Para el comentario a continuación, agradezco la ayuda prestada a mi "gran amigo filósofo", que ha preferido permanecer anónimo, además de a los grandes autores de la bibliografía.
Rousseau:
Donde no hay efecto alguno, no
hay causa que buscar; pero aquí el efecto es cierto, la depravación real, y
nuestras almas se han corrompido a medida que nuestras ciencias y nuestras
artes han avanzado a la perfección. ¿Dirá alguien que es ésta una desgracia
peculiar de nuestra edad? No, señores; los males causados por nuestra vana
curiosidad son tan viejos como el mundo (…). Se ha visto a la virtud escaparse
a medida que su luz se alzaba sobre nuestro horizonte, y el mismo fenómeno se
ha observado en todo tiempo y lugar. (…)
Pueblos, sabed pues de una vez
que la naturaleza ha querido preservarnos de la ciencia como una madre arranca
un arma peligrosa de las manos de su hijo; que todos los secretos que os oculta
son otros tantos males de que os protege, y que la dificultad que halláis en
instruiros no es el menor de sus beneficios.
Rousseau, Primera parte de El discurso sobre las ciencias y las artes, traducción de Mauro
Armiño, Alianza, pp. 44-45, 54.
Kant:
La ilustración es la liberación
del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la
imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta
incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia
sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de
otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el valor de
servirte de tu propia razón!: he aquí el lema de la ilustración.
La pereza y la cobardía son causa
de que una tan gran parte de los hombres continúe a gusto en su estado de
pupilo, a pesar de que hace tiempo la naturaleza los liberó de ajena tutela.
Immanuel Kant, Respuesta a la pregunta ¿Qué es Ilustración?,
traducción de Eugenio Ímaz, FCE, p. 25.
A partir de estos textos, responderemos a cuatro preguntas esenciales, más una breve valoración final.
1. ¿Qué nos dice cada uno de los textos acerca de la naturaleza?
Jean-Jacques Rousseau concibe la
naturaleza como madre, de cuyo seno no hemos de alejarnos. Se incardina
plenamente, de esta manera, en la concepción que sobre la naturaleza mantenía,
en general, el movimiento ilustrado. La actitud que tomaba este movimiento frente
a la naturaleza, cualquiera que fuera la acepción de ese término, era, en
general, respetuosa y benévola. Era vista como un sistema armónico o, al menos,
como un sistema de tal simetría y buena composición que dislocarse de ella era
causa de sufrimiento para el hombre. La Ilustración, con su alegato del uso de
la razón, a través de la cual se ilumina el mundo, comparte con el Renacimiento
el optimismo y la confianza en el ser humano y en la naturaleza, donde la razón
es un don de Dios. De ahí que el modo de curar al hombre -ya se trate de un
criminal o de una persona desdichada- consistía en recuperar su naturaleza, en
restituirlo al seno de la naturaleza.
Aunque hubo diferentes
concepciones de la naturaleza -mecanicistas, biológicas, orgánicas, físicas,
etc.-, siempre se sostenía el mismo leitmotiv:
la «Sabia
Naturaleza», la «Madre Naturaleza», con sus resortes, de
los que no hemos de desprendernos. Incluso Hume, el menos metafísico de los
pensadores, sostiene que cuando los hombres están fuera de quicio -si
enloquecen o son desdichados-, la naturaleza, por lo general, vuelve a
imponerse; esto significa que se imponen ciertos hábitos fijos y que ocurre un
proceso de recuperación. Se cicatrizan las heridas. Los hombres son
reintegrados al flujo armonioso, o al sistema armónico, según se entienda a la
naturaleza como algo estático o dinámico. Sea como fuere, los hombres se
recuperan al ser reincorporados en este ámbito acogedor y consolador que nunca
debieron haber abandonado. Esta es la concepción que sustentaba también
Rousseau, como se señala en el texto propuesto, de la naturaleza como «sabia», «paternalista» y «protectora» frente a los desmanes
peligrosos provocados por la incontenible curiosidad humana, por la cultura,
como opuesta a la naturaleza, materializados en las ciencias y en las artes.
Por lo tanto, Rousseau sostiene
que hay una relación inversa entre el progreso y la virtud moral: a medida que
las ciencias y las artes alcanzan mayor perfección, las almas humanas se
corrompen. Como la naturaleza es buena y protectora, la dificultad de saber es
parte de su protección. Quiere que no sepamos para así ayudarnos, como una
madre que retira un arma de las manos de su hijo. Parece recordar al mito
bíblico de Adán y Eva en el Edén, donde el conocimiento simbolizado en la fruta
prohibida les trae dificultades y penurias, como ya dijo Gonzalo de Berceo en
la introducción de Milagros de Nuestra
Señora (estrofa 15):
El fructo de los árbores era dulz e sabrido,
si don Adám oviesse de tal fructo comido,
de tan mala manera non serié decibido,
ni tomarién tal danno Eva [nin] so marido.
Igualmente, en el célebre «Discurso de la Edad de
Oro» del capítulo
XI de la primera parte del Quijote, el genio que era Cervantes señala la visión
idealista de la naturaleza y del estadio primitivo de la humanidad como
modélico e ideal, que con el desarrollo técnico y social se ha corrompido:
—Dichosa edad
y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados,
y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se
estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque
entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. […] Todo era paz entonces, todo amistad,
todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir
ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre; que ella sin ser
forzada ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno […].
Nótese que Cervantes menciona la
palabra «madre», igual que Rousseau,
referida a la naturaleza, casi siglo y medio antes que él, sabiendo ya de sobra
que tal visión de la naturaleza es absoluto idealismo, parodiado en la figura
de don Quijote.
Para Kant, en cambio, la
naturaleza no es una madre. Al filósofo de Königsberg le espantaba la noción de
un mundo exterior mecánico (el sistema armónico al que nos referíamos antes); y
si Spinoza y los deterministas del siglo XVIII estaban en lo cierto -Helvétius,
Holbach o los filósofos naturales, por ejemplo-, si el hombre era simplemente
un objeto de la naturaleza, una masa de músculos, hueso, sangre y nervios
determinada por fuerzas exteriores, como los demás animales y los objetos,
entontes el hombre no era más que un engranaje más, una rueda dentada del reloj
universal. De ahí el rechazo que siente Kant por el determinismo, y el gran
hincapié que hace sobre la voluntad del hombre. A esto lo denomina autonomía. Ser vapuleado por factores
externos a uno mismo, ya sean físicos o emocionales es, para él, la heteronomía, es decir, la dependencia de
leyes cuyos orígenes están fuera del ser humano. Todo esto presuponía una
concepción nueva y algo revolucionaria de la naturaleza, y que se convirtió en
un elemento central en la historia del pensamiento moderno europeo.
Desde los clásicos, la naturaleza
era lo que el arte debía imitar, de lo que deriva la moral, o en lo que se
funda la política, que decía Montesquieu. Pero todo ello descalificaba la
libertad de elección del ser humano debido a que la naturaleza es mecánica, o
todo sucede por necesidad o causalidad («todo
es movido por algo»,
que dijo Aristóteles). Por tanto, si el hombre es parte de la naturaleza, él
también se ve determinado, y la moralidad se convierte así en una mera ilusión.
Aquí procede mencionar el movimiento literario del naturalismo, postulado por
Zola y desarrollado en España por Emilia Pardo Bazán, con obras como Los pazos de Ulloa y La madre naturaleza, donde se incide en
el determinismo como causa de los problemas sociales. Mientras que los
escritores franceses novelaban con un determinismo fatal que no puede superar
la voluntad humana, Emilia Pardo Bazán, de educación católica y defensora del
libre albedrío, coincidiría con Kant en que la voluntad puede salvar al ser
humano.
Así, según Kant, se concibe al
hombre, en parte, como objeto natural: su cuerpo y sus emociones son parte de
la naturaleza; tanto las cosas que son capaces de hacerle heterónomo como
depender de otras cosas ajenas a su ser son naturales. La naturaleza es una
base donde está todo. Pero cuando ejerce su libertad, cuando desarrolla su
máximo potencial humano y alcanza su más alta nobleza, entonces el hombre
domina la naturaleza, es decir, la moldea, le impone su personalidad, hace lo
que él elige hacer, porque se compromete con ciertos ideales. Hay en esto otra
dosis de idealismo, aunque sea diferente del de Rousseau. Por eso Kant dice en
el texto que «La ilustración es la liberación del hombre de su culpable
incapacidad», porque la responsabilidad de querer saber, progresar e imponerse
a los dictados de la naturaleza es voluntad del individuo, de ahí el lema
ilustrado sapere aude.
Esto, la voluntad, es lo que
distingue a los seres humanos de los objetos de la naturaleza, lo que permite
al hombre elegir entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto. No
hay mérito alguno en escoger lo correcto a menos que sea posible escoger lo
incorrecto. Las criaturas que están determinadas a elegir perpetuamente lo
bueno, bello y verdadero -cualesquiera que sean las causas- no tendrían mérito,
ya que por nobles que fueran sus resultados su modo de actuar sería siempre
automático (ahora podríamos pensar, a colación de esto, en las respuestas de la
IA, sin mérito ni originalidad). Todo esto presupone que los hombres son
capaces de elegir libremente. De nuevo Cervantes, muchísimo antes que Kant, en
1585, en su tragedia La Numancia, ya
dijo, a través del personaje Cipión: «Cada cual se fabrica su destino; no tiene
aquí Fortuna alguna parte».
Aun así, la noción de la
naturaleza como neutral, frente a la «madre
bondadosa» que defendía
Rousseau, fue algo novedoso en el contexto centroeuropeo del siglo XVIII.
2. ¿Podemos considerar a Rousseau y Kant autores ilustrados?
Se ha debatido bastante sobre si
la familia de movimientos que, siendo discrepantes entre sí, agrupados habitualmente
en lo que llamamos «Ilustración», poseyeron un
compromiso intelectual común. Aunque no fue en absoluto un fenómeno uniforme,
lo que es común a todos esos pensadores es la noción de que la virtud reside,
en definitiva, en el conocimiento; de que si sabemos lo que somos y lo que
necesitamos, y sabemos dónde obtenerlo, podemos llevar una vida virtuosa,
justa, libre y satisfactoria.
Cualesquiera que fuesen las
diferencias entre ellos, los pensadores de la Ilustración aceptaron tres
principios básicos: todas las preguntas auténticas pueden en principio hallar
respuesta; tal respuesta puede conocerse por métodos que pueden aprenderse y
enseñarse a los demás; y todas las respuestas deben ser compatibles entre sí.
Estos principios forman la columna vertebral de la principal tradición
racionalista occidental.
El Romanticismo no sólo supuso
una reacción contra la Ilustración (aunque no deje de ser un producto del
idealismo de ésta), sino que supuso un cambio cultural de enorme envergadura.
Partiendo de estos principios podemos considerar, tanto a Rousseau como a Kant,
autores ilustrados, pero, también, como precursores del Romanticismo en algunos
aspectos.
Ilustración:
Como dice Isaiah Berlin
(87-97:2015), Kant es hijo de la Ilustración del siglo XVIII, pues creía que
todos los hombres, al preguntarse por la conducta correcta a seguir, llegarían
-en iguales circunstancias- a idénticas conclusiones; pues la razón les da la
misma respuesta a sus preguntas, aunque a nuestro juicio esto sea idealismo,
porque nadie piensa igual. En esto también creyó Rousseau. En algún momento,
Kant sostuvo que existía únicamente una minoría de personas esclarecidas, o
suficientemente experimentadas, o moralmente dignas, capaces de proveer
respuestas correctas.
Sin embargo, Kant, bajo la
influencia de la lectura del Emilio de Rousseau, se convenció de que
todos los hombres eran capaces de lograr esto. Cualquier hombre, más allá de
sus carencias formativas y culturales, era capaz de encontrar una respuesta
racional a la pregunta: ¿cómo hemos de obrar? Y todas las respuestas racionales
a esta pregunta debían por necesidad coincidir.
Esto remite a los postulados del
pensamiento ilustrado que se aprecian en el texto de Kant: la necesidad del uso
autónomo de la razón, la superación de la tutela de autoridades externas y la
culpabilidad de la permanencia voluntaria en la ignorancia.
Romanticismo:
Rousseau es, en buena medida,
padre espiritual del Romanticismo por su manera de entender negativamente los
logros de la civilización fundamentados en el conocimiento. Según él, los logros
históricos del espíritu han conducido a la depravación y a la inmoralidad. «Las necesidades del
espíritu son puro ornamento: las artes, la literatura y las ciencias tejen
guirnaldas de flores en las cadenas que sujetan al hombre, ahogando en su pecho
el sentimiento de libertad para el que parecía haber nacido. Aquellos “ornamentos” hacen que los hombres
amen su esclavitud. La necesidad levantó tronos para reyes y faraones; las
artes y las ciencias los han consolidado»
(Copleston, 1984:68).
La Ilustración desprecia la
ignorancia, pero le ha sucedido un escepticismo peligroso. Rousseau lo atribuye
al desarrollo de las artes y las ciencias, movidos por la «vana curiosidad» (como en el mito hebreo
de la Creación y en el griego de Prometeo), que acaba perjudicando al ser
humano, según él.
Más tarde, sobre todo en el Contrato
social, Rousseau intentará justificar el paso del estadio primitivo del
hombre a la sociedad organizada, y averiguar qué forma de gobierno es más
compatible con la bondad natural del hombre (a diferencia de Hobbes, piensa que
el hombre es bueno por naturaleza) y menos capaz de corromperlo. Esta idea convierte
a Rousseau en un idealista prerromántico, aunque no del todo antiilustrado: su
crítica no se dirige contra el uso de la razón en sí, sino contra una razón mal
orientada, desligada de la moral y de la autenticidad natural del ser humano. Comparte
con la Ilustración la preocupación por la libertad, la educación y la mejora de
la sociedad, pero propone una redefinición de progreso. Por eso puede
considerarse un autor ilustrado «crítico».
Por su parte, como dice Isaiah
Berlin (87:2015), «Kant
odiaba el Romanticismo. Detestaba toda forma de extravagancia, de fantasía, lo
que él denominaba el Schwärmerei: cualquier tipo de exageración, misticismo,
vaguedad, confusión».
Sin embargo, se le considera también uno de los padres del Romanticismo, en lo
que hay cierta ironía, desde el punto de vista de su filosofía moral. En el
breve texto propuesto de Una respuesta a
la pregunta: ¿Qué es Ilustración?, Kant establece que ser ilustrado no se
refiere a otra cosa que a la capacidad de los hombres de determinar sus propias
vidas, de cercenar las determinaciones ajenas, de alcanzar la madurez y
autodeterminarse, para bien o para mal, sin descansar demasiado en la
autoridad, ni en ningún tipo de valores instituidos en los que recaiga por
completo la responsabilidad moral.
El hombre es responsable de sus
propios actos. Si cede su responsabilidad, o si es demasiado inmaduro como para
ponerla en práctica, él es por tanto un bárbaro, alguien que carece de
civilización, o un niño. La civilización es madurez y la madurez es
autodeterminación, es estar determinado por consideraciones racionales y no
verse empujado ni arrastrado por algo o alguien sobre lo que no se tiene
control. Un gobierno paternalista, basado en la benevolencia del gobernante que
trata a sus súbditos como a niños, constituye la mayor forma de despotismo y
destruye la libertad, con lo que es muy irónico que en la Ilustración se
practicase el despotismo ilustrado, «todo
para el pueblo, pero sin el pueblo».
Prueba de ello es la débil producción literaria de esta época, al menos en
España, en comparación con los Siglos de Oro, puesto que la literatura, que,
según Jesús G. Maestro (2015), es una «construcción
humana […] que se abre camino hacia la libertad […]», no pudo dar obras plenamente literarias al ser
monopolizada por el programa de la ideología ilustrada.
3. ¿Cuál es el valor del conocimiento en cada uno de los textos?
Esta pregunta ya ha sido
respondida. Para Rousseau, el
conocimiento no está libre de perjuicios. Su crítica se dirige, sobre todo, al
prestigio social de las ciencias y las artes y a la creencia en que favorece el
progreso humano. El conocimiento, cuando se convierte en objeto de admiración y
competencia, favorece la apariencia, la vanidad y la desigualdad, perjudicando
la virtud. Por ello, Rousseau cuestiona que el aumento del saber haga mejores a
los individuos o a las sociedades. El valor del conocimiento queda así subordinado
a su utilidad moral: sólo es legítimo cuando contribuye a la sencillez, la
libertad y el bien común, y no cuando alimenta la corrupción social, aumentando
las desigualdades.
En Kant, en cambio, el conocimiento favorece claramente la autonomía
personal. El uso de la razón permite al individuo abandonar la dependencia
intelectual y asumir la responsabilidad de su propio pensamiento, pero no se
trata de acumulación de saber erudito, sino de ejercicio activo de la razón.
Kant sostiene que el valor del conocimiento consiste en su capacidad para
liberar al ser humano de la tutela ajena y hacerlo moralmente responsable de
sus juicios y acciones.
Por lo tanto, mientras que
Rousseau cuestiona el valor del conocimiento cuando éste se separa de la virtud
y de la vida moral, Kant lo considera indispensable para la libertad y la
madurez intelectual. A este respecto, Isaiah Berlin se ha dado cuenta de que en
esta madurez y esta libertad se sentarían las bases de una sociedad de mejores
valores morales, ya que Kant es, en su filosofía moral, particularmente
vehemente contra toda forma de dominación de un ser humano por otro. Él es,
verdaderamente, el padre de la noción de la explotación como mal. Por esto
encontramos en Kant un discurso tan apasionado en contra de la explotación, la
degradación, la deshumanización y todo aquello que luego habría de convertirse
en moneda corriente de los escritores liberales y socialistas de los siglos XIX
y XX: la cosificación, la mecanización de la vida, la utilización del hombre
como objeto y como materia prima para otros, el tratamiento del hombre como
entidad que se puede forzar, determinar o educar contra su voluntad. Por eso
Kant aplaudió la Constitución francesa de 1790. Constituía la autoafirmación de
los seres humanos ante el pasado: la tradición, esos antiguos principios
inquebrantables, los reyes, los gobiernos, los ancestros, toda forma de
autoridad, todo esto le repugnaba a Kant. Normalmente no se ve a Kant bajo esta
lente, pero no hay duda de que su filosofía moral está firmemente fundada sobre
este principio antiautoritario. Esto consistía, evidentemente, en afirmar la
primacía de la voluntad. Lo único digno de poseerse es la libre voluntad; esta
es la proposición fundamental que introdujo Kant en el campo del pensamiento, y
que tuvo consecuencias en el movimiento romántico (la conciencia del «yo») sumamente
revolucionarias y subversivas, que difícilmente él pudo haber imaginado.
4. Relación del tema principal de estos textos
con la obra de sus autores.
También se ha hecho alusión a la
obra general de los autores en los apartados anteriores. Los tres temas
principales de los textos comentados —el conocimiento, la razón y el progreso—
ocupan un lugar central en la obra tanto de Rousseau como de Kant, y se
encuentran estrechamente vinculados con los problemas filosóficos a los que se
enfrentaron principalmente a lo largo de sus vidas.
En el caso de Rousseau, el texto pertenece al Discurso
sobre las ciencias y las artes (1750),
una obra temprana en la que ya aparecen muchas de las ideas que marcarán su
pensamiento posterior. La crítica al progreso cultural y científico se
relaciona directamente con su concepción del ser humano como naturalmente
bueno, desarrollada en obras como el Discurso sobre el origen y los
fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755). Rousseau sostiene que la civilización, lejos de
perfeccionar moralmente al individuo, introduce desigualdad, dependencia y
corrupción. Esta desconfianza hacia el saber abstracto y hacia el refinamiento
social reaparece también en Emilio o De la educación (1762), donde defiende una educación
acorde con la naturaleza, orientada a preservar la autenticidad y la libertad
moral del individuo. Por tanto, el texto comentado es clave dentro de su
crítica a la sociedad de su época.
En cuanto a Kant, el texto Respuesta a la
pregunta: ¿Qué es Ilustración? (1784) resume de forma clara y accesible los
principios que sustentan toda su filosofía crítica. La defensa del uso autónomo
de la razón está en la base de sus obras mayores, como la Crítica de la
razón pura (1781 y 1787),
donde analiza los límites y las posibilidades del conocimiento humano, y la Crítica
de la razón práctica (1788),
en la que vincula la autonomía racional con la moralidad. La idea de que el ser
humano debe pensar por sí mismo y asumir la responsabilidad de sus actos
atraviesa también su filosofía política y moral, especialmente en su concepción
de la libertad y de la madurez ciudadana.
En ambos autores, por tanto, el
tema del conocimiento y de la razón no se limita a una reflexión teórica, sino
que tiene profundas implicaciones morales, educativas y sociales. Mientras
Rousseau cuestiona el valor del progreso intelectual cuando éste se separa de
la virtud, que anula la libertad en una sociedad, Kant afirma la necesidad del
conocimiento racional como condición indispensable para la libertad. Los dos textos
aluden a las preocupaciones centrales de sus respectivas obras y a la vez
muestran las tensiones internas del pensamiento ilustrado.
Breve valoración personal
Coincidimos en parte con las
conclusiones del polémico Jesús G. Maestro, que rechaza casi todo idealismo,
siendo idealistas, según este autor, tanto las propuestas de Rousseau como las
de Kant. Rousseau presenta la “naturaleza buena” como un principio casi mítico
que sirve para criticar la sociedad, pero que difícilmente puede sostenerse
como punto de partida empírico del conocimiento humano. Kant, en su exaltación de la
razón autónoma, ignora las condiciones sociales reales que permiten o limitan
su uso. No todos son burgueses que puedan «atreverse a pensar», sino que la realidad es mucho más compleja.
Bibliografía
Berlin, Isaiah (2015). Las
raíces del romanticismo, pp. 87-97. Barcelona: Taurus.
Copleston, Frederick (2017). Historia
de la filosofía (Vol. 3), pp. 53-89. Barcelona: Ariel.
González Maestro, Jesús (2025). Una filosofía para sobrevivir en el siglo
XXI. Madrid: HarperCollins.
--
(2015/02/11). Definición de literatura
[archivo de vídeo]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=8Ib01m0-9CU
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