging de Twitter: posts limitados a 140 caracteres que incentivan la capacidad de síntesis y, por tanto, la competencia lingüística.
Implicación y responsabilidad: está comprobado que los alumnos se implican más en toda tarea que vaya a ser publicada, como sucede en las RRSS. Twitter, como espacio público, conlleva tener responsabilidad como emisores y autores.
Óptima adecuación para intercambio de información: al poderse incluir enlaces a lecturas digitales, imágenes o vídeos, el intercambio de información es rico y fluido.
Funciones comunicativas adecuadas para la tarea: función de reconocimiento (retuitear para reconocer autoridad), dialógica (entrar en conversación con alguien), apelativa (al mencionar el “@usuario” se dará por aludido) y discursiva (mantener el hilo de conversación en torno a un “#tema”), según T. Lara (íb.).


2.3. Relación entre los resultados de aprendizaje esperados y las competencias a adquirir


CL - Comunicación lingüística

- Expresión escrita correcta durante las interacciones en Twitter, que deberán ser además acertadas y justificadas en cuanto al análisis e interpretación de los textos.

- Adquisición de nuevo vocabulario y mayores límites en el uso personal del lenguaje mediante la comprensión de recursos estilísticos del Romancero.

CD - Competencia digital

- Soltura en el manejo de la red social Twitter y en herramientas digitales para la creación de infografías.

- Mejora de la eficacia en la búsqueda autónoma de información en Internet.

AA - Aprender a aprender

- Desarrollo de la autonomía en el aprendizaje de los contenidos y en el análisis de información relevante.

CSC - Competencias sociales y cívicas

- Educación y claridad en la comunicación digital; interacción respetuosa y constructiva en el hilo de conversación.

- Ser capaces de cooperar en una comunidad de aprendizaje.

CEC - Conciencia y expresiones culturales

- Adquisición de conciencia estética sobre el género del romance y la lengua castellana medieval.

CEC/CSC - Conciencia y expresiones culturales / Competencias sociales y cívicas

- Conocimiento de la sociedad y la cultura medieval españolas. Aplicación en la sociedad actual: autoconciencia como individuos y sentido de la libertad.


2.4. Contenidos


Contenidos conceptuales (“saber”):

- Introducción a la teoría literaria acerca del Romancero: qué es un romance, hipótesis en cuanto al origen, rasgos más característicos.
- Conocimiento de los romances más representativos de la literatura española popular de la Edad Media, identificando los temas, las formas, e investigando el contexto. Se descubrirá la versatilidad y la vigencia de su forma y rasgos característicos en su función narrativa.
- Adquisición de léxico y formas de la lengua española propias del castellano medieval.
- Familiarización con recursos poéticos que otorgan fuerza ilocutiva al texto y otros propios de la oralidad y recitación juglaresca: captatio benevolentiae, expectación, visualización…

Contenidos procedimentales (“saber hacer”):

- Interpretación crítica de romances significativos, detectando las ideas que relacionan la obra con su contexto histórico, artístico y cultural.
- Planificación y elaboración de una infografía o póster digital, obteniendo la información de fuentes diversas y aportando un juicio crítico personal y argumentado con rigor. 
- Desarrollo de la autonomía lectora.

Contenidos actitudinales (“saber ser”):

- Aprecio por la literatura medieval como fuente de placer y de conocimiento de la cultura de la Edad Media española: desarrollo de la sensibilidad artística mediante la toma de consciencia del valor estético y literario de los romances.
- Asunción de la responsabilidad en cuanto a la conservación y difusión de nuestro patrimonio cultural en generaciones presentes y futuras.
- Mediante la comprensión profunda de los temas tratados (amor, rebeldía, libertad), adquisición de bases para el crecimiento moral como individuos.


2.5. Metodología


La actividad se realizará en 5 fases:

1. Introducción


Lección magistral teórica, de una sola sesión, sobre el origen de los romances, las teorías enfrentadas (Gastón París/Menéndez Pidal), sus rasgos más característicos y su clasificación.

2. Búsqueda y lectura


Darse de alta en Twitter y buscarse y seguirse unos a otros. El docente propondrá una lista de títulos de romances que los alumnos deben buscar en la web y leer detenidamente. Elegir los tres romances que más les hayan gustado (uno histórico, otro lírico y otro fronterizo) y publicar en el determinado hashtag tweets que expliquen cuáles han elegido y por qué les han gustado. Cuando varios alumnos elijan los mismos romances tendrán que dar razones distintas. Los que estén de acuerdo con esas razones pincharán “Me gusta” y añadirán comentarios. Se fomentará el debate y la conversación así como la compartición de conocimientos, mediante la tutorización y guía del docente, incentivando la curiosidad, para que los alumnos busquen en la web sus propias fuentes de información. 


3. Análisis


El docente seleccionará los tres romances (uno de cada tipo) que más hayan gustado y abrirá un nuevo hashtag para cada uno. Con las orientaciones del profesor se realizará un análisis en grupo a base de tweets: tema, estructura, recursos estilísticos y comentarios. Se comentan y retuitean los tweets más acertados, convirtiéndose la tarea de análisis en un trabajo colaborativo y dinámico.

4. Elaboración de una infografía


Una vez analizados los tres romances, el docente hará equipos de 3-4 alumnos a los que atribuirá la siguiente tarea: realizar una infografía del análisis de un romance. Como sólo hay tres romances y habrá más grupos de alumnos, varios grupos trabajarán sobre el mismo análisis, con lo que se gamificará esta fase: la mejor infografía de cada uno de los tres romances será publicada en la web del instituto.


5. Presentación de la infografía y votación


Presentación de la infografía elaborada en grupo ante toda la clase y votación.


2.6. Cronología


La actividad se desarrolla en 5 semanas de acuerdo a esta cronología:

Fase 1: Semana 1ª. Sesión presencial en el aula.
Fase 2: Semana 1ª. Empezar a trabajar en Twitter. En casa.
Fase 3: Semanas 2ª, 3ª y 4ª. Búsqueda y comentarios de romances en Twitter. En casa.
Fase 4: Semana 5. Hacer la infografía. En casa.
Fase 5: Semana 5. Votación de la mejor infografía. Sesión presencial en el aula.


2.7. Evaluación


Procedimiento de evaluación:

- Antes de empezar se informará a los alumnos de la rúbrica y los parámetros de la evaluación de la tarea, incluidos en una guía de la actividad.
- Durante la tarea el docente observará y anotará en una hoja de cálculo las intervenciones de los alumnos, que evaluará mediante la técnica de heteroevaluación de acuerdo con la tabla a continuación. Tan sólo en la fase 5 se hará media entre la puntuación del docente y la puntuación de cada grupo de trabajo determinada en consenso (autoevaluación del grupo).
- Al finalizar la tarea el docente publicará mediante un documento compartido las puntuaciones de las diferentes fases evaluadas en sus diversos aspectos.


Relación entre objetivos y criterios de evaluación:





Las intervenciones en Twitter serán evaluadas de acuerdo con esta tabla:

.


La nota final se calculará con la siguiente ponderación:

Fase 1: 5%
Fase 2: 25%
Fase 3: 30%
Fase 4: 30%
Fase 5: 10%

Dentro de la Fase 5, además, contará la autoevaluación del grupo: nota del profesor (60%) y nota autoatribuida en consenso por los integrantes del grupo (40%).


2.8. Recursos y materiales didácticos


Fase 1: se utilizará el manual de Menéndez Peláez (2010: 377-393), la edición de Romancero Viejo de Díaz Roig (1989) y la introducción del libro El amor y el erotismo en la literatura medieval de Victorio (1983: 9-74). Se requiere aula presencial y proyector de vídeo (opcional).

Fase 2: se ofrecerá a los alumnos el listado de romances (ver Anexos) para que los busquen, elijan uno que les guste y justifiquen en TW el porqué.

Fase 3: serán los propios alumnos los que busquen toda la información que necesiten por internet, aunque en el análisis ellos deben ser capaces de extraer información del texto y se valorará que sean capaces de hacerlo sin fuentes externas. El docente comprobará en Google si los tweets son copia literal de otros lugares web.

Fase 4: se utilizarán las siguientes herramientas digitales gratuitas de creación de infografías y pósters digitales:

http://piktochart.com (infografías);
http://www.easel.ly (infografías, carteles, pósters);
https://www.canva.com (todo tipo de diseño en plantillas, incluye infografías);
http://edu.glogster.com (pósters multimedia);
https://venngage.com (infografías).

Fase 5: para la presentación de infografías en clase y la consiguiente votación, será necesario un cañón de vídeo y un ordenador con internet, o bien ir al aula de informática. La votación se realizará mediante una encuesta insertada en Twitter, por dispositivos móviles, o por ordenador si es en el aula de informática. Se recordará a los alumnos que voten que tengan en cuenta:
Presentación.
Veracidad y precisión de los contenidos.
Claridad en la comprensión.
Originalidad en la composición.


3. Conclusiones


A nuestro juicio esta tarea resulta muy provechosa en cuanto a la adquisición de múltiples conocimientos transversales, aprendizaje dentro y fuera del aula (blended learning), uso productivo de las redes sociales masivas –de mayor alcance que las diseñadas sólo para el campo de la educación, como Moodle o Edmodo-, la posibilidad de la ubicuidad en el trabajo fuera del aula mediante dispositivos móviles, y, en síntesis, por el aprovechamiento que ofrecen las últimas innovaciones en educación basadas en las TIC en sintonía con el aprendizaje de la literatura. 
La actividad cuenta con una gran proporción de aprendizaje autónomo que debe originarse en los principios teóricos del constructivismo y del conectivismo (Santoveña, 2016: 8-13), estando ambas teorías adscritas al aprendizaje mediante RRSS. El fomento del autoaprendizaje mediante la lectura independiente, la búsqueda autónoma de información y la interacción con el grupo de iguales en la consecución de un objetivo común son de probada eficacia en el desarrollo de competencias básicas. En este caso, creemos que la propuesta será exitosa en las competencias lingüística-literaria y digital, principalmente.
El hecho de dar a elegir qué lecturas gustan más y decidirlas democráticamente en el grupo de clase pretende ser un componente motivacional con el doble incentivo de hacer más llevadera la actividad, por un lado, y promover el gusto por la lectura, por otro.
Con el trabajo en grupo se pretende alcanzar las competencias sociales y cívicas algo más allá de la convivencia e interacción virtual en las RRSS. La organización y distribución de las tareas en un trabajo cooperativo implican un aprendizaje para la vida laboral y social de importancia inestimable, donde los docentes no debemos dejar de insistir.
Como futuras perspectivas de desarrollo y perfeccionamiento de la actividad, sería sencillo implementar el modelo con cualquier otro género literario o con capítulos de una sola obra. El fin último, realmente, trataría de aprovechar al máximo el tiempo fuera del aula, con tareas para casa que a los alumnos les resulten cómodas y amenas.


Bibliografía


BOE, 3 de enero de 2015, nº 3, Real Decreto 1105/2014, de 26 de diciembre, por el que se establece el currículo básico de la Educación Secundaria Obligatoria y del Bachillerato. [Pp. 371-374: Lengua castellana y literatura I, 1º de Bachillerato.] https://www.boe.es/boe/dias/2015/01/03/pdfs/BOE-A-2015-37.pdf 
DÍAZ ROIG, MERCEDES (1989), El Romancero viejo. Madrid, Cátedra.
GARRIGÓS et al (2010), La influencia de las redes sociales en el aprendizaje colaborativo. Universidad de Alicante. http://upcommons.upc.edu/bitstream/handle/2099/11859/p67.pdf 
HARO, J. J. DE (2008), Las redes sociales aplicadas a la práctica docente, http://www.raco.cat/index.php/dim/article/viewFile/138928/189972 
LARA, TÍSCAR (2012), Twitter y sus funciones comunicativas, “Tíscar.com”. [Blog personal.] http://tiscar.com/2012/03/11/twitter-y-sus-funciones-comunicativas/
LAREQUI, E. (2015), El uso educativo de las redes sociales. Propuestas TIC para el área de Lengua. http://propuestastic.elarequi.com/propuestas-didacticas/el-trabajo-en-red-y-las-redes-sociales/el-uso-educativo-de-las-redes-sociales/ 
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PAOLA, R., LUCIANO, G. (2010), El impacto de las redes sociales en la educación, Universidad Nacional Santiago del Estero, Argentina.  http://www.telework2010.tic.org.ar/papers/2GALEANO%20ROMERO%20ESPANOL.pdf 
PÉREZ GARCÍA, Á., (2013), "Redes sociales y educación", Revista Creatividad y Sociedad, XXI, Madrid. Pp. 6-7. http://www.creatividadysociedad.com/articulos/21/12.%20Redes%20Sociales%20y%20educacion.%20Una%20reflexion%20acerca%20de%20su%20uso%20didactico%20y%20creativo.pdf 
RODRÍGUEZ LÓPEZ, Mª P., (2015), Al borde de la lengua. [Blog personal.] http://albordedelalengua.blogspot.com.es/search/label/Redes%20sociales 
SANTIAGO, R. (2013), 7 razones para hacer uso de las redes sociales en educación, The Flipped Classroom, http://www.theflippedclassroom.es/7-razones-para-hacer-uso-de-la-redes-sociales-en-educacion/  
SANTOVEÑA CASAL, SONIA Mª (2016), "Proceso de alfabetización en red", Tema 4 asignatura Diseño y Desarrollo del Currículum, Máster de formación de profesorado, UNED.
TORRES BEGINES, C., (2015), "En un lugar de Twitter: las andanzas del caballero don Quijote por la red del pajarito", Caracteres. Estudios culturales y críticos de la esfera digital. Salamanca. http://revistacaracteres.net/revista/vol4n1mayo2015/enunlugardetwitter/
VALLEJO, CÉSAR (2013), "Infografías y competencia digital", Cajón de Sastre, Observatorio tecnológico, MECD, http://recursostic.educacion.es/observatorio/web/en/cajon-de-sastre/38-cajon-de-sastre/1091-infografias-y-competencia-digital 
VICTORIO, JUAN (1983), El amor y el erotismo en la literatura medieval, Madrid, Editora Nacional.


Anexos


Listado de títulos y primeros versos de los romances a buscar por los alumnos.


Romances fronterizos

La mañana de San Juan: La mañana de San Juan - al tiempo que alboreaba…
De Abenámar: -¡Abenámar, Abenámar, - moro de la morería…
De Álora la bien cercada: Álora la bien cercada, - tú que estás en par del río…
Del cerco de Baza: Sobre Baza estaba el rey – lunes, después de yantar…
De la pérdida de Alhama: Paseábase el rey moro – por la ciudad de Granada…


Romances históricos

Del rey don Pedro el Cruel: Por los campos de Jerez – a caza va el rey don Pedro…
Muerte de la reina Blanca: Doña María de Padilla – no os me mostráis triste vos…
Seducción de la Cava: Amores trata Rodrigo, - descubierto ha su cuidado…
La venganza de don Julián: En Ceuta está Julián, - en Ceuta la bien nombrada…
Por las riberas de Arlanza: Por las riberas de Arlanza – Bernardo el Carpio cabalga…
Entrevista de Bernardo con el rey: Con cartas y mensajeros – el rey al Carpio envió…
Castellanos y leoneses: Castellanos y leoneses – tienen grandes divisiones…
Buen conde Fernán González: Buen conde Fernán González, - el rey envía por vos…
Del Cid Ruy Díaz: Cabalga Diego Laínez – al buen rey besar la mano…
Del Cid Ruy Díaz: A fuera, a fuera, Rodrigo – el soberbio castellano…
Del rey don Sancho: -¡Guarte, guarte, rey don Sancho! – no digas que no te aviso…
Del juramento que tomó el Cid al rey don Alonso: En Santa Águeda de Burgos – do juran los hijosdalgo…
En las almenas de Toro: En las almenas de Toro, - allí estaba una doncella…


Romances líricos

Del prisionero: Que por mayo era, por mayo, - cuando hace el calor…
De Fontefrida: Fontefrida, Fontefrida, - Fontefrida y con amor…
El conde Arnaldos: ¡Quién hubiese tal ventura – sobre las aguas del mar…
De Francia partió la niña: De Francia partió la niña, - de Francia la bien guarnida…
La serrana de la Vera: Allá en Garganta la Olla, - en la Vera de Plasencia…
La infantina: A cazar va el caballero, - a cazar como solía…



Ejemplo de infografía del romace "Álora, la bien cercada":




[Infografía realizada con la herramienta Easelly, http://www.easel.ly.]

domingo, 8 de octubre de 2017

Breve historia del individualismo




El siguiente artículo viene a ser un resumen comentado de un fragmento del libro Qué hacer con España, del economista y matemático César Molinas (2013). El tema que se va a tratar es el individualismo, en su progresivo incremento y evolución diacrónica en Occidente, que, si creíamos que era un invento del Romanticismo, aquí veremos que venía de mucho antes, y en cada fase desembocaba en notables consecuencias.

El primer paso aconteció en la Alta Edad Media. Como herencia directa de gens romana tradicional, la sociedad europea, dominada por tribus germánicas, era una sociedad agnática o patrilineal compuesta por familias extendidas o clanes. Lo importante de esto es que la familia detentaba la propiedad, que se transmitía antes de hermano a hermano que de padre a hijo, así la totalidad del patrimonio no se dividía y permanecía íntegra, o se ampliaba, generación tras generación. Otra gran ventaja de este sistema es su eficacia defensiva: una familia poco numerosa es muy vulnerable; sin embargo, en el siglo VIII, con las invasiones vikingas, musulmana y húngara, la familia extendida había cedido ya mucho terreno a favor de la familia nuclear, y ya no servía como estructura social básica de defensa. La estructura defensiva era, por entonces, el feudalismo.

Este cambio, según Molinas, que sigue los trabajos de los estadounidenses Daron Acemoglu y James A. Robinson, fue provocado por la Iglesia. Ya en el siglo VI se documenta su oposición a cuatro prácticas fundamentales para la supervivencia de los clanes: 

1) matrimonios entre personas con alto grado de consanguineidad; 
2) el levirato o matrimonio de la viuda con familiares del difunto; 
3) la adopción de niños; 
4) el concubinato (en España, la llamada “barraganía”) y el divorcio. 

Las consecuencias económicas parecen responder a un cálculo estratégico en las finanzas de la Iglesia Católica. En efecto, la consolidación del matrimonio monógamo e indisoluble, las prohibiciones del levirato y de la adopción, generaron en muy poco tiempo una gran cantidad de viudas sin descendencia. La tentación y la presión para testamentar a favor de la Iglesia debieron ser muy grandes. Cita Fukuyama (The origins of political order, 2011) que a finales del siglo VII un tercio de la superficie cultivable de Francia estaba en manos de la Iglesia.

La mayor consecuencia social es que con ello se dio un paso decisivo hacia el individualismo: las decisiones sobre asuntos relativos a la propiedad y al matrimonio se tomaban ya en la esfera individual o de la familia nuclear. Esto precedió e hizo posible el desarrollo político posterior. El feudalismo europeo, por ejemplo, habría sido imposible en una sociedad de clanes, porque las cadenas de lealtades implícitas son demasiado fuertes en uno y otro caso. En el feudalismo europeo las lealtades son entre individuos, no entre colectivos.

El segundo paso tiene lugar en la Baja Edad Media. Está escrito en el Evangelio: “al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios”. A pesar de su claridad y rotundidad, el mensaje fue ignorado durante más de mil años, hasta el siglo XII. Todavía se creía que la perfección del Reino de Dios debía encarnarse en un imperio con un emperador de autoridad divina en su vértice. Pero después del llamado “paseo de Canossa”, en el año 1077, con el dilema político-moral del Papa Gregorio VII y el emperador Enrique IV, y después de múltiples disputas, conspiraciones, excomuniones, etc., se rubrica en el Concordato de Worms (1122) que todos los individuos, desde el emperador y el Papa, hasta el más humilde de los siervos, tienen una doble lealtad: a un poder terrenal, por una parte, y a un poder espiritual, por otra. Estos poderes pueden o no estar en sintonía. Si no lo están, los individuos se ven abocados a decidir en conciencia.

Resulta irónico cómo el concepto mismo de sociedad secular (reino terrenal) se deba a un papa, Gregorio VII, que buscaba mayor autonomía de la Iglesia.

El tercer paso es decisivo para el pensamiento independiente. Se trata de Martín Lutero, que para Hegel y para el sociólogo alemán Max Weber encarna el momento estelar de la Humanidad. Hay una discrepancia teológica esencial: Lutero critica a la Iglesia el papel de intermediario exclusivo que ésta se atribuye en la comunicación con Dios. Su propuesta es que todos los fieles sean sacerdotes sin necesidad de ordenación eclesiástica, porque todos pueden acceder directamente al mensaje divino mediante la lectura de la Biblia. El Papa no tiene ninguna autoridad especial sobre el conjunto de la Cristiandad. 

Para que Dios le hable a uno, según Lutero, hay que leer la Biblia y decidir en conciencia cuál es el mensaje. Para ello hay que 1) saber leer, 2) saber pensar con independencia de criterio, y 3) poder decidir en conciencia. Estos son los tres elementos que marcan el nacimiento del pensamiento independiente, y al mismo tiempo, como efecto secundario, de los idealismos.

Las tasas de alfabetización en los países protestantes crecieron rápidamente. A finales del XVIII en Suecia casi el cien por cien de la población sabía leer, y por ende pensar y decidir. Y aunque fuera entonces un país económicamente pobre, tenía un enorme capital humano: “no hay más riqueza de las naciones que la riqueza de las nociones”, jugando con el título de la obra de Adam Smith. Hoy Suecia es uno de los países con mayor bienestar social del mundo. 

El cuarto paso fue el movimiento ilustrado de los siglos XVII y XVIII, que siguiendo al historiador Jonathan Israel, podía dividirse en dos categorías: movimiento radical y movimiento moderado. El movimiento radical era revolucionario y el moderado era tan sólo reformista. Los radicales partían de la percepción monista de Spinoza según la cual existe una única substancia que incluye todo lo espiritual (alma y mente) y todo lo material (cuerpo y naturaleza). Los moderados partían de la concepción dualista. El monismo lleva a considerar que cuerpo y mente, Dios y naturaleza, son lo mismo y por tanto no puede haber un orden divino distinto al que propugna la razón. A los radicales, por tanto, no les hacía ninguna falta hablar con Dios (porque disponían de razón) y eso no les hace necesariamente ateos, aunque muchos lo fueran.

Puede defenderse que la Historia, como proceso espiritual que lleva a Occidente a una sociedad igualitaria y no basada en ningún orden divino, termina con un parcial triunfo del programa ilustrado radical. En efecto, quedan asignaturas pendientes: que todo el sistema educativo no sea utilizado para el adoctrinamiento religioso ni de ningún tipo, y, sobre todo, cómo integrar la fraternité (obligación moral) en el paradigma de la libertad negativa, enmarcado por la liberté y la egalité (derechos de un Estado liberal). El concepto de “libertad negativa” fue acuñado por Isaiah Berlin y viene a significar que “nadie puede entrar en mi conciencia, ni en mi dormitorio, ni en mi bolsillo sin mi permiso”.

Esto dio lugar al quinto y último paso. No hay ni puede haber una ley que obligue a un individuo concreto a ser fraternal, porque nadie puede entrar en su conciencia. Esto llevó a Nietzsche a declarar que “Dios ha muerto”: la fraternidad y otras virtudes morales, vertebradoras de lo público, han pasado a lo privado. Occidente no es capaz de generar valores más allá de la ley, valores que orienten al individuo sobre cómo debe ser. Así se llega al relativismo más corrosivo: ¿qué está bien y qué está mal? ¿Qué es real y qué no lo es? “No hay hechos, sólo interpretaciones”, apostilló Nietzsche, lo cual cabe únicamente en el idealismo y no pocos lo conciben como una falacia.

El efecto positivo de esta autocrítica es que el distanciamiento de la realidad ha posibilitado un mayor conocimiento de la misma, y de ahí, una mayor aceptación. La civilización no puede estancarse, por muy estable que fuera la sociedad arcaica. El hecho de que los valores morales que sobrepasen el marco público pertenezcan a la esfera privada conlleva la verdadera fortaleza de Occidente y, al mismo tiempo, su terrible estigma.


Hoy en día, o quizá desde siempre, se enfrentan dos fuerzas en difícil equilibrio (esto no es de Molinas, ya es cosecha mía): 

1) el individualismo extremo, donde nadie puede meter mano en el "bolsillo" de la conciencia de cada uno, donde todo se diversifica y se cae en idealismos absurdos simplemente porque están de moda o porque uno es libre de "creer" lo que quiera, y apoyarlo con todas sus consecuencias. Se puede decir que la manipulación es horizontal o desde abajo, por medio de medios de comunicación, financiaciones de manos privadas, etc. No suelen estar en el poder, porque sus ideas son imposibles de llevar a la práctica. Es la mentalidad progresista, de izquierdas o pseudoizquierdas (versión más agresiva de antitaurinos, antisistema, homosexuales, veganos, independentistas, partidarios de utopías, etc.; importante señalar que no me refiero a expresiones moderadas ni discretas); 

2) el colectivismo extremo donde se sofoca toda expresión individual, donde se manipula desde arriba o verticalmente, para dictar unívocamente un sistema de pensamiento cerrado y común para todos, con el fin de mantener el orden. La forma de gobierno es tecnocrática y profundamente realista, pragmática. Los que apoyan esta facción suelen decir que "sobran personas inteligentes", porque creen que hay un beneficio mayor, común, cuando son pocas las personas altamente cualificadas y en las que se deja la responsabilidad. Lo contrario causa conflicto, idealismos y discusiones improductivas (shitstorms). Esta parte puede trabajar en contra de la ciencia y la tecnología para estancar el progreso y controlar movimientos sociales. Es la mentalidad de derechas, de instituciones como la Iglesia, el Opus, de lo más acérrimo y rancio del conservadurismo, a veces impregnado de falso progresismo o adaptación a la realidad, para no perder discípulos.

De la síntesis y acuerdo pacífico entre ambas partes depende nuestro futuro, si queremos evitar una catástrofe y así garantizar que siga avanzando la Historia.


Especial agradecimiento a Rafael Panadero, descubridor y transductor del libro que se trata.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Haruki Murakami: el ejercicio y la creación artística

Hace ya bastantes meses unos amigos míos me regalaron un libro de Haruki Murakami titulado "De qué hablo cuando hablo de correr". Acababa de leerme su genial colección de cuentos editada en Tusquets bajo el título "El elefante desaparece" y, al ver que el que me regalaron era meramente autobiográfico, no me interesó mucho.

Por aquella época, casualmente, algo me impulsó a hacer ejercicio. Gente cercana a mí, unos y otros, se iban metiendo a diversas actividades de mejora física. La última vez que hice algo de deporte fue cuando estuve en clases de esgrima, hace más de dos años. Siempre las he echado de menos. El caso es que sentí este impulso como si fuera un resultado natural: tenía que venir, era el momento.

Mi ejercicio trata solamente de optimizar el cuerpo, ganar musculatura y algo de coordinación y elasticidad, con una aplicación del móvil que sigo a rajatabla. Como ermitaño que no puedo dejar de ser, entreno solo y casi siempre dentro de casa. Pero es uno de los mejores momentos del día. He cogido la rutina y los resultados son ya perceptibles.

Y ahí estaba el libro de Murakami, esperando en mi mesilla, la "sala de espera" de mis pacientes. Cuando lo volví a retomar (sólo había leído las primeras páginas), la rutina de haber empezado mi "fisicalización" ya había formado en mí una predisposición positiva para leer el libro. Quiero decir que es más fácil y más provechoso leer este libro de Murakami si haces algún deporte o ejercicio, sobre todo si es de resistencia y sabes lo que es sudar y llegar al límite de tus fuerzas. 

Esto que acabo de decir tiene algo de increíble, porque nunca había imaginado que la literatura pudiera tener un poder así, que pudiera tener alguna conexión con el cuerpo. De hecho, cuando era un poco más ignorante, creía que en donde tenemos que trabajar para mejorar es en el intelecto, en el mundo de las ideas, considerando la filosofía y la filología las ciencias más altas; y, por tanto, dedicar tiempo y esfuerzo a perfeccionar el cuerpo, que solía relacionar con la vanidad, y cuyos beneficios no pueden transmitirse (el conocimiento sí, los músculos no) es estúpido. Pues bien, no es así. En primer lugar, la vanidad también está en la erudición, pues cualquier tipo de presunción, sea cual sea, nos hace caer en lo más bajo. Luego, lo que el escritor japonés aporta, es que el esfuerzo físico forma parte integrante del conocimiento, lo que nos ayuda a ser mejores y a ayudar a mejorar a otros.

Conozco a una persona, o unos cuantos como él, que apenas han leído y se han pasado la vida cuidándose el cuerpo, con el logro de una forma física envidiable. No llegaba a caer en el desprecio, pero sentía lástima porque esas personas no hubiesen puesto interés en formarse culturalmente un poco más. Pues bien, desde los preceptos que queremos seguir últimamente mis allegados y yo, "humildad y respeto", estas personas son admirables y están dando lo mejor de ellas mismas. A los que no somos expertos en nutrición y en ejercicios nos ilustran con su experiencia. Y si no saben de otras ciencias alcanzables mediante el estudio, es indudable que su sabiduría es la misma que la de cualquiera, porque nadie es más que nadie.

El caso es que Murakami no solamente ha sabido integrar su afición a correr largas distancias y escribir novelas, sino que se apoya en una cosa para conseguir la otra. Veamos cómo.




Le vino un poco todo de casualidad, y a la vez con un gran autoconocimiento que redundó en resoluciones personales acertadas. Tuvo una típica formación escolar japonesa, pero él era del tipo de alumno que, sin ser nada brillante, aprende lentamente y bien:

Empecé a experimentar interés por el estudio cuando, tras superar como pude el sistema educativo establecido, me convertí en lo que llaman un “miembro hecho y derecho de la sociedad”. Comprendí que, si investigaba en los ámbitos que me interesaban a mi ritmo y a mi gusto, asimilaba técnicas y conocimientos de un modo extrañamente eficaz. […] Así, acumulando ensayos y errores, tardaba mucho tiempo hasta que tomaban forma, pero lo que aprendía lo hacía mío para siempre (p. 54).

Estudió una carrera de difícil salida laboral (literatura y teatro griegos), con la que obviamente no encontraría trabajo (creo que ni lo buscó), y a continuación abrió un pub de jazz. Ese trabajo le fue lo bastante bien para tener cierta estabilidad, siempre con la compañía y la ayuda de su esposa. Una mujer, una pareja, ayuda mucho cuando se embarca contigo en algo, hay que tenerlo en cuenta. El caso es que durante un partido de baseball le vino a Murakami la idea espontánea a la cabeza, o más que una idea: una resolución o decisión acertada, acorde con lo que él era. Se dijo: "voy a escribir una novela".

Y así lo hizo. En casa, en el bar, en momentos muertos de poca clientela o en el horario en que estaba el bar cerrado, sacaba su cuaderno y escribía. Su salud estaba deteriorada por tantos hábitos nocturnos, pero valió la pena. Así nacieron sus dos primeras novelas, Oíd cantar al viento y Pinball 1973.

Pero no se conformó y quiso escribir una novela de mayor calado, para lo que tenía que dedicarse íntegramente. Pensó en cerrar temporalmente el negocio, a lo que sus amigos se opusieron. Entonces hizo algo sorprendente y muy interesante: lo traspasó definitivamente, lo dejó sin posibilidad de retorno. Había tomado la decisión de dedicarse a escribir. Se conocía a sí mismo, sabía que podía hacerlo.

Es sólo mi opinión, pero, en la vida, a excepción de esa época en la que se es realmente joven, deben establecerse prioridades. Hay que repartir ordenadamente el tiempo y las energías. Si, antes de llegar a cierta edad, no dejas bien instalado en tu interior un sistema como ése, la vida acaba volviéndose monótona y carente de eje. Yo quería dar prioridad al establecimiento de una vida tranquila, en la que pudiera dedicarme a escribir novelas, antes que a las relaciones sociales concretas con la gente de mi entorno (pp. 56-57).

El caso es que ahí fue cuando su salud se deterioró considerablemente. El oficio de escritor de acuerdo con los tópicos, y tal como lo estaba llevando a cabo Murakami, consiste en pasar muchas horas sentado, tomando café y fumando montañas de cigarrillos. Era exactamente así, con lo que engordó y apestaba siempre a tabaco. Se dio cuenta de que tenía que hacer algo con su físico si no quería pagarlo caro (apunto que José Manuel Caballero Bonald, cuando hablaba de escribir novelas, ejercicio muy diferente al de componer poesía, decía que hace falta mucha salud para aguantar ese esfuerzo mental).

Haruki empezó a correr, ya que es un deporte que se puede hacer solo, sin contrincante, y no requiere ninguna infraestructura. Le cogió el gusto y adquirió la costumbre. Aquí entra el tema de la voluntad, la cuestión de si las cosas se consiguen por la fuerza de la voluntad o es otra cosa:

Cuando digo que corro todos los días, hay gente que se admira por ello. […] Pero, a mi parecer, tener fuerza de voluntad no significa que uno consiga todo lo que quiere. El mundo no es tan sencillo. […] Que yo lleve corriendo de este modo más de veinte años supongo que se debe, en definitiva, a que esa actividad va con mi carácter. O, al menos, a que no me causa tanto sufrimiento. […] así, por mucha fuerza de voluntad que uno posea, por mucho que sea de los que no se dan por vencidos, si algo no le va, no podrá hacerlo durante largo tiempo (p. 64).

En efecto, no se puede persistir mucho en algo si no va con "nuestro carácter". El hecho de concentrarse y lograr esa atención sostenida durante horas (tampoco tantas, porque Murakami escribe entre tres y cuatro horas diarias) parece cuadrar con la capacidad para correr también una serie de horas al día. A veces mucho más, intentando superar sus límites constantemente. Fue mejorando sus marcas a base de disciplina en el entrenamiento, en lograr la regularidad y mantener la rutina. Es así la única manera de conseguir algún progreso, tanto muscular como mental:

No descansar dos días seguidos, aunque el tiempo total dedicado al entrenamiento disminuya, es la regla básica durante la fase de preparación. Los músculos son como animales de carga dotados de buena memoria. Si los vas cargando gradualmente y con mucho cuidado, los músculos se van adaptando de manera natural para resistir esa carga (p. 95).
Por eso, tanto para correr (en el caso de Murakami; en nosotros puede ser cualquier otro ejercicio) como para escribir, hacen falta una serie de cosas. Por una parte, la actividad tiene que "ir con nuestro carácter", pero el resto ya viene de la disciplina y la dedicación, del ejercicio de otras facultades. Es muy interesante, en esta comparativa constante entre lo físico y lo intelectual, ver cómo expone las cualidades necesarias para ser novelista:

1. El talento.

Si no se tiene absolutamente nada de talento literario, por más que uno se esfuerce, nunca llegará a ser novelista. Más que de una cualidad literaria, se trata de una premisa. […] El talento no tiene nada que ver con la fuerza de voluntad. Brota libremente, cuando quiere y en la cantidad que quiere, y, cuando se seca, no hay nada que hacer (p. 102).

2. La capacidad de concentración.

[…] después del talento, la siguiente cualidad [sería] la capacidad de concentración. La capacidad para concentrar esa cantidad limitada de talento que uno posee en el punto preciso y verterla en él. […] Además, si se usa con eficacia, con esta habilidad se pueden suplir en cierta medida las carencias y desequilibrios del talento. Yo, por lo general, trabajo tres o cuatro horas al día, por la mañana. Me siento frente al escritorio, dirijo mi atención únicamente a lo que escribo. No pienso en nada más (p. 103).

3. La constancia.

Después de la capacidad de concentración, es imprescindible la constancia. Aunque uno pueda escribir con concentración durante tres o cuatro horas al día, si no es capaz de mantener ese ritmo durante una semana porque acaba extenuado, nunca podrá escribir una obra larga (p. 103).


Las dos últimas, concentración y constancia, pueden conseguirse mediante el entrenamiento, no son un "don" con el que nacemos, al igual que tampoco desarrollamos músculos si no los entrenamos:

Por fortuna, estas dos capacidades –concentración y constancia-, a diferencia del talento, se pueden adquirir a posteriori mediante entrenamiento […]. Es algo parecido al adiestramiento muscular al que me he referido antes (p. 104).

El autor japonés se explaya en la teoría de que esas capacidades desarrollables mediante el trabajo, las dos últimas, tienen algún tipo de contacto con el vigor físico, logrado asimismo mediante el trabajo o el entrenamiento. Dicen algunos que la fortaleza y la salud físicas, sin tener mucho que ver con las equivalentes de la mente, nos sirven a nivel simbólico o metafórico: uno coge confianza en su cuerpo, que está progresando y dando un buen rendimiento, y del mismo modo aprende a confiar en su intelecto. No está mal; no obstante, sostengo otra teoría no excluyente, aunque totalmente hipotética e indemostrable: si se dice que los intestinos son un "segundo cerebro" (Michael Gershon, The Second Brain), ¿no lo será, en cierto modo, todo el cuerpo? ¿"Pensamos" con todo el cuerpo? No es lo mismo, claro está, ya que el aparato digestivo es evolutivamente muy antiguo y es comprensible que sirva, en cierto modo, a la inteligencia del sistema nervioso central, porque dependemos de lo que comemos. Pero también tenemos toda una compleja red de nervios por todo el cuerpo. No me parece descabellado imaginar, por un momento, que las mejoras en rendimiento, coordinación, elasticidad, etc. del cuerpo contribuyan a una mejora de rendimiento mental. ¿No es eso lo que pretenden también en yoga?

Murakami dice abiertamente que escribir es una labor física, e incluso que "pensamos con todo el cuerpo":

Soy consciente de que escribir novelas largas es básicamente una labor física. Tal vez el hecho de escribir sea, en sí mismo, una labor intelectual. Pero terminar de escribir un libro se parece más al trabajo físico. […] la mayoría de la gente […] cree que […] con tal de tener la fuerza suficiente para poder levantar la taza de café, se pueden escribir novelas. Pero, si probaran de veras a hacerlo, estoy seguro de que enseguida me comprenderían […]. Es sentarse ante la mesa y concentrar todos tus sentidos en un solo punto, como si fuera un rayo láser, poner en marcha tu imaginación a partir de un horizonte vacío y crear historias […].
Y es que, aunque realmente el cuerpo no se mueva, en su interior está desarrollándose una frenética actividad que lo deja extenuado. Por supuesto, la que piensa es la cabeza, la mente. Pero los novelistas, envueltos en el ropaje de nuestras “historias”, pensamos con todo el cuerpo, y esa tarea requiere que el escritor use […] todas sus capacidades físicas por igual (pp. 105-106).
Me parece plausible que influyan, de algún modo, las características de nuestro cuerpo. O al menos no perdemos nada por arreglar un poco nuestra carrocería ya que no sabemos optimizar el motor. Murakami se hace preguntas como las que planteamos aquí: "¿Significa eso, en definitiva, que la mente humana está condicionada por las características del cuerpo? […] ¿O acaso cuerpo y mente se influyen e interactúan mutua e íntimamente?" (p. 112).

¿Está la respuesta a esto en manos de psicólogos y neurólogos? ¿Es todo una autosugestión, que a algunos les puede dar resultado y a otros no? ¿Hace falta realmente entrenar físicamente a nivel profesional, como Murakami, para escribir novelas o trabajos arduos, como tesis doctorales? Hay muchos interrogantes, pero recordemos su consejo: con la voluntad sola no se logra nada. Esa actividad que se haga tiene que "ir acorde a tu naturaleza".


Sobre la toxina de los artistas


Este epígrafe merecía un espacio aparte, pero finalmente lo incluyo aquí. Un tema que preocupa notablemente a Murakami es el tópico de que el escritor, que aquí extendemos a los artistas en general, suele llevar una vida poco saludable. Parece que no solamente en Japón, porque los artistas, por el hecho de ser creadores, gente que aporta algo original y, en muchos casos, auténticos genios, suelen estar al borde de, si no la muerte, al menos de ciertos riesgos para su integridad física. Los músicos siempre han tenido fama de darse a las drogas; los escritores, de olvidarse de comer o de dormir; o unos y otros, incluyendo poetas, pintores, etc., tantear la locura por el hecho de vivir algo intenso para así tener inspiración, o simplemente porque sí. Ya decía Lope de Vega "¿que no escriba, decís, o que no viva?". También es algo que va en el carácter del creador artístico, podría decirse. Murakami no lo rechaza del todo; admite que este estereotipo está arraigado, aunque no le guste:

[…] parece que en Japón hay bastante gente que opina así. Es decir, que escribir novelas es una actividad poco sana y que los escritores tienen que llevar una vida lo más insana posible […]. De este modo, rompen con todo lo mundano y consiguen acercarse a las cosas más puras, que poseen valor artístico. Esta suerte de tópico está muy arraigada en la sociedad. Al parecer, con el paso de los años se ha ido forjando este esquema de “artista = insano (degenerado)” (p. 134)
Ahora bien, hay algo de verdad en eso de "acercarse a las cosas más puras" mediante comportamientos o pensamientos insanos. Al igual que para recuperarse de un mal que nos aqueja suele ser necesario hundirse en lo más oscuro, bajar a nuestra oscuridad y tocar fondo en ella, para así encontrar esa salida que lleva a la luz y finalmente nos repara, la labor de tejer un texto de la nada nos obliga a enfrascarnos en tinieblas, nuestras tinieblas. Tenemos que abrir puertas de nuestros cuartos oscuros que normalmente están vedados, en cuarentena, durante nuestra interacción social normal en la vida. Un artista siempre tiene algo de loco, y un loco es un creador, es el cincel que abre camino. La ficción es un componente de la realidad que a priori no existe, aunque luego existirá. Un personaje literario no tiene existencia operativa, pero sí tiene existencia estructural: Don Quijote tiene tanto peso en nuestras bases gnoseológicas como cualquier personaje histórico. Hay que postrarse, literalmente, ante aquellos seres capaces de crear estas nuevas realidades. Cervantes tuvo que quedarse medio manco, desdentado y enfermo de hidropesía (diabetes) para escribir sus mejores obras. Nietzsche tenía un tumor cerebral (al parecer no era sífilis). El caso es que incubar y sufrir una enfermedad, en los artistas, parece tener una relación causa-efecto en su creación, porque, de algún modo, de ese sufrimiento se nutren para crear. Hay una amplia bibliografía al respecto de los artistas y las enfermedades. Este artículo de la revista Ínsula (nº 813), de Monserrat Escartín Gual (2014), no tiene desperdicio: Literatura y medicina: genio y locura.

Murakami se refiere a esa oscuridad personal como nuestra toxina. Es algo que nos puede destruir, pero a la vez nos sitúa en ese borde, esa frontera entre control y descontrol, o lucidez y embotamiento, o entusiasmo y depresión, o cualesquiera que sean nuestras fronteras, que nos permite elaborar algo original, de nuestra esencia más pura. Como él dice, "la parte más sabrosa del pez globo es la que está junto al veneno".
Puede verse geográficamente de ambas formas: salir de nosotros mismos, o quizá entrar en lo más profundo de nosotros mismos. En cualquier caso, el artista se expone a un riesgo, pero es consciente de ello. Es inmejorable la explicación de Murakami:

En líneas generales, estoy de acuerdo con la idea de que escribir novelas es una labor insana. Cuando nos planteamos escribir una novela, es decir, cuando mediante textos elaboramos una historia, liberamos, queramos o no, una especie de toxina que se halla en el origen de la existencia humana y que, de ese modo, aflora al exterior. Y todos los escritores, en mayor o menor medida, deben enfrentarse a esa toxina y, sabedores del peligro que entraña, ir asimilándola y capeándola con la mayor pericia posible. Porque sin la intervención de esa toxina no se puede llevar a cabo una auténtica labor creativa en el sentido verdadero del término (les pido perdón por la extraña metáfora que ahora emplearé, pero puede parecerse al hecho de que la parte más sabrosa del pez globo sea precisamente la más cercana al veneno). Y a eso, se mire por donde se mire, no se le puede llamar una actividad “saludable”.
Dicho de otro modo, por su origen, los actos artísticos contienen en sí mismos agentes insanos y antisociales. Admito esto sin paliativos (pp. 134-135).

¿Qué maneras hay de sobrevivir a esa toxina? Inmunizarse a ella. Secretarla como siempre a la hora de escribir, pero a la vez conseguir la resistencia para no envenenarse por ella. Una de las maneras, que a Murakami le ha funcionado, es simplemente optimizar la salud física, el cuerpo físico. Pero claro, es lo que le ha funcionado a él, "su teoría":

No obstante, creo que aquellos que aspiran a dedicarse a escribir novelas profesionalmente durante mucho tiempo tienen que ir desarrollando un sistema inmunitario propio que les permita hacer frente a esa peligrosa (a veces incluso letal) toxina que anida en su cuerpo. De esa manera podrá ir procesando, correcta y eficazmente, una toxina cada vez más potente. En otras palabras: podrá ir creando historias cada vez más poderosas. Pero, para poder generar y mantener a largo plazo ese sistema autoinmune, se necesita una cantidad de energía nada despreciable, energía que deberá obtener de alguna parte. ¿Y dónde se obtendrá esa energía, sino en la propia fuerza física de base?
[…] En mi opinión, el aumento de esa “fuerza física de base” es uno de los elementos indispensables para embarcarse en creaciones de cada vez mayor envergadura.
[…] Para tratar con cosas insanas, las personas tienen que estar lo más sanas posible. Ésa es mi teoría. Lo que es tanto como decir que los espíritus insanos necesitan también, por su parte, cuerpos sanos (pp. 135-136).

¿Cuánto habrá de verdad en esta teoría? ¿Es aplicable a todos, o al menos a todos los que estamos viviendo este momento evolutivo de la sociedad? ¿Tenemos, los que nos sentimos en parte responsables de las ciencias y la cultura, que "fisicalizarnos"?

Tampoco perdemos nada por intentarlo. Como dije al principio, mi momento de hacer ejercicio en el salón de casa o en el parque que tengo al lado es uno de los mejores del día. Además, la actividad no es meramente física, ya que aprovecho a escuchar algún podcast o divido mi atención con algo que haya puesto en la tele.
Mi toxina, por cierto, es la melancolía, mi vieja conocida bilis negra. Me han salido bellas poesías en momentos muy oscuros. Por ahora, me está sirviendo Murakami: ante el dolor de amores terminados, de la desilusión, del desengaño, del fracaso, siempre queda la confianza en un cuerpo sano que nos ha traído hasta aquí y puede seguir llevándonos, de una carcasa fuerte para nuestra alma frágil.

E. M. C.


Bibliografía

Murakami, Haruki (2015), De qué hablo cuando hablo de correr. Barcelona, Tusquets.

Escartín Gual, Montserrat (2014), "Literatura y medicina: genio y locura". Ínsula, nº 813. Septiembre 2014. Madrid, Espasa.

Gershon, Michael (1998), The Second Brain : The Scientific Basis of Gut Instinct and a Groundbreaking New Understanding of Nervous Disorders of the Stomach and Intestines. Harper Perennial.












sábado, 16 de septiembre de 2017

Sobre discotecas y ermitaños

Son las 6:53 de la mañana. El Ermitaño vuelve a su cueva después de una expedición nocturna en busca de amor, o más bien de un paliativo para compensar la carencia de éste. Parece de risa. Aun así, tras no sé cuántas ni qué copas y un sueño monstruoso, ocurre el milagro de que se ponga a escribir a las siete de la mañana, tras una noche sin dormir, con una sobredosis de melancolía que le estrangula el pecho.
No hay nada más cruel que ponerle ante los ojos, a él y a otros muchos hombres solitarios, tanta y tamaña belleza. Siempre hay más hombres que mujeres en todas partes, pero en aquel caso la proporción era casi equitativa. ¡Cuánta, cuánta belleza! ¡Qué rostros, qué cuerpos divinos! Y las sonrisas, más para ellas mismas que para nosotros, mientras se hacen fotos unas a otras o a ellas mismas. Les gusta gustarse. Qué desperdicio que no quieran pasar de ahí.
Decía la Ilíada que Afrodita es “la que ama las sonrisas”. Después de liberarse y expandirse en diversos talleres de meditación tántrica, nuestro ermitaño deja aflorar su mejor sonrisa, bailando como una hoja al viento. Hasta ahí iba bien.
Ahora, a las 7:07 de la mañana, acude un recuerdo: mes y medio atrás, con la mujer que amaba, después de un arroz con marisco y dos botellas enteras de vino verde, sonaba música con el móvil de ella en la cocina. La mesa estaba sin recoger. Ella sabía bailar, sabía mucho de discotecas y de disfrutar de la noche, y ante la novedosa manera de bailar de quien fue su amado, nuestro ermitaño de mes y medio atrás, se quedaba entre sorprendida y asustada:
- No mires así a ninguna mujer cuando bailes. Con esa mirada y esa sonrisa no… Qué peligro tienes, cuánto peligro tienes.
Y aquel hombre, aquel hombre de hace mes y medio, cuyo sueño ya murió, movía las caderas, flexionaba las rodillas, acercaba su pubis al de ella, y el baile se convertía en un abrazo al son de la música con fogosos besos.
Pero aquello fue un espejismo, una ilusión, como la de Segismundo en La vida es sueño. La brecha de aquella pérdida nunca se cerraría. Los traumas del pasado no afloraron en la misma discoteca esta vez, pero sí estaban latentes. El individuo del que hablo escribió, en el año 2002, quince años atrás:
Abrí los ojos. Estaba sentado en la escalera de la Notte, en Moncloa. Eran las tres y pico de la mañana, y sostenía en mi trémula mano mi segunda o tercera copa de vodka, casi vacía. Seguía escuchando la canción que había quedado impresa en mi cabeza al despuntar el día: De sobra sabes que eres la primera, que no miento si juro que daría por ti la vida entera, por ti la vida entera. Y sin embargo, un rato cada día, ya ves, te engañaría con cualquiera, te cambiaría por cualquiera... Era la canción favorita de una chica con la que salí tres meses sin quererla, más bien por complacer, por ayudar, por intentar hacerla feliz de una manera que yo creía saber hacer. Al final le hice un daño que descompensó todo lo bueno que le di durante aquellos tres meses, que fue prácticamente nada. Y ahora, dos años después, esa misma canción me corroe el corazón y me inspira para escribir a una lejana Natalia.

Me bebí el vodka de un trago y arrojé el vaso con fuerza a la base de una columna.
Siempre hubo lamentado romper ese vaso. Pero no fue el único, porque siempre había pisado cristales rotos en las discotecas. Esta noche, por ejemplo, los había alrededor de una taza del váter.
Algo está roto por dentro. La mejor sonrisa, la mejor manera de bailar con la técnica Tantra-Zen liberadora no sirvió ni para hacer puñetas. Después de cuatro, o cinco, o seis grupos de mujeres con las que pretendió entablar conversación, se fue quedando sin energía. Ya no podía moverse como una hoja movida por el viento, ya no afloraba su sonrisa como una rosa en primavera. Del mismo modo, la sonrisa de Afrodita, la de las bellísimas mujeres, se iba empobreciendo, y cada grupo cerrado de mujeres iba centrándose en bailar tontamente sin hablar con nadie. Los grupos de hombres alrededor de cada grupo de mujeres se iban moviendo cada vez más rápidamente: las entraban, se iban, venían otros, las entraban, se iban… 
Las bailarinas de pago lucían sus increíbles curvas moviéndose como ninfas de la Arcadia. Sus torneados muslos y glúteos brillantes, cuyo pudor iba únicamente cubierto por un estrecho hilo, subían y bajaban, temblaban, se entregaban a los ojos de todos los hombres solitarios, y quizá también algunas mujeres. Se veía besarse a una pareja de mujeres, jóvenes y guapas. Los hombres suspiraban.
El hombre que fue joven recordó un pasaje del Persiles de Cervantes (cap. 19, libro 2):
Entré yo confiado y animoso, por saber indubitablemente que llevaba la razón conmigo y la verdad de mi parte. De mi contrario, bien sé yo que entró animoso, y más soberbio y arrogante que seguro de su conciencia. ¡Oh soberanos cielos! ¡Oh juicios de Dios inescrutables! Yo hice lo que pude; yo puse mis esperanzas en Dios y en la limpieza de mis no ejecutados deseos; sobre mí no tuvo poder el miedo, ni la debilidad de los brazos, ni la puntualidad de los movimientos; y, con todo eso y no saber decir el cómo, me hallé tendido en el suelo, y la punta de la espada de mi enemigo puesta sobre mis ojos […]
Así fue como se disolvieron los temores de su antigua amada, porque aquella manera de bailar sólo atraía a quien le amase de verdad. No había manera de saber ya si ella se alegraría o se entristecería, pero probablemente lo primero, desde que su amor se tornó en odio. La ilusión de divertirse y de jugar a la seducción, para calmar la bilis negra que aún encharcaba su corazón, se tornó en la derrota de Renato en el Persiles: “Yo hice lo que pude…”.
Una chica con quien habían hablado sus amigos, y junto a la cual había bailado un tiempo considerable, vino a ser la última oportunidad de entablar conversación. 
- Disculpa, creo que no nos hemos presentado… -dijo él.
Pero antes de que acabara la frase, la mujer hizo un gesto de negación con la mano, sin mirarle.
Son las 7:41 de la mañana. Hace dos horas nuestro homúnculo iba al guardarropa a por su chaqueta. Por el camino se encontró a las dos altas y guapas jugadoras de voleibol, con las que había hablado antes, sin éxito. Se le ocurrió decir:
- ¿Qué tal, cómo ha ido?
- No muy bien. Estamos cansadas ya. Nos vamos a ir.
- Yo también. Se me han quitado las ganas ya. Me parece que nos pasa lo mismo tanto a las altas y guapas como vosotras como a los bajitos y feos como yo –dijo él, con una sonrisa.
Una de ellas, en lugar de decir que no era tan bajito ni tan feo, o agradecer el cumplido, dijo:
- Ya, no hay término medio.
El hombre que nunca volvería a ser joven preguntó entonces:
- ¿Qué esperabais encontrar aquí? ¿Qué es lo que no os ha gustado del ambiente, de la gente?
- No nos ha gustado mucho el sitio… La música no nos gusta.
La música era la misma mierda que en todas partes. Lo que no les gustaba era el público masculino. Sin darse él cuenta muy bien cómo lo hicieron, las dos mujeres fueron hacia la salida, sin acabar la conversación ni despedirse.
La gente seguía mezclándose y revolviéndose como si las moviese una batidora. Cada vez más hombres, cada vez más pesados y las mujeres cada vez más hurañas. Apenas había besos ni bailes sensuales, excepto los de las bailarinas de pago. El Ermitaño se despidió de uno de sus amigos y salió, finalmente.
Son las 7:54 de la mañana. Ha salido el sol. La melancolía hace estragos. No debió causar la ruptura con aquella mujer. Podría haber bailado más veces con ella en la cocina en vez de en absurdas discotecas. O podría haber cortado el tumor, haber avanzado de otra manera. No hay peor desamor que saber que tanta felicidad se ha vuelto odio y desprecio.
Una vez le dijo ella: “Tienes que salir, cambiar, aprender a divertirte. Pero cuidado, si no lo haces bien, fallar te reforzará lo que eres ahora, tu rechazo a la vida de la noche”.
Así que había fallado, era el mismo de siempre. La tristeza de haber perdido lo alcanzado, en el pasado, y la desesperación de no alcanzar nada, en el futuro, son las dos vertientes de un presente miserable. 
No volvería a pisar una discoteca en mucho tiempo, burla obscena de la enfermedad de la soledad, concentración de estupidez y de barreras. 
Son las 8:14 de la mañana.


viernes, 1 de septiembre de 2017

Hipótesis del origen de los nombres de los colores

He recuperado este escrito del año 2010. Se quedó en el olvido porque nunca pude terminarlo, ya que la investigación que requería era bastante trabajosa, sin beneficio ninguno. Quizá algún día pueda ampliarlo o mejorarlo, porque es poco preciso y seguramente contenga errores. Hay investigaciones muy profundas que se pueden encontrar en Google. Aun así, lo cuelgo aquí para disposición de quien lo necesite, aunque era un joven de veintitantos años cuando me interesé por el tema.


Hipótesis del origen lingüístico de los colores


A Rafael Panadero, quien me proporcionó la idea y el ánimo para realizar este trabajo.
A Aneta, por su constante apoyo y entusiasmo en mis ocurrencias inútiles.


Nota previa


El presente ensayo, de contenido sobre todo filológico, pero también con cierta mezcolanza de historia y antropología, pretende despertar en los lectores la curiosidad sobre temas mundanos en los cuales nadie se detiene a pensar. Para ilustrar debidamente dichas intenciones, propongo que se imaginen lo siguiente:
Están en plena naturaleza, caminando, de un punto a otro. Pueden limitarse a caminar, pensando simplemente en el tiempo o distancia que queda hasta llegar al destino. O bien pueden entretenerse mirando a su alrededor, estudiando el paisaje, las plantas, animales y rocas. Se puede ir más allá, y hacerse preguntas como: ¿qué árbol es ése?, ¿dónde he visto crecer antes estas flores?, o ¿cuánto tiempo tiene esta roca?
Desde luego, hacerse esas preguntas frisa la locura, resulta agotador y, en muchos casos, un esfuerzo infructuoso. Es uno de los extremos. El otro, es el de quien no presenta interés por nada que no sea el mero uso, la utilidad de las cosas, quien se limita a un conciso aspecto práctico y rechaza casi todo su potencial cognitivo porque en su entorno social ese exceso más allá de la línea práctica no tiene ningún valor. Así nos hacen ahora, así es el actual sistema educativo, y de este modo, se ha detenido el progreso con el que soñaban nuestros ancestros. 
El trabajo a continuación no es más que un breve intento de ir en dirección contraria para la satisfacción de unos pocos y el desprecio de muchos, muchos que no se dan cuenta de que, si bien es cierto que hay estudiosos lunáticos que no aportan nada, tampoco el sometimiento a la dinámica salvaje del trabajo y del consumo mejorará el mundo de sus hijos. Pero en cuanto al eterno debate entre lo práctico y lo inútil, el conocimiento y la ignorancia, o el trabajo y el estudio, baste con lo dicho.
Las palabras son herramientas que usamos constantemente y, en la mayoría de los casos, no sabemos su origen. Por supuesto que es imposible saberlas todas, pero aquí se ofrecen a quienes tengan interés unas pocas que he podido recopilar con mis escasos conocimientos, recursos y posibilidades.


Sobre el indoeuropeo y la lingüística comparada


William Jones, juez británico de Bengala, escribía en 1788 sobre la afinidad entre el sánscrito, lengua sagrada antiquísima del brahamanismo, y las lenguas de Europa, que “ningún filólogo puede considerar estas lenguas sin estar convencido de que han surgido de una fuente común, que quizá ya no existe”. Comenzó así la lingüística comparada, es decir, la reconstrucción de estadios anteriores de las lenguas mediante la comparación entre unas y otras, y la elaboración de leyes generales que explicasen esos cambios.
Las lenguas pueden estar atestiguadas cuando existan testimonios directos o indirectos, es decir, documentos escritos por hablantes de dicha lengua (Biblia de Ulfila en gótico), o por hablantes de otra que citaran topónimos, nombres propios, etc., como sería el caso de Tácito, S. I, historiador latino de cuyas obras nos quedan vocablos galos o germánicos. Cuando no existen testimonios de ningún tipo y la lengua extinta es reconstruida por lingüistas recibe el nombre de protolengua, y se llama phylum al término más antiguo al que se puede llegar. El indoeuropeo es un phylum, es la protolengua más antigua conocida de la que parten la mayoría de las familias lingüísticas de Europa y Asia occidental, y esta fuente común a la que se refería acertadamente William Jones.


Sobre la migración indoeuropea


Los pueblos indoeuropeos comenzaron su expansión hacia el año 3000 a. de C. desde el N. de la India hacia occidente. A medida que las tribus avanzaban, se iban fundiendo con otros pueblos ya existentes no indoeuropeos, adquiriendo sustanciales cambios y avances técnicos, sociales, religiosos, y por supuesto, lingüísticos, de manera que la lengua original indoeuropea se iba dialectalizando. Tomaron, por ejemplo, la escritura de las civilizaciones mesopotámicas, lo que permitió la elaboración de los primeros manuscritos de nuestra cultura (escritura micénica), no tan antiguos como los no indoeuropeos hebreos, egipcios, sumerios, fenicios, etc.
Entre las distintas oleadas migratorias y las direcciones que tomaron, se cuentan, a grandes rasgos, las siguientes: la gran rama aria penetró en la India y en Irán (II milenio a. de C.), las griegas se establecieron en los Balcanes y península helénica (II milenio a. de C.), los latinos entraron en Italia (I milenio a. de C.); los celtas avanzaron hasta el occidente europeo y los escitas hacia el sur de la actual Rusia; los germanos, que llegaron en distintas oleadas, realizaron grandes migraciones en los primeros siglos de nuestra era; los eslavos, que en el siglo VI de nuestra era ocupaban la actual Eslovaquia y S. de Polonia, comenzaban su Gran Expansión que no concluiría hasta el S. XIX con la anexión a Rusia del extremo oriental de Asia y Alaska.
El pueblo indoeuropeo más extraño, por su lengua de rasgos occidentales y su ubicación oriental, es el tocario, cuya lengua está extinguida pero posee testimonios directos mediante manuscritos de los siglos VI-VII. Los tocarios se establecieron en la cuenca del Tarim, hoy provincia de Sinkiang, en China, desde el I milenio a. de C. hasta el siglo VII d. C., momento en que fueron definitivamente exterminados.


Sobre los colores


Los colores son deícticos, es decir, elementos que apuntan o señalan algo en concreto. No se puede expresar un color solamente con palabras. Por ejemplo, la definición de la RAE de la entrada “azul” es: “Del color del cielo sin nubes. Es el quinto color del espectro solar”. Es decir, para la definición de un color es necesario aludir a algo conocido, como el cielo o uno de los colores del arcoiris. Si le preguntamos a un niño qué es azul, igualmente buscaría con la mirada y señalaría con el dedo algo de dicho color.
El objetivo de lo que viene a continuación es encontrar lo primero que señalaron los antiguos pobladores indoeuropeos para definir colores. En la naturaleza, en el ámbito que les rodeaba, existirían sin duda materias de cualidades significativas a las que se referirían para calificar colores, primero como sustantivos (del color del cielo), luego como adjetivos.


El amarillo


Ing – yellow; Fr – jaune; Esp – amarillo; Lat – amarus; Pl – żołty; R – жëлтый; P – amarelo; Al – gelb; Isl – gulur; It – giallo. 

Se encuentran similitudes en bastantes casos, con lo que se puede obtener una raíz común. Tenemos dos grandes grupos, a) lenguas eslavas, germánicas, inglés y quizá francés, y b) descendientes del latín. Veamos el primer grupo: en inglés y francés comienza con el fonema /j/, a continuación vocal media o baja, /a/ o /e/, y luego ya no hay más correspondencias. Pero entre inglés, italiano y alemán hay una más: la consonante lateral /l/ después de la vocal media anterior /e/. La gutural /g/ inicial alemana proviene de la tendencia general germánica de adaptar /j/ a /g/. La misma correspondencia existe en lenguas eslavas: la /ż/ polaca y la ж rusa se pronuncian /ž/, consonante fricativa palatal como la “ll” española, y por tanto próxima a la semivocal o semiconsonante palatal /j/. Las vocales, en cambio, difieren de la rama germánica: en polaco la “o” suena /u/, y en ruso, la ë es palatalizada, /jo/, pero se sigue mantiendo la consonante /l/.
El segundo grupo, del latín “amarus”, nos da una pista. Amarus significa amargo en latín, es un adjetivo que describe un sabor, pero curiosamente, también un color. En español y portugués se ha mantenido este origen, como si dijéramos “amarguillo”. ¿Qué es de color amarillo y de sabor amargo?
La respuesta la encontramos, sin ir más lejos, en español: hiel. La hiel, la bilis del hígado, debió sorprender a los antiguos por su llamativo color y desagradable sabor, caracterizando con su nombre indoeuropeo las demás cosas de similares características. “Hiel” se corresponde fonéticamente con el primer grupo, jod /j/ + vocal media /e, o/ (exc. italiano) + cons. lateral /l/ + desinencia: yellow, giallo, żołty, жëлтый… Además, "hiel" se traduce de forma parecida en algunas lenguas: P – żółć; Al – galle. 


El rojo


Ing – red; Al – rot; Isl – rauður; Esp – rojo; Fr – rouge; It – rosso; P – vermelho; Pl – czerwony; R – красный; Dan – rød; Frisón – rad; Gótico – rauþs; Lat – ruber. 

Es probablemente el color que mejor ha mantenido su origen indoeuropeo en mayor variedad de lenguas. Comienza por la vibrante lateral /r/ en la mayoría de los casos, luego hay una vocal que suele ser media posterior, /o/, y luego una oclusiva dental, /d/ o /t/, o bien el resultado de ablandar ésta a fricativa alveolar /š/ que pasaría a silbante simple de cantidad larga /s/ en italiano, que en español se retrasa a fricativa velar /x/, y en francés a una variante sonora, /z/. 
Es en las lenguas más arcaizantes en donde encontramos pistas: en polaco, pelirrojo se dice “rumiany”, en ruso, рыжеболодый. Aunque en ambas lenguas “rojo” tiene otro origen, se conserva la raíz /ru-/ o /ry-/ para derivados del color de pelo rojo. Se sabe que el famoso explorador Erik el Rojo (Eirik Raude, en noruego), debía su alias al color de su pelo. También se les daba un sobrenombre del mismo origen a notables personajes de estirpe celta, como irlandeses (ruad) o galeses (rhudd). Los apellidos Read o Reid en inglés o escocés provienen de tal color de pelo, y también encontramos una serie de entradas interesantes en el léxico latino: russus - rojo, rojizo; rubor - rubor; rūdus - cobre nativo; rūfus – pelirrojo. 
La constante del significado de pelirrojo en alguna de las variantes de /ru-/ en todas las lenguas parece indicar que dicho rasgo físico fue el origen del color rojo.
La raíz indoeuropea, según lingüistas, es *reudh-.


El negro


Ing – black; Isl – svartur; Nor – svart; Al – schwartz; Danés – sort; Esp – negro; Fr – noir; It – nero; Pl – czarny; R – чëрный; Lat – niger; Gr – μαύρο /mavro/.

Nos encontramos ante un problema difícil debido a su dialectalización temprana. Se pueden clasificar en tres grupos: a) rama alemana y eslava; b) grecolatina; y c) inglés.
En el primer grupo, parece no haber dudas en cuanto a los caracteres fijos: #s, en comienzo absoluto, o bien variante alta /š/ en alemán moderno. En inglés existe la palabra en desuso swart < sweart (ing. ant.), raíz del adj. swarthy, “de piel oscura”. Los eslavos debieron adaptar la fonética a sus tendencias generales con la africada alveolar sorda /č/: sw > č. Se conserva la posición de la vocal, en su mayoría abierta, y la vibrante lateral /r/.
El griego, forzosamente con sucesivos pasos intermedios y una evolución compleja, da origen al término en latín. La nasal bilabial inicial #m- pierde la labialidad para convertirse en nasal dental, #n-. La vocal cambia su timbre, y la fricativa labio-dental /v/, el cambio más misterioso, produce la gutural /g/. Del latín a sus dialectos no hay obstáculos: negro, noir, nero. En cuanto a la influencia del griego al latín, y quizá en relación con el negro o la oscuridad, existe el sustantivo mæror, tristeza profunda.
Pero hay algo mucho mejor, más revelador, en el resto de griego dejado en el latín, y quizá relacionado con el origen auténtico. Nótese en los nombres o apellidos españoles “Mauro” o “Maura”, o incluso en el nombre “Mauricio”. ¿No es sospechosamente parecido al griego μαύρο? Efectivamente, del griego a lenguas latinas, la fricativa /v/ se vocaliza en /u/; por ejemplo, /Evropa/ > Europa; /avtobus/ > autobús, luego las palabras que empiecen por maur- deben provenir del color negro. Además, en español, el diptongo latino –au- se monoptonga en –o-, así aurum > oro, y por tanto maurus > moro, siendo en ambas lenguas lo mismo, “habitante de Mauritania”, es decir, Marruecos. Por supuesto, los países Níger y Nigeria vienen directamente del latín niger, pero son más modernos.
Luego es posible que el color negro provenga, en lenguas grecolatinas, del color de la piel de los africanos. Lo curioso es por qué no tomaron este nombre de los etíopes, más antiguos para los griegos, conocidos ya en el mito de Perseo y Andrómeda, y de Faetón y el carro de fuego de Apolo.
Indudablemente, en el resto de lenguas con raíz svar-, más septentrionales, debe tener otro origen. 
Del inglés, black se cree que viene del protogermánico *blakaz, “quemado”, o del sueco bläck, “tinta”.


El verde


Ing – green; Esp – verde; Gr – πράσινος; Lat – viridis/ virens, virescons; It – verde; P – verde; Fr – vert; Al – grün; Isl – grænn; Sueco – grön; Pl – zielony; R – зелëный.

Hay tres grupos: a) provenientes del latín; b) germánicas; y c) eslavas, sin incluir en ninguna clasificación el griego /prásinos/, de difícil determinación.
El segundo grupo, la rama germánica, tiene la explicación más sencilla: parte de la base indoeuropea *gro-, “crecer”, en el sentido del crecimiento vegetal. En inglés, crecer es “grow”, lo que comparte similitud con “green”, e igualmente ocurre en otras lenguas con dicho color: frisón antiguo – grene, noruego antiguo - grænn,  danés - grøn,  holandés - groen,  alemán – grün. 



(Inconcluso.)


sábado, 26 de agosto de 2017

La leyenda inacabada de Marsilio y Patricia - Novela por entregas.



1. La torre de marfil

Érase una vez una ciudad majestuosa en medio de ricos y fértiles parajes naturales. Se llamaba Apolonia, por estar consagrada al dios Apolo, pero como en aquel reino sólo había una ciudad, la gente nunca la llamaba por su nombre, sino simplemente “la Ciudad”. 

Desde el cielo, a vista de pájaro, se divisaban todo tipo de edificios y construcciones: los templos, los cuarteles, la fortaleza, los talleres de elaboración de todo tipo de necesidades, los hospitales y los conventos, los burdeles, el anfiteatro, la universidad, los jardines, el cementerio. Los barrios residenciales eran irregulares, algunos de ricas casas de altos tejados puntiagudos, mientras que otras eran chozas lúgubres y ruinosas, a veces abandonadas, donde no osaba pisar nadie. De las habitadas surgían penachos de humo de sus chimeneas y flameaba ropa tendida en sus balcones, como parodia de las banderas y pendones que adornaban los edificios oficiales. Dos anchas avenidas perpendiculares cruzaban la ciudad de punta a punta, las llamadas Avenida Roja, de sur a norte, y la Avenida Azul, de este a oeste. En ciertas épocas, en las fiestas, el ayuntamiento las adornaba con gallardetes de dichos colores. En medio, en el cruce, se abría una enorme y espléndida plaza adoquinada de cierta piedra carísima de increíble blancura, de ahí que se llamase la Plaza Blanca. Había un dicho popular, que algo “dura menos que un céntimo en la Plaza Blanca”, ya que cualquier cosa en el suelo se veía destacar sobre tan inmaculada superficie. En su centro se erigía una estatua de oro del dios Apolo, altivo y poderoso. En los lados de la plaza de donde partían las avenidas principales había puertas monumentales adornadas según cada calle, con lapislázuli y mármol rojo, respectivamente.

Foto: https://www.trip2athens.com/es/see-n-do/attractions/dimosiatexni/attraction-126/


La ciudad también era surcada por un río, en su parte sur, que se llamaba el Río de la Vida. Sin embargo, popularmente le decían “de la Mala Vida”, ya que en sus márgenes se ubicaban burdeles, tabernas y el anfiteatro, donde se juntaba la peor calaña de la ciudad, y a veces también la flor y nata, de incógnito y con escolta, porque nadie podía negar que los vicios son necesarios. Por toda la zona se celebraban peleas clandestinas, apuestas ilegales, reyertas y otras cosas horribles y lamentables. Se hablaba de un sindicato del crimen, e incluso de una Secta del Caos que hacía sacrificios humanos. Un barrio concreto en ese entorno estaba tan fuera de control que ni la Guardia Real osaba entrar allí. La llamaban la Zona Oscura.

Pero la mayor parte de la ciudad era radiante y luminosa, ajena a esos rumores escabrosos. Templos de altas columnas, basílicas de soberbios techos, fuentes, plazas, academias, comercios, teatros… proliferaban por toda la ciudad, con libertad y con respeto a la ley. Se rendía culto, además, a Atenea, a Hera, a Asclepio y a otras divinidades del ingenio y del orden. Las de otros sentimientos humanos existían también, pero no eran oficiales y se adoraban con disimulo. 

En un sector lateral, en el cuadrante nororiental, se ubicaba la Sede de Gobierno, también conocida como la Ciudadela. Era una fortificación de gruesos muros almenados llenos de troneras con ballestas apuntando a la población de la propia ciudad que dirigía. Nunca había pasado nada, pero estaba diseñado así, amenazante. La planta de la fortaleza tenía la forma de una estrella de seis puntas, como dos triángulos intercalados. Pero lo más impresionante es la esbelta torre blanca que se alza en su centro, la llamada Torre de Marfil, aunque su material de construcción no es tal, sino la misma piedra de la Plaza Blanca, tan dura que es casi indestructible.

Allá arriba, en su torre, habita la reina regente, esposa estéril del rey Apolonio decimotercero de su nombre, cuyo cuerpo yace embalsamado en el templo de Hades, a la espera de su regreso a los vivos para algunos, muerto para siempre para casi todos. La propia regente sabe de sobra que está muerto desde que era niña, cuando la desposaron con él, pero para salvaguardar la tradición y respetar la costumbre de que cualquier orden real ha de aprobarse bajo el linaje de mayor nobleza, permite que los sacerdotes organicen rituales engañabobos donde el cadáver “firma” los documentos. 

Esta mujer pasa la mayor parte del tiempo encerrada en su estancia de la torre: una enorme habitación hexagonal repleta de libros y mesas con papeles. Inscrita en el hexágono, en el suelo, se distingue una gran estrella de David. Hay un impresionante espejo en un lateral, una chimenea en el opuesto, en otro lugar desembocan las escaleras de caracol que ascienden por toda la torre, mientras que en otro hay un artefacto ingenioso: una estructura de hierro adornada con serpientes, cilíndrica y estrecha, que muchos no saben ni lo que es. Es un ascensor de uso exclusivo y personal, sólo para ella, que baja directamente a los sótanos de la torre. Nadie sabe lo que hay allí.

Las ventanas son altas y estrechas, como todo en la torre. En una de ellas hay un potente telescopio, no tanto para mirar los astros, sino para ver lo que acontece en la ciudad e incluso fuera de ella. Por si se diera el caso, en la estancia hay también una espada, una daga y una ballesta, algo sucias y llenas de polvo.

Nunca las ha empuñado, pero ha leído sobre ello. Ha leído muchísimas cosas, con mayor o menor atención, pero por sus dedos han pasado las páginas de todos los libros de la Universidad del Ego, donde obtuvo su formación, y donde moran los grandes sabios de la ciudad. Todos los volúmenes de su torre proceden de la universidad, algunos regalados, otros requisados o robados.

Así es Patricia, altiva y poderosa, inteligente pero despótica, que manda desde lejos, como Agamenón en las batallas, aunque ella manda de lo alto de su torre. Cada pocos minutos llega un ave con un mensaje atado a una pata, a veces es una paloma, otras veces un cuervo, otras un ave exótica, y Patricia saca algún libro o legajo de papeles para buscar la mejor respuesta a la petición. Otras veces sube un emisario por la escalera, cargado de libros o documentos que significan casi siempre trabajo, o a veces no: le traen cuentos y poesías, lo cual agradece mucho.

Siempre viste de tonos grises, a veces con bordados plateados, pero con un estilo serio. No es muy atractiva, aunque tiene algo que incita a la curiosidad. Está bastante delgada y ganaría mucho si cuidase más su físico, pero lo único que trabajan son sus manos huesudas y surcadas de venas azules, y sus ojos, siempre cansados y ojerosos, cuyo color es difícil de precisar, porque nadie se atreve a mirárselos. Su pelo era castaño claro, pero últimamente se ha ido decolorando hacia un rubio ceniciento, acorde con su pálida piel de quien nunca ve el sol. Sus labios suelen estar crispados y duros, porque nunca han besado a nadie.

Unos pasos suenan en la escalera y Patricia levanta un momento la vista del papel. Uno de sus criados trae leña para la chimenea y comida recién hecha. Lo que más le gusta es comer aves o animales de caza, no de corrales ni granjas. Las perdices, liebres, venados o jabalíes tienen que haber sido capturados salvajes, del campo o del bosque.

Ella, y toda la ciudad, se nutren de lo que da la naturaleza.




2. La cueva de raíces

Fuera de los muros de la ciudad había granjas, pastos y fincas de gente del campo. Algún grupo de casas podría llamarse aldea, pero, por lo general, el paisaje se formaba de bajitos muros de piedra que delimitaban las tierras, salpicadas de robles y encinas, algún pinar y zarzas junto a los caminos. En las viejas casas de piedra y adobe siempre había animales y niños jugando. 

A lo largo del río se concentraban muchas huertas y molinos de agua. Cerca de los muros de la ciudad, en la ribera, se arrodillaban lavanderas con ropa, sábanas y lienzos de todo tipo, las cuales aprovechaban también la salida de la ciudad para hablar libremente con sus amigas, e incluso para verse con algún amigo. En efecto, los álamos, abedules, alisos, juncales de las márgenes ofrecían seguro abrigo para las relaciones amorosas. Y siempre había algún recodo del ancho río donde los alegres amantes podían bañarse desnudos.

Allá afuera todo era más apacible. No había prisa para el trabajo, si es que se podía hablar de trabajo. Cada uno, o cada pequeña familia, trabajaba para sí misma, sin mucho esfuerzo, porque la tierra, la naturaleza, daba todo lo necesario y más. Las huertas estaban repletas de lechugas, cebollas, nabos y un sinfín de hortalizas deliciosas. Los árboles frutales, cuando era la época, rebosaban suculentos frutos. Sin que los hubiese cultivado ni cuidado nadie, proliferaban también árboles y arbustos salvajes, como zarzamoras, frambuesas, matas de arándanos y grosellas, higueras, cepas de uvas jugosas y dulces, apretadas en grandes racimos. Los abuelos, cuando ya no podían doblar la espalda para labrar, sí que se agachaban para recoger tranquilamente piñones de los pinares, champiñones y setas de cardo, espárragos, o cualquier cosa rica que pudiera encontrarse.

La gente joven y vigorosa solía ser cazadora o ganadera, sobre todo pastores. Podría decirse que era el trabajo más duro, ya que ahí la tierra no daba las cosas por sí sola, sino que había que ocuparse de todo. Había lobos, incluso algunos leones. Las hembras podían morir en los partos si no se las ayudaba. Alguna oveja o ternera podía perderse si no estaban bien atendidas. Los pastores conducían por las cañadas todo tipo de ganado, imponentes vacas pardas, ovejas merinas, cabras de diversos colores. Madrugaban como nadie para ordeñar todo lo que pudieran, leche sanísima y de sabor intenso que producía los mejores quesos del mundo conocido, junto con requesones y otros postres. En sus largas caminatas con el rebaño, los pastores a veces tardaban semanas en regresar, sin que nadie se preocupase. Cuando era la época de esquilar, toda persona sana en la aldea ayudaba en el trabajo, llenando carretas y carretas de esponjosos vellones de lana, para enviar a la ciudad.

Para los niños era un paraíso. Los que nacían allí eran mucho más felices que los de la ciudad. El campo les daba todo el espacio y toda la libertad del mundo: siempre había algo que descubrir y explorar. Podían encontrar nuevas huertas o árboles de donde sisar algo que comer, podían encontrar nuevos sitios en el río donde bañarse, árboles donde trepar, bosques donde construir cabañas, alimañas que capturar y domesticar. La adolescencia era el mejor momento de la vida, porque surgían los amores por doquier, sin que durase mucho la tristeza cuando alguna cosa no iba bien. En las fuentes naturales, en los manantiales, solían encontrarse los jóvenes enamorados para besarse y bañarse desnudos, ante la mirada perpleja de los ciervos que allí solían beber. También las ermitas de los dioses que se veneraban en la ciudad, que en el campo no tenían mucho tirón, eran un lugar idóneo para encuentros íntimos. De todo ello surgían canciones de amor ingeniosas, de doble sentido, de experiencias tanto felices como tristes, que llegaban a oídos de la propia reina. Y le encantaban, tanto o más que los largos poemas eruditos de sus letrados pedorros.

Pareja de amantes en una fuente natural, más o menos como se describe en el relato.


En donde se iban elevando las montañas, el paisaje se volvía más húmedo y frondoso. Se multiplicaban los ríos y arroyos, rodeados de abedules y avellanos, que angostos caminos cruzaban gracias a puentes de piedra de época inmemorial, y que no se caían nunca. En los montes se abrían claros para pastos, en rústicas terrazas debido a la pendiente, mientras que en los valles se asentaban pequeñas aldeas poco pobladas, de casas de piedra con tejados de pizarra, establos, corrales y huertos para consumo familiar. De una de estas aldeas provenía un joven pastor, célebre por sus versos, que tanto circulaban por todo el reino, y por la música de su flauta travesera, hecha de madera de boj, de la que no se separaba nunca. 

Aunque transitaba con su pequeño rebaño de cabras por toda la región, su hábitat estaba en los húmedos bosques de las montañas. Allí se levantaban avellanos, tejos, abetos y, sobre todo, hayas. El Hayedo de las Musas era su morada, razón por la cual también se le llamaba el Hayedo de Marsilio, pues éste era el nombre del pastor poeta. En una zona llana del bosque, espléndidamente verde en primavera, majestuosamente dorado en otoño, y solemne en invierno, había en su centro un promontorio de grandes piedras, sin poder saberse si eran creación de la naturaleza o colocadas por el hombre, porque parecían menhires tumbados unos sobre otros, como un monumento megalítico caído en desgracia. Pero estaban las grandes rocas apoyadas de tal manera que formaban una cavidad entre ellas, y dejaban ver una entrada oscura que bajaba a su seno. Sobre este promontorio se erguían siete hayas empecinadas en enraizar sobre las piedras: sus gruesas raíces las cubrían y se insertaban entre ellas, tapando sus huecos. Grandes barbas de líquenes grisáceos, junto con gruesos y mullidos musgos reverdecían el conjunto.

Allá adentro, bajando, entre húmedas raíces que iban del techo hasta el suelo, se abría un espacio en la tierra, alumbrado tenuemente por antorchas y un pequeño hogar, siempre encendido. Gotitas de agua caían por las paredes de tierra, roca y raíces, haciendo que el aire estuviese cargado de humedad y olor a tierra mojada. Pero era un aire purísimo, que llenaba de vida, sin que calase el frío. La única decoración era una tosca figura de madera de un hombre crucificado, con hojas de parra en la cabeza. Era Dionisos, dios al que rendían culto muchas de las gentes rurales. 

Para Marsilio era aquella estancia su más preciado hogar, el lugar de encuentro consigo mismo, donde más podía ser él y recuperarse si le pasaba algo. Estar en las entrañas de la tierra era como estar en el vientre de la madre que da la vida, Mater Tellus, la madre tierra, entidad femenina que da amor incondicional, salud, seguridad y, en definitiva, vida, en su sentido más profundo, en la que no importan los problemas mundanos de la sociedad, sino las emociones: amor, odio, ternura, placer, felicidad, lo auténtico y la verdadera sensación de estar vivo. Por eso, cada vez que entraba en su casa, Marsilio se desnudaba. No quería nada humano, nada civilizador allí, en su templo y su placenta protectora. Allí podía dormir cuanto quería, en su camastro de helechos, o componer mentalmente sus versos, sin que nada, o casi nada, le turbase. 

La cueva no tenía una sola entrada. En un lateral se abría otra oquedad más pequeña y oscura, de donde partía un larguísimo pasadizo que llegaba hasta la ciudad. Hasta los sótanos de la mismísima Torre de Marfil.

Aunque en el campo no había propiamente gobernantes, sí que había que nombrar a alguien que negociase con los comisarios de la ciudad, que insaciablemente esquilmaban y saqueaban todos los bienes de las aldeas, siempre que querían, o bien organizaban cruentas cacerías, o bien talaban indiscriminadamente bosques. No era malo que viniesen a aprovisionarse dentro de unos límites, porque la naturaleza abastecía a todos de sobra, pero algo iba mal cuando querían demasiado. Por eso, sin ser nada, sin ser hijo de nadie, era Marsilio a quien elegían los aldeanos para enviar mensajes a la reina, o para negociar algún acuerdo. Le encomendaban esta misión por ser de corazón puro, casi salvaje, de sentimientos claros y sinceros, y por ser, por tanto, el mejor representante de todos ellos. Sin tener las de ganar, era el único que podía desafiar a Apolo, como un pariente lejano suyo de quien decían que descendía, Marsias.

¿Qué recibía el campo a cambio de los saqueos de los burgueses? Nada, prácticamente. La naturaleza, como las madres, está hecha para sufrir, para dar incondicionalmente. Pero, aunque no sirviera de mucho, a veces venían de la ciudad sacerdotes y pedagogos que enseñaban al pueblo algunas cosas básicas de la vida urbana, de la religión apolínea y de las utilidades de la gramática. Lo que le faltaba siempre a esta gente sencilla es dominar el lenguaje, bien preciado para elaborar sus bellas canciones de amor. Hasta el propio Marsilio acudía presto a estas lecciones.



3. Los hilos del destino


La ciudad crecía y prosperaba, lentamente, gracias al trabajo de sus habitantes y a los suministros de las aldeas. No era demasiado populosa para la antigüedad que tenía, ni había formado un ejército poderoso para invadir otras ciudades, o defenderse de ataques. Cada conflicto con otras ciudades se resolvía de forma pacífica o con el asesinato de los líderes enemigos, gracias a la pericia de la Guardia Secreta de la reina. En realidad, siempre era de la misma ciudad vecina, extranjera, de donde venían emisarios en busca de una alianza, o bien una amenaza de invasión, o bien una oferta de anexión voluntaria a Apolonia. Esta ciudad se llamaba Abraxas. Sus dirigentes cambiaban, pero en esencia, para Patricia, representaban lo mismo.

La relación con Abraxas era, por tanto, de amor-odio. Más amor, porque Patricia se ahogaba de soledad en su torre. Pero cada vez que intentaba aprender de ellos la unio mystica en su sentido más amplio, la unión de los opuestos, de lo bueno y lo malo, de la vida y la muerte, el hombre y la mujer, y, en cierto modo, lo comprendiese por medio de la razón, el apego a su nación y a lo que siempre había sido causaban el rechazo violento. Su violencia, a veces, era respondida con violencia, y comenzaba una guerra fría que se saldaba con muertos en ambas ciudades.

Patricia solía dudar si debía formar un gran ejército o no. No había ciudad en el mundo sin unas considerables fuerzas armadas. Sin embargo, hasta ahora le había bastado con sus asesinos y mercenarios de la Zona Oscura. A veces, incluso, ocurría que la Secta del Caos actuaba por su cuenta. Sin esa prioridad de defender la integridad de la ciudad, su cultura, sus creencias, su ortodoxa devoción a Apolo, la capacidad creadora de su sociedad podía verterse en otras cosas. De ahí que Apolonia fuera conocida, más que por su poderío militar, sus artes o sus tabernas, por su impresionante Universidad del Ego.

En efecto, Patricia no dejaba de reclamar corderos a las aldeas para fabricar pergamino con sus cueros, minerales y otras sustancias para las tintas, cordeles y demás material para fabricar libros. Empleaba muchos jóvenes de la ciudad y el campo, fuertes y sanos, para copiar manuscritos y elaborar códices encerrados en los scriptoria. Así iba nutriendo la Biblioteca Laberinto, un edificio anexo a la universidad en constante evolución, cuyo diseño laberíntico era permitido y promovido por la propia reina, aunque de su mantenimiento y construcción se encargaba la rectora de la universidad. Los esfuerzos en abastecer sus pasillos de libros eran irregulares y desmedidos, ocurriendo a menudo que se mandaban copiar libros ya copiados, y dejando que se pudriesen otros sin copiar.

Todos los libros llevaban el símbolo del uróboros, la serpiente circular que se devora a sí misma. La serpiente, que no tiene párpados, que es símbolo del conocimiento por tener siempre abiertos los ojos; símbolo de longevidad por mudar su piel; de astucia, por su agilidad y rapidez reptando por el suelo; acoge en sí toda su polisemia en su propio círculo, en su eterna autofagia, creciendo en conocimiento al nutrirse de sí misma, devorándose al mismo tiempo. Un esfuerzo cíclico que no lleva a ninguna parte.



En esto estaba ocupada Patricia, por una vez fuera de su torre, en los despachos de la universidad, cuando un mensajero llegó avisándola de que había llegado un extranjero que solicitaba audiencia.

–¿Otro sacerdote de Abraxas? –preguntó la reina.
–No, mi señora. Es el tipo más extraño que he visto nunca. No sabría decir si es de aquí mismo o del rincón más remoto del mundo.
–Dígale que se reúna conmigo junto a la fuente.

La fuente era el centro del austero jardín de la entrada de la Sede de Gobierno. Ya fuera paseando, o sentados en unos bancos o mesas para charlas políticas informales, Patricia solía reunirse allí con los emisarios extranjeros, o con sus propios alcaldes de los barrios de la ciudad o cualquier persona con un cargo importante. Esa fuente, aunque era bonita, con su chorro de agua impulsado hacia el cielo tres o cuatro metros, nunca llegaba a tener el agua clara por mucho que se esforzasen los arquitectos. Pero no se notaba a no ser que el observador fuese fino.

Allí estaba esperando el curioso personaje cuando la reina llegó, tan altiva y espigada, con un vestido amarillo, para dar impresión de poder. El visitante, por el contrario, vestía una túnica azul marino, de cuyas fibras aparecían a cada movimiento destellos dorados y plateados. Su tez era muy pálida, de donde resaltaba una prominente nariz rojiza, a juego con sus desordenados cabellos del mismo color. Sus ojos, sin embargo, eran oscuros, con un aire entre intrigantes y divertidos. Portaba un alto bastón de madera nudosa.

–Bienvenido, extranjero. ¿Quién eres y qué deseas? –preguntó la reina.
–Gracias por tu amable bienvenida. Tus hombres me han dado de comer, que es lo que más necesito. Ahora sólo quiero que me dediques unos minutos de tu tiempo.
–Tuyos son, pero sabes que no puedo entretenerme. ¿Quién eres?
–Oh, esa es una de mis preguntas favoritas –sonrió. Antes de nada, ¿realmente piensas impresionar a los visitantes con una fuente de agua sucia? Falta un cartel que diga “no potable”, o simplemente unas ranas que hagan “puaj, puaj”, je, je, je.

La reina callaba mientras se endurecía su semblante.

–Si quieres agua clara, no la traigas de los aljibes de la Biblioteca Laberinto, que es de donde proviene precisamente esta agua, ensuciada de polvo de libros y tinta de los dedos de tus copistas enfermizos. Busca una fuente de verdad, de las que hay ahí afuera.
–¿Cómo sabes de mi fuente? ¿Quién te ha dicho de dónde viene su agua?
–Simplemente lo sé.
–¿Lo has leído en algún sitio?
–No me hace falta leerlo. Lo sé. ¿Qué, no me crees? –dijo, riéndose.
–No. Debes ser un charlatán. Seguro que vienes a decirme mi destino a cambio de dinero. O comida, como dices que te gusta. No me creo nada de lo que dices saber.
–Sin embargo, mi afirmación sobre la fuente es cierta.
–Así es. O alguien te lo ha dicho, o has tenido suerte aventurando algo que te acabas de inventar, o lo has leído y no recuerdas dónde.
–Tal vez. También he leído mucho, y he viajado mucho.
–Tu aire de intriga y de misterio está empezando a agotar mi paciencia. ¿De dónde vienes? ¿Quién eres?
–Adivínalo. Soy de aquí mismo, pero a la vez no soy de aquí. Seguro que entre tus libros pedorros hay alguno de arqueología de esta zona. ¿Sobre las ruinas de qué antigua ciudad se yergue Apolonia?
–Hermetia. Pero no existe desde hace mil años.
–¡Premio! –y entonces el extraño visitante señaló un broche de su capa con el caduceo, el inquietante símbolo del bastón y las dos serpientes bajo un par de alas.
–No puede ser. Los ejércitos de Apolo expulsaron a los de Hermes en las Guerras de la Verdad, hace muchísimo tiempo. Ninguno de los tuyos se quedó aquí. ¿Cómo has sobrevivido?
–Generación tras generación, los magos de Hermes siempre hemos estado caminando. Nos asocian con el mercurio, ya sabes, que nunca está quieto. No es difícil vivir en los caminos. Siempre hay alguien que nos da algo de comida, je, je, je.
–Deja de provocarme, embustero. A los apolíneos no nos caéis nada bien, y lo sabes. ¿Vienes a robar algo, algún conocimiento para luego decir que lo sabes porque sí, sin que te lo haya dicho nadie? Ya sé cómo funcionas. Y aún no me has dicho tu nombre.
–¿De qué te sirve mi nombre, si es una mentira más? Llámame Merlín, Filemón, Túnica Azul… o simplemente, Mago. Y vengo a decirte que no estás sola aquí. No tejes tú sola los hilos de tu destino, los hilos del destino de toda Apolonia.

El mago se acercó a ella y acercó la cara a su oído. Susurró:

–Sé lo de tu túnel. Tienes que volver a usarlo.

Patricia se sobresaltó. Ése era su secreto mejor guardado. Sus salidas secretas por el túnel que llevaba a la Torre Invertida y a la Cueva de Raíces.

–¿Y qué se supone que debo hacer allí? Siempre que intento negociar con los salvajes ocurre un desastre.
–Haz lo que te mande el corazón. No esa cabeza fría ni los conocimientos de tus eruditos pedorros. Tienes que hacerlo o todos moriremos.
–¿Todos? –preguntó la reina, con voz ahogada.
–Todos.

Y entonces el mago acercó a los ojos de Patricia el grueso anillo que llevaba en su mano derecha, con un símbolo de tres lóbulos que parecían girar, y que se unían en el centro. Un trisquel.



4. El túnel

Una vez que los guardias de la reina se llevaron al mago prácticamente a rastras y lo echaron de la ciudad, con órdenes de no dejarle entrar sin permiso de la reina, ésta subió a su torre y pidió que no la molestasen.

Fue acariciando los lomos de los libros de una estantería, mientras caminaba ensimismada. Caía la tarde y con ella la propia Patricia. Cerró los ojos, sin darse cuenta de que había apoyado su frente sobre la fría superficie del espejo. Se sentía sola, tremendamente sola en aquel mundo. Odiaba su propio nombre y la vida que le había tocado. Todo era insípido y vacío. A veces le daban ganas de hacer como un tal Nerón que decían los libros: prender fuego a la ciudad y destruirla para siempre. Sobre las ruinas de Hermetia estarían las de Apolonia, y a saber qué otra ciudad harían encima. Pero no sería ella quien se ocupase de reconstruirla. Bastante había hecho. Y todo para nada, para seguir con las mismas carencias, los mismos vicios, los mismos límites de su muralla. Las eternas tonterías diplomáticas con Abraxas. La imposibilidad de ver el mar, de respirar la belleza del mundo.

Quería dormir y no hacer nada. Pero siempre que lo hacía era anegada por la pereza, no se ocupaba de asuntos urgentes y ocurría algún desastre. No, no podía dormir, al menos no de esa manera. Tenía que hacer algo…

Hacía mucho que no bajaba al pasadizo. Bajar al túnel significaba llegar hasta el corazón del mundo de los salvajes, hasta los fieles a Dionisos, hasta Marsilio. Era imposible llegar a algún acuerdo con él, o simplemente llevarse bien. Pero el mago, por muy provocador y sinvergüenza que pareciese, le había instado a usar el túnel.

No lo pensó más. Guardó en un bolso algo que ofrecer al pastor, que pensó que valoraría. Cogió también una lámpara de aceite con suficiente combustible para unas horas y se metió en el ascensor de hierro forjado. Una vez que accionó el mando, el ingenio automático empezó a bajar suavemente.

Ya estaba en los sótanos o, más bien, la cripta de la torre. El aire era fresco y húmedo, y la oscuridad absoluta. Era una estancia con arcos de medio punto, de piedra muy antigua. Había sarcófagos que nunca nadie se había atrevido a abrir, pero todos llevaban grabado en la tapa el caduceo. Sabía que había más túneles que explorar, que toda la ciudad estaba edificada sobre ruinas y más ruinas, tumbas y más tumbas, de todo tipo de gentes que vivieron allí hacía mucho tiempo, y que fueron olvidadas para siempre. Pero no podía dedicarse a eso en ese momento. Emprendió el paso hacia el túnel más grande, el que tenía un labrado pórtico de hojas de parra y unos cuernos de cabra en su cúspide. A Patricia le entraron escalofríos.

El pasadizo era largo pero directo. Notaba que se alejaba mucho de la ciudad, pero el suelo, aunque tenía charcos por la humedad, era liso y podía incluso correr. Así lo hizo, porque no podía esperar, quería llegar cuanto antes.

Recordaba lo extraño de la mitad del recorrido de las otras ocasiones. Era la señal de estar en el punto medio del camino: una gran salida perpendicular que llevaba a la Torre Invertida. No podía entrar ahí sola, ni era el momento de volver a intentarlo.

Siguió adelante. A medida que avanzaba, el túnel iba subiendo y el piso se hacía más pedregoso. Llegó un momento en que las paredes de piedra se deshacían, iban siendo cascotes, y finalmente era tierra sujeta por raíces de árboles enormes. Vio la salida con algo de luz tenue, luz de una hoguera o antorchas.

Por fin entró en la Cueva de Raíces, muy excitada y respirando agitadamente. Vio el fuego, la cama de helechos, el ídolo dionisíaco y… las ropas de Marsilio. Pero el pastor no estaba allí. A sus oídos, sin embargo, llegaba el alboroto de una muchedumbre, cuya presencia frente a la entrada de la cueva confirmó asomándose con cautela.

No podía ver qué pasaba, por la oscuridad y la gente que tapaba la visión de lo que ocurría, pero tenía que verlo como fuese. No podía, en cualquier caso, aparecer con su vestido y que la reconociesen. Sin estar muy segura de lo que hacía, se desvistió y se puso las ropas de Marsilio. Se quitó las joyas del pelo y se lo alborotó. Parecía casi una rústica pastora.

Salió de la cueva y se encontró en el claro del Bosque de las Hayas. Sonaba música, muy buena música. Sólo de oírla a Patricia se le encendió la sangre. Los tambores marcaban un ritmo muy animado, mientras que cítaras, flautas y gaitas repetían unos patrones que se sincronizaban a la perfección, asentándose en la mente de todo el que las oyese. Jóvenes de ambos sexos servían vino a todo el mundo, sin que a nadie le faltase una copa siempre llena. Atados a un árbol estaban los asnos que habían traído un carro cargado de barriles.

En todas las caras había sonrisas. Cuando vieron a Patricia, la cogieron del brazo y la condujeron hasta uno de los jóvenes que repartía vino. El chico le puso una copa en la mano y se la llenó. Ella se la bebió de un trago, para no decepcionar a su audiencia, e inmediatamente le volvieron a llenar la copa. La gente a su alrededor bebía y bailaba, si es que se pueden hacer ambas cosas a la vez. Se encontró con que un rústico lugareño de barba cana y sonrisa afable quiso bailar con ella. Le concedió el baile un instante, hasta que tuvo que retirarse sobresaltada cuando el hombre intentó besarla.

Por fin consiguió llegar al centro de la fiesta. Allí, tras un círculo de músicos y de estacas con antorchas se abría un claro entre la gente. Pero lo que había en ese círculo era escandaloso. Un pequeño grupo de mujeres completamente desnudas, seguramente doce, danzaban en círculo airadamente, con muchísima energía, moviéndose de un lado a otro con sus esbeltos cuerpos cubiertos de sudor, que brillaba a la luz del fuego. Agitaban con fuertes impulsos sus largos cabellos, también en círculos, en cíclicos movimientos con la cabeza, tan impulsivos, que Patricia se preguntaba si no tendrían jaquecas o daños irreparables después. Pero el espectáculo era impresionante.

Entonces vio a Marsilio. Estaba en el centro del círculo de mujeres danzantes, también desnudo, bailando igual de agitadamente que sus compañeras. No movía los pies, que tenía separados, sino el torso, la cabeza y los brazos, al compás de la música, que iba acelerándose poco a poco.

Los tambores tocaron más fuerte y más rápido. Entró otro instrumento, una gaita más estridente que las demás. Se oyeron vítores y el corear de la gente, que empezó a saltar y a bailar con más ímpetu. Se dio cuenta, horrorizada, de que se besaban ardorosamente unos a otros y se empezaban a desnudar todos. Una de las muchachas del círculo de bailarinas se abalanzó sobre Marsilio, sentándose a horcajadas sobre él, fogosamente. Así, por turnos, una tras otra, las doce muchachas fueron teniendo sexo con el afortunado pastor.

Patricia no sabía dónde meterse. La suerte quiso acompañarla un instante cuando se dio cuenta de que de su cinturón colgaba la flauta de Marsilio, que empezó a tocar inmediatamente para hacerse pasar ella por un músico más, exenta de participar en la orgía. La flauta era una delicia de instrumento, de lisa y dura madera de boj, que se acomodaba perfectamente a los labios y a los dedos. No sabía muy bien cómo, tocó perfectamente la melodía que sonaba, dando con las notas perfectas.

Entonces los músicos repararon en ella. Se miraron unos a otros y se hicieron gestos de asentimiento. Al acabar un compás, todos pararon de golpe, menos los tambores. Patricia se había quedado sola tocando, haciendo un precioso solo de flauta, que puso sobre ella los ojos y oídos de todos. Casi se le paró el corazón, pero no quiso parar de tocar, fiel a su papel, y por acompañar a los tambores.

Entre todos los que la miraron estaba el propio Marsilio, que entonces penetraba a la última muchacha. Sus ojos se encontraron con los de Patricia al tiempo que exhalaban la chica y él un fuerte jadeo. Los tambores fueron aminorando su marcha y Patricia ralentizó también la música. La última muchacha seguía en éxtasis, acurrucada en el suelo, frotándose el sexo con las manos. Mientras, Marsilio salió del círculo, a través de una puerta de dos muchachas con los brazos en alto, tocándose con las manos. Fue directamente hacia Patricia, que tocó las últimas notas a la vez que acababan los golpes de tambor.

–Tengo una pelliza exactamente igual que la que llevas puesta.

Patricia sonrió nerviosamente, haciendo un gesto para indicar casualidad.

–Lo que me parece increíble es que también tengas una flauta igual.

A la reina se le contrajeron las entrañas. No podía concebir la situación en la que estaba, intimidada por un bárbaro desnudo, obsceno, aún erecto. Dudó si salir corriendo o no, y recordó que ella era la reina, la máxima autoridad de todo el país, ciudad y campo, por lo tanto era capaz de organizar un ejército y arrasarlo todo. Le sostuvo la mirada y le entregó la flauta.

–Al menos podías haber enviado un mensaje para avisarme que venías. Bienvenida, alteza –dijo Marsilio.

Una vez en la cueva de raíces, mientras afuera todos se vestían y recogían para marcharse, el pastor arregló el fuego y encendió dos antorchas. Patricia se cambió de ropa, recatadamente, sin exhibir sus partes pudendas. Marsilio la miraba disimuladamente mientras se vestía él también.

−Lo que acabas de ver, Patricia, es lo que mejor sabemos hacer aquí. No todos los aldeanos saben de esto, y los hay que no lo aprueban. Pero nos dejan vivir porque saben que esto se hace desde hace miles de años, y que es lo que nos da la vida. Es así como rendimos culto a Dionisos.
−Admito que es impresionante y te agradezco que me hayas invitado.
−Te has invitado tú sola, si no me equivoco –dijo él.
−Te pido disculpas, pero el túnel está para esto. Tú también puedes venir a mi torre cuando quieras, pero ten cuidado, porque es mi territorio. Como has podido ver, aquí he seguido tus normas.
−Lo tendré, más me vale. Los artistas, los poetas, los que nos dejamos llevar por las emociones y por los placeres tenemos siempre las de perder –miró a su estatuilla de Dionisos crucificado−. ¿Ves esta flauta? Hay una leyenda sobre ella.

Patricia volvió a cogerla en sus manos. Parecía transmitir algo. Era perfecta, daban ganas de poseerla. Como si la conociera de antes.

−Yo no conozco a mi padre, y mi madre ya se fue. Pero cuenta la imaginación popular que tuve un antepasado llamado Marsias, mitad hombre mitad cabra. Un sátiro, como los de los mitos que recogerán tus escribas en tus bibliotecas. Dio la casualidad de que Marsias encontrase un día esta flauta tirada en el suelo y que, al comenzar a tocarla, viese que tocaba estupendamente. La verdad era que el sátiro no sabía tocar, sino que la flauta tocaba sola. ¿Sabes por qué? Porque fue Atenea quien la fabricó, pero al verse reflejada en el agua con los carrillos hinchados, la tiró indignada.
−Ya conozco esa historia. Marsias cautivó a todos con su música y se creyó que tocaba bien, cuando era la flauta la que tocaba sola. Todo acabó cuando aceptó desafiar a Apolo para ver quién tocaba mejor, si éste la lira o aquél la flauta. El castigo, si ganaba Apolo, era desollarlo vivo –sonrió Patricia.
−Mira que a los civilizados os gustan las crueldades…
−La civilización siempre vence a la barbarie.
−Sé que sois más fuertes, pero nos necesitáis. Si decides un día civilizarlo todo, la desgracia caerá sobre tu reino.
−No estoy segura de eso.

Se sostuvieron la mirada, esta vez con cierta dureza. La del pastor se fue transformando en una expresión de lástima. Patricia se dio cuenta de su capacidad de afrontar cada situación a través de los sentimientos, cosa que a ella le costaba.

−Disculpa. A pesar de que me debes obediencia, hoy soy tu invitada. Te he traído un regalo.

Sacó de su bolso un pequeño códice, una pluma y un tintero. Marsilio cogió el códice y lo abrió. Estaba en blanco.

−Es precioso, mi reina. Muchas gracias. Escribiré en él mis más bellos versos y te lo llevaré a la torre para que los leas.
−No esperaba menos. En el fondo no es un regalo, sino que quiero añadir tu conocimiento a mi biblioteca. Pero espero que lo hagas por tu propia voluntad, no por la fuerza.
−Sabes que por la fuerza no conseguirás nada de mí, sino que acontezca una tragedia –contestó cansado Marsilio.
−Tengo que irme ya. Gracias por todo, incluso por el vino, aunque me está dando sueño.
−Te acompañaré hasta la Torre Invertida.

Recorrieron la mitad del túnel en silencio, bajo la luz de las antorchas, más poderosas que el candil de aceite de Patricia. Debían ser ya altas horas de la madrugada y ambos de la extraña pareja estaban cansados. Al llegar a la puerta del túnel a la Torre Invertida, se detuvieron. En el arco de medio punto que señalaba el comienzo del camino al desconocido lugar había una estrella de seis puntas. En una columna había un triángulo con la punta hacia arriba, y en la otra, otro con la punta hacia abajo. La estrella era la unión de ambos.

−Un día tenemos que entrar ahí los dos juntos. Estoy seguro.
−¿Lo has intentado solo alguna vez? –preguntó ella.
−Sí, ¿y tú?

Ella asintió lentamente.

−¿Lo conseguiste? –preguntó Marsilio incrédulo.
−No –confesó ella−. Sabes que es imposible. Quizá tengas razón, hay que hacerlo juntos.




5. Nicómaco y Loki

Marsilio se levantó al día siguiente bastante confuso. Salió al bosque, portando una cayada, dispuesto a sacar a pastar a sus cabras. Sin embargo, fue caminando cada vez más deprisa y echó a correr, y tras él sus cabras. Corrió monte abajo saltando piedras, zanjas, arbustos, sin pensar en nada, sino tan sólo dejando que le galopase el corazón por el esfuerzo. El sudor le corría por todo el cuerpo, especialmente en la cara, que tenía empapada y no dejaba de gotear. Así siguió una hora, sudando a chorros, sintiendo ya calambrazos en la cadera y en las cervicales de los impactos de los pies contra el suelo.

Al llegar a los pastos y las parcelas, divisó una atalaya. Era una torre de vigilancia del gobierno central de Apolonia, probablemente habitada por una cuadrilla de soldados borrachos e inútiles, de los que bajaban a las tabernas a molestar a las mujeres y perder su salario a los naipes. Con un grito de rabia, Marsilio corrió hacia ella y, con todas sus fuerzas, lanzó su cayada como si fuese una jabalina, que voló en una larga parábola e impactó inútilmente contra la piedra de la atalaya.

Una cabra llegó a su lado y acercó su hocico a su mano. La acarició, mientras llegaban las demás. A todas las había acogido y alimentado él, y eran sus animales de compañía más que cabezas de ganado. A él no le hacía falta el ganado. No necesitaba dinero, ni posición, ni tenía problemas para conseguir comida.

Como Patricia el día anterior, se sintió solo, desorientado y desasosegado. Y eso que la noche anterior había recibido lo que necesitaba. No podía sobrevivir mucho tiempo sin celebrar esos ritos. Lo necesitaba tanto como embriagarse, como montar a caballo, correr, dejarse llevar por el éxtasis, ya fuera al bailar, al enamorarse, incluso al componer poesía.

Buscó un río donde bañarse. Se desnudó y se sumergió con placer en el agua gélida, pues era mediodía y apretaba el calor. El agua estaba clara y la corriente no era fuerte. Cerró los ojos con el fin de relajarse. Sin embargo, en ese momento oyó una voz:

−¿Eres Marsilio, pastor cabrero y morador del Bosque de las Hayas?

En la orilla estaba de pie un extraño hombre con una capa azul oscuro, pelirrojo, con dos bastones.

−Este bordón es tuyo, si no me equivoco. Lo dejó aquí, con tus cosas.
−No he dicho que yo sea el que buscas –dijo el pastor, sosteniéndose a flote nadando.
−No me hace falta. Ya lo sé.
−Entonces, ¿por qué lo preguntas? ¿Y qué quieres, quién te envía?
−Intentaré contestarte a las tres cosas, preguntón –dijo el extraño, desvistiéndose, ante los ojos perplejos de Marsilio. En un santiamén se quedó completamente desnudo, mostrando su cuerpo pálido y pecoso. Al sumergirse en el agua, continuó: −Lo pregunto para recordártelo, porque sólo sabiendo quién eres sabrás lo que tienes que hacer y cómo desempeñar tu función en el mundo. Lo que quiero es que prosperes y seas feliz. Y no me envía nadie, o quizá sí, pero no es nadie que conozcas… todavía.
−¿Eres un vidente, un mago, o algo así? –inquirió Marsilio.
−Me gusta que me digan Mago, sí. O como mucho, Pronosticador. Adivino, no, que los de esa clase son unos mangutas.
−¿Unos qué?
−Nada. Mangantes, timadores.
−No me disgustan los adivinos, ni los magos. Aquí no hacemos ascos a esas cosas, los incrédulos están en la ciudad. Me gustan las cosas que me emocionen, que me conmuevan. ¿Qué magia haces?
−Cambio la realidad. Hago que ocurran las cosas que creo mejores para todos. También puedo decirte a ti, o a una que yo me sé, cuándo hacéis una estupidez, je, je, je.
−Nunca había oído hablar de ese tipo de magia. ¿Y qué estupidez puedo hacer yo?
−Dejarte intimidar por la reina y no ser tú mismo.

Marsilio miró absorto al mago, que había cerrado los ojos y disfrutaba del sol y del agua.

−Mi territorio está controlado por ella. Hay torres y castillos suyos por todas partes. Sus soldados y sus clérigos están diseminados por mis aldeas y mis tabernas. Soy su vasallo –reconoció Marsilio.
−Te equivocas. Ella te necesita a ti más que a nada. Por eso te vigila, porque te teme. Aquí no hay vasallos ni señores, por extraño que parezca. Actúa con libertad. Sé tú mismo.
−No comprendo. Su gobierno y el mío no son compatibles ni lo serán nunca. Ella manda porque es más poderosa. Incluso se presenta en mi casa sin avisar. Y cuando no es ella, vienen sus funcionarios.
−¿Y no puedes ir tú o los tuyos allí? ¿Qué te lo impide? –planteó el mago.
−El túnel lleva directamente a su torre. Me toparía con ella o sus guardias.
−¿Y por qué no entras en la ciudad como todo el mundo, por la puerta?

Marsilio lo miró estupefacto.

−Nunca se me había ocurrido.

Los días de mercado, cuando se enarbolaba en la Plaza Blanca un estandarte de Hermes (ya que el único sentido que tenía ese dios para los ciudadanos de a pie era el comercio), se admitía la entrada de aldeanos y se realizaban intercambios de todo tipo. Marsilio fue maquinando su plan, hasta el escaso límite que podía, porque normalmente improvisaba. Sólo sabía que tenía que dejar su huella en la ciudad, porque, de alguna manera, sus consecuencias traerían beneficios para las zonas rurales.
Cuando Marsilio ya se vestía para irse, el mago le dijo, aún en el agua:
−No olvides tu cayada, pastorcillo. Y coge, de mis ropas, una bolsa de paño azul. Es para ti. Te hará falta.

El joven pastor se dirigió instintivamente a una finca que hacía tiempo que no visitaba. Una vez que pasó la puerta, atravesando huertos, dio con un patio donde había unos niños jugando. Uno de ellos le llamó por su nombre y corrió a darle un abrazo. Tenía unos 8 o 9 años, pelo negro, piel muy blanca y pecosa, y ojos azules como el zafiro. Marsilio le acarició el pelo. Sin embargo, el niño se separó de él, con una malvada sonrisa y las manos atrás, ocultándoselas. Marsilio se palpó la cintura, alarmado.

El niño estalló en una carcajada, mostrándole su propio cinturón, de donde colgaban la flauta de Atenea y el saquito que le había dado el mago. Echó a correr como el viento en cuanto el adulto fue a por él. Los otros niños corrieron alrededor y el ladronzuelo lanzó su botín a otro niño, y éste a otro, de manera que Marsilio tuvo muy difícil recuperar lo suyo. Al final, a la vez que el ladrón recibía un pase de otro, el ya irritado pastor le hizo un placaje y cayó sobre él con todo su peso. Los demás niños salieron corriendo.

La batalla no estaba ganada. El revoltoso niño le golpeaba a puñetazos y rodillazos.

−¡Devuélveme mis cosas! –gritó Marsilio.
−¡Lo haré si quiero! ¡Me estoy divirtiendo, ja, ja, ja! –chilló la criatura.

De pronto el niño se alejó de un salto y se puso a distancia prudencial. Marsilio quiso ir a por él pero tropezó y cayó. Tenía el cinturón atado a los tobillos. El diabólico niño no podía contener la risa.

−¡Basta ya, Loki! –dijo Marsilio, adivinando que era aquél a quien buscaba.

El pastor siguió su camino aparentemente sin rumbo con el travieso niño subido en sus hombros, marcando el paso con su bordón y su modesto rebaño de cabras tras él. El niño le iba tapando los ojos con las manos, le metía los dedos en la nariz y otros incordios, mientras Marsilio pensaba que pronto llegaría el momento de devolvérselas. Se adentró  por fin en una aldea en busca de una taberna donde aliviar su hambre y su sed.