domingo, 18 de enero de 2026

¿Son Rousseau y Kant filósofos ilustrados?

 



Los siguientes textos tratan dos temas fundamentales, el valor del conocimiento y una reflexión acerca del progreso de la sociedad, ambos en la época de la Ilustración, por dos reconocidos autores, Rousseau y Kant.

Para el comentario a continuación, agradezco la ayuda prestada a mi "gran amigo filósofo", que ha preferido permanecer anónimo, además de a los grandes autores de la bibliografía.

Rousseau:

Donde no hay efecto alguno, no hay causa que buscar; pero aquí el efecto es cierto, la depravación real, y nuestras almas se han corrompido a medida que nuestras ciencias y nuestras artes han avanzado a la perfección. ¿Dirá alguien que es ésta una desgracia peculiar de nuestra edad? No, señores; los males causados por nuestra vana curiosidad son tan viejos como el mundo (…). Se ha visto a la virtud escaparse a medida que su luz se alzaba sobre nuestro horizonte, y el mismo fenómeno se ha observado en todo tiempo y lugar. (…)

Pueblos, sabed pues de una vez que la naturaleza ha querido preservarnos de la ciencia como una madre arranca un arma peligrosa de las manos de su hijo; que todos los secretos que os oculta son otros tantos males de que os protege, y que la dificultad que halláis en instruiros no es el menor de sus beneficios.

Rousseau, Primera parte de El discurso sobre las ciencias y las artes, traducción de Mauro Armiño, Alianza, pp. 44-45, 54.

Kant:

La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!: he aquí el lema de la ilustración.

La pereza y la cobardía son causa de que una tan gran parte de los hombres continúe a gusto en su estado de pupilo, a pesar de que hace tiempo la naturaleza los liberó de ajena tutela.

Immanuel Kant, Respuesta a la pregunta ¿Qué es Ilustración?, traducción de Eugenio Ímaz, FCE, p. 25.


A partir de estos textos, responderemos a cuatro preguntas esenciales, más una breve valoración final.


1. ¿Qué nos dice cada uno de los textos acerca de la naturaleza?

Jean-Jacques Rousseau concibe la naturaleza como madre, de cuyo seno no hemos de alejarnos. Se incardina plenamente, de esta manera, en la concepción que sobre la naturaleza mantenía, en general, el movimiento ilustrado. La actitud que tomaba este movimiento frente a la naturaleza, cualquiera que fuera la acepción de ese término, era, en general, respetuosa y benévola. Era vista como un sistema armónico o, al menos, como un sistema de tal simetría y buena composición que dislocarse de ella era causa de sufrimiento para el hombre. La Ilustración, con su alegato del uso de la razón, a través de la cual se ilumina el mundo, comparte con el Renacimiento el optimismo y la confianza en el ser humano y en la naturaleza, donde la razón es un don de Dios. De ahí que el modo de curar al hombre -ya se trate de un criminal o de una persona desdichada- consistía en recuperar su naturaleza, en restituirlo al seno de la naturaleza.

Aunque hubo diferentes concepciones de la naturaleza -mecanicistas, biológicas, orgánicas, físicas, etc.-, siempre se sostenía el mismo leitmotiv: la «Sabia Naturaleza», la «Madre Naturaleza», con sus resortes, de los que no hemos de desprendernos. Incluso Hume, el menos metafísico de los pensadores, sostiene que cuando los hombres están fuera de quicio -si enloquecen o son desdichados-, la naturaleza, por lo general, vuelve a imponerse; esto significa que se imponen ciertos hábitos fijos y que ocurre un proceso de recuperación. Se cicatrizan las heridas. Los hombres son reintegrados al flujo armonioso, o al sistema armónico, según se entienda a la naturaleza como algo estático o dinámico. Sea como fuere, los hombres se recuperan al ser reincorporados en este ámbito acogedor y consolador que nunca debieron haber abandonado. Esta es la concepción que sustentaba también Rousseau, como se señala en el texto propuesto, de la naturaleza como «sabia», «paternalista» y «protectora» frente a los desmanes peligrosos provocados por la incontenible curiosidad humana, por la cultura, como opuesta a la naturaleza, materializados en las ciencias y en las artes.

Por lo tanto, Rousseau sostiene que hay una relación inversa entre el progreso y la virtud moral: a medida que las ciencias y las artes alcanzan mayor perfección, las almas humanas se corrompen. Como la naturaleza es buena y protectora, la dificultad de saber es parte de su protección. Quiere que no sepamos para así ayudarnos, como una madre que retira un arma de las manos de su hijo. Parece recordar al mito bíblico de Adán y Eva en el Edén, donde el conocimiento simbolizado en la fruta prohibida les trae dificultades y penurias, como ya dijo Gonzalo de Berceo en la introducción de Milagros de Nuestra Señora (estrofa 15):

El fructo de los árbores    era dulz e sabrido,

si don Adám oviesse    de tal fructo comido,

de tan mala manera    non serié decibido,

ni tomarién tal danno    Eva [nin] so marido.

 

Igualmente, en el célebre «Discurso de la Edad de Oro» del capítulo XI de la primera parte del Quijote, el genio que era Cervantes señala la visión idealista de la naturaleza y del estadio primitivo de la humanidad como modélico e ideal, que con el desarrollo técnico y social se ha corrompido:

—Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. […] Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre; que ella sin ser forzada ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno […].

Nótese que Cervantes menciona la palabra «madre», igual que Rousseau, referida a la naturaleza, casi siglo y medio antes que él, sabiendo ya de sobra que tal visión de la naturaleza es absoluto idealismo, parodiado en la figura de don Quijote.

 

Para Kant, en cambio, la naturaleza no es una madre. Al filósofo de Königsberg le espantaba la noción de un mundo exterior mecánico (el sistema armónico al que nos referíamos antes); y si Spinoza y los deterministas del siglo XVIII estaban en lo cierto -Helvétius, Holbach o los filósofos naturales, por ejemplo-, si el hombre era simplemente un objeto de la naturaleza, una masa de músculos, hueso, sangre y nervios determinada por fuerzas exteriores, como los demás animales y los objetos, entontes el hombre no era más que un engranaje más, una rueda dentada del reloj universal. De ahí el rechazo que siente Kant por el determinismo, y el gran hincapié que hace sobre la voluntad del hombre. A esto lo denomina autonomía. Ser vapuleado por factores externos a uno mismo, ya sean físicos o emocionales es, para él, la heteronomía, es decir, la dependencia de leyes cuyos orígenes están fuera del ser humano. Todo esto presuponía una concepción nueva y algo revolucionaria de la naturaleza, y que se convirtió en un elemento central en la historia del pensamiento moderno europeo.

Desde los clásicos, la naturaleza era lo que el arte debía imitar, de lo que deriva la moral, o en lo que se funda la política, que decía Montesquieu. Pero todo ello descalificaba la libertad de elección del ser humano debido a que la naturaleza es mecánica, o todo sucede por necesidad o causalidad («todo es movido por algo», que dijo Aristóteles). Por tanto, si el hombre es parte de la naturaleza, él también se ve determinado, y la moralidad se convierte así en una mera ilusión. Aquí procede mencionar el movimiento literario del naturalismo, postulado por Zola y desarrollado en España por Emilia Pardo Bazán, con obras como Los pazos de Ulloa y La madre naturaleza, donde se incide en el determinismo como causa de los problemas sociales. Mientras que los escritores franceses novelaban con un determinismo fatal que no puede superar la voluntad humana, Emilia Pardo Bazán, de educación católica y defensora del libre albedrío, coincidiría con Kant en que la voluntad puede salvar al ser humano.

Así, según Kant, se concibe al hombre, en parte, como objeto natural: su cuerpo y sus emociones son parte de la naturaleza; tanto las cosas que son capaces de hacerle heterónomo como depender de otras cosas ajenas a su ser son naturales. La naturaleza es una base donde está todo. Pero cuando ejerce su libertad, cuando desarrolla su máximo potencial humano y alcanza su más alta nobleza, entonces el hombre domina la naturaleza, es decir, la moldea, le impone su personalidad, hace lo que él elige hacer, porque se compromete con ciertos ideales. Hay en esto otra dosis de idealismo, aunque sea diferente del de Rousseau. Por eso Kant dice en el texto que «La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad», porque la responsabilidad de querer saber, progresar e imponerse a los dictados de la naturaleza es voluntad del individuo, de ahí el lema ilustrado sapere aude.

Esto, la voluntad, es lo que distingue a los seres humanos de los objetos de la naturaleza, lo que permite al hombre elegir entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto. No hay mérito alguno en escoger lo correcto a menos que sea posible escoger lo incorrecto. Las criaturas que están determinadas a elegir perpetuamente lo bueno, bello y verdadero -cualesquiera que sean las causas- no tendrían mérito, ya que por nobles que fueran sus resultados su modo de actuar sería siempre automático (ahora podríamos pensar, a colación de esto, en las respuestas de la IA, sin mérito ni originalidad). Todo esto presupone que los hombres son capaces de elegir libremente. De nuevo Cervantes, muchísimo antes que Kant, en 1585, en su tragedia La Numancia, ya dijo, a través del personaje Cipión: «Cada cual se fabrica su destino; no tiene aquí Fortuna alguna parte».

Aun así, la noción de la naturaleza como neutral, frente a la «madre bondadosa» que defendía Rousseau, fue algo novedoso en el contexto centroeuropeo del siglo XVIII.

 

2. ¿Podemos considerar a Rousseau y Kant autores ilustrados? 

Se ha debatido bastante sobre si la familia de movimientos que, siendo discrepantes entre sí, agrupados habitualmente en lo que llamamos «Ilustración», poseyeron un compromiso intelectual común. Aunque no fue en absoluto un fenómeno uniforme, lo que es común a todos esos pensadores es la noción de que la virtud reside, en definitiva, en el conocimiento; de que si sabemos lo que somos y lo que necesitamos, y sabemos dónde obtenerlo, podemos llevar una vida virtuosa, justa, libre y satisfactoria.

Cualesquiera que fuesen las diferencias entre ellos, los pensadores de la Ilustración aceptaron tres principios básicos: todas las preguntas auténticas pueden en principio hallar respuesta; tal respuesta puede conocerse por métodos que pueden aprenderse y enseñarse a los demás; y todas las respuestas deben ser compatibles entre sí. Estos principios forman la columna vertebral de la principal tradición racionalista occidental.

El Romanticismo no sólo supuso una reacción contra la Ilustración (aunque no deje de ser un producto del idealismo de ésta), sino que supuso un cambio cultural de enorme envergadura. Partiendo de estos principios podemos considerar, tanto a Rousseau como a Kant, autores ilustrados, pero, también, como precursores del Romanticismo en algunos aspectos.

Ilustración:

Como dice Isaiah Berlin (87-97:2015), Kant es hijo de la Ilustración del siglo XVIII, pues creía que todos los hombres, al preguntarse por la conducta correcta a seguir, llegarían -en iguales circunstancias- a idénticas conclusiones; pues la razón les da la misma respuesta a sus preguntas, aunque a nuestro juicio esto sea idealismo, porque nadie piensa igual. En esto también creyó Rousseau. En algún momento, Kant sostuvo que existía únicamente una minoría de personas esclarecidas, o suficientemente experimentadas, o moralmente dignas, capaces de proveer respuestas correctas.

Sin embargo, Kant, bajo la influencia de la lectura del Emilio de Rousseau, se convenció de que todos los hombres eran capaces de lograr esto. Cualquier hombre, más allá de sus carencias formativas y culturales, era capaz de encontrar una respuesta racional a la pregunta: ¿cómo hemos de obrar? Y todas las respuestas racionales a esta pregunta debían por necesidad coincidir.

Esto remite a los postulados del pensamiento ilustrado que se aprecian en el texto de Kant: la necesidad del uso autónomo de la razón, la superación de la tutela de autoridades externas y la culpabilidad de la permanencia voluntaria en la ignorancia.

Romanticismo:

Rousseau es, en buena medida, padre espiritual del Romanticismo por su manera de entender negativamente los logros de la civilización fundamentados en el conocimiento. Según él, los logros históricos del espíritu han conducido a la depravación y a la inmoralidad. «Las necesidades del espíritu son puro ornamento: las artes, la literatura y las ciencias tejen guirnaldas de flores en las cadenas que sujetan al hombre, ahogando en su pecho el sentimiento de libertad para el que parecía haber nacido. Aquellos “ornamentos” hacen que los hombres amen su esclavitud. La necesidad levantó tronos para reyes y faraones; las artes y las ciencias los han consolidado» (Copleston, 1984:68).

La Ilustración desprecia la ignorancia, pero le ha sucedido un escepticismo peligroso. Rousseau lo atribuye al desarrollo de las artes y las ciencias, movidos por la «vana curiosidad» (como en el mito hebreo de la Creación y en el griego de Prometeo), que acaba perjudicando al ser humano, según él.

Más tarde, sobre todo en el Contrato social, Rousseau intentará justificar el paso del estadio primitivo del hombre a la sociedad organizada, y averiguar qué forma de gobierno es más compatible con la bondad natural del hombre (a diferencia de Hobbes, piensa que el hombre es bueno por naturaleza) y menos capaz de corromperlo. Esta idea convierte a Rousseau en un idealista prerromántico, aunque no del todo antiilustrado: su crítica no se dirige contra el uso de la razón en sí, sino contra una razón mal orientada, desligada de la moral y de la autenticidad natural del ser humano. Comparte con la Ilustración la preocupación por la libertad, la educación y la mejora de la sociedad, pero propone una redefinición de progreso. Por eso puede considerarse un autor ilustrado «crítico».

Por su parte, como dice Isaiah Berlin (87:2015), «Kant odiaba el Romanticismo. Detestaba toda forma de extravagancia, de fantasía, lo que él denominaba el Schwärmerei: cualquier tipo de exageración, misticismo, vaguedad, confusión». Sin embargo, se le considera también uno de los padres del Romanticismo, en lo que hay cierta ironía, desde el punto de vista de su filosofía moral. En el breve texto propuesto de Una respuesta a la pregunta: ¿Qué es Ilustración?, Kant establece que ser ilustrado no se refiere a otra cosa que a la capacidad de los hombres de determinar sus propias vidas, de cercenar las determinaciones ajenas, de alcanzar la madurez y autodeterminarse, para bien o para mal, sin descansar demasiado en la autoridad, ni en ningún tipo de valores instituidos en los que recaiga por completo la responsabilidad moral.

El hombre es responsable de sus propios actos. Si cede su responsabilidad, o si es demasiado inmaduro como para ponerla en práctica, él es por tanto un bárbaro, alguien que carece de civilización, o un niño. La civilización es madurez y la madurez es autodeterminación, es estar determinado por consideraciones racionales y no verse empujado ni arrastrado por algo o alguien sobre lo que no se tiene control. Un gobierno paternalista, basado en la benevolencia del gobernante que trata a sus súbditos como a niños, constituye la mayor forma de despotismo y destruye la libertad, con lo que es muy irónico que en la Ilustración se practicase el despotismo ilustrado, «todo para el pueblo, pero sin el pueblo». Prueba de ello es la débil producción literaria de esta época, al menos en España, en comparación con los Siglos de Oro, puesto que la literatura, que, según Jesús G. Maestro (2015), es una «construcción humana […] que se abre camino hacia la libertad […]», no pudo dar obras plenamente literarias al ser monopolizada por el programa de la ideología ilustrada.

 

3. ¿Cuál es el valor del conocimiento en cada uno de los textos?

Esta pregunta ya ha sido respondida. Para Rousseau, el conocimiento no está libre de perjuicios. Su crítica se dirige, sobre todo, al prestigio social de las ciencias y las artes y a la creencia en que favorece el progreso humano. El conocimiento, cuando se convierte en objeto de admiración y competencia, favorece la apariencia, la vanidad y la desigualdad, perjudicando la virtud. Por ello, Rousseau cuestiona que el aumento del saber haga mejores a los individuos o a las sociedades. El valor del conocimiento queda así subordinado a su utilidad moral: sólo es legítimo cuando contribuye a la sencillez, la libertad y el bien común, y no cuando alimenta la corrupción social, aumentando las desigualdades.

En Kant, en cambio, el conocimiento favorece claramente la autonomía personal. El uso de la razón permite al individuo abandonar la dependencia intelectual y asumir la responsabilidad de su propio pensamiento, pero no se trata de acumulación de saber erudito, sino de ejercicio activo de la razón. Kant sostiene que el valor del conocimiento consiste en su capacidad para liberar al ser humano de la tutela ajena y hacerlo moralmente responsable de sus juicios y acciones.

Por lo tanto, mientras que Rousseau cuestiona el valor del conocimiento cuando éste se separa de la virtud y de la vida moral, Kant lo considera indispensable para la libertad y la madurez intelectual. A este respecto, Isaiah Berlin se ha dado cuenta de que en esta madurez y esta libertad se sentarían las bases de una sociedad de mejores valores morales, ya que Kant es, en su filosofía moral, particularmente vehemente contra toda forma de dominación de un ser humano por otro. Él es, verdaderamente, el padre de la noción de la explotación como mal. Por esto encontramos en Kant un discurso tan apasionado en contra de la explotación, la degradación, la deshumanización y todo aquello que luego habría de convertirse en moneda corriente de los escritores liberales y socialistas de los siglos XIX y XX: la cosificación, la mecanización de la vida, la utilización del hombre como objeto y como materia prima para otros, el tratamiento del hombre como entidad que se puede forzar, determinar o educar contra su voluntad. Por eso Kant aplaudió la Constitución francesa de 1790. Constituía la autoafirmación de los seres humanos ante el pasado: la tradición, esos antiguos principios inquebrantables, los reyes, los gobiernos, los ancestros, toda forma de autoridad, todo esto le repugnaba a Kant. Normalmente no se ve a Kant bajo esta lente, pero no hay duda de que su filosofía moral está firmemente fundada sobre este principio antiautoritario. Esto consistía, evidentemente, en afirmar la primacía de la voluntad. Lo único digno de poseerse es la libre voluntad; esta es la proposición fundamental que introdujo Kant en el campo del pensamiento, y que tuvo consecuencias en el movimiento romántico (la conciencia del «yo») sumamente revolucionarias y subversivas, que difícilmente él pudo haber imaginado.

 

4. Relación del tema principal de estos textos con la obra de sus autores.

También se ha hecho alusión a la obra general de los autores en los apartados anteriores. Los tres temas principales de los textos comentados —el conocimiento, la razón y el progreso— ocupan un lugar central en la obra tanto de Rousseau como de Kant, y se encuentran estrechamente vinculados con los problemas filosóficos a los que se enfrentaron principalmente a lo largo de sus vidas.

En el caso de Rousseau, el texto pertenece al Discurso sobre las ciencias y las artes (1750), una obra temprana en la que ya aparecen muchas de las ideas que marcarán su pensamiento posterior. La crítica al progreso cultural y científico se relaciona directamente con su concepción del ser humano como naturalmente bueno, desarrollada en obras como el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755). Rousseau sostiene que la civilización, lejos de perfeccionar moralmente al individuo, introduce desigualdad, dependencia y corrupción. Esta desconfianza hacia el saber abstracto y hacia el refinamiento social reaparece también en Emilio o De la educación (1762), donde defiende una educación acorde con la naturaleza, orientada a preservar la autenticidad y la libertad moral del individuo. Por tanto, el texto comentado es clave dentro de su crítica a la sociedad de su época.

En cuanto a Kant, el texto Respuesta a la pregunta: ¿Qué es Ilustración? (1784) resume de forma clara y accesible los principios que sustentan toda su filosofía crítica. La defensa del uso autónomo de la razón está en la base de sus obras mayores, como la Crítica de la razón pura (1781 y 1787), donde analiza los límites y las posibilidades del conocimiento humano, y la Crítica de la razón práctica (1788), en la que vincula la autonomía racional con la moralidad. La idea de que el ser humano debe pensar por sí mismo y asumir la responsabilidad de sus actos atraviesa también su filosofía política y moral, especialmente en su concepción de la libertad y de la madurez ciudadana.

En ambos autores, por tanto, el tema del conocimiento y de la razón no se limita a una reflexión teórica, sino que tiene profundas implicaciones morales, educativas y sociales. Mientras Rousseau cuestiona el valor del progreso intelectual cuando éste se separa de la virtud, que anula la libertad en una sociedad, Kant afirma la necesidad del conocimiento racional como condición indispensable para la libertad. Los dos textos aluden a las preocupaciones centrales de sus respectivas obras y a la vez muestran las tensiones internas del pensamiento ilustrado.

 

Breve valoración personal

Coincidimos en parte con las conclusiones del polémico Jesús G. Maestro, que rechaza casi todo idealismo, siendo idealistas, según este autor, tanto las propuestas de Rousseau como las de Kant. Rousseau presenta la “naturaleza buena” como un principio casi mítico que sirve para criticar la sociedad, pero que difícilmente puede sostenerse como punto de partida empírico del conocimiento humano. Kant, en su exaltación de la razón autónoma, ignora las condiciones sociales reales que permiten o limitan su uso. No todos son burgueses que puedan «atreverse a pensar», sino que la realidad es mucho más compleja.

 

Bibliografía

Berlin, Isaiah (2015). Las raíces del romanticismo, pp. 87-97. Barcelona: Taurus.

Copleston, Frederick (2017). Historia de la filosofía (Vol. 3), pp. 53-89. Barcelona: Ariel.

González Maestro, Jesús (2025). Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI. Madrid: HarperCollins.

-- (2015/02/11). Definición de literatura [archivo de vídeo]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=8Ib01m0-9CU

 



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