sábado, 16 de septiembre de 2017

Sobre discotecas y ermitaños

Son las 6:53 de la mañana. El Ermitaño vuelve a su cueva después de una expedición nocturna en busca de amor, o más bien de un paliativo para compensar la carencia de éste. Parece de risa. Aun así, tras no sé cuántas ni qué copas y un sueño monstruoso, ocurre el milagro de que se ponga a escribir a las siete de la mañana, tras una noche sin dormir, con una sobredosis de melancolía que le estrangula el pecho.
No hay nada más cruel que ponerle ante los ojos, a él y a otros muchos hombres solitarios, tanta y tamaña belleza. Siempre hay más hombres que mujeres en todas partes, pero en aquel caso la proporción era casi equitativa. ¡Cuánta, cuánta belleza! ¡Qué rostros, qué cuerpos divinos! Y las sonrisas, más para ellas mismas que para nosotros, mientras se hacen fotos unas a otras o a ellas mismas. Les gusta gustarse. Qué desperdicio que no quieran pasar de ahí.
Decía la Ilíada que Afrodita es “la que ama las sonrisas”. Después de liberarse y expandirse en diversos talleres de meditación tántrica, nuestro ermitaño deja aflorar su mejor sonrisa, bailando como una hoja al viento. Hasta ahí iba bien.
Ahora, a las 7:07 de la mañana, acude un recuerdo: mes y medio atrás, con la mujer que amaba, después de un arroz con marisco y dos botellas enteras de vino verde, sonaba música con el móvil de ella en la cocina. La mesa estaba sin recoger. Ella sabía bailar, sabía mucho de discotecas y de disfrutar de la noche, y ante la novedosa manera de bailar de quien fue su amado, nuestro ermitaño de mes y medio atrás, se quedaba entre sorprendida y asustada:
- No mires así a ninguna mujer cuando bailes. Con esa mirada y esa sonrisa no… Qué peligro tienes, cuánto peligro tienes.
Y aquel hombre, aquel hombre de hace mes y medio, cuyo sueño ya murió, movía las caderas, flexionaba las rodillas, acercaba su pubis al de ella, y el baile se convertía en un abrazo al son de la música con fogosos besos.
Pero aquello fue un espejismo, una ilusión, como la de Segismundo en La vida es sueño. La brecha de aquella pérdida nunca se cerraría. Los traumas del pasado no afloraron en la misma discoteca esta vez, pero sí estaban latentes. El individuo del que hablo escribió, en el año 2002, quince años atrás:
Abrí los ojos. Estaba sentado en la escalera de la Notte, en Moncloa. Eran las tres y pico de la mañana, y sostenía en mi trémula mano mi segunda o tercera copa de vodka, casi vacía. Seguía escuchando la canción que había quedado impresa en mi cabeza al despuntar el día: De sobra sabes que eres la primera, que no miento si juro que daría por ti la vida entera, por ti la vida entera. Y sin embargo, un rato cada día, ya ves, te engañaría con cualquiera, te cambiaría por cualquiera... Era la canción favorita de una chica con la que salí tres meses sin quererla, más bien por complacer, por ayudar, por intentar hacerla feliz de una manera que yo creía saber hacer. Al final le hice un daño que descompensó todo lo bueno que le di durante aquellos tres meses, que fue prácticamente nada. Y ahora, dos años después, esa misma canción me corroe el corazón y me inspira para escribir a una lejana Natalia.

Me bebí el vodka de un trago y arrojé el vaso con fuerza a la base de una columna.
Siempre hubo lamentado romper ese vaso. Pero no fue el único, porque siempre había pisado cristales rotos en las discotecas. Esta noche, por ejemplo, los había alrededor de una taza del váter.
Algo está roto por dentro. La mejor sonrisa, la mejor manera de bailar con la técnica Tantra-Zen liberadora no sirvió ni para hacer puñetas. Después de cuatro, o cinco, o seis grupos de mujeres con las que pretendió entablar conversación, se fue quedando sin energía. Ya no podía moverse como una hoja movida por el viento, ya no afloraba su sonrisa como una rosa en primavera. Del mismo modo, la sonrisa de Afrodita, la de las bellísimas mujeres, se iba empobreciendo, y cada grupo cerrado de mujeres iba centrándose en bailar tontamente sin hablar con nadie. Los grupos de hombres alrededor de cada grupo de mujeres se iban moviendo cada vez más rápidamente: las entraban, se iban, venían otros, las entraban, se iban… 
Las bailarinas de pago lucían sus increíbles curvas moviéndose como ninfas de la Arcadia. Sus torneados muslos y glúteos brillantes, cuyo pudor iba únicamente cubierto por un estrecho hilo, subían y bajaban, temblaban, se entregaban a los ojos de todos los hombres solitarios, y quizá también algunas mujeres. Se veía besarse a una pareja de mujeres, jóvenes y guapas. Los hombres suspiraban.
El hombre que fue joven recordó un pasaje del Persiles de Cervantes (cap. 19, libro 2):
Entré yo confiado y animoso, por saber indubitablemente que llevaba la razón conmigo y la verdad de mi parte. De mi contrario, bien sé yo que entró animoso, y más soberbio y arrogante que seguro de su conciencia. ¡Oh soberanos cielos! ¡Oh juicios de Dios inescrutables! Yo hice lo que pude; yo puse mis esperanzas en Dios y en la limpieza de mis no ejecutados deseos; sobre mí no tuvo poder el miedo, ni la debilidad de los brazos, ni la puntualidad de los movimientos; y, con todo eso y no saber decir el cómo, me hallé tendido en el suelo, y la punta de la espada de mi enemigo puesta sobre mis ojos […]
Así fue como se disolvieron los temores de su antigua amada, porque aquella manera de bailar sólo atraía a quien le amase de verdad. No había manera de saber ya si ella se alegraría o se entristecería, pero probablemente lo primero, desde que su amor se tornó en odio. La ilusión de divertirse y de jugar a la seducción, para calmar la bilis negra que aún encharcaba su corazón, se tornó en la derrota de Renato en el Persiles: “Yo hice lo que pude…”.
Una chica con quien habían hablado sus amigos, y junto a la cual había bailado un tiempo considerable, vino a ser la última oportunidad de entablar conversación. 
- Disculpa, creo que no nos hemos presentado… -dijo él.
Pero antes de que acabara la frase, la mujer hizo un gesto de negación con la mano, sin mirarle.
Son las 7:41 de la mañana. Hace dos horas nuestro homúnculo iba al guardarropa a por su chaqueta. Por el camino se encontró a las dos altas y guapas jugadoras de voleibol, con las que había hablado antes, sin éxito. Se le ocurrió decir:
- ¿Qué tal, cómo ha ido?
- No muy bien. Estamos cansadas ya. Nos vamos a ir.
- Yo también. Se me han quitado las ganas ya. Me parece que nos pasa lo mismo tanto a las altas y guapas como vosotras como a los bajitos y feos como yo –dijo él, con una sonrisa.
Una de ellas, en lugar de decir que no era tan bajito ni tan feo, o agradecer el cumplido, dijo:
- Ya, no hay término medio.
El hombre que nunca volvería a ser joven preguntó entonces:
- ¿Qué esperabais encontrar aquí? ¿Qué es lo que no os ha gustado del ambiente, de la gente?
- No nos ha gustado mucho el sitio… La música no nos gusta.
La música era la misma mierda que en todas partes. Lo que no les gustaba era el público masculino. Sin darse él cuenta muy bien cómo lo hicieron, las dos mujeres fueron hacia la salida, sin acabar la conversación ni despedirse.
La gente seguía mezclándose y revolviéndose como si las moviese una batidora. Cada vez más hombres, cada vez más pesados y las mujeres cada vez más hurañas. Apenas había besos ni bailes sensuales, excepto los de las bailarinas de pago. El Ermitaño se despidió de uno de sus amigos y salió, finalmente.
Son las 7:54 de la mañana. Ha salido el sol. La melancolía hace estragos. No debió causar la ruptura con aquella mujer. Podría haber bailado más veces con ella en la cocina en vez de en absurdas discotecas. O podría haber cortado el tumor, haber avanzado de otra manera. No hay peor desamor que saber que tanta felicidad se ha vuelto odio y desprecio.
Una vez le dijo ella: “Tienes que salir, cambiar, aprender a divertirte. Pero cuidado, si no lo haces bien, fallar te reforzará lo que eres ahora, tu rechazo a la vida de la noche”.
Así que había fallado, era el mismo de siempre. La tristeza de haber perdido lo alcanzado, en el pasado, y la desesperación de no alcanzar nada, en el futuro, son las dos vertientes de un presente miserable. 
No volvería a pisar una discoteca en mucho tiempo, burla obscena de la enfermedad de la soledad, concentración de estupidez y de barreras. 
Son las 8:14 de la mañana.


viernes, 1 de septiembre de 2017

Hipótesis del origen de los nombres de los colores

He recuperado este escrito del año 2010. Se quedó en el olvido porque nunca pude terminarlo, ya que la investigación que requería era bastante trabajosa, sin beneficio ninguno. Quizá algún día pueda ampliarlo o mejorarlo, porque es poco preciso y seguramente contenga errores. Hay investigaciones muy profundas que se pueden encontrar en Google. Aun así, lo cuelgo aquí para disposición de quien lo necesite, aunque era un joven de veintitantos años cuando me interesé por el tema.


Hipótesis del origen lingüístico de los colores


A Rafael Panadero, quien me proporcionó la idea y el ánimo para realizar este trabajo.
A Aneta, por su constante apoyo y entusiasmo en mis ocurrencias inútiles.


Nota previa


El presente ensayo, de contenido sobre todo filológico, pero también con cierta mezcolanza de historia y antropología, pretende despertar en los lectores la curiosidad sobre temas mundanos en los cuales nadie se detiene a pensar. Para ilustrar debidamente dichas intenciones, propongo que se imaginen lo siguiente:
Están en plena naturaleza, caminando, de un punto a otro. Pueden limitarse a caminar, pensando simplemente en el tiempo o distancia que queda hasta llegar al destino. O bien pueden entretenerse mirando a su alrededor, estudiando el paisaje, las plantas, animales y rocas. Se puede ir más allá, y hacerse preguntas como: ¿qué árbol es ése?, ¿dónde he visto crecer antes estas flores?, o ¿cuánto tiempo tiene esta roca?
Desde luego, hacerse esas preguntas frisa la locura, resulta agotador y, en muchos casos, un esfuerzo infructuoso. Es uno de los extremos. El otro, es el de quien no presenta interés por nada que no sea el mero uso, la utilidad de las cosas, quien se limita a un conciso aspecto práctico y rechaza casi todo su potencial cognitivo porque en su entorno social ese exceso más allá de la línea práctica no tiene ningún valor. Así nos hacen ahora, así es el actual sistema educativo, y de este modo, se ha detenido el progreso con el que soñaban nuestros ancestros. 
El trabajo a continuación no es más que un breve intento de ir en dirección contraria para la satisfacción de unos pocos y el desprecio de muchos, muchos que no se dan cuenta de que, si bien es cierto que hay estudiosos lunáticos que no aportan nada, tampoco el sometimiento a la dinámica salvaje del trabajo y del consumo mejorará el mundo de sus hijos. Pero en cuanto al eterno debate entre lo práctico y lo inútil, el conocimiento y la ignorancia, o el trabajo y el estudio, baste con lo dicho.
Las palabras son herramientas que usamos constantemente y, en la mayoría de los casos, no sabemos su origen. Por supuesto que es imposible saberlas todas, pero aquí se ofrecen a quienes tengan interés unas pocas que he podido recopilar con mis escasos conocimientos, recursos y posibilidades.


Sobre el indoeuropeo y la lingüística comparada


William Jones, juez británico de Bengala, escribía en 1788 sobre la afinidad entre el sánscrito, lengua sagrada antiquísima del brahamanismo, y las lenguas de Europa, que “ningún filólogo puede considerar estas lenguas sin estar convencido de que han surgido de una fuente común, que quizá ya no existe”. Comenzó así la lingüística comparada, es decir, la reconstrucción de estadios anteriores de las lenguas mediante la comparación entre unas y otras, y la elaboración de leyes generales que explicasen esos cambios.
Las lenguas pueden estar atestiguadas cuando existan testimonios directos o indirectos, es decir, documentos escritos por hablantes de dicha lengua (Biblia de Ulfila en gótico), o por hablantes de otra que citaran topónimos, nombres propios, etc., como sería el caso de Tácito, S. I, historiador latino de cuyas obras nos quedan vocablos galos o germánicos. Cuando no existen testimonios de ningún tipo y la lengua extinta es reconstruida por lingüistas recibe el nombre de protolengua, y se llama phylum al término más antiguo al que se puede llegar. El indoeuropeo es un phylum, es la protolengua más antigua conocida de la que parten la mayoría de las familias lingüísticas de Europa y Asia occidental, y esta fuente común a la que se refería acertadamente William Jones.


Sobre la migración indoeuropea


Los pueblos indoeuropeos comenzaron su expansión hacia el año 3000 a. de C. desde el N. de la India hacia occidente. A medida que las tribus avanzaban, se iban fundiendo con otros pueblos ya existentes no indoeuropeos, adquiriendo sustanciales cambios y avances técnicos, sociales, religiosos, y por supuesto, lingüísticos, de manera que la lengua original indoeuropea se iba dialectalizando. Tomaron, por ejemplo, la escritura de las civilizaciones mesopotámicas, lo que permitió la elaboración de los primeros manuscritos de nuestra cultura (escritura micénica), no tan antiguos como los no indoeuropeos hebreos, egipcios, sumerios, fenicios, etc.
Entre las distintas oleadas migratorias y las direcciones que tomaron, se cuentan, a grandes rasgos, las siguientes: la gran rama aria penetró en la India y en Irán (II milenio a. de C.), las griegas se establecieron en los Balcanes y península helénica (II milenio a. de C.), los latinos entraron en Italia (I milenio a. de C.); los celtas avanzaron hasta el occidente europeo y los escitas hacia el sur de la actual Rusia; los germanos, que llegaron en distintas oleadas, realizaron grandes migraciones en los primeros siglos de nuestra era; los eslavos, que en el siglo VI de nuestra era ocupaban la actual Eslovaquia y S. de Polonia, comenzaban su Gran Expansión que no concluiría hasta el S. XIX con la anexión a Rusia del extremo oriental de Asia y Alaska.
El pueblo indoeuropeo más extraño, por su lengua de rasgos occidentales y su ubicación oriental, es el tocario, cuya lengua está extinguida pero posee testimonios directos mediante manuscritos de los siglos VI-VII. Los tocarios se establecieron en la cuenca del Tarim, hoy provincia de Sinkiang, en China, desde el I milenio a. de C. hasta el siglo VII d. C., momento en que fueron definitivamente exterminados.


Sobre los colores


Los colores son deícticos, es decir, elementos que apuntan o señalan algo en concreto. No se puede expresar un color solamente con palabras. Por ejemplo, la definición de la RAE de la entrada “azul” es: “Del color del cielo sin nubes. Es el quinto color del espectro solar”. Es decir, para la definición de un color es necesario aludir a algo conocido, como el cielo o uno de los colores del arcoiris. Si le preguntamos a un niño qué es azul, igualmente buscaría con la mirada y señalaría con el dedo algo de dicho color.
El objetivo de lo que viene a continuación es encontrar lo primero que señalaron los antiguos pobladores indoeuropeos para definir colores. En la naturaleza, en el ámbito que les rodeaba, existirían sin duda materias de cualidades significativas a las que se referirían para calificar colores, primero como sustantivos (del color del cielo), luego como adjetivos.


El amarillo


Ing – yellow; Fr – jaune; Esp – amarillo; Lat – amarus; Pl – żołty; R – жëлтый; P – amarelo; Al – gelb; Isl – gulur; It – giallo. 

Se encuentran similitudes en bastantes casos, con lo que se puede obtener una raíz común. Tenemos dos grandes grupos, a) lenguas eslavas, germánicas, inglés y quizá francés, y b) descendientes del latín. Veamos el primer grupo: en inglés y francés comienza con el fonema /j/, a continuación vocal media o baja, /a/ o /e/, y luego ya no hay más correspondencias. Pero entre inglés, italiano y alemán hay una más: la consonante lateral /l/ después de la vocal media anterior /e/. La gutural /g/ inicial alemana proviene de la tendencia general germánica de adaptar /j/ a /g/. La misma correspondencia existe en lenguas eslavas: la /ż/ polaca y la ж rusa se pronuncian /ž/, consonante fricativa palatal como la “ll” española, y por tanto próxima a la semivocal o semiconsonante palatal /j/. Las vocales, en cambio, difieren de la rama germánica: en polaco la “o” suena /u/, y en ruso, la ë es palatalizada, /jo/, pero se sigue mantiendo la consonante /l/.
El segundo grupo, del latín “amarus”, nos da una pista. Amarus significa amargo en latín, es un adjetivo que describe un sabor, pero curiosamente, también un color. En español y portugués se ha mantenido este origen, como si dijéramos “amarguillo”. ¿Qué es de color amarillo y de sabor amargo?
La respuesta la encontramos, sin ir más lejos, en español: hiel. La hiel, la bilis del hígado, debió sorprender a los antiguos por su llamativo color y desagradable sabor, caracterizando con su nombre indoeuropeo las demás cosas de similares características. “Hiel” se corresponde fonéticamente con el primer grupo, jod /j/ + vocal media /e, o/ (exc. italiano) + cons. lateral /l/ + desinencia: yellow, giallo, żołty, жëлтый… Además, "hiel" se traduce de forma parecida en algunas lenguas: P – żółć; Al – galle. 


El rojo


Ing – red; Al – rot; Isl – rauður; Esp – rojo; Fr – rouge; It – rosso; P – vermelho; Pl – czerwony; R – красный; Dan – rød; Frisón – rad; Gótico – rauþs; Lat – ruber. 

Es probablemente el color que mejor ha mantenido su origen indoeuropeo en mayor variedad de lenguas. Comienza por la vibrante lateral /r/ en la mayoría de los casos, luego hay una vocal que suele ser media posterior, /o/, y luego una oclusiva dental, /d/ o /t/, o bien el resultado de ablandar ésta a fricativa alveolar /š/ que pasaría a silbante simple de cantidad larga /s/ en italiano, que en español se retrasa a fricativa velar /x/, y en francés a una variante sonora, /z/. 
Es en las lenguas más arcaizantes en donde encontramos pistas: en polaco, pelirrojo se dice “rumiany”, en ruso, рыжеболодый. Aunque en ambas lenguas “rojo” tiene otro origen, se conserva la raíz /ru-/ o /ry-/ para derivados del color de pelo rojo. Se sabe que el famoso explorador Erik el Rojo (Eirik Raude, en noruego), debía su alias al color de su pelo. También se les daba un sobrenombre del mismo origen a notables personajes de estirpe celta, como irlandeses (ruad) o galeses (rhudd). Los apellidos Read o Reid en inglés o escocés provienen de tal color de pelo, y también encontramos una serie de entradas interesantes en el léxico latino: russus - rojo, rojizo; rubor - rubor; rūdus - cobre nativo; rūfus – pelirrojo. 
La constante del significado de pelirrojo en alguna de las variantes de /ru-/ en todas las lenguas parece indicar que dicho rasgo físico fue el origen del color rojo.
La raíz indoeuropea, según lingüistas, es *reudh-.


El negro


Ing – black; Isl – svartur; Nor – svart; Al – schwartz; Danés – sort; Esp – negro; Fr – noir; It – nero; Pl – czarny; R – чëрный; Lat – niger; Gr – μαύρο /mavro/.

Nos encontramos ante un problema difícil debido a su dialectalización temprana. Se pueden clasificar en tres grupos: a) rama alemana y eslava; b) grecolatina; y c) inglés.
En el primer grupo, parece no haber dudas en cuanto a los caracteres fijos: #s, en comienzo absoluto, o bien variante alta /š/ en alemán moderno. En inglés existe la palabra en desuso swart < sweart (ing. ant.), raíz del adj. swarthy, “de piel oscura”. Los eslavos debieron adaptar la fonética a sus tendencias generales con la africada alveolar sorda /č/: sw > č. Se conserva la posición de la vocal, en su mayoría abierta, y la vibrante lateral /r/.
El griego, forzosamente con sucesivos pasos intermedios y una evolución compleja, da origen al término en latín. La nasal bilabial inicial #m- pierde la labialidad para convertirse en nasal dental, #n-. La vocal cambia su timbre, y la fricativa labio-dental /v/, el cambio más misterioso, produce la gutural /g/. Del latín a sus dialectos no hay obstáculos: negro, noir, nero. En cuanto a la influencia del griego al latín, y quizá en relación con el negro o la oscuridad, existe el sustantivo mæror, tristeza profunda.
Pero hay algo mucho mejor, más revelador, en el resto de griego dejado en el latín, y quizá relacionado con el origen auténtico. Nótese en los nombres o apellidos españoles “Mauro” o “Maura”, o incluso en el nombre “Mauricio”. ¿No es sospechosamente parecido al griego μαύρο? Efectivamente, del griego a lenguas latinas, la fricativa /v/ se vocaliza en /u/; por ejemplo, /Evropa/ > Europa; /avtobus/ > autobús, luego las palabras que empiecen por maur- deben provenir del color negro. Además, en español, el diptongo latino –au- se monoptonga en –o-, así aurum > oro, y por tanto maurus > moro, siendo en ambas lenguas lo mismo, “habitante de Mauritania”, es decir, Marruecos. Por supuesto, los países Níger y Nigeria vienen directamente del latín niger, pero son más modernos.
Luego es posible que el color negro provenga, en lenguas grecolatinas, del color de la piel de los africanos. Lo curioso es por qué no tomaron este nombre de los etíopes, más antiguos para los griegos, conocidos ya en el mito de Perseo y Andrómeda, y de Faetón y el carro de fuego de Apolo.
Indudablemente, en el resto de lenguas con raíz svar-, más septentrionales, debe tener otro origen. 
Del inglés, black se cree que viene del protogermánico *blakaz, “quemado”, o del sueco bläck, “tinta”.


El verde


Ing – green; Esp – verde; Gr – πράσινος; Lat – viridis/ virens, virescons; It – verde; P – verde; Fr – vert; Al – grün; Isl – grænn; Sueco – grön; Pl – zielony; R – зелëный.

Hay tres grupos: a) provenientes del latín; b) germánicas; y c) eslavas, sin incluir en ninguna clasificación el griego /prásinos/, de difícil determinación.
El segundo grupo, la rama germánica, tiene la explicación más sencilla: parte de la base indoeuropea *gro-, “crecer”, en el sentido del crecimiento vegetal. En inglés, crecer es “grow”, lo que comparte similitud con “green”, e igualmente ocurre en otras lenguas con dicho color: frisón antiguo – grene, noruego antiguo - grænn,  danés - grøn,  holandés - groen,  alemán – grün. 



(Inconcluso.)


sábado, 26 de agosto de 2017

La leyenda inacabada de Marsilio y Patricia - Novela por entregas.



1. La torre de marfil

Érase una vez una ciudad majestuosa en medio de ricos y fértiles parajes naturales. Se llamaba Apolonia, por estar consagrada al dios Apolo, pero como en aquel reino sólo había una ciudad, la gente nunca la llamaba por su nombre, sino simplemente “la Ciudad”. 

Desde el cielo, a vista de pájaro, se divisaban todo tipo de edificios y construcciones: los templos, los cuarteles, la fortaleza, los talleres de elaboración de todo tipo de necesidades, los hospitales y los conventos, los burdeles, el anfiteatro, la universidad, los jardines, el cementerio. Los barrios residenciales eran irregulares, algunos de ricas casas de altos tejados puntiagudos, mientras que otras eran chozas lúgubres y ruinosas, a veces abandonadas, donde no osaba pisar nadie. De las habitadas surgían penachos de humo de sus chimeneas y flameaba ropa tendida en sus balcones, como parodia de las banderas y pendones que adornaban los edificios oficiales. Dos anchas avenidas perpendiculares cruzaban la ciudad de punta a punta, las llamadas Avenida Roja, de sur a norte, y la Avenida Azul, de este a oeste. En ciertas épocas, en las fiestas, el ayuntamiento las adornaba con gallardetes de dichos colores. En medio, en el cruce, se abría una enorme y espléndida plaza adoquinada de cierta piedra carísima de increíble blancura, de ahí que se llamase la Plaza Blanca. Había un dicho popular, que algo “dura menos que un céntimo en la Plaza Blanca”, ya que cualquier cosa en el suelo se veía destacar sobre tan inmaculada superficie. En su centro se erigía una estatua de oro del dios Apolo, altivo y poderoso. En los lados de la plaza de donde partían las avenidas principales había puertas monumentales adornadas según cada calle, con lapislázuli y mármol rojo, respectivamente.

Foto: https://www.trip2athens.com/es/see-n-do/attractions/dimosiatexni/attraction-126/


La ciudad también era surcada por un río, en su parte sur, que se llamaba el Río de la Vida. Sin embargo, popularmente le decían “de la Mala Vida”, ya que en sus márgenes se ubicaban burdeles, tabernas y el anfiteatro, donde se juntaba la peor calaña de la ciudad, y a veces también la flor y nata, de incógnito y con escolta, porque nadie podía negar que los vicios son necesarios. Por toda la zona se celebraban peleas clandestinas, apuestas ilegales, reyertas y otras cosas horribles y lamentables. Se hablaba de un sindicato del crimen, e incluso de una Secta del Caos que hacía sacrificios humanos. Un barrio concreto en ese entorno estaba tan fuera de control que ni la Guardia Real osaba entrar allí. La llamaban la Zona Oscura.

Pero la mayor parte de la ciudad era radiante y luminosa, ajena a esos rumores escabrosos. Templos de altas columnas, basílicas de soberbios techos, fuentes, plazas, academias, comercios, teatros… proliferaban por toda la ciudad, con libertad y con respeto a la ley. Se rendía culto, además, a Atenea, a Hera, a Asclepio y a otras divinidades del ingenio y del orden. Las de otros sentimientos humanos existían también, pero no eran oficiales y se adoraban con disimulo. 

En un sector lateral, en el cuadrante nororiental, se ubicaba la Sede de Gobierno, también conocida como la Ciudadela. Era una fortificación de gruesos muros almenados llenos de troneras con ballestas apuntando a la población de la propia ciudad que dirigía. Nunca había pasado nada, pero estaba diseñado así, amenazante. La planta de la fortaleza tenía la forma de una estrella de seis puntas, como dos triángulos intercalados. Pero lo más impresionante es la esbelta torre blanca que se alza en su centro, la llamada Torre de Marfil, aunque su material de construcción no es tal, sino la misma piedra de la Plaza Blanca, tan dura que es casi indestructible.

Allá arriba, en su torre, habita la reina regente, esposa estéril del rey Apolonio decimotercero de su nombre, cuyo cuerpo yace embalsamado en el templo de Hades, a la espera de su regreso a los vivos para algunos, muerto para siempre para casi todos. La propia regente sabe de sobra que está muerto desde que era niña, cuando la desposaron con él, pero para salvaguardar la tradición y respetar la costumbre de que cualquier orden real ha de aprobarse bajo el linaje de mayor nobleza, permite que los sacerdotes organicen rituales engañabobos donde el cadáver “firma” los documentos. 

Esta mujer pasa la mayor parte del tiempo encerrada en su estancia de la torre: una enorme habitación hexagonal repleta de libros y mesas con papeles. Inscrita en el hexágono, en el suelo, se distingue una gran estrella de David. Hay un impresionante espejo en un lateral, una chimenea en el opuesto, en otro lugar desembocan las escaleras de caracol que ascienden por toda la torre, mientras que en otro hay un artefacto ingenioso: una estructura de hierro adornada con serpientes, cilíndrica y estrecha, que muchos no saben ni lo que es. Es un ascensor de uso exclusivo y personal, sólo para ella, que baja directamente a los sótanos de la torre. Nadie sabe lo que hay allí.

Las ventanas son altas y estrechas, como todo en la torre. En una de ellas hay un potente telescopio, no tanto para mirar los astros, sino para ver lo que acontece en la ciudad e incluso fuera de ella. Por si se diera el caso, en la estancia hay también una espada, una daga y una ballesta, algo sucias y llenas de polvo.

Nunca las ha empuñado, pero ha leído sobre ello. Ha leído muchísimas cosas, con mayor o menor atención, pero por sus dedos han pasado las páginas de todos los libros de la Universidad del Ego, donde obtuvo su formación, y donde moran los grandes sabios de la ciudad. Todos los volúmenes de su torre proceden de la universidad, algunos regalados, otros requisados o robados.

Así es Patricia, altiva y poderosa, inteligente pero despótica, que manda desde lejos, como Agamenón en las batallas, aunque ella manda de lo alto de su torre. Cada pocos minutos llega un ave con un mensaje atado a una pata, a veces es una paloma, otras veces un cuervo, otras un ave exótica, y Patricia saca algún libro o legajo de papeles para buscar la mejor respuesta a la petición. Otras veces sube un emisario por la escalera, cargado de libros o documentos que significan casi siempre trabajo, o a veces no: le traen cuentos y poesías, lo cual agradece mucho.

Siempre viste de tonos grises, a veces con bordados plateados, pero con un estilo serio. No es muy atractiva, aunque tiene algo que incita a la curiosidad. Está bastante delgada y ganaría mucho si cuidase más su físico, pero lo único que trabajan son sus manos huesudas y surcadas de venas azules, y sus ojos, siempre cansados y ojerosos, cuyo color es difícil de precisar, porque nadie se atreve a mirárselos. Su pelo era castaño claro, pero últimamente se ha ido decolorando hacia un rubio ceniciento, acorde con su pálida piel de quien nunca ve el sol. Sus labios suelen estar crispados y duros, porque nunca han besado a nadie.

Unos pasos suenan en la escalera y Patricia levanta un momento la vista del papel. Uno de sus criados trae leña para la chimenea y comida recién hecha. Lo que más le gusta es comer aves o animales de caza, no de corrales ni granjas. Las perdices, liebres, venados o jabalíes tienen que haber sido capturados salvajes, del campo o del bosque.

Ella, y toda la ciudad, se nutren de lo que da la naturaleza.




2. La cueva de raíces

Fuera de los muros de la ciudad había granjas, pastos y fincas de gente del campo. Algún grupo de casas podría llamarse aldea, pero, por lo general, el paisaje se formaba de bajitos muros de piedra que delimitaban las tierras, salpicadas de robles y encinas, algún pinar y zarzas junto a los caminos. En las viejas casas de piedra y adobe siempre había animales y niños jugando. 

A lo largo del río se concentraban muchas huertas y molinos de agua. Cerca de los muros de la ciudad, en la ribera, se arrodillaban lavanderas con ropa, sábanas y lienzos de todo tipo, las cuales aprovechaban también la salida de la ciudad para hablar libremente con sus amigas, e incluso para verse con algún amigo. En efecto, los álamos, abedules, alisos, juncales de las márgenes ofrecían seguro abrigo para las relaciones amorosas. Y siempre había algún recodo del ancho río donde los alegres amantes podían bañarse desnudos.

Allá afuera todo era más apacible. No había prisa para el trabajo, si es que se podía hablar de trabajo. Cada uno, o cada pequeña familia, trabajaba para sí misma, sin mucho esfuerzo, porque la tierra, la naturaleza, daba todo lo necesario y más. Las huertas estaban repletas de lechugas, cebollas, nabos y un sinfín de hortalizas deliciosas. Los árboles frutales, cuando era la época, rebosaban suculentos frutos. Sin que los hubiese cultivado ni cuidado nadie, proliferaban también árboles y arbustos salvajes, como zarzamoras, frambuesas, matas de arándanos y grosellas, higueras, cepas de uvas jugosas y dulces, apretadas en grandes racimos. Los abuelos, cuando ya no podían doblar la espalda para labrar, sí que se agachaban para recoger tranquilamente piñones de los pinares, champiñones y setas de cardo, espárragos, o cualquier cosa rica que pudiera encontrarse.

La gente joven y vigorosa solía ser cazadora o ganadera, sobre todo pastores. Podría decirse que era el trabajo más duro, ya que ahí la tierra no daba las cosas por sí sola, sino que había que ocuparse de todo. Había lobos, incluso algunos leones. Las hembras podían morir en los partos si no se las ayudaba. Alguna oveja o ternera podía perderse si no estaban bien atendidas. Los pastores conducían por las cañadas todo tipo de ganado, imponentes vacas pardas, ovejas merinas, cabras de diversos colores. Madrugaban como nadie para ordeñar todo lo que pudieran, leche sanísima y de sabor intenso que producía los mejores quesos del mundo conocido, junto con requesones y otros postres. En sus largas caminatas con el rebaño, los pastores a veces tardaban semanas en regresar, sin que nadie se preocupase. Cuando era la época de esquilar, toda persona sana en la aldea ayudaba en el trabajo, llenando carretas y carretas de esponjosos vellones de lana, para enviar a la ciudad.

Para los niños era un paraíso. Los que nacían allí eran mucho más felices que los de la ciudad. El campo les daba todo el espacio y toda la libertad del mundo: siempre había algo que descubrir y explorar. Podían encontrar nuevas huertas o árboles de donde sisar algo que comer, podían encontrar nuevos sitios en el río donde bañarse, árboles donde trepar, bosques donde construir cabañas, alimañas que capturar y domesticar. La adolescencia era el mejor momento de la vida, porque surgían los amores por doquier, sin que durase mucho la tristeza cuando alguna cosa no iba bien. En las fuentes naturales, en los manantiales, solían encontrarse los jóvenes enamorados para besarse y bañarse desnudos, ante la mirada perpleja de los ciervos que allí solían beber. También las ermitas de los dioses que se veneraban en la ciudad, que en el campo no tenían mucho tirón, eran un lugar idóneo para encuentros íntimos. De todo ello surgían canciones de amor ingeniosas, de doble sentido, de experiencias tanto felices como tristes, que llegaban a oídos de la propia reina. Y le encantaban, tanto o más que los largos poemas eruditos de sus letrados pedorros.

Pareja de amantes en una fuente natural, más o menos como se describe en el relato.


En donde se iban elevando las montañas, el paisaje se volvía más húmedo y frondoso. Se multiplicaban los ríos y arroyos, rodeados de abedules y avellanos, que angostos caminos cruzaban gracias a puentes de piedra de época inmemorial, y que no se caían nunca. En los montes se abrían claros para pastos, en rústicas terrazas debido a la pendiente, mientras que en los valles se asentaban pequeñas aldeas poco pobladas, de casas de piedra con tejados de pizarra, establos, corrales y huertos para consumo familiar. De una de estas aldeas provenía un joven pastor, célebre por sus versos, que tanto circulaban por todo el reino, y por la música de su flauta travesera, hecha de madera de boj, de la que no se separaba nunca. 

Aunque transitaba con su pequeño rebaño de cabras por toda la región, su hábitat estaba en los húmedos bosques de las montañas. Allí se levantaban avellanos, tejos, abetos y, sobre todo, hayas. El Hayedo de las Musas era su morada, razón por la cual también se le llamaba el Hayedo de Marsilio, pues éste era el nombre del pastor poeta. En una zona llana del bosque, espléndidamente verde en primavera, majestuosamente dorado en otoño, y solemne en invierno, había en su centro un promontorio de grandes piedras, sin poder saberse si eran creación de la naturaleza o colocadas por el hombre, porque parecían menhires tumbados unos sobre otros, como un monumento megalítico caído en desgracia. Pero estaban las grandes rocas apoyadas de tal manera que formaban una cavidad entre ellas, y dejaban ver una entrada oscura que bajaba a su seno. Sobre este promontorio se erguían siete hayas empecinadas en enraizar sobre las piedras: sus gruesas raíces las cubrían y se insertaban entre ellas, tapando sus huecos. Grandes barbas de líquenes grisáceos, junto con gruesos y mullidos musgos reverdecían el conjunto.

Allá adentro, bajando, entre húmedas raíces que iban del techo hasta el suelo, se abría un espacio en la tierra, alumbrado tenuemente por antorchas y un pequeño hogar, siempre encendido. Gotitas de agua caían por las paredes de tierra, roca y raíces, haciendo que el aire estuviese cargado de humedad y olor a tierra mojada. Pero era un aire purísimo, que llenaba de vida, sin que calase el frío. La única decoración era una tosca figura de madera de un hombre crucificado, con hojas de parra en la cabeza. Era Dionisos, dios al que rendían culto muchas de las gentes rurales. 

Para Marsilio era aquella estancia su más preciado hogar, el lugar de encuentro consigo mismo, donde más podía ser él y recuperarse si le pasaba algo. Estar en las entrañas de la tierra era como estar en el vientre de la madre que da la vida, Mater Tellus, la madre tierra, entidad femenina que da amor incondicional, salud, seguridad y, en definitiva, vida, en su sentido más profundo, en la que no importan los problemas mundanos de la sociedad, sino las emociones: amor, odio, ternura, placer, felicidad, lo auténtico y la verdadera sensación de estar vivo. Por eso, cada vez que entraba en su casa, Marsilio se desnudaba. No quería nada humano, nada civilizador allí, en su templo y su placenta protectora. Allí podía dormir cuanto quería, en su camastro de helechos, o componer mentalmente sus versos, sin que nada, o casi nada, le turbase. 

La cueva no tenía una sola entrada. En un lateral se abría otra oquedad más pequeña y oscura, de donde partía un larguísimo pasadizo que llegaba hasta la ciudad. Hasta los sótanos de la mismísima Torre de Marfil.

Aunque en el campo no había propiamente gobernantes, sí que había que nombrar a alguien que negociase con los comisarios de la ciudad, que insaciablemente esquilmaban y saqueaban todos los bienes de las aldeas, siempre que querían, o bien organizaban cruentas cacerías, o bien talaban indiscriminadamente bosques. No era malo que viniesen a aprovisionarse dentro de unos límites, porque la naturaleza abastecía a todos de sobra, pero algo iba mal cuando querían demasiado. Por eso, sin ser nada, sin ser hijo de nadie, era Marsilio a quien elegían los aldeanos para enviar mensajes a la reina, o para negociar algún acuerdo. Le encomendaban esta misión por ser de corazón puro, casi salvaje, de sentimientos claros y sinceros, y por ser, por tanto, el mejor representante de todos ellos. Sin tener las de ganar, era el único que podía desafiar a Apolo, como un pariente lejano suyo de quien decían que descendía, Marsias.

¿Qué recibía el campo a cambio de los saqueos de los burgueses? Nada, prácticamente. La naturaleza, como las madres, está hecha para sufrir, para dar incondicionalmente. Pero, aunque no sirviera de mucho, a veces venían de la ciudad sacerdotes y pedagogos que enseñaban al pueblo algunas cosas básicas de la vida urbana, de la religión apolínea y de las utilidades de la gramática. Lo que le faltaba siempre a esta gente sencilla es dominar el lenguaje, bien preciado para elaborar sus bellas canciones de amor. Hasta el propio Marsilio acudía presto a estas lecciones.



3. Los hilos del destino


La ciudad crecía y prosperaba, lentamente, gracias al trabajo de sus habitantes y a los suministros de las aldeas. No era demasiado populosa para la antigüedad que tenía, ni había formado un ejército poderoso para invadir otras ciudades, o defenderse de ataques. Cada conflicto con otras ciudades se resolvía de forma pacífica o con el asesinato de los líderes enemigos, gracias a la pericia de la Guardia Secreta de la reina. En realidad, siempre era de la misma ciudad vecina, extranjera, de donde venían emisarios en busca de una alianza, o bien una amenaza de invasión, o bien una oferta de anexión voluntaria a Apolonia. Esta ciudad se llamaba Abraxas. Sus dirigentes cambiaban, pero en esencia, para Patricia, representaban lo mismo.

La relación con Abraxas era, por tanto, de amor-odio. Más amor, porque Patricia se ahogaba de soledad en su torre. Pero cada vez que intentaba aprender de ellos la unio mystica en su sentido más amplio, la unión de los opuestos, de lo bueno y lo malo, de la vida y la muerte, el hombre y la mujer, y, en cierto modo, lo comprendiese por medio de la razón, el apego a su nación y a lo que siempre había sido causaban el rechazo violento. Su violencia, a veces, era respondida con violencia, y comenzaba una guerra fría que se saldaba con muertos en ambas ciudades.

Patricia solía dudar si debía formar un gran ejército o no. No había ciudad en el mundo sin unas considerables fuerzas armadas. Sin embargo, hasta ahora le había bastado con sus asesinos y mercenarios de la Zona Oscura. A veces, incluso, ocurría que la Secta del Caos actuaba por su cuenta. Sin esa prioridad de defender la integridad de la ciudad, su cultura, sus creencias, su ortodoxa devoción a Apolo, la capacidad creadora de su sociedad podía verterse en otras cosas. De ahí que Apolonia fuera conocida, más que por su poderío militar, sus artes o sus tabernas, por su impresionante Universidad del Ego.

En efecto, Patricia no dejaba de reclamar corderos a las aldeas para fabricar pergamino con sus cueros, minerales y otras sustancias para las tintas, cordeles y demás material para fabricar libros. Empleaba muchos jóvenes de la ciudad y el campo, fuertes y sanos, para copiar manuscritos y elaborar códices encerrados en los scriptoria. Así iba nutriendo la Biblioteca Laberinto, un edificio anexo a la universidad en constante evolución, cuyo diseño laberíntico era permitido y promovido por la propia reina, aunque de su mantenimiento y construcción se encargaba la rectora de la universidad. Los esfuerzos en abastecer sus pasillos de libros eran irregulares y desmedidos, ocurriendo a menudo que se mandaban copiar libros ya copiados, y dejando que se pudriesen otros sin copiar.

Todos los libros llevaban el símbolo del uróboros, la serpiente circular que se devora a sí misma. La serpiente, que no tiene párpados, que es símbolo del conocimiento por tener siempre abiertos los ojos; símbolo de longevidad por mudar su piel; de astucia, por su agilidad y rapidez reptando por el suelo; acoge en sí toda su polisemia en su propio círculo, en su eterna autofagia, creciendo en conocimiento al nutrirse de sí misma, devorándose al mismo tiempo. Un esfuerzo cíclico que no lleva a ninguna parte.



En esto estaba ocupada Patricia, por una vez fuera de su torre, en los despachos de la universidad, cuando un mensajero llegó avisándola de que había llegado un extranjero que solicitaba audiencia.

–¿Otro sacerdote de Abraxas? –preguntó la reina.
–No, mi señora. Es el tipo más extraño que he visto nunca. No sabría decir si es de aquí mismo o del rincón más remoto del mundo.
–Dígale que se reúna conmigo junto a la fuente.

La fuente era el centro del austero jardín de la entrada de la Sede de Gobierno. Ya fuera paseando, o sentados en unos bancos o mesas para charlas políticas informales, Patricia solía reunirse allí con los emisarios extranjeros, o con sus propios alcaldes de los barrios de la ciudad o cualquier persona con un cargo importante. Esa fuente, aunque era bonita, con su chorro de agua impulsado hacia el cielo tres o cuatro metros, nunca llegaba a tener el agua clara por mucho que se esforzasen los arquitectos. Pero no se notaba a no ser que el observador fuese fino.

Allí estaba esperando el curioso personaje cuando la reina llegó, tan altiva y espigada, con un vestido amarillo, para dar impresión de poder. El visitante, por el contrario, vestía una túnica azul marino, de cuyas fibras aparecían a cada movimiento destellos dorados y plateados. Su tez era muy pálida, de donde resaltaba una prominente nariz rojiza, a juego con sus desordenados cabellos del mismo color. Sus ojos, sin embargo, eran oscuros, con un aire entre intrigantes y divertidos. Portaba un alto bastón de madera nudosa.

–Bienvenido, extranjero. ¿Quién eres y qué deseas? –preguntó la reina.
–Gracias por tu amable bienvenida. Tus hombres me han dado de comer, que es lo que más necesito. Ahora sólo quiero que me dediques unos minutos de tu tiempo.
–Tuyos son, pero sabes que no puedo entretenerme. ¿Quién eres?
–Oh, esa es una de mis preguntas favoritas –sonrió. Antes de nada, ¿realmente piensas impresionar a los visitantes con una fuente de agua sucia? Falta un cartel que diga “no potable”, o simplemente unas ranas que hagan “puaj, puaj”, je, je, je.

La reina callaba mientras se endurecía su semblante.

–Si quieres agua clara, no la traigas de los aljibes de la Biblioteca Laberinto, que es de donde proviene precisamente esta agua, ensuciada de polvo de libros y tinta de los dedos de tus copistas enfermizos. Busca una fuente de verdad, de las que hay ahí afuera.
–¿Cómo sabes de mi fuente? ¿Quién te ha dicho de dónde viene su agua?
–Simplemente lo sé.
–¿Lo has leído en algún sitio?
–No me hace falta leerlo. Lo sé. ¿Qué, no me crees? –dijo, riéndose.
–No. Debes ser un charlatán. Seguro que vienes a decirme mi destino a cambio de dinero. O comida, como dices que te gusta. No me creo nada de lo que dices saber.
–Sin embargo, mi afirmación sobre la fuente es cierta.
–Así es. O alguien te lo ha dicho, o has tenido suerte aventurando algo que te acabas de inventar, o lo has leído y no recuerdas dónde.
–Tal vez. También he leído mucho, y he viajado mucho.
–Tu aire de intriga y de misterio está empezando a agotar mi paciencia. ¿De dónde vienes? ¿Quién eres?
–Adivínalo. Soy de aquí mismo, pero a la vez no soy de aquí. Seguro que entre tus libros pedorros hay alguno de arqueología de esta zona. ¿Sobre las ruinas de qué antigua ciudad se yergue Apolonia?
–Hermetia. Pero no existe desde hace mil años.
–¡Premio! –y entonces el extraño visitante señaló un broche de su capa con el caduceo, el inquietante símbolo del bastón y las dos serpientes bajo un par de alas.
–No puede ser. Los ejércitos de Apolo expulsaron a los de Hermes en las Guerras de la Verdad, hace muchísimo tiempo. Ninguno de los tuyos se quedó aquí. ¿Cómo has sobrevivido?
–Generación tras generación, los magos de Hermes siempre hemos estado caminando. Nos asocian con el mercurio, ya sabes, que nunca está quieto. No es difícil vivir en los caminos. Siempre hay alguien que nos da algo de comida, je, je, je.
–Deja de provocarme, embustero. A los apolíneos no nos caéis nada bien, y lo sabes. ¿Vienes a robar algo, algún conocimiento para luego decir que lo sabes porque sí, sin que te lo haya dicho nadie? Ya sé cómo funcionas. Y aún no me has dicho tu nombre.
–¿De qué te sirve mi nombre, si es una mentira más? Llámame Merlín, Filemón, Túnica Azul… o simplemente, Mago. Y vengo a decirte que no estás sola aquí. No tejes tú sola los hilos de tu destino, los hilos del destino de toda Apolonia.

El mago se acercó a ella y acercó la cara a su oído. Susurró:

–Sé lo de tu túnel. Tienes que volver a usarlo.

Patricia se sobresaltó. Ése era su secreto mejor guardado. Sus salidas secretas por el túnel que llevaba a la Torre Invertida y a la Cueva de Raíces.

–¿Y qué se supone que debo hacer allí? Siempre que intento negociar con los salvajes ocurre un desastre.
–Haz lo que te mande el corazón. No esa cabeza fría ni los conocimientos de tus eruditos pedorros. Tienes que hacerlo o todos moriremos.
–¿Todos? –preguntó la reina, con voz ahogada.
–Todos.

Y entonces el mago acercó a los ojos de Patricia el grueso anillo que llevaba en su mano derecha, con un símbolo de tres lóbulos que parecían girar, y que se unían en el centro. Un trisquel.



4. El túnel

Una vez que los guardias de la reina se llevaron al mago prácticamente a rastras y lo echaron de la ciudad, con órdenes de no dejarle entrar sin permiso de la reina, ésta subió a su torre y pidió que no la molestasen.

Fue acariciando los lomos de los libros de una estantería, mientras caminaba ensimismada. Caía la tarde y con ella la propia Patricia. Cerró los ojos, sin darse cuenta de que había apoyado su frente sobre la fría superficie del espejo. Se sentía sola, tremendamente sola en aquel mundo. Odiaba su propio nombre y la vida que le había tocado. Todo era insípido y vacío. A veces le daban ganas de hacer como un tal Nerón que decían los libros: prender fuego a la ciudad y destruirla para siempre. Sobre las ruinas de Hermetia estarían las de Apolonia, y a saber qué otra ciudad harían encima. Pero no sería ella quien se ocupase de reconstruirla. Bastante había hecho. Y todo para nada, para seguir con las mismas carencias, los mismos vicios, los mismos límites de su muralla. Las eternas tonterías diplomáticas con Abraxas. La imposibilidad de ver el mar, de respirar la belleza del mundo.

Quería dormir y no hacer nada. Pero siempre que lo hacía era anegada por la pereza, no se ocupaba de asuntos urgentes y ocurría algún desastre. No, no podía dormir, al menos no de esa manera. Tenía que hacer algo…

Hacía mucho que no bajaba al pasadizo. Bajar al túnel significaba llegar hasta el corazón del mundo de los salvajes, hasta los fieles a Dionisos, hasta Marsilio. Era imposible llegar a algún acuerdo con él, o simplemente llevarse bien. Pero el mago, por muy provocador y sinvergüenza que pareciese, le había instado a usar el túnel.

No lo pensó más. Guardó en un bolso algo que ofrecer al pastor, que pensó que valoraría. Cogió también una lámpara de aceite con suficiente combustible para unas horas y se metió en el ascensor de hierro forjado. Una vez que accionó el mando, el ingenio automático empezó a bajar suavemente.

Ya estaba en los sótanos o, más bien, la cripta de la torre. El aire era fresco y húmedo, y la oscuridad absoluta. Era una estancia con arcos de medio punto, de piedra muy antigua. Había sarcófagos que nunca nadie se había atrevido a abrir, pero todos llevaban grabado en la tapa el caduceo. Sabía que había más túneles que explorar, que toda la ciudad estaba edificada sobre ruinas y más ruinas, tumbas y más tumbas, de todo tipo de gentes que vivieron allí hacía mucho tiempo, y que fueron olvidadas para siempre. Pero no podía dedicarse a eso en ese momento. Emprendió el paso hacia el túnel más grande, el que tenía un labrado pórtico de hojas de parra y unos cuernos de cabra en su cúspide. A Patricia le entraron escalofríos.

El pasadizo era largo pero directo. Notaba que se alejaba mucho de la ciudad, pero el suelo, aunque tenía charcos por la humedad, era liso y podía incluso correr. Así lo hizo, porque no podía esperar, quería llegar cuanto antes.

Recordaba lo extraño de la mitad del recorrido de las otras ocasiones. Era la señal de estar en el punto medio del camino: una gran salida perpendicular que llevaba a la Torre Invertida. No podía entrar ahí sola, ni era el momento de volver a intentarlo.

Siguió adelante. A medida que avanzaba, el túnel iba subiendo y el piso se hacía más pedregoso. Llegó un momento en que las paredes de piedra se deshacían, iban siendo cascotes, y finalmente era tierra sujeta por raíces de árboles enormes. Vio la salida con algo de luz tenue, luz de una hoguera o antorchas.

Por fin entró en la Cueva de Raíces, muy excitada y respirando agitadamente. Vio el fuego, la cama de helechos, el ídolo dionisíaco y… las ropas de Marsilio. Pero el pastor no estaba allí. A sus oídos, sin embargo, llegaba el alboroto de una muchedumbre, cuya presencia frente a la entrada de la cueva confirmó asomándose con cautela.

No podía ver qué pasaba, por la oscuridad y la gente que tapaba la visión de lo que ocurría, pero tenía que verlo como fuese. No podía, en cualquier caso, aparecer con su vestido y que la reconociesen. Sin estar muy segura de lo que hacía, se desvistió y se puso las ropas de Marsilio. Se quitó las joyas del pelo y se lo alborotó. Parecía casi una rústica pastora.

Salió de la cueva y se encontró en el claro del Bosque de las Hayas. Sonaba música, muy buena música. Sólo de oírla a Patricia se le encendió la sangre. Los tambores marcaban un ritmo muy animado, mientras que cítaras, flautas y gaitas repetían unos patrones que se sincronizaban a la perfección, asentándose en la mente de todo el que las oyese. Jóvenes de ambos sexos servían vino a todo el mundo, sin que a nadie le faltase una copa siempre llena. Atados a un árbol estaban los asnos que habían traído un carro cargado de barriles.

En todas las caras había sonrisas. Cuando vieron a Patricia, la cogieron del brazo y la condujeron hasta uno de los jóvenes que repartía vino. El chico le puso una copa en la mano y se la llenó. Ella se la bebió de un trago, para no decepcionar a su audiencia, e inmediatamente le volvieron a llenar la copa. La gente a su alrededor bebía y bailaba, si es que se pueden hacer ambas cosas a la vez. Se encontró con que un rústico lugareño de barba cana y sonrisa afable quiso bailar con ella. Le concedió el baile un instante, hasta que tuvo que retirarse sobresaltada cuando el hombre intentó besarla.

Por fin consiguió llegar al centro de la fiesta. Allí, tras un círculo de músicos y de estacas con antorchas se abría un claro entre la gente. Pero lo que había en ese círculo era escandaloso. Un pequeño grupo de mujeres completamente desnudas, seguramente doce, danzaban en círculo airadamente, con muchísima energía, moviéndose de un lado a otro con sus esbeltos cuerpos cubiertos de sudor, que brillaba a la luz del fuego. Agitaban con fuertes impulsos sus largos cabellos, también en círculos, en cíclicos movimientos con la cabeza, tan impulsivos, que Patricia se preguntaba si no tendrían jaquecas o daños irreparables después. Pero el espectáculo era impresionante.

Entonces vio a Marsilio. Estaba en el centro del círculo de mujeres danzantes, también desnudo, bailando igual de agitadamente que sus compañeras. No movía los pies, que tenía separados, sino el torso, la cabeza y los brazos, al compás de la música, que iba acelerándose poco a poco.

Los tambores tocaron más fuerte y más rápido. Entró otro instrumento, una gaita más estridente que las demás. Se oyeron vítores y el corear de la gente, que empezó a saltar y a bailar con más ímpetu. Se dio cuenta, horrorizada, de que se besaban ardorosamente unos a otros y se empezaban a desnudar todos. Una de las muchachas del círculo de bailarinas se abalanzó sobre Marsilio, sentándose a horcajadas sobre él, fogosamente. Así, por turnos, una tras otra, las doce muchachas fueron teniendo sexo con el afortunado pastor.

Patricia no sabía dónde meterse. La suerte quiso acompañarla un instante cuando se dio cuenta de que de su cinturón colgaba la flauta de Marsilio, que empezó a tocar inmediatamente para hacerse pasar ella por un músico más, exenta de participar en la orgía. La flauta era una delicia de instrumento, de lisa y dura madera de boj, que se acomodaba perfectamente a los labios y a los dedos. No sabía muy bien cómo, tocó perfectamente la melodía que sonaba, dando con las notas perfectas.

Entonces los músicos repararon en ella. Se miraron unos a otros y se hicieron gestos de asentimiento. Al acabar un compás, todos pararon de golpe, menos los tambores. Patricia se había quedado sola tocando, haciendo un precioso solo de flauta, que puso sobre ella los ojos y oídos de todos. Casi se le paró el corazón, pero no quiso parar de tocar, fiel a su papel, y por acompañar a los tambores.

Entre todos los que la miraron estaba el propio Marsilio, que entonces penetraba a la última muchacha. Sus ojos se encontraron con los de Patricia al tiempo que exhalaban la chica y él un fuerte jadeo. Los tambores fueron aminorando su marcha y Patricia ralentizó también la música. La última muchacha seguía en éxtasis, acurrucada en el suelo, frotándose el sexo con las manos. Mientras, Marsilio salió del círculo, a través de una puerta de dos muchachas con los brazos en alto, tocándose con las manos. Fue directamente hacia Patricia, que tocó las últimas notas a la vez que acababan los golpes de tambor.

–Tengo una pelliza exactamente igual que la que llevas puesta.

Patricia sonrió nerviosamente, haciendo un gesto para indicar casualidad.

–Lo que me parece increíble es que también tengas una flauta igual.

A la reina se le contrajeron las entrañas. No podía concebir la situación en la que estaba, intimidada por un bárbaro desnudo, obsceno, aún erecto. Dudó si salir corriendo o no, y recordó que ella era la reina, la máxima autoridad de todo el país, ciudad y campo, por lo tanto era capaz de organizar un ejército y arrasarlo todo. Le sostuvo la mirada y le entregó la flauta.

–Al menos podías haber enviado un mensaje para avisarme que venías. Bienvenida, alteza –dijo Marsilio.

Una vez en la cueva de raíces, mientras afuera todos se vestían y recogían para marcharse, el pastor arregló el fuego y encendió dos antorchas. Patricia se cambió de ropa, recatadamente, sin exhibir sus partes pudendas. Marsilio la miraba disimuladamente mientras se vestía él también.

−Lo que acabas de ver, Patricia, es lo que mejor sabemos hacer aquí. No todos los aldeanos saben de esto, y los hay que no lo aprueban. Pero nos dejan vivir porque saben que esto se hace desde hace miles de años, y que es lo que nos da la vida. Es así como rendimos culto a Dionisos.
−Admito que es impresionante y te agradezco que me hayas invitado.
−Te has invitado tú sola, si no me equivoco –dijo él.
−Te pido disculpas, pero el túnel está para esto. Tú también puedes venir a mi torre cuando quieras, pero ten cuidado, porque es mi territorio. Como has podido ver, aquí he seguido tus normas.
−Lo tendré, más me vale. Los artistas, los poetas, los que nos dejamos llevar por las emociones y por los placeres tenemos siempre las de perder –miró a su estatuilla de Dionisos crucificado−. ¿Ves esta flauta? Hay una leyenda sobre ella.

Patricia volvió a cogerla en sus manos. Parecía transmitir algo. Era perfecta, daban ganas de poseerla. Como si la conociera de antes.

−Yo no conozco a mi padre, y mi madre ya se fue. Pero cuenta la imaginación popular que tuve un antepasado llamado Marsias, mitad hombre mitad cabra. Un sátiro, como los de los mitos que recogerán tus escribas en tus bibliotecas. Dio la casualidad de que Marsias encontrase un día esta flauta tirada en el suelo y que, al comenzar a tocarla, viese que tocaba estupendamente. La verdad era que el sátiro no sabía tocar, sino que la flauta tocaba sola. ¿Sabes por qué? Porque fue Atenea quien la fabricó, pero al verse reflejada en el agua con los carrillos hinchados, la tiró indignada.
−Ya conozco esa historia. Marsias cautivó a todos con su música y se creyó que tocaba bien, cuando era la flauta la que tocaba sola. Todo acabó cuando aceptó desafiar a Apolo para ver quién tocaba mejor, si éste la lira o aquél la flauta. El castigo, si ganaba Apolo, era desollarlo vivo –sonrió Patricia.
−Mira que a los civilizados os gustan las crueldades…
−La civilización siempre vence a la barbarie.
−Sé que sois más fuertes, pero nos necesitáis. Si decides un día civilizarlo todo, la desgracia caerá sobre tu reino.
−No estoy segura de eso.

Se sostuvieron la mirada, esta vez con cierta dureza. La del pastor se fue transformando en una expresión de lástima. Patricia se dio cuenta de su capacidad de afrontar cada situación a través de los sentimientos, cosa que a ella le costaba.

−Disculpa. A pesar de que me debes obediencia, hoy soy tu invitada. Te he traído un regalo.

Sacó de su bolso un pequeño códice, una pluma y un tintero. Marsilio cogió el códice y lo abrió. Estaba en blanco.

−Es precioso, mi reina. Muchas gracias. Escribiré en él mis más bellos versos y te lo llevaré a la torre para que los leas.
−No esperaba menos. En el fondo no es un regalo, sino que quiero añadir tu conocimiento a mi biblioteca. Pero espero que lo hagas por tu propia voluntad, no por la fuerza.
−Sabes que por la fuerza no conseguirás nada de mí, sino que acontezca una tragedia –contestó cansado Marsilio.
−Tengo que irme ya. Gracias por todo, incluso por el vino, aunque me está dando sueño.
−Te acompañaré hasta la Torre Invertida.

Recorrieron la mitad del túnel en silencio, bajo la luz de las antorchas, más poderosas que el candil de aceite de Patricia. Debían ser ya altas horas de la madrugada y ambos de la extraña pareja estaban cansados. Al llegar a la puerta del túnel a la Torre Invertida, se detuvieron. En el arco de medio punto que señalaba el comienzo del camino al desconocido lugar había una estrella de seis puntas. En una columna había un triángulo con la punta hacia arriba, y en la otra, otro con la punta hacia abajo. La estrella era la unión de ambos.

−Un día tenemos que entrar ahí los dos juntos. Estoy seguro.
−¿Lo has intentado solo alguna vez? –preguntó ella.
−Sí, ¿y tú?

Ella asintió lentamente.

−¿Lo conseguiste? –preguntó Marsilio incrédulo.
−No –confesó ella−. Sabes que es imposible. Quizá tengas razón, hay que hacerlo juntos.




5. Nicómaco y Loki

Marsilio se levantó al día siguiente bastante confuso. Salió al bosque, portando una cayada, dispuesto a sacar a pastar a sus cabras. Sin embargo, fue caminando cada vez más deprisa y echó a correr, y tras él sus cabras. Corrió monte abajo saltando piedras, zanjas, arbustos, sin pensar en nada, sino tan sólo dejando que le galopase el corazón por el esfuerzo. El sudor le corría por todo el cuerpo, especialmente en la cara, que tenía empapada y no dejaba de gotear. Así siguió una hora, sudando a chorros, sintiendo ya calambrazos en la cadera y en las cervicales de los impactos de los pies contra el suelo.

Al llegar a los pastos y las parcelas, divisó una atalaya. Era una torre de vigilancia del gobierno central de Apolonia, probablemente habitada por una cuadrilla de soldados borrachos e inútiles, de los que bajaban a las tabernas a molestar a las mujeres y perder su salario a los naipes. Con un grito de rabia, Marsilio corrió hacia ella y, con todas sus fuerzas, lanzó su cayada como si fuese una jabalina, que voló en una larga parábola e impactó inútilmente contra la piedra de la atalaya.

Una cabra llegó a su lado y acercó su hocico a su mano. La acarició, mientras llegaban las demás. A todas las había acogido y alimentado él, y eran sus animales de compañía más que cabezas de ganado. A él no le hacía falta el ganado. No necesitaba dinero, ni posición, ni tenía problemas para conseguir comida.

Como Patricia el día anterior, se sintió solo, desorientado y desasosegado. Y eso que la noche anterior había recibido lo que necesitaba. No podía sobrevivir mucho tiempo sin celebrar esos ritos. Lo necesitaba tanto como embriagarse, como montar a caballo, correr, dejarse llevar por el éxtasis, ya fuera al bailar, al enamorarse, incluso al componer poesía.

Buscó un río donde bañarse. Se desnudó y se sumergió con placer en el agua gélida, pues era mediodía y apretaba el calor. El agua estaba clara y la corriente no era fuerte. Cerró los ojos con el fin de relajarse. Sin embargo, en ese momento oyó una voz:

−¿Eres Marsilio, pastor cabrero y morador del Bosque de las Hayas?

En la orilla estaba de pie un extraño hombre con una capa azul oscuro, pelirrojo, con dos bastones.

−Este bordón es tuyo, si no me equivoco. Lo dejó aquí, con tus cosas.
−No he dicho que yo sea el que buscas –dijo el pastor, sosteniéndose a flote nadando.
−No me hace falta. Ya lo sé.
−Entonces, ¿por qué lo preguntas? ¿Y qué quieres, quién te envía?
−Intentaré contestarte a las tres cosas, preguntón –dijo el extraño, desvistiéndose, ante los ojos perplejos de Marsilio. En un santiamén se quedó completamente desnudo, mostrando su cuerpo pálido y pecoso. Al sumergirse en el agua, continuó: −Lo pregunto para recordártelo, porque sólo sabiendo quién eres sabrás lo que tienes que hacer y cómo desempeñar tu función en el mundo. Lo que quiero es que prosperes y seas feliz. Y no me envía nadie, o quizá sí, pero no es nadie que conozcas… todavía.
−¿Eres un vidente, un mago, o algo así? –inquirió Marsilio.
−Me gusta que me digan Mago, sí. O como mucho, Pronosticador. Adivino, no, que los de esa clase son unos mangutas.
−¿Unos qué?
−Nada. Mangantes, timadores.
−No me disgustan los adivinos, ni los magos. Aquí no hacemos ascos a esas cosas, los incrédulos están en la ciudad. Me gustan las cosas que me emocionen, que me conmuevan. ¿Qué magia haces?
−Cambio la realidad. Hago que ocurran las cosas que creo mejores para todos. También puedo decirte a ti, o a una que yo me sé, cuándo hacéis una estupidez, je, je, je.
−Nunca había oído hablar de ese tipo de magia. ¿Y qué estupidez puedo hacer yo?
−Dejarte intimidar por la reina y no ser tú mismo.

Marsilio miró absorto al mago, que había cerrado los ojos y disfrutaba del sol y del agua.

−Mi territorio está controlado por ella. Hay torres y castillos suyos por todas partes. Sus soldados y sus clérigos están diseminados por mis aldeas y mis tabernas. Soy su vasallo –reconoció Marsilio.
−Te equivocas. Ella te necesita a ti más que a nada. Por eso te vigila, porque te teme. Aquí no hay vasallos ni señores, por extraño que parezca. Actúa con libertad. Sé tú mismo.
−No comprendo. Su gobierno y el mío no son compatibles ni lo serán nunca. Ella manda porque es más poderosa. Incluso se presenta en mi casa sin avisar. Y cuando no es ella, vienen sus funcionarios.
−¿Y no puedes ir tú o los tuyos allí? ¿Qué te lo impide? –planteó el mago.
−El túnel lleva directamente a su torre. Me toparía con ella o sus guardias.
−¿Y por qué no entras en la ciudad como todo el mundo, por la puerta?

Marsilio lo miró estupefacto.

−Nunca se me había ocurrido.

Los días de mercado, cuando se enarbolaba en la Plaza Blanca un estandarte de Hermes (ya que el único sentido que tenía ese dios para los ciudadanos de a pie era el comercio), se admitía la entrada de aldeanos y se realizaban intercambios de todo tipo. Marsilio fue maquinando su plan, hasta el escaso límite que podía, porque normalmente improvisaba. Sólo sabía que tenía que dejar su huella en la ciudad, porque, de alguna manera, sus consecuencias traerían beneficios para las zonas rurales.
Cuando Marsilio ya se vestía para irse, el mago le dijo, aún en el agua:
−No olvides tu cayada, pastorcillo. Y coge, de mis ropas, una bolsa de paño azul. Es para ti. Te hará falta.

El joven pastor se dirigió instintivamente a una finca que hacía tiempo que no visitaba. Una vez que pasó la puerta, atravesando huertos, dio con un patio donde había unos niños jugando. Uno de ellos le llamó por su nombre y corrió a darle un abrazo. Tenía unos 8 o 9 años, pelo negro, piel muy blanca y pecosa, y ojos azules como el zafiro. Marsilio le acarició el pelo. Sin embargo, el niño se separó de él, con una malvada sonrisa y las manos atrás, ocultándoselas. Marsilio se palpó la cintura, alarmado.

El niño estalló en una carcajada, mostrándole su propio cinturón, de donde colgaban la flauta de Atenea y el saquito que le había dado el mago. Echó a correr como el viento en cuanto el adulto fue a por él. Los otros niños corrieron alrededor y el ladronzuelo lanzó su botín a otro niño, y éste a otro, de manera que Marsilio tuvo muy difícil recuperar lo suyo. Al final, a la vez que el ladrón recibía un pase de otro, el ya irritado pastor le hizo un placaje y cayó sobre él con todo su peso. Los demás niños salieron corriendo.

La batalla no estaba ganada. El revoltoso niño le golpeaba a puñetazos y rodillazos.

−¡Devuélveme mis cosas! –gritó Marsilio.
−¡Lo haré si quiero! ¡Me estoy divirtiendo, ja, ja, ja! –chilló la criatura.

De pronto el niño se alejó de un salto y se puso a distancia prudencial. Marsilio quiso ir a por él pero tropezó y cayó. Tenía el cinturón atado a los tobillos. El diabólico niño no podía contener la risa.

−¡Basta ya, Loki! –dijo Marsilio, adivinando que era aquél a quien buscaba.

El pastor siguió su camino aparentemente sin rumbo con el travieso niño subido en sus hombros, marcando el paso con su bordón y su modesto rebaño de cabras tras él. El niño le iba tapando los ojos con las manos, le metía los dedos en la nariz y otros incordios, mientras Marsilio pensaba que pronto llegaría el momento de devolvérselas. Se adentró  por fin en una aldea en busca de una taberna donde aliviar su hambre y su sed.





Qué es meditar. El Almanzor y el "momento presente"



Esta entrada debí haberla escrito hace tiempo. Me comprometí a hacerlo, más para otra persona que para mí, porque la idea surgió estando con ella. La pereza, vieja compañera mía, no me ayudó a escribir. Sin embargo, ahora, cuando el pasado es tan doloroso y cobra tanta fuerza, es el momento de hablar del presente.

Como muchos de los que quizá lean esto, tuve mi época de afición por el “mindfulness”, esa moda tan en auge y que no deja de dar beneficios, sobre todo, a los oportunistas que imparten cursos. Siempre me sale la vena crítica, disculpad; pero es que te venden esa técnica como si fuera la panacea y no lo es. Habrá a quienes le funcione, pero es solamente un camino entre muchos otros. Cada uno debe encontrar el suyo, y puede ser, o no, uno ya hecho por ciertos “sabios”, y para ello tengo que explicar lo que aprendí, en el proceso en que fueron llegando a mí estas cosas. No será igual, ni parecido, a la experiencia de otros, pero creo que a alguien le servirá.

En un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme, nos enseñaron a “meditar”. Pero, como comprobé al poco tiempo, ni ellos sabían lo que era eso, porque se trataba el término “meditación” con gran ambigüedad. En esta organización se pretendía que realizásemos una especie de oraciones de una religión inventada para que se cumpliesen las peticiones que hiciésemos, siempre altruistas, buenas y “posibles”. Suena muy bonito, y hasta se puede dudar de su eficacia cuando te hablan del “egrégor” y da la casualidad de que alguna petición se cumple.

A ese tipo de meditación hay que llamarla, más correctamente, visualización. En un ejercicio mental de momentánea evasión, de ubicación imaginaria en un escenario que nos cause paz y regocijo (se desprende alguna hormona, como cuando nos acude algún intenso recuerdo feliz), se encuentra uno en un estado tan valioso, íntimo, que algunos creen que tiene cierto poder sobre la realidad exterior. De ahí que digan que, al encontrarse así, se pueda esperar esa felicidad en otros, o en ti mismo en el futuro si es bueno para todos, visualizando eso deseable, la petición realizada, sin bajar de ese estado de regocijo. 

Descubrí que es mentira, no somos magos que podamos cambiar la realidad así. Por muy nobles y buenas que sean tus aspiraciones, a veces se cumplen y a veces no, independientemente del esfuerzo que pongas en esa “meditación”. Además, decían los escritos de esos mangutas que no bastaba con meditar, que primero había que hacer lo humanamente posible: por ejemplo, si se te pierde un perro, no vale con rezar, sino que primero hay que llenar la calle de carteles con su foto. O si tienes un pariente enfermo, primero llévalo al hospital. Díganme dónde está la magia en eso. 

Pero no está mal como ejercicio y como purga, porque cuando deseas que se te escuche para cambiar algo, tienes que ser lo bastante digno. En eso hay una introspección, una evaluación de lo que eres. En eso nos acercamos a lo que es en realidad la meditación.

La meditación, en palabras de mi amigo Merlín, es el encuentro entre tus dos partes. Lo antes referido del regocijo para visualizar deseos tiene una parte de emocional y otra de mental, de racional. Nuestro cerebro está dividido en dos, todo nuestro cuerpo se basa en el dos, en la dualidad. De esto ya hay mucho escrito, pero baste por ahora recordar que estamos formados por dos mentes, dos “personalidades” totalmente independientes y opuestas entre sí, la emocional, generalmente femenina, y la racional, generalmente masculina (en mi caso es al revés, pero no es normal). Normalmente hacemos más caso a una de ellas que a la otra, o incluso dejamos que nos controle. Porque no somos dos, sino tres: eres tus dos partes y tú, la entidad superior que las abarca y las dirige. Eres el carro y ellos son tus dos caballos. Eres el jefe y ellos tus empleados. No puedes hacer nada sin ellos, porque son los que trabajan, ellos son parte de ti.

En una meditación bien hecha tenéis que estar los tres. Ellos dos dicen lo que tienen que decir, pero tú eres el moderador y no puedes dejar que hable uno solo. Una vez hecho esto, hay que callarlos. Sí, hacerlos callar. Es lo que Merlín llama “el cero”, y los budistas, el vacío.

Aquí volvemos al mindfulness. Los mismos que me enseñaron la “visualización”, un día me dieron un curso de esto. Tanto en aquélla como en la “plena atención”, y como en la meditación de Merlín, es indispensable una adecuada técnica de respiración. También hay mucho dicho sobre eso, pero voy a exponer algunas cosas útiles:

- Se respira lenta y pausadamente, intentando prestar atención al diafragma, llenando el abdomen. Cabe mucho más aire en la parte baja de los pulmones que arriba. Lo normal es cerrar los ojos, pero puedes tenerlos abiertos si dominas la técnica y puedes hacer otra cosa a la vez.
- Hay que hacer un esfuerzo en no pensar, no articular pensamientos, ni en palabras ni en imágenes. Es lo que Thich Nhat Hanh llama “apagar la radio”. Nuestra mente está constantemente parloteando (es nuestra parte racional). 
- Para dejar de pensar, hay que sentir. Aguzaremos los oídos, prestaremos atención a la superficie de nuestra piel, al aire que entra y sale de nuestra nariz. Notaremos que siempre entra más aire por un agujero de la nariz que por el otro.

Una vez respirando y estando vacíos de actividad mental, del ego, se puede hacer también lo que llaman un “body scan”: prestar plena atención a cada parte de nuestro cuerpo, desde los pies hasta la cabeza. 

Pero la nota constante de todo esto del mindfulness es centrarse en el presente, porque el presente también es el cero, es el vacío, el no-tiempo. La respiración es lo más presente que hay, es el presente por antonomasia, de ahí su fuerza simbólica para trasladarlo a todo. No hace falta decir que desde siempre se le ha atribuido connotaciones místicas: de su raíz viene la palabra espíritu, por ejemplo. Lo intangible siempre es una realidad difusa y que merece nuestra atención. Podría decirse que en el aire que respiramos está el interior de todo aquel que respira, que toma prestado aire y lo devuelve a nuestro espacio común. Ese aire ha pasado por dentro de miles de personas vivas, luego tiene que conservar algo de ellas. Su espíritu, quizá. Y también de todas aquellas que ya no están vivas. Respirar es algo más importante de lo que parece, o al menos según el sentido que queramos darle.
Al liberarnos así, momentáneamente, de la esclavitud del tiempo, de precipitarnos al futuro o anclarnos en el pasado, se observa que todo está en movimiento y nada permanece. Es muy budista esto. Todo lo bueno, y todo lo malo, pasa como una nube en el cielo.

En mindfulness, por eso, se recuerda constantemente la impermanencia. Es archiconocido este poema de Yalal ad-Din Muhammad Rumi, La casa de huéspedes.

El ser humano es una casa de huéspedes.
Cada mañana un nuevo recién llegado.
Una alegría, una tristeza, una maldad
cierta conciencia momentánea llega
como un visitante inesperado.
¡Dales la bienvenida y recíbelos a todos!
Incluso si fueran una muchedumbre de lamentos,
que vacían tu casa con violencia.
Aun así, trata a cada huésped con honor.
Puede estar creándote el espacio
para un nuevo deleite.
Al pensamiento oscuro, a la vergüenza, a la malicia,
recíbelos en la puerta riendo
e invítalos a entrar.
Sé agradecido con quien quiera que venga
porque cada uno ha sido enviado
como un guía del más allá.

Todo pensamiento, por malo que sea, se irá. Ningún estado emocional es eterno, a no ser que queramos sufrir conscientemente. Como la nube, como el agua, como lo que no se detiene, como el presente, nuestro cometido es fluir. 

Pero, como decía, el mindfulness no va a curarnos de un problema. Los problemas racionales hay que sanarlos con soluciones racionales. Es sólo un ejercicio más para controlar nuestra mente. “Para llenar una taza de té, primero tiene que estar vacía”, dicen los budistas. De ahí que convenga, al menos a quienes necesitamos profundizar en nosotros mismos, realizar cualquier forma de meditación, llegar al cero, vaciarse.

La última vez que me vinieron estos pensamientos fue en Gredos, en una excursión al Almanzor con quien era mi novia, una chica a quien quería con locura. Fue una experiencia concentrada, en tan solo dos días y una noche. Desde que llegamos a Hoyos del Espino, y nos sentimos libres de la rutina y de las obligaciones, nuestro mayor entretenimiento fue hablar de nuestro pasado. Lo que descubrí acerca de mi compañera me agitó las entrañas, porque nunca lo había imaginado. Aquello no me apartó de ella, sino que la quise aún más, pero con una duda acuciante sobre el futuro, porque el pasado de alguien es el mejor pronóstico de su futuro. Todo el tiempo, toda la línea temporal de una vida se pliega en el presente y se expande a todas partes, como un teseracto. Sabía que no había manera de crecer juntos. No había futuro. Pero no quería verlo.

El rosado amanecer produjo reflejos de luz en las aguas del río, al poco de subir desde la Plataforma. Nuestra conversación se fue apagando al ser sobrepasada por la belleza del paisaje. Fuimos plenamente libres del tiempo y del temor al contemplar el majestuoso circo de escarpadas cumbres, la Laguna grande, reflejando en su inmaculada superficie los colosos de roca. Alguna cabra nos miraba desde lejos. En las verdes orillas de la laguna, croaban las ranas y se zambullían en el agua cuando pasábamos a su lado.


Pico Almanzor y su reflejo en la Laguna Grande. Foto mía.


Como era natural en nosotros, nos equivocamos ligeramente en el camino (véase la ascensión al Tendeñera). Hay que subir por la Portilla Bermeja, pero no llegar hasta arriba, sino desviarse antes por la Portilla del Crampón. Nosotros subimos hasta el final de la Bermeja y nos mareamos un poco buscando la manera de ascender el tramo final. Allí, como una señal de nuestro futuro, estaba extraviado un gran mastín negro, sin dueño, atontado, siguiendo a la gente unos metros y luego dándose la vuelta, hasta seguir a otros. No caímos en la cuenta de que necesitaba agua. Seguramente moriría, porque dimos aviso y nadie se hacía cargo de él, desde hacía tres días.

A la bajada fuimos por la Portilla del Crampón. Entonces fue cuando, sin darme cuenta, medité. 

Andar por una pedrera requiere cierta técnica. Las piedras se mueven, algunas resbalan, otras se mueven en un pequeño alud que te arrastra. Pero la velocidad y el equilibrio pueden ayudarte a bajar deprisa y con poco riesgo de caerte. Mi atención se centró en mis pies, en las fuerzas que se distribuían por mis tobillos y rodillas, en la sensación de las piedras en la planta de los pies. Mi tranquilidad era infinita y mi respiración adecuada, automática, fluida. No pensaba en nada, salvo en mis pasos por la pedrera. Una familia de cabras, a nuestra izquierda, parecía seguirnos desde lejos. De vez en cuando se paraban y miraban. Quizá porque, aun siendo torpes seres humanos, bajábamos a la misma velocidad.

Ese momento fue de vacío. No me importaba nada ni pensaba en nada. No pensaba en mí ni en mis preocupaciones racionales. Era lo que tenía que ser: un cuerpo, temporalmente habitado, que camina con destreza por la montaña. Estaba haciendo lo que tenía que hacer.

Haruki Murakami explica algo parecido en su ensayo De qué hablo cuando hablo de correr (ed. Tusquets, p. 40):

Mientras corro, tal vez piense en los ríos. Tal vez piense en las nubes. Pero, en sustancia, no pienso en nada. Simplemente sigo corriendo en medio de ese silencio que añoraba, en medio de ese coqueto y artesanal vacío. Es realmente estupendo. Digan lo que digan.

Me da la sensación de que todo el mundo funcionaría mejor si hallásemos esta manera de fluir, de saber ser, de ser lo que tenemos que ser en cada momento. No es ser una piedra, sino líquido, agua. Como decía Bruce Lee, “be water, my friend”. No hay que temer al cambio, todo es transformación constante. A cada momento ya no somos los mismos que antes. Y lo que se va ya no volverá. Mi chica se fue, para bien o para mal, y el dolor que sufrí también se irá. Nada es permanente.

A Merlín no hay que perderlo de vista. Es el Loco, es un viajero, un peregrino, es Santiago eternamente caminando hacia sí mismo. Su sabiduría no está en los libros, sino en la intuición. Es el conocimiento de Hermes. Y Hermes es Mercurio, lo que fluye y se expande en infinitas bolitas. Santiago, Hermes, Mercurio, Merlín. ¿No veis que en las iglesias las piletas de agua tienen forma de concha, como la de Santiago? El agua fluye, y nos recuerdan que nosotros también debemos hacerlo.




jueves, 17 de agosto de 2017

La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han


Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio. Ed. Herder. Barcelona, 2012. (Die Müdigkeitsgesellschaft, 2010, MSB Matthes & Seitz, Berlín.)

Este es el primer libro de Byung-Chul Han que cayó en mis manos y que leí con dedicación y entusiasmo. Hoy ya parece que sus ideas se han divulgado bastante, se han sometido a contraste y se han cuestionado y, por tanto, ya no sorprende demasiado. Pero hace tres años, cuando me encontraba en un momento sentimental e intelectual inmejorable, este filósofo fue todo un descubrimiento.

A modo de introducción, y al mismo tiempo como indicación del tema del libro (la autoexplotación), se utiliza el mito de Prometeo con originalidad y actualidad. Los mitos son muy simbólicos, y los símbolos, como tales, son polisémicos. De ahí que se pueda aplicar un mito a cualquier cosa para reforzar su significado. En este caso:

El mito de Prometeo puede reinterpretarse considerándolo una escena del aparato psíquico del sujeto del rendimiento contemporáneo, que se violenta a sí mismo, que está en guerra consigo mismo. En realidad, el sujeto del rendimiento, que se cree en libertad, se halla tan encadenado como Prometeo. El águila que devora su hígado en constante crecimiento es su álter ego, con el cual está en guerra. Así visto, la relación de Prometeo y el águila es una relación consigo mismo, una relación de autoexplotación. El dolor del hígado, que en sí es indoloro, es el cansancio (p. 9).

Esto lo relaciona el autor con un relato de Kafka, con una cita concreta: "Los dioses se cansaron; se cansaron las águilas; la herida se cerró de cansancio". El cansancio cierra la herida, es un cansancio curativo. Pero no deja de ser una curación patológica que mansamente nos anula.


Prometeo encadenado, Rubens/Snyders. Philadelphia Museum of Art.

A continuación copiaré y comentaré fragmentos de cada capítulo o sección.

La violencia neuronal

Comienza hablando de las enfermedades características de nuestro tiempo: la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de la personalidad (TLP) o el síndrome de desgaste ocupacional (SDO). Estas enfermedades no se causan por la "negatividad de lo otro inmunológico, sino por un exceso de positividad" (pp. 12-13). Estos términos, esta dicotomía, va a ser constante en toda la obra de Byung-Chul Han. Lo positivo es lo que no ofrece resistencia, lo agradable, el "me gusta", el sí, sí quiero, lo que entra sin molestar ni alterar nada. Lo negativo es todo lo contrario, es "lo otro", lo distinto y lo que nos obliga a reaccionar. La positividad no provoca ninguna reacción defensiva, mientras que la negatividad sí, con lo que esta última implica la acción, lo que nos hace crecer y evolucionar, aunque a veces sea doloroso (la positividad es suave, lisa, indolora).
El autor cree que enfermedades mentales que brotan por sí solas, como la depresión, vienen de la positividad, al quedarnos voluntariamente inactivos, frente a otro camino más áspero que requiere nuestro esfuerzo, nuestra acción contra algo (negatividad).

En la guerra fría, cuando había enemigos claramente delimitados y opuestos, se desprendía una idea: el rechazo a lo extraño. Lo diferente, aunque no sea hostil, ha de ser rechazado, y en eso se basaba el procedimiento inmunológico. Lo que viene a decir es que en épocas anteriores, cuando teníamos otra forma de pensar, caíamos en otros males psicológicos y sociales, pero no en los que tanta popularidad tienen ahora.
La sociedad actual se caracteriza por la desaparición de la otredad (en otras obras, "alteridad") y la extrañeza. Y afirma:

La otredad es la característica fundamental de la inmunología. Cada reacción inmunológica es una reacción frente a la otredad. Pero en la actualidad, en lugar de ésta, comparece la diferencia, que no produce ninguna reacción inmunitaria. [...] A la diferencia le falta, por decirlo así, el aguijón de la extrañeza [...] (p. 14).

Lo meramente diferente es lo exótico, algo visitable, que el turista puede recorrer. Lo extraño no puede consumirse.

Entonces, ¿cómo funciona la reacción inmunológica, qué hacemos ante lo extraño? Ofrecer negatividad a la negatividad, autoafirmarnos:

La dialéctica de la negatividad constituye el rasgo fundamental de la inmunidad. Lo otro inmunológico es lo negativo que penetra en lo propio y trata de negarlo. Lo propio perece ante la negatividad de lo otro si a su vez no es capaz de negarla. La autoafirmación inmunológica de lo propio se realiza, por tanto, como negación de la negación (p. 17).

Personalmente, creo que el rechazo y la autoafirmación generan violencia, aunque para este y otros filósofos sea un mal preferible a formar una sociedad pacífica de sujetos depresivos o enfermos mentales de todo tipo. En otra obra hablará ampliamente del budismo Zen, doctrina que se basa en el vacío y la aceptación. ¿No son contrarios? ¿Cuál es el beneficio del budismo si no hay que presentar resistencia? (Estas dudas son mías y ya adivino que tengo que leer con mayor atención, porque seguramente no haya comprendido bien.)

Con alguna relación a lo dicho, insiste en el peligro del exceso de positividad. "La violencia  parte no sólo de la positividad, no únicamente de lo otro o de lo extraño, sino también de lo idéntico" (p. 18). Y esta violencia de la positividad resulta de la superproducción, el superrendimiento y la supercomunicación, entre otras nuevas realidades. No hay posible reacción inmunológica, sino agotamiento, fatiga, asfixia, todas ellas como manifestaciones de una violencia neuronal.

Un buen ejemplo de negatividad y reacción inmunológica es la imagen de Medusa:

Probablemente, la Medusa es el otro inmunológico en su expresión más extrema. Representa una radical otredad que no se puede mirar sin perecer. La violencia neuronal, por el contrario, se sustrae de toda óptica inmunológica, porque carece de negatividad (p. 23).

Más allá de la sociedad disciplinaria


La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad del rendimiento. No hace falta ya obligar a nadie a hacer nada. Todo el mundo "es libre" exteriormente. En cambio:

La sociedad disciplinaria es una sociedad de la negatividad. La define la negatividad de la prohibición. El verbo modal negativo que la caracteriza es el "no poder" (Nicht-Dürfen). Incluso al deber (Sollen) le es inherente una negatividad: la de la obligación (p. 26).

La sociedad del rendimiento se caracteriza por el verbo poder, el típico "yes, we can". Todo son proyectos, motivación, iniciativa. La sociedad disciplinaria produce locos y criminales, mientras que la del rendimiento, depresivos y fracasados.

Se ha comprobado que la población produce más con una sociedad del rendimiento que con una disciplinaria, que tiene límites. La autoexplotación no tiene límites. Se pasa del deber al poder.
Además, ese "poder" se convierte en obligatorio y es lo que hace enfermar, porque el rendimiento se convierte en un imperativo, como nuevo mandato de la sociedad del trabajo.
El hombre depresivo es aquel animal laborans que se explota a sí mismo, a saber: voluntariamente, sin coacción externa (p. 30). Así:

El lamento del individuo depresivo, "Nada es posible", solamente puede manifestarse dentro de una sociedad que cree que "Nada es imposible". No-poder-poder-más conduce a un destructivo reproche de sí mismo y a la autoagresión (p. 31).
La siguiente cita está muy clara y ya se ha divulgado mucho:

El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Ésta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado (p. 32).

Como termina diciendo, es una "libertad paradójica" que deviene en violencia y enfermedades psíquicas.


El aburrimiento profundo

Las ideas de este capítulo tienen relación con los retos de la docencia actualmente, el problema de la concentración y la atención sostenida. Ahora prima el "multitasking", ser multitarea, hacer muchas cosas a la vez sin profundizar en ninguna. Esto es positividad, no entrar en contacto y enfrentamiento con algo hasta el final, que sería negatividad, algo mucho más laborioso.
Esta tendencia de positividad no genera ninguna cultura. La cultura, término que viene de "cultivar", de un proceso de creación cuidadoso y esmerado, nace de entornos en los que la gente sabe sostener la atención y puede concentrarse.

La cultura requiere un entorno en el que sea posible una atención profunda. Ésta es reemplazada progresivamente por una forma de atención por completo distinta, la hiperatención. Esta atención dispersa se caracteriza por un acelerado cambio de foco entre diferentes tareas, fuentes de información y procesos. Dada, además, su escasa tolerancia al hastío, tampoco admite aquel aburrimiento profundo que sería de cierta importancia para un proceso creativo. Walter Benjamin llama al aburrimiento profundo «el pájaro de sueño que incuba el huevo con la experiencia». Según él, si el sueño constituye el punto máximo de la relajación corporal, el aburrimiento profundo corresponde al punto álgido de la relajación espiritual. La pura agitación no genera nada nuevo. Reproduce y acelera lo ya existente (p. 35).

La atención profunda requiere poder detenerse, y un buen ejercicio para ello es la contemplación, que tiene que ver con trasladarse fuera de uno mismo, vaciarse.

Merleau-Ponty describe la mirada contemplativa de Cézanne sobre el paisaje como un proceso de desprendimiento o desinteriorización. «[…] El paisaje, remarcaba él, se piensa en mí, yo soy su conciencia» (p. 38).

Es necesario el sosiego, el aburrimiento profundo de Walter Benjamin, la relajación espiritual. Dice Nietzsche:

"Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie. En ninguna época se han cotizado más los activos, es decir, los desasosegados. Cuéntese, por tanto, entre las correcciones necesarias que deben hacérsele al carácter de la humanidad el fortalecimiento en amplia medida del elemento contemplativo”(p. 39). [F. Nietzsche, Humano, demasiado humano, Madrid, Akal, 2007, p. 180.]


Vita activa

La vida activa se opone a la contemplativa. Sin embargo, parece ser que hay matices o puntos de vista en lo provechosa que pueda ser cada una. Byung-Chul Han se dedica a comentar un libro de Hannah Arendt, La condición humana.

[...] la cita de Catón, con la que Hannah Arendt concluye su libro, parece un tanto impropia, puesto que a ella remite originariamente Cicerón en su tratado De re publica. En el pasaje citado por Arendt, Cicerón incita a sus lectores a apartarse del "foro" y del "jaleo de la multitud" y retirarse a la soledad de una vida contemplativa. Así, enseguida después de haber citado a Catón, Cicerón elogia propiamente la vita contemplativa. Según él, la vida contemplativa, y no la vida activa, convierte al hombre en aquello que un principio debe ser. Arendt hace de ello un elogio de la vita activa. Asimismo, la soledad de la vida contemplativa de la que habla Catón no es compatible sin más con el "poder de los hombres en acción" que evoca Arendt una y otra vez. Por ende, al final de su tratado La condición humana Arendt habla en favor de la vita contemplativa sin pretenderlo. No se percata de que precisamente la pérdida de la capacidad contemplativa, que, y no en último término, está vinculada a la absolutización de la vida activa, es corresponsable de la histeria y el nerviosismo de la moderna sociedad activa (pp. 50-51).

Esto se puede relacionar con las famosas liras de Fray Luis: "Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido..." En mi propia experiencia, siempre es en el sosiego de la soledad y el aburrimiento cuando puedo realmente crear algo, echar mi semilla a la cultura.



Pedagogía del mirar

Este capítulo se centra en algunas buenas enseñanzas de Nietzsche, de El ocaso de los Dioses y Humano, demasiado humano, sobre "aprender a mirar". No tiene desperdicio:

La vita contemplativa presupone una particular pedagogía del mirar. En El ocaso de los Dioses, Nietzsche formula tres tareas por las que se requieren educadores: hay que aprender a mirar, a pensar y a hablar y escribir. El objetivo de este aprender es, según Nietzsche, la "cultura superior". Aprender a mirar significa "acostumbrar el ojo a mirar con calma y con paciencia, a dejar que las cosas se acerquen al ojo", es decir, educar el ojo para una profunda y contemplativa atención, para una mirada larga y pausada. Este aprender a mirar constituye la"primera enseñanza preliminar para la espiritualidad". Según Nietzsche, uno tiene que aprender a "no responder inmediatamente a un impulso, sino a controlar los instintos que inhiben y ponen término a las cosas". La vileza y la infamia consisten en la "incapacidad de oponer resistencia a un impulso", de oponerle un No. Reaccionar inmediatamente y a cada impulso es, al parecer de Nietzsche, en sí ya una enfermedad, un declive, un síntoma de agotamiento. [...] En cuanto acción que dice No y es soberana, la vida contemplativa es más activa que cualquier hiperactividad, pues esta última representa precisamente un síntoma del agotamiento espiritual (pp. 53-54).

Este fragmento me recuerda a una prerrogativa que escuché una vez: no reaccionar, sino responder.

La hiperactividad consiste a menudo en hacer muchas cosas a la vez, pero ninguna complicada o que requiera gran atención. Así, nos acostumbramos a hacer muchas cosas, más o menos mecánicas, sin ser capaces de concentrarnos, incluso atrofiándonos en esa habilidad. En el Máster de profesorado tuvimos un encendido debate sobre promover la lectura hipertextual (saltar de un texto a otro buscando información) o la lectura lineal (leerse un libro entero). A muchos nos preocupa que se pierda la capacidad de concentrarse, de ahí que expusiese la siguiente cita de Nietzsche recuperada por Byung-Chul Han:

En el aforismo «El principal defecto de los hombres activos» escribe Nietzsche: “A los activos les falta habitualmente una actividad superior […] en este respecto son holgazanes. […] Los activos ruedan, como rueda una piedra, conforme a la estupidez de la mecánica”. [Humano, demasiado humano, Madrid, Akal, 2007, p. 179.] (p. 55.)

Es verdad que dedicarse siempre a hacer lo fácil, aunque sea mucho, es de holgazanes o incluso cobardes. A una escala mayor, en la vida, lo cierto es que muchos nos estancamos con un trabajo fácil y repetitivo, aunque sea agotador y nos esté consumiendo, por el mero hecho de no atrevernos a abordar la ardua tarea de buscar otro trabajo y la preparación que requiere.

Este otro fragmento diferencia la rabia del enfado, diferencia que consiste en un estado o un sentimiento puntual.

La rabia, en cambio, cuestiona el presente en cuanto tal. Requiere un detenerse en el presente que implica una interrupción. Por esa condición se diferencia del enfado. La dispersión general que caracteriza la sociedad actual no permite que se desplieguen el énfasis y tampoco la energía de la rabia. La rabia es una facultad capaz de interrumpir un estado y posibilitar que comience uno nuevo. Actualmente, cada vez más deja paso al enfado y al estado enervado, que no abren la posibilidad a ningún tipo de cambio decisivo (p. 56).

Resulta recurrente el término que acuña Byung-Chul Han de nicht-zu, "no (hacer)", lo que en inglés sería "not to... [do something]", con el uso de actuar negativamente, como principio de acción negativa, que es un rasgo característico de la contemplación. La negatividad es un proceso activo, no pasivo.

La hiperactividad es, paradójicamente, una forma en extremo pasiva de actividad que ya no permite ninguna acción libre. Se basa en una absolutización unilateral de la potencia positiva (p. 60).



El caso Bartleby

Esta sección analiza el relato de Melville Bartleby, que trata de un mundo de trabajo inhumano, de habitantes reducidos a animal laborans. La verdad es que Byung-Chul es un excelente comentador de textos literarios. En el relato, la falta de iniciativa y la apatía acaban con la vida de Bartleby, y eso que aún está tratando de una sociedad disciplinaria, con insistencia en el símbolo de los muros o paredes.

Por otra parte, introduce también referencias a Un artista del hambre de Kafka, mostrando un ser aún más carente de ilusión. La pantera, que aparece a su muerte, simboliza la plácida alegría de vivir. Al respecto dice lo siguiente:

Al artista del hambre, sin embargo, tan sólo la negatividad de la negación le da la sensación de libertad, una libertad que es igual de ilusoria que aquella que la pantera guarda “en cualquier rincón de su dentadura”.” La negatividad, ese proceso activo de “no hacer”, intencionadamente, provoca sensación de libertad (p. 69).



La sociedad del cansancio

En la sociedad del rendimiento tiene lugar el dopaje, a veces casi necesario. Pero a esto sobreviene el cansancio excesivo, y este cansancio aísla y divide. Cita a P. Handke, Ensayo sobre el cansancio, Madrid, Alianza, 2006. 

Estos cansancios son violencia, porque destruyen toda comunidad, toda cercanía, incluso el mismo lenguaje: "Aquel tipo de cansancio -sin habla, como tenía que seguir siendo- forzaba a la violencia. Ésta tal vez se manifestaba sólo en la mirada que deformaba al otro" (p. 73).

A este tipo de cansancio contrapone Handke el "cansancio elocuente, capaz de mirar y reconciliar". Abre un "entre", una especie de nexo:

El cansancio como un "Más del yo aminorado" abre un entre, al aflojar el constreñimiento del Yo. No solamente veo lo otro, sino que también lo soy, y "lo otro es al mismo tiempo yo". El entre es un espacio de amistad como in-diferencia, donde "nadie ni nada "domina" o siquiera "tiene preponderancia" sobre los demás". Cuando el Yo se aminora, la gravedad del Ser se desplaza del Yo al mundo. Se trata de un "cansancio que da confianza en el mundo", mientras que el cansancio del Yo en cuanto cansancio a solas es un cansancio sin mundo, que aniquila al mundo. [...] La aminoración del Yo se manifiesta como un aumento de mundo: "El cansancio era mi amigo. Yo volvía a estar ahí, en el mundo" (p. 74).

Al final todo remite al envenenamiento en nuestro propio yo, en nuestro ego, tan importante y tan maldito.