martes, 14 de enero de 2020

Medidas del tiempo








Estoy escuchando Tubular Bells II, de Mike Oldfield. “Es terapéutico”, decía Sergio aquella vez en su coche, llevándome al trabajo (aquel trabajo), una de las pocas veces que puso música en vez de podcasts en inglés. “Es terapéutico”, me intento decir yo mientras lo escucho ahora, más de dos años después, en mi ordenador portátil, a través de Spotify, en la soledad de mi casa.

Algo me suena de lo que quiere significar ese disco del año 1992, un buen año, una buena época. Pero no llega a tocar las profundas fibras que tengo dormidas o enfermas. No llega por mi melancólica inercia que me bloquea el recuerdo o bien por reproducir música con el ridículo altavoz del portátil. Antes era un disco de vinilo en casa de mis padres, con un equipo de música con bafles de madera, en ese piso de Moratalaz, de ladrillo de verdad, con vistas al atardecer y a la sierra desde mi habitación. O bien era una cinta TDK en un radiocasete en el coche, en el Opel Kadett de mi padre, de viaje a los Pirineos, o a Asturias, o a algún otro lugar mágico. Nos turnábamos mi hermano y yo para sostener el radiocasete en las rodillas. Había algo especial y muy importante en las cintas: dejaban constancia del paso del tiempo, hacían de la música una prueba física de que algo había estado pasando. Eso era porque se veían girar los rollos de cinta magnética, que se iba pasando de un lado a otro poco a poco. Y el tiempo era cíclico, en eternos ciclos de destrucción y regeneración, como en el hinduismo: lo que había sido el final se convertía en el principio al darle la vuelta a la cinta.

Las cintas, como relojes de arena que se vaciaban y se llenaban, eran testigos de los viajes de nuestras vidas. Phil Collins, Dire Straits, The Police, REM, Joe Cocker, Tina Turner, Enya, Joaquín Sabina, Miguel Ríos, Víctor Manuel y Ana Belén, entre otros, eran las unidades de medida. Eran siempre nueve cintas: las ocho que entraban en un estuche que era realmente un botiquín vacío (debía ser un obsequio de compra, porque por fuera ponía “Domestos”, una marca de productos de limpieza) más la cinta que iba en el radiocasete.

Ya no existe nada de todo eso. Parecía que no se iba a acabar nunca. Desde que tenía uso de razón, había cintas y discos de vinilo. Había viajes sentados mi hermano y yo en los asientos de atrás. Pero un día acabó todo eso, no sé cómo. Me suena un capítulo de la serie “Aquellos maravillosos años” donde la familia va por última vez a pescar. Lo enfatizaba el narrador: "Aquella fue la última vez que fuimos a pescar juntos". Aquel capítulo me conmovió, como otros muchos, porque parecía real y a nosotros nos pasaría algo parecido.

Todo esto viene al caso por la intención de este texto, que es hacer recordar el paso del tiempo. Como cada día, me ha costado horrores levantarme de la siesta, sin voluntad para nada, sin ningún aliciente realmente digno de consideración para no quedarme en la cama hasta el día siguiente. Suele ser el hambre lo que me empuja a levantarme, o las obligaciones de mi actual trabajo, que no me motivan para nada. Los días pasan como garbanzos que se van echando a un bote. Dan igual, no valen mucho. Seguramente uno se muere cuando se llena el bote. Pero si así fuera, al menos habría un instrumento de medida, como las cintas del radiocasete. Con los días de personas como yo, no existe ni eso. Sólo esperar, sin más constancia que la lenta degradación de mi cuerpo. Como decía un viejo amigo,  Pablo Ramos, “esperamos al final de la jornada, al fin de semana, a las vacaciones, a jubilarnos… ¡Esperamos a morirnos!”

Pero hoy me he levantado por otra cosa. Me he acordado de algo. No he encontrado lo que busco, que es alguna clave que me haga reencontrar el camino que perdí hace mucho. Pero me he acordado del misterio que rodea al paso del tiempo. Resulta que lo que ocurre en el tiempo suele tener sentido precisamente cuando sabemos que el tiempo se acaba, salvo en la juventud, porque no sabíamos que se acababa. La juventud es como esa aura azul brillante de los personajes de los videojuegos cuando comienzan una vida, que los hace invulnerables unos segundos. Pero, en los demás momentos, hay que ser conscientes del tiempo.

Recordé que con una exnovia iban las cosas mal, pero teníamos reservado un viaje. Como suele pasar, surge la necesidad de anular las reservas de todo, tal vez perdiendo dinero. Pero ella propuso algo muy inteligente: “Vamos a darnos un homenaje. Lo dejamos después del viaje”. El pacto era concentrarnos en disfrutar de todo lo que viésemos y comiésemos sin hablar del futuro ni de las causas de la ruptura. Así lo hicimos, porque efectivamente, tras el viaje, los problemas rebrotaron y tuvimos que romper de mala manera. Pero el viaje fue excelente. Fue bien porque tenía un final marcado.

También creí entender en mis lecturas de Pedro Salinas que el amor, cuando sale de uno de manera intensa, se vincula con el tiempo en una relación de dependencia: ese amor siempre se está acabando, porque es muy difícil o imposible, así que su milagrosa existencia no puede durar mucho. La certeza de que se va a acabar es lo que lo hace intenso, como la leña cuando arde en un hogar. Arde porque se consume. Alumbra porque se acaba.

Así que se está consumiendo mi vida, sin finalidad alguna, sin utilidad para nada ni para nadie. Pero saber que se acaba, que inexorablemente se acaba, que va quedando cada vez menos tiempo, menos leña, menos rollo de cinta, menos arena en el reloj, me ha hecho ser consciente de mi propia combustión. Si no veo luz ante mis ojos, tendré que mirar la mía propia. Si el tiempo que se me ofrece por delante no ilumina nada, tendré que mirar el iluminado por detrás. Si no queda nada interesante por vivir, que al menos no se pierda lo vivido, mientras pueda verlo.

Tengo que esforzarme en reproducir para mi alma vacía todo lo que viví cuando estaba llena. Si no me llena nada de lo que hay fuera, tendré que buscar dentro.

Porque el tiempo se acaba.

Ya queda menos.