sábado, 24 de julio de 2021

El soneto y Petrarca: síntesis de razón y sentimiento

 

EL SONETO Y PETRARCA: SÍNTESIS DE RAZÓN Y SENTIMIENTO

THE SONNET AND PETRARCH: SYNTHESIS OF REASON AND FEELING

 

Eduardo Madrid Cobos


Resumen: este artículo analiza el origen de los metros endecasílabos en su estrofa más característica, el soneto, a través de la obra de Francesco Petrarca (1304-1374). Se expondrán las diversas razones por las que el soneto es uno de los géneros más significativos de la poesía lírica, gracias a su versatilidad en la combinación de razón y sentimiento, logrado mediante la adecuada medida, ritmo, rima y disposición de sus estrofas.

Palabras clave: soneto, endecasílabo, Petrarca, Cavalcanti, Garcilaso de la Vega.

Abstract: this article analyzes the origin of hendecasyllabic meters in its most characteristic strophe, the sonnet, through the work of Francesco Petrarca (1304-1374). The various reasons why the sonnet is one of the most significant genres of lyrical poetry will be exposed, due to its versatility in the combination of reason and feeling, achieved through the appropriate measure, rhythm, rhyme and arrangement of its strophes.

Keywords: sonnet, hendecasyllable, Petrarch, Cavalcanti, Garcilaso de la Vega.

Aphrodite, William-Adolphe Bouguereau (1879).
El sentimiento amoroso a través de la mirada es un tema esencial en Petrarca.

Agradecimientos a B. M. L. G., que me ayudó en la primera redacción de este trabajo en 2019, y a Juan Victorio, por sus inolvidables enseñanzas.


Introducción: la naturaleza reflexiva del soneto

De entre toda la diversidad de la poesía en verso cabe destacar una forma, una especie única, por su solidez y belleza. Si hubiera que destacar una sola forma poética de la literatura occidental, elegiríamos el soneto.

¿Por qué el soneto? ¿Qué tiene para ser inagotable? ¿Por qué es tan puramente poético? Para dar respuesta a estas preguntas, partiremos de una consideración básica en el análisis de las estrofas auriseculares más frecuentes, base de la que partía el profesor Juan Victorio (UNED) en sus clases: el romance narra, el soneto reflexiona y las liras combinan narración con descripción o reflexión. “El soneto reflexiona”, esas palabras suponen asomarse a un abismo de conocimiento en Teoría de la Literatura, o más concretamente, de teoría de los géneros literarios.

En primer lugar, en esa contraposición entre romance/narración y soneto/reflexión (más adelante veremos que hay excepciones) se encuentra un principio fundamental de la lírica. Para explicarlo partimos de los tres archigéneros en la división tradicional, la narrativa, la lírica y la dramática, o “actitudes supragenéricas”, según Wolfgang Kayser, dentro de las cuales se encuentran los subgéneros: novela, cuento, elegía, égloga, soneto, etc. Estos subgéneros comparten, como ramificaciones, los rasgos prototípicos de la rama de la que parten. En el caso de la lírica, de los “diez rasgos fundamentales de lo lírico” que establece Kurt Spang (2011: 58-61), destacamos lo siguiente de cada uno: 1) interiorización, que implica brevedad; 2) ausencia de “historia”; 3) predilección por la “instantánea” ‒no hay trama y, si argumenta, la argumentación está muy concentrada‒; 4) profundización; 5) función poética; 6) métrica; 7) ritmo; 8) carácter oral; 9) musicalidad; y 10) comunicación lírica, que veremos que en el soneto suele darse con un espacio temporal.

Ese factor tiempo va a ser determinante para el estudio del soneto. El segundo de los diez rasgos de lo lírico de Spang dice que “no hay historia”. Aguiar e Silva (1981) habla del carácter estático de la lírica, ajena al fluir temporal e inmovilizada sobre una idea, una emoción o una sensación, frente al carácter dinámico de la narrativa y la dramática, que hacen actuar a los personajes y fluir a los acontecimientos a lo largo de un proceso temporal. En otro trabajo (Madrid Cobos, 2017) ya demostramos incluso cómo este estatismo de las emociones es algo propio de la psicología humana.

Lope de Vega ya dijo que “el soneto está bien en los que aguardan”, en su Arte nuevo de hacer comedias (v. 308). Ese “aguardar” concuerda con el mencionado carácter estático. En la acción o en la inherente narratividad que debía tener una comedia del Barroco, hecha para mantener atento y entretenido al público, el Fénix de los Ingenios ya sabía cuándo y cómo había que parar el avance temporal de los acontecimientos. Los personajes que “aguardaban”, que esperaban, encerrados en sus cuitas, cuando recitaban un soneto quedaban en suspenso ellos y dejaban en suspenso al público, cumpliendo, además, los otros nueve rasgos de lo lírico de Spang: brevedad (la justa), profundización (la máxima), musicalidad, oralidad, etc.

Cervantes, tan dado también a la mezcla de géneros, tanto en La Galatea, como en El Quijote y como en el Persiles, detiene momentáneamente la narración para poner en suspenso la progresión temporal con sonetos. En el desasosiego que suelen tener los personajes que los pronuncian, suele darse, en una expresión concentrada, como una estructura mineral cristalina, una argumentación o un razonamiento. Cervantes (Quijote, I, 23) hasta utiliza esas palabras (el subrayado es nuestro):

Pero si Amor es dios, es argumento

que nada ignora, y es razón muy buena

que un dios no sea cruel. Pues ¿quién ordena

el terrible dolor que adoro y siento?

 

Igualmente, la descripción es otra técnica narrativa[1] que detiene la narración, es decir, el fluir temporal de los acontecimientos. La novela, la epopeya, los romances… detienen su discurrir de acción para hacernos ver algo, a su vez para pensar sobre ello. Así, en los sonetos, que, como estamos demostrando, son el género lírico de mayor estatismo a la par que de complejidad en Occidente, encontramos cuartetos descriptivos, como éste de Góngora:


Mientras por competir con tu cabello,

oro bruñido, el sol relumbra en vano;

mientras con menosprecio en medio el llano

mira a tu blanca frente el lirio bello; […]

 

Kurt Spang (2011: 59) también mencionaba la “predilección por la instantánea” como rasgo de lo lírico. En una descripción, aunque pueda ser en parte dinámica ‒como en A Dafne ya los brazos le crecían… de Garcilaso‒, se va a capturar un momento muy breve o una imagen estática, como ocurre muchas veces en pintura. Esto, de nuevo, se ajusta a la evasión del fluir temporal. Pero, ¿qué tiene esta idea de tan importante y por qué estamos insistiendo en esto?

El soneto no es simplemente una estructura que supere o domine al fluir temporal, como un puente cuyos pilares abren las aguas de un río, sino que, en su afán de capturar la “instantánea”, aspira a la eternidad. Esto, la aspiración a la eternidad mediante la captura de una idea, es el mayor reto del poeta, el cual podrá lograr que sus pensamientos trasciendan el tiempo y la muerte.

La manera de lograrlo es complicada. Componer un texto con catorce endecasílabos y rima consonante no es hacer un soneto. Primero, ha de surgir la idea, en el jardín de una mente clara, alentada por un corazón vivo, esté o no atormentado; segundo, la tekné, τέχνη, la fabricación manual, con todo el esfuerzo y capacidad del intelecto que sea posible. Como haría un escultor, primero apunta con el cincel; luego, con el martillo golpea y hace realidad.

Hay unas técnicas que el artista conoce: el escultor sabe de formas y proporciones; el poeta sabe de palabras. En la revolución que supuso el paso de la Edad Media al Renacimiento, todas las artes, la escultura, la literatura, la pintura y la arquitectura, se sirvieron de innovaciones técnicas originales, a la par que se revivía el mejor pasado para crear el mejor presente. Aquí, en esta fase de cambio, en este paso de crisálida a mariposa, se yergue la figura de Francesco Petrarca.


  El endecasílabo como expresión de la individualidad

 Para hablar del endecasílabo, verso de arte mayor, hay que hablar primero del verso de arte menor, porque los versos largos surgen precisamente para contrastar o diferenciarse de los cortos. El verso de arte menor es pionero en las andaduras de la lírica en su sentido etimológico, de ‘lira’, de poesía adaptada al canto que, en su estado primigenio, trata fundamentalmente de amor: ya fuera en la Edad Media con las jarchas mozárabes, descubiertas por Samuel Stern (Frenk, 2008: 12), o en canciones populares de época romana, según el testimonio del obispo Juan Crisóstomo (Riquer, 1995:42), y otros posibles ejemplos.

En efecto, la lírica, tanto expresada de manera popular como desde la expresión de una sola persona, tiene como base el amor. Es el “género de los sentimientos”, tanto desde una óptica personal como de todo el género humano. En palabras de Estébanez Calderón (2002: 625), la lírica es “el género caracterizado por ser el cauce de expresión de la subjetividad del ser humano; de sus sentimientos y emociones al observarse a sí mismo y al contemplar el mundo en el que está inmerso”.

Nótese que hemos hablado de dos tipos de autoría: la colectiva y la individual. Para ambas es válida la definición del género lírico dada. Sin embargo, Kurt Spang (2011: 62-65) realiza una división entre “dos líricas”, cuyas características resumimos, y que nos irán conduciendo a la naturaleza del soneto:

a) Lírica cancioneril o sociable: manifestación más antigua del género, que nace de la costumbre de cantar o acompañar de música ciertas actividades colectivas. El hecho de que estas composiciones estuvieran destinadas al canto las adecua a la recepción auditiva[2] y no visual.

Este marcado carácter oral, de recepción auditiva, se daba ineludiblemente en la poesía de Cancionero, también medieval. El tema prioritario, tanto en la vertiente popular como culta, es el amor, pero también se presentan otros temas como el trabajo, el culto religioso, las fiestas, temas burlescos, etc.

El lenguaje es sencillo, en cuanto al léxico y la sintaxis. Semánticamente no es tan simple, pero sí que son inevitablemente breves, al tener ese carácter oral. Abundan recursos de insistencia como la repetición y el estribillo.

Todo ello entra en concordancia con su función socializante, para mantener activa la convivencia, hecho que contrasta fuertemente con el hermetismo del segundo tipo de lírica.

        b) Lírica monológica e intimista: presupone una concepción del mundo más individualista y subjetivista, con una necesidad de autoafirmación[3] y emancipación de lo convencional, con un afán de originalidad muy renovadora. La adscripción a este tipo de lírica implica casi siempre innovaciones y el rechazo de lo tradicional. El único rasgo que se mantiene es la brevedad.

Crece la importancia de lo visual ya que esta poesía es para ser leída, en silencio, en las páginas de un libro. Por eso también aparecen manipulaciones tipográficas, con valor también estético, y que culminan en los caligramas.

En cuanto a temas no hay restricciones, de manera que aparecen desde las reflexiones más elevadas hasta temas intranscendentes.

El lenguaje en la lírica moderna puede ser desde más o menos convencional hasta el que acogería osadas innovaciones lingüísticas. La métrica también es enormemente variada.

A este tipo de poesía se adscribe el soneto y todas las formas estróficas con endecasílabos, solos (octava, cuarteto, terceto, etc.) o combinados con heptasílabos (silva, lira, madrigal).


Sin que se pueda decir que el hermetismo del segundo tipo de lírica excluya a la dimensión social de la primera, pues el yo lírico en muchos casos es un nosotros, todos, lo que quiere decir Spang es que, a partir de cierto momento, nació y se desarrolló una lírica que buscó su propio territorio, en la que, además, hacía falta -salvo en contadas excepciones- la autoría reconocida. En la lírica popular, lo que importa es el poema, no el autor. En la lírica intimista (podemos llamarla “culta”), el autor, que quiere ser reconocido, precede o se iguala al poema. El yo lírico, la voz del poema, no es el yo real (al igual que en narrativa no es el mismo el narrador que el autor), pero juega con esa máscara, quiere que se sepa que esos poemas los ha escrito él o ella, aunque, por el hecho de ser literatura, sean tratados como tal: como ficción.

Así, los primeros grandes poetas españoles con voluntad de autor, que dejaban constancia de su propiedad de sus obras, querían distinguirse del vulgo y de sus creaciones. Es célebremente conocido el desprecio hacia lo popular, sobre todo los romances, por el Marqués de Santillana, a los que llamaba “fablillas populares”, por ejemplo. Y el soneto, cuando nace, se presenta como forma intimista e intelectualista, culta, por antonomasia. Más adelante veremos cómo el dodecasílabo y, en parte, el alejandrino, que fueron soluciones temporales cultas para contrastar con el verso corto popular, entraron en decadencia y precisaron la innovación definitiva, el endecasílabo.

Hay que introducir un concepto clave en este paso de la lírica cancioneril a la lírica monológica e intimista: el individualismo, que Jesús Lizano (1967: IX) considera no sólo fundamento del soneto, sino además de la supervivencia humana y de la transformación del mundo.

El individualismo[4] como concepto apreciable desde una óptica filosófica de la historia y de las artes tuvo una serie de fases en su desarrollo y en su definitivo asentamiento, según César Molinas (2013). Si bien podemos suponer que es algo que surge de dentro, como manifestación interior, lo que ocurre fuera también facilita esa autoproclamación. Molinas expone cómo se pasa de una sociedad de clanes y familia extendida a una unidad familiar menor y sociedad feudal, con lealtad entre individuos. A esto hay que añadir el Concordato de Worms (1122), donde se establece la doble lealtad a la Corona y a la Iglesia, ya separados (Ladero Quesada, López Pita, 2009:171), que obliga a los individuos a decidir a quién obedecer en caso de no estar ambos en sintonía.

Sin duda, el individualismo como forma independiente de pensar se ve mucho más reforzado con la transformación de la Edad Media en el Renacimiento, o mejor dicho, para seguir la historia de las ideas, en el humanismo. La escolástica, el mecanismo de estudio medieval, que tanta importancia daba al aprendizaje ortodoxo, al teocentrismo y a los argumentos de autoridad, basados en citas de insignes sabios del pasado o de la Biblia, se ve paulatinamente obsoleta por el humanismo (Menéndez Peláez, 1993:42-43), que abre paso a la razón, al antropocentrismo, a una visión optimista del ser humano, a una confianza en él como obra perfecta y creador de obras perfectas. Se redescubre la Antigüedad y se contempla con el influjo de la razón, la cual proporciona una sana admiración y, por tanto, ese optimismo vital que dará frutos inigualables en ciencias como la arqueología, la historia y la filología (por ejemplo, con Nebrija en España; Palacios Fernández, 1979:34).

A través del estudio de textos, con un rigor científico superior al medieval, se expande el conocimiento de los clásicos griegos y latinos[5]. El individualismo impregnará las ciencias y las artes; en el caso de la literatura, de la lírica de tipo popular ya se había dado paso a la lírica trovadoresca, en la que se erigía el sujeto poético como voz lírica y como autor con voluntad de estilo y deseo de reconocimiento, pero aún no se habían traspasado los límites de la lírica cancioneril o sociable de Spang.

Tenía que alumbrarse la poesía sólo para ser leída, o principalmente para ser leída, en solitario, no en público. Todavía no se había hecho: no se comprendía ese objeto de la poesía. Los decires, estancias, cantares, canciones de los poetas de cancionero de la corte de Juan II, como indican los nombres, eran para “decir” o “cantar” (Alonso, 2008:11). Eran un acto comunicativo con receptores presentes y que, por tanto, recibían el mensaje inmediatamente, no pudiendo interiorizar realmente el contenido por estar en presencia de otras personas, y porque el carácter oral no permite la atención que necesita un pensamiento profundo. Sin embargo, se socializaba, se disfrutaba de la poesía, con sus emociones, artificios de palabras, musicalidad y, en definitiva, formidable ingenio. No es que haya que despreciar este tipo de lírica, sino afirmar que existían unos umbrales de intimidad que aquélla no traspasaba.

Aunque hayamos mencionado a Juan II, el referente fundamental para entender el advenimiento del individualismo, y el paso a la lírica intimista, es el entorno de las florecientes ciudades-Estado italianas, siendo Florencia una de las más notables (Ladero Quesada, López Pita, 2009:159). Si bien el tema principal de la lírica seguía siendo el amor, el cambio económico y social que iba dando protagonismo a la burguesía condujo a que éste, el amor, se retrajera al ámbito del intelecto: por una parte, perdía su dimensión física; por otra, creció vastamente en el mundo de las ideas[6]. De aquí partía la crítica de Leo Spitzer (1941) a Pedro Salinas al decir que el poeta del 27 negaba la existencia de la amada al convertirla en idea, en conceptismo interior.

Este nuevo tono poético que se replegaba a la esfera íntima, el llamado dolce stil nuovo, motivó un cambio de contenido poético, que repercutirá en la forma. Recordemos que, cuando cobra auge una clase social, o un sector dentro de una clase, precisa un “territorio propio”, que a su vez va a propiciar un cambio en la Historia con su existencia y su influencia. Así, la pujante burguesía florentina, de abogados y notarios, se diferencia con su exquisita visión del amor de la nobleza. Como dice Valverde (1984:14), “La capacidad para tal amor de alcance ideal, metafísico y religioso, es lo que distingue a la nueva clase ascendente, basada en la excelencia del individuo, frente a la nobleza y sus caballeros -apoyados en la herencia y en la estima”.

Guido Guinizelli (1230-1276) defendía el “corazón gentil”, seña del nuevo hombre, precursor del Renacimiento, ante el más atrasado “hombre altanero” que presume de su linaje. El cor gentil se expresa amando de la manera más pura posible, trascendiendo el mundo físico para alcanzar el de las ideas, como proponía Platón, releído y reinterpretado en este momento[7].

Así lo haría Dante Alighieri (1265-1321) en su amor a Beatriz, muerta en el mundo real, pero viva en su pensamiento, fuerza motivadora de inspiración y de virtud, eje vertebrador de su cosmología plasmada en su Divina comedia. Si bien la obra se ajustaba a la teología de la escolástica, ya penetraba el nuevo territorio del intimismo, de la poesía desde y para el interior. No obstante, su amada Beatriz, en términos generales, carecía de la necesaria humanidad para despertar en el lector sentimientos amorosos, siendo, prácticamente, una alegoría.

En este afán de excelencia manifestando la visión del mundo personal e íntima, sustentada en un amor cuyo referente real está reducido al mínimo necesario, y su concepción personal al máximo, destaca Francesco Petrarca (1304-1374). Con él ya tenemos todos los ingredientes para el gran salto a la poesía monológica e intimista, a la reflexión y al individualismo, al endecasílabo y al soneto. Como veremos, las estrofas con versos de once sílabas, sobre todo los tercetos encadenados y los sonetos, serán idóneas para la interpretación interior del amor a la madonna, la mujer idealizada.

El nuevo contenido precisará una nueva forma. La reflexión y la intimidad de la nueva poesía del dolce stil nuovo ya no encajan en las estrofas medievales de poesía cancioneril o sociable. Las formas del galanteo público de los caballeros entregados al amor cortés no son aptas para la delicadeza del nuevo hombre humanista, cuya expresión amorosa, de una sensibilidad inusitada hasta entonces, va a necesitar nuevas estructuras donde construirse.

Las viejas formas quedarán obsoletas por varios motivos. En primer lugar, por lo dicho del cambio de la esfera pública a la privada, de la lírica sociable a la intimista: la poesía deja de ser un elemento de alarde cortesano, delante de otros, para ir replegándose a un destinatario, o unos pocos, mucho más importantes para el poeta, que en gran medida es el propio poeta (lírica monológica). Además, tendrá mayor peso el carácter escrito frente al oral: “La irrupción de la escritura y el abandono de la oralidad confieren […] una importancia inacostumbrada al cambio de recepción de la lírica dado que no entra por los oídos sino por los ojos del lector solitario” (Spang, 2011:71). Lo cual no implica que deje de permanecer en cierto modo la audición: de ahí que continúe el género “canción[8]” y que nazca el soneto, “sonidillo” (Spang, 2011:99). Por otra parte, hay que tener en cuenta la revitalización de los clásicos, que fueron el principal nutriente para el crecimiento del humanismo. La poesía latina, a diferencia de la romance, está en hexámetros, es decir, versos de seis pies métricos. Forzosamente, los poetas prerrenacentistas que quisieron imitar a los clásicos tuvieron que adaptar su lengua romance, en este caso la italiana, a ese ritmo de la poesía en latín.

El ritmo de la versificación en latín se consigue con la cantidad vocálica, la duración de las vocales, dando lugar a sílabas largas (‒) y breves (U). Éstas se organizan en secuencias ordenadas: yambo (U ‒), troqueo (‒ U), dáctilo (‒ U U), anfíbraco (U ‒ U) y anapesto (U U ‒). Desde que existen las lenguas romances, como el español, en donde se ha perdido la cantidad vocálica, el ritmo en la poesía se organiza con la intensidad vocálica, es decir, con los acentos. No deja de ser una herencia de lo anterior, pero en vez de pies se llamarán cláusulas, con las limitaciones o divergencias del romance. De ahí que Navarro Tomás apud Díez Borque (1980:72) afirme que las cláusulas yámbicas (oó), anapésticas (ooó) y anfibráquicas (oóo) “no tienen rendimiento en el ritmo oral” y reduzca la tipología a ritmo trocaico, dactílico y mixto, considerando que el periodo comienza en la primera sílaba acentuada del verso. Así, existían, por ejemplo, hexasílabos dactílicos, heptasílabos trocaicos, octosílabos dactílicos, trocaicos, mixtos, etc. (Díez Borque, 1980:73-74).

Los versos en lengua romance habrían servido tanto para la ágil y musical poesía popular, en versos de arte menor, como para la altisonante poesía culta de arte mayor, con las mencionadas variedades rítmicas. El verso corto, por su naturaleza breve, no solía adecuarse a la expresión de reflexiones íntimas. O bien servía a los cancioneros o bien narraba girando lentamente en los romances. Dámaso Alonso afirmaba en su Elogio del endecasílabo (1998:175):

El octosílabo estaba maduro ya, tras la larga lección de los cancioneros. Verso ligero y gracioso, mas con insospechadas metamorfosis. Mímica ardilla, aquí, rápida, inasible; si se detiene un instante es para concentrar una hiriente agudeza. Breve barquichuelo siempre, pero allá adaptable en lentos meandros al demorado fluir de la narración. O deslumbrante juego de felices arcaduces […] chispeando […] delicadezas de amor.

Hacía falta espacio para exponer un pensamiento complejo: por eso las obras de autores cultos, normalmente con pretensiones de obtener renombre como intelectuales, solían estar en dodecasílabos o alejandrinos. En España, una significativa muestra del dodecasílabo sería el Laberinto de Fortuna, de Juan de Mena; del alejandrino, casi todo nuestro mester de clerecía. Continúa don Dámaso (1998:175): “[…] apuntado a empresas más levantadas, quedaba, para morir en seguida, el verso de arte mayor, de vuelo lento y monótono, torpe avutarda de cuatro aletazos por renglón: Al muy prepotente don Juan el Segundo…”.

Había, además, un elemento estructural insoslayable en estos versos, que era la cesura: el espacio o pausa en un verso que lo separa en dos partes iguales, llamadas hemistiquios. La obligada pausa central en los versos largos conllevaba una cargante y solemne distribución de acentos. Esto era herencia directa de la métrica griega y latina: el hexámetro (de seis pies, combinando dáctilos, espondeos y troqueos), propio de la épica, pero que se extendería a muchísimos autores a lo largo de sus quince siglos de vida, necesitaba esa bimembración estructural:

—́UU | —́UU | —́ UU || —́UU | —́UU | —́X

Quādrupedānte putrēm sonitū quatit ūngula cāmpūm…

(Virgilio, Eneida, VIII, 596)

No obstante, era un verso que solía alargarse demasiado ‒entre doce y diecisiete sílabas‒ para la relativa concentración de ideas que necesitaba la intimidad renacentista. Los filólogos italianos como Francesco D’Ovidio proponían la mediación del trímetro yámbico en la gestación del endecasílabo. Este verso sería redescubierto en el Prerrenacimiento con la búsqueda de las obras clásicas; no sería raro que despertase el interés de los estudiosos italianos al utilizarse tan frecuentemente: en las comedias de Aristófanes y Menandro, en las tragedias de Sófocles y Eurípides, en los epigramas de Marcial y en los epodos de Horacio. Este verso abarcaba entre diez y doce sílabas, cuya forma ortodoxa era: U‒ U‒ |U‒ U‒ |U‒ U‒. Entre sus variantes, la más común era:  U‒ U‒ | U || ‒ U‒ | U ‒ U ‒. Obsérvese, de nuevo, la necesidad de una cesura.

            El fluir del pensamiento no podía detenerse a mitad de verso; es más, se extenderá en forma de encabalgamiento, como veremos en Garcilaso. Los pioneros italianos en adaptar la poesía latina a la toscana, ayudados por los progresos de la poesía trovadoresca provenzal y los de su propia lengua, hallarían en el endecasílabo el más versátil de los versos: no era ni muy corto ni muy largo; habían encontrado la aurea mediocritas, ‘dorada medianía’ aristotélica del verso. Que el número de sílabas fuera impar implicaba poder atenuar la cesura[9], la cual, ya más sutil, dividía el verso en una serie de variantes: a maiore (heptasílabo más tetrasílabo); a minore (quinario más senario); tetrasílabo más heptasílabo y otras subvariantes que seguirían Santillana y Garcilaso, de acuerdo con Lorenzo Gradín (1989). El endecasílabo era lo suficientemente largo para hilar pensamientos, exponiendo reflexiones, describiendo a una donna angelicata o expresando sentimientos, sin la solemnidad medieval, revitalizado con el novedoso dolce stil nuovo.

            Esta unidad elemental, que Dámaso Alonso (1998:176) exaltaba como “criatura perfecta ya, y siempre virginal, cítara y arpa, dulce violín […]” daría lugar a estructuras complejas que, tras, breves ensayos, pronto adoptaron su forma más lograda y exitosa, ocupando su merecido escaño en la eternidad. Así fueron alumbrados los tercetos, los cuartetos, las sextinas, las octavas, los sonetos y las magistrales combinaciones con heptasílabos: la canción petrarquista, la lira, la silva y el madrigal.

            El endecasílabo adoptó tempranamente sus cuatro formas principales, de vigencia hasta nuestros días:

  • el endecasílabo enfático, con acentos en la 1ª y 6ª sílabas: No pierda más quien ha tanto perdido (Garcilaso);
  • el endecasílabo heroico, con acentos en la 2ª y 6ª sílabas: A Dafne ya los brazos le crecían (Garcilaso);
  • el endecasílabo melódico, con acentos en la 3ª y 6ª sílabas: A la entrada de un valle, en un desierto (Garcilaso);
  • el endecasílabo sáfico, con acentos en la 4ª y 6ª sílabas: Que con lloralla cresca cada día (Garcilaso).


Los sonetos anteriores a Petrarca


Podría decirse que la estrofa más ensayada antes del soneto era el terceto. La probada funcionalidad y productividad de los tercetos tendrá un sentido en la hipótesis que exponemos a continuación, si bien habrá que admitir que el soneto no se originó en un solo momento ni en un solo lugar, sino que, además de esta poligénesis, “renació” varias veces.

            La importancia de los tercetos en la estructura del soneto, como combinación de estrofas, puede estar relacionada con un hecho frecuente en la literatura: el apoyo en la tradición. Los poetas de cancionero medievales, por ejemplo, reforzaban sus poesías insertando fragmentos de poesías populares de éxito. Igualmente, mucho antes, los poetas árabes cerraban sus moaxajas con una estrofilla popular, las célebres jarchas mozárabes. Este recurso de buscar apoyo en algo de probado éxito anterior es plausible de ser la razón de ser de los dos tercetos del soneto.

            No cabe duda de que los cuartetos y los tercetos, por su forma, sirven para cosas diferentes. Los cuartetos son más rígidos, de mayor confinación, un armazón que hace contener cierta tensión, mientras que los tercetos son un alivio que destensa y hace descender. Se puede considerar que cuartetos y tercetos son las dos vertientes de una misma montaña, los primeros de ascenso, los segundos, de descenso. De ahí que estos últimos sean más fluidos. En este fluir, además, procede el que fueran una estrofa conocida y bien probada, una “forma de hablar” más familiar en el contexto poético estilnovista.

            Por eso, si bien pudo haber sonetos anteriores a la composición de la Divina comedia, entre 1304 y 1321, Dante estableció definitivamente los tercetos como estrofa infalible en la argumentación. El cuarteto o el serventesio serían la innovación combinable con lo “seguro”, los tercetos. De ellos dice Guido M. Cappelli (2003:32), acerca de los Triunfos de Petrarca:

[…] ya a partir de la adopción del terceto encadenado ‒el metro dantesco por excelencia‒, el modelo de la Comedia es evidente en los Triunfos. El terceto es el verso de la narración larga, ya que permite encadenar secuencias narrativas extensas sin solución de continuidad. Su adopción favorece, pues, la distensión argumentativa y, en general, multitud de recursos propios de la novela: por ejemplo, diálogos o excursus.

Hemos mencionado la posible poligénesis del soneto o un renacer múltiple de éste. Según Kurt Spang (2011:100), uno de los supuestos inventores es Iacopo da Lentini[10] (ca. 1210-ca. 1260), representante de la llamada Escuela siciliana, que puede considerarse el Notario (Notaro) por antonomasia del Doscientos, ya que con ese nombre lo cita Dante (Divina Comedia, Canto XXIV, Purgatorio, 1973:259). Este notario-poeta estuvo al servicio del rey de Sicilia, Federico II, quien llegó a nombrarlo comandante de un importante castillo. Además, este rey promovió las artes, facilitando que Iacomo escribiera sus obras en el apogeo de la Escuela siciliana, entre 1233 y 1241. Al Notario se le atribuyen canciones de varios esquemas métricos y un corpus de primigenios sonetos, inspirados en la lírica provenzal. Esos sonetos originarios (Spang, 2011:100) “combinaban un grupo de ocho endecasílabos con rima alterna ABABABAB y otro grupo de seis con dos o tres rimas distintas en un solo bloque o en dos o tres”.

            Spang (2011:100) sostiene que la invención del soneto también se le atribuye a Antonio da Tempo (finales s. XIII-1339). El hecho de que fuera de Padua, en contraposición a Sicilia, indica que el soneto se estaba ensayando en localidades muy diversas. Mantenía correspondencia con otros poetas de su tiempo, como Andrea da Tribano, Andrea Zamboni, Jacopo Flabiano, Matteo Correggiaio y Albertino Mussato. Sin embargo, obtuvo la fama por su obra Summa Artis Rithimici Vulgaris Dictaminis, un tratado sobre métrica en lengua vulgar en el que compuso él mismo ejemplos de las estrofas que utilizaban sus contemporáneos: el soneto, la balada, la canción, el madrigal y el serventesio, entre otros.

Dámaso Alonso (1998:176) menciona a Lapo Gianni y a Guido Cavalcanti como primeros exploradores del soneto. Del primero apenas sabemos nada de su vida, salvo que vivió en Florencia, que murió después de 1328, que probablemente fuera también notario y que ya escribía con rasgos del dolce stil nuovo. Dante, en sus Rimas, nos dejó noticia de Gianni en dos de ellas (también sonetos): la LII, dirigida también a Cavalcanti, Guido, i' vorrei che tu e Lapo ed io; y la LIV, de Cavalcanti a Dante, Se vedi Amore, assai ti priego. En ambas se refieren a Gianni únicamente como “Lapo”. La obra del misterioso notario florentino consta de diecisiete composiciones; entre ellas, un soneto, Rima XVII, Amor, eo chero mia donna in domino. Sin embargo, no obedecía a la forma por la cual lo conocemos, sino a una variedad polimétrica de soneto con estrambote: AaBBbA || AaBBbA | | | CdDD || DdDC | EE.

A Guido Cavalcanti (ca. 1258-1300), también florentino, se le considera uno de los principales creadores del dolce stil nuovo, junto con Dante, del que fue amigo y a través del que también nos llega citado. Supo adaptar la galante lírica provenzal a la lengua italiana, con las consiguientes nuevas formas con endecasílabos y la nueva sensibilidad del amor, más íntima. La obra de Cavalcanti consta de treinta y seis sonetos (con los cuartetos, por fin, en rima abrazada: ABBA), once baladas y dos canciones. Es, por tanto, el primer gran sonetista, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta el importante factor reflexivo de su vida y obra: se formó concienzudamente en el aristotelismo a través de los comentarios de Averroes. A pesar de sostener ideas como la existencia del intelecto separado del cuerpo, o de las diferentes partes del alma, acabó siendo ateo (Dante, Inf., X, 63). Para él, el alma espiritual permanecía impotente como espectadora de la destrucción del alma sensible golpeada por el amor. Cavalcanti concibe el amor como dolor y muerte espiritual, mientras la amada, envuelta en su halo místico, permanece inalcanzable.

El factor monológico e intimista en la poesía de Cavalcanti está ya completamente asentado, con una modernidad sorprendente para tratarse del siglo XIII:

                           Rima XVIII

Nadie niegue la pluma consternada,

la negra tinta, la mano doliente,

las que escribieron dolorosamente

palabras que escuchaste distanciada.


Preguntarán por qué, desde su nada,

pluma y tinta hablan súbitamente:

mi mano las movió y dice que siente

dudas en mi estación desamparada:


dudas que me destruyen muy despacio,

lentamente a la muerte dan espacio

y a pluma, tinta, mano, su desvío.


En tu silencio una palabra espera

que dice y que no dice que ame o muera

y escribe mi pasión en el vacío[11].

 

Guido era unos quince años mayor y de una clase social más elevada que Dante, sin embargo, fue decisivo en la vida de éste, aunque terminaran distanciándose[12]. En todo caso, como dice Crespo (Dante, 2004:23) “la imitación poética de Dante encontró en aquel joven que tenía fama de extravagante y herético un excelente mentor y compañero”. Ambos conocerían a los poetas Cino da Pistoia, Lapo Gianni y Forese Donati, entre otros.

            Dante Alighieri (1265-1321) también comenzaría a escribir sonetos en el siglo XIII. Fue discípulo del político y filósofo Brunetto Latini (1220-1293), al tiempo que se nutría del ambiente cultural de Guido Ginnizelli (muerto en 1276). Le entusiasmó la Escuela siciliana, de la que imitaría temas y formas, a la vez que conocía la lengua y la poesía provenzales, sin olvidar su admiración de los clásicos: Virgilio, Ovidio, Lucano, Estacio, Cicerón, etc., de lo que se desprende que el joven Dante se encontraba en una situación cultural excepcional. En la línea del dolce stil nuovo, el amor es el tema principal de Dante desde su adolescencia. Antes de la Divina Comedia, ya habiendo “conocido” a Beatriz Portinari (1266-1290), escribe, aún en vida de ésta, el siguiente soneto[13]:


Lleva a Amor en los ojos mi señora,

con que ennoblece a todo cuanto mira;

todos se vuelven al pasar, e inspira

temor al que saluda, y le enamora;


pues, bajando los ojos, en tal hora

por sus defectos, pálido, suspira:

huyen delante de ella orgullo e ira.

A honrarla, damas, ayudadme ahora.


Todo dulzor y humilde pensamiento

nace en el corazón que hablar la siente,

y quien la ve primero es alabado.


Decir o recordar es vano intento

que parece al mostrarse sonriente,

pues milagro es gentil e inusitado.

 

Las damas para el poeta enamorado ya no eran rivales, tentaciones ni enemigas desdeñosas, sino un elemento de gentileza apto para la motivación del intelecto, por sus virtudes, con el fin de expresar un amor a la dama limpio y puro. Este amor casi místico a la madonna superior incluso a los ángeles purifica el alma y ennoblece al hombre, tal como ya había sido proclamado por Guido Guinizelli en su poema Al cor gentil.

Poco después de la muerte de Beatriz, Dante escribiría, entre 1292 y 1293, La vida nueva, su primera obra conocida. Está compuesta por sonetos, baladas, canciones y fragmentos en prosa que explican las “rimas”. La calidad y la preponderancia del soneto en el libro nos conducen a considerar esta estrofa como ya consolidada y madura.



 La madurez del soneto: Petrarca

Francesco Petrarca (1304-1374) dispondrá de todos los elementos necesarios para hacer culminar el soneto como estrofa, además de todo el dolce stil nuevo en todos sus temas y formas.

Entre los factores que favorecieron el ingenio reformador de Petrarca, hay que contar, principalmente, que perteneciera, como Gianni y Cavalcanti, al mundo de los notarios[14]: estaban formados en ars dictaminis ‒con el objeto de lograr pericia en el género epistolar‒ y en ars notaria, ambas propiciando el reconocimiento como hombres letrados, como élite intelectual. Estas artes se perfeccionaban con la retórica, la filosofía moral y la lectura de autores clásicos, que acabaron sustituyendo el influjo de la escolástica.

Fue la lectura e interpretación de autores clásicos lo que más impulsó a Petrarca y lo que abriría una veda para intelectuales posteriores, como Lorenzo Valla (1407-1457), Pico della Mirandola (1463-1494) y Marsilio Ficino (1433-1499). Petrarca aportó una nueva forma de acercarse a los clásicos, rompiendo con la tradición medieval escolástica y elevándolos a contemporáneos suyos, modelos para su vida y su arte. Es decir, no los estudiaba como figuras de autoridad, hitos en la historia o como aportación de conocimientos inamovibles para medirse con otros escolares, sino que los consideró autores vivos y modernos. “Escrutando en la Antigüedad logró la mayor modernidad”, dice Ana Suárez (2011:28). Tomó a Cicerón como maestro de la prosa y a Virgilio como modelo para su poesía. Además, fue un gran pionero en la filología, al defender que es necesario interpretar las obras de la Antigüedad de manera directa, no mediante transductores que las habían desvirtuado. Esto motivó la depuración de los textos, la búsqueda de las fuentes, la lectura en lenguas originales, lo cual fue todo un avance científico.

Se dice que pudo gozar del “ocio imprescindible para ser intelectual puro” (Crespo, 2008:21) gracias a la protección de los Colonna, que le garantizaron comodidades económicas y elevada posición social, convirtiéndose así en el escritor más importante de su tiempo. Esta intencionada búsqueda de comodidad respaldada en sus principios ‒no ser abogado, no aceptar cargos públicos‒ fue lo que le que favoreció el pensamiento profundo. No perderemos de vista el elemento reflexivo que es clave en el soneto, y que, además, configuró la personalidad humanista de Petrarca. El ocio y la lectura son causa y, a la vez, efecto de una enorme capacidad reflexiva y de construcción con versos ‒tekné‒ de esos pensamientos íntimos.

Petrarca necesitó tiempo y muchas detenidas lecturas para crecer y dar su fruto. Primero, en su faceta más clasicista, mientras hacía avanzar el humanismo[15] estudiando y reinterpretando a Tito Livio, Cicerón, Horacio y Virgilio, “no tuvo la sensibilidad suficiente para entusiasmarse por la Divina comedia, obra unánimamente elogiada por todos en la época” (Suárez, 2011:29), por ilustrar a una amada demasiado alegórica, carente de humanidad. Hacía falta una obra literaria con una mayor motivación íntima, con una amada real. Así, un punto de inflexión sería su obra Secreto que, aunque estuviera en latín y en prosa, ya se internaba en la esfera de la intimidad. En ella dialogaba, en un sueño, con San Agustín para exponer su dolor de amor ‒aegritudo amoris‒ desde distintas perspectivas. Este libro es, por tanto, el antecesor directo del Cancionero.

El Canzoniere es una obra que superó las expectativas del propio Petrarca. A las poesías que lo forman el autor modestamente las llamaba “fragmentos insignificantes” (rerum vulgarium fragmenta), ya que creía que su fama perduraría más con sus obras en latín. Las trescientas sesenta y seis poesías (trescientos diecisiete sonetos, veintinueve canciones, nueve sextinas, siete baladas y cuatro madrigales) escritas en lengua toscana ‒italiano‒ tuvieron un éxito extraordinario, que no pudo gozar Petrarca, porque el Cancionero se publicó casi cien años después de su muerte, en 1470. En los treinta últimos años del Cuatrocientos se imprimieron treinta ediciones y, aun así, no fue nada comparado con el éxito en el siglo XVI, con doscientas ediciones. Fue una obra de referencia para todos los intelectuales posteriores, entre ellos León Hebreo, Pietro Bembo y Angelo Poliziano, por no hablar de la deuda que contraen con ella Boscán y Garcilaso en España. Se crea así el movimiento llamado “petrarquismo”, cuya influencia llega hasta la actualidad y, cómo no, se establece el soneto como estrofa y como género[16].

Fueron treinta años, casi la mitad de su vida, el tiempo que necesitó el poeta para escribir todos aquellos “fragmentos insignificantes”. Estas exquisitas poesías albergan un solo tema en dos variantes: su amor en vano a Laura durante veinte años y el amor a ella tras su muerte. Podemos pensar que la obra va dirigida permanentemente a ella, y así es, porque espera de ella su reconocimiento (Suárez, 2011:29); sin embargo, desde nuestra visión, es un “monólogo autobiográfico”, un cuaderno de bitácora que recoge todos los pensamientos íntimos causados por ella o dirigidos hacia ella. En gran medida tiene lugar la llamada “lírica del vocativo”, tónica común desde entonces en los grandes poetas amorosos que siguen su estela, como Garcilaso de la Vega e incluso Pedro Salinas, pero también habla consigo mismo a través de reflexiones puras, en primera persona, o mediante el recurso del dialogismo (que no deja de ser un monólogo) al hablar con Dios o con el dios Amor. La dialéctica se renueva con Petrarca gracias a su interpretación humanística de los ars dictaminis: si los clásicos llevaban a cabo la reflexión a través del diálogo, él también; así se igualaba a ellos, o los convertía en contemporáneos. El conocimiento se basa en la dialéctica: no es posible una visión amplia de una idea si no se somete a la visión de otra persona o entidad, aunque no esté presente. En la tensión entre reflexión y emoción, o entre reflexión y belleza, se yergue el soneto con su dialéctica fundamental para el pensamiento. El soneto ‘piensa’ y ‘hace pensar’, piensa como monólogo y a la vez como diálogo: con Amor, con Fortuna, con su mente, con su alma, con su amigo Sennuccio y, por supuesto, con Laura, viva o muerta.

Todo este discurrir de pensamiento a través de las novedosas pequeñas estrofas, los sonetos y las canciones, precisaba una organización que no se correspondía con la cronológica. Cuando vio cercana su muerte, consciente de la importancia de su obra poética, primero los dictó en un nuevo orden a un amanuense, dando lugar a sus Rimas (1374)[17]. Más tarde, corregiría, añadiría o tacharía sobre esta y otras transcripciones del copista para “verter una conciencia nueva” (Suárez, 2011:30) dando unidad a una vida, la suya, como sujeto poético. Este celo en la compilación definitiva de la obra contrastaba con el anonimato del artesano medieval y se correspondía con la actitud de don Juan Manuel en España, que representa la voluntad de autor, celoso de la pervivencia de sus obras. Petrarca quería fijar sus obras para que nadie las alterase a su gusto, es decir, lo mismo que hacía como humanista con los clásicos: ofrecerlos al mundo en su forma original, sin manipulaciones. Como se puede ver, el Cancionero obedece a todo un largo proceso de creación.

            Cabe señalar un importante factor en su teoría de la composición poética, que explica en parte la calidad literaria de su obra:

            La inspiración poética como don superior

“Debéis recordar que, aunque los deleites de la poesía son muy gustosos, sólo pueden entenderlos del todo los más raros genios, que no se curan [cuidan] de la riqueza y tienen un señalado desprecio a las cosas de este mundo, y que están dotados por la naturaleza especialmente de una peculiar elevación y libertad del alma. Por tanto, en ninguna otra rama del arte puede lograr tan poco la mera diligencia y la aplicación.”

Petrarca[18]

Decía el poeta que tanto “la alegría como el dolor prohíben los discursos largos” (Petrarca, 2008:97). Parte, en primer lugar, del sentimiento, que consigue concentrar en un discurso corto. Pero, como dice Ana Suárez (2011:133), el soneto es la “estructura apropiada para refrenar el sentimiento y manifestar un equilibrio entre la expresión y el contenido”, siendo el equilibrio una seña de identidad del inminente Renacimiento. De modo que el poeta también se debe enfrentar a la expresión, esfuerzo que ha de lograr el encauzar el sentimiento para su construcción tectónica en la estructura cerrada de la estrofa, en este caso, las cuatro estrofas del soneto. Nótese la posición al respecto de Petrarca, que antepone el sentimiento o la inspiración, patrimonio de unos pocos genios, al ejercicio de versificar que, en mayor o menor medida, da sus frutos mediante la “diligencia y la aplicación”. La intuición poética de Petrarca llevaba las riendas sobre su capacidad de componer endecasílabos y heptasílabos, que debía tener interiorizada.

La intuición es la base de la creación literaria, al mismo tiempo que de su recepción como lectores. Dámaso Alonso, en el célebre prólogo a Poesía española (1971:19-33), corrige a Saussure al introducir el factor psíquico a la relación entre significante y significado: “Un “significante” (una imagen acústica) emana del hablante una carga psíquica de tipo complejo, formada generalmente por un concepto […], por súbitas querencias, por oscuras, profundas sinestesias […]: correspondientemente, ese solo “significante” moviliza innumerables vetas del entramado psíquico del oyente […]. “Significado” es esa carga compleja. […] dentro de él se pueden distinguir una serie de “significados parciales” (Alonso, 1971:22-23). Asimismo, el maestro en estilística explicaba cómo un poema formado por unidades se considera “significante” en su totalidad, con un solo “significado”. La manera de comprender esta relación múltiple, macroscópica en el poema y microscópica en cada palabra o cada sílaba, y cada una en sus múltiples vetas de conceptos, querencias, sinestesias… únicamente procede de la intuición (Alonso, 1971: 37-45).

Petrarca no solamente gozaba de plena intención como autor (forzosamente, también como lector), al crear sonetos desde ese don superior de artista, sino que además era un arquitecto de la palabra. No es casual que, de acuerdo con Crespo (Petrarca, 2008:22) el poeta depurara, glosara y pusiera en circulación a Vitruvio, “abriendo el paso a la teoría de Leon Battista Alberti y a la mejor práctica de la arquitectura renacentista”. El soneto se sostiene con elegancia y solidez como una catedral: cada cuarteto, con fuerza, belleza y sabiduría sostiene su bóveda de crucería a través de sus cuatro nervios, elevados por las columnas del pensamiento. Los tercetos, a su vez, sostienen la estructura como estilizados arbotantes. Todos estos arcos solamente se sostienen si cada piedra que los forman está perfectamente escogida y tallada: así se escogen y moldean las palabras en cada verso del soneto.

Como muestra de ello, incluimos uno de los más famosos, el Soneto CCXCII:


Los ojos de que hablé exaltadamente

los brazos, pies y rostro que no olvido,

que me habían a mí mismo dividido

y hecho desemejante de la gente;


los crespos rizos de oro reluciente

y el sonreír angélico encendido

que al mundo en paraíso ha convertido,

ahora son poco polvo que no siente.


Yo en cambio vivo, y ello me impacienta,

privado de la luz que amaba tanto,

en desarmado leño con tormenta.


Aquí concluya mi amoroso canto,

que a mi ingenio su vena no alimenta

y mi cítara entona sólo llanto[19].

 

He aquí la versión original:


Gli occhi di ch’io parlai sí caldamente,

et le braccia et le mani et i piedi e ’l viso,

che m’avean sí da me stesso diviso,

et fatto singular da l’altra gente;


le crespe chiome d’òr puro lucente

e ’l lampeggiar de l’angelico riso,

che solean fare in terra un paradiso,

poca polvere son, che nulla sente.


Et io pur vivo, onde mi doglio et sdegno,

rimaso senza ’l lume ch’amai tanto,

in gran fortuna e ’n disarmato legno.


Or sia qui fine al mio amoroso canto:

secca è la vena de l’usato ingegno,

et la cetera mia rivolta in pianto.

 

Como en la canción lírica, predominan los ritmos trocaicos, de paso cadencioso, con sensación de equilibrio. Todo ello otorga una inusitada musicalidad, tanto en su lectura en silencio como en su declamación: recordemos la doble naturaleza oral y escrita del soneto. En este caso, predomina el acento en la cuarta sílaba, con lo que se trataría de endecasílabos sáficos, uno de los favoritos de Garcilaso.

En cuanto al contenido, expresa perfectamente el tema del amor en el dolce stil nuovo, un amor sin contacto alguno, reflexivo, causa de dolor ante la ausencia de la amada (en este caso, definitiva) pero que a su vez eleva y perfecciona mediante el recuerdo de la belleza de Laura. La consciencia de que se ha ido para siempre conmueve y atormenta al poeta, cuyo dolor es único, comprensible únicamente por él, lo que nos remite de nuevo al intimismo y al individualismo en que se funda este tipo de poesía lírica.

 

Llegada del soneto a España

Si en Italia se llevaba ensayando el soneto (y otras formas en endecasílabos) desde el siglo XIII, en España hubo que esperar prácticamente hasta el siglo XV para sus primeros pasos y hasta el XVI para su madurez. El principal canal de comunicación iba a ser la corte aragonesa de Alfonso V el Magnánimo (1396-1458), que contó con Sicilia y Nápoles en sus dominios. El Reino de Aragón, por tanto, con el que tanto contacto tuvo el Marqués de Santillana, iba a ser clave para el desarrollo de la literatura castellana, tanto por el influjo provenzal como por el estilnovista.

En este contexto, influenciados por sendas escuelas poéticas, destacan dos famosos poetas valencianos, Jordi de Sant Jordi (ca. 1395-1424) y Ausías March (ca. 1397-1459). Ambos estuvieron al servicio de Alfonso V y participaron en expediciones militares en el Mediterráneo, lo que contribuyó a su mayor contacto con la cultura italiana[20] y su consiguiente experimentación con el endecasílabo. Del primero, Sant Jordi, dice Moreno Bernal (1980:296) que su breve obra poética (dieciséis poemas) “se sitúa entre la tradición provenzal y el petrarquismo, pero por encima de la adscripción a una u otra escuela está su fina sensibilidad […]” y que “supo captar en la métrica la musicalidad de la poesía petrarquista”, con el testimonio de Santillana, que lo consideraba un “músico excelente”.

De Ausías March, el otro gran referente de Santillana, se conservan ciento veintiocho poemas en lengua catalana, clasificados en dos etapas: la primera caracterizada por el predominio de temas amorosos y la segunda de tono más moralizante y confidencial. Como es natural en el soneto, se nos presenta “un análisis lúcido y desgarrado de los sentimientos contradictorios que le atormentaban”, que son la pasión amorosa y el anhelo de perfección espiritual, y así “describe sus estados de ánimo y trata de teorizar sobre ellos” (Moreno Bernal, 1980: 296-297). Dos sonetos muy famosos en esta línea son Amor, amor, y Oh, foll amor, siendo el primero traducido literalmente por Garcilaso (Amor, Amor, un hábito vestí…), en quien influyó considerablemente Ausías.

Simultáneamente, a finales del siglo XIV y principios del XV, Mícer Francisco Imperial (1372-1409), poeta de origen italiano afincado en Sevilla y almirante de la flota de Enrique III, se aventura con el endecasílabo en lengua española. Su modelo fundamental era Dante: aparte de sus sonetos de tema amoroso que se recogieron en el Cancionero de Baena, tradujo e imitó fragmentos de la Divina Comedia en la época de Juan II: Decir de los siete planetas y Decir de las siete virtudes. Imperial recreó el endecasílabo sáfico y el dactílico o de flauta gallega (acentos en 4ª y 7ª). Sin que alcanzara un gran éxito, sirvió de referente al Marqués de Santillana, Boscán y Garcilaso.

Don Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana (1388-1458), escribiría sus cuarenta y dos Sonetos fechos al itálico modo, que tuvieron mérito como primera introducción sustanciosa de los metros italianos en España, pero seguían sin adaptarse convenientemente a nuestra lengua. El Marqués, todavía muy influenciado por los dodecasílabos de la copla de arte mayor castellana, tendía a mantener en los sonetos la acentuación dactílica, cuando en italiano se utilizaba la trocaica. No obstante, sus sonetos en endecasílabos sáficos y dactílicos fueron un hito en el avance hacia la métrica italiana, pues no en vano el Marqués había tenido conocimiento de la Vita nuova de Dante y del Canzoniere de Petrarca (Campo, 2018:579).

La entrada definitiva del soneto en España[21] se debe a Juan Boscán (1487-1542), a pesar de quedar ensombrecido por el éxito de Garcilaso. A Boscán debemos el fruto de su conversación sostenida en 1526 con el embajador de Venecia Andrés Navagero en los jardines del Generalife de Granada. A raíz de esto, Boscán cuenta en su célebre carta a la duquesa de Soma[22] cómo se decidió a escribir en lengua castellana “sonetos y otras trovas usadas por los buenos autores de Italia”, animado, además por su amigo Garcilaso de la Vega[23]. La imitación de Petrarca fue “intencionada, programática” (Caravaggi, 1980:118), pero a medio camino entre lo nuevo y lo antiguo, en una zona de tránsito, al componer glosas en forma de soneto. De ahí que se le considere poeta puente entre los metros tradicionales y los renacentistas, así como también de los temas: de los erótico-corteses de los cancioneros a la visión platónica del amor (Green, 1980:122-126). No obstante, Boscán acabó sosteniendo un amor mixtus, de cuerpo y espíritu (ibíd., 126): “mas la parte inmortal nunca se vence / del manjar natural de que ella vive”.

Garcilaso de la Vega (ca. 1503-1536) lleva a su máxima expresión en lengua castellana la lírica italiana, tanto en temas como en formas: Ariosto le sirve de modelo para la octava real; la locura de amor de Albanio en la Égloga II repite el mismo motivo de Orlando furioso. De Sannazaro imita la utilización de los tercetos y de la rima encadenada y el sentimiento de la naturaleza como marco estético, lleno de paz y armonía, de las églogas I y III. El Canzoniere de Petrarca le presta las sutilezas amorosas, la actitud melancólica, la angustia del amor imposible, sin que haga falta mencionar el esquema rítmico del endecasílabo, con el predominio del acento en la sexta sílaba (Lorenzo Gradín, 1989:788) y los paradigmas del soneto, canción y estancia (Campo, 2018:590). La clave de su éxito era la mayor riqueza expresiva, el dominio del ritmo, la maestría en la imitación de los modelos italianos, entre los que destaca Petrarca. Por ejemplo, entre los cuarenta sonetos que escribió, el soneto I (“Cuando me paro a contemplar mi estado…”) revela como fuente inmediata el soneto CCXCVIII de Petrarca, “Quand’ io mi volgo in dietro a mirar gli anni” (Suárez, 2011:133). Afirma Luis Rosales (1972:28) que este soneto fue “la primera imitación afortunada de Petrarca en literatura española”. Sería el comienzo de su inmortalidad como poeta y la del soneto en lengua española.

No hay que concebir a Garcilaso como mero imitador en todos los aspectos del estilo italiano. No toda su poesía cabe en los límites del petrarquismo. Como dice Rafael Lapesa (1980:129), “Había en Petrarca un lastre medieval […] que le impulsaba a idealizar su amor presentándolo como estímulo de espiritualidad. Garcilaso rechaza por completo esta falsificación […]: nunca dirá que el amor eleva el espíritu; la mujer amada no será llamada angeletta […]. La pasión de Garcilaso es sólo y totalmente humana, y la justificación mediante subterfugios repugna a su sinceridad”.

En común con Petrarca, ineludiblemente, está el sentimiento como manantial primero de la expresión lírica, encendida desde la intuición. Este sentimiento se conforma a través de las vivencias que provocan la agitación del espíritu, sumido en contradicciones; el dolor de la aceptación de la pérdida de la amada y el ensoñamiento en el recuerdo de su hermosura. El amor, motivado por la ausencia de la amada, crece con el dolor al igual que Dafne convertida en laurel, regada con lágrimas de Apolo.



Conclusiones

El sentimiento y la reflexión se complementan en el amor igual que la forma y el contenido en el soneto. Son dos fuerzas que ponen en tensión la estructura y a la vez la sostienen. Si bien es cierto que el soneto refrena el sentimiento y manifiesta un equilibrio entre expresión y contenido, con lo visto anteriormente podemos considerar hiperbólica la afirmación de Kurt Spang (2011:102): “[…] observamos menos interiorización y menos emocionalidad en el soneto que en ningún otro género lírico”. Sin embargo, no cabe duda de que se trata del género, y a la vez forma estrófica, reflexiva por antonomasia. El soneto recuerda, en su esencia renacentista, a la imagen del hombre de Vitrubio de Leonardo da Vinci: las proporciones del cuerpo, sede de las pasiones, describen a su vez líneas y círculos que denotan su perfección. La emoción encaja en la razón. El soneto lo prueba.


® Texto registrado en el Registro Territorial de Propiedad Intelectual de la Comunidad de Madrid (España).

Bibliografía

Adam, J. M. (1992). Les textes: types et prototypes. Récit, description, argumentation, explication et dialogue. París: Nathan.

Aguiar e Silva, V. M. (1981). Teoría de la Literatura. Madrid: Gredos.

Alegre Carvajal, Esther; Monteira Arias, Inés; Perla de las Parras, Antonio (2021). Las artes en la Edad del Gótico. Madrid: Editorial Universitaria Ramón Areces.

Alighieri, Dante (2004). Obras completas. Ed. de Ángel Crespo. Barcelona: RBA.

-- (1973). Divina comedia. Barcelona: Bruguera.

Alonso, Álvaro (2008). Poesía de Cancionero. Madrid: Cátedra.

Alonso, Dámaso (1998). De los siglos oscuros al de oro. Madrid: Gredos.

-- (1971). Poesía española. Madrid: Gredos.

Blecua, J. M. (1980). “Corrientes poéticas del siglo XVI”. En Historia y crítica de la literatura española, vol. II. Siglos de Oro: Renacimiento. (pp. 114–117). Barcelona: Crítica.

Campo Abón, T. del, y Campo Tejedor, A. del. (2018). “La lírica renacentista”. En Lengua castellana y literatura. Volumen 3 (pp. 561–600). Sevilla: MAD.

Caravaggi, G. (1980). Boscán y las técnicas de transición. En Historia y crítica de la literatura española, vol. II. Siglos de Oro: Renacimiento. (pp. 117–121). Barcelona: Crítica.

De la Vega, Garcilaso (1995). Poesías completas. Introducción de Germán Bleiberg. Madrid: Alianza.

De la Villa, Rocío (ed.) (1986): Marsilio Ficino, De amore. Comentario a «El Banquete» de Platón, Madrid: Tecnos.

De Micheli, Alfredo (2007), “Acerca de la influencia petrarquista en España y en la naciente poesía novohispana”, Literatura mexicana, XVIII, 1, págs. 109-116.

Díez Borque, José María (1980). Comentario de textos literarios. Madrid: Playor.

Estébanez Calderón, Demetrio (1996). Diccionario de términos literarios. Madrid: Alianza.

Fernández Nieto, M. (1980). Lírica renacentista. En Historia de la literatura española e hispanoamericana, vol. II (pp. 47–69). Madrid: Orgaz.

Frenk, Margit (2008). Lírica española de tipo popular. Madrid: Cátedra.

Gelman, Juan (1991) “Cuatro sonetos de Guido Cavalcanti (Versiones y libertades)”, Revista de literatura hispánica: No. 34, Artículo 24, pp. 252-253.

Green, Otis H. (1980). “Amor cortés y visión platónica en la poesía de Boscán”. En Historia y crítica de la literatura española, vol. II. Siglos de Oro: Renacimiento. (pp. 122–126). Barcelona: Crítica.

Hebreo, León (1986). Diálogos de amor. Introducción de Andrés Soria Olmedo. Madrid: Tecnos.

Ladero quesada, Manuel F., López Pita, Paulina (2009). Introducción a la historia del occidente medieval. Madrid: Centro de estudios Ramón Areces.

Lapesa, Rafael (1980). “La trayectoria poética de Garcilaso”. En Historia y crítica de la literatura española, vol. II. Siglos de Oro: Renacimiento. (pp. 127–131). Barcelona: Crítica.

Lázaro Carreter, F. (1980). “Imitación y originalidad en la poética renacentista”. En Historia y crítica de la literatura española, vol. II. Siglos de Oro: Renacimiento. (pp. 91–97). Barcelona: Crítica.

Lizano, Jesús (1967). El libro de los sonetos. Barcelona: Ediciones Marte.

Llovet, Jordi (1995) (ed.). Lecciones de literatura universal. Madrid: Cátedra.

López Bueno, B., y Reyes Cano, R. (1980). “Garcilaso de la Vega y la poesía en tiempos de Carlos V”. En Historia y crítica de la literatura española, vol. II. Siglos de Oro: Renacimiento. (pp. 98–113). Barcelona: Crítica.

Lorenzo Gradín, Pilar (1989). “El soneto o el devenir de una nueva estética: de Santillana a Garcilaso”, Estudios Románicos, 5, págs. 784-796.

Madrid Cobos, E. (2017). “El género lírico y el cerebro humano”. Recuperado de https://revista.poemame.com/2017/12/14/el-genero-lirico-y-el-cerebro-humano/

Manero Sorolla, María del Pilar (1996). “Petrarquismo y emblemática”, en Literatura emblemática hispánica : actas del I Simposio Internacional, Sagrario López Poza (ed. lit.).

--(1990). Imágenes petrarquistas en la lírica española del Renacimiento. Repertorio. Barcelona: PPU.

 --(1987). Introducción al estudio del petrarquismo en España. Barcelona: PPU.

March, Ausías (1979). Obra poética completa, vol. I. (R. Ferreres, Ed.). Valencia: Castalia.

Menéndez Peláez, J., y Arellano Ayuso, I. (1993). Historia de la literatura española. Vol. II. Renacimiento y Barroco. León: Everest.

Molinas, César (2013). Qué hacer con España. Barcelona: Destino.

Moreno Bernal, Jesús (1980). “Literatura catalana antigua”. En Historia de la literatura española e hispanoamericana, vol. I (pp. 277–300). Madrid: Orgaz.

Novati, F. (1881). “Poeti veneti del trecento”, Archivio storico per Trieste, l'Istria e il Trentino, I, 1881, 2, pp. 130–141.

Palacios Fernández, Emilio (1979). Historia de la literatura española, Tomo II. Madrid: Orgaz.

Petrarca, Francesco (2008). Cancionero. Ed. de Ángel Crespo. Madrid: Alianza.

Quilis, Antonio (1991). Métrica española. Barcelona: Ariel.

Riquer, I. de. (1995). “La lírica medieval”. En J. Llovet (Ed.), Lecciones de literatura universal (pp. 41–52). Madrid: Cátedra.

Rosales, Luis (1972). Lírica española. Madrid: Editora Nacional.

Spang, Kurt (2011). Géneros literarios. Madrid: Síntesis.

Spitzer, Leo (1941), “El conceptismo interior de Pedro Salinas”, Revista Hispánica Moderna, tomo 7, 1/1/1941, NY, Columbia University Hispanic Institute, pp. 33-70.

Suárez Miramón, Ana (2011). Literatura, arte y pensamiento. Madrid: Centro de estudios Ramón Areces.

Torres Salinas, Ginés (2019), “Sobre el canon de la belleza petrarquista y la luz en la filosofía neoplatónica”, Revista de Filología (Universidad de La Laguna), 39, págs. 307-328.

Valverde, José María (1984). Movimientos literarios. Barcelona: Salvat.



[1] Siendo estrictamente académicos, deberíamos referirnos a “secuencias de base” o tipologías textuales dentro de la categorización de J. M. Adam (1992): narración, descripción, explicación o exposición, argumentación y diálogo. Aquí identificamos “reflexión” con ‘argumentación’.

[2] Incluso favoreciendo la dialogización, probablemente originada en los coros de la antigua Grecia. En la Edad Media, época floreciente de la lírica, en las jarchas y cantigas de amigo solía darse el diálogo entre una muchacha y su madre.

[3] No raras veces cae en el egocentrismo y sus manifestaciones autolesivas patológicas, como en el conocido poema de Cesare Pavese “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.

[4] Nos referimos al individualismo como movimiento filosófico en un sentido positivo, como progreso de la Humanidad a través del pensamiento crítico e independiente de cada individuo. No se debe interpretar, en este trabajo, “individualismo” como ‘egoísmo, insociabilidad, misantropía’.

[5] Siempre “al servicio de la vida cristiana, tal y como reconoce el propio Juan de Mena” (Alonso, 2008:13).

[6] Dice José María Valverde (1984:14): “El tema amoroso sigue siendo central, como para los trovadores, pero sufre un cambio decisivo: la “señora” se eleva y se idealiza, hasta volverse una figura casi abstracta y simbólica, tal vez inexistente en la realidad -en todo caso, añorada sin esperanza, porque ha desdeñado al poeta para casarse con otro, o, más típicamente, porque ha muerto”.

[7] El neoplatonismo, en el que se ampara la lírica petrarquista, no es tanto filosofía platónica como de otros autores, sobre todo Plotino, canalizado por el cristianismo. La mencionada trascendencia de lo físico para alcanzar las ideas en el amor se relaciona con el diálogo de Platón "El banquete" (De la Villa, 1986). Sin embargo, gran parte de los pensadores medievales se encontraron en completa ignorancia respecto a las obras de Platón, que llegaron a Occidente mediante los eruditos bizantinos huidos de Constantinopla. Debido a esta ignorancia, la mayor parte del corpus platónico estaba filtrado y reinterpretado por la doctrina neoplatónica de Plotino, que introduce, por ejemplo, el significado divino de la luz (Alegre et al, 2021:73; Torres Salinas, 2019). Dicha doctrina se presenta más bien como una religión salvífica (función anagogíca, ibid., 2021:73) con elementos sincréticos de la filosofía griega, ensombrecidos por la imperante doctrina cristiana: “Dios es amor, amorosa unidad de amado, amante y amor” (Hebreo, L., intr. de Soria Olmedo, 1986:XXXVII).

[8] Interpretamos la canción aquí, al atribuirle el carácter oral y público, como género puramente medieval. El mismo nombre de “canción” se le da a la composición íntima a partir del dolce stil nuovo, siendo esta última más conocida. De ahí que Spang (2011:71) insista en el tono intimista e individualista de la canción, refiriéndose a la petrarquista.

[9] Dice D. Alonso del endecasílabo (1998:176): “¿Quién le dio la magia proteica de ser siempre uno y siempre vario, nuevo y cambiante en cesuras y libres cuasihemistiquios, concertado a las siete sílabas o las cinco, lánguida criatura ondulante, en sí mismo valle y colina?” La desigualdad de los hemistiquios aligera la cesura.

[10] Véase Britannica, T. Editors of Encyclopaedia (2018, March 6). “Giacomo Da Lentini. Encyclopedia Britannica.” https://www.britannica.com/biography/Giacomo-da-Lentini. También Treccani.it (s. f.). “Iacopo da Lentini, di Mario Marti, Enciclopedia Dantesca (1970)”. https://www.treccani.it/enciclopedia/iacopo-da-lentini_%28Enciclopedia-Dantesca%29/

[11] Traducción de Juan Gelman (1991:252).

[12] Véase el soneto que dirige Cavalcanti a Dante “Al día voy mil veces a tu lado”, en la traducción de Crespo (Dante, 2004:64).

[13] Traducción de Ángel Crespo (Dante, 2004:58-59).

[14] Aunque empezó la carrera de derecho, la abandonó porque consideraba indecente la abogacía: “arte/que frases vende y miente sin cuidado” (Cancionero, rima CCCLX; Crespo, 2008:640).

[15] Petrarca mantenía un auténtico fervor hacia la cultura humanística, sobre todo la parte que recupera la antigüedad grecolatina, como sostiene Manero Sorolla (1996:179).

[16] Suele estar en discusión la consideración del soneto como género además de como estrofa. En este trabajo, en deferencia a Kurt Spang (2011) y por la naturaleza tan particular de la estrofa, le atribuimos la concepción de género.

[17] El manuscrito original de las Rimas se conserva en códice Vaticano Latino 3195.

[18] Valverde, 1984:14.

[19] Traducción de Ángel Crespo (Petrarca, 2008:550). Es también muy conocida, aunque menos precisa, la de Alejandro Araoz Fraser: Sus ojos que canté amorosamente, / su cuerpo hermoso que adoré constante, / y que vivir me hiciera tan distante / de mí mismo, y huyendo de la gente, / su cabellera de oro reluciente, / la risa de su angélico semblante / que hizo la tierra al cielo semejante, / ¡poco polvo son ya que nada siente! / ¡Y sin embargo vivo todavía! / A ciegas, sin la lumbre que amé tanto, / surca mi nave la extensión vacía… / Aquí termine mi amoroso canto: / seca la fuente está de mi alegría, / mi lira yace convertida en llanto.

[20] Para una completa visión de la entrada del petrarquismo en España, léase Manero Sorolla, María del Pilar (1987), Introducción al estudio del petrarquismo en España, Barcelona, PPU, y, de la misma autora (1990), Imágenes petrarquistas en la lírica española del Renacimiento. Repertorio, Barcelona, PPU.

[21] Respecto a la irradiación del soneto en la poesía novohispana, véase De Micheli, Alfredo (2007), “Acerca de la influencia petrarquista en España y en la naciente poesía novohispana”, Literatura mexicana, XVIII, 1, págs. 109-116.

[22] Véase Quilis (1991: 67-68).

[23] En cuanto a cómo conoció Garcilaso a Boscán, véase Bleiberg, Germán (1995:II), introducción a Vega, Garcilaso de la (1995), Poesías completas, Madrid: Alianza.

miércoles, 7 de abril de 2021

Qué significa ver níscalos

Hay algo mágico en el acto de coger níscalos. Para quien no los conozca por ese nombre, en muchas regiones se llaman robellones. Para que no quepa duda, se trata del hongo o seta lactarius deliciosus, una maravilla para el paladar, tradicional en nuestra cocina española en otoño, donde la forma favorita en mi familia suele ser a la plancha con un poco de sal, nada más. Pero, para mí y para muchos, el disfrute no está sólo en comerlos, sino en cogerlos. 

Es una tradición en mi familia ir todos los años a los dos o tres sitios que conocemos. El año del confinamiento autonómico fue un poco más difícil, por la limitación de lugares, pero algo se pudo hacer dentro de Madrid. Me estoy refiriendo al mes de noviembre de 2020, porque siempre es en noviembre, como menciona la canción de Sabina Más de cien mentiras: "setas en noviembre, fiebre en primavera...". El estribillo de esa canción es brutal:  

Más de cien palabras, más de cien motivos

para no cortarse de un tajo las venas.

Más de cien pupilas donde vernos vivos,

más de cien mentiras

que valen la pena.

Esa bella tradición de ir a por setas es una de esas cien mentiras para vivir, una de esas mentiras que valen la pena. Es una tradición con todo el peso de la palabra, porque no es solamente nuestra, sino popular, milenaria, mandada por la naturaleza, como la siembra, la labranza, la siega, la matanza y todo lo que iba ordenado por el perfecto reloj cósmico de los trabajos y los días, que ya decía Hesíodo. Mientras no cambie muy radicalmente el clima, habrá setas en noviembre o diciembre.

Sin embargo, estoy escribiendo esto en noviembre de 2021, un año después, porque no llegué a consolidar en su día la reflexión que tenía en mente. Este mes de octubre que ha pasado, tan caluroso que parecía una primavera, viene al caso un poema de Pedro Salinas que anoté para hablar de níscalos y quizá algo más. Menciona el mes de mayo, el mes resplandeciente de vida y juventud, primaveral por antonomasia, el que quizá tenga más de visual, por su luz y colorido, para entrar por los ojos. Tanto la primavera como el otoño son etapas de belleza en las que se ofrecen colores extraordinarios.

El tema que vengo a citar aquí es el de las imágenes que se nos quedan grabadas, lo que se ve con los ojos cerrados. Son dos mundos, el interior y el exterior, diferentes pero complementarios. He aquí el poema:

    "Vocación", Pedro Salinas (1929).

Abrir los ojos. Y ver

sin falta ni sobra, a colmo

en la luz clara del día

perfecto el mundo, completo.

Secretas medidas rigen

gracias sueltas, abandonos

fingidos, la nube aquella,

el pájaro volador,

la fuente, el tiemblo del chopo.

Está bien, mayo, sazón.

Todo en el fiel. Pero yo...

Tú, de sobra. A mirar,

y nada más que a mirar

la belleza rematada

que ya no te necesita.


Cerrar los ojos. Y ver

incompleto, tembloroso,

de será o de no será,

—masas torpes, planos sordos—

sin luz, sin gracia, sin orden

un mundo sin acabar,

necesitado, llamándome

a mí, o a ti, o a cualquiera

que ponga lo que le falta,

que le dé la perfección.

En aquella tarde clara,

en aquel mundo sin tacha,

escogí:

            el otro.

Cerré los ojos.


***

En la segunda mitad del poema está la clave: cerrar los ojos y completar lo que se ha visto con algo más.

***

En el mundo real, hace un año, mi padre, mi hermano y yo bajábamos del coche una fría mañana. Habíamos madrugado. Nos calzábamos las botas sentados en el maletero abierto del coche. Provistos de cestas de mimbre, partíamos en busca de nuestro apreciado botín, mirando ya entre las jaras cerca de donde habíamos aparcado por si acaso hubiera. 

A mí me gusta vestirme con un viejo pantalón de pana marrón que tengo desde tiempo inmemorial. Creo, incluso, que no es mío, sino que me lo dieron, por lo que debe ser de una generación anterior. La camisa que me ponga debe ser a cuadros y, encima, una sudadera o un jersey que no esté nuevo, sino un poco gastado. La cesta en una mano y la navaja en el bolsillo. Una pequeña mochila con el termo con café y unos bocadillos tampoco puede faltar.

El aire fresco y purísimo del pinar por la mañana es ya de por sí un objetivo cumplido de la excursión. Siempre es triste volverse sin encontrar ni un níscalo, pero estar en un entorno con tan espléndida manifestación de la naturaleza, aunque no sea ningún reconocido lugar turístico, ya vale la pena.


Nos vamos separando para ir peinando el terreno, sin perdernos de vista, pero siempre ocurre que nos dejamos de ver y hay que llamarse a voces. Suele ocurrir que no hay cobertura con el móvil, cosa que tiene su belleza, porque así pasaba hace treinta años cuando no había móviles y había que recurrir a gritos o silbatos.

Alguien suelta una exclamación de júbilo. Esa vez fue mi hermano:

-¡He encontrado uno!

Y suele darse el caso de que no es uno solo, porque en los alrededores hay algunos más. La imagen del primer o los primeros níscalos, semiocultos entre la hojarasca o las pardas acículas de los pinos, semienterrados, es providencial. Es la manifestación de lo divino escondido, el Deus absconditus, lo divino de difícil acceso para los seres humanos. Por eso es tan increíblemente valioso verlo, al menos para quienes sabemos valorar el grato hallazgo de este obsequio de la naturaleza, que surge solo, sin intervención humana (o a pesar de ésta), de formas, textura, olor y sabor maravillosos y que, insisto, no hay manera de cultivar en invernaderos. Todo lo bueno y bello que surge por sí solo tiene infinito valor, es un superviviente a la plaga humana y a las luchas de la propia naturaleza. Es un don, es un tesoro, es un regalo que debería colmarnos de felicidad.


En estos tiempos, con los móviles, es difícil contenerse de hacerles fotos. Parece que en cierto modo se los desvirtúa al fotografiarlos, como si se les robase el alma. Pero no, porque también es una manera de conservar el recuerdo, aunque se sepa que una foto no tiene nada que ver con el instante vivido en un bosque por la mañana.

A continuación, enumeraré una serie de fotografías que hice el año pasado de algunos bellos ejemplares de lactarius deliciosus que fuimos encontrando. Son de distintos días y de dos lugares diferentes. Se nota por las hojas secas de roble que hay en algunos, frente a otros donde hay más hojas de pino, musgo y briznas de hierba.










Este que ha nacido junto a un retoño de acebo es una preciosidad. Era, además, un níscalo perfecto.


En cada foto hay un mundo por observar, un infinito microcosmos: las hierbas variadas, el liquen, el musgo, las hojas de pino, trocitos de corteza, una o más piedras, palitos, etc.



Este está abrigado de tierno y mullido musgo, en su propio paraíso. En otro lugar ya debí decir que el musgo es la sinestesia de la vegetación. El musgo es el verde que se toca con verlo, porque su verde tan vivo, piloso, fresco y húmedo está tan bien conservado en nuestros recuerdos que la sensación nace inconscientemente al mirarlo.




En la foto sobre estas líneas, se aprecia la grata constelación de níscalos que tanto alegra encontrar. Ahí había por lo menos cuatro. Cuando eso ocurre, se acuclilla uno y los va cortando cuidadosamente con la navaja, con plena felicidad, acomodándolos en la cesta, con las láminas hacia abajo. La navaja queda manchada de jugo naranja. A continuación, se tapan los agujeros que han quedado en la hojarasca para proteger el micelio, los finos hilillos blancos en la tierra, que son realmente el hongo, pues la seta es lo que forma para reproducirse.




A veces, uno encuentra setas que no son níscalos ni nada que estemos buscando, pero que también son espléndidamente bellas. En la imagen superior puede verse una lepiota, que también es comestible, aunque, como es bien sabido, con las setas hay que ser prudente. Está bien dejarlas, si no se está completamente seguro, para que pueda reproducirse o para que las coja el que sepa.



Ahora es cuando procede explicar lo mágico de esta experiencia. No solamente me ocurre a mí, sino también a mi hermano. Se trata de que, tras la estupenda mañana de recolecta, al cerrar los ojos a uno se le aparecen automáticamente níscalos. No debe ser para tanto, es sin duda algo natural, pues al haber estado atentos para verlos y además haber incitado alguna emoción con ello, se nos graban y se nos aparecen en la memoria más inmediata.

O quizá sí que hay algo más y lo que significa ver níscalos es todo un regalo de los procesos inconscientes de la psique, nacidos sin cultivar, como lo que brota por sí solo en la naturaleza. Ver níscalos con los ojos cerrados, cada vez uno diferente, sin ni siquiera pretender recordarlos, es una imagen de conexión con una especie de vivacidad que hay en todo, manifestada a través de un bien comestible tan misterioso como ancestral. Los mismos humanos de edades remotísimas, o incluso no humanos, nómadas guarecidos en oquedades de la roca o profundas grutas, o también los ganaderos ya asentados en rústicas chozas, transitarían por los bosques en otoño buscando las mismas setas u otras parecidas, igual de sorprendidos de que ese extraño producto de la tierra no sea ni una planta ni un animal, ni haya manera de criarlos por la mano del hombre. Estos hombres y mujeres irían con sus hijos, igual que miles de años después, llamándose ilusionados con el primer níscalo que encontrasen o al encontrar una constelación de ellos. E, igualmente, cerrarían los ojos y seguirían viéndolos, como lo hicieron todas las personas de las generaciones anteriores y lo harán las de las venideras, si sobrevive Gaia a los excesos humanos, si no mueren los fantásticos hongos que habitan el oscuro humus de los bosques.

Ver níscalos es ver lo imperecedero como si estuviéramos en un nódulo de espacio, tiempo y mente del tiempo, de todo lo consciente a lo largo del tiempo, de lo que vieron todos aquellos que hicieron lo mismo, un mito o rito del eterno retorno. Por eso aparecen con tanta viveza. Por eso se dibujan en la imaginación níscalos que ni siquiera hemos visto: son los que vieron otros. Lo que queda de todos aquellos que vieron lo auténtico es precisamente eso: lo que vieron. Eso queda por ver y hacer aquello para lo que estamos hechos, que es convivir con la naturaleza y aprovecharla con comedimiento. Es posible que incluso esas imágenes sean tan vivas porque de algún modo la naturaleza participa en ellas, como si nos viese también en esos momentos.

Espero revivir todo esto este mes de noviembre, una vez más.

***

Notas para mí: 

- Volver a tener presente el Noli foras ire, in te ipsum redi. In interiore hominem habitat veritas

- Meditación por visualización.

- Contraste entre el mundo interior, a través de la idealización, y el exterior, pudiendo apreciar los dos.

- Relacionar la viveza de la idealización con una posible vivacidad de actitud ante las cosas: ¿qué es más importante para vivir, lo de fuera o lo de dentro? Pedro Salinas vivía a través de la idealización de la amada.




lunes, 5 de abril de 2021

Recuerdos de Moratalaz

 


Me preguntaba si a este pequeño texto de nostálgica distracción iba a llamarlo "memorias" o "recuerdos". Me decanté por lo segundo. Las memorias son algo más extenso y sistemático, con gran voluntad y empeño para hacerlas, mientras que los recuerdos parecen algo más difuso. Además, las memorias, como el nombre indica, deben ser una muestra de memoria, cuando a mí lo que me caracteriza es el olvido.

Tengo un símil en mi mundo interior que se me pone de manifiesto cuando las cosas no me van muy bien. Comparo el control que tengo sobre ciertas cosas con la extensión de un gran reino o imperio, que en cierto momento sufre una invasión o se está desmoronando. Cuando era más joven, ese gran territorio por el que campaban mis tropas se componía de otros reinos bajo mi control: Iberia, la universidad, los amigos... Cuando me iba mal en la universidad, me refugiaba en Iberia; cuando me iba mal en Iberia, me salvaba la universidad, hasta que reuniera fuerzas para retomar el trabajo en Iberia, y así, en una lucha constante. También estaban los grandes amigos, también alguna buena pareja. A veces, llevaba el símil al mar y lo que tenía era una flota, cuyas potentes naves eran esas mismas cosas.

Tanto en el reino como en la flota había una capital del reino y un buque insignia: mi origen, Moratalaz, donde siempre ha estado mi casa y mi familia. Era el último bastión siempre. La cuna de mi civilización, como Göttland para los godos, como Jerusalén para la Cristiandad, como Roma para Occidente, como la Rus de Kíev para Imperio Ruso o como Burgos para Castilla y para todo el mundo hispánico. Esa capital de mi vida es y ha sido siempre el lugar donde me he recuperado de los males, donde he encontrado paz o, al menos, donde los problemas quedan por un momento alejados, al darme cuenta de dónde estoy, en mi auténtica casa, acompañado y atendido inmejorablemente por mis padres -y mi hermano cuando está-. Las plantas siempre están sanas, gracias a mi madre. El canario, que afortunadamente sigue vivo a día de hoy, pía contento y come cuando nos ve comer. El aire está más limpio allí, con la mayor altura que tiene Moratalaz respecto a otros barrios, aumentada por la altura del piso en la soberbia torre, situada entre otras casas más bajas y antiguas, bellas, testimonio de otra época muy diferente...

La vista desde mi habitación (primera foto), desde donde veía el atardecer de joven, la sierra a lo lejos y, de noche, Venus y la luna (nunca bajaba la persiana), era un auténtico privilegio que no sabía valorar. Creía que vivir allí, los veintitantos años que viví, no era gran cosa. Pero sí que lo era. No es fácil tener una vista despejada desde la ventana. Rara vez se ve la sierra en otras casas; de hecho no la he visto desde ningún otro piso de Madrid que he visitado. Eso, me parece, me ha hecho de cierta manera, con esta insaciable búsqueda de expansión o espacio que nunca logro complacer, por una parte; mientras que, por otra, mis pensamientos han volado sin obstáculos como las golondrinas de la tarde. No es fácil pensar con claridad con un muro de hormigón gris delante, como el que tengo ahora en mi casa.

No puedo dejar de mirar ese paisaje, que mi padre desprecia, pero que a mí me parece tan viejo y tan noble como una ciudad medieval. Llevo la vista por los tejados, por las ventanas de las que cuelgan sábanas y ropa tendida, por los portales, por los pequeños espacios de tierra con hierba silvestre y cruzados de caminos, caminos que yo cruzaba y que siguen ahí. En una torre justo enfrente, más lejos, junto a la "plaza del 20" (el autobús), donde estuvo mi primer colegio, el Menéndez Pidal, vivía un profesor particular que tuve y que fue además un amigo. Una vez jugamos a enviarnos señales de luz, ya que desde su habitación se veía la mía. En otra torre, a la derecha, blanca, vivió un breve espacio de tiempo una chica del instituto que me gustaba. A la derecha, cruzando más allá, pasando ante el mercado (hoy casi no se presta atención a las galerías comerciales de los barrios), estaba la casa de Álex, mi amigo guitarrista, donde de jóvenes grabábamos música con medios precarios pero por eso mismo épicos. Mucho más abajo, más allá de Pavones, del "Champion" (hoy es un Carrefour Express, en la Plaza del Encuentro), bajando Vinateros, ya cerca del instituto al que fui, el Mariana Pineda, estaba la casa de Pepe, mi amigo de aventuras, viajes y muchas peripecias. 

Todo eso no lo pienso cuando estoy allí, pero parece que hubiera unas vibraciones invisibles que me hacen sentirme vivo por el hecho de estar allí. Mis padres están, y están juntos, y sanos, que es un lujo que menos gente de lo que parece tiene, y ponen gambas al ajillo de aperitivo los domingos, y sigue ahí mi cama, mi vieja cama con el colchón duro que me encanta, desde donde veo el cielo allí tumbado. Ver el cielo desde un piso de Madrid es un lujo, pero debería ser un derecho, porque da la vida. Toda persona debería poder ver el cielo desde su casa.

Por todo ello, tiene razón Álex cuando identifica Moratalaz con Rivendel, la antigua y segura ciudad de El Señor de los Anillos donde moran grandes reyes elfos y humanos, que guardan el orden y la historia de tiempos mejores, y donde los viajeros pueden descansar y recuperarse. 

Hoy, lunes 5 de abril de 2021, he dedicado un momento a visitar un lugar muy importante para mí. La idea ha surgido de improviso, mientras caminaba hacia el metro y veía, con suma tristeza, que muchas de esas casas bajas de ladrillo de cuatro o cinco pisos, con sus característicos portales avanzados o salientes, como vi hace poco estudiando los templos fenicios, están cambiando radicalmente de aspecto con la construcción de ascensores. El portal desaparece y se adosa a toda la fachada un horrible torreón que contiene el ascensor, que desentona con todo, aunque sea muy práctico. Además, no hay homogeneidad y cada casa lo pone de un estilo y materiales, con lo que el barrio queda feo y caótico.

Por eso, he ido, tras muchos años sin verla, a la antigua casa de mi bisabuela. Aunque han cerrado la terraza con barrotes blancos, he resoplado de alivio al ver que todavía no han construido el ascensor. La fachada está casi como estaba hace casi cuarenta años.



Era el bajo B. Allí tuve mi primer accidente, un infortunio del que no hay que culpar a nadie. Había un tramo de escaleras y el rellano de las dos puertas, el A y el B. Allí estaba yo en un carrito de bebé. La abuela Lola estaba abriendo la puerta mientras que el carro se movía ligeramente... y cayó y rodó por las escaleras. Creo que me pegué un golpe con el suelo en la boca y desde entonces tengo mucho morro.

La casa de la abuela era estupenda. Había siempre galletas y bizcochos, que era a lo que se limitaba el mundo de la repostería industrial de entonces, al igual que sólo había dos canales de televisión. En unos muebles del salón, alguna vez, había algo delicioso, unas pastas con almendras o con piñones que la abuela llamaba "perrunillas", que tal vez no se llamen así. La vajilla era de Duralex, de un vidrio marrón anaranjado, mientras que la de la casa de mis padres era verde. En esas tazas de cristal tomábamos siempre leche o infusiones con galletas. Así, a muy temprana edad, descubrí una infusión que tomaba la abuela, que no era poleo ni manzanilla, sino algo que olía bien y tenía un fabuloso color rojo, que redescubrí muchos años después en un viaje a Irlanda: el té.

Las tazas había que ponerlas en el borde de madera de la mesa de cristal. Era de contornos muy sinuosos, muy clásica, quizá poco práctica, pero me encantaba. Todo lo que había en el salón era de gruesa madera con caprichosas formas de curvas y volutas. Hasta la mesita del teléfono, clásico teléfono con dial, de baquelita verde o amarillenta, que era un lugar muy importante, creo recordar que también tenía esas formas. La tele también era esencial, porque allí veíamos, aparte de Barrio Sésamo, dibujos y otras cosas para mí, los toros (la abuela era una experta), El Precio Justo y Falcon Crest. A mí la serie no me llamaba demasiado la atención, pero El Precio Justo me gustaba, con su presentador Joaquín Prats citando a algún concursante con su característico "¡Aaaa jugaaaar!".

Todo ello se acompañaba con el juego predilecto que teníamos la abuela Lola y yo: el tute. Tenía una baraja de cartas cuyo reverso era de finas líneas grises, creo que de una caja de ahorros, con la particularidad de que media baraja debió mojarse y por eso muchas cartas estaban amarillentas. Algunas cartas las conocía por eso. Tiempo después, siendo yo adolescente, cuando murió la abuela y familiares no muy cercanos estaban vaciando la casa, fue eso lo que cogí, lo único, del cajón del mueble de la entrada: la baraja de cartas. Muchos más años después la tiraron mis padres sin ser conscientes del valor que tenía para mí.

Me entusiasmaba jugar al tute con la abuela, tal vez porque se dejaba ganar casi siempre. Cuando echaba una carta que yo me iba a llevar, solía decir: "ese as va a pasar mala noche". Pero a veces ganaba ella, y a mí no me molestaba, pues era lo justo y yo debía aprender a jugar con un buen contrincante.

Lo que se veía a un lado y a otro de la casa, en esa pequeña callejuela sin salida, era lo siguiente:


Ese edificio redondo del fondo era un colegio, una construcción gemela del colegio al que fui y que estaba un poco más lejos, el Colegio Público Menéndez Pidal, hoy una guardería. El de la foto creo que también lo es ahora. En otro momento debo hablar de ese primer colegio mío.




En la otra dirección, aunque no se vea, hay un parque grande y conocido. Es donde me paseaban en el carro. Recuerdo, aunque parezca increíble, el ruido de la tierra bajo las ruedas, ese cr-cr-crrrr de las chinas de tierra siendo desplazadas por las ruedas de goma o plástico. Allí también aprendí a montar en bici, tiempo después. Primero con "ruedines", luego sin ellos. Los ruedines creo que nos los había prestado Pepi, la madre de Pedro, un amigo del colegio de mi hermano.




Esta otra foto con la zona infantil es actualmente el parque que hay detrás de la casa. Nada que ver con cómo era antes. No había nada verde, sino que era de tierra, completamente despejado. Allí se erguían los clásicos columpios de hierro pintados de amarillo, cuya pintura siempre estaba bastante desconchada. Había un balancín, un tobogán, una torre cuadrada cuya cumbre era más estrecha, con dos asas, una media luna y lo principal: el típico columpio con dos neumáticos colgados de cadenas. Allí pasábamos muchas horas mi primo Mario y yo.

Mi primo Mario, a esa prehistórica edad de los cinco, seis o siete años, era uno de mis mejores amigos. Era un año y medio, más o menos, más joven que yo, pero estábamos muy a la par en todo porque yo me desarrollaba más despacio. Era él quien me enseñaba muchas cosas. Además, yo estaba muy flaco y flojucho, mientras que él solía estar más fuerte y vigoroso. Pero éramos dos niños, en general, bastante vulnerables, típicos de barrio de los ochenta, morenos, seguramente no muy bien vestidos (en aquella época no importaba) con chándal, bermudas, etc. Daba igual la imagen pública porque no nos teníamos que vender a nadie. Lo que importaba era jugar, jugar nosotros, con nuestra infatigable imaginación, ya que imaginábamos historias heroicas que recreábamos de alguna manera. En su casa, en Fuenlabrada, con los Playmobil (que entonces llamábamos "los clics") hacíamos historias dignas de películas de Hollywood. Pero en casa de la abuela, aparte del tute (también podíamos jugar, o él con ella cuando no estaba yo), teníamos el parque.

Cuántas horas pasábamos allí sin aburrirnos, con esos pocos aparatos de pesado hierro amarillo. El tobogán valía para un rato. A mí me daba respeto y no sabía si sujetarme a los pasamanos laterales o no, y cómo poner las piernas para no hacerme quemaduras con el rozamiento llevando pantalones cortos. Mi primo siempre era más atrevido. Creo que alguna vez se tiraba de cabeza o alguna audacia similar.

En la torre y la media luna no estábamos mucho. Aparte de trepar, no había mucho que hacer ahí. Además, no sé si nos prohibían lo de la torre, porque sí que era una altura considerable para romperse la crisma si nos caíamos. En la media luna, lo interesante era intentar recorrerla por debajo colgado como un mono o una araña (o mono araña) hasta llegar venciendo las fuerzas de la gravedad, boca abajo, al otro extremo. Como había que arquearse mucho y demostrar gracilidad, creo recordar que eso le gustaba a alguna chica.

Donde más estábamos era en el columpio propiamente dicho y en el balancín. Primero hablaré del balancín. Era, como todo lo demás, de hierro, pero con los dos asientos de madera, también vieja y pintada de amarillo, desgastada y rota, de la que a veces se podían arrancar astillas. El maneral del que había que agarrarse era una sencilla T. Siempre había un lado mejor que el otro porque uno estaba más hundido que otro. Bajo el pisón o hierro torcido que hacía de pata de cada lado, se formaba un agujero por las sucesivas veces que aterrizaba con fuerza el balancín. Nosotros aprovechábamos a explorar la dinámica de fuerzas y la resistencia de materiales colocando alguna lata debajo de la pata, para bascular y caer con fuerza aporreándola y chafándola. Todo ello nos hacía aprender también sobre la ley de la palanca porque uno pesaba más que otro. Yo siempre pesaba menos, así que había que tener cuidado. Una vez estaba el hermano de Mario, mayor y más grande entonces, el "Pedrito", que era siempre muy atento y muy gracioso con nosotros. A mí me atraía jugar con Pedrito (años después perdió el diminutivo) porque era más travieso o transgresor. Pero esa vez fui víctima de una travesura suya, porque, no sé por qué, se ofreció con mucho entusiasmo a montar conmigo en el balancín, cuando la diferencia de peso entre él y yo era abrumadora. Y, claro, de eso se trataba: bajó su lado con un gran empellón y yo habría volado de no ser porque me agarré fuerte a la T del manillar. Se me soltó una mano pero no la otra, de manera que di una voltereta en el aire sin soltarme, o casi, porque sí que di un trastazo contra el suelo. No sabía si enfadarme, porque no tenía tanta confianza con Pedrito, ni si llorar, porque le oía reír tan fuerte y tan alegre que no procedía. Así que ahí se quedó la cosa.

En el columpio, y ya no me extiendo mucho más con esto, el primo Mario y yo solíamos tener un problema. Siempre había mayores que hacían actos vandálicos para fastidiar a los niños (por cierto, entre los peligros de los mayores, estaban las célebres jeringuillas de los drogadictos tiradas por el suelo, de las que nos habían enseñado a mantener la distancia) y uno de esos problemas era que colgaban las ruedas de asiento del columpio de los vértices del puente. Si encuentro un momento, hago un dibujo para aclarar esto. El caso era que no nos podíamos columpiar cuando colgaban ahí arriba las ruedas. Pero Mario era intrépido y aprendió a trepar por las gruesas barras amarillas y dar un empujón al pesado neumático para que cayese.

Nuestro juego favorito, y peligroso, era competir a saltar desde el columpio. Basculábamos a ver quién llegaba más alto, pero eso no era suficiente, y jugábamos a tirarnos del columpio en el punto más alto de la oscilación. Era como volar por un momento. El suelo estaba duro, las chinas de la arena se clavaban en la carne, pero valía la pena. Tal era nuestra afición a ese tipo de saltos, que recordaba al del salto de esquí, que dibujábamos en la tierra una serie de arcos concéntricos con numeración, para ver quién llegaba más lejos. Para lograr mayores logros, el salto se hacía individual, no al unísono, siendo uno el que empuja el columpio desde detrás y el otro el que va a ser lanzado por los aires. Recuerdo la técnica: con las piernas se acompañaba el movimiento, el aire corría cada vez más fuerte por la cara, y llegaba el momento de sacar los codos de los brazos por delante de las cadenas, para que no estorbaran al salto... El primo llegaba más lejos, pero porque saltaba antes de llegar al culmen, para tener más fuerza y velocidad hacia adelante. Yo subía mucho, pataleando en el aire, logrando mayor altura, pero ese tiro parabólico del cual el proyectil era yo debía tener mucho ángulo.

A veces ocurría que interactuábamos con alguien. Una vez pasó algo bonito, y fue que mi primo se dio cuenta de que nos estaba mirando una chica desde una ventana. Yo miraba y no veía a nadie. Se escondía. Pero en cierto momento salió otra vez. Él y yo cuchicheábamos medio de espaldas, imaginándonos cualquier posibilidad de aquello. Cuán fue nuestra sorpresa cuando, un rato después, la niña, que tenía nuestra edad, bajó al parque y vino hacia nosotros. Yo me moría de vergüenza y no me seducía la idea de tratar con una desconocida. Creo que por eso fue a hablar con mi primo. Se saludaron y le dijo algo al oído, ella a él, generando en mí una impaciente curiosidad. Le pregunté a Mario qué le había dicho, mientras ella aguardaba a prudente distancia.
-Dice que si queremos ser sus amigos -me transmitió mi primo.
Así que deliberamos unos instantes y le dijimos que sí. Y ya fueron sonrisas y no sé qué más. Creo que no la volvimos a ver después de ese rato de charla y juego.

En otro momento, pasó algo malo. Estábamos el primo y yo en el balancín y vi un ratón, un ratón chiquitito, corriendo por el zócalo de la casa de la abuela pegado a la pared. En la siguiente foto puede verse ese zócalo. El ratoncillo estaría corriendo a la altura de la moto, que es justo donde estaba el balancín. Yo salté inmediatamente a cogerlo, con éxito, pues lo pillé con los dedos del rabo. El ratón chilló, un chillido bajito y agudo, mientras forcejeaba por liberarse. Yo sólo quería curiosear. El caso es que allí cerca estaban tres jóvenes mayores, de esos terribles, tres o cuatro veces más altos que nosotros, impetuosos y que daban espantosas voces. Gritaron "¡una rata!" y vinieron corriendo a quitármela. Yo no pude resistir ese acoso y se la di. Se la llevaron a la parte baja del tobogán y allí la mataron aplastándola a pedradas.
Después del llanto, cuando ya se habían ido, mi primo decía:
- No era una rata. Era un ratoncito.




Ya que está esta foto, aprovecho a contar otro recuerdo, uno bueno. Era que en esa tercera ventana contando desde la izquierda, la que tiene unas flores rojas, aparecía a veces la mano de la abuela Lola y su voz llamándonos. En su mano había cinco duros: ¡era para que nos comprásemos chucherías! A veces, eso sí, nos encargaba comprar también una barra de pan. Entonces, emprendíamos la breve excursión alejándonos un poco de la casa para ir a la panadería, cuyo nombre quizá no fuese panadería, sino algún término genérico como "alimentación" o el típico ochentero "frutos secos". Entonces no había chinos y esas pequeñas tiendas las llevaba algún sencillo compatriota.

En esta otra foto se ve el local, que todavía sigue, aunque seguramente ya sea chino, al pie de esa torre. Allí, con el presupuesto que teníamos, echábamos cuentas de qué nos podíamos comprar, deliberando en qué era mejor gastarse el dinero: chicles Cheiw o Boomer, palotes, lenguas de pica-pica, regaliz rojo (el negro entonces no me gustaba), Chupa-chups, etc. En verano, lo mejor era comprar un "flash". Mi favorito era el del lima-limón. Los de 5 pesetas eran cortos pero muy anchos y cundían; lo malo era que me cortaba con el plástico las comisuras de la boca. Mejor los de 10 pesetas, claro, más largos y estrechos.



Por último, hablando de veranos, siempre venían los tíos de Francia. Era el tío Ángel, uno de los hijos de la abuela Lola, hermano de mi abuela Isabel, que venía con la "tía Mari". Vivían en Lyon, desde aquella época en que los españoles éramos los que emigrábamos a Europa en busca de trabajo y mejores condiciones de vida. Los tíos de Francia siempre traían chocolates nunca vistos, regalos de buena calidad para mi hermano, para mí y para los primos, y alimentos y vinos buenos para nuestros padres. Se pasaban todo agosto en casa de la abuela, así que era costumbre ir a verlos y pasar las tardes con ellos. El tío Ángel era muy divertido con sus expresivos gestos, impresiones de ciertas cosas, sus sinceros y joviales desprecios de otras cosas, etc. Eso sí, había que aguantar de él que todo en Francia fuera mejor que aquí, que seguramente lo era, pero no sentaba bien.

A veces íbamos a por helado de corte al quiosco que había en la acera ante el parque donde aprendí a montar en bici. Aparte de los típicos helados de Camy, Frigo, etc., había en esas pequeñas heladerías el típico bloque de helado de tres gustos, que te cortaban y te servían con las adecuadas placas de barquillo. Poco tiempo después lo prohibieron por no ser higiénico, pero seguramente sería por no ser buen negocio, porque era muy barato. Era un helado estupendo.

Y lo que se solía hacer por las tardes era algo que hoy sorprendería porque no es propio del común de la gente: bajar un montón de sillas plegables al parque, incluso a veces alguna silla normal, colonizando un cuarto creciente de hierba a la sombra, y estar ahí al fresco charlando, los tíos, la abuela, los padres, los niños... Hoy en día eso suelen hacerlo más bien los gitanos, pero entonces era normal en muchas familias, cuando el mundo no estaba tan masificado y en los parques había sitio para todos.

Aquí nos poníamos, justo delante de la casa de la abuela. Supongo que ese bar con terraza lo construyeron para que la gente no se bajara sus sillas y aprovecharan a tomarse algo. Creo que alguna vez hicimos uso de él.



Ese círculo o semicírculo de sillas, abuelas, padres y niños desparece, se esfuma. La bisabuela se fue hace mucho ya. La casa se vendió, siendo la última aquella vez cuando entré a coger la baraja. Los tíos de Francia fallecieron también. Todos somos ya mayores, adultos, con nuestras vidas, muy lejos de todo aquello. 

Intentaré rescatar más recuerdos cuando tenga tiempo.